sábado, 28 de enero de 2023

Homilía del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A. BIENAVENTURANZAS

 

Homilía del domingo IV del Tiempo Ordinario, Ciclo A

29 de enero de 2023 

            El sermón del monte [Mt 5, 1-12a] nos habla de las características de la vida cristiana: el amor al enemigo, la nueva justicia del reino de Dios, … Las bienaventuranzas son propuestas para todo aquel que le desea seguir.

La expresión ‘bienaventurados los que…’ es ya usada en la antigüedad. De hecho, en la Odisea de Homero: «Bienaventurado el hombre que tuvo la fortuna de tener a una muy buena esposa». Los poetas griegos proclaman bienaventurados o dichosos sobre todo a aquellos a quienes los dioses les han otorgado las posesiones, la posibilidad de tener una vida cómoda. En la Biblia esta forma literaria entró bastante tarde. En el libro de los Salmos se emplea de un modo diferente. El salmo primero empieza con una bienaventuranza: «Bienaventurado o feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se entretiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos». Son bienaventuranzas muy diferentes a las bienaventuranzas paganas. Hay hasta 44 bienaventuranzas en el antiguo testamento, por lo que no es extraño que Jesús emplee esta forma literaria de ‘bienaventurado’. En este mundo se llaman ‘felices’ a aquellos a los que la vida les sonríe, el dinero les abunda y la suerte los acompaña, con éxito. Es decir, es entendido al modo pagano. Sin embargo, Jesús va por otros derroteros: Jesús llama ‘bienaventurado’ a aquellos, a los que desean que al final de su vida sea Dios quien estreche tu mano y te felicite por haber corrido bien tu carrera y haber combatido bien el combate de la fe.

Jesús presenta 8 bienaventuranzas en 72 palabras. El número ocho porque representa en la Iglesia primitiva la resurrección de Jesús, el primer día de la semana después del descanso. Y el número 72 porque en el libro del Génesis, en la tradición de los 70, los pueblos paganos conocidos eran 72. Con estos números el evangelista quiere decir que Dios no sólo hace una alianza con un pueblo, sino con toda la humanidad.

Jesús sabe que todos buscamos alcanzar la alegría, sin embargo erramos cuando equivocamos el objetivo. Uno tiende a equivocar la alegría con el placer, y de ese modo se equivoca de objetivo. Jesús hoy nos revela el secreto de la alegría, ahora bien, tenemos que fiarnos de su propuesta. ¿Preferimos seguir con nuestra astucias y objetivos tras lo que creemos que nos hará felices?

Jesús proclama las bienaventuranzas en un monte. El monte se destaca de la llanura y es como si se adentrara en el cielo. Luego escalar la montaña, subir al monte, significa acercarse con Dios. En la Biblia nos encontramos con Moisés que sube al monte. Elías también sube al monte. Jesús, cuando lleva a sus apóstoles, les está transmitiendo una cierta experiencia de Dios, para que asimilen sus sentimientos, sus pensamientos. El monte, la montaña se diferencia notablemente de la llanura. La vida del hombre se desarrolla en la llanura y todos conocemos las opiniones que circulan en la llanura para poder lograr la alegría: dichosos los que gozan de buena salud; dichosos los que tienen mucho dinero en el banco; dichosos los que pueden viajar, divertirse… Jesús nos invita a razonar de una manera muy diferente a como lo hacen el resto de los hombres para alcanzar la verdadera felicidad.

En la primera bienaventuranza Jesús declara bienaventurados los pobres en el espíritu. ¿Quién es el pobre? Pero claro, hay dos tipos de pobres: aquellos que les ha golpeado la desventura, la desgracia, por un terremoto, la guerra o una inundación. Éste no es el pobre al que Jesús denomina bienaventurado. Dios no quiere un mundo de pobres o de miserables. Es más, en el libro de los Hechos de los Apóstoles nos dicen que en la iglesia primitiva todos los hermanos, todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común [Cfr. Hch 2, 44], de tal manera que ninguno pasaba necesidad. De hecho, Jesús cuando lo proclama en aquel monten no se dirige a los mendigos o desheredados, se lo dirige a sus discípulos.

Y dice los pobres en el espíritu, ¿qué significa en el espíritu? Dentro de nosotros tenemos un instinto instintivo a acumular para asegurar nuestro porvenir, nuestra propia seguridad económica. Este instinto no nos impulsa a despojarnos de nuestros bienes o de preocuparnos de los demás. El espíritu nos lleva en dirección opuesta: es decir, despojarnos de estos bienes, no guardarnos las cosas para nosotros mismos. Si nos dejamos mover por este espíritu podremos ir captando las señales de socorro que los hermanos nos hacen, cuando sin decir nada -no asisten a las celebraciones, se le ve triste, no participa con sus intervenciones, lleva la ropa descuidada o su higiene algo descuidada…-, las están lanzando. Y uno es capaz porque al despojarse uno va adquiriendo una especie de radar que capta la necesidad y el sufrimiento del hermano. Dichoso el hombre que pone a disposición de los demás los dones que Dios le ha otorgado.

Recordad que cuando uno llegue arriba, a la aduana, lo que no tiene entregado es requisado y se pierde porque no ha sido transformado en amor. Jesucristo es el sumo ejemplo de pobre en el espíritu porque todos los segundos de su vida fueron un constante entregarse por amor a los hombres, fueran buenos o malos. Toda su vida fue un constante regalo.

Se refiere a los anawim, a los pobres de Yahvé, a todos aquellos cuya única esperanza es Dios. El evangelio nos presenta como prototipo principal a la Virgen María. María de Nazaret tenía un radar de gran precisión para captar las cosas: en medio del gran gentío en la boda de Caná se percató de la preocupación de los novios de que faltaba el vino.  Otros pobres, otros anawim fue la pobre viuda que echaba lo que tenía en el cestillo de las ofrendas del Templo o los ancianos Simeón y Ana. Y cuando uno se hace pobre en el espíritu uno forma parte del Reino de Dios.

