Homilía del Primer de Adviento, ciclo A
Mt 24, 37-44 «a una se la llevarán y a otra la dejarán».
Imaginemos la escena. Es de tarde, el aire empieza a refrescar en
Jerusalén. Jesús está sentado en el monte de los Olivos, frente al templo,
junto a sus discípulos. Desde allí el santuario impresiona: es sólido,
brillante, parece eterno. Y, sin embargo, Jesús acaba de anunciar su ruina.
Falta poco para la Pascua, la ciudad se llena de peregrinos, las calles hierven
de vida religiosa… y, en medio de todo ese movimiento, el Maestro se atreve a
hablar del fin de un mundo.
El fin del mundo tejido por el pecado
Los discípulos perciben enseguida que Jesús no está haciendo catastrofismo
barato. No está diciendo que el universo entero vaya a saltar por los aires.
Habla de otro mundo que está llegando a su término: el mundo tejido de pecado,
de injusticias, de violencias, de ídolos que esclavizan. Ese “mundo viejo” —que
también reconocemos muy bien en nuestro tiempo— es el que está condenado a
desaparecer. Y Jesús, lejos de sembrar miedo, está anunciando una noticia
gozosa: Dios no se resigna a un mundo inhumano.
Para decirlo,
recurre a un lenguaje que a nosotros puede resultarnos extraño: el lenguaje
apocalíptico (cfr. Mc 13, 24-25). «El sol se oscurecerá, la luna dejará de
dar su resplandor, las estrellas caerán del cielo…». A nuestros oídos quizá
suena a película de catástrofes. Pero los primeros oyentes de Jesús comprendían
bien esas imágenes. Sabían que no se trataba de astronomía, sino de teología.
Los
ídolos nos roban la libertad y la vida
En el antiguo Oriente Medio, el sol, la luna y las estrellas no eran solo
objetos celestes sino que eran divinidades. Se las adoraba porque se les
atribuía el poder sobre la vida y el destino de los hombres. El sol egipcio,
Atón, derramando sus rayos sobre el faraón; el dios luna en Mesopotamia; Istar,
la estrella de la mañana, identificada con Venus… Eran “poderes de lo alto”,
fuerzas misteriosas a las que se sacrificaba la libertad y la vida.
El mundo gobernado por falsas divinidades
está llegando a su fin
Cuando Jesús anuncia que el sol se oscurece, que la luna no brilla y que
las estrellas caen, está diciendo algo muy concreto: el sistema de los ídolos
está en crisis terminal. El mundo gobernado por falsas divinidades está
llegando a su fin. Los dioses fabricados por el corazón humano van a quedar
desenmascarados. Podríamos traducir así sus palabras: “Todo
lo que habéis puesto en el lugar de Dios va a perder su brillo. Todo lo que
parecía absoluto se va a revelar frágil”.
Y quizá aquí podemos preguntarnos: ¿qué astros hemos colocado nosotros en
nuestro propio cielo? ¿Qué realidades hemos elevado a la categoría de
“intocables”, como si de ellas dependiera nuestra salvación?
Cuando
el dinero sube al cielo,
la
dignidad de muchos cae a tierra
No hace falta
mucho esfuerzo para reconocer que seguimos fabricando dioses. No tienen nombres
mitológicos, pero gobiernan la vida de millones de personas. Uno de ellos, muy
conocido, es el dinero.
Cuando el dinero
se convierte en el criterio último de nuestras decisiones, cuando todo se mide
en términos de beneficio, cuando el objetivo de la existencia es acumular,
entonces ese “dios” se sienta en el trono. Lo vemos, por ejemplo, en las rentas
desorbitadas de tantos pisos: propietarios que suben el alquiler “porque el
mercado lo permite”, mientras familias con sueldo mínimo, con hijos y otras
cargas, entregan más de la mitad de lo que ganan solo para poder mantener un
techo digno. Lo vemos en una diócesis que recibe una herencia millonaria y que,
en lugar de dejar que el Evangelio sueñe a lo grande con las Iglesias pobres de
otros continentes o con las comunidades más frágiles, termina invirtiendo sobre
todo en reformas y comodidades de las que, en el fondo, se podría prescindir.
Lo vemos también en instituciones, incluso eclesiales o sociales, que reclaman
públicamente el derecho a un trabajo y a un salario justos, mientras dentro de
casa mantienen contratos precarios, sueldos insuficientes y escaso reconocimiento
de los estudios y méritos de sus propios trabajadores. Y lo vemos, de manera
especialmente dolorosa, cuando algunos sacerdotes van de convento en convento,
de cofradía en cofradía, de asociación en asociación, ofreciendo novenas,
triduos y misas casi como un catálogo de “servicios religiosos”, buscando poco
a poco un buen “colchón” económico y corriendo el riesgo de mirar el ministerio
más como fuente de ingresos que como entrega evangélica al estilo de Jesús,
pobre entre los pobres.
Todo
ídolo promete luz,
pero
termina robándonos la vista.
