jueves, 25 de noviembre de 2010

Homilía de funeral de una persona de 89 años

HOMILÍA:

Como Comunidad Cristiana acompañamos en el dolor a esta familia. Dios quiso ayer llamar a nuestro hermano Manuel ante su presencia. Ahora se está dirigiendo hacia la morada del Padre Eterno, mientras nosotros, aquí, lloramos su muerte a esta vida terrena.

Lo más importante de todo esto, hermanos, es que cada cual administre su vida de tal manera que, cuando tengamos que encaminarnos hacia Dios Padre tardemos lo menos posible, para poder gozar, cuanto antes, de su Soberana presencia.

Cada uno de nosotros somos creaturas moldeadas por las manos del Creador. Aparentemente parece que podemos hacer todo cuanto nos propongamos, sin embargo, somos muy quebradizos ya que no estamos destinados a ser inmortales en esta vida; estamos llamados, desde antes de la creación del mundo, a vivir en plenitud junto a Dios. Todos somos un regalo de Dios, y hoy, damos gracias a Dios por habernos regalado a Manuel. Manuel nació y existió porque previamente Dios Padre pensó en él y le amó antes de su propia concepción. Ahora nos duele el desgarro de su separación; nos duele porque somos humanos y porque palpamos nuestras serias limitaciones como criaturas que somos.

Nuestro hermano Manuel, en la Santa Misa y tras las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote veía como el oficiante elevaba con sus manos la Sagrada Forma, la cual ya había dejado de ser pan para convertirse en el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Manuel la adoraba con veneración y respeto contemplando, en actitud orante, con esta textura de pan: lo hacía desde esta, nuestra actual orilla. Sin embargo ahora, nuestro hermano Manuel, al dar el salto de esta vida hacia la otra, podrá adorar con veneración a Cristo desde la otra orilla, y ahora ya no le verá con esa textura de pan, sino que le podrá contemplar tal y cual es, viéndose reflejados en los ojos del Señor. Nosotros desde aquí seguiremos adorando a la Santísima Forma Consagrada con la forma del pan y Manuel, a su vez, lo podrá adorar, incluso fijándose, en sus heridas de las manos y en los pies causadas por los clavos de la Cruz.

Sin embargo, y tal y como ocurre con los zapatos con el polvo de los caminos, se terminan ensuciando. También Manuel, como cada uno de nosotros, al caminar por los senderos de esta vida, también se ensuciaría con el pecado. Durante nuestra vida terrena el Señor nos regaló el sacramento del perdón o la confesión para podernos purificar y vivir en plena amistad con Él. Ahora nuestro hermano Manuel no puede hacer uso de dicho sacramento, sin embargo Dios que nos ama con gran pasión y que desea tener a Manuel lo antes posible ante su Divina y Soberana presencia, nos ofrece un medio para ello: Rezar por él y aplicar la Santa Misa por el eterno descanso, junto a Dios, del alma de Manuel. Un alma que al final de los tiempos, con la resurrección de la carne, se unirá con su cuerpo traspasado por el espíritu.

¡¡¡ Dale Señor el descanso eterno!!!, ¡¡¡ y brille para él la luz perpetua !!!. Así sea.

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