La segunda bienaventuranza es la de bienaventurados los que lloran. ¿De qué aflicción o dolor está hablando Jesús? No se habla de ninguna desgracia o desventura. Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento. La aflicción de la que habla Jesús es la que se manifiesta en el llanto al darse cuenta de cómo su propia gente, a la que amaba, rechazó su propuesta de un mundo nuevo. Al constatar cómo la gente prefiere lo que tiene, mantener o conservar algo ya agotado e inservible, y rechaza esa propuesta nueva que les puede salvar. Y uno llora porque ama a esas personas y esas personas no necesitan ser salvadas. Recordemos que estamos en un mundo, en una sociedad que se jacta de haber excluido a Dios de la convivencia humana. Aquellos que vivan para sí, para aquellos a los que únicamente se preocupen de sus cosas o utilicen a los demás para conseguir sus propios objetivos no llorarán, no se entristecerán, pero no serán benditos, no serán consolados. Es beato porque vive con pasión el empeño por construir el Reino de Dios; donde Dios sea el único Padre y todos nosotros vivamos como hermanos. La tristeza, las lágrimas no brotan porque uno esté enfermo o las cosas le vayan mal; sino que brotan porque el mundo está mal porque no quiere acoger a Cristo en sus vidas. Dios está de parte de aquellos que lloran como consecuencia del amor porque de ese modo uno ya está construyendo, con su testimonio, el reino de Dios.

Pongamos un ejemplo al modo humano: Imaginaros del llanto de una persona que está avisando hace rato a un conductor diciéndole que la carrera ha desaparecido en un punto determinado porque el terreno se ha desplazado bastante generando una profunda falla, y el conductor no le hace ni caso; de tal modo que termina con el coche lanzándose al vacío y falleciendo en el accidente. Bienaventurados aquellos que experimentan cómo amar de verdad y de corazón a los demás es algo que duele profundamente.

La tercera bienaventuranza es bienaventurados los mansos. El adjetivo manso nos remite a la persona con calma que no reacciona a las provocaciones y que acepta pasivamente sin lamentarse de la injusticia. Sin embargo, ¿qué significa ser manso para Jesús? Para comprenderlo tenemos que remitirnos al salmo 37 donde reside esa espiritualidad de la mansedumbre. Este salmo nos habla de un hombre que teniendo que soportar la opresión y la malquerencia nunca cede a la tentación de contratacar con la violencia. El salmo dice: «Descansa en el Señor, espera en él, que no te haga perder la paz el que prospera con la intriga. Deja la ira, abandona el enfado, no pierdas la paz». Y dice la razón, porque siendo manso, de ese modo no se aumentará el mal y uno podrá remedio. Ya que la ira lo único que hace es aumentar el mal y generar un dolor mayor en vez de resolverlo o solucionarlo. La mansedumbre no es la invitación a la resignación, es el camino correcto para reaccionar cuando ves injusticia. Cuando uno se da cuenta de que las cosas no van según los planes de Dios, la primera tentación es la desinteresarse, y en dejar la cosas tal y como están porque uno no quiere sufrir. La segunda tentación es la de enfadarse y pensar que puedes resolver el conflicto con la agresividad y la violencia, por lo que añadirás más maldad a la que ya existe. Jesús es el manso y ha sufrido conflictos dramáticos con el poder político, con el poder religioso, pero vivía con los sentimientos y actitudes que caracterizan a los mansos.  Jesús estaba en la línea de aquellos que se comprometen a obtener la justicia, pero sin añadirle nunca más ninguna dosis de maldad. La promesa a los manos es que heredarán la tierra. Es la promesa de que ellos serán con Dios los constructores de una tierra nueva, una tierra donde los soberbios y los prepotentes estarán fuera. Una tierra nueva que remite a los cielos nuevos.

La cuarta bienaventuranza es bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia. ¿De qué justicia está hablando Jesús? El término justicia es un término muy peligroso.  La justicia de Dios no es vindicativa. No es la justicia de la guillotina. Recordemos que la guillotina era llamada el madero de la justicia porque ejecutaba a los malhechores. O cuando un criminal es llevado a prisión o al patíbulo se dice que se ha hecho justicia. La justicia de la que la que habla Jesús es el diseño de amor que Dios quiere realizar en este mundo. La justicia de Dios es que todos los hombres tomen conciencia de ser hijos y de ser hermanos entre sí: compartir los bienes, estar juntos ante el dolor y las alegrías, sentir como propias las necesidades de los demás, el ser capaces de perdonar, de cambiar el ser enemigos al ser hermanos. Esta es la justicia que deberíamos anhelar. Jesús toma como ejemplo el hambre y la sed, dos necesidades básicas, que son fundamentales satisfacer para poder sobrevivir en el desierto para que nos demos cuenta de lo urgente que es instaurar este tipo de justicia.

La quinta bienaventuranza es bienaventurados los misericordiosos. La misericordia no es la compasión. Cuando decimos que una persona es misericordiosa es porque sabe perdonar, es magnánima, no se deja llevar por el impulso de la venganza. Pero si aplicamos este concepto de misericordia a Dios nos encontramos con serios problemas. Este tipo de misericordia en Dios lo hace difícil porque no se lleva bien con la justicia. Si Dios es juez justo, no puede ser misericordioso. No es posible ponerlos de acuerdo: o se es justo o se es misericordioso. Dios es solo misericordia: Dios es amor incondicional y fiel. Dios es misericordioso en el sentido de que nunca se desviará de esa pasión de amor por cada uno de nosotros. ¿Cómo se manifiesta esta misericordia de Dios, este amor de Dios? Se nos manifiesta en Cristo y lo podemos concretar en una parábola del samaritano. El samaritano es Jesús que ha encontrado a la humanidad caída en las manos de los bandoleros, de los bandidos dejándola medio muerta. En ese samaritano se nos manifiesta la conducta misericordiosa de un hombre que se asemeja a la del Padre del Cielo.

¿Cuáles son los momentos en los que se manifiesta la misericordia de este samaritano -que es Jesús-?  Hay tres momentos para saber si uno es misericordioso o no. El primer momento es que tiene los ojos abiertos, le ve. No es preciso que el otro clame, ni grite ni pida socorro, sino que ve la necesidad del hermano. El segundo momento es que siente compasión, sintió lástima, empatiza con él, siente un impulso interno de amor que hace suyo el dolor ajeno. El tercer momento es que rápidamente interviene, le venda las heridas, se las cura con aceite y vino, lo monta en su cabalgadura y lo lleva a una posada para que le cuiden, dejando dinero de sobra para este fin. Ésta es la misericordia de la que nos habla Jesús en las bienaventuranzas. Sólo aquellos que están en la sintonía con la misericordia de Dios encontrarán la misericordia.