El resultado no
tarda en aparecer: un mundo envuelto en las tinieblas del egoísmo, una sociedad
donde el sufrimiento de muchos es el precio “normal” del bienestar de unos
pocos, un interminable desfile de dramas, soledades y lágrimas. Si miramos a
nuestro alrededor —y a nuestro propio corazón— no nos cuesta ver cómo la
idolatría nunca es inocente: siempre termina generando víctimas. ¿No sentimos a
veces que ciertas lógicas económicas o sociales, e incluso ciertas prácticas
dentro de la Iglesia, se tratan como “sagradas”, intocables, aunque hieran la
dignidad de las personas y desfiguren el rostro del Evangelio que decimos
anunciar?
Junto al dinero,
seguimos encumbrando a los poderosos, a los “superhombres” de turno: líderes,
celebridades, figuras públicas a las que atribuimos casi un aura de
infalibilidad. Los colocamos “en el cielo”, como si estuvieran por encima de
todo juicio y de toda limitación. Pero el Evangelio nos recuerda con serenidad:
el cielo no es su casa. El cielo es la morada del único Dios. Todos los demás
—por muy brillantes que parezcan— son simplemente hombres y mujeres, con su
fragilidad. Su falso resplandor está destinado a apagarse. Todo ídolo promete
luz; al final, lo único que hace es robarnos la vista.
Quizá una primera idea-fuerza podría resonar así: Todo ídolo promete luz,
pero termina robándonos la vista.
“Cielos nuevos y tierra nueva”:
Una promesa que no es evasión
Mucho antes de Jesús, un profeta anónimo —en torno al 450 a. C.— se atrevió
a anunciar esperanza en medio de un tiempo duro: injusticias sociales,
corrupción religiosa, degradación moral. En ese contexto, se escucha una
promesa sorprendente: «El Señor creará cielos nuevos y una tierra nueva»
(cfr. Is 65, 17). No se trata de una invitación a huir de la historia, sino de
un anuncio: Dios no abandona su creación a la corrupción.
Jesús se sitúa en esta misma línea. Cuando habla del fin del mundo viejo,
está evocando la espera de ese mundo nuevo, de esos cielos purificados de
ídolos. El relato del jardín de Edén no es solo la melancólica memoria de un
paraíso perdido; es, sobre todo, el proyecto de un mundo nuevo al que estamos
llamados. No es un sueño ingenuo, sino una vocación: colaborar con Dios en la
construcción de una humanidad reconciliada.
La justicia de Dios nos sana desde dentro
Los primeros cristianos lo creyeron con fuerza. La segunda carta de Pedro
lo expresa con claridad: «Pero nosotros, conforme a la promesa de Dios,
esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia»
(cfr. 2 Pe 3, 13). No es una justicia vengativa, sino la justicia de Dios: un
orden nuevo donde reine la paz, el amor, la alegría, la fraternidad. Esos “cielos
nuevos y tierra nueva” no son una especie de mundo paralelo que no tiene
nada que ver con este, sino la misma creación transfigurada, sanada desde
dentro.
Aquí podemos dejarnos interpelar: ¿Creemos de verdad que es posible una
humanidad distinta, o nos hemos resignado a que “las cosas son así y no van a
cambiar”? ¿Nos vemos como espectadores que esperan el fin, o como colaboradores
de ese mundo nuevo que Dios sueña? Tal vez una segunda frase pueda condensar el
núcleo de esta esperanza: El fin del mundo viejo no es la ruina de todo, sino
el parto de algo nuevo.
¿Quién inaugura este mundo nuevo?
Llegados aquí, la
gran pregunta surge casi sola: si este mundo viejo, marcado por los ídolos y la
injusticia, está destinado a desaparecer, ¿quién puede dar inicio al mundo
nuevo? Jesús. Nosotros deseamos esa transformación, pero sabemos que no
nos bastamos. Nuestra experiencia de pecado, de límites, de incoherencias nos
lo recuerda a diario. Lo vemos cuando una familia vive agobiada por las deudas
y, al abrirle un hueco al Señor en su vida, empieza por gestos pequeños pero
muy concretos: rezan juntos antes de dormir, revisan sus gastos a la luz del
Evangelio, deciden ser más austeros en lo superfluo para poder ser más
generosos, se atreven a pedir ayuda y consejo, se reconcilian con más humildad.
La situación económica no cambia de la noche a la mañana, pero sí cambia el
clima espiritual de la casa: menos reproches, más escucha, más confianza. Lo
vemos también cuando una persona con responsabilidad en una empresa o en una
obra social toma decisiones no solo con la calculadora, sino dejando que el
Evangelio le cuestione. Y lo vemos, de manera muy honda, cuando alguien herido
por una traición o una injusticia vive una auténtica noche interior y, en medio
de esa oscuridad, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una
homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le dice: “No te pido que
olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18,
21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y
la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un
día esa persona descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el
rencor ya no manda tanto, que hay un espacio de libertad interior nuevo. El
hecho doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo.
