miércoles, 27 de octubre de 2021

Miércoles de la semana XXX del tiempo ordinario, RADIO MARÍA

 

Miércoles 27 de octubre de 2021

Semana XXX del Tiempo Ordinario, año impar

Radio María

 

            A todos los radio oyentes de Radio María, y de una manera más particular a nuestros enfermos, mayores y a todos los que se encuentren en los hospitales, residencias de ancianos o en sus casas, un cordial saludo en Cristo.

 

            Hoy Jesús nos dice una frase que nos ha podido quedar un tanto desconcertados: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán».

Hay sacerdotes que dicen que todos vamos al cielo, que el infierno no existe, que eso de confesarse es algo del pasado, que lo importante es ser buenos ciudadanos y que Satanás es un invento para meter miedo. Estos sacerdotes se piensan que la vida cristiana es como una escalera mecánica –de esas que hay en el metro de Madrid o en los grandes centros comerciales- que te va subiendo sin que tengas que esforzarte por subir ni un escalón… ¡Pues como esos sacerdotes estén algo rellenitos no entrarán por esa puerta estrecha ni haciendo un esfuerzo extraordinario por meter la barriga para dentro! A todas luces esos curas no se han enterado de lo que nos dice Jesucristo y terminan perjudicando a sus fieles.

 

Jesús quiere que tú te salves y que seas santo. Él va a poner todo de su parte para que tú puedas disfrutar de la salvación. Por eso estamos en la Iglesia, que es la gran escuela de los discípulos del Señor, donde celebramos la fe, donde nos confesamos, donde nos alimentamos de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre, donde rezamos y vamos aprendiendo a vivir como cristianos en medio de esta sociedad en la que Dios no pinta nada.

 

Cuando Jesús nos dice que ‘nos esforcemos por entrar por la puerta estrecha’, nos está diciendo que en la vida cristiana es preciso integrar tanto la ascética, que es el poner todo de nuestra parte; y junto a la ascética está también la mística, que es el ser dóciles a la acción del Espíritu, el dejar que el Espíritu actúe en nosotros. Por eso en la primera de las lecturas nos escribe San Pablo y nos cuenta que: «sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Dicho con otras palabras, déjate moldear por el Espíritu, déjate hacer para que te enamores de Jesucristo y le sigas adonde Él quiera que vayas. La ascética y la mística son como la cara y la cruz de una misma moneda que nos ayudan a acoger el don de la salvación de Dios.

 

Voy a usar una imagen, una comparación, con todas las limitaciones que esto tiene para ayudar a entender el modo de cómo podemos colaborar con la Gracia divina: Imagínense ustedes un globo, de esos que se suelen usar en los cumpleaños. Supongamos que ese globo lo hemos hinchado con el gas helio y así lo tenemos en el techo de nuestro salón. Porque si el gas helio no está contenido dentro de ese globo, ese globo no puede ascender, y por mucho que le inflemos con nuestros pulmones ese globo no puede quedarse en lo alto del techo. En todo caso el globo quedará en el suelo o sobre  una silla o una mesa. Jesús nos llama a que hagamos todo lo posible para que posibilitemos que la Gracia de Dios entre en nuestra alma para que nos eleve a lo alto como ese globo lleno de helio. ¿Qué medios podemos poner nosotros para colaborar activamente con la Gracia divina, para ser un colaborador del Espíritu de Dios? Es decir ¿cómo cultivar esa ascética cristiana?, pues confesándote, rezando, perdonando de corazón y rezando por los que te han hecho algo malo... ‘Es que mi cura no confiesa…, es que mi cura dice la misa del domingo en quince minutos, es que le pido consejo espiritual y resulta que el cura está peor que yo’… Tú sé fiel a Cristo, y ten en cuenta que el Demonio intentará que te desalientes y que tires la toalla en tu vida cristiana. ¡Pero tú estate firme y fortalece los músculos de tu alma, porque el Espíritu Santo constantemente te sostiene entre sus alas!

sábado, 9 de octubre de 2021

Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 Homilía del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo b

10 de octubre de 2021

 

            Cristo nos lanza una pregunta muy directa, no se anda con rodeos: ¿Qué apegos tienes en tu corazón que te impide estar disponible para aceptar lo que Dios quiere de ti en cada momento? Voy a reformular la cuestión, con otras palabras: ¿Dónde está el centro de gravedad de mi confianza? ¿Dónde tienes puesta la esperanza de tu corazón? Apegos, centro de gravedad, esperanza de tu corazón…a esta cuestión responde el evangelio que hoy se ha proclamado [Mc 10,17-30].

            Un joven se acerca corriendo a Jesús, se arrodilla ante él y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Este joven tiene un deseo fuerte de servir a Dios. El joven le manifiesta que desde su más tierna infancia ha cumplido los mandamientos. Pero cuando se pone en ese ‘tú a tú con Jesús’ es cuando Jesús le pide que se desprenda de sus bienes para seguirle. Y es entonces cuando ese joven abre los ojos y se percata, al haberse visto ante la mirada de Jesús, que su deseo de seguir a Dios no era tan auténtico como parecía. El corazón de ese joven queda retratado ante la realidad de esa petición de Jesús.

            Es entonces cuando ese joven rico se dio cuenta que la pregunta que le hacía en realidad al Maestro era: ¿Qué tengo que hacer para estar a bien con Dios pero sin cambiar mi vida, sin cambiar mis esquemas y mi planteamiento existencial?

Y hermanos, desgraciadamente a nosotros nos puede pasar lo mismo: ¿Qué tengo que hacer para estar a bien con Dios pero sin hacer cambios en mi vida? Y claro, las cosas no funcionan.

            Este evangelio nos plantea de la existencia de apegos en nuestro corazón. Apegos que nos impiden seguir a Jesucristo, que nos quitan la libertad y que nos condicionan de tal manera que nuestra decisión de seguir al Señor no se llegan a realizar en la práctica. Los apegos del corazón condicionan nuestra respuesta. Para explicar esto de los apegos vamos a tomar un ejemplo, una imagen que nos pone San Juan de la Cruz. San Juan de la Cruz dice que nos imaginemos a un águila ataca con una gruesa cadena a una roca, a lo que obviamente no puede volar. Y hay otra ave que está atada con un hilo muy fino a otra roca. Es cierto que es más sencillo romper el hilo que la cadena, pero mientras no se rompa el hilo produce el mismo efecto que la cadena, no puede volar. El joven rico tenía un hilo que hacía que tenía puesta la confianza de su corazón en sus posesiones. Hilo o cadena uno no es libre para seguir la llamada de Dios.

            Si quieres ponerte delante de la mirada del Señor, y que Él te mira a tus ojos para descubrir qué apegos tienes:

            Ÿ Puede ser apegos materiales, apegos al dinero, apegos a los bienes donde uno pone su confianza. Cuando uno mueve el centro de gravedad en sus bienes materiales en vez de ponerlo en Dios, pues ahí tienes lo que te condiciona y limita.

            Ÿ Puede ser apegos afectivos, emotivos. Cuando alguien está apegado a las personas y lo que hace lo tiene que hacer a la sombra de ellas, y lo que los demás opinen de uno le condicionan demasiado. Y el Señor te pide que tengas más distancia respecto a esas personas. Porque tal vez no sabemos estar en soledad o no sabemos proceder por nosotros mismos.

            Ÿ Pueden ser apegos a los hábitos adquiridos. Uno tiene la costumbre de hacer las cosas de una manera y cómo le cambien la forma de hacer las cosas de esa manera se pone nervioso y pierde la paz; luego ha hecho de esas costumbres un apego. Y de hecho esos hábitos adquiridos se pueden convertir en manías que nos quitan la libertad necesaria para actuar evangélicamente.

            Ÿ También puede haber apegos a formas de pensar, a ideologías, incluso políticas a las que uno tiene puesto su afecto, su corazón y que no se ha purificado suficientemente. Formas de pensar, formas de ver las cosas que no han nacido del evangelio, que nacen de las ideologías humanas. Acordaros de lo que dice Jesús a Pedro: ‘Tú piensas como los hombres, no piensas como Dios’.

            Son distintos apegos y el corazón ha de ser purificado, por eso el Señor Jesús hoy te mira a los ojos y te dice, ‘deja tus apegos y sígueme’.

sábado, 2 de octubre de 2021

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, ciclo b

 Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Ciclo b

05 de Noviembre de 2021

 

            Hoy se nos habla del drama de la soledad. Ese drama de la soledad que está reflejado en ese Adán que pone nombre a toda la creación [Gn 2,18-24] y ese poner nombre manifiesta su superioridad ante toda la creación, pero aun así se encuentra profundamente solo. Sin que nadie que le ayude: Adán experimenta la soledad. Este mundo padece la soledad de una manera alarmante.

Es más las adicciones al juego y son notables las distintas adicciones que son demasiado visibles en nuestra sociedad y ellas dejan patente la soledad profunda del corazón del hombre. El hombre busca agarraderos porque no ha encontrado compañía, porque no ha encontrado dónde vivir la comunión.

