viernes, 26 de diciembre de 2025

Homilía del domingo de la Sagrada Familia; Mt 2, 13-15.19-23; «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto»

Homilía del domingo de la Sagrada Familia

28.12.2025 «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto»

Mt 2, 13-15.19-23

 


La página evangélica de hoy nos pone delante a la Sagrada Familia en un momento especialmente agitado de su historia: primero tiene que huir a Egipto y, después, es el Señor quien la llama a regresar a la tierra de Israel. Mirando cómo la Sagrada Familia atravesó ese tramo nada fácil, intentaremos descubrir algunos mensajes para nuestras familias de hoy.

Una huida real,

leída como Palabra para nuestras familias.

Conviene ir más allá de lo que podría parecer una simple crónica de un acontecimiento doloroso que afectó a la familia de Nazaret. No estamos ante un reportaje periodístico… y mucho menos ante una fábula.

El Evangelio no vive de adornos:

busca el sentido profundo.

Sabemos que, cuando se ha contado esta huida a Egipto, los evangelios apócrifos se han permitido muchas licencias: dejan volar la imaginación y en cada momento aparecen milagros, leones y leopardos escoltando a la Sagrada Familia, palmeras que se inclinan para ofrecer dátiles a María; incluso se dice que Jesús acelera el viaje por temor a que sus padres sufran demasiado el calor. Y, además, curaciones espectaculares, ángeles que acompañan y consuelan a José y a María en las fatigas del camino.

Si no entendemos el género,

se nos escapa lo que Mateo quiere decir.

Si no identificamos el género literario que emplea el evangelista Mateo, corremos el riesgo de perder el mensaje más importante, aquello que a él más le urge comunicar. Los biblistas señalan que aquí no estamos ante una crónica, sino ante un relato de tipo hagádico, una Haggadá הַגָּדָה (haggadá), es decir, una enseñanza transmitida en forma de narración. En el mundo rabínico, este modo de comunicar no busca dar definiciones abstractas o fórmulas, sino contar un relato que, al releer y actualizar la Escritura, nos hace captar el sentido profundo de lo que Dios está haciendo.

Mateo relee la historia de Israel

para mostrarnos quién es Jesús.

La página de hoy es uno de esos relatos rabínicos; se apoya en episodios del Antiguo Testamento y los hace actuales. Mateo compone este relato tomando como punto de partida lo que le ocurrió al pueblo de Israel en Egipto. Su objetivo no es simplemente contarnos un episodio de la vida de Jesús, sino ayudarnos a comprender quién es Jesús y cuál es la misión a la que ha sido llamado. Y nos lo comunica a través del relato que ahora nos iremos aproximando. ¿Lo escuchamos como quien oye una anécdota… o como quien busca, de verdad, dejarse iluminar por Dios en lo concreto de la vida familiar?

Dios guía a José con su Palabra,

no con “magia”.

«Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel».

Es el Señor mismo quien se comunica

Un ángel del Señor habla a José y le indica qué debe hacer. ¿Quién es ese “ángel del Señor”? Es una figura frecuente en la Biblia, pero no se refiere necesariamente a un personaje que baja del cielo como solemos imaginar. “Ángel del Señor” es una fórmula fija para expresar que es el Señor mismo quien se revela y actúa en favor de las personas. Es Dios quien comunica a José sus designios, su voluntad, y la Escritura lo expresa con esa fórmula.

El sueño, momento de revelaciones divinas

Además, el sueño es otra imagen bíblica para hablar de la revelación de la voluntad del Señor. La Biblia está llena de manifestaciones de este tipo en el Antiguo Testamento. Recordamos a Abraham (cfr. Gn 15, 1-21), a Jacob (cfr. Gn 28, 10-22; Gn 31, 10-13), a José —el que fue a Egipto y llegó a ser el segundo del faraón— (cfr. Gn 37, 5-11; Gn 41, 39-44) y, de modo especial, el sueño de Salomón en Gabaón (cfr. 1 Re 3, 5-15; 2 Cr 1, 7-12).

Dios comunica sus proyectos

Todo esto nos ayuda a entender que no se trata de “fantasías nocturnas”, sino de un modo simbólico de decir que Dios comunica su querer y sus proyectos a alguien que está bien despierto por dentro.