El Evangelio
responde que es Jesús quien viene a inaugurar ese mundo nuevo. Él es el
criterio desde el cual se desenmascaran los ídolos; en su rostro vemos el
verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre. En Él se anticipan
ya, de algún modo, esos “cielos nuevos y tierra nueva” que esperamos (cfr. 2 Pe
3, 13).
El texto nos invita a ponernos a la
escucha: ¿con qué nombre se presenta Jesús cuando anuncia el fin del mundo
viejo y el comienzo del nuevo? ¿Qué título utiliza para hablarnos de su venida
y de su misión? La respuesta no es un mero dato teórico; de ese nombre
dependerá también la imagen que tenemos de Dios, de la historia y de nosotros
mismos.
Podemos quedarnos
con esta pregunta para seguir orando y pensando:
Si Jesús viene a inaugurar un mundo nuevo, ¿qué lugar le dejamos en el
nuestro?
Cuando llega el Hijo del hombre,
se acaba la ley de la selva
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando
venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé».
«Hijo del hombre» es una expresión que
encontramos en los Evangelios unas setenta veces en labios de Jesús. Es, de
hecho, el título que Él más utiliza para hablar de sí mismo. «Las zorras
tienen madrigueras y las aves del cielo nidos; el Hijo del hombre no tiene
dónde reclinar la cabeza» (cfr. Mt 8, 20). «¿Quién decís que es el Hijo del
hombre?» (cfr. Mt 16, 13), es decir: ¿qué habéis comprendido de mí?, ¿quién
soy yo de verdad? «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los
hombres y lo matarán» (cfr. Mc 9, 31). Detrás de estas palabras hay una
autodefinición continua: Jesús se presenta una y otra vez como ese misterioso
Hijo del hombre.
Pero ¿quién es
este Hijo del hombre? En hebreo, בן אדם (ben ʼadam) significa, en primer lugar,
simplemente “ser humano”, un hombre como tantos. En el libro de Daniel, sin
embargo, esta expresión adquiere un relieve especial: después de la aparición
de varias bestias que simbolizan los grandes imperios construidos sobre la
violencia, el dominio y la competición, irrumpe en escena «uno como hijo de
hombre» (cfr. Dn 7, 13). Es la forma de decir que después de tanta
ferocidad, por fin aparece alguien verdaderamente humano, no una fiera más.
Y entonces sucede
algo sorprendente: el Anciano, es decir, Dios, entrega a este hombre el poder,
la gloria y el reino. «Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su
reino no será destruido» (cfr. Dn 7, 14). Mientras que antes a una bestia
le seguía otra, y a un imperio violento otro imperio todavía más violento,
ahora, cuando comienza por fin un reino verdaderamente humano, ese reino está
llamado a durar para siempre.
Con
Jesucristo entra en la historia una humanidad
capaz
de ponerse al servicio en lugar de
aplastar
al hermano.
Cuando Jesús se
llama a sí mismo Hijo del hombre, está diciendo justamente esto: con Él entra
en la historia una humanidad nueva, plenamente conforme al corazón de Dios. Una
humanidad capaz de amar en lugar de competir, de ponerse al servicio en lugar
de aplastar al hermano, de caminar como cordero y no como fiera. Podríamos
preguntarnos entonces: ¿qué parte de nuestro corazón sigue soñando con la
lógica de las bestias, y qué parte se deja ya transformar por este Hijo del
hombre que nos enseña a ser, por fin, verdaderamente humanos?
El
hombre de verdad es el que sirve, ama y no aplasta
Recordemos a
Pilato cuando presenta a Jesús al pueblo. No dice simplemente: «Aquí lo
tenéis», sino: «He aquí el hombre» (cfr. Jn 19, 5). Como si el Evangelio
nos susurrara: este es el ser humano en plenitud, este es el hombre de
verdad: no el que mata, sino el que entrega la vida; no el que domina, sino el
que sirve; no el que aplasta, sino el que ama. Se es verdaderamente hombre no
cuando se impone, sino cuando se dona.
En Jesús,
Dios nos devuelve el rostro
auténtico del hombre.
¿Cuál fue la
respuesta de los sumos sacerdotes y de los guardias ante este hombre nuevo?
«¡Quítalo de en medio!… ¡Crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 15). Ellos representan ese
mundo viejo que se resiste a morir, ese sistema de fieras que se alimenta de la
violencia, del miedo, del poder. Las fieras no soportan al hombre auténtico: es
demasiado distinto, es su contrario, les resulta incómodo. Por eso lo atacan.
Jesús es rechazado precisamente por ser Hijo del hombre, es decir, por ser
verdaderamente humano según Dios.
El mundo viejo siempre grita:
«¡Quitadlo de en medio!»
cuando aparece el amor
verdadero.
Naturalmente,
quienes quieran seguirle por este camino no deben esperar un destino distinto.
Jesús mismo lo ha dicho con claridad: «Si me han perseguido a mí, también a
vosotros os perseguirán» (cfr. Jn 15, 20). Es como si nos advirtiera: si
os atrevéis a ser hombres y mujeres según el Evangelio, el mundo viejo
reaccionará.
