domingo, 18 de febrero de 2018

Homilía del Domingo Primero del Tiempo de Cuaresma, ciclo b


HOMILÍA DEL DOMINGO PRIMERO DEL TIEMPO DE CUARESMA, ciclo b
            Me encuentro con personas –algunas de ellas bautizadas- que despotrican con modos muy diversos contra la Iglesia. Da la impresión de que se crecen criticando a los curas, a las monjas, por la riqueza que tiene la iglesia, por los casos de escándalos que se hayan podido dar en ella, o incluso los hay de los que han debido de vivir durante la época medieval del tribunal de la Santa Inquisición porque hablan mucho de ella.
            Yo lo único que puedo decir que gracias a que estoy embarcado en el barco de la Iglesia me puedo encontrar con Cristo. Formo parte de la tripulación de este gran barco que lleva surcando los mares de la historia durante más de dos mil años. Que tal vez pueda dar la impresión de que esté surcando algunos mares turbulentos o donde el oleaje sea muy peligroso donde uno crea que se vaya a la deriva con el temor de encallar contra alguna roca o un iceberg. Y uno puede tener cierto miedo y tener una lista de temores. Salta un escándalo en la Iglesia por un obispo o un presbítero o un religioso o religiosa que ha cometido un pecado notorio y un delito imputable y parece que todo se va a derrumbar. Se destapa algunos lujos de algunos obispos o cardenales que viven sin coherencia con lo que ellos mismos predican y los medios de comunicación social se hacen eco enseguida. Parece que en las bodegas del barco de la Iglesia se van inundando de agua corriendo grande riesgo su propia flotación. Sin embargo la fuerza de la gracia de Dios es más potente que el propio mal azuzado por Satanás.
Dios ha establecido con nosotros una alianza de amor que no permitirá que el mal nos devaste (PRIMERA LECTURA, Gén 9, 8-15). Ya no harán falta sacrificios de animales ni el derramamiento de la sangre para sellar una alianza, la cual era constantemente vulnerada por los hombres abusando de la paciencia de Dios. Y esa alianza se sellará de modo definitivo en la cruz de Cristo, en su sangre: «Tomad y bebed todos de él, porque esto es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados».
El Señor conoce de nuestra profunda debilidad y del alto riesgo que tenemos de serle infiel, de ahí que desee su Espíritu Santo morar en el alma de cada uno para ayudarnos y fortalecernos desde dentro en esa lucha contra el mal. Ya nos lo dice la primera carta del apóstol San Pedro «Cristo sufrió su pasión (…) por los pecados (…) para conducirnos a Dios» (SEGUNDA LECTURA, 1 Pe 3,18-22).
 El mismo Moisés fue ayudado por Aarón y Jur sosteniéndole los brazos en alto en aquella batalla de Israel contra Amalec (Ex 17, 8-16). Y gracias a esa ayuda que recibió Moisés, Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada. Es el mismo Jesucristo el que sostiene tus brazos alzados para que puedas salir vencedor del combate. ¿Cómo afrontar el combate de la muerte de un ser querido o la propia muerte, o el combate de la enfermedad con todas la limitaciones y sufrimientos que lleva inherente, o el combate de esa situación de desempleo, de ruina económica, de penurias por no poder tener seguridad y de vivir con miedo, de drogadicción, de alcoholismo, de ludopatía, o el desgaste notable por el paso de los años, etc.? ¿Cómo puede uno afrontar todo esto si no se está en la barca de la Iglesia? Si no estás embarcado, mueres ahogado. Recordemos la historia de tres judíos piadosos llamados Sidrac, Misac y Abdénago cuando se negaron a adorar a aquella estatua de oro de unos treinta metros de alta y tres de ancha que colocó el rey Nabucodonosor en Babilonia para que la adoraran (Daniel 3, 1-97). ¿Acaso murieron abrasados en aquel horno encendido donde fueron arrojados? Y eso que los criados del rey que los habían arrojado no paraban de avivar el horno con nafta, pez, estopa y sarmientos, llegando a elevarse la llama más de veinte metros por encima del horno, abrasando a los caldeos que se hallaban alrededor del horno.   Sidrac, Misac y Abdénago salieron ilesos de aquel horno. Nosotros si estamos dentro del barco de la Iglesia saldremos vencedores del tormento y la muerte no podrá tener dominio sobre nosotros.     
            Ese “arca” (tebah) es como una cesta, como la cesta en la que un día Moisés será salvado de las aguas. Tú y yo, todos nosotros, hemos adquirido la tarjeta de embarque en esta gran arca que es la Iglesia a través del bautismo, y que en palabras de San Pedro es el bautismo «el que actualmente nos está salvando». Y en este barco que es la Iglesia nos mantenemos a salvo ya que, tal y como dice el Salmo Responsorial «el Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores» (SALMO RESPONSORIAL, Sal 24, 4-5a. 6-7cd. 8-9).
            El demonio nos tentará en nuestra debilidad y caeremos y él nos acusará contantemente por ese pecado. Me acuerdo aún de una anécdota de la que fui testigo. Un chico había sido infiel a su chica y esto a este chico le había estado torturando largamente. Este chico se desahogó con uno de sus mejores amigos. Transcurrió el tiempo y esa amistad se tornó en enemistad. Y este antiguo amigo y actual enemigo quiso hacer daño a esa pareja de novios y amenazó al chico que había sido infiel con contarle a su novia lo de aquella infidelidad. Lo que no sabía este acusador que el propio chico se lo confesó a su chica y que ella se lo había perdonado y olvidado. Cuando el enemigo cumplió su amenaza, la chica le contestó: «Eso ya lo sabía desde hace mucho tiempo, ¿y para esto me molestas?». El otro, el acusador, se quedó totalmente descuadrado y avergonzado. A Cristo le encontramos en el desierto (EVANGELIO, Mc, 1, 12-15), allí sin seguridades, sin comodidades, con hambre y sed, cansancio y ampollas en los pies y en el cuerpo por los estragos que ocasiona tanta exposición a los rayos solares, etc.,  y allí se prepara para fortalecerse para hacer frente a las pruebas y tentaciones del Demonio. Cristo nos quiere llevar al desierto para que nuestra alma se desnude ante Él, para que no le ocultemos nada, para mostrarnos tal y como somos y sentimos y pensamos. Si nosotros contamos las cosas a Cristo, si le decimos todos nuestros secretos y pecados…al Demonio no le dejaremos que lleve a cabo su tarea de denunciar nuestro pecado ante el mismo Dios. A lo más, el Demonio hará el ridículo más absoluto.