            Hoy vivimos, en cierto sentido, la misma experiencia de Adán: tanto poder acompañado de tanta soledad y de tanta vulnerabilidad. Cada vez menos seriedad en llevar adelante una relación sólida y fecunda de amor, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la buena y en la mala suerte.

El amor duradero, fiel, estable, fuerte es cada vez más objeto de burla y considerado como algo anticuado. Parecería que las sociedades más avanzadas son las que tienen un porcentaje más bajo de natalidad, mayor promedio de abortos, de divorcios, de suicidios y de contaminación ambiental y social. Estamos viviendo un gran drama en esta acentuada soledad.

La segunda parte del evangelio [Mc 10, 2-16] podría parecer un añadido y distinto al primer tema porque en un primer momento vemos a Jesús como insiste en que Dios creó al hombre y a la mujer  para vivir una unión indisoluble, después aparecen ante Jesús unos niños a los que Jesús les bendice y nos dice que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los Cielos. Podría parecer un añadido al evangelio anterior de difícil  hilo temático. Pero la respuesta a esa dificultad a la comunión y de ese problema de la soledad del corazón del hombre que no es capaz de encontrar un amor permanente y perseverante está en la segunda parte del evangelio: En la inocencia. Solamente si recuperamos la inocencia seremos capaces de salir de la soledad. Lo que nos impide la comunión es haber perdido la inocencia. A un niño la comunión que tiene con sus padres, con sus hermanos y amigos es algo connatural, algo espontánea. Hay un refrán que dice: “Trabaja como si no necesitases dinero, baila como si nadie te estuviese mirando y ama como si nadie te hubiese herido”. Es decir, mantén la inocencia, lucha por la inocencia. La inocencia que no permite que la avaricia de los bienes materiales le robe su corazón; la inocencia que no permite que la vanidad, el ser considerado por los demás, el compararse con los demás, el sentir celos y sentir complejos de inferioridad o de superioridad…esté desequilibrando su corazón.

La inocencia de aquel que a pesar de haber experimentado las heridas en el amor, las heridas de haber recibido decepciones profundas de otro, no por ello es capaz de perder su esperanza. Ese “ama como si nunca te hubiesen herido” sólo se capaz vivirlo desde el amor crucificado de Jesucristo. El motivo de sufrimiento en este mundo se resume en no tener la capacidad de amar como Cristo crucificado; en nuestra incapacidad de amar desde la cruz. Haciendo de las heridas que hayamos podido recibir, no un motivo para encerrarnos en nosotros mismos, para ensimismarnos, para cerrarnos ante los demás, sino que hacer de esas heridas que hemos sufrido –y que todos las tenemos- una oblación como Cristo lo hizo en la cruz por la salvación del mundo. Esa es la diferencia entre un corazón inocente y un corazón que ha perdido su inocencia y se condena al drama de la soledad. Por eso esas dos partes del evangelio están tan conjugadas.  

viernes, 24 de septiembre de 2021

Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, ciclo b

 Homilía del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, Ciclo b

26 de septiembre de 2021

             Puede ser que estemos acostumbrados a oír la Palabra y no darnos cuenta de que está hablando de mi vida y de la tuya. ¿Y sabéis de qué está hablando hoy el Señor? Hoy nos habla de nuestro pecado. Me acuerdo de mi primer coche, un Ford Fiesta rojo de segunda o tercera mano. Pues varias veces, estando en carretera más de una vez pisaba el acelerador y el coche no respondía, iba perdiendo revoluciones hasta que me quedaba plantado en la cuneta. Esto mismo es lo que nos pasa con el pecado personal. Por ejemplo; yo quiero ser un buen padre de familia y amar a mi esposa, pero no puedo porque tengo cosas que atan a mi alma, cosas que me esclavizan, tengo una serie de ídolos que –como si fueran vampiros- que me absorben las fuerzas y la vitalidad. Ídolos como el alternar más de la cuenta y beber sin cabeza; el refugiarse en el trabajo para evitar estar más tiempo en casa; preferir ganar más dinero antes que estar con tus hijos y con tu esposa; mantener un amor desordenado con una mujer que no es tu esposa; no colaborar nada con las labores de la casa ni en la educación de los hijos porque dices que eso es cosa de la mujer…; el pecado hace que pierda fuelle, que pierda fuerza a la hora de apretar el acelerador del amor. Y en este caso el primero que se da cuenta de que algo no funciona es… la esposa.

Si un cristiano no responde a la vocación dada por Dios está viviendo a medio gas, está desperdiciando su vida. Por eso dice Jesucristo: «si tu mano te induce a pecar, córtala… si tu pie te induce a pecar, córtatelo…si tu ojo te induce a pecar, sácatelo» [Mc 9,38-43.45.47-48]. O sea, el alternar más de la cuenta y beber sin cabeza… ¡corta con ello!;  el refugiarse en el trabajo para evitar estar más tiempo en casa… ¡corta con ello!; preferir ganar más dinero antes que estar con tus hijos y con tu esposa… ¡corta con ello!, etc. Y el que dice de un padre de familia se puede aplicar a cada uno de los presentes en nuestras situaciones personales porque todos conocemos lo que nos esclaviza y bien las conocemos, de tal manera que cada cual puede ir rellenando aquellas cosas con las que debe de cortar por amor a Cristo.  Somos de Cristo y queremos vivir nuestra vida con el Espíritu de Cristo.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, ciclo b

 Homilía del Domingo XXV del Tiempo Ordinario, Ciclo b

19 de septiembre de 2021

             Si pudiera poner un eslogan o una frase que pudiese resumir lo que hoy aquí estamos celebrando usaría la del Salmo responsorial: «El Señor sostiene mi vida».  Es evidente hermanos que a nadie le gusta estar enfermo, ser víctima de incomprensión, de maledicencia o de críticas. Es cierto que esto lo podemos asumir, no con emoción porque no causa ninguna emoción, sino como aquel que deposita en las manos del Padre una ofrenda doliente pero fragante, con silencio y paz. Todo esto tiene una palabra equívoca, la palabra ‘abandono’. Siempre que uno pronuncia esta palabra en los auditorios provoca una serie de extrañezas e incomprensiones, porque abandonarse le suena a algunas personas a pasividad, resignación, fatalismo, cruzarse de brazos, no hacer nada…Pero he de decirles desde el principio que no se trata de un abandono pasivo, sino dinámico. Es más, la vivencia del abandono coloca a la persona en su máximo nivel de eficacia, productividad y potencialidad. Pueden comprender que si se trata de abandonar todo lo negativo, todo lo destructivo del corazón, el resultado ha de ser eminentemente positivo y lo es. En todo acto de abandono en principio palpita un ‘no’. Pero no estamos hablando de una experiencia negativa, sino más bien de una experiencia oblativa. Porque hay que sacrificar, una criatura vivísima pero autodestructiva, regresiva y agresiva que palpita en nosotros. Un ‘no’ a lo que yo quería o hubiese querido: Venganza, me hicieron una infamia y me brota instintivamente el impulso de venganza. Pero ‘no’ a esa venganza. Resentimiento porque todo me está saliendo mal en la vida, no a ese resentimiento. Tristeza y vergüenza porque no nací siendo tan poca cosa y físicamente o moralmente, no a esa tristeza y vergüenza. ¡Qué pena a aquello que sucedió y que al suceder ya  fue un hecho consumado y no podemos volver atrás!, no a esa pena. Y en el abanico general de nuestra vida vamos diciendo ‘no, no, no’, muriendo y muriendo a todos los impulsos agresivos, regresivos y autodestructivos. En el fondo del abandono está un morir, un sacrificar una realidad vivísima pero negativa y autodestructiva. Hay un ‘no’, y hay un ‘sí’. ‘Sí Padre, lo que tu dijiste, sí a lo que tú dispusiste, permitiste’. Estamos en la espiritualidad de los anakín bíblicos, cuya palabra específica y básica es ‘hágase’.

            Todo lo que nosotros nos resistimos lo convertimos en enemigo. Si no me gustan estas manos, estas manos son mis enemigas; si no me gusta este tipo antipático que vive y trabaja conmigo es mi enemigo; si no me gusta este frio, esta lluvia, ese sol o esta niebla o granizo, es mi enemigo. Los enemigos existen dentro de nosotros y nuestros enemigos existen en tanto y en cuanto nosotros les damos vida con nuestras resistencias mentales. Si nuestros enemigos están dentro de nosotros, nuestros amigos también están dentro de nosotros. Si acepto estas manos, estas manos son mis amigas; si acepto a este tipo antipático que convive conmigo es mi amigo, el problema no está en él, está en mí. Si acepto este cuerpo, este cuerpo es mi amigo… si acepto este viento, es el hermano viento; si acepto la enfermedad, es la hermana enfermedad. Uno de los mayores puntos de sabiduría del cristiano consiste en hacerse hermano y amigo de la hermana enfermedad. Si acepto la muerte, es la hermana muerte. En nuestras manos está en trasformar a todos nuestros enemigos en amigos, todos los males en bienes y todo gracias ‘a la reconciliación’. ‘Reconciliación’ es que antes era enemigo de algo y ahora no lo soy; porque antes lo rechazaba y ahora lo acepto. Puedo ser enemigo de mi nariz, y estar toda la vida pensando mal de mi nariz porque no me gusta y amargarme la vida por mi nariz, voy a reconciliarme con mi nariz, que es tanto como decir, voy a aceptar de las manos de Dios el hecho de que tenga esta nariz, estas manos o aquel tipo tan desagradable y antipático. Este es pues el concepto de reconciliación: hacer la paz, aceptar. Tantas cosas que nos resistimos inconscientemente.

