sábado, 25 de enero de 2020

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A


Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
            En el Evangelio nos encontramos con el inicio del ministerio de Jesús. Una vez que Jesús ha sido bautizado por Juan en el Jordán y que ha experimentado las tentaciones en el desierto hoy nos dice que se va a instalar en Cafarnaún. Todos sabemos que Jesús se cría en Nazaret, pero sin embargo se nos dice que su casa, durante su ministerio público, estaba en Cafarnaún. Y en Cafarnaún estaba la casa de Pedro y desde ahí Jesús enseñaba, curaba y tenía a la casa de San Pedro como centro de operaciones, de reuniones, de descanso… Y Jesús, teniendo muy de cerca al primer Papa, ya iba actuando.
            Y el Evangelista San Mateo desea inaugurar el ministerio público de Jesús con una cita del profeta Isaías [Isaías 8, 23b-9, 3]: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló» [Mt 4, 12-23]. Esta cita nos habla de algo muy positivo, de una gran luz que nos está brillando, pero el contexto social, cultural, religioso y político del libro del profeta Isaías no es nada positivo. Estamos en una época muy oscura para Israel, su mayor enemigo era Siria, y en concreto el rey Teglatfalasar III y el gran general Senaquerib (704-681 a.C), que prácticamente barrieron todo Israel, conquistaron el Reino del Norte, conquistaron Samaría, y todas las ciudades que estaban rodeando Jerusalén fueron cayendo una detrás de otra, con asedios terriblemente crueles. Los asirios eran terriblemente crueles, cortaban las cabezas, crucificaban a sus enemigos con grandes torturas. Para que vean hasta qué punto eran crueles los asirios que los arqueólogos han encontrado en una ciudad muy cercana a Jerusalén, llamada Laquís [2 Cr 32, 9] una fosa común con más de 1500 cuerpos, de hombres, mujeres y niños enterrados con huesos de cerdo. Sabemos que los judíos no comen cerdo y una manera más de profanar y humillar los cadáveres era enterrar a esos judíos entre cerdos. A esto se dedicaban los asirios.
            En medio de todo este panorama tan sombrío, donde el profeta Isaías nos dice: «Vagarán por el país, agotado y hambriento; exasperado por el hambre, maldecirán a su rey y a su Dios. Se dirija al cielo o mire a la tierra, sólo encontrará angustia y oscuridad, desolación y tinieblas» [Is 8, 21-22]. Pues en medio de este panorama tan sombrío y desolador hace su aparición el Señor y la salvación, y es entonces cuando el profeta ya anuncia que donde todo había sido arrasado va a comenzar el ministerio del Mesías, de aquel que va a traer la luz.
Para los profetas la situación política, de guerra y de oscuridad que están viviendo, en el fondo es reflejo de la situación espiritual en que se haya el pueblo. Y no hay crisis política que en el fondo no lleve una crisis espiritual más profunda. El Papa Francisco no se cansa en decirnos que detrás de la crisis de Occidente que palpamos todos, se esconde una crisis de valores y un eclipse de Dios.
            Por eso es tan importante que las primeras palabras del inicio del ministerio de Jesús sean unas palabras de conversión y que se compare a Jesucristo como una luz cegadora, que si le dejamos entrar en nuestra vida nos descubre un horizonte de esperanza que está más allá de cualquier tipo de solución humana.