Palencia, ESPAÑA, 18 de febrero de 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

Homilía del Sexto domingo del Tiempo Ordinario, ciclo b


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b
            El Evangelio hoy está hablando de ti. Tú hoy sales en las lecturas que están siendo proclamadas en torno a todo el mundo. Tú hoy eres uno de los protagonistas del día. Tú y yo. Porque tú y yo somos ese leproso. Tenemos la lepra. No nos enfademos porque tal vez estés pensando que te estoy faltando al respeto o algo de eso. No estoy haciendo nada malo, simplemente estoy intentando ponerte en la verdad y haciendo un ejercicio de discernimiento para ponerme yo también en la verdad. Es cierto que no tenemos erupciones en la piel, ni inflamaciones ni esos síntomas propios de esta grave enfermedad (PRIMERA LECTURA, Lv 13, 1-2.44-46), sin embargo somos leprosos.
            Nuestra lepra es el pecado. Y en concreto, cada uno tenemos una lepra particular, concreta y bien definida, que es ese pecado que nos impide gozar de la presencia de Dios y que nos está robando el poder disfrutar de la gracia divina. Hay sacerdotes que afirman que esto del pecado no existe, que lo que se suele dar son equivocaciones, errores, meteduras de pata. Yo a esos sacerdotes les llamo embusteros y mentirosos. Si se niega la existencia del pecado estamos negando la existencia del enemigo, de Satanás, y si negamos la existencia de Satanás no daría lugar la gran batalla, la gran guerra que tenemos que entablar diariamente en nuestra vida cristiana. Y no entablaríamos esa guerra porque nos habríamos posicionado del bando de Satanás, dando la espalda al mismo Dios. Y lo curioso es que estaríamos en el bando del mal cuando estaríamos negando la misma existencia de Satanás y de su malvada obra que es el pecado. ¿O es que acaso no es pecado llegar a casa bebido y tratar a tu familia con constantes salidas de tono, con agresividad, faltando el respeto e imponiendo la tiranía de aquel que no es dueño de sí mismo? ¿Acaso no es pecado el no ayunar de algo que implique una renuncia personal para ayudar a los demás? ¿Acaso no es pecado el mirar con lujuria a esa otra persona olvidándote de su dignidad de hijo o hija de Dios? ¿Acaso no es pecado el vivir en concubinato con una persona que no es tu cónyuge despreciando la bendición que el mismo Dios otorga en el sacramento del matrimonio? ¿Acaso no es pecado el abuso de autoridad de algunos sacerdotes cerrando las puertas de sus parroquias a las nuevas formas de espiritualidad que el Señor va suscitando en su Iglesia? ¿Acaso no es pecado el aprovecharse de un cargo público para sacar el máximo interés personal? (...) Satanás tiene tal poder de engaño y de mentira que nos presenta como deseable lo que nos conduce a la muerte eterna.  A lo que la Palabra nos dice, tanto a ti como a mí: ¡Impuro!, ¡impuro!
            En las Primeras Comunidades Cristianas todo aquel que tenía un pecado notorio se le expulsaba de la Comunidad e incluso del pueblo. Porque el pecado nos expulsa del Estado de Gracia. Y el pecador iba vagando de un lado para otro y solamente cuando daba muestras fehacientes de su profundo dolor de sus pecados y del deseo firme de arrepentimiento, y sólo después de ser escrutado, examinado y pasado una serie de pruebas que se le ponían –por parte de los responsables de la comunidad y de los presbíteros- eran reincorporados a la Comunidad mediante un rito de nueva admisión. Esto era necesario hacerlo porque una manzana podrida en el cesto podía podrir al resto. Esto ahora no se hace y algunos conciben como normal algo que en si mismo es un germen de muerte eterna.