            La gente vive resentida y desesperada porque aquella cosa le salió mal y no tuvieron suerte, porque aquí o allí hubo un accidente y que les destrozó todo lo que se proponían, porque simplemente aquí hubo una lamentable equivocación en la vida y ahora en este momento ya no se puede hacer nada, hechos pasados, hechos consumados. Como se podrán darse cuenta, más de un 60, 70, 80 o 90 % de las cosas no tienen solución, o la solución no está en nuestras manos. ¿Cómo me hubiera gustado haber nacido con un temperamento alegre y jovial para estar feliz con la gente y nació con un temperamento desagradable que entristece a los que tiene al lado por ser desaborido, desagradable y retraído?... pero cada uno es como es. Por lo tanto un tanto por ciento de las cosas que nos suceden no tienen solución. Si no hay nada que hacer ¿qué se consigue con resistir a realidades que uno no puede cambiar? Las cosas que tienen solución se solucionan combatiéndolas y las cosas que no tienen solución se solucionan dejándolas en las manos de Dios. Y las dejamos en las manos de Dios porque esto de esta manera deja de ser una fuente de amargura para nosotros. La sabiduría nos dice que los imposibles, lo que no tiene solución, lo que nos hace sufrir sobremanera, hay que dejarlos en las manos del Padre. En tus manos lo dejo y haz de mí lo que quieras. Y por todo lo que hayas permitido de mí en mi vida vengo a decirte que ‘estoy de acuerdo con todo y que lo acepto todo, con tal que tu voluntad se haga en mi y en todas tus criaturas. Y no deseo nada más, Dios. Y pongo mi vida entre tus manos, y pongo mi vida entre tus manos y pongo mi pasado, mi presente y mi futuro entre tus manos,… te lo doy, Dios mío, incondicionalmente, con todo el ardor de mi corazón, porque te amo’. Y es una necesidad de amor el darme y entregarme entre tus manos, con infinita confianza porque tú eres mi Padre.

            Y de esta manera la paz ya está tocando la puerta de tu corazón. De tal manera que lo que tenga solución, combatir ferozmente; pero lo que no tiene solución, dejadlo en las manos de Dios. Cuando yo dijo ‘dejar’, cuando yo digo ‘que dejo este reloj encima de la mesa’, significa que yo me desprendí de este reloj, que ya no lo toco. El reloj está ahí y yo estoy aquí. ‘Dejar en la manos de Dios’ quiere decir que del mismo modo que yo dejo este reloj en un lugar y me desvinculo de él, pues ese fracaso, disgusto o problema al dejarlo en las manos de Dios yo ya me desvinculo de él y libero mi mente, ya lo dejé. Y pasa que la mente queda en silencio y pasa que automáticamente el corazón entra en paz. Silencio en la mente y paz en el corazón. Y el abandono es un homenaje en el silencio a Dios nuestro Dios, a Dios nuestro Padre.  Nosotros estamos en una experiencia de Dios y en este momento estamos afrontando la vida desde el punto de vista de la fe y de la experiencia de Dios. Por eso dijo que lo dejemos en las manos de Dios. Y poco a poco, entregando a Dios todo aquello que somos, por lo que luchamos y por lo que nos desborda en el dolor y en sufrimiento, proclamamos, con plena fe y convencimiento aquello que recitamos en el Salmo responsorial:  «El Señor sostiene mi vida».

sábado, 11 de septiembre de 2021

Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, ciclo b

 Homilía del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, Ciclo b

12 de septiembre de 2021

 

            Este evangelio de hoy tiene una pregunta central [Mc 8, 27-35] en Cesarea de Filipo «y vosotros ¿quién decís que soy yo?». A lo que el apóstol Pedro le responde «tú eres el Mesías», ‘tú eres el Cristo’. La palabra ‘Cristo’ aparece unas 500 veces en el Nuevo Testamento, y al comienzo aparece como una expresión clara que dice que ‘Jesús es el Cristo’, pero con el paso del tiempo llega a formar parte del propio nombre ‘Jesucristo’. De tal modo que a Jesús se le llama ‘Jesucristo’, o  solas ‘Cristo’. Y nosotros hemos pasado a llamamos ‘cristianos’, los que seguimos a ‘Cristo’.

            La palabra ‘Cristo’, en el Antiguo Testamento que está escrito en hebreo, se decía ‘masías’, que es ‘mesías’. En el Nuevo Testamento que está escrito en griego, el término hebreo de ‘mesías’, es traducido por ‘Cristo’, y ‘Cristo’ significa el ungido. Sabemos cómo en el Antiguo Testamento los reyes, los profetas eran consagrados mediante la unción de un óleo perfumado en un acto religioso que se llamaba ‘la consagración’, se les consagraba. Eran instrumentos de Dios, con ese aceite consagrado se manifestaba que Dios se apoderaba de ellos, se servía de ellos para ser instrumentos de Dios delante de los demás. Esos eran los ungidos. Con el paso del tiempo el Pueblo de Israel pide a Dios que envíe un Mesías, que sea el ungido, que sea  no sólo un futuro rey, sino que sea el Hijo de Dios, el que venga a nosotros consagrado por el Espíritu Santo. Primero fue Dios el que consagró a los hombres para que ellos fueran testigos de Dios en medio del pueblo y el culmen es que Dios mismo envía a su propio Hijo siendo ungido por el Espíritu Santo.

            Ahora bien, si era tan importante la pregunta y era tan importante la respuesta, ¿por qué Jesús les mandó enérgicamente que no se lo dijeran a nadie?, ¿por qué Jesús pidió ese secreto mesiánico? Obviamente porque existía un peligro de que fuera mal entendido, que esta expectativa mesiánica no fuera entendida conforme al designio de Dios. Y para matizar las cosas, Jesús toma a parte a Pedro y les empieza a enseñar que el Hijo del Hombre tenía que sufrir mucho, que tenía que padecer, ser desechado por los hombres…que tenía que ser crucificado y que al tercer día resucitaría. Y esto suscita un gran escándalo y Pedro intenta apartar a Jesús de tal idea porque ese no era el mesías que ellos estaban esperando, y la reacción de Jesús es contundente cuando a Pedro le llega a decir ‘apártate de mi vista Satanás’. La clave de todo esto es subsanar la idea de pensar en un mesías que venga a ayudarnos para luchar contra los malos. Hemos pensado que los malos son los de enfrente y que venga el Mesías en mi ayuda en mi batalla contra los malos. Y en aquel entonces los malos eran los romanos, pero cada uno de nosotros podemos pensar que los males de nuestra vida están concretados en determinadas personas, circunstancias o retos que son los malos a abatir. Y la visión de Jesús es bien distinta: Jesús no ha venido para luchar contra los malos, sino que ha venido a redimirnos y hacernos a todos los que somos pecadores que seamos santos redimiéndonos de nuestro pecado. El Mesías de Dios no ha venido a luchar contra los malos, sino para hacernos buenos a todos y salvarnos a todos. Otra cosa es que uno se deje salvar por el Señor. La frontera entre el bien y el mal no está ahí afuera, no es una trinchera en la que el mal está en el otro lado y yo estoy en el otro lado; sino que la frontera entre el bien y el mal pasa por la mitad de mi corazón.

            Jesús nos predice que en el plan de Dios está el de entregar su vida en sacrificio por la transformación del hombre para que renazcamos a una vida santa. Por eso termina el evangelio diciendo «si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».