También en el Nuevo Testamento aparece esta imagen y, en el Evangelio según san Mateo, se menciona hasta seis veces. Solo uno de esos sueños no es metafórico, el de la esposa de Pilato, que manda decir a su marido que esa noche ha tenido pesadillas por causa de Jesús de Nazaret, y le advierte que no se meta en problemas ni se enrede en el asunto de ese hombre (cfr. Mt 1, 20; 2, 12-13.19.22; 27, 19).

José destaca por su disposición interior

Los paganos seguían creyendo en revelaciones a través de sueños, mientras que en Israel esa práctica estaba ya en desuso e incluso era rechazada. El modo habitual de conocer la voluntad del Señor era acudir al profeta. Por eso, en nuestro pasaje, la imagen del sueño se introduce para subrayar la disposición interior de José, siempre disponible para pedir al Señor que le muestre lo que debe hacer. Mateo lo presenta como alguien que camina en plena sintonía no con “sus” sueños, sino con los sueños de Dios.

La oración afina el corazón

para reconocer la voluntad de Dios.

Podríamos decirlo con un lenguaje más claro. Eso que el Evangelio llama “sueño” es el momento en que José, en la oración, se deja iluminar por el Señor y entiende lo que se le pide. Es un modo de hablar de cómo Dios puede hablar también hoy a cada uno de nosotros. Cuando abrimos el corazón, nos hacemos disponibles para acoger su luz y, al mismo tiempo, intentamos apagar otras “luces” y otros impulsos que nos distraen, para seguir lo que Él nos indica.

Aprendamos de la actitud interna de José

Aquí aparece un primer mensaje para todos nosotros y, de modo particular, para nuestras familias. Esta actitud interior de José es la que se nos pide cuando deseamos construir la vida no solo según nuestros planes, sino según lo que Dios quiere. Así vive el creyente los momentos alegres y también los dolorosos, incluso lo imprevisto. Todo puede convertirse en ocasión para buscar la luz del Señor y ponernos en sintonía con su voluntad.

Cuando Dios habla,

José no discute, se pone en camino.

Hay un segundo mensaje muy concreto para nuestras familias. Mateo repite varias veces la misma frase, como para que se nos quede grabada. «El ángel del Señor» le dice a José: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto». Y el evangelio añade enseguida que José hizo justamente eso: «José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto»; tomó al niño y a su madre y partió. La repetición no es casual. Nos muestra a un hombre que escucha a Dios y se pone en camino, cuidando de los suyos sin perderse en excusas.


José escucha a Dios obedece

tal y como lo hizo Abrahán

José no pronuncia ni una palabra. Escucha la voz del Señor y de inmediato pone en práctica lo que se le ha pedido. Su actitud está modelada sobre la de Abrahán. También a él el Señor le dijo que dejara su tierra, su parentela y la casa de su padre para ir hacia la tierra que le mostraría. Y Abrahán no respondió con discursos. La Escritura dice, sencillamente, que partió (cfr. Gn 12, 1-4).

Así hace José. No habla, actúa. Es la misma disponibilidad, la misma fe que Dios encontró en Abraham y en José.

¿Con qué imagen de familia nos quedamos al escuchar este relato? A muchos nos ha fascinado el clima de armonía que se percibe entre María y José. Caminan juntos, de acuerdo en las decisiones, y cuesta imaginar que se les escapara una queja amarga contra el destino o contra los responsables de sus desventuras.

María y José buscan lo sueños de Dios

¿Cuál es el secreto de esa serenidad y de esa unidad familiar, la que, en el fondo, todos desearíamos para nuestras casas? El secreto es sencillo. María y José permanecen unidos y serenos en medio de las dificultades porque comparten el mismo punto de referencia para sus opciones. Buscan los sueños de Dios, quieren reconocerlos y seguirlos. En cada momento escuchan la voz del Señor y se dejan guiar por ella.

Tuvieron que afrontar adversidades que podrían haber deshecho a cualquier familia, como sucede tantas veces cuando los problemas, en vez de unir, terminan separando. Con María y José ocurre lo contrario. Las dificultades, vividas juntos a la luz de Dios, no los desunen, sino que consolidan y fortalecen su comunión.