            El mismo Salmo Responsorial de hoy nos narra una experiencia de liberación del pecado y de profundo agradecimiento a Dios porque el amor ha sido más fuerte que el daño que uno libremente ha ocasionado. (SALMO RESPONSORIAL, Sal 31, 1-2.5.11). El salmista nos ofrece una catequesis a cada uno. Antes su vida era un caos, donde todo cabía y las cosas eran buenas o malas conforme a su conveniencia. Él era esclavo de su pecado, de esa lepra, un pecado que le iba presionando –pero él no se daba cuenta- y le impedía amar con todas sus fuerzas, porque en vez de buscar el bien del otro primero primaba el propio. Llega un momento en el que uno se va apagando internamente y el hastío coloniza todas las facetas de su vida. Sin embargo algo le debió de suceder –tal vez la muerte de un ser querido, un cambio de suerte, un acontecimiento notable en su vida- en el que el mismo Dios intervino o permitió para lanzarle una soga para sacarle de ese particular foso donde él mismo se había metido. Y es aquí, cuando va teniendo, poco a poco una pequeña experiencia del amor de Dios, todos sus anteriores esquemas de vida –su concepción del dinero, el modo de relacionarse con las personas del otro sexo, su trabajo y tiempo de ocio libre, etc...- se van derrumbando y va descubriendo el daño que se ha ido haciendo y lo que él mismo, con su comportamiento, ha ido generando a todos aquellos que le aman. El contacto con Dios permite que esa particular venda que tenía en sus ojos se vaya cayendo y pueda vivir en la verdad y romper con la tiranía de la mentira. De ahí que el mismo autor del salmo grite lleno de júbilo «Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación». El contacto con Dios le hace reconocer su pecado, le genera llorar por su pecado, le permite ser perdonado por Dios y ser sanado en su totalidad por el Todopoderoso. Él tiene experiencia del Demonio y tiene experiencia de la Gracia de Dios que es mucho más fuerte que el mal y que todo pecado. Es más, el salmista va adquiriendo una amistad tan íntima con Dios que va teniendo con Él una serie de secretos, de cosas que solamente quedarán entre Dios y él.
            De esos secretos bien sabe San Pablo (SEGUNDA LECTURA, 1 Cor 10, 31-11,1) cuando al escribir a los corintios les dice «sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo». Él se sabía leproso, había sido perseguidor de los cristianos, y era conciente de la fragilidad en la fe de muchos de esos corintios que podían escandalizarse por cualquier cosa. Y va adquiriendo esa delicadeza y paciencia en el trato con estos hermanos débiles en la fe para ir fortaleciéndoles. Y puede fortalecerles porque Pablo de Tarso previamente, en esas confidencias de intimidad llenos de secretos compartidos con Jesucristo, fue fortalecido para dar testimonio valiente del Señor hasta poder dar la sangre por Él. Cuando uno está con Jesucristo nos sucede lo mismo que al leproso del Evangelio (EVANGELIO, Mc 1, 40-45) que uno reconoce su pecado, le duele su pecado, llora por su pecado, se arrepiente de su pecado, implora perdón por su pecado, y el Señor Jesús nos dice «quiero, queda limpio», rompiéndonos esa cadena que teníamos atada en el cuello por Satanás, ya que éramos sus esclavos, para pasar a ser hijos libres de un Dios que nos ama y nos envuelve con sus alegres cantos de liberación.
Blog: capillaargaray.blogspot.com
Palencia, España - 11 de febrero de 2018