            Podemos tener un riesgo, porque podemos pensar como pensaban equivocadamente, pensando que tenemos a Dios de nuestra parte o de mi parte. La clave está en que yo esté de la parte de Dios. No pretender traer a Dios a mi servicio. No es el Cielo el que tiene que obedecer a la tierra, sino la tierra quien tiene que obedecer al Cielo. Jesucristo nos mete en una dinámica en la que se exige nuestra purificación y nuestra concepción de Dios. Y es la sabiduría de la cruz y esto supone el dejar de confiar en nuestra propia voluntad y confiar en la voluntad de Dios.

martes, 31 de agosto de 2021

San Antolín , mártir, Patrono de la diócesis y de la ciudad de Palencia

 San Antolín 2021

2 de septiembre de 2021

Hermanas, les voy a contar la leyenda de San Antolín. Nos remontamos a los tiempos del rey Sancho III  Mayor de Navarra, por el año 1035 d.C., al que gustaba cazar por tierras palentinas y siempre dispuesto a cazar una buena pieza. En aquel entonces Palencia era un auténtico vergel y la zona que conocemos de la Catedral ni siquiera existía. Era todo selvático. Cuenta la leyenda que cabalgaba el rey Sancho III Mayor de Navarra en su caballo cuando vio aparecer el jabalí más grande que se haya visto jamás en Palencia. Y al ver semejante pieza de caza tan codiciada el rey Sancho Mayor de Navarra se lanza en su persecución tras el jabalí y el jabalí corriendo a toda velocidad para intentar escapar. Y recorriendo el territorio por las tierras palentinas, cuentan que el jabalí se adentró en una cueva, en una cueva silenciosa, oscura, pero el rey Sancho de Navarra no desistió de su pieza de caza porque quería comerle como plato central de las viandas que se pensaba zampar. Mas el rey cuando su visión se acostumbró a la oscuridad de la cueva atisbó a la pobre fiera que estaba acorralada, mas al tensar el venablo, el rey no podía mover su brazo, se quedó inmovilizado en su brazo, sentía su brazo paralizado, el brazo no tenía fuerzas… y en estas cuentas estaba el monarca cuando se apareció el Santo, San Antolín y entonces el rey lo comprendió. El rey cayó de rodillas, se postró ante la imagen del santo, y mirándole a los ojos le dijo: “San Antolín, noble santo, vienes aquí a reprocharme mi actitud, no debía adentrarme en terreno sagrado, porque eso es lo que es esta cueva, terreno sagrado, y aquí he entrado a derramar sangre en donde no debería haberlo hecho. Ante ti me postro, San Antolín y prometo que aquí erigiré un templo, aquí erigiré una iglesia que tendrá como base esta cripta, esta cueva tan recóndita donde ese jabalí que me ha hecho ver la verdad mediante tu aparición, saldrá sano y salvo”. 

Y aquí tenemos precisamente el origen de la Catedral de Palencia, la Bella Desconocida. El origen de la Catedral de San Antolín que es así como se llama. Todos los años –los que se puede- se renueva la tradición de beber el agua de la cripta a la que atribuyen poderes curativos. Pero más allá de esa atribución que se le puede dar al agua del pozo de la cripta hay otra sumamente más importante. Fue de esa agua donde fueron bautizados los primeros cristianos palentinos y es ahí donde se nos recuerda que surgen nuestras raíces cristianas que nos conducen al cielo.

En esta solemnidad del Patrón de nuestra diócesis se nos recuerda que no hace falta ser un profesional para poder hablar de Dios. Dios es más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad. Es importante hablar de Dios porque de la abundancia del corazón habla la boca. Y es normal que aquel que tiene a Dios en su corazón lo exprese, y hable de Dios de una manera o de otra. Ahora bien, siempre será mucho más de lo que expresemos, porque nuestras palabras se quedan siempre cortas. Por eso, cuando hablemos de Dios, hay que hablar con humildad. Conocemos aquella imagen que utiliza San Agustín de aquel niño que estaba en la playa y quería hacer un agujero y meter agua con los cubos de agua. A lo que san Agustín se acerca al niño y le pregunta qué es lo que hacía, a lo que el niño le responde que estaba intentando meter todo el agua del mar en ese agujero de la arena. Y en ese momento San Agustín se da cuenta de que Dios le estaba dando una llamada a corregirse, porque él estaba intentando meter a Dios en su mente y eso no es posible. Somos nosotros los que estamos llamados a hacernos imagen y semejanza de Dios, no pretendamos meter a Dios en nuestros conceptos porque no podemos hacer un dios a nuestra imagen y semejanza. Somos nosotros los que tenemos que estar en continua transformación teniendo en cuenta de que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. No podemos manipular nunca el concepto de Dios.

Hoy en el día de nuestro santo Patrón, San Antolín, se nos recuerda que nuestras raíces son cristianas y que ha de circular por nuestras venas la savia de la gracia. Y del mismo modo que el rey Santo III Mayor de Navarra supo darse cuenta de que en esa cueva, de que en esa gruta aconteció algo sagrado que le cambió la vida, que también nosotros, cada día en la Eucaristía, descubramos el gozo de tener con nosotros al autor de nuestra vida y de nuestra alegría.

 GOZOS DE SAN ANTOLÍN PATRÓN DE PALENCIA

Pues en el cielo elevado
gozáis de eternos loores
rogad por los pecadores,
Antolín, mártir sagrado.

De sangre real nacisteis
en Pamiers, y en dones ricos,
en el rey Teodorico
tío y tutor vos tuvisteis;
empero libre de errores
os habéis vos conservado.
Rogad por ...

Muerto aquél a Roma huís
y en Salermo al fin paráis
donde en el yermo encontráis
sabios monjes do vivís
entre tales preceptores
veinte y dos años medrado.
Rogad por ...

El sacro orden recibido
de diácono, predicando
prodigios, muchos, obrando
la Italia habéis recorrido;
con el palo los ardores
de la sed habéis saciado.
Rogad por...

A vuestra patria volviendo,
de Arrio el error refutasteis
por lo que preso os hallasteis
dentro calabozo horrendo;
por el rey con los horrores
de hambre a morir condenado.
Rogad por...

Después del séptimo día
aún vivo os encontraron
y al pío Almaquio observaron
que el gran peso os sostenía;
de los grillos y traidores
al joven has desdeñado.
Rogad por...

Cuando Alarico murió
un ángel la libertad
os dio y a la soledad
el señor os dirigió:
de Almaquio y Juan los ardores
vuestro celo ha entusiasmado.
Rogar por ...

Del monte entre la aspereza,
Gesaleico os halló
y a sus soldados mandó
que os cortasen la cabeza;
vuestro cuerpo sus furores
al Aregia han arrojado.
Rogad por ...

Palencia por su patrón
siglos hace que os venera
y vuestros restos venera
y adora con devoción;
y con sus restauradores
un prodigio habéis obrado.
Rogad por ...

Pues por Jesús premiado
gozáis de célicos honores
rogad por los pecadores
Antolín, mártir sagrado.

domingo, 29 de agosto de 2021

Bodas de Oro de la Profesión Religiosa de una Monja Carmelita Descalza de Palencia

Bodas de Oro de la Hna. Ana María de la Santísima Trinidad

31 de agosto 2021

           

Hna. Ana María de la Santísima Trinidad estás aquí como fruto de una llamada particular que Cristo te hizo a ti personalmente: es tu respuesta a la llamada particular que Cristo te hizo, y tú has respondido con fidelidad. Y respondiendo a esta llamada de Cristo te has dedicado y te dedicas totalmente a Dios y a la perfección de la caridad movida por el Espíritu Santo. Con tu vida de oración y entrega estás colaborando en la santidad de la Iglesia y eres una discípula de Cristo que contribuye en la construcción del Reino de Dios junto a toda esta Comunidad de Carmelitas Descalzas.

            Una vida consagrada que es una llamada a mantener encendida esa lámpara, esa llama de la santidad. Una vida consagrada que sigue los consejos evangélicos como estado de vida. Es cierto que Jesús dio consejos evangélicos para todos sus seguidores, pero cuando de esos consejos que dio Jesús se convierten en estado de vida, en formas de vida explícita, es cuando estamos en el estado de vida consagrada, la cual es un regalo para la Iglesia y todas aquellas que se consagran son una bendición de Dios porque colaboran más estrechamente con el Divino Salvador.

            Es verdad que la primera consagración es la bautismal, donde se reafirma que nuestro corazón es de Dios, que nuestro corazón tiene dueño, que somos de Dios. Y el que hace los votos de la vida consagrada lo que hace es visualizar la consagración fundamental bautismal y la actualiza de una manera concreta viviéndolo a través de la consagración de unos votos. De tal modo que la vida consagrada es como un faro encendido en medio de la noche, en medio de la tibieza, en medio de la mediocridad para que recordemos todos que en el bautismo todos hemos sido consagrados a Cristo. Hoy nuestra Hermana Ana María de la Santísima Trinidad, en sus cincuenta años de consagración ha estado día y noche siendo ese faro encendido en medio de esta tierra iluminando el rostro de Cristo a toda la Iglesia, iluminando al conjunto de todos los fieles.

            Nuestra Hermana Ana María aporta y ha aportado a la Iglesia al entregarse a Cristo y a los hermanos, dando testimonio de la esperanza del Reino de los Cielos. La Hermana Ana María sabe que lo principal de su vocación no es qué cosas se hace, sino lo que es, lo que somos: la vocación es ser de Cristo. Y de ese ser de Cristo manan las diversas actividades diarias, desde pintar, rezar en el coro, tocar el órgano hasta planchar o hacer las formas. Ella sabe que lo esencial es primero el ser antes que el hacer. La vida de esta Comunidad de Carmelitas Descalzas nos recuerda a todos que somos de Dios, que nuestro corazón tiene dueño y que su dueño es Jesucristo. Nos recuerdan que tenemos a Dios como Padre y que nuestro corazón está centrado en esa filiación divina.

