sábado, 25 de junio de 2022

Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C

 Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, ciclo C

             Las lecturas de este domingo plantean un tema muy troncal en la vida espiritual: ¿Cuál es la relación que hay entre libertad y obediencia apostólica? ¿Cómo conjugar la libertad y el seguimiento a Jesucristo?

            Daros cuenta de la visión del mundo respecto a Cristo: Si uno tiene que seguir a alguien, en la medida en que se sujete a él, en la medida en que tenga una obediencia se va atando. Dios nos ofrece unos Mandamientos y Cristo se nos ofrece como Camino, Verdad y Vida; por lo tanto si es Camino y él nos ofrece su camino, uno se está atando. Y si uno se está atando es menos libre. Planteándolo así parece que Jesucristo no está fundando nuestra libertad, sino que más bien está condicionando nuestra libertad. Ésta es la visión del mundo, es la visión, desde la lógica mundada más extendida. La lógica mundana dice, yo no quiero atarme a unos mandamientos, yo quiero hacer en cada momento ‘lo que me venga en gana’. Esta es la concepción que el mundo tiene de libertad.

            Pero en la segunda lectura, en la carta de San Pablo a los Gálatas [Gal 5, 1. 13-18] nos dice que habéis sido llamados a vivir en la libertad, «vuestra vocación es la libertad; no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor». San Pablo nos da a entender que el concepto cristiano de libertad no coincide con ‘hace una cosa y su contraria’. Porque nosotros confundimos libertad con libre albedrío. El libre albedrío es el poder hacer una cosa y su contraria. Pero el concepto cristiano de libertad es otra cosa.

San Agustín definió la libertad de la siguiente manera: Es la capacidad del hombre de determinarse para el bien. Es la plena decisión de decir, entrego totalmente mi vida al bien. El que uno se determine para el mal no es libertad, sino libre albedrío, eso es destruir la libertad. La libertad es una capacidad que nos permite participar con Dios en el bien y en la entrega al bien. La libertad nos hace que no seamos simplemente receptores pasivos del bien, sino que también Dios te permite para que también ese bien esté descubierto por ti. Es la verdad la que nos hace libres, no es la falsedad la que nos hace libres.

En el evangelio hay escenas de gran exigencia evangélica en las que aquellos que quieran seguir a Jesús saben que aquellos que le sigan no van a tener ni donde dormir. ‘Las zorras tienen madriguera y los pájaros nido, pero el hijo del hombre no tiene ni donde reclinar la cabeza’. El Señor te dice, ‘¿quieres venir conmigo?, pero puede ser que esta noche durmamos debajo de un puente’. Tienes que tener plena disponibilidad; tienes que tener la obediencia apostólica de no hacer lo que a ti te apetece en cada momento. El seguimiento de Jesucristo tiene que tener la capacidad de superar los apegos. Es verdad que Jesús emplea una serie de expresiones que no hay que entenderlas al pie de la letra, cuando dice ‘voy primero a enterrar a mi padre’, y el Señor le responde ‘deja que los muertos entierren a sus muertos’. Esta expresión la Iglesia nunca la ha pretendido entender literalmente. Como aquella otra expresión que te dice ‘si tu mano te hace caer, córtatela, o si tu ojo te hace caer, sácatelo’. Son expresiones que la Iglesia no las ha interpretado literalmente, pero sí es un reflejo de la radicalidad necesaria para seguir a Jesucristo.

Seguir a Jesucristo es tener claro que hay que priorizar, y si uno tiene que priorizar uno ha de tener un corazón libre de apegos para poner a Dios lo primero en nuestra vida. Para ser libre hay que tener el corazón purificado de apegos. Si mi corazón está lleno de apegos, de apegos al dinero, apegos a personas determinadas, apegos a formas de ver la vida… entonces es muy difícil ser libre para seguir a Jesús, porque estás esclavizado a tus apegos. San Juan de la Cruz ponía un ejemplo muy gráfico: Esto es como un ave, un águila que está atada con una cadena a una roca. Y otra ave está atada con un fino hilo a una roca. Es verdad que es más difícil romper una cadena que un hilo fino. El hilo fino parece una pequeñez, pero hasta que no lo rompas no vuelas’.  Así también a nosotros, a veces, nuestra libertad está atrapada por grandes pecados o por grandes esclavitudes. Otras veces por pequeños hilos, apegos, que te parecerán pequeñeces pero que nos quitan la libertad para seguir a Jesucristo.