domingo, 4 de febrero de 2018

Homilía del Quinto Domingo del Tiempo Ordinario,ciclo b

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo b

            Dios conoce nuestra debilidad y de nuestros pecados. De nuestra debilidad en cuanto a la enfermedad y a todo aquello que nos hace sufrir y del modo de cómo lo afrontamos. De hecho hoy la Palabra nos presenta a un Job de lo más pesimista. Está atravesando momentos muy duros de dolor y de prueba. Es más, Job está en medio de la prueba: un hombre de conducta intachable, que poseía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, seiscientas asnas, gran cantidad de criados, y tenía a una esposa con siete hijos y tres hijas. Y de la noche a la mañana pierde todo cayendo en la más de las absolutas de las miserias. Y encima su salud se empezó a resquebrajar con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla que le hacía sufrir lo que no está escrito. Job está en medio de esta gran prueba del dolor: Arruinado y enfermo.  
            Se podría pensar, que como uno cumple con Dios, que reza, que hace limosna, ayuna… pues como que Dios tiene la obligación de protegernos de estos males. Tratamos a Dios como una especie de seguro que garantice nuestro bienestar. De hecho hay gente que, ante una desgracia nos dice: ¿Dónde está tu Dios ahora? Mucho ir a Misa y ahora te has quedado en el paro, o ese hijo te ha salido drogadicto, o tu esposa o tu esposo se ha ido con otro, tienes que estar soportando a tu padre o a tu madre cuando tus hermanos se han desentendido de ellos… Es el momento de la prueba. Y el autor del libro de Job, que era un gran sabio, se asoma al mundo que nos rodea para observarlo en profundidad y recurre a tres oficios duros y difíciles: la vida como un servicio militar que lleva añeja una disciplina inhumana; el esclavo que trabaja de sol a sol en condiciones lamentables; y como el jornalero que aspira al final de la jornada para recibir el salario y descansar como en un oasis. De hecho muchos viven así y no son capaces de abrir los oídos a aquello que Dios les está diciendo para que se puedan salvar y vivir. El Demonio se ha obcecado/empeñado en que nosotros no aceptemos nuestra propia historia. El Demonio quiere que renegamos de la historia de salvación que Dios está haciendo con cada uno, argumentando que Dios no sabe lo que necesitamos y que Dios nos da lo que él quiere y no lo que nosotros queremos. Nos dice, ¿dónde está tu Dios ahora que tu esposa se ha ido con otro? ¿Por qué no buscas tu propia satisfacción, tu propio desahogo y te buscas a otra y retomas tu vida? ¿Es que acaso no tienes derecho a hacerlo? A lo que el Demonio se aprovecha de nuestra debilidad en medio de las adversidades para poder ‘sacar tajada’ y nosotros picamos el anzuelo con gran facilidad.
            Buscamos y buscamos mal porque deseamos que Jesucristo nos solucione nuestros problemas y que nos quiete esa cruz que tenemos sobre nuestras espaldas: esa hipoteca de la casa, esa enfermedad que nos atormenta, esa esposa o esposo infiel, esa adicción al alcohol o a las drogas, ese afán de tener y tener cosas que te roba todo el tiempo de estar con los tuyos y de cumplir con las demás obligaciones… cada cual tiene su propia cruz. Pedimos y pedimos mal porque deseamos que se nos quite esa cruz pesada sobre nuestras espaldas. Nos dice el Evangelio que «la población entera se agolpaba a la puerta». Se agolpaban a la puerta porque ellos querían quitarse del medio esa enfermedad, esa dolencia, esa marginación… El Demonio nos plantea hacer un chantaje a Dios para que cambie los planes de Dios para nosotros. El Demonio nos mal aconseja susurrándonos al oído que obliguemos a Dios a que cambie nuestra historia, que cambie aquellos planes que Él tiene para nosotros porque no queremos sufrir. El Demonio sabe que si aceptamos nuestra cruz nos vamos a salvar. Y el Demonio esto no lo va a permitir. Mas la Palabra nos exhorta con voz potente: «No tentarás al Señor tu Dios». No podemos obligar a Dios a cambiar nuestra historia en beneficio propio. El Diablo nos dice que Dios no nos quiere, y que el sufrimiento que tenemos es absurdo, que es un sinsentido que lo podemos evitar sin tener repercusiones ni efectos secundarios. Esto nos dice el padre de la mentira. El Diablo lo que no quiere es que descubramos la verdad. Y la verdad es que Dios ha permitido algo en tu vida para permitir un encuentro con Él. Los apóstoles decían a Jesús «todo el mundo te busca», pero buscaban mal. Muchos eran los que apretujaban a Jesús cuando iba por las calles y notó que una mujer le había tocado con gran fe el borde de su manto. Era aquella mujer que sufría hemorragias desde hacía doce años.  Ella aceptaba su historia y quería del Espíritu del Señor para poder llevar aquella cruz tan pesada. O que ciego sentado al borde del camino, Bartimeo, el hijo de Timeo, que al sentir que Jesucristo pasaba por allí empezó a gritar a pleno pulmón: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». A lo que el Señor se paró ante él y le preguntó que qué quería. ¿Qué le pediríamos nosotros al Señor? Le pediríamos su Espíritu Santo para tener el don  del discernimiento para poder aceptar el dolor y aceptar todo el sufrimiento de nuestra historia como un acontecimiento para nuestra salvación. Recordemos que el Señor es el único que sana los corazones destrozados, tal y como hemos rezado en el Salmo responsorial.