            La Hermana Ana María, junto a toda la Comunidad, es testimonio de la esperanza del Reino de los Cielos, porque ustedes adelantan lo que será ese don de la esposalidad que tendremos todos con Dios en los cielos. Allí no habrá esposos ni esposas, ni maridos ni mujeres, sino que allí seremos como ángeles con un único corazón en Dios. La vida consagrada nos adelanta esa esperanza de la vida eterna con el Señor. La vida consagrada nos recuerda que nuestro corazón esté libre de ataduras, sólo estar con el Señor, siendo un estímulo a la santidad. De tal modo que la santidad de los consagrados es un estímulo para los matrimonios, para los sacerdotes para todos los creyentes, y la hermana Ana María es un estímulo para aquellos que tenemos la suerte de conocerla. La vocación cuando se vive con intensidad, cuando se vive en plenitud acaba siendo un estímulo para los demás y este es el caso de nuestra hermana Ana María de la Santísima Trinidad porque durante estos noventa años de vida y cincuenta de consagrada ha ido realizando ese proyecto de santidad aquí en el Carmelo Teresiano, en el lugar donde el Señor la ha plantado y que ahora celebramos recordándonos que la principal llamada que hemos recibido en esta vida es una llamada a la santidad.

            La vida de esta hermana nuestra, Ana María, es un ‘amén’, es un sí confiado y total al Señor, confiándose totalmente a su Amado, Cristo el Señor. Ella dice ‘amén’ como la Virgen María, como señal de solidez, de fidelidad al Señor y en el Señor. Decir ‘amén’ es recordar que Dios es fiel y nosotros estamos llamados a confiar plenamente en su fidelidad. Y nuestra hermana Ana María diariamente proclama este ‘amén’ en señal y como signo de constante fidelidad al Señor aún en medio de la prueba. Este ‘amén’ significa también un acto de obediencia a la voluntad de Dios. San Agustín dice que “los que en esta vida dicen ‘amén’  a Dios, en la próxima vida dirán ‘aleluya’ “. Para poder gritar ‘aleluya’ en la vida eterna tienes que abrazar el ‘amén’ que es la obediencia, que es la fidelidad, es decir el ‘yo confío plenamente en la fidelidad de Dios’. Es un ‘amén’ a la fidelidad de Dios; es una ‘amén’ a la voluntad de Dios. Los que son fieles en el ‘amén’ en esta vida, reciben el don del ‘aleluya’ en la vida eterna. Y nuestra hermana Ana María de la Santísima Trinidad ha proclamado durante estos cincuenta años de vida consagrada en el Carmelo Teresiano ese ‘amén’ a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y lo seguirá haciendo hasta el día que ella, junto a todos nosotros podamos proclamar, junto con ella, a pleno pulmón el ‘aleluya’ en la Patria Celestial.

            Hermana Ana María, “el Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor,

el Señor te muestre su rostro y te conceda la Paz”.

 

            Hermana, enhorabuena por estos cincuenta años de vida consagrada.

 

 


jueves, 26 de agosto de 2021

Homilía del Domingo XXII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 Domingo XXII del Tiempo Ordinario, ciclo b

29 de agosto de 2021

            La primera lectura tomada del libro del Deuteronomio [Dt 4, 1-2.6-8] subraya la importancia de la Ley de Dios. De hecho la palabra ‘deuteronomio’ segunda Ley. La primera ley fue la que Dios dio a Adán y Eva y el libro del libro del Deuteronomio es el libro de la segunda Ley. Es un libro donde se subraya que la Ley de Dios es liberadora, no es un peso, sino que permite al hombre vivir con libertad y con dignidad. Por eso dice la primera lectura: «Escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar». El Señor nos pide que seamos fiel a la Ley.

            Teniendo en cuenta esta primera lectura, se podría decir que uno de los problemas de nuestra cultura actual es el tener recelo, sospecha de que la Ley de Dios nos va a quitar libertad. Esta es la primera aportación que nos ofrece esta primera lectura. No tengáis miedo a la Ley de Dios, porque la Ley de Dios nos libera. Por ejemplo, no matarás, el que bebe y se emborracha está pecado contra este mandamiento y hace que todas las relaciones familiares, personales, allá en donde él se mueva se generen profundos problemas, malos tratos, y la degeneración de una convivencia con esa persona. Puede decir uno, ‘yo hago lo que me da la gana’ y ‘bebo lo que quiera, no eres tú nadie para decirme lo que tengo yo que hacer’. Sin embargo la Ley de Dios, libera. Y curiosamente este mundo ofrece libertad y nos esclaviza, y es muy importante que cada uno vaya haciendo experiencia de esto. Dios te pide que cumplas su Ley y te libera. Este mundo te promete libertad y te esclaviza. Esta es una experiencia que tenemos que hacer, y de hecho uno va constatándolo. Por eso la primera lectura nos abre a que acojamos la Ley de Dios como liberadora, como un don, como un regalo que nos permite vivir en dignidad y cuidar nuestra propia vida.

            Pero curiosamente pasamos al evangelio [Mc 7, 1-8. 14-15.21-23] y Jesús nos habla de un riesgo: el de cumplir la Ley sin cumplirla. ¿Cómo se puede cumplir la Ley sin cumplirla?, sí, sí es posible. Los fariseos y saduceos son cumplidores de la Ley, pero Jesús les dice ‘la cumplís sin cumplirla’, porque corre el riesgo de que uno se quede con la letra de la ley y olvide el espíritu de la Ley. Esta es una disociación que a veces nosotros la solemos aplicar a los fariseos cuando Jesús dice que limpian por fuera las manos, cumplen las normas de precepto de la limpieza ritual, pero por dentro están llenos de podredumbre. Pero esto está muy cerca de nosotros. Por ejemplo, el joven rico, que nos representa a cada uno de nosotros, cuando el joven rico se presenta delante de Jesús diciendo ‘¿qué tengo que hacer para llegar a la vida eterna?’, y luego en el fondo queda bastante claro que no estaba dispuesto a seguir la voluntad de Jesús. Es como si uno se presenta ante Dios diciendo ‘¿qué normas tengo que cumplir para poder seguir haciendo mi santa voluntad sin faltar a la Ley de Dios?’. O sea que existe este riesgo. Existe el riesgo de cumplir la letra de la Ley pero en el fondo sin terminar de descubrir el espíritu de la Ley. ¿Cómo estar atentos a este riesgo? Estamos llamados a entender la Ley de Dios no separado del amor de Dios. Por ejemplo, no es bueno que nos planteemos nuestra vida moral en los siguientes términos: ‘¿esto está permitido?, ¿esto está prohibido?’. Si nos lo planteamos en estos términos no vamos por buen camino, más bien deberíamos de plantearlo de otra manera: ‘¿esto agrada al Señor?, ¿esto es conforme a su voluntad?’. Os dais cuenta dónde ponemos el acento, si en la letra o en el espíritu de la Ley.

            Cuando alguien dice ‘esto no lo puedo hacer porque me lo prohíbe mi moral’, lo que hay que decir que te lo prohíbe la Ley porque es malo. Dice Santo Tomás de Aquino ‘ofende a Dios lo que hace daño al hombre’. Y Dios prohíbe o manda aquello que es conforme al bien del hombre. Es importante que pongamos nuestro acento en agradar a Dios. No preguntarnos si cumplimos o no la Ley, sino poner el acento en qué es lo que agrada a Dios, qué es lo que está conforme a la voluntad de Dios. La Ley hay que cumplirla, pero siempre haciéndolo agradando a Dios.

            También es importante que en nuestro examen de conciencia no nos limitemos a examinar el cumplimiento literal de las cosas, sino que también examinemos el intención con la que las hacemos. Es fundamental caer en la cuenta si el cumplimiento de los preceptos de Dios lo hacemos con amor, si la caridad es el motor del cumplimiento. O si el motor de hacer las cosas es la practicidad o el ser visto por los demás o por otros motivos que no son los de la caridad. Examinarnos ante Dios no sólo del cumplimiento material de las cosas, sino también de la intención formal con la que las hacemos. Pidiendo a Dios el don para que la caridad sea el motor formal de todo lo que hacemos.

            Es posible que haya cristianos que materialmente las cosas las hagan bien, pero les falta purificar la intención formal, y eso es muy importante. Por eso Jesús, después de la primera lectura del Deuteronomio que subraya la importancia de la Ley, Jesús en el evangelio insiste en la importancia de que la Ley no esté muerta y nos llama la atención de ‘cumplir la Ley sin cumplirla’, es decir de vaciarla de su intencionalidad formal que es dar gloria a Dios sirviendo a nuestros hermanos.

