El belén te está hablando…
Hay dos figuritas
en el belén que suelen vivir en la periferia emocional de nuestra mirada. Están
ahí, sí. Pero nosotros, muy dignos, nos entretenemos con lo importante: el
río de papel de aluminio (porque si no brilla, no es río), la bombillita
del fuego (que “parece de verdad” aunque lleve tres Navidades parpadeando
como si pidiera jubilación) y la oveja kamikaze que cada año aparece
boca abajo, como diciendo: “He venido a darlo todo”.
Y, mientras tú
estás a esas cosas —que también tienen su encanto, no te juzgo—, la mula y
el buey te miran. No para criticarte (no tienen WhatsApp). Te miran para
recordarte algo enorme:
No están en el
belén por costumbre: están como señal. Como mensaje. Como profecía en miniatura.
Benedicto XVI lo
subrayó en La infancia de Jesús: en los evangelios no aparecen ni la
mula ni el buey. Y aquí viene lo interesante: si no salen en el texto, ¿por
qué han entrado en nuestra tradición? Porque el belén no es un adorno mono. El
belén es un acto de fe. Y la fe, cuando es fe de verdad, no se queda en
“qué bonito”: te recoloca.
Dos animales y una frase que te desnuda el corazón
Estos dos “extras” del portal apuntan, sin
decir ni mu, a Isaías:
«El buey conoce
a su señor
y el asno, el
pesebre de su dueño;
¡pero Israel no
conoce,
mi pueblo no
entiende!» (Is
1,3).
Traducción al
castellano cotidiano (con un pellizco de ternura): hasta un animal reconoce
a su dueño… y tú, a veces, pasas por delante de Dios como quien pasa delante de
un escaparate sin mirar.
Y aquí la cosa se
pone seria, pero con una seriedad que cura. Porque en Cristo se cumple el
plan de Dios. Toda la historia anterior —patriarcas, profetas, reyes,
sabios— estaba mirando hacia Él. Y la mula y el buey, sin discursos ni PowerPoint,
te susurran: La historia tiene un centro. Y no eres tú.
No es el progreso,
ni la ciencia, ni los poderosos, ni el dinero, ni la ecología como “religión
alternativa”, ni la buena voluntad humana como si bastara sola. El eje es un
Niño. Dios hecho carne. Amor gratuito que entra en tu vida sin pedir
permiso (y menos mal).
El belén te baja del pedestal (con cariño)
Seamos honestos:
tenemos una tendencia natural a vivir como si el universo tuviera nuestro
nombre en el centro. Y lo notas cuando todo se ordena según “lo mío”: mi prisa,
mi agenda, mi imagen, mi control, mi paz (cuando todo el mundo colabora,
claro).
Y entonces están
ellos, la mula y el buey, tozudos como buenos profesionales del pesebre,
repitiéndote lo mismo cada año: El centro no eres tú: es ese Niño.
Puedes intentarlo
veinte veces: “este año sí que voy a estar centrado”. Y, aun así, acabar
centrado… en el turrón, el ticket regalo y el grupo de WhatsApp familiar que
resucita en Adviento como una tradición penitencial. Y ahí siguen ellos, sin
moverse, diciéndote: “Mira. Mira bien”.
“Te
manifestarás en medio de dos animales” (cfr. Hab 3,2). O sea: el sentido
de tu vida se te revela en lo sencillo, en lo pequeño, en lo que no
presume.
Una pregunta incómoda (pero necesaria) para esta Navidad
Que no te engañe
lo apacible del portal. Porque Isaías lanza un contraste duro: el pueblo de
Dios no reconoce… y los animales sí.
Y esto va a ti y a
mí, no “a la gente en general” (esa gente que siempre tiene la culpa).
Así que pregunto suave, pero claro: ¿Esta Navidad está centrada para ti en
Jesucristo… o en la logística? ¿Vas a lo esencial… o tu cabeza está en “qué
compro”, “qué cocino”, “quién viene”, “quién no viene”, “qué me pongo”, “qué
digo” y “por qué nadie valora lo que hago”?
Si vives la Navidad como si Cristo fuera
un detalle decorativo, la mula y el buey te dejan en evidencia: ellos
reconocen el pesebre de su Señor… y tú puedes pasar sin mirar, con el piloto
automático puesto.
Pobreza realista:
lo que Dios te pide sí lo puedes hacer
San Francisco de
Asís, con su realismo precioso, lo explicaría así: la misión de esos animales
es mínima y a la vez enorme: dar calor. Calentar el pesebre con su
aliento. Eso lo puede hacer cualquiera. Hasta el más pobre.
¿Y qué te pide Dios? No te está pidiendo
hazañas heroicas de película. No te exige que arregles tu vida en 24 horas ni
que seas un santo con agenda de ‘influencer’.
A veces, seamos
sinceros, de nuestra boca sale más “rebuzno emocional” que discurso perfecto. Y
Dios lo sabe.
Lo primero que quiere Dios de ti
es que te dejes querer.
Que recibas el
amor del Niño. Que aprendas a amarle desde ahí. Que te alegres de pertenecer a
su familia, la Iglesia. Dios no viene a quitarte cosas: viene a por ti.
Y por eso puedes saborear: “siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos
con su riqueza” (cfr. 2 Co 8,9). Ya habrá tiempo para grandes cosas. Ahora,
lo esencial.
Contemplar: lo más “productivo” de estos días
Y, por último, la
mula y el buey hacen lo que mejor nos viene en Navidad: contemplar.
Mirar al Niño. Estar. Sin prisa. Sin postureo. Sin “a ver si me sale una foto
bonita para subir”.
Leí que san
Josemaría tenía una imagen del Niño Jesús de tamaño natural para que, en
Navidad, sus sacerdotes lo tomaran en brazos un rato: contemplarlo, hablarle,
quererlo… y quedarse ahí.
Y aquí va la frase final, con sonrisa y
verdad: La mula y el buey no tienen nada mejor que hacer estos días. Y tú
tampoco.

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