Jesucristo anda sobre las aguas del lago, en aquella noche oscura mientras los apóstoles estaban muy lejos de la orilla con su barca, sacudida por las olas. El mar, aquel lago que representa nuestro dolor, nuestras preocupaciones, nuestras pesadillas, todo el sufrimiento interno y externo, todo lo que nos genera muerte…y Jesús andando sobre todo ello, andando sobre el agua. Y andando de noche, cuando todos los espíritus del mal andan sueltos, cuando la maldad se incrementa y todos se aprovechan por la oscuridad. Jesús anda en medio de nuestra noche para velar por nosotros, para cuidarnos, para conducirnos ante el Padre, para convertir la noche en tiempo de salvación. Y se acerca andando a la barca, sobre el lago y en plena noche cerrada. Los apóstoles muertos de miedo porque creían ver un fantasma, porque esa situación de dolor les estaba superando, porque esa infidelidad conyugal ha herido casi mortalmente el matrimonio, porque ese hijo drogadicto está matando a disgustos a sus padres…todos muertos de miedo porque creían ver un fantasma. Mas el Señor nos dice: «No temáis, soy yo». Y Pedro le respondió: «Si eres tú, mándame ir hacia tí», a lo que el Señor le contestó: «Ven». A lo que cada uno de nosotros le decimos al Señor: En mitad de mi dolor, de mis preocupaciones, de mi enfermedad, de mi muerte, de mi pecado, de las preocupaciones y sufrimientos familiares y personales…en medio de nuestro mar… el Señor nos dice: «No temáis, soy yo». A lo que nosotros le suplicaremos: si eres tú Señor, mándanos ir hacia ti… porque contigo Señor, «la tiniebla se convierte en luz y lo escabroso en llano» (Is 42, 16). 

