sábado, 10 de agosto de 2019

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario,. Ciclo C


Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo C
        La cuestión central de la Palabra de hoy puede ser: ¿Cómo responder al cansancio, ocasionado por el tiempo, con la fe?
             El Evangelio nos habla de un siervo al que el Señor le había encomendado un puesto de confianza [San Lucas 12, 32-48]. Pero lo que no sabe este siervo es que está siendo puesto a prueba para conocer en verdad cómo es él. Y la prueba es la demora, la tardanza del regreso de su señor. Quiere comprobar si realmente puede contar con la ayuda de ese siervo para cosas más importantes y por eso le prueba para saber si es un siervo fiel y obediente o no lo es. No sea que le vaya a colocar en un puesto de alta responsabilidad y le ocasione más problemas que otra cosa.
            Recordemos cómo el pueblo de Israel al ver que Moisés tardaba en bajar del monte del Sinaí se fabricaron un becerro de oro [Ex 32, 1-6]. Recordemos la parábola de las diez vírgenes que «como el esposo tardaba les entró sueño, y se durmieron» [Mt 25, 1-13]. O la parábola de higuera estéril [Lc 13, 16-9] cuando el hombre que la plantó dijo: «Hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Para qué ha de ocupar terreno inútilmente?» y recordemos en esta parábola que se le había concedido al árbol tres años para su crecimiento, así que ya habían pasado seis años desde su plantación. ¡Había pasado seis años y no había dado fruto la higuera!
            No nos olvidemos de Santa Isabel, la pariente de la Virgen María «que ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que todos tenían por estéril» (ya tarde, por lo años) [Lc 1, 36]. O la historia de Ana, la esposa de Elcaná [ 1 Sm 1, 1-27] que lloraba llena de amargura y rezaba junto a la puerta del Santuario del Señor pidiendo un hijo que no llegaba y a la que el sacerdote Elí pensaba que estaba borracha. Y el Señor le concedió un hijo llamado Samuel. O Sara la esposa de Abrahán que se le había ya pasado el tiempo de tener hijos y sin embargo tuvo a Isaac. O la Santísima Virgen María, que durante treinta años largos de la vida oculta de Jesús no veía en Él cosas extraordinarias o divinas, y en mitad de su rutina diaria sólo recordaba aquel encuentro con el arcángel Gabriel para darle aquella noticia. Y la Virgen perseveró obediente y como fiel discípula del Señor.
            El factor temporal, la tardanza, la rutina, el cansancio acumulado con los años…el tiempo en la vida matrimonial, consagrada, presbiteral, cada cual en su propia vocación… puede jugar en nuestra contra, y ser como esa gota fría y constante que termina perforando la roca. A lo que a uno le puede amenazar las dudas de…«¿me habré casado con la persona adecuada? ¿por qué me habré casado?», «¿no sería más feliz si me hubiera casado o hubiese hecho aquella carrera o aceptado aquel puesto de trabajo en vez de ordenarme sacerdote o consagrarme a Cristo en la Iglesia?».
            No nos olvidemos que hemos recibido una llamada que ha dado sentido y da sentido a nuestro existir, y que el que llama es fiel y quiere que le respondamos, aunque no entendamos, fiándonos de su promesa [Sabiduría 18, 6-9]. Dios siempre hace bien las cosas, sabe a quién elige y conoce los deseos más profundos de tu corazón.  Colaborar con Dios, (amar y perdonar a mi esposo; entregarme más de lleno a la comunidad y al servicio de la Iglesia; etc.), es ya de por sí, actuar con la fe. El tiempo lejos de enfriarnos, con Cristo y al lado de Cristo, lo disfrutamos.

11 de agosto 2019

domingo, 4 de agosto de 2019

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C


Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo C
            Aun cuando cierro los ojos me viene a la mente esa imagen de aquel castillo de arena, tan bien esculpido por aquel padre y su hijo en la playa de Laredo. Una auténtica obra de arte, no le faltaba ni el más mínimo detalle. De repente subió la marea y una ola barrió toda la playa. El niño empezó a llorar desconsoladamente.
            Uno se afana por estudiar una carrera, por aprobar unas oposiciones, por encontrar un puesto de trabajo y a alguien que te quiera y de repente viene la ola de la muerte, y todo lo que se ha conseguido queda barrido como el castillo de arena de la playa. ¿Estamos destinados a desaparecer, a ser un simple recuerdo que se llegará a desvanecer en el tiempo tan pronto como también desaparezcan aquellos que nos han amado? ¿Qué sentido tiene todos los esfuerzos realizados, todos los dolores sufridos y todos los gozos experimentados? ¿Qué sentido tiene todo el amor que hemos dado y que hemos recibido y por aquello que hemos luchado? El libro del Eclesiastés nos lo dice: «¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol?» [Ecl 1, 2: 2, 21-23]. Y el Salmo responsorial nos lo vuelve a decir: «Los siembras año por año, como hierba que se renueva, que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca» [Sal 89]. ¿Quién da consistencia a nuestra existencia?, ¿quién firmeza a nuestra extremada debilidad?, ¿quién vida a nuestra constante muerte?, ¿quién llamará a la Vida a las escasas y dispersas cenizas que queden de nuestros cuerpos mortales?
            La respuesta nos la da San Pablo: «Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria» [Col 3, 1-5. 9 -11]. Físicamente todos moriremos y nos enterrarán, pero al estar nuestra vida en Cristo escondida en Dios la muerte eterna pasa de largo, tal y como sucedió en Egipto cuando los hebreos pintaron las dos jambas y el dintel de sus puertas con sangre de los corderos o cabritos [Ex 12, 7] para que el ángel exterminador no entre en las casas para herir. ¿Y cómo  podemos estar en Cristo y así encontrarnos escondidos en Dios y así escapar de la destrucción total y absoluta?  En palabras de San Pablo: «Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia, y la avaricia, que es una idolatría». Nos vamos escondiendo en Dios en la medida en que vayamos dando muerte en nosotros al hombre viejo del pecado. Esto implica una renovación de la mente y del corazón, un luchar por estar en una constante actitud de conversión hacia el Señor, de tal modo que todo lo que uno haga, piense o sienta sea para estar con el Señor. No tengan miedo, si quieres estar con Cristo vete permitiendo que el Espíritu Santo vaya renovando tu mente,  purificando tu corazón, y en ese cambio que se vaya dando en ti descubras el gozo de «ser rico ante Dios» [Lc 12, 13-21]. Sólo Dios puede hacer prósperas y eternas las obras de nuestras manos.


Palencia, 4 de agosto de 2019