domingo, 28 de diciembre de 2025

El Belén te está hablando...y la mula lo sabe

 


El belén te está hablando…

                                                        y la mula lo sabe


Hay dos figuritas en el belén que suelen vivir en la periferia emocional de nuestra mirada. Están ahí, sí. Pero nosotros, muy dignos, nos entretenemos con lo importante: el río de papel de aluminio (porque si no brilla, no es río), la bombillita del fuego (que “parece de verdad” aunque lleve tres Navidades parpadeando como si pidiera jubilación) y la oveja kamikaze que cada año aparece boca abajo, como diciendo: “He venido a darlo todo”.

Y, mientras tú estás a esas cosas —que también tienen su encanto, no te juzgo—, la mula y el buey te miran. No para criticarte (no tienen WhatsApp). Te miran para recordarte algo enorme:

No están en el belén por costumbre: están como señal. Como mensaje. Como profecía en miniatura.

Benedicto XVI lo subrayó en La infancia de Jesús: en los evangelios no aparecen ni la mula ni el buey. Y aquí viene lo interesante: si no salen en el texto, ¿por qué han entrado en nuestra tradición? Porque el belén no es un adorno mono. El belén es un acto de fe. Y la fe, cuando es fe de verdad, no se queda en “qué bonito”: te recoloca.

Dos animales y una frase que te desnuda el corazón

Estos dos “extras” del portal apuntan, sin decir ni mu, a Isaías:

«El buey conoce a su señor

y el asno, el pesebre de su dueño;

¡pero Israel no conoce,

mi pueblo no entiende!» (Is 1,3).

 

Traducción al castellano cotidiano (con un pellizco de ternura): hasta un animal reconoce a su dueño… y tú, a veces, pasas por delante de Dios como quien pasa delante de un escaparate sin mirar.

Y aquí la cosa se pone seria, pero con una seriedad que cura. Porque en Cristo se cumple el plan de Dios. Toda la historia anterior —patriarcas, profetas, reyes, sabios— estaba mirando hacia Él. Y la mula y el buey, sin discursos ni PowerPoint, te susurran: La historia tiene un centro. Y no eres tú.

No es el progreso, ni la ciencia, ni los poderosos, ni el dinero, ni la ecología como “religión alternativa”, ni la buena voluntad humana como si bastara sola. El eje es un Niño. Dios hecho carne. Amor gratuito que entra en tu vida sin pedir permiso (y menos mal).

El belén te baja del pedestal (con cariño)

Seamos honestos: tenemos una tendencia natural a vivir como si el universo tuviera nuestro nombre en el centro. Y lo notas cuando todo se ordena según “lo mío”: mi prisa, mi agenda, mi imagen, mi control, mi paz (cuando todo el mundo colabora, claro).

Y entonces están ellos, la mula y el buey, tozudos como buenos profesionales del pesebre, repitiéndote lo mismo cada año: El centro no eres tú: es ese Niño.

Puedes intentarlo veinte veces: “este año sí que voy a estar centrado”. Y, aun así, acabar centrado… en el turrón, el ticket regalo y el grupo de WhatsApp familiar que resucita en Adviento como una tradición penitencial. Y ahí siguen ellos, sin moverse, diciéndote: “Mira. Mira bien”.

Te manifestarás en medio de dos animales” (cfr. Hab 3,2). O sea: el sentido de tu vida se te revela en lo sencillo, en lo pequeño, en lo que no presume.

Una pregunta incómoda (pero necesaria) para esta Navidad

Que no te engañe lo apacible del portal. Porque Isaías lanza un contraste duro: el pueblo de Dios no reconoce… y los animales sí.

Y esto va a ti y a mí, no “a la gente en general” (esa gente que siempre tiene la culpa). Así que pregunto suave, pero claro: ¿Esta Navidad está centrada para ti en Jesucristo… o en la logística? ¿Vas a lo esencial… o tu cabeza está en “qué compro”, “qué cocino”, “quién viene”, “quién no viene”, “qué me pongo”, “qué digo” y “por qué nadie valora lo que hago”?

Si vives la Navidad como si Cristo fuera un detalle decorativo, la mula y el buey te dejan en evidencia: ellos reconocen el pesebre de su Señor… y tú puedes pasar sin mirar, con el piloto automático puesto.

Pobreza realista:

lo que Dios te pide sí lo puedes hacer

San Francisco de Asís, con su realismo precioso, lo explicaría así: la misión de esos animales es mínima y a la vez enorme: dar calor. Calentar el pesebre con su aliento. Eso lo puede hacer cualquiera. Hasta el más pobre.

¿Y qué te pide Dios? No te está pidiendo hazañas heroicas de película. No te exige que arregles tu vida en 24 horas ni que seas un santo con agenda de ‘influencer’.

A veces, seamos sinceros, de nuestra boca sale más “rebuzno emocional” que discurso perfecto. Y Dios lo sabe.

Lo primero que quiere Dios de ti

es que te dejes querer.

Que recibas el amor del Niño. Que aprendas a amarle desde ahí. Que te alegres de pertenecer a su familia, la Iglesia. Dios no viene a quitarte cosas: viene a por ti. Y por eso puedes saborear: “siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su riqueza” (cfr. 2 Co 8,9). Ya habrá tiempo para grandes cosas. Ahora, lo esencial.

Contemplar: lo más “productivo” de estos días

Y, por último, la mula y el buey hacen lo que mejor nos viene en Navidad: contemplar. Mirar al Niño. Estar. Sin prisa. Sin postureo. Sin “a ver si me sale una foto bonita para subir”.

Leí que san Josemaría tenía una imagen del Niño Jesús de tamaño natural para que, en Navidad, sus sacerdotes lo tomaran en brazos un rato: contemplarlo, hablarle, quererlo… y quedarse ahí.

Y aquí va la frase final, con sonrisa y verdad: La mula y el buey no tienen nada mejor que hacer estos días. Y tú tampoco.

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