            No queremos ser meros cumplidores, queremos ser seguidores de Jesús. Queremos poner el acento en el seguimiento de la persona de Jesucristo. Porque en el fondo ¿qué es la moral?, la moral –dice el Catecismo- es el estilo de vida de los seguidores de Cristo. Lo que configura la vida moral del cristiano es el seguimiento de Jesucristo, Nuestro Señor.

LA TRANSVERBERACIÓN DE SANTA TERESA DE JESÚS

26 DE AGOSTO DE 2021


Hoy celebramos una de las fiestas que integran la espiritualidad del Carmelo. Es uno de los días fundamentales para dar una palabra al respecto. Celebramos esa experiencia mística de unión con Dios que experimentó Santa Teresa de Jesús y a la que ella se refiere en el ‘Libro de la vida’ (cap. 29): “Vi a un ángel hacia el lado izquierdo en forma corporal, muy hermoso, y vi en sus manos un dardo de oro largo y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Me parecía que me lo metía en el corazón y me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me dejaba toda abrazada en amor grande por Dios”. También en una de sus poesías lo expresó así: “Me hirió con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con sus criador. Yo ya no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi Amado es para mí y yo soy para mí Amado”. 
Santa Teresa de Jesús trataba de entender y comprender qué se escondía detrás de todas estas experiencias místicas. Deseaba conocer la razón del porqué de esas experiencias porque ella no quería que esas experiencias místicas quedasen en algo hermoso y bonito, sino que la alentara en su profunda unión con el Señor. Y por eso la gran lucha de Santa Teresa de buscar confesores, de personas letradas, de cristianos con profundo amor de Dios era para confrontarse con la verdad evangélica. Esto la constituye a ella como doctora de la Iglesia porque tiene una doctrina sólida, una experiencia de Dios sólida que ella ha sabido acoger, entender y transmitirnos. Santa Teresa plantea la vida teologal asentada en Cristo Jesús, ya que Él es nuestra esperanza, Él es la razón de nuestra fe. 
La transverberación no es un hecho aislado o no es un hecho que confirme en sí mismo la santidad de Teresa, porque eso sería no entender la acción de Dios en la persona. La trasverberación forma parte de un proyecto de Dios con Teresa. Esto es lo que tenemos que comprender y comprender. De hecho cuando Teresa nos narra su proceso espiritual en ‘El libro de la vida’, su autobiografía, nos lo presenta en un contexto muy bien pensado y muy bien meditado, donde la experiencia mística marca una parte importante de ese camino que va a culminar en la fundación de San José y el inicio de la reforma teresiana. Como Teresa misma expresa en el ‘Libro de la vida’, esta experiencia, como otras muchas, forman parte de un camino de crecimiento espiritual, o de un camino donde Dios quiere hacernos partícipes de su gracia, hacernos partícipes de su amor. Y que ayuda a Teresa en ese proceso de conversión, una conversión que no acontece de la noche a la mañana, sino después de haberse pasado prácticamente 20 años en el convento. Una conversión que marca el inicio de una actitud diferente de vida. La conversión es un proceso en el que tenemos que entrar libre y voluntariamente cada uno para darnos cuenta de cómo estamos viviendo y qué sentido estamos dando a nuestra vida. 
De hecho Teresa, y este es el elemento que va a sostener la experiencia mística de la transverberación, antes de contarnos sus experiencias místicas nos narra al inicio del capítulo 23, nos habla de que va a presentarnos su vida nueva, una vida que ha cambiado a partir de la conversión. Ella dice, una mujer nueva, antes era yo la protagonista, pero a partir de ese momento es Dios el verdadero protagonista de mi vida. Cambia ya la perspectiva, ya no es ella la dueña y señora de su vida y de su proyecto de salvación, sino que el autor de su salvación es a partir de ese momento Dios. 
Recordad que cuando Teresa nos relata en el capítulo 9 su conversión, ella nos dice que esa imagen del Cristo llagado que se encontró en un oratorio que habían traído al monasterio para hacer una fiesta, ella dice que en ese momento me di cuenta, fui consciente de lo que el Señor había sufrido por mí y lo mal que yo había agradecido aquellas llagas. Ella lo dice así: «Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle» (cap. 9). ¿Detrás de estas palabras qué se esconde? La actitud de una persona que se da cuenta de que el propósito de su entrada en el convento la mantuvo durante 20 años en la mentira, ella entra en el convento, como nos dice, para librarse del infierno, y ahora ante este Cristo llagado se da cuenta de que es Él el que le ha librado y le ha salvado ya. Le ha salvado el Señor no esperando a sus obras, sino antes de sus obras, antes de las obras de Teresa. Esto supone para Tersa el despertar al verdadero sentido del amor y de la misericordia de Dios. Nosotros no somos los protagonistas, el auténtico y único protagonista es Dios. Porque en el cristianismo la salvación es un don, el don del amor de Dios que se ha adelantado, que ha entregado la vida para salvarnos, no es algo que tengamos que ganar, sino algo que Él ya nos ha regalado y esto lo descubre Teresa ante este Cristo llagado en aquel oratorio del monasterio. 
Y es aquí el gran relato de Teresa, su conversión, el descubrir que la misericordia de Dios no tiene límites y ella se da cuenta que 20 años que usó mal de esa gracia porque pensaba que sus trabajos y sacrificios eran para no ir al infierno, cuando era el mismo Dios quien ya le había abierto las puertas del cielo gracias a la Sangre derramada por Cristo por nuestros pecados. Teresa se da cuenta de cómo la misericordia de Dios siempre ha estado confiando en ella y esperando en ella. Que la misericordia de Dios le castigaba con amor, nos dice Teresa, que abrió las puertas para dejar a Dios ser Dios. La conversión para Teresa es eso, empezar a dejar que Dios sea Dios, no mi idea, mis perjuicios, mis conceptos. Y este cambio tan importante que experimenta Teresa en su conversión es lo que va a ser el preámbulo de su vida mística, de sus gracias místicas y concretamente de la transverberación. Pero antes ya nos dirá Teresa que en ese itinerario fue fundamental el disponerse a aprender a amar. Nos dirá Teresa que la oración, mirada siempre desde la clave de amor, no se trata de pensar mucho, no se trata de decir muchas palabras, sino de amar mucho. Una capacidad que tenemos todos los seres humanos pero que tenemos que aprender y a ejercitar. Ella misma nos dirá en el capítulo 24 del ‘Libro de la vida’ que antes tuvo que aprender a soltar y a liberar su corazón de los afectos que la tenían atada. Todos conocemos cómo era la vida de Teresa, de cómo la encantaba mantener amistades, ir al locutorio, etc, etc, etc…algo que ingenuamente le parecía bueno, pero Teresa se da cuenta de que la tenían en cierto modo esclavizada. Y ahí va a surgir la primera gracia mística de Teresa, su primer arrobamiento que tuvo que dejarse liberar, y como ella dice, ‘aprender a amar a todos en Dios y desde Dios’, ese el principio donde Dios le dice que ya no tendrá más conversaciones con hombres sino con ángeles. El contenido es que no se trata de que ocupes tu corazón con otras cosas, sino que desde Dios y en Dios aprendas a amar. Y en ese proceso va a acontecer la transverberación, el flechazo, el enamoramiento de Teresa; Teresa enamorada locamente de Jesús. Jesús le ha concedido enamorarse de esa gracia. Y todos tenemos experiencia del enamoramiento como energía vital de la persona, que centra todos nuestros pensamientos, todas nuestras energías, todo nuestro ser en la persona amada. Pero también sabemos, por experiencia, que el enamoramiento no es el último estadio del amor; el enamoramiento nos introduce a vivir al amor y a partir de entonces a aprender a amar con la energía necesaria para hacerlo. 
Dios va haciendo este camino en Teresa que luego se irá culminando con una serie de gracias, que en el fondo van a hacer todas el ensanchar su corazón, enseñándola a aprender a amar. Cuando Teresa vivía en el convento lo que menos le interesaba era lo que acontecía fuera de los muros del convento, pero cuando Dios empieza a ensancharla el corazón empieza ella a preocuparse hacia los otros. Este es el significado profundo de la acción de la transverberación, el tener el corazón ensanchado de amor divino que hace que sufra y se preocupe de todos los pecadores. Un corazón que se hace partícipe de ese amor de Dios. Y por eso Teresa necesita compartir ese amor y la grandeza que en sí misma conlleva. Y así consigue Dios ensanchar el corazón de Teresa, aunque aún tengan que pasar varios años para poder recibir la principal de sus gracias, estando en el Monasterio de la Encarnación, ya como priora, la gracia del Matrimonio Espiritual, como culmen de este proceso, de este camino de enamoramiento de amor. 