La sexta bienaventuranza es bienaventurados los limpios de corazón. Para nosotros el corazón es el asiento/la sede de las emociones. Para los judíos el corazón era el centro de todas las opciones, de todas las decisiones. El corazón puede ser puro o impuro. ¿Cuándo un corazón es puro? Es puro cuando está tan lleno de Dios que dicta las elecciones y orienta todas las decisiones que se toman. Y un corazón impuro es el corazón donde hay un revoltijo de dioses, de ídolos cuando en el corazón también está Dios, pero luego muchas decisiones parten del dinero, de los intereses propios, del afán de protagonismo, del odio, del libertinaje moral y toman las decisiones que nos van sumergiendo en el mal. La promesa a los limpios de corazón es que tendrán una profunda experiencia de Dios. Para ver, para experimentar a Dios primero uno debe de purificar su corazón y sólo así podrán tener una experiencia de Dios.

La séptima bienaventuranza es bienaventurados los que trabajan por la paz. Los pacíficos no son los que han de estar siempre de acuerdo con todo para no generar conflicto y trata de llevarse bien con todos. ¿Qué quiere decir Jesús con constructores de la paz? Esta paz de la que nos habla Jesús implica la plenitud de vida, implica la presencia de todos aquellos bienes que permiten a los hombres ser felices. Todos aquellos que crean las condiciones económicas, sociales, políticas, eclesiales, culturales favorezcan esta paz es bienaventurado del que habla Jesús. Y a éstos Dios les llama ‘sus hijos’, es tanto como que Dios diga: ‘Tú realmente eres mi hijo’ porque Dios quiere la plenitud y la felicidad de todos sus hijos.

La octava bienaventuranza es bienaventurados los que son perseguidos. Cuando estamos en el monte, en la montaña con Dios todo va con normalidad. El problema está cuando bajamos a la llanura y nos relacionamos con personas que piensan de un modo diverso, con otros criterios y valores. De hecho, es en la llanura, con la gente que piensa de diverso modo, dónde se nos probará en nuestra fe y si somos consecuentes con lo que Jesús nos enseñó. Jesús nos dice que aquellos que deseemos instaurar el Reino de Dios no lo vamos a tener nada fácil. Es más, dirán todo lo malo de nosotros, nos perseguirán… por causa de Jesús. Cuando uno vive según las enseñanzas de Jesús genera problemas porque el mundo no acepta otro modo diferente de actuar. El apostar por el amor definitivo y fiel hacia una persona como es Jesucristo en los hermanos… no se acepta. Porque esta sociedad nuestra sólo quiere lo que le interesa; sólo se acerca a las personas de las que se puedan aprovechar; sólo se quiere a los demás para poder obtener los propios beneficios. Todos aquellos que son llamados bienaventurados por ser perseguidos son ciudadanos del reino de los Cielos. Todos aquellos que viven en sintonía con las bienaventuranzas van manifestando, van instaurando, van creando una cultura nueva, un modo de estar nuevo donde Dios tiene el protagonismo y el lugar prioritario que le corresponde. Y todos aquellos que son perseguidos son felices, no porque espere -que también- una vida en la Eternidad, sino porque al ser perseguidos deja en claro que están siendo consecuentes y viven de una manera diferente a los criterios del mundo. De este modo, al tener a Cristo con nosotros, nadie podrá robarnos ni arrebatarnos el gozo de su presencia.

sábado, 21 de enero de 2023

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo a

 

Domingo III del Tiempo Ordinario, ciclo a

22 de enero de 2023

            Hermanos, en los versículos anteriores hemos dejado a Jesús siendo tentado por el diablo en el desierto. Y ahora se nos cuenta cómo Juan el Bautista había sido arrestado por Herodes y Jesús se retira establece en Cafarnaún [Mt 4, 12-23].  Se retira a Galilea y se establece en la parte norte del lago cerca de Cafarnaún. Allí estará el centro de su predicación.

            Llama la atención que el evangelista Mateo emplee el término ‘mar’ cuando en realidad es un lago: El lago de Genesaret o el lago de Galilea. Sin embargo, el evangelista no quiere centrar en lo topográfico del terreno, sino que al usar el término ‘mar’ lo hace con una intención teológica. Porque el mar marca la frontera con los paganos, y es allí, al otro lado del lago, donde la gente muestra una mayor resistencia a la predicación. Y además recordemos que esa zona fue atravesada por el pueblo de Israel cuando salió del éxodo para entrar en la Tierra Prometida.

            El evangelista Mateo emplea el verbo ‘retirar’. Nos cuenta que Jesús «se retiró a Galilea». Y se emplea este verbo en relación con un peligro a evitar, en este caso está la hostilidad de Herodes Antipas que será el responsable de la muerte de Juan el Bautista. Es una llamada a tener discernimiento y saber dónde y cómo estar los diferentes lugares que tengamos que desenvolvernos.

            La intención de Mateo a través de estas indicaciones geográficas y de cita bíblica del profeta Isaías es establecer el punto de partida y el centro de la actividad de Jesús en una región que aunque estaba vinculada a una promesa de salvación no era considerada en el tiempo de Jesús como el lugar donde el Mesías se iba a manifestar. Jesús empieza su actividad en el lugar menos esperado de todos, donde no podría surgir ningún aspirante a ser un líder. Y de ahí la cita de Isaías 8, 23. 9,1: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierras y en sombras de muerte, una luz les brilló». Ese pueblo vivía postrado en lo tenebroso, en las tinieblas; ellos moraban en las tinieblas de lo moral, en el pecado. Y el evangelista emplea este texto para destacar que una de las tareas de Jesús será abrir los ojos de los ciegos que se han acostumbrado a lo tenebroso de las tinieblas de este mundo: Brillar para ellos como esa luz que disipa las tinieblas del pecado y nos introduce en una dinámica de salvación y gozo. En este evangelio de Mateo aparece la palabra ciego hasta 17 veces, porque la imagen de la luz para indicar la salvación traída por Jesús es una constante desde el inicio de su ministerio hasta el final de los tiempos: Una luz que resplandece para toda la humanidad. Y los discípulos recibirán también esta tarea de ofrecer y proporcionar la luz que disipe nuestras tinieblas y nos quite la ceguera espiritual.  No una luz que ilumina desde el exterior, sino una luz que desde dentro ilumina el mundo. Es más, el pasaje del profeta Isaías nos cuenta la transición de una situación de opresión a otra de salvación.