Os voy a hacer una pregunta para que ayudar a distinguir qué diferencia hay entre ‘quiero’ y ‘me apetece’. Es verdad que es una pregunta un poco compleja. ¿Qué diferencia hay entre ‘quiero’ y ‘me apetece’? Parece lo mismo, pero no es lo mismo. Vamos a ver, en los días de labor ¿a qué hora te levantas para ir a trabajar? Pues a las seis de la mañana. ¿Crees que apetecía levantarse a las seis de la mañana? A todas luces a nadie apetece levantarse a esas horas. Pero sin embargo lo aceptamos, lo queremos, porque de no querer no nos hubiésemos levantado. De hecho decidimos levantarnos pronto y lo hemos hecho libremente, aunque no apetecía. Nuestra libertad está en nuestro querer, no en nuestro apetecer. Necesitamos purificarnos de los apegos de la apetencia para ser libres, sino no lo seremos nunca. En esa distinción entre querer y apetecer nos va la vida. Hay que saber distinguir entre lo que uno quiere y lo que a uno le apetece. Esto es fundamental ya que es un signo de madurez. Por eso la segunda lectura, la lectura a los Gálatas es muy interesante porque nos descubre, nos revela cuál es el concepto cristiano de la libertad. Para que nuestra libertad sea la capacidad para disponernos y entregarnos para el bien, y hacer de nuestra vida una entrega en el seguimiento a Jesucristo.

sábado, 11 de junio de 2022

Homilía de la Santísima Trinidad 2022

 

Domingo de la Santísima Trinidad

12 de junio de 2021, Ciclo C

 


            Hoy celebramos a la Santísima Trinidad, que es el misterio de Dios, y el hombre tiene una cierta capacidad de conocer a Dios. Podemos deducir, a través de las obras, de las criaturas de las que estamos rodeados, la existencia de un creador. El hombre tiene una capacidad natural de conocer a Dios. Pero una cosa es conocer la existencia de un ser supremo, infinito, fuente de la creación y origen del mundo; y otra cosa distinta es conocerle en su interioridad, conocerle en su intimidad, el ¿cómo es Dios? Y claro está, el definir el cómo es Dios supera nuestra capacidad natural de conocimiento de Dios, y requiere de la misericordia de Dios el revelarse, y esto es la revelación.

            En la revelación hemos conocido que Dios es el amante, al amado y el amor. Dios Padre el amante; Dios Hijo el amado y Dios Espíritu Santo el amor. Y además, afirmamos que hemos sido creados a su imagen y semejanza; por eso nos importa mucho conocer cómo es Dios, conocer su intimidad, pues dado que hemos sido creados a su imagen y semejanza, difícilmente nos entenderemos a nosotros mismos sin conocer a Dios. Es como una persona que no ha podido conocer a sus padres y quisiera poder conocerlos, porque se da cuenta de que si no ha conocido a sus padres, él no llega a conocerse a sí mismo; su propia personalidad permanece oculta porque si no conozco a mis progenitores, yo mismo no termino de entenderme. Porque de nuestros padres hemos recibido una gran heredad espiritual, no sólo un parecido físico. Por eso aplicando este ejemplo a lo que es nuestra relación con Dios, nosotros queremos conocer a nuestro Padre que es Dios, el cual nos ha hecho a su imagen y semejanza. Y si no le conocemos, nosotros no terminaremos de conocernos porque Él ha puesto su sello en nosotros.

Y ese sello que Dios ha puesto en nosotros tiene una característica muy especial, porque Dios no es un ser solitario, ni un ser aislado ni individual. Dios es un ser comunitario, es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo: es comunión de amor. Y esto que pertenece a la esencia de Dios está marcado, como un sello, en nosotros. El hombre tiene una vocación a la comunión de amor. Y es paradójico observar que en la medida que en nuestra cultura se ha secularizado, precisamente una de las consecuencias de esa secularización ha sido el perder ese sentido comunitario que tenemos. El hombre secularizado se ha aislado y vive mucho más aislado que el hombre religioso. Más aislado de la propia familia, es una familia menos extensa, es más nuclear, tiene menos relaciones familiares; más aislado de la propia Iglesia, el hombre tiene una religiosidad en la que la vida de Iglesia no le identifica; más aislado de la sociedad, donde las relaciones sociales son mínimas y cada uno vive aislado en pequeña burbuja. El hombre secularizado tiende a aislarse porque al alejarse de Dios va perdiendo la huella que Dios ha inscrito en nosotros a vivir en comunión, a ser imagen y semejanza del Dios que es comunión. Vivir menos en familia, vivir menos en Iglesia, vivir menos en sociedad es fruto de la secularización. Dios no ha querido que seamos autosuficientes, no nos ha hecho autosuficientes; nos ha hecho seres en comunión, con una misteriosa relación entre nosotros, muy superior a la que podemos percibir visualmente.