Y hay también un mensaje para cada papá en esta figura preciosa de José. En todo lo que el Evangelio cuenta de él no aparece nada hecho pensando en sí mismo. Cada gesto está orientado al bien, a la vida y a la salvación de los demás. Es un hombre que se olvida de su propio interés, atento al otro, silencioso, siempre disponible para servir a quien necesita su ayuda y su presencia.

Jesús entra en nuestra esclavitud

para abrir un nuevo éxodo.

Llegamos al mensaje más importante, el motivo por el que el evangelista compone este relato. Los dos “cuadros” del pasaje, la huida a Egipto y el regreso a la tierra de Israel, concluyen ambos con una cita bíblica. Su sentido más profundo se descubre precisamente en el cumplimiento de esas palabras.

La primera dice: «De Egipto llamé a mi hijo» (cfr. Os 11, 1). Es una cita del profeta Oseas. Hacia el final de su libro, Oseas presenta una escena de enorme ternura. Habla del cuidado de Dios por su pueblo y lo describe como un padre que colma de cariño a Israel, su hijo primogénito. Le enseña a caminar tomándolo de la mano con delicadeza, lo acerca a su mejilla como quien acaricia con amor, se inclina para darle de comer. Y cuando lo ve reducido a esclavitud, lo hace salir de Egipto y lo conduce hacia la tierra de la libertad.

El Israel del que salen es ese Egipto

Pero el Evangelio de hoy nos obliga a hacernos una pregunta incómoda. Al llegar a la tierra prometida, ¿era Israel verdaderamente libre? Mateo nos sugiere que no. De hecho, la Sagrada Familia se ve obligada a huir. Esta vez no huyen de Egipto, sino que huyen de Israel. Allí reina Herodes, un tirano que se parece al faraón. Sigue los mismos principios, alimenta los mismos ideales de grandeza y de poder.

La “tierra de la libertad” no es simplemente un lugar en el mapa. La tierra de esclavitud estaba en Egipto, puede estar también en Israel y puede aparecer en cualquier parte del mundo. Por eso hace falta un nuevo éxodo, una salida real de tantas esclavitudes.

El Hijo de Dios entra en ese Egipto

para liberarnos.

Y ahí está lo decisivo. Mateo nos dice que el Hijo de Dios ha entrado en ese “Egipto”, ha querido meterse hasta el fondo en nuestra condición de esclavitud, para salvarnos, para sacarnos fuera, para hacernos verdaderamente libres. No es el simple relato de un viaje material. Con esa cita bíblica, Mateo ofrece a sus lectores una primera gran clave para entender todo su Evangelio.

Jesús es el nuevo Moisés que

nos acaudillará hacia la libertad

 Presenta a Jesús como el nuevo Moisés que quiere conducirnos a la verdadera tierra de la libertad, que es el reino de Dios, el pueblo de quienes acogen sus bienaventuranzas y, con Él, construyen un mundo nuevo, por fin más humano.

¿Dónde sentimos hoy que necesitamos hacer ese “éxodo” para vivir en la libertad que Dios sueña para nosotros?

 

Nazaret suena a “brote / retoño” y

Mateo nos invita a mirar con ojos nuevos.

«Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno».

El evangelista Mateo concluye su relato citando una segunda profecía: «que se llamaría nazareno». Mateo afirma que Jesús se estableció en Nazaret «para que se cumpliera lo dicho por los profetas: «que se llamaría nazareno». Y aquí conviene fijarse bien, porque si recorremos el Antiguo Testamento no encontraremos esa frase literal. Mateo no está citando un versículo concreto, sino haciendo una alusión global, como cuando decimos “esto está en la línea de los profetas”.

Una interpretación muy extendida relaciona “Nazaret” con el hebreo נֵצֶר (né·tser), “brote” o “retoño”, y entonces el eco va hacia Isaías, que anunciaba que del tronco casi apagado de la dinastía de David brotaría un retoño nuevo; lo dice así Isaías: «Dará un vástago el tronco de Jesé, un retoño de sus raíces brotará» (cfr. Is 11, 1).