Ser verdaderamente humano según
Jesús
no es compatible con la lógica
de las fieras.
Nos queda entonces
una pregunta: ¿cómo terminará esta lucha entre el mundo de las fieras, que se
empeña en continuar, y el mundo verdaderamente humano que Jesús propone? El
vidente del Apocalipsis nos ofrece una mirada al desenlace. Al final del libro
se lee: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la
primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía» (cfr. Ap 21, 1).
Es una imagen cargada de significado: en Daniel, las fieras salían precisamente
del mar; ahora, en la consumación del proyecto de Dios, «el mar ya no
existía», es decir, desaparece el caldo de cultivo del mal, el escenario
del que surgían los monstruos.
El futuro no pertenece a las
fieras,
sino a los corderos.
Así se cerrará la
historia humana: no con el triunfo definitivo de las fieras, sino con la
victoria de la humanidad nueva querida por Dios. El designio del Padre es claro;
un mundo sin bestias, un mundo de hombres y mujeres que se parezcan a su Hijo.
Y entonces la
pregunta se vuelve muy personal: ¿con qué disposición queremos esperar la
venida del Hijo del hombre? Jesús mismo nos lo explicará tomando como
referencia el relato del diluvio. Pero antes de escucharle, quizá vale la pena
dejarnos tocar por esta cuestión:
Si Jesús es el Hombre verdadero, ¿le dejamos entrar en nuestra vida o
preferimos que lo “quiten de en medio” para que nada cambie demasiado?
Pone en paralelo lo que sucedía en
tiempo de Noé
y
lo que puede suceder hoy
«En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se
casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró
en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el
diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá
cuando venga el Hijo del hombre».
¿Qué hacían en
tiempo de Noé? «la gente comía y bebía, se
casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo». No hacían
nada extraño ni nada malo. Hacían lo que también nosotros hacemos hoy.
Hay
dos maneras de posicionarse: justificar mi egoísmo o dejar que el Evangelio lo
desmonte
Pero hay dos
maneras de comer y de beber. Hay dos maneras de vivir la propia afectividad y
sexualidad.
Hay quien se
alimenta pensando solo en sí mismo: acumula pan, nunca le basta, se desentiende
de las necesidades de los demás e incluso gruñe si alguien se acerca a pedirle
un poco. Y hay, en cambio, quien se contenta con el pan de cada día, quien
parte ese pan y lo comparte con el hermano. Son modos muy distintos de
responder a las mismas necesidades biológicas.
También aquí se
abren dos caminos; hay quien busca únicamente su propio placer y se pregunta
solo si él está satisfecho; y hay quien solo se siente verdaderamente feliz
cuando ve feliz al otro, cuando su alegría es compartir y no poseer.
El egoísmo,
centrado en el “yo primero”, es lo que caracteriza al mundo viejo. La comunión,
el amor y la atención concreta al otro son ya, aquí y ahora, el mundo nuevo. Y
quizá podamos preguntarnos: ¿desde qué mundo estamos alimentando nuestras
decisiones de cada día?
El
diluvio: naufragio de una humanidad sin Dios
Podemos releer así
el episodio de Noé: ¿Cuál fue, en el fondo, el error de la generación de
Noé? El libro del Génesis, en el capítulo 6, ofrece la clave. El diluvio no
es la historia de un Dios iracundo que decide “borrar” el mundo, sino una gran
imagen de lo que ocurre cuando la humanidad se niega a entrar en el proyecto de
Dios.
El texto sagrado
dice que «la tierra estaba corrompida delante de Dios y llena de violencia»
(cfr. Gn 6, 11). Eso es lo que caracteriza a la humanidad vieja: la competición
convertida en norma, la fuerza como criterio, el abuso del más débil, la lógica
de someter antes de que te sometan. Es una humanidad que camina inevitablemente
hacia su propio naufragio.
Lejos
del sueño de Dios, el mundo se hace pedazos solo.
Los hombres del
tiempo de Noé pertenecían a esa humanidad destinada a desaparecer, pero ellos
estaban convencidos de que su mundo duraría siempre, de que “siempre se ha
hecho así y siempre se hará así”. Dios, sin embargo, no avala esa manera de
vivir. Y había signos claros de que se estaba preparando un cambio de época.
Noé, construyendo el arca a la vista de todos, era uno de esos signos: una
invitación silenciosa a entrar en una humanidad nueva, a dejar atrás la
violencia y la corrupción.
Ellos lo vieron,
pero no lo leyeron. No tomaron conciencia, no aceptaron entrar en la novedad
que Dios les ofrecía. El relato concluye con esa frase sobria y dura: «y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los
llevó a todos». No porque Dios se complaciera en destruir, sino
porque una humanidad cerrada al sueño de Dios termina, antes o después,
destruyéndose a sí misma.
Cada
decisión diaria dice si sigues al mundo viejo…
o
al Hijo del hombre.