Recordemos el contexto de lo profetizado por Isaías -del primer Isaías-: en aquel tiempo todo quedaba eclipsado y condicionado por la conquista y supremacía del imperio Asirio. Una época turbulenta y difícil. Todo esto con la consiguiente influencia de los elementos paganos y de la pérdida de la identidad religiosa hasta el punto que, pasado mucho tiempo, se sigue hablando con cierto desprecio de esa región del norte como la ‘Galilea de los gentiles’, como la zona de los paganos. Nosotros, nuestra sociedad está sometido a otro imperio al estilo de los asirios que contaminan y hace que perdamos nuestra propia identidad religiosa.  Y la Iglesia está llamada a dar luz para disipar estas tinieblas.

El versículo más importante lo tenemos en el 17: «Desde entonces empezó Jesús a proclamar diciendo: Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos». Que es tanto como decir ‘cambiad de vida porque el reino de los cielos está entre vosotros’. Nos está diciendo que Jesucristo está con nosotros, en medio nuestro, para darnos de su fuerza -de su Espíritu- para que podamos amar. Se trata de acoger a Jesús, no se trata de hacer cosas buenas para atraer la atención benévola de Dios. Se trata de vivir disfrutando y sabiendo que contamos con la presencia de Dios. El Padre de Jesús no absorbe las energías a los hombres, sino que nos proporciona su energía -su Espíritu- para alentarnos en nuestras particulares batallas y pruebas. Saber y tener experiencia de la presencia amorosa y potente de Cristo en nuestra vida genera un cambio de mentalidad que se manifiesta en un nuevo comportamiento. De tal manera que mientras antes vivías para ti, a partir de ahora empiezas a vivir para los demás. Si hasta hoy has pensado en tu propio interés o provecho, a partir de ahora piensa en lo que pueda aprovechar a los demás como objetivo principal en tu existencia.

Mientras para los judíos la manifestación del reino de Dios iba a ser por todo lo alto, con una manifestación extraordinaria del poder de Dios, para el evangelista la venida del reino no se debe a una manifestación extraordinaria del poder de Dios, pero es necesaria la activa colaboración de cada persona. Y con ese proceso personal de conversión uno va colaborando en la manifestación del reino de Dios, y uno colabora en ese reino de Dios cuando realiza el ejercicio de la realeza de Dios en su vida. Cuando uno perdona, aunque no tenga la culpa; cuando uno entrega algo sin esperar a que se lo devuelvan; cuando uno reza por sus enemigos; cuando uno muere para que el otro pueda vivir; cuando uno piensa primero en las necesidades de los otros antes de las propias… así es como uno va ejerciendo esa realeza.

Nos sigue diciendo la palabra que Jesús caminando por el mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón y a Andrés. Lo primero que hace Jesús es buscar colaboradores para extender el reino. Y no los busca en los lugares sagrados. Jesús podía haber buscado a sus colaboradores en la sinagoga o por el Templo o en cualquier escuela rabínica, pero no. Lo hace porque sabe que las personas religiosas son más reacias a los cambios y resulta que todo su mensaje es nuevo. Jesús elige a personas normales, a personas de la calle para una misión tan importante.

El evangelista san Mateo para relatar el encuentro de Jesús con sus apóstoles utiliza el verbo ‘ver’. Este verbo ‘ver’ usado con intencionalidad por el evangelista, nos quiere remitir al libro del Génesis, manifestando aquella mirada positiva de Dios cuando en el momento de la creación dijo aquello de «y vio Dios que era bueno». Porque esos apóstoles, con la llamada de Dios, son una nueva creación.

Además, se destaca una imagen que es clave y distintiva de la comunidad cristiana, «que eran hermanos»: Simón y Andrés eran hermanos, tal y como lo eran también Santiago y Juan. Otro detalle importante es que los nombres de Simón y Andrés tienen un origen griego, no judío, destacando que ellos pertenecían a una familia con una mirada abierta hacia lo religioso, no estrecha. Y a Simón le pone de sobrenombre ‘Pedro’, ‘piedra’, que indica la cabeza dura, la terquedad del cántaro, ya que es una personalidad probada que tendrá dotes de mando.

Otra cosa que no deja de ser una paradoja: Jesús les invitará a ser pecadores de hombres. Y la verdad que es cómico porque Jesús les invita a ser pecadores de hombres y Pedro será el único discípulo que va a ser pescado por el Señor. Recordad de aquel pasaje que Pedro va andando sobre las aguas para salir al encuentro del Señor y al dudar se empieza a hundir, a lo que Pedro le pide que le salve. El pescador de los hombres es pescado por Cristo. Y recordemos que Pedro es el más testarudo de todos que le prometió a Jesús que ‘aunque todos te abandonen, yo no lo haré’. Y le abandonó, negándole por tres veces. Y Jesús vuelve a pescar al pecador cuando el gallo cantó por tercera vez. Jesús siempre le llamó con el nombre de ‘Simón’, sin embargo el evangelista para destacar la tozudez de ese apóstol le llamará con el nombre de ‘Pedro’.

Jesús les invita a ser pescadores de hombres. Jesús no les invita a que ingresen en una escuela rabínica para que aprendan la Torá, tal y como lo hubieran hecho los otros maestros. Jesús los invita a una acción práctica. Eran pescadores y sabían lo que significaba pecar a un pez. Pescar un pez significa atrapar al pez, sacarlos de su habita vital y trasportarlos a la tierra donde se encuentran con la muerte. Jesús dice todo lo contrario: Los hombres están en el agua, que representa al mal. Para los judíos de aquella época, el estar el mar, el estar sumido en una pesadilla. Los judíos pensaban que sólo los que eran sepultados en la tierra de Israel más tarde resucitarían. Ellos estaban aterrorizados de morir ahogados en el mar. El pecador debe sacar a los hombres de la esfera de la muerte, del mar para llevarlos al ámbito de la vida. Por eso la invitación de Jesús a los apóstoles a ser pescadores de hombres. Jesús invita a colaborar en su misión a los apóstoles, a rescatar a las personas de los lazos de la muerte. Se trata de sacar a los hombres y a las mujeres, de tirar de ellos, es decir, el salvar a las personas. Una invitación muy actual, sobre todo con las leyes que se están promulgando y con toda la mentalidad anti-natalidad, toda la suciedad que lleva consigo la ideología de género,…

¿Y cómo se pesca a un hombre? Una vez que Jesús está resucitado nos indicará cómo y dónde realizar esta pesca. El último capítulo de San Mateo, el capítulo 28, cuando Jesús dice «Poneos, pues, en camino, haced discípulos a todos los pueblos y bautizadlos para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo». La misión de Jesús es sumergir a cada persona en su Padre. Del mismo modo que Jesús también fue sumergido por Juan el Bautista en las aguas del Jordán. Sólo las personas se salvan si están empepados e impregnados con el amor del Espíritu.