sábado, 27 de enero de 2018

Homilía del Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario,ciclo b


HOMILÍA DEL CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO B

San Pablo hoy ‘viene fino’. Dense cuenta de lo que nos dice: «el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido», y «la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido». Es decir, ¿San Pablo nos está diciendo acaso que pasemos por tontos y bobos dando la razón a la otra persona cuando no la tiene?, ¿nos está diciendo que contentemos al otro cónyuge cuando sabemos de antemano que es una guerra perdida? Llegaría un momento en que uno viviría en tal sobre tensión de nervios y debería de medir tanto las palabras y lo que uno hace para que el otro no se enfadase o no se molestara por cualquier cosa –y en la convivencia se dan muchos nublados- que el estar con el otro y estar siendo agujerados  a pinchados con el tridente del Demonio serían la misma cosa. Parece que San Pablo no llega a entender el sufrimiento interno que han de experimentar los cónyuges en el particular purgatorio de su vida matrimonial.
Sin embargo San Pablo nos entiende a la perfección. Él, en su carta a los Corintios [SEGUNDA LECTURA, 1Cor 7,32-35] nos deja bien en claro que la vida sin Cristo es como un cocido madrileño sin garbanzos ni verduras, ni carne, ni tocino, ni chorizo… solo agua de borrajas. Por eso San Pablo nos dice que «os digo todo esto para vuestro bien; no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones». San Pablo, que conoce muy bien la realidad de este mundo, nos avisa del grave peligro que corremos los cristianos cuando nos centramos en las preocupaciones de este mundo y nos olvidamos de la dimensión trascendente de la vida. Porque el mundo y sus preocupaciones tiran de nosotros y con mucha fuerza y a veces nos termina atrapando. Da la impresión de que tenemos tiempo para todas nuestras cosas menos para las cosas de Dios. La oración con la Palabra de Dios, el rezo con los Salmos, en encontrarnos con Cristo en las hojas del Evangelio nos ofrecen la dosis de Espíritu Santo necesaria para afrontar la jornada como hijos de la luz, con lucidez, con discernimiento. Cuando a un coche se le acaba el combustible nos vamos a repostar a la gasolinera, pues nosotros para hacer frente a los desafíos de la jornada nos vamos a repostar en la oración para poder tener las dosis de Espíritu Santo necesarias para avanzar como hijos de Dios. Ya se encargará Satanás de intentarnos desviar y de engañarnos para que nos acudamos a repostar esa dosis de Espíritu Santo en la oración. Además Corinto tenía fama de ser una ciudad libertina y ser cristiano en un contexto de relajación de las costumbres, de conversaciones barriobajeras, de escaso o nulo pudor, es algo muy complicado. Ser cristiano ahí es una dura lucha por ser fiel a Cristo. Ese Corinto libertino es nuestra sociedad actual.
San Pablo sabía que si él hubiera estado casado no podría haber trabajado de la misma manera en la predicación y en la fundación de comunidades, con desplazamientos, persecuciones e incomprensiones por el anuncio del Reino de Dios. San Pablo era de todos porque era únicamente de Cristo. Ahora bien, el Señor que concede la vocación a cada cual, en la vivencia de esa vocación matrimonial otorga la gracia de estado a los cónyuges para que formando esa comunidad de vida y de amor se anuncie y ame a Jesucristo, siendo así esa Iglesia doméstica de la que tanto nos hablaba San Juan Pablo II.
En el libro del Deuteronomio [PRIMERA LECTURA, Dt 18, 15-20] ya nos estaba hablando de la fuente de la que procede y mana el discernimiento. El discernimiento procede de la comunicación directa con Dios y de la transmisión de su Palabra. Dios ha tenido a bien en constituirnos en templos del Espíritu Santo para que fuésemos sacerdotes, profetas y reyes. El contacto diario y frecuente, ese ir a repostar diariamente el Espíritu Santo en la oración nos va moldeando una mente y un corazón conforme a la mente y al corazón de Cristo, para que adquiramos una vida más concorde con la Alianza que Dios hace tanto contigo como conmigo. Por eso el Salmo Responsorial nos lo recalca [SALMO RESPONSORIAL, Sal 94, 1-2.6-7c.7d-9]: «Ojalá escuchéis hoy su voz: No endurezcáis en corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto». El que tiene el oído en taponado y el corazón endurecido no dispone de discernimiento porque no escucha a Aquel que se lo proporciona. De Dios procede todo discernimiento y toda la sabiduría. De tal modo que viendo cómo uno actúa sabremos si cuida o no esa vida de oración.  
Y en la medida que vayamos diariamente a por esas dosis de Espíritu Santo para poder disponer de discernimiento y fortaleza cristiana, podremos contar en nuestra particular lucha contra nuestro pecado con un gran aliando, con Jesucristo; el cual a nuestro lado en esta particular batalla,  gritará con voz potente en nuestra alma [EVANGELIO, Mc 1, 21b-28]: «Espíritu inmundo, cállate y sal fuera de él», y así derrotar a Satanás para ser totalmente de Jesucristo.


