miércoles, 31 de diciembre de 2025

Homilía del II domingo de Navidad - Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo» - 4 de enero de 2026

Homilía del II domingo de Navidad

Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo»

4 de enero de 2026

 

Aquí empieza todo:

El Verbo, comunión, origen.

El Prólogo de Juan no es un preámbulo educado, es el umbral de todo el Evangelio. En estos versículos el evangelista lo concentra todo, como quien pone el mapa sobre la mesa antes de salir de viaje, y además te mira con cara de “luego no digas que no te avisé”. Y lo primero que hace es llevarnos al origen, no para darnos información, sino para enseñarnos a mirar a Dios con ojos limpios.

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». Juan no empieza con un “había una vez”, empieza con un “ya estaba”. Y por si aún creemos que se trata de una idea abstracta, insiste. «Él estaba en el principio junto a Dios».  En el principio no hay soledad, hay comunión. Lo primero no es el “yo”, lo primero es la relación. Y eso, dicho con calma, es una noticia inmensa para un mundo que a veces se nos vuelve puro esfuerzo y pura supervivencia.

Y si hoy vienes con dudas, con cansancio o medio desconectado, también es un buen lugar para empezar. Paremos un segundo. Solo con esto ya hay Evangelio, y además nos ahorra muchos discursos.


Todo existe por Él:

La Palabra crea vida.

Juan continúa y nos pone un suelo firme bajo los pies. «Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho». La realidad no nace del absurdo ni del capricho, nace de una Palabra creadora. Y esa Palabra no trae un código para aplastarnos, trae vida para levantarnos. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Verbo, es decir, la Palabra viva de Dios que crea y sostiene. Aquí Juan nos da un criterio precioso y nada moralista. La luz se reconoce donde la vida crece. No es un foco externo que nos vigila desde fuera, es una vida que ilumina por dentro. Y para que no confundamos luz con simple gusto personal, basta mirar el fruto. Si una “luz” me vuelve más humano, más libre, más capaz de amar con verdad, probablemente viene de Dios; si me encoge, me endurece y me pone a la defensiva, aunque se presente con palabras religiosas, algo se ha torcido. Imaginemos una escena mínima, sin épica. Una conversación tensa en casa o en el trabajo, cada uno con su argumento bien planchado y con su “yo tengo razón” recién sacado del armario, y de pronto alguien afloja el tono, escucha de verdad, pide perdón sin teatro o deja de “ganar” para cuidar la relación. No ha sonado música celestial, pero el ambiente respira. Eso es luz cuando se vuelve vida.


La luz no discute:

Brilla y abre camino.


         «Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Juan no dice que la tiniebla destruya la luz, dice que no la recibe, pero muestra una refinada hostilidad a la hora de no recibir esa luz. Es un matiz finísimo. Muchas veces el problema no es que falte luz, es que cuesta abrirle la puerta. La tiniebla, cuando llega la luz, suele hacer lo suyo: esconderse, justificarse, blindarse. Y nosotros, a veces, hacemos lo mismo con una elegancia admirable: no decimos “no”, solo decimos “ahora no”, que es una forma de dejarlo para la eternidad sin sentirse culpable. Pero la luz no entra a golpes, ni necesita imitar a la oscuridad. Brilla. Y en la medida en que brilla, va quitando espacio a lo que nos apaga. No hay belicismo en el proyecto de Dios; hay perseverancia de amor, que es mucho más incómoda porque no se cansa.

Juan señala la Luz:

Testigo, no protagonista.

En medio del Prólogo aparece Juan el Bautista, y aparece como medicina contra el ego espiritual. «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él». Un testigo no es un foco, es una señal. Y el evangelista lo subraya con una frase que conviene grabar en la memoria. «No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».  El testigo es como el dedo que señala el amanecer: útil, necesario, pero si te quedas mirando el dedo, te pierdes el sol. El testigo puede orientar; la Luz verdadera es la que transforma por dentro, la que te hace ver y vivir distinto. Por eso Juan remata. «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo». No es luz de unos pocos, no es premio para los mejores. Alumbra a todo ser humano. Y esto nos pone en guardia contra convertir la fe en un podio, porque en cuanto hay podio alguien queda abajo, alguien se queda sin sitio… y el Evangelio no vino a organizar gradas.

Dios pasa cerca:

Sabemos de Él, no lo reconocemos.

Aquí Juan abre un abismo, pero lo abre para despertarnos, no para hundirnos. «En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció». Podemos tener datos, costumbre, incluso vocabulario, y aun así no reconocerlo. Porque Dios no siempre llega con el estilo que nosotros esperaríamos. Nosotros solemos reconocer lo grande, lo ruidoso, lo que impone. Dios, en cambio, entra muchas veces por lo pequeño: una carne humilde, un gesto de servicio, una palabra que no humilla, una presencia que acompaña. Lo pequeño de Dios desconcierta nuestras categorías, porque preferimos un Dios espectacular que nos quite trabajo. Y Él nos ofrece una luz que no nos sustituye, sino que nos despierta. A veces esperamos a Dios con capa, y viene con delantal. Y ahí es donde se nos escapa.