Dicen que los apóstoles «inmediatamente dejaron las barcas y lo siguieron». Sin pedir condiciones ni explicaciones. Seguir a Jesucristo comporta una ruptura radical con la vida presente. Uno no tiene ninguna garantía, solo se fía de Dios.

Los otros discípulos, Santiago y Juan, eran los hijos de Zebedeo. Mientras Simón y Andrés eran nombres de origen griego con una mentalidad más abierta, los nombres de Santiago y Juan son de un origen judío, con una mentalidad mucho más estrecha, mucho más tradicional. De hecho, estos dos hermanos son los que más problemas traerán a Jesús. Ellos dejaron la barca y dejaron a su padre. El seguimiento radical a Jesús se demuestra con el abandono del padre, para poder aceptar al único Padre, el cual es Dios.  La comunidad de discípulos reconocerá como único padre al Padre del Cielo, cuya paternidad no nos manda, sino que nos comunica su amor. Un detalle importante porque dice el evangelio que ellos abandonaron a su padre Zebedeo, pero ¿qué sucede con su madre? Dejan al padre, pero no dejan a la madre. Esa madre es muy entrometida. Nunca es presentada como la esposa de Zebedeo, sino como la madre de los hijos de Zebedeo y esta madre será la ruina de sus hijos [Crf. Mt 20, 20-23]. Es la madre que se deja mover por la ambición y perjudicará a sus hijos: «Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Y lo hace arriesgando a crear división y confrontación entre los discípulos.

Jesús todo lo que toca lo sana. Dejemos que el Señor nos pesque para que nosotros podamos ayudarle a pescar a los demás.


sábado, 14 de enero de 2023

Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

 


Domingo II del Tiempo Ordinario, Ciclo A

15 de enero de 2023

            En el libro del Éxodo, en la noche de la liberación de la esclavitud de Egipto para empezar el largo viaje a la tierra de la libertad, el Señor dice a Moisés y a Aaron [Cfr. Ex 12] que cada familia se procure tener un cordero para comerlo. El comer esa carne les dará las fuerzas para salir de la esclavitud y empezar el camino que han de emprender hacia su libertad. Y la sangre del animal ha de ser empleada para marcar el dintel y las dos jambas de las puertas de esas casas y de ese modo el ángel exterminador pasará de largo y no entrará en esas casas.

            El evangelista Juan presenta a Jesús como este cordero [Jn 1, 29-34], como el cordero pascual; cuya carne nos proporciona la capacidad para liberarse de la esclavitud de la oscuridad del pecado y caminar hacia la libertad y la sangre que se derrama por nosotros, no nos libera tanto de la muerte física, sino que nos libera de la muerte para siempre.

            El evangelista Juan está elaborando estos capítulos de su evangelio con la finalidad de llegar al episodio de las bodas en Caná de Galilea [Cfr. Jn 2], y estas bodas se realizan, según el orden designado por san Juan, en el séptimo día; siendo el primer día cuando Juan el Bautista se autodefine como «yo soy la voz del que clama en el desierto: allanad el camino del Señor»; y siendo el segundo día cuando Jesús se pone el la fila de los pecadores para ser bautizado por su primo Juan. Y pone esas bodas en Caná en el séptimo día resaltando la plenitud de la creación, como el cambio de la alianza: Esa alianza esponsal de Dios con cada uno de nosotros.

            En el prólogo de Juan, Jesús es presentado como el Mesías, y ahora es presentado por Juan el Bautista como el Cordero de Dios. Esto llama bastante la atención de todos aquellos que le oyeron, porque nos está diciendo que Jesús es el que genera en nosotros ese lanzamiento hacia la libertad. A demás Juan el Bautista nos dice «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Jesús es que quita el pecado del mundo; no se trata de los pecados del mundo en plural.

¿De qué pecado se trata? ¿Qué pecado es el que quita el Cordero de Dios? Este pecado es el rechazo de la vida que Dios comunica: Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Ese pecado era debido a las falsas ideologías religiosas que bloqueaban la luz del amor de Dios al llegar al hombre. Esas falsas ideologías religiosas eran como esas cortinas de tela gruesa o esas persianas cerradas que no permiten entrar ni un poquito de claridad que impiden que veamos más allá de nosotros mismos. Por eso es importante tener en cuenta, en el momento de la muerte de Cristo, fue la cortina del Templo la que se rasgó en dos de arriba abajo [Cr. Mc. 15,38]. El pecado es negarse a reconocer a Cristo como el enviado de Dios; negarse a que Cristo sea el centro que da forma a todo tu ser. ¿Y porqué quitar precisamente ese pecado? Porque ese pecado, el no reconocer a Jesús como el Kyrios, Señor. Era preciso quitar este pecado, esta falsa concepción de Dios, que es como un manto de oscuridad que oprime al mundo.

El evangelista no presenta al Mesías que ejerza la violencia; no lo presenta como un león, como el león de Judá. Lo presenta como el Cordero de Dios. Tampoco nos presenta a Jesús como una persona vestida con vestimentas religiosas. Se presenta como hombre, con la plenitud de Dios.

Juan da testimonio diciendo «he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él». Se está dirigiendo a ese resto de Israel, que ha sido fiel y se ha mantenido unido a Dios en medio de las pruebas, y les habla de una paloma.

La imagen de la paloma nos remite al libro del Génesis, cuando en el momento de la creación el espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas [Cfr. Gn 1,2]. Sobre el caos, sobre las aguas que representan a la muerte, el Espíritu de Dios aleteaba. Y Jesús, al descender la paloma sobre él, es presentado como el complemento de esta creación. De tal modo que Jesús es presentado como el nido del Espíritu, la morada permanente del Espíritu. Para el evangelista no es suficiente que el Espíritu descienda sobre una persona, sino que nuestro espíritu permanezca en Jesucristo. Porque Jesucristo es la presencia visible de Dios, y nosotros estamos llamados y urgidos a permanecer con él. Es lo que nos dice San Pablo: «Ese mismo Espíritu se une al nuestro para dar testimonio de que somos hijos de Dios» [Cfr. Rm 8, 16].