Jesús saca la
conclusión. «Lo mismo sucederá cuando venga
el Hijo del hombre». Y no está hablando solo de “aquellos de
entonces”; está hablando también de nosotros. El Hijo del hombre —Él mismo—
viene hoy en su Evangelio, en su Palabra que se nos dirige, y se nos invita a
estar atentos para no repetir el mismo error de la generación del diluvio.
Él nos muestra el
verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del hombre; sin embargo,
nosotros podemos replegarnos únicamente sobre nuestras necesidades materiales:
comer, beber, casarse, organizar la vida afectiva y familiar… Realidades buenas
e importantes, sin duda, pero que no pueden convertirse en el absoluto.
La
cuestión es cómo vivimos todo eso
La cuestión no es
si comemos, bebemos, formamos una familia o trabajamos, sino cómo
vivimos todo eso: ¿al modo viejo o como hombres y mujeres nuevos?
El Hijo del hombre
viene precisamente a enseñarnos otra manera de habitar lo cotidiano. Nos
interesamos por la familia, la casa, la profesión —y es justo que así sea—,
pero Él nos pregunta: ¿vivís estas realidades desde el egoísmo que acumula y se
protege, o desde el amor que se comparte y se entrega? Jesús nos dice, en el
fondo: estad atentos, no repitáis ante la venida del Hijo del hombre el error
de los que vivieron en tiempo de Noé; corréis el riesgo de quedar al margen de
la historia que Dios quiere escribir con vosotros.
Porque, como hemos
visto, hay dos modos de comer, de beber, de vivir la propia sexualidad y los
afectos: uno centrado en el propio interés, que busca solo la propia
satisfacción, y otro guiado por el amor, por la alegría profunda de ver feliz
al otro. Y quizá la pregunta que se nos queda dentro podría ser esta: en
nuestras decisiones concretas de cada día, ¿desde qué mundo estamos viviendo: ¿desde
el viejo, que gira en torno al “yo”, o desde el nuevo, que nace del corazón del
Hijo del hombre?
Dos
modos de ejercer la propia profesión
«Dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a
otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se
la llevarán y a otra la dejarán».
Jesús pone dos
ejemplos para mostrar que hay dos modos distintos de ejercer la propia
actividad profesional.
Uno es el de quien
no ha acogido el reino de Dios, la propuesta de hombre nuevo que hace Jesús. El
otro es el de quien ha acogido el reino de Dios, ha entrado en el mundo nuevo.
Y él toma estos dos ejemplos de las actividades que realizaban en su tiempo los
hombres y las mujeres.
Los hombres salían
a trabajar en los campos; las mujeres se quedaban en casa, molían el grano,
preparaban la harina y hacían el pan. El primer ejemplo que pone es el de la
profesión de los hombres, y dice: «τότε ἔσονται δύο ἐν τῷ ἀγρῷ, εἷς παραλαμβάνεται
καὶ εἷς ἀφίεται», que traducido significa: «entonces estarán dos
en el campo, uno es tomado consigo / es acogido y uno es dejado / abandonado».
Uno
se implica en la propuesta de Jesús y se salva
«uno
es tomado»,
el
otro no acepta esa propuesta y se pierde
«es
dejado»
Dos hombres
estarán en el campo: uno será tomado, o mejor, será acogido —
παραλαμβάνεται (paralambánetai) — es decir, será implicado en la
nueva propuesta de hombre; ejercerá su actividad según la imagen de hombre
nuevo que propone el Evangelio. El otro será dejado atrás — ἀφίεται (aphíetai)
— se queda fuera, se pierde (cfr. Mt 24, 40).
Los dos siguen en
el mismo campo, bajo el mismo sol, con la misma faena entre manos… pero no
viven ya del mismo espíritu. Cuando el Evangelio entra en la vida de una
persona, ya no realiza su trabajo como antes: lo hace de un modo distinto, con
otros criterios, con objetivos nuevos. Pongamos algunos ejemplos, para
entendernos bien.
Aterricemos
con ejemplos cotidianos
Dos
trabajadores de la oficina o del taller
Podemos pensar,
por ejemplo, en dos compañeros que trabajan en la misma oficina o en el mismo
taller. A primera vista, hacen lo mismo: fichan a la misma hora, atienden a los
mismos clientes, participan en las mismas reuniones. Pero uno vive pendiente
solo del ascenso, del sueldo, de quedar bien ante los jefes; los demás son, en
el fondo, peldaños en su propia escalera. El otro, tocado por el Evangelio,
empieza a mirar ese mismo trabajo como un servicio: se preocupa por el
compañero que va agobiado, es honesto, aunque eso le cueste, trata con respeto
a quien todos desprecian, renuncia a ciertas ventajas si sabe que son injustas.
Los dos están “en el campo”, pero solo uno ha sido verdaderamente acogido en la
lógica del hombre nuevo; el otro permanece en el mundo viejo, girando alrededor
de sí mismo.