26 enero 2020

sábado, 18 de enero de 2020

Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A


Homilía del Segundo Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A
            El domingo anterior, el Bautismo del Señor, finalizamos el tiempo litúrgico de la Navidad y ya este lunes hemos empezado el tiempo litúrgico del tiempo Ordinario. Es una invitación que el Señor nos hace para vivamos el tiempo disfrutando de su divina presencia. Hemos dejado a Jesús en el río Jordán siendo bautizado por Juan el Bautista y ahora Jesús va a empezar su vida pública. Y es precisamente en este tiempo Ordinario cuando nosotros le vamos a ir acompañando, aprendiendo de Él, escuchándole, siendo testigos de sus milagros, parábolas e infinidad de bendiciones de las que seremos beneficiarios.
            Lo primero que nos llama la atención el en Evangelio de San Juan es que no relata nada del nacimiento de Jesús, ni de su infancia. Empieza con Juan el Bautista señalando a Jesús como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo [Jn 1,29-34]. Emplea uno de los títulos cristológicos más importantes para referirse a Jesús: El Cordero. Es más, el libro del Apocalipsis, se refieren a Jesucristo como el cordero o el cordero degollado que está en el trono de Dios, el Cordero de pie que simboliza a Jesucristo.
            Y esto de la sangre del cordero es muy importante en el Antiguo Testamento. Nos remite a la Pascua, cuando el pueblo de Israel estaba en Egipto, en la noche en que iban a ser liberados, el Señor les pidió que todas las familias se reuniesen y que sacrificaran un cordero; y con la sangre de ese cordero rociaran las jambas y los postes de las puertas, para que así la última plaga, que era la matanza de los primogénitos no entrara dentro de esa casa, de tal manera que la sangre del cordero, lo que hace a esta gente, es defenderla de la muerte a los israelitas. Pero no solo era sacrificar el cordero, sino que el Señor dio unas prescripciones a Moisés, y eran muy claras: sacrificar el cordero, rociar con su sangre las jambas y el dintel de las puertas, y demás hacía falta consumir todo el cordero, comerse el cordero. Que toda la familia se reuniera y que toda la familia se alimentase con la carne de ese cordero. Pues San Juan Bautista nos dice: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». De trasfondo está el sacrificio del cordero pascual.
            O sea, que desde el minuto uno, Jesús se nos presenta como cordero que viene a derramar su sangre para que nosotros tengamos vida y viene a realizarlo en el contexto pascual, en el contexto de la Semana Santa, cuando Cristo en la cruz derrame su sangre para la vida del mundo. Y ese cordero no solamente es sacrificado, sino que nosotros comemos a ese Cordero en la Eucaristía, donde Jesús derrama su sangre y también nosotros nos alimentamos de ese cordero, de tal manera que cada vez que celebramos la Eucaristía hacemos recuerdo, memorial de la pascua y recuerdo o memorial del sacrificio de Cristo en la cruz.
San Juan es muy inteligente y empieza diciendo que Jesús es el cordero y finaliza el evangelio con el cordero. Jesús muerte un viernes pascual a las tres de la tarde. ¿Pero qué pasaba ese viernes pascual a las tres de la tarde? Pues simultáneamente a la muerte de Jesús en el monte Calvario se estaban sacrificando los corderos en el Templo de Jerusalén. Sabemos que los corderos no se podían sacrificar en las casas –cosa que sí sucedía en el Éxodo-, sino que tenían que ser sacrificados todos en el Templo de Jerusalén. De tal forma que a las tres de la tarde, cuando Jesús muere en la cruz, se estaban comenzando a sacrificar todos los corderos, los miles y miles de corderos, todos sacrificados en el Templo de Jerusalén, para todas las familias de Jerusalén que durante esa noche celebrarían la pascua comiendo la carne de esos corderos. A la misma hora que se están sacrificando esos corderos en el Templo, fuera de la ciudad, en el Calvario, está derramando su sangre y sacrificándose por nosotros el que es el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Esto es muy importante para los cristianos, es más en la Carta a los Hebreos se nos habla de Cristo como Sumo Sacerdote y de cómo su muerte, como cordero degollado, ha eliminado el pecado y nos ha santificado. Ir a Misa es como ir al Calvario, es como ponerse a los pies del Calvario y recibir la efusión de la sangre de Jesús que se derrama por nosotros. Esto quedó tan dentro de los primeros cristianos que ya en la primera carta de San Pedro nos dice «Sabed que no habéis sido liberados de la conducta idolátrica heredada de vuestros mayores con dones caducos –oro o la plata-, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha y sin tacha» (1 Pe 1,18-19). Hemos sido comprados a precio de sangre, y la sangre del Hijo de Dios cuyo valor es infinito ya que cada uno tiene un valor infinito. Hay personas que dicen «yo no valgo para nada, soy un desastre (…)». Pues no, tienes un valor infinito para Dios. Tanto valor que para rescatarte ha hecho falta comprarte a precio de la sangre del Cordero de Dios. Esto ha de ayudarnos a tener más autoestima y a valorar más el gran regalo de la vida que Dios nos da.