¿Y cómo se quita el pecado del mundo? Bautizándonos en el Espíritu Santo. El Espíritu que bajaba del cielo como una paloma es la plenitud del amor de Dios que da claridad en medio de las tinieblas. Ya el evangelista Juan, en su prólogo, nos dice que la luz no lucha contra la oscuridad: La luz brilla y la oscuridad se desvanece. Y así es como funciona la vida cristiana: no es luchar contra el enemigo, no es pelear contra el otro. Sino que la oscuridad se desvanece cuando estás unido a Cristo, de este modo uno puede amar al otro y sentirse perdonado por el amor de Dios.

La actividad de Jesús es empeñarse en evangelizar, en bautizar con su Espíritu Santo. Bautizar con el agua es bautizar con un elemento externo y en el exterior: Bautizar con el Espíritu Santo es que entre en lo más íntimo de nosotros la fuerza del amor de Dios. Y este Espíritu nos va santificando por dentro. Y por eso, este modo de actuar Jesús es una oportunidad que nos ofrece a todos los que deseen seguirle.


martes, 10 de enero de 2023

Funeral de mi padrino de bautismo

Funeral de Pedro García Gutiérrez

Paredes de Nava (Palencia) 11 de enero de 2023

 

Hermanos, el tiempo va transcurriendo y por el camino de la vida nos van dejando muchos seres queridos, los cuales se han ganado un lugar en nuestro corazón.

Esta tierra se ha ido forjando en el tiempo con personas con ese carácter castellano que han sabido sobrevivir en los malos tiempos con su trabajo. De tal modo que su trabajo, su sentirse cristiano y su experiencia acumulada nos han ayudado a ser lo que somos nosotros ahora.

Pedro había adquirido esa capacidad de soportar el dolor sin quejarse, sin lamentarse. Es una característica que han adquirido aquellos que se han ido curtiendo con la dureza de la vida.

Y es Dios quien llamó a la existencia a Pedro y es Dios quien ahora le reclama para sí.

            Hay personas que me dicen ‘¿por qué no han vuelto nadie del más allá para decirnos cómo se está allá?’. Lo dicen porque en el fondo no se creen esto de la resurrección de los muertos y lo ven como un cuento o una fábula. Yo sé que hay uno que sí que regresó de la muerte, porque los lazos de la muerte no tuvieron la suficiente fuerza como para poderlo sujetar: Esa persona es Jesucristo. La dificultad reside en que es complicado creerse esto de la resurrección si uno no tiene ardiente  y viva la llama de la fe, ya que las sombras del dolor tienden a desanimarnos y a caer en la angustia.

            Santa Teresa de Jesús nos comenta que «la vida es una mala noche en una mala posada» [Camino de Perfección, 40,9], ya que todo lo que uno sufre, si lo hace por amor, todo adquiere sentido de plenitud y ayuda a ascender hacia la presencia de Dios. Porque, como ella misma también nos dice: «Solo el amor es el que da valor a todas las cosas» [Exclamaciones 5,2].  Todo lo que hacemos en la vida tiene valor si lo hacemos con amor; Ya San Pablo nos lo recuerda: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que suena o címbalo que retiñe. (…) Si no tengo amor, nada soy» [Cfr. 1 Cor 13].

            Pedro es una persona, digo que es -hablo en presente-, porque no puede morir aquel que ha sido creado por el amor con mayúsculas, que es Dios. Dios es amor y el amor no muere; luego aquel que ha sido creado a base de amor no puede desaparecer, no puede morir, no puede desvanecerse. Es verdad que el mismo Jorge Manrique nos escribió en las ‘Coplas por la muerte de su padre’, diciéndonos aquellos versos bellísimos:

«Nuestras vidas son los ríos

que van a dar al mar,

que es el morir;

allí van los señoríos

derechos a se acabar

e consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

e más chicos;

i llegados, son iguales

los que viven por sus manos

e los ricos».

 

Pero más cierto aún es que aquellos nombres que han sido inscritos en el Libro de la Vida, resurgirán de sus cenizas y serán conducidos la presencia del Todopoderoso. De tal modo que todo lo que acá hicimos, allá tuvo su eco, y todo el sufrimiento de esta vida servirá como catarsis, purificación para alcanzar la otra vida. Recordad: el amor no puede morir, porque Dios, que es Amor, es Eterno y Dios es nuestro Garante y nuestro constante protector.

Pedro era una persona de iglesia. Amante de su cofradía de Jesús Nazareno y de la Quinta Angustia. Con quince años empezó a ser cofrade y ha querido a su cofradía hasta el último momento. Yo he sido testigo de cómo él quería a sus hermanos cofrades del mismo modo que ellos le quieren a él. Un cofrade fiel y bueno. Pedro es de esas personas religiosas castellanas que se sentía orgulloso de ser paredeño y cofrade. El ser cofrade era algo que había vivido desde pequeño y lo llevaba en la sangre.

Recuerdo con agradecimiento la alegría que me manifestaba cuando le visitaba o hablaba con él por teléfono. Esa alegría es algo que le caracterizaba porque era una persona que le gustaba estar con la familia y con los amigos. Siempre que tenía oportunidad presumía de sus nietos y se le veía rejuvenecer cuando estaba con ellos. Para él, Paula, Daniel, Marta, Rodrigo y Sandra siempre era un motivo para sonreír y sentirse orgulloso de ellos. Sus hijos le han mostrado siempre su cariño y él lo sabía, y de hecho disfrutaba con ellos.

Pedro, a parte de ser mi tío, era mi padrino de bautismo; luego yo era su ahijado. Y yo ahora, junto con todos vosotros y la oración que aportáis, le estamos despidiendo de esta vida terrenal ya que ahora está naciendo a la vida celestial.

Pedro, cuando encuentres y te reúnas con tu esposa Teodora, dile de parte de tus hijos, de tus nietos y de toda tu familia que los dos habéis sido para nosotros un bellísimo regalo de Dios.