Aterricemos
con ejemplos cotidianos
Dos
matrimonios
Podemos imaginar
también un esposo y a una esposa que viven su vida afectiva y familiar. Las dos
se casan, crían a sus hijos, organizan la casa, pagan facturas, salen de
vacaciones cuando se puede. Pero en una de esas familias manda, sin que nadie
lo diga, el “yo primero”: cada uno defiende su espacio, sus tiempos, sus
derechos; los conflictos se convierten en reproches acumulados, y el amor se va
apagando a base de pequeñas indiferencias. En la otra, el encuentro con el
Señor ha ido cambiando la forma de tratarse: se pide perdón con más sencillez,
se escucha más antes de juzgar, se reza juntos en medio de las preocupaciones,
se decide ser un poco más austeros para poder compartir con quien tiene menos.
Externamente se parecen, pero interiormente una casa vive según el mundo viejo
y la otra, con todas sus fragilidades, ya respira algo del mundo nuevo del Hijo
del hombre.
Aterricemos
con ejemplos cotidianos
Dos
sacerdotes
Podemos pensar,
además, en dos sacerdotes “en el mismo campo pastoral”. Los dos celebran misa,
atienden funerales, reciben en el despacho, preparan catequesis, van a
reuniones de arciprestazgo, se sientan en el confesionario. Exteriormente, sus
agendas se parecen mucho. Pero uno se conforma con hacer lo que se le pide y lo
que “toca”: vive el ministerio como un conjunto de tareas razonables, bien
delimitadas, que no le desinstalan demasiado. No percibe la evangelización como
algo que deba ir más allá de ese mínimo; no intuye que el anuncio del Evangelio
pueda robarle horas de sueño, exigirle abrir su casa, gastar de su propio
bolsillo, entregar tiempo y fuerzas que nadie le pagará. Su celo pastoral queda
encerrado dentro de lo que entra en horario y en tarifa: en la práctica, el
ministerio no le cuesta más que lo que ya está previsto. El otro, en cambio,
haciendo muchas de las mismas cosas, ha dejado que el Evangelio le cambie por
dentro. Siente como una urgencia buena llegar a quienes no vienen, visitar a quienes
nadie visita, acompañar procesos largos y discretos que no dan “resultados”
rápidos ni traen ningún plus económico. A veces llega a casa tarde por haber
pasado más tiempo con una familia rota, por haber escuchado a un joven en
crisis, por haber preparado con esmero una homilía o un encuentro que pocos
valorarán. Sabe que algunas iniciativas le costarán dinero de su propio
bolsillo y horas que nadie recompensará, pero entiende su ministerio como una
respuesta de amor, no como un paquete de servicios. Los dos están en el mismo
campo, pero solo uno se deja acoger — παραλαμβάνεται (paralambánetai)
— en la lógica del hombre nuevo; el otro corre el riesgo de quedar
— ἀφίεται (aphíetai) — en un modo viejo de ejercer el sacerdocio,
correcto en la forma, pero poco atravesado por el fuego del Evangelio.
Aterricemos
con ejemplos cotidianos
Dos
personas que han sufrido una herida profunda
Y podemos pensar,
finalmente, en dos personas que han sufrido una herida profunda: una traición,
una injusticia, una calumnia. Las dos conocen el mismo dolor. Una se encierra
en el resentimiento, alimenta mentalmente la venganza, deja que el rencor marque
sus relaciones; sin darse cuenta, queda “dejada atrás” — ἀφίεται (aphíetai)
— en el mundo viejo, prisionera de lo que le hicieron. La otra, en medio de su
noche interior, escucha en la oración —quizá a través del Evangelio, de una
homilía, de un buen acompañante— la voz de Jesús que le susurra: “No te pido
que olvides sin más, te ofrezco caminar contigo hacia el perdón” (cfr. Mt 18,
21-22). Perdonar no significa negar la herida, sino dejar que Cristo la toque y
la vaya transformando. El proceso es lento, lleno de idas y venidas, pero un
día descubre que ya puede rezar por quien le hizo daño, que el rencor ya no
manda tanto, que dentro ha nacido un espacio de libertad nuevo. El hecho
doloroso no ha desaparecido, pero ha sido “releído” en Cristo: esa persona ha
sido “acogida”, παραλαμβάνεται (paralambánetai), dentro del mundo nuevo
que Jesús abre.
Jesús
no pretende asustarnos,
sino
despertarnos
Al final, esta
palabra de Jesús sobre los “dos en el campo” no pretende asustarnos, sino
despertarnos. La verdadera separación no pasa tanto por los lugares donde
estamos, sino por el Espíritu con el que vivimos lo que hacemos. Y quizá
podríamos dejarnos resonar por dentro esta pregunta: en mi trabajo, en mi
familia, en mi ministerio, en mis heridas, ¿estoy viviendo como quien es
acogido en el mundo nuevo del Hijo del hombre, o como quien, sin darse cuenta,
se va quedando atrás?
Pongamos
algunos ejemplos,
para
entendernos bien.