         

viernes, 6 de agosto de 2021

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo C

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Ciclo B

8 de agosto de 2021

            En el evangelio de este domingo el Señor nos habla del Pan de Vida, es un discurso eucarístico [Jn 6, 41-51]. Y en este mismo evangelio se nos hace alusión a dos episodios acontecidos en el Antiguo Testamento. Uno de ellos es paso por el desierto del pueblo de Israel durante cuarenta años. Y ese pueblo sobrevivió a todo ese larguísimo itinerario gracias al maná. Un maná venido del Cielo y que permitió la supervivencia de Israel a lo largo de esa travesía por el desierto durante esos cuarenta años. Pero tengamos presente que el pueblo de Israel no vivió con gratitud y agradecimiento por este maná. El pueblo de Israel se quejaba, decían ‘estamos hartos ya de este pan sin sabor’, ‘de este pan insípido’, ‘¿pero no hay otra cosa distinta para comer?’, no les resultaba sabroso, no les resultaba atrayente. Ellos en vez de percibirlo como un don de Dios, ellos lo vivían con quejas y como algo que les mortificaba.

            Algo parecido pasa con la primera lectura que está tomada del libro de los Reyes [1Re 19, 4-8]. Es el pasaje en el que el profeta Elías huye por el desierto durante cuarenta días porque está siendo perseguido porque es el último de los profetas de Yahvé que había permanecido fiel y Jezabel le perseguía para matarle. Elías estaba rendido por el cansancio, y agotado se sienta bajo una retama y se desea la muerte. Y en ese momento un ángel del Señor le despierta y le dice ‘levántate y come’. Y a Elías no le apetecía comer en absoluto, es como si el propio instinto de supervivencia ya no le funcionase a Elías. Pero el ángel le dice ‘levántate y come’. Y Elías, por obediencia, se levantó, comió un poco y se volvió a tumbar. Pero el ángel le volvió a insistir ‘levántate y come más’. Y Elías obedeciendo volvió a comer, forzándose, obligándose y con la fuerza de aquel alimento fue capaz de atravesar el desierto durante cuarenta días.

            Una aplicación para nuestras vidas de este paso por el desierto del pueblo de Israel y por el paso por el desierto Horeb del profeta Elías. A todos los pasa que cuando estamos extenuados por el cansancio lo que nos apetece es tumbarnos, dormir, …muchas veces necesitamos más el dormir que el comer por el agotamiento tan serio que a veces podemos sufrir…y no comer. Pero sin embargo necesita comer y sólo así le volverán las fuerzas. Esto mismo ocurre en la vida espiritual, que el desánimo, la desesperación nos conduce a tirar la toalla y a dejarnos llevar. Y sin embargo es precisamente en ese momento cuando más necesitamos del alimento de Dios. Puede ocurrir que cuando menos nos apetezca una cosa sea cuando más lo necesitemos. Lo cual es importantísimo educar las ganas, educar el gusto, porque muchas veces al hombre no le apetece lo que es bueno, sino que le apetece lo malo. Es muy importante educar el gusto, el forzarnos en gustar de las cosas de Dios, de lo bueno y aborrecer lo malo. Y a veces hay que obligarnos a comer. Eso que aconteció a Elías es también una enseñanza para nosotros, ya que también nosotros podemos padecer una especie de anorexia espiritual, en la que alguien no llega a percibir que tiene distorsionada la percepción de la realidad y no se da cuenta de que tiene que comer, de que tiene que alimentarse, de que está débil y no lo percibe. Y cuando uno está débil tiene que dar un voto de confianza a aquel que le cuida y le dice ‘aliméntate, come porque la travesía es fuerte, es larga y necesitas el alimento para el camino’. El pueblo de Israel decía que no le gustaba el maná del Cielo, pero es que resulta que el gusto hay que educarlo: hay que aprender a gustar de la Eucaristía. Porque en la vida espiritual hay muchos momentos en los que uno no siente nada, tiene una sequedad interior, se acerca a los sacramentos y no tiene esa percepción favorable que en otros momentos haya podido tener…Es que en nuestra vida espiritual hay muchas ocasiones en las que tenemos que caminar a la luz de la fe. Lo decisivo en la experiencia de Dios no es el sentimiento, sino caminar en la fe. No se puede confundir experiencia de fe con sentimientos. La mayoría de las veces la experiencia más profunda de la fe es obediencia, no sentimiento. El sentimiento puede acompañarnos en algunas fases de nuestra vida espiritual, pero en otras nos abandona. Y esas fases donde caminamos a la luz de la fe, obedeciendo –aún sin entender- son muy importante porque se va aquilatando nuestra fe, se autentifica nuestra fe, se madura.

            De tal modo que cuando comulguemos digamos: Creo firmemente Señor que estás aquí, aunque no te sienta. Y esa Eucaristía alimenta la presencia de Dios dentro de mí. Y es fundamental también el educarnos a aprender a vivir de la Eucaristía. ¿De dónde saco mis fuerzas para el camino? ¿De dónde saco esa energía que a veces me falta porque humanamente andamos carentes de fuerzas? La fuerza la sacamos de la presencia de Jesús que está dentro de mí en la Eucaristía que comulgo. Él me da la fuerza para seguir caminando.


sábado, 31 de julio de 2021

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B

 Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

1 de agosto de 2021

 

            Nos dice el evangelio de hoy que «cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús», es decir que fueron en busca de Jesús. Y eso es lo que tiene que hacer un cristiano, buscar a Jesús. [Jn 6, 24-35]

 

Pero claro, ¿qué hay detrás de esa búsqueda? A lo que Jesús nos da una palabra inolvidable: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Esto lo dice porque antes está el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces. La gente había quedado impresionada y saciada de los panes y de los peces, pero no han visto el signo, no han comprendido el signo. Este es un gran peligro que tenemos los cristianos en nuestra vida, recibir los dones de Dios en su materialidad pero sin comprender el signo que encierra. Es como si uno recibe un ramo de rosas y dice ‘¡que bonitas que son, que preciosas!, ¡me vienen genial para colocarlas en el jarrón y adornar el salón!’ Pero lo más importante del ramo de rosas no es que ahí queden bien, lo más importante del ramo de rosas es que te las ha dado alguien con una intención, porque te quiere, porque está enamorado de ti. Lo importante no es la materialidad de las rosas, sino la intención formal que tiene aquel que te las ha enviado. Algo así es el reproche que hace Jesús a la gente. «Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros».

 

Muchas veces, nosotros ante Dios es posible que nos quedemos con la materialidad de sus dones sin llegar al dador de los dones. Estamos llamados a pervivir en todo lo que nos rodea un signo de Dios, una figura de Dios, una metáfora de Dios. Todos los dones de Dios que nos rodean son signos que nos remiten a un don superior, y quedarse en el signo sin llegar al significado es una pobreza muy grande, es perder lo principal.

 

A modo de ejemplo; estamos rodeados de belleza. La belleza que nos rodea puede ser percibida de dos maneras, en la acción de Dios la belleza es un camino, es un acceso para entender lo que es la inmensidad, la santidad de Dios, la grandiosidad de Dios. La belleza de la naturaleza, la belleza del arte, de la música…esa belleza que nos atrae no es sino un altavoz que evoca la grandeza de Dios y su belleza infinita y su santidad. Y lo que nos pasa a veces es que reducimos la belleza a un disfrute personal, egoísta, sensualmente… pero la belleza está llamada a ser como un trampolín que nos cuestiona cuál es la fuente de esta belleza. Lo mismo pasa con el amor humano; nos queremos, sentimos la importancia del cariño y de la amistad, pero a veces no nos damos cuenta de que el amor humano es una evocación del amor divino, porque estamos llamados a amar para siempre. El amor no tiene una vocación a la finitud, sino a la infinitud.

Y lo mismo pasa con el alimento. Porque aquellos que estaban siguiendo a Jesús estaban buscando sus necesidades perentorias: que necesito trabajo, que necesito alimentar y sacar adelante la familia… el subsistir en esta vida, a veces es duro y angustioso, el cómo vivir el futuro, el cómo pagar las facturas y dar de comer a los hijos…y en medio de esta lucha por el día a día, Jesús le dice que él tiene otro pan, al que este pan de trigo está simbolizando, que es el pan de vida eterna. «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás». Es importante que percibamos los dones que tenemos en esta vida como un signo de los dones superiores, de los dones definitivos, que son los dones de la gracia. Todos los dones que recibimos ahora son un anticipo de lo que Dios nos quiere dar. No desconectemos la tierra del cielo, no la desconectemos, porque está en plena unión. Vivamos todo lo que tenemos como un signo que evoca el amor que Dios nos tiene y con el que nos cuida. Y no olvidemos que el alimento con el que nos cuida el Señor es la Eucaristía, anticipo de la vida eterna. «Yo soy en pan de vida».

sábado, 24 de julio de 2021

Homilía del Apóstol Santiago. domingo 25 de julio de 2021

 Homilía del Apóstol Santiago, Domingo 25 de julio de 2021

            Uno lee el evangelio de hoy en el que ve cómo los apóstoles están muy despistados y de cómo la madre de los Zebedeos quiere colocar a sus hijos, el uno a la derecha y el otro a la izquierda de Jesús. Jesús, con esto, nos está previniendo que la estructura apostólica, con la que Jesús ha querido llevar adelante la transmisión de la fe, es una estructura de autoridad apostólica, con esa misma autoridad que tuvo Jesús. Pero se habla de autoridad, pero no de poder. Y ese matiz entre autoridad y poder es muy importante.