No es lo mismo ser de Nazaret

que ser consagrado o apartado para Dios

Conviene evitar una confusión bastante común, porque suenan parecido y, sin embargo, no dicen lo mismo. “Nazareno” se refiere a Jesús por su procedencia de Nazaret. Distinto es “nazareo”, que en la Biblia designa al que vive una consagración especial por voto, en hebreo נָזִיר (nāzír), “consagrado” o “apartado” para Dios (cfr. Nm 6, 1-21). Sansón, por ejemplo, es presentado precisamente como nazareo desde el seno materno (cfr. Jc 13, 5). Dicho con delicadeza, no es lo mismo que “nazareno” indique un lugar de procedencia que “nazareo” hable de una consagración por voto, aunque el parecido de las palabras pueda confundirnos.

En el fondo, Mateo parece decirnos dos cosas a la vez: por un lado, que en Jesús comienza a germinar el brote esperado; y, por otro, que Dios elige lo pequeño y lo humilde, porque “Nazaret” no sonaba precisamente a escaparate de grandeza. Dicho con una sonrisa respetuosa: Dios, cuando quiere empezar algo grande, a veces no abre una oficina en la avenida principal, sino en una callecita de pueblo.

Quien visita Nazaret contempla desde lo alto las montañas que rodean la pequeña elevación donde hoy se alza la basílica de la Anunciación. Y queda una impresión nítida. Es como estar ante una flor abierta. Las montañas, dispuestas a modo de anfiteatro, parecen pétalos; en el centro, como un pistilo, el poblado que existía en tiempos de Jesús. Tal vez esa misma forma del terreno fue la que dio nombre a aquel lugar. Un “brote” que florece, un pueblo que se abre como una flor.

Jesús es ese brote del que

surgirá algo totalmente nuevo

Cuando Jesús vuelve de Egipto y se instala en Nazaret, Mateo dice que por eso se le llamó “nazareno”. Y muchos han visto aquí un juego de resonancias con el hebreo נֵצֶר (né·tser), que significa “brote” o “retoño”. Si es así, el pensamiento se nos va enseguida a Isaías, que anunciaba que del tronco casi apagado de la dinastía de David volvería a nacer vida, como un retoño que sale de sus raíces (cfr. Is 11, 1). Mateo, al sugerir este eco, nos invita a mirar a Jesús como el comienzo de algo nuevo que Dios hace germinar desde lo pequeño. Es el inicio del verdadero Reino, el que no tendrá fin, nacido como un brote humilde en la familia de David.

José no “parece” padre,

es padre de verdad.

Quisiera terminar con una última reflexión sobre José. Yo he usado para él la palabra “padre”, sin añadir “putativo”. En esta tierra, él es verdaderamente el padre de Jesús. Porque, junto con María, fue él quien hizo “humano” a Jesús. Fue él quien lo ayudó a crecer, comunicándole los valores que caracterizan al verdadero hombre.

No identifiquemos la paternidad solo con la transmisión biológica de la vida. Padre es quien hace crecer a un niño como hombre, aunque no le haya dado la vida biológica.

Padre es quien enseña a vivir como persona, quien transmite lo humano, los valores con los que un hijo aprende a ser hombre de verdad. Ese es el verdadero padre

José precisamente sembró en Jesús esos valores que lo caracterizan. La capacidad de amar, la atención al otro, el olvido de uno mismo por el bien de los demás, la honestidad, la rectitud, la sensibilidad hacia el pobre. Eso es lo que dibuja al verdadero hombre.


José le educó en los auténticos valores

de la Alianza de Dios

con el Pueblo de Israel

Recordemos, además, que Jesús era “alérgico” a toda hipocresía. ¿Dónde aprendió todo esto? ¿Quién le ayudó a interiorizar esos valores, si no el padre? Jesús creció educado en la atención a los últimos, en ser amigo de quien se ha equivocado en la vida, en amar y valorar a los extranjeros, a los samaritanos.

José no llegó a escuchar a Jesús predicar. Pero en las palabras de Jesús, en el mensaje de amor que anunció, podemos leer como en filigrana los valores que aprendió observando la vida de sus padres. Ese padre y esa madre que el Padre del cielo puso a su lado para que creciera con valores capaces de reflejar el rostro del Padre celestial.

Si el Padre quiso mostrar en Jesús de Nazaret su propio rostro, dispuso que fuera esta pareja de esposos la que educara a su Hijo unigénito, para que pudiera parecerse plenamente a Él. Y mirando cómo hicieron crecer a este hombre, Jesús de Nazaret, podemos decir que el Padre del Cielo eligió a las personas adecuadas.


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