lunes, 29 de diciembre de 2025

Santa María, Madre de Dios; Lc 2, 16-21; «Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».

 Santa María, Madre de Dios

01.01.2026; Lc 2, 16-21

«Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».



La buena noticia con la que se abre el año

Los que parecen lejos, para Jesús están cerca.

El primer domingo del año se abre con una buena noticia. Al empezar el año solemos venir con propósitos en la mano… y alguno dura lo que dura el roscón: ilusiona, pero se desmigaja rápido. A veces hacemos “propósitos premium” —de esos que suenan muy bien— y luego la vida nos manda la factura en letra pequeña. El Evangelio, en cambio, nos ofrece algo más hondo: una noticia que cambia nuestra idea de Dios. Quienes la religión —y a veces también nuestro sentido común religioso— suele colocar en la periferia como “los más lejanos de Dios”, para Jesús pueden resultar los más cercanos.

Lucas lo cuenta con una escena sencilla y luminosa:

         «En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».

         Corriendo. No por protocolo. Corriendo porque han recibido un anuncio que, para ellos, es vida. Cuando la noticia es de verdad buena, no hace falta empujar: los pies se te adelantan solos… como cuando huele a pan recién hecho y dices: “solo voy a mirar”. Sí, claro.

Para captar su fuerza conviene recordar quiénes eran los pastores en la mentalidad de entonces: gente considerada impura por su oficio, marginada, puesta bajo sospecha. En muchos ambientes se los veía como “fuera de la ley” y, por tanto, lejos del culto y de Dios. Incluso circulaban expectativas duras: un Mesías que vendría a “poner orden” castigando a los pecadores. Es decir: algunos esperaban a Dios como quien espera una inspección sorpresa… y, claro, así no hay quien respire.

Dios no viene a ajustar cuentas:

Viene a salvar.

Pero el Evangelio rompe ese guion. Cuando Dios se encuentra con los pecadores no los aplasta ni los humilla; no los “quema” en el fuego de su ira: los envuelve de luz, es decir, de amor. El amor de Dios no aparece como salario por méritos, sino como regalo para la necesidad. Y esto nos descoloca porque, si somos sinceros, a veces preferimos un Dios “previsible”: uno que funcione como un semáforo bien claro —verde para los buenos, rojo para los malos—. El problema es que Jesús no viene con semáforo: viene con abrazo. Y el abrazo, ya se sabe, no se puede controlar con manual de instrucciones.

Por eso los pastores no se esconden: se acercan. Y al ver al niño hacen lo que hace quien se sabe alcanzado: hablan, cuentan, comparten.

«Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño».

 Lo que se les había dicho era la gran novedad; que para ellos había nacido un Salvador, no un justiciero. Es decir, no “el que viene a pasarte lista”, sino el que viene a levantarte.

La misericordia desconcierta

porque descoloca nuestros esquemas.

Sin embargo, la alegría de los pastores no se contagia de inmediato. Lucas describe otra reacción, muy humana: «Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores». Se quedan sorprendidos. Algo no encaja con lo que “se sabía” de Dios. Si uno ha aprendido que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, ¿cómo asimilar que precisamente estos, señalados como impuros, digan que Dios los ha alcanzado con su amor?

Aquí asoma el escándalo de la misericordia, el hilo conductor de todo Lucas: Jesús inquietará especialmente a quienes piensan que el amor de Dios se gana, se administra, se merece… y no han experimentado —como los pastores— el amor como don. Don no para quien presume de estar “a la altura”, sino para quien se reconoce necesitado. Y esto toca una fibra, porque a veces preferimos la idea de “me lo he ganado” a la de “lo necesito”. Lo primero nos hace sentir fuertes; lo segundo nos devuelve a la verdad. Y la verdad, aunque cura, a veces pincha un poco.

Y conviene decirlo con calma; cuando la misericordia es real, no humilla a nadie; más bien nos deja sin excusas. Porque ya no podemos refugiarnos en la idea de “yo estoy dentro, aquel está fuera”. La misericordia nos desmonta ese pequeño “carné de buenos” que a veces llevamos en el bolsillo… y que, curiosamente, suele tener caducidad, pero se nos olvida mirarla. (Y luego nos sorprende el aviso: “este documento ya no es válido”.)

María no se cierra:

Conserva, interpreta y ora en silencio.

En medio del asombro general, Lucas enfoca a María, y lo hace con una delicadeza impresionante: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». María también se sorprende; no es inmune a la novedad. Pero su fe no se defiende cerrándose. Ella guarda, examina, interpreta, busca el sentido verdadero. No descarta lo nuevo porque no encaje con lo de siempre; lo acoge y lo discierne.

Y ese modo de estar ante Dios la hace crecer. María es grande no solo por haber dado a luz a Jesús, sino por el coraje de seguirlo y convertirse en su discípula; por no encerrarse en lo de siempre, sino dejar que la novedad de Dios le ensanche el corazón. Es una fe adulta; no necesita tenerlo todo controlado para confiar. (Que, dicho sea de paso, es un alivio, porque controlar… controlamos poco, y el año nuevo suele recordárnoslo con bastante creatividad.)

El amor nos vuelve íntimos del Señor:

La alabanza nace sola.

Mientras María medita y ora en un silencio recogido, los pastores lo “cantan” con la vida. Lucas continúa: «Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho». Los que eran considerados más lejos se vuelven los que más alaban. Como si Lucas nos guiñara el ojo; los auténticos “cercanos” no son los que se sienten superiores, sino los que han probado el amor de Dios.

Cuando uno experimenta ese amor —regalo por la necesidad, no premio por los méritos— la alabanza deja de ser un deber y se vuelve un impulso natural. El amor nos hace íntimos del Señor. Cambia la imagen de Dios y cambia la situación de la persona: nadie, por su condición, debería sentirse excluido del amor de Dios. Nadie. Ni siquiera el que se excluye solo… que a veces somos bastante profesionales en eso; nos cerramos la puerta por dentro y luego decimos que “no hay salida”.

La novedad de Jesús encuentra resistencias.

Pero el Evangelio no es ingenuo ya que la novedad cuesta. Por eso el texto termina con un detalle que parece rutinario, pero que deja entrever tensión: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción».  La circuncisión expresa pertenencia a la tradición de Israel, a la ley, a una identidad recibida. Y, al mismo tiempo, el nombre Jesús recuerda que su misión viene de Dios, antes de nuestros esquemas.

Lucas deja caer, con delicadeza, una idea que la novedad de Dios intenta abrirse paso, pero nosotros a veces tratamos de encajarla en lo conocido, de domesticarla, de hacerla “manejable”. Como cuando queremos que Dios nos bendiga… pero sin mover mucho los muebles por dentro: que entre la luz, sí, pero sin tocar el “orden” que llevamos años defendiendo. Y ahí nace el conflicto: Jesús no seguirá simplemente la vía de “los padres”; seguirá al Padre.

Al comenzar este año, se nos deja una pregunta en el corazón: ¿qué imagen de Dios nos guía de verdad, la del que pasa factura… o la del que se acerca, nos envuelve con su luz y nos salva?


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