Cuando se
presentan ante Juan el Bautista los publicanos, los que cobran los impuestos
—gente siempre mal vista—, él no les dice que abandonen su oficio. Recaudar
impuestos es un servicio necesario. Pero ese mismo trabajo puede ejercerse de
dos maneras: una es la de quien aprovecha su posición para “hacer el listo”,
aumentar las cuotas, quedarse con una parte y jugar siempre a su favor; la otra
es la de quien realiza su tarea con escrúpulo, sabiendo que ese dinero ha de
servir al bien de toda la comunidad (cfr. Lc 3, 12-13). El trabajo es el mismo;
el corazón, no.
Después se acercan
los soldados: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». El Bautista tampoco les
responde: «Tirad las armas, dejad vuestra profesión». La sociedad necesita
quien mantenga el orden. Pero también aquí hay dos modos de situarse: uno es el
de quien se sirve de su fuerza para extorsionar, intimidar y abusar; el otro es
el de quien se pone sinceramente al servicio del bien común, protegiendo al
débil, usando la autoridad con justicia y mesura (cfr. Lc 3, 14). La misma
función, dos espíritus muy distintos.
Podemos traerlo a
una escena de la vida cotidiana, como hacía Jesús, pero tomada de nuestro
entorno. Pensemos en dos porteros del mismo edificio. El primero oye sonar el
timbre de la cancela, mira al monitor y ve a una anciana, algo desorientada,
que no sabe muy bien adónde ir. De inmediato sale de la portería, se acerca a
ella con cortesía y cercanía, la saluda, le sonríe, la ayuda a subir los
escalones, la acompaña al ascensor y hasta le hace alguna broma, porque percibe
que viene triste. Ese es alguien “acogido”: ejerce su trabajo como un servicio
que hace la vida más amable a quienes necesitan de él.
Llega luego su
compañero, que entra de relevo. Es lunes, viene con el periódico deportivo bajo
el brazo y el equipo de sus amores ha perdido el día anterior. Se sienta en la
portería, de mal humor, y se lanza a hojear el periódico para descubrir quién
ha sido el culpable. Suena el timbre, ve en el monitor a otra anciana,
cohibida, sin saber muy bien adónde ir. Él calcula: «Desde la puerta hasta aquí
tarda por lo menos medio minuto; me da tiempo a seguir leyendo… A ver si fue el
árbitro el responsable de la derrota». Cuando la señora llega, la deja hablar,
pero sin apartar la vista del periódico. A ella, en realidad, no la ve. Al
final, sin levantar mucho la cabeza, le indica: «Allí está el ascensor», y
vuelve a sus páginas.
He aquí, de nuevo,
los dos modos de ejercer la misma actividad: uno es el de quien ha entrado en
el mundo nuevo y realiza su tarea según la propuesta de Cristo; el otro es el
de quien piensa solo en su propio interés y en su propio estado de ánimo.
Podríamos
condensarlo así: No se trata tanto de cambiar de profesión, como de dejar que
el Evangelio cambie la manera de vivirla.
«Dos mujeres estarán moliendo en el molino: una será
acogida, la otra será dejada atrás» (cfr. Mt 24,41).
Podemos pensar
ahora, por ejemplo, en una profesora de secundaria. Cada año pasan por
su aula decenas de alumnos; algunos quizá no volverán a tener trato con él
cuando terminen el curso. Precisamente por eso, uno podría decirse: «Total,
están aquí un año, cumplen el expediente y se van… yo vengo, explico lo justo,
corrijo lo imprescindible y listo». Y aparece el modo viejo: limitarse a
dar materia sin implicarse, ridiculizar al alumno que va peor, usar el poder de
la nota como amenaza constante, pensar solo en llegar al final de trimestre con
el menor desgaste posible. Lo único que importa, en el fondo, es pasar página y
cobrar a fin de mes.
El modo nuevo,
propio de quien se ha dejado alcanzar por la propuesta de Jesús de Nazaret, es
muy distinto. Ese profesor también tiene temario, exámenes, burocracia; pero
mira a sus alumnos de otra manera. Prepara sus clases con cuidado, intenta
explicar pensando en los que más dificultades tienen, busca animar al que está
desmotivado, corrige con firmeza, pero con respeto, se queda algún rato más
para escuchar a quien lo necesita. Sabe que muchos quizá lo olviden, pero a él
le importa que cada uno se sienta mirado, acompañado, valorado. Para él,
enseñar no es solo un trabajo: es una forma concreta de servir y de amar.
He aquí, una vez
más, los dos modos de ejercer una misma profesión. Si pasamos revista a
cualquier trabajo —sanitario, docente, administrativo, pastoral, de limpieza,
de hostelería…— siempre encontraremos ese doble camino. La gentileza, la
sonrisa, la sensibilidad, la preocupación por el otro, la afabilidad no figura
en el contrato, no aparecen en la nómina; pero son precisamente lo que
distingue al que ha sido “acogido” en el mundo nuevo del reino de Dios, al que
tiene como objetivo de su actividad la atención a la necesidad del hermano. El
otro, aunque haga “lo que le toca”, permanece en el modo viejo y es, en
realidad, “dejado atrás”.
En el fondo, se
trata de esto: uno es salvado, es decir, se comporta como un hombre
verdadero, porque ama; el otro sigue envuelto en las tinieblas del egoísmo,
aunque parezca que cumple.