            Jesús estaba revestido de autoridad y llamaba la atención con qué autoridad hablaba Jesús que era capaz de corregir a los fariseos en la interpretación equivocada de las Sagradas Escrituras. Pero Jesús no estaba revestido del poder humano, tenía la autoridad dada por Dios. Ese matiz es el que subraya el evangelio de hoy. En la sucesión apostólica recibimos esa autoridad de Jesús, pero Jesús nos pide que sea una autoridad que esté desprendida de esos signos de poder de este mundo que busca el ser servidos y no el servir. La estructura apostólica de la Iglesia no hay que confundirla con una estructura jerárquica en la que se informa una determinada casta que busca ser servida. Jesús insiste en que ‘no he venido a ser servido, sino a servir y a dar mi vida en rescate por todos’.

            Un signo de que hemos entendido el espíritu de Jesús es que el don que hemos recibido a través de la sucesión apostólica, nosotros lo concretemos sirviendo en las cosas más mínimas, en las cosas más pequeñas, buscando el último puesto, el que no quiere nadie. Intentando siempre entender que Jesús nos manifestó su autoridad divina en el lavatorio de los pies, poniéndose de rodillas delante de nosotros y lavándonos los pies. Es una paradoja a los ojos de los hombres, pero sin embargo es la lógica de Dios. Que la autoridad de Dios se manifiesta en el servicio más humilde, en buscar el último puesto. Por eso Jesús reprende a esa madre que perdía para sus dos hijos los puestos principales. Por eso les dice que el puesto principal que van a tener es el del servicio, «el beber el cáliz que él ha de beber» [Mt 20, 20-28], y de hecho así les dio el cáliz en el martirio, porque el martirio es la entrega de la vida por el servicio por el bien del mundo y por el bien de la humanidad.

            Cuenta la tradición que cuando el apóstol Santiago se dirigía hacia Finisterre, al pasar por Zaragoza, el apóstol tuvo un momento de prueba, de dificultad para llevar adelante su encomienda. Tuvo un momento de desolación, de experimentar que era muy difícil llevar adelante esa encomienda y tuvo la tentación de volverse atrás. Y que fue allí, en Zaragoza, donde recibió aquella manifestación de la Virgen, nuestra Madre, quien le consoló y de ahí la advocación de Nuestra Señora del Pilar. De María recibe la consolación para poder ser perseverante. María es un don por el que Dios nos da la gracia de la fidelidad. ‘En tiempos de turbación, no hagas mudanza’, como diría San Ignacio. En este momento tal vez, seas tentado de cansancio, de desesperación, sintiéndote tentado de pesimismo, y la Virgen María a Santiago apóstol le dice que ‘no cambies tu propósito, sigue tu marcha, sigue hasta el fin de la tierra’. Jesús nos dijo ‘id al mundo entero y proclamad el evangelio’. Sé perseverante, sé fiel. Y es impresionante el papel de la Virgen incentivando la fidelidad en sus hijos, nos fortalece y anima en la evangelización. María es una ayuda para seguir adelante en el camino de la cruz. El encuentro con María es una bocanada de aire fresco en la que ella nos anima a la fidelidad, para que abrazando con confianza la cruz, encontramos en esa cruz nuestra gloria.

sábado, 17 de julio de 2021

Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo b

 

Homilía XVI Domingo del Tiempo Ordinario

Año litúrgico 2020 - 2021 - (Ciclo B)

             En el evangelio de hoy [Mc 6, 30-34] nos encontramos cómo Jesús después de haber estado largos ratos con los apóstoles les ha enviado a proclamar el Evangelio de dos en dos ya ahora regresan entusiasmados al darse cuenta del poder que tiene la Palabra para aquellos que la acogen.

            Primero los apóstoles han estado con el Señor, han disfrutado de su presencia, se han dejado tocar el corazón por su amor, han abierto sus oídos a las divinas enseñanzas. Después el Señor les ha enviado de dos en dos para que ellos difundiesen la Palabra y se dieran cuenta del poder que tiene esa Palabra.

Cuando regresaron los apóstoles y le contaron a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado le hablarían de frutos concretos de esa predicación, de experiencias de esa evangelización: de cómo ayudaron a reconciliar a un matrimonio que estaba a punto de romper; de cómo dieron una palabra de fe a esos padres para educar a sus hijos; de cómo evitaron un suicidio; de cómo, fruto de la Palabra, unos vecinos se han organizado para proporcionar comida y sustento a una familia que había perdido todo por incendio; de cómo se han podido reconciliar dos hermanos enfrentados desde hace mucho tiempo; de cómo la gente les habría su corazón para contarles todo lo que les hacen sufrir y ellos les han dado la razón de la alegría; etc. Los apóstoles han experimentado la fuerza del Espíritu Santo y están gozosos por ello.

También nosotros estamos con el Señor ahora mismo, en la Eucaristía, y escuchamos su Palabra, disfrutamos de su presencia y nos alimentamos con su Cuerpo y Sangre. Nosotros, tal y como lo hacían los apóstoles, estamos largos ratos con Jesús. Estamos en esa escuela del apostolado aprendiendo del Maestro y dejándonos conquistar por su amor fecundo. Y también a nosotros nos envía para anunciarle. De hecho, si nos creemos su Palabra, caeremos en la cuenta de los efectos positivos que experimentamos por ello y de ahí surge la acción de gracias.

Estamos muy acostumbrados a oír, y alguna vez a escuchar la Palabra. Y puede ser que creamos que el hecho de estar en la Eucaristía con Jesús no tenga consecuencias reales en nuestro quehacer diario, de tal manera que acudir a la Eucaristía y hacer un recado o la comida, a efectos prácticos,  pueda quedar al mismo nivel. La Eucaristía no es una cosa de las tantas que hacemos, sino la que da sentido a todo lo que hacemos. Trabajar con perspectiva de eternidad ayuda a aliviar agobios inútiles, desasosiegos infecundos. Depende de qué espíritu trabajes te cansas mucho más o te cansas mucho menos.

 

            El problema serio recae cuando me he acostumbrado a hacer las cosas, uno pone ‘el piloto automático’, está en la Eucaristía pero no se deja influenciar, no se deja afectar haciendo las cosas cotidianas al estilo de los paganos. De ser así, es urgente el cambio.

            Y después de la tarea de evangelización Jesús invita a sus apóstoles a descansar. Jesús les dice y nos dice: «Venid vosotros a solas a un lugar tranquilo desierto a descansar un poco». Y esto incluye otra cosa, que cuando el Señor nos llama a trabajar también incluye la alternancia al descanso; trabajar y también descansar, que es querida por Dios. San Juan Pablo II decía que «el hombre tiene que imitar a Dios, tanto trabajando como descansando» [Carta Encíclica LABOREM EXERCENS, 25]. La Sagrada Escritura nos dice como Dios trabajaba y cómo Dios descansó. Es uno modo de hablar para indicarnos cómo hacer las cosas. Dios nos propone un modelo de cómo trabajar y de cómo descansar.

            Hay como cuatro tipo de cansancios: el cansancio físico, el cansancio mental o psicológico –el cual suele ser el más frecuente y el que menos pueden notar los demás-, el cansancio emocional –que es el de la tristeza, cuando uno está triste, está deprimido, agobiado, con ganas de poder tener tiempo para ‘recargarse las pilas’- y el cansancio espiritual –que es cuando falta el sentido de la vida, falta el sentido de la vocación a la que uno está llamado en esta vida-. Es importante concienciarnos que el descanso no es un lujo, sino que es necesario. Todos tenemos experiencia de estar una hora de trabajo de calidad a estar trabajando varias horas sin efectividad. Esto es debido a que se ha sabido ha podido descansar y su actividad entonces es de calidad.

            Es verdad que estamos en una cultura donde no se ha valorado en su justa medida el valor del descanso, dando la impresión que aquel que recurre al descanso ‘es como menos generoso’ y esto es un error. Hay una sabiduría cristiana que nos tiene que hacer entender el valor del descanso. Saber descansar supone darnos cuenta de que nosotros no somos dueños del mundo, no somos dueños de nuestra vida, sino que el Señor nos la he encomendado. Nadie es dueño de nada, es el Señor quien nos encomienda las cosas, las tareas, las personas. Saber descansar es también saber poner las cosas en manos de Dios y saber que yo no soy necesario ni imprescindible, sino que Dios sólo se sirve de mí, sólo se sirve de uno.

            El Señor nos dice en el evangelio: «Venid vosotros a solas a un lugar tranquilo desierto a descansar un poco», a lo que podríamos añadir, poniéndolo en labios de Jesús,  “venid conmigo a descansar un poco”. Porque el secreto está en descansar en Cristo, en reposar la cabeza, como Juan, en su costado y aprender a buscar descanso en Él.