Dale Señor el descanso eterno y brille para él la luz eterna. Amén.

sábado, 7 de enero de 2023

Homilía del Bautismo del Señor, año 2023

 

Bautismo del Señor en el Jordán, año 2023

8 de enero de 2023

            Hoy nos encontramos a Jesús con treinta años: Pasa de la vida privada a la vida pública con la que comienza su misión [Mt 3,13-17].

Jesús, que se encontraba en Galilea, al oír hablar de su primo Juan el Bautista se dirige hacia él, hacia el Jordán. Era prácticamente al otro lado del Jordán, en la zona oriental, la cual no dista mucho de Jericó. El cual fue el punto por el cual entró el pueblo de Israel para entrar a tomar posesión de la tierra prometida. Jesús y Juan se encuentran en la parte opuesta; y Juan, desde allí bautiza. Esto tiene un significado muy importante, porque significa que les está pidiendo que hagan otro éxodo, pero ya no de Egipto, sino de Israel. Les está diciendo que su vida es un auténtico desastre y deben de retomar su vida desde la raíz. Les está interpelando diciéndoles que ¿dónde está el espíritu de los verdaderos israelitas, de auténtico pueblo fiel de la alianza? Les está diciendo que vuelvan de nuevo al exilio y que una vez que hayan sido bautizados vuelvan de nuevo a la tierra prometida. Esta era la razón por la que los fariseos y saduceos estaban enfadados y por esta razón Juan el bautista les llamaba ‘raza de víboras’ ‘¿queréis huir de la ira de Dios?, ¡convertíos y dad frutos dignos de conversión!’.

Recordemos que en Jerusalén había más de cien piscinas en torno al Templo en las que se realizaba este tipo de rito. ¿Os acordáis del paralítico que no podía entrar en la piscina cuando se removían las aguas porque siempre otro se le adelantaba?, la piscina de Betesda [Jn 5, 1-16]. En Jerusalén ya existía este tipo de ritos y ya había lugares preparados para hacerlos. Este pasaje nos remite al episodio de Naamán el Sirio cuando por siete veces se bañó en el Jordán por siete veces [2 Re 5]. Sin embargo, Jesús va al río Jordán, y en concreto en la zona de la galilea de los gentiles, que tiene un claro significado bíblico y que tiene relación con el éxodo. Es tanto como decirles que, aunque están en Jerusalén están viviendo como lo hacían en Egipto, con el pecado que les está esclavizando. Y les está diciendo que ellos, que son el pueblo de la Alianza, pero viven sin ser consecuentes con ello, van a empezar un nuevo éxodo; y es una urgente llamada a que empiecen de una vez a convertirse. Les dicen que les conviertan.

El pueblo llano sí que iba donde Juan el Bautista porque veían una coherencia en ese hombre que había estado formándose en el monasterio de Qumrán con los esenios y que había pasado un tiempo de formación y después se retiró al desierto. Y cuando esto lo oyó Jesús, Jesús se dirigió de Galilea a ese punto, a la Transjordania, la galilea de los gentiles, tierra de Zabulón y Neftalí. Esta era una tierra de paganos, no era precisamente la tierra santa. Jesús les está diciendo, venid aquí, a esta tierra pagana para volver a entrar en la tierra prometida, pero siendo otras personas, viendo como seres resucitados, permitiendo que el Espíritu more en ellos. Ellos, Jesús, Juan el Bautista y todos los que deseaban ser bautizados estaban en tierra pagana, y les dice que ‘ahora tienen que empezar una vida nueva’.

Cristo, que estaba por ahí, se pone en la fila de los pecadores, y esto fue un escándalo de Juan el Bautista: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, y ¿eres tú el que viene a mí?». Juan el Bautista, que todavía está haciendo su camino, no entiende que Cristo, el hijo de Dios se presente como el hijo del hombre, el Jesús de Nazaret que asume nuestra condición y se pone en la fila de pecadores, aun no siendo pecador, se solidariza con el género humano hasta ese punto. Y Juan el Bautista se queda escandalizado porque también Juan tiene que realizar un proceso de maduración en la fe. Es importante de resaltar al contestación que Jesús da a su primo: «Deja eso ahora; pues conviene que cumplamos lo que Dios ha dispuesto». Ese ‘deja eso’ nos remite a las tentaciones de Jesús en el desierto cuando Jesús dice al demonio que no le moleste, que le deje, que se aparte. E incluso al mismo Pedro cuando le reprende diciéndole ‘apártate de mí Satanás, tu piensas como los hombres, no como Dios’. Juan el Bautista está en ese camino de conversión al Señor y por eso el mismo Juan se escandaliza de la actuación de Jesús. Jesús le da a entender a Juan que se aparte, que no le impida que él realice su misión. El problema de fondo es que a Juan le costaba aceptar el proyecto de Dios en su vida; a Juan se resistía a creer aquello que nos dice la carta a los filipenses: «El cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre (…)» [Fil 2, 6-8].

Jesús es bautizado y Juan se queda perplejo. Juan el Bautista había recibido una revelación que le dijo ‘cuando veas al Espíritu Santo posarse sobre él en forma de paloma, ese es el hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ [Cfr. Jn 1, 32-34]. Y es más, cuando a Juan el Bautista cuando le encarcelan, mandará a sus discípulos para que le pregunten a Jesús ‘¿eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro?’ [Cfr. Lc 7, 20]. Esto formaba parte del proceso de maduración en la fe del propio Juan el Bautista.

Jesús, al quedar sumergido en el río Jordán, es como si se solidarizara con el hombre viejo, el Adán, que muere en el río Jordán -las aguas representan la muerte- para pasar de una vida de esclavitud -el pecado- a una vida de libertad -la gracia divina-. Cristo sale de las aguas, no como Jesús de Nazaret, sino como el Hijo de Dios ‘este es mi Hijo muy amado’. Y Jesús se dirige después, con sus discípulos hacia la tierra prometida. Jesús, junto con sus discípulos, entra en la tierra prometida, entra en Israel, tal y como lo hizo el pueblo hebreo después de los cuarenta años peregrinando por el desierto tras salir de la esclavitud del faraón de Egipto.