28 de enero de 2018

viernes, 5 de enero de 2018

La homilía de la Epifanía del Señor, 6 de enero 2018

LA EPIFANÍA DEL SEÑOR, 6 de enero 2018
        Nuestra vida entera está marcada principalmente por nuestros amores, por las personas concretas a quienes amamos, y entre ellas, nosotros contamos con Dios, que como es Dios, marca de manera singular y total todos los recovecos de nuestra existencia.
        San Juan de la Cruz dice: «Hay almas que se revuelcan en el cieno, como los animales que se revuelcan en él, y otras que vuelan, como las aves que en el aire se purifican y limpian» (Dichos de amor y luz, 98). Nuestras vidas están marcadas por nuestros amores, pero hay amores que no son tales, sino focos de infecciones. El corazón tiende a buscar lo fácil, evitando el sacrificio y la renuncia, descuidando el amor auténtico, valioso y primero.
        Conozco a matrimonios que ambos viven en lugares distanciados con la excusa de tener un futuro mejor, ganar más dinero para pagar la casa y buscar una mayor promoción en su puesto de trabajo para así tener un estatus social que beneficiara a su familia… se han ido temporadas fuera de su hogar y el uno se ha terminado encaprichando con una y la otra ha ido buscando fuera lo que el otro ausente no le estaba dando. A simple vista ¿quién podría decir que este acto altruista y de amor por su familia iba a ser el detonante de su propia destrucción? O ¿qué decir de ese cura que se le ve muy entregado a sus feligreses, que hace muchas cosas por los demás pero que se abandona a alguna feligresa, al alcohol o a alguna adicción por no dejarse amar por Dios en medio de su soledad? O ¿qué decir de esa persona ilustre, seria, adinerada,  respetada, de misa diaria, entrada en años que en vez de asumir las limitaciones de la edad y no verse como un pobrecillo arrinconado en una residencia de ancianos convence con la promesa de su dinero a una jovencita sin recursos para tenerla como compañía y desahogo de sus bajas pasiones? Realmente hay almas que se revuelcan en el cieno. Nuestra alma está marcada principalmente por nuestros amores.
        Pero hay ‘otras almas que vuelan, como las aves que en el aire se purifican y limpian’. Los Magos de Oriente buscaban a Jesús para adorarle, reconociéndole así como Dios. Los Magos de Oriente eran de estos que vuelan, que se purifican y se limpian porque han descubierto el gozo de vivir en la Verdad, de sentirse capaces de amar porque reciben previamente el amor de Dios; de acoger porque previamente están siendo acogidos por Dios; de mostrar con los hechos lo que es realmente lo importante en sus vidas. De tal forma que allá donde reinaba la oscuridad en sus vidas –por desórdenes en el afecto, por apego al dinero, por la lucha encarnizada por sobresalir y destacar sobre los demás, por la búsqueda del confort y de la comodidad, por la pereza instalada y acomodada donde ‘nadie te puede decirte nada’…- donde todo este caos es iluminado por Cristo y Él nos va mostrando como cuando uno lucha contra eso, uno es más feliz porque tiene muy de cerca a Dios. Y la oscuridad abunda, puede ser el abuso del alcohol que te impide hablar con tus seres queridos porque uno ‘va cargadito’, puede ser el juego con la que uno malgasta el dinero para poder comprar la comida y pagar las factura y que genera que no haya pan sobre la mesa; el aislarse ante la televisión para no dialogar con nadie…y en muchos más momentos donde la oscuridad tiende a prevalecer. Pero cuando Cristo nos ilumina, como aquella estrella a los Magos de Oriente, donde había silencio se convierte en conversación; donde había rencores en reconciliación; donde había soledad en compañía; donde había egoísmo en desprendimiento; donde había mis intereses primero en el otro que sea el primero… todo cambia, todo mejora, todo reverdece y todo, con Cristo, resucita.




Paradojas de nuestro tiempo...