El drama es este:

No lo recibimos en casa.

«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Aquí el Prólogo se vuelve espejo. Una cosa es no reconocer por cegueras y prisas; otra es no recibir, cerrar. Lo familiar puede convertirse en el lugar del rechazo. Nos acostumbramos a hablar de Dios, a manejar sus ideas, y cuando Dios se presenta vivo, concreto, encarnado en un amor que descoloca, nos entra la tentación de decirle “un momento”. Es curioso: a veces nos resulta más fácil buscar a Dios lejos que acogerlo cerca. Más fácil imaginarlo en lo extraordinario que recibirlo en lo cotidiano. Y sin embargo, la gran novedad del Evangelio es que Dios no viene a controlarnos; viene a servir y a dar vida. Y eso desmonta cualquier fe usada para tener el mando o para quedarnos tranquilos sin cambiar nada. Porque Dios, cuando entra, no suele pedir permiso a nuestras excusas, y eso siempre nos pilla con la casa interior “en obras”.


La gran noticia:

Hijos por acogida y fe.

Juan no se queda en el rechazo. Abre una puerta inmensa. «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Recibirlo no es solo estar de acuerdo, es dejar que su vida entre en la nuestra. Y el evangelista corta de raíz el orgullo de las pertenencias. «Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». Hijos no por apellido ni por currículum, sino por don acogido. Y un nacimiento inaugura un camino: se nace y se crece, se recibe y se aprende. Ser hijo no es una etiqueta para sentirse por encima; es una libertad nueva para vivir con confianza y con corazón abierto, como quien deja de respirar a medias. Dicho a lo llano: Dios no nos invita a “portarnos bien para que nos quiera”, sino a dejarnos querer para aprender a vivir bien.

Navidad real:

El Verbo se hizo carne.

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». “Carne” no es un detalle técnico; es nuestra condición frágil, concreta, real. El proyecto de Dios no se realiza en un superhombre para admirar desde lejos, sino en la debilidad humana. Y su gloria no es exhibición de poder; es amor fiel. Aquí conviene, incluso en la lectura, dejar un instante de silencio.

Dejemos que esta frase nos haga espacio. Porque si Dios se hace carne, entonces lo humano no es un estorbo para lo divino; es el lugar donde lo divino quiere brillar. El Bautista vuelve a señalarlo con fuerza. «Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Jesús llega “después” en el calendario, pero es “antes” en el misterio. No estamos ante una idea que nos consuela, sino ante una Presencia que nos precede.

Gracia tras gracia:

Una fuente que se desborda.

«Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia». No una vez y ya está, sino una y otra. La gracia no es un aplauso desde el cielo, es una vida que se comunica. Y cuanto más se comparte, más espacio abre, como una fuente que, cuando le quitas piedras del cauce, no se agota: corre mejor. De ahí el contraste final, dicho sin despreciar la historia, pero mostrando la plenitud. «Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo». La Ley fue don y camino, una pedagogía que ayudó a caminar. Pero ahora la gracia y la verdad tienen rostro, historia, manos. La relación con Dios se vuelve filial: no se sostiene primero en méritos, sino en acogida, y esa acogida nos vuelve semejantes en el amor.

Clave final:

Dios se entiende mirando a Jesús.

«A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Esto no es una frase para ganar un debate, es una llave para vivir. Todo lo que pensemos de Dios merece pasar por Jesús. Lo que se parece a su amor fiel, permanece; lo que no encaja con Él no se defiende a golpes, se deja revisar y purificar a su luz, hasta que quede lo verdadero.

Cierre sencillo:

Abrir la puerta hoy.

Y recibirlo suele empezar por cosas pequeñas, casi domésticas, de esas que no salen en los titulares: Una palabra que hoy sí pronunciamos con calma, una escucha que no interrumpimos, un gesto de paciencia cuando íbamos a ir en automático. La luz no pide permiso para ser luz, solo llama. Menos ideas en el aire: más Jesús delante. Así que la pregunta final no pone peso, abre una posibilidad.

Si el Verbo viene a casa y llama, qué puerta concreta de mi vida está todavía cerrada, y qué gesto pequeño pero real puedo hacer hoy para abrir, aunque me desordene un poco el día, que a veces lo tenemos tan planificado que ni Dios encuentra hueco para sentarse a la mesa. Y aquí queda una frase para llevarnos en el bolsillo: no se trata de conquistar a Dios, sino de dejarnos alcanzar por su luz. 


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