domingo, 12 de enero de 2020

sábado, 11 de enero de 2020

Homilía del Bautismo del Señor, ciclo a, 2020


El Bautismo del Señor, Ciclo a, 12 de enero 2020
            Este domingo celebramos una fiesta muy importante: El Bautismo del Señor. Una fiesta que cierra el tiempo de Navidad. Y hoy la liturgia de la Iglesia nos ofrece la versión del Evangelio según San Mateo [Mt 3, 13-17]. Y no hay que olvidar que San Mateo escribió su evangelio pensando en una comunidad judeo-cristiana, o sea, cristianos que procedían del judaísmo. Por lo tanto eran personas de ascendencia judía y para los cuales era muy importante la historia de Israel y de cómo todas las promesas de la historia de Israel se cumplen en Jesús.
            Para el pueblo de Israel todos los reyes que había debían de ser ungidos por un profeta, y a través de esa unción se garantizaban que el Espíritu del Señor, el Espíritu de Dios descansaba sobre ese rey, y por lo tanto estaba investido de una fuerza de lo alto y podía desarrollar sus funciones. Todos recordamos al profeta Samuel ungiendo rey a Saúl [1 Sam 10] y se nos dice que la fuerza de Dios le acompañaría a partir de ese momento. Dice exactamente: «Dios le cambió el corazón (…). El Espíritu de Dios se apoderó de él y se puso a profetizar con ellos»]. O también cuando David es ungido como rey [1 Sm 16], se dice que en ese momento el Espíritu de Dios bajó sobre él y desde ese día hasta delante no se separó ya Dios de David. Dice la Palabra: «Samuel tomó el cuerno de aceite y lo ungió en presencia de sus hermanos. El espíritu del Señor entró en David a partir de ese aquel día».
            De hecho ya el profeta Isaías (capítulos 11 y 61) decía que cuando apareciese el Mesías, el cual sería descendiente de David, y por lo tanto tendría que estar ungido con el Espíritu de Dios [«sobre él reposará el espíritu del Señor» (Is 11, 2) y «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido» (Is 61, 1)]. El Mesías tenía que estar ungido con esa fuerza que viene de lo alto como eran ungidos los antiguos reyes de Israel. Esto es muy importante porque ya los primeros cristianos vieron en el bautismo de Jesús, en el momento en el cual se abren los cielos y el Espíritu Santo baja sobre él en forma de paloma, era esa unción que tuvieron ya los reyes de Israel. Y por lo tanto capacita a Jesús para ser como un mesías rey, si bien nosotros ya sabemos que Jesús lleva el Espíritu Santo en Él puesto que Jesucristo es Dios. Y esto era importante que cayeran en la cuenta los cristianos a los que escribe San Mateo porque ellos procedían del judaísmo. De hecho hay una frase enigmática, que puede llamar la atención en la que San Juan el Bautista no quiere bautizar a Jesús porque le dice que Jesús es más que él [«Juan intentaba disuadirlo diciéndole: Soy yo el que necesito que tú me bautices ¿y tú acudes a mí?»]. A lo que Jesús le responde a Juan que es preciso que yo me bautice «para que se cumpla toda justicia». Y esto de cumplirse toda justicia para San Mateo es cumplirse el plan de Dios tan y como se había dado y realizado con las unciones a los reyes de Israel en el Antiguo Testamento.
            Una cosa que llama mucho la atención es que el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma. ¿Por qué una paloma? ¿Por qué no una brisa o unas llamaradas de fuego como en Pentecostés? Vamos a ver, ¿dónde aparece otra vez en la Sagrada Escritura la paloma? Aparece después del diluvio. Noé desde el arca saca a volar una paloma y la paloma regresa con un ramito de olivo prendido del pico. Lo que significaba que las aguas ya habían remitido, que las aguas ya estaban bajando y ya había tierra firme. Por lo tanto la paloma se convierte en signo del nuevo mundo que Dios ha creado después del diluvio. Se ha dado una nueva creación donde el diluvio ha vuelto a poner paz entre Dios y los hombres. Y es muy importante esto de que la paloma descienda en el bautismo del Señor porque nos indica lo que Cristo viene a hacer a través de la misión que hoy comienza, porque hoy comienza su vida pública. Cristo viene a traer paz entre Dios y los hombres. Al igual que en la época de Noé había una humanidad corrompida, caída, alejada de Dios, Cristo viene a restablecer la comunión entre Dios y los hombres. Y de la misma forma que las aguas purificadoras del diluvio dieron origen a una nueva humanidad, a una nueva creación, Jesús viene a hacer todas las cosas nuevas. Viene a hacer una nueva creación restableciendo esa comunión perdida entre Dios y los hombres.
            Luego hay otro detalle del Evangelio. Nos encontramos a Jesús en un río y está allí en silencio. Esto nos remite a un profeta, al profeta Ezequiel que estaba una vez sentado junto a un río, en el río Quebar (Ez 1), en una situación de crisis espiritual del pueblo de Israel, porque habían sido conquistados y deportados a Babilonia. Y el profeta Ezequiel ve también como se abren los cielos, con la misma expresión que se da en el bautismo de Jesús, «se abrieron los cielos», y Jesús escucha la voz de Dios «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco», y el mismo profeta Ezequiel que estaba sentado a la orilla del río Quebar y que ve como los cielos se abren escucha la voz de Dios que le envía como profeta a su pueblo, dice la Palabra que el  espíritu entró en él, en el profeta Ezequiel, y le hizo poner en pie. El bautismo el Señor fue el pistoletazo de salida para la vida pública del Señor y a Ezequiel fue esa profunda experiencia de sentir cómo Dios le movía para ser profeta en medio de una situación espiritual crítica de su pueblo. Es importante que también nosotros escuchemos esa voz de Dios, constituyéndonos profetas para que vayamos a anunciar el Evangelio en este mundo que también está sumido en una gran crisis espiritual.