Dios se nos da, sin que nosotros le busquemos, porque estamos muy distraídos. Porque estamos muy ocupados con nuestras cosas, con nuestros cumplimientos y todas esas cosas… y es el Señor quien se nos presenta y se nos ofrece y se nos revela a la humanidad. Y ahora la segunda parte es que nosotros nos despertemos y empecemos a ir con Él, detrás de Él, ¡que vayamos detrás de Jesucristo!


jueves, 5 de enero de 2023

Homilía de la Epifanía, Año 2023, Ciclo A


 Epifanía del Señor, año 2023, Ciclo A

            Hoy la Iglesia nos regala el capitulo dos de san Mateo [Mt 2,1-12] y nos invita a distanciarnos de todo aquello que nos pueda distorsionar su sentido más profundo. El evangelio nos habla de un rey, del rey Herodes, el cual era un rey ilegítimo. Era ilegítimo porque no tenía sangre judía en las venas y por lo tanto no podía ser rey de los judíos. Y era un rey tan sospechoso que pensaba que en cualquier momento alguien podía quitarle el trono, de tal modo que él mismo mando matar a sus propios hijos. Y en medio de este contexto de tensión aparecen unos magos diciendo «¿dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?».

Aparecen unos magos venidos de oriente. En aquel tiempo el término ‘mago’ se entendía como el adivino, el engañador, el astrólogo. De tal modo que era una actividad que venía prohibida en el libro del Levítico capítulo 19, de tal modo que en el primitivo catecismo cristiano ‘Didajé’ -palabra hebrea que significa enseñanza- el ejercer como mago estaba prohibido.

Por lo tanto, en cuanto paganos y en cuanto magos, desde el punto de vista del Antiguo Testamento eran los que estaban más alejados de Dios.  El evangelista quiere significar que el amor universal de Dios se extiende en todas partes y por todas partes: El amor de Dios es para todos y todos lo reciben con la misma calidad, incluso para aquellas personas a las que podríamos considerar despreciables.

Los magos vienen de oriente hacia Jerusalén. Y realmente los magos se confunden al ir a Jerusalén, la ciudad santa, porque Jesús no nació en Jerusalén, la ciudad santa. Jesús nace a las afueras de un pueblo llamado Belén, que significa en hebreo ‘casa del pan’. Recordemos que Cristo es el pan vivo bajado del Cielo y nace a las afueras de Belén como los excluidos, como los marginados.

Los magos van a Jerusalén, pero no van al Templo. Esto es significativo: ¿dónde van a buscar al Dios que se revela? El pueblo judío buscaba a Dios en el Templo. Cristo se revelará como aquel que muere fuera del recinto sagrado, y será colgado del madero fuera de la ciudad santa. Pues Jesús nace también fuera de la ciudad santa, nace en Belén. Dios no se hace contemporáneo ni cómplice de aquel aparato religioso; ausente totalmente de aquel aparato de la jerarquía religiosa. Y van a buscarle al castillo de Herodes, y el mismo Herodes no sabe ni dónde ni cómo buscar a ese niño recién nacido. Serán las profecías las que indican esta revelación de Dios.

El evangelista contrapone a dos reyes: a Herodes y al niño recién nacido. Los magos dicen «hemos visto salir su estrella». Los magos han sido guiados por una estrella. Los magos eran sobre todo astrólogos y se dejaban guiar por la manifestación de la naturaleza, porque Dios también se manifiesta en la naturaleza; en todo lo creado. Los magos que venían de otras religiones buscan caminos para encontrar a Dios. Los magos no siguen los caminos habituales, como hubiera sido lo más normal al acudir al Templo de Jerusalén. Ellos van a preguntar a otro rey. Y el otro rey está totalmente desorientado porque Dios se manifiesta en el hombre, en los pobres, en la miseria, en la humildad. Ante esto se plantea una cuestión ¿dónde buscamos a Dios? ¿lo buscamos en la práctica religiosa del cumplimiento y lo excluimos tan pronto como salimos a la vida cotidiana?

Esa estrella no la van a encontrar en los cielos, sino en la tierra. En aquel tiempo se pensaba que cuando nacía alguien muy importante aparecía una nueva estrella en el firmamento. Dice la Palabra que cuando escuchó esto el rey Herodes se quedó turbado, se sobresaltó. El rey Herodes era un rey que había usurpado el trono y ahora tenía miedo de perderlo. Se cuenta que toda Jerusalén se sobresaltó con Herodes, porque Jerusalén había usurpado el papel de ser el pueblo de Dios. Jerusalén se había configurado a su imagen y semejanza el modo de cómo actuar ante Dios, como un negocio, como un intercambio, y Jerusalén tenía miedo de perder el Templo.  Y ese Templo presentaba una imagen de Dios falsa, el cual no corresponde para nada al Padre de Jesús.

Nos dice el evangelista que el rey Herodes dijo a los magos «id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Aquí vemos como el evangelista presenta una imagen del poder que siempre es mentiroso y asesino. Mentiroso porque impone su poder usando de las mentiras y del engaño; y asesino porque lo defiende con la violencia. El evangelista nos pone sobre aviso sobre el modo de cómo se ha de ejercer el poder: desde el servicio.

Una vez que los magos han descubierto al autor de la vida, se arrodillan y le adoran, «ellos vuelven a su tierra por otro camino». Los magos buscaban al rey de los judíos usando de la religiosidad natural con tintes idolátricos, pero ellos vuelven con una religiosidad evangélica. Uno, con la religiosidad natural, buscamos a Dios en las prácticas religiosas, pero hay ellos llenaron su vida con el contenido cristiano, por eso se fueron por otro camino. Los magos han descubierto que amando sin medida, que anunciando con su vida lo que ellos allí han sido testigos todo adquiere un nivel sobrenatural. Que donde antes estaba un horno de odio en el corazón, ahora se torna en amor. Que uno cuanta con la ayuda de Dios para amar sin reservas, que todo pecado tiene su perdón, que toda herida tiene su cicatrización, que todo error tiene su solución. Y cuando los magos han descubierto la belleza de este gran tesoro, ellos «se retiran a su tierra por otro camino». Jesús se manifiesta de un modo que nos cambia todos los esquemas.

El evangelista cuando usa el término «se retiraron a su tierra por otro camino». Esta es una expresión muy rara que nos encontramos en el primer libro de los Reyes [1 Re 13, 9s] donde se nos indica el santuario de Betel donde se adoraba al becerro de oro, a la idolatría. El evangelista quiere indicar que Jerusalén es la antigua Betel, una ciudad idólatra y ellos se deben de distanciar de ese lugar.