Recordemos
que en el arca de Noé
entraron
los que entraron
En el arca de Noé
no entraron todos: entraron pocos. No hay que extrañarse de que también
en el reino de Dios no entren todos y muchos queden fuera. Han oído las
bienaventuranzas de Jesús, pero prefieren las de este mundo. No son acogidos
(cfr. Mt 5,1-12).
Y la alternativa
entre estas dos opciones es muy seria, porque la alternativa es entre ser
hombres o no serlo.
La
recomendación a la vigilancia.
«Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá
vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la
noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en
su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos
penséis viene el Hijo del hombre».
Se podría estar
distraído y no darse cuenta de la venida del Hijo del hombre, que viene para
acogerte en el mundo nuevo.
No
es vendrá, es viene
«No os durmáis»,
dice Jesús, «estad en vela, porque no sabéis
qué día vendrá vuestro Señor»; «γρηγορεῖτε οὖν, ὅτι οὐκ οἴδατε ποίᾳ
ἡμέρᾳ ὁ κύριος ὑμῶν ἔρχεται», que traducido es; «Por tanto, estad
despiertos, porque no sabéis en qué día viene vuestro Señor».
Su
venida es un regalo precioso,
no
una amenaza ni un ajuste de cuentas
Por desgracia,
durante mucho tiempo muchas traducciones pusieron el verbo en futuro: «sabéis
en qué día vendrá el Señor». Y, a partir de ahí, se fue construyendo una
catequesis que presentaba la venida del Señor casi como una amenaza,
como el momento del gran ajuste de cuentas al final de la vida, el
examen definitivo que llega de improviso y del que uno solo puede salir
temblando. Esa catequesis ha hecho mucho daño, porque aquello que debía ser el
encuentro más deseado, esperado con amor durante toda la existencia, acabó
convirtiéndose en algo temido y, en el fondo, evitado.
El Señor no es una amenaza del futuro, sino una visita que hoy puedes dejar
plantada.
El
Señor viene hoy
Sin embargo, el
texto evangélico dice otra cosa: «a la hora
que menos penséis viene el Hijo del hombre». El verbo está en
presente. El Señor viene hoy: viene en su Evangelio, viene en los
sacramentos, viene en el hermano, viene en las llamadas concretas que
atraviesan nuestra historia. No se trata solo de imaginar un día lejano, al
final de la vida, sino de aprender a reconocer las visitas discretas de Dios
ahora mismo, para no dejar pasar la oportunidad de entrar en el mundo nuevo que
Él nos ofrece.
Dios viene en presente; somos nosotros los que lo exiliamos al futuro.
Lo
que era ladrón, Jesús lo vuelve aviso
Para hablar de
esta vigilancia, Jesús recurre a una imagen sorprendente: la del ladrón que
llega cuando uno menos lo espera. Los rabinos no solían usar esa comparación,
pero a los cristianos les ayudó mucho, porque subraya justamente esto: no se
trata de vivir asustados, sino de vivir despiertos, atentos, con el
corazón en vela para captar las llegadas imprevistas del Señor.
El problema no es que el Señor no
venga,
sino
que tú ya no esperas a nadie.
Y aquí surge la
pregunta práctica: ¿cómo permanecer despiertos en medio del ruido de hoy? Tal
vez podríamos decir: cultivando espacios de silencio y de reflexión en medio de
la avalancha de voces; dejando que la Palabra de Dios tenga un hueco real entre
tantas palabras; cuidando la sensibilidad a los valores evangélicos para no
dejarnos adormecer por la publicidad, por las modas, por la moral del «así hace
todo el mundo», del «si a mí me gusta, está bien».
Vigilar
es aprender a discernir
Vigilar, en
lenguaje evangélico, no significa vivir en tensión neurótica, sino aprender
a discernir: saber distinguir entre lo que nos hace más semejantes al Hijo
del hombre, más verdaderamente humanos, y lo que, aunque esté socialmente
aprobado, nos deshumaniza por dentro. No es lo mismo seguir la mayoría que
seguir a Cristo.
Vigilar no es tener miedo al castigo,
sino
miedo a dejar pasar el Amor.
Podemos
preguntarnos con serenidad: ¿son muchos hoy los que viven realmente despiertos
para acoger al Señor que viene? Probablemente no; quizá sean pocos, como en
tiempos de Noé, cuando casi nadie se dio cuenta de que estaba a punto de nacer
un mundo nuevo. Pero el Evangelio no nos invita a contar cuántos son, sino a
decidir de qué lado queremos estar.
Mientras tú esperas el “final”, el Señor lleva mucho viniendo y pasando de
largo.
No nos extrañe,
pues, que sean pocos. Lo decisivo es otra cosa: que tú no te duermas, que
permanezcas vigilante para no perder la gran oportunidad de tu vida: reconocer
al Señor que viene hoy a tu encuentro y dejarte transformar por Él.
Tu mayor riesgo no
es que Dios te condene, sino que su llamada te resulte indiferente.



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