domingo, 5 de enero de 2020

Homilía de la Epifanía de Nuestro Señor, año 2020


Epifanía de Nuestro Señor, 6 de enero 2020
            El derrumbe de la verdad y el decaimiento moral es una consecuencia directa del constante afán de este mundo de borrar a Dios de nuestras vidas. Si se quita a Dios la energía vital desaparece y hasta los grandes imperios y poderosos que se sienten seguros por lo que tienen y dominan se terminan desplomando al no tener a Dios en sus vidas. Nosotros que estamos en la Iglesia no bajemos la guardia, no sea que nos sintamos muy seguros y salvados y resulta que nos terminamos colgados, y con suerte, del último fleco del purgatorio teniendo metido el dedo gordo del pie en las encendidas, azuzadas y bien alimentadas llamas del infierno. Es que resulta que también se puede borrar a Dios de nuestras vidas estando en la Iglesia, siendo un cura o una monja. Porque ese famoso dicho de ‘habla chucho que no te escucho’ o ‘por un oído me entra y por el otro me sale’ se puede dar perfectamente estando en la Iglesia, es más, se da.
            Nos encontramos con una sociedad que está rompiendo con el pasado y miran con hostilidad agresiva a la tradición. De tal modo que el cambio permanente priva a las personas, sobre todo a los más jóvenes, de una brújula para indicarles el norte, para indicarles a Cristo. Incluso los más mayores en un ejercicio de falsa caridad se amoldan a los malos usos y costumbres sociales justificando a los más jóvenes en vez de darles una palabra de corrección en el amor. Creen que diciendo que ‘son otros tiempos’ se justifican en su tendencia pecaminosa y alejada de los designios divinos. Si el cristianismo pacta con el mundo en vez de iluminarlo, los creyentes no son fieles a la esencia de su fe. Y ¿cómo se pacta con el mundo?, no hablando con claridad, justificando conductas impropias de cristianos en vez de corregirlas, callándonos por falsos respetos humanos cuando debemos de decir las cosas en conciencia y con caridad fraterna.
            La tibieza del cristianismo y de la Iglesia provoca la decadencia de la civilización. No todo vale, no todo es evangelización, no todo es lícito, no vale cualquier modo de celebrar los sacramentos, pero todo esto forma parte de la táctica demoniaca que va nos ganando terreno en nuestra vida espiritual y que costará demasiado en poderlo recuperar. El Demonio siempre tiene planes a largo plazo, y parece que no hace nada, pero hace más de lo que podemos llegar a pensar. El cristianismo es la luz del mundo, si deja de brillar contribuye a que el mundo se suma en las tinieblas de la oscuridad. Cuando un creyente se acerca al confesionario y confiesa de corazón sus pecados, ese cristiano se suma al ejercito de la luz en contra de las tinieblas. Cuando en silencio o en comunidad estamos rezando el Oficio Divino o meditando con la Palabra de Dios, estamos siendo soldados de Cristo que colaboran en que la Luz brille con más fuerza en medio de las tinieblas. Cuando un cristiano da una palabra desde la fe para aconsejar a otro está siendo colaborador del bien.
            El profeta Isaías ya nos lo dice: «¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!». Llega tu luz, llega Cristo a tu vida, a tu existencia, a tu ser, a tu comunidad, a tu familia, a tu hogar. Sin Dios el mundo vive en el vacío y donde se da el vacío surgen los conflictos que se enquista, la ley del mas fuerte prevalece y nos instalamos en un sufrimiento permanente. Uno que vive al margen de Cristo puede aparentar ser feliz una semana, unos meses, unos años, pero su sufrimiento se incrementa llegando a ser insoportable.
            Si quitamos a Cristo del medio el hombre se convierte en instrumento del hombre, en un objeto del cual uno puede exprimir para aprovecharse del otro. Si quitamos a Cristo del medio, la avaricia y el resto de los pecados capitales se multiplicarán hasta el infinito obstaculizando desde lo más irrelevante de la vida familiar hasta lo más relevante y serio de la vida política, pervirtiendo cosas que antes eran consideradas más que sagradas y dignas.
            No es un baladí celebrar la Epifanía de Jesucristo. No es cosas de ñoños ni de carcas, ni de gente que chochea, ni de nostálgicos retrógrados, es cosa de amor, de autenticidad y de andar en la Verdad. Jesús es el auténtico regalo que te permite construir tu vida, viviendo el presente con valentía para ser lanzado hacia el Eterno.