sábado, 13 de agosto de 2022

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario, ciclo c

 


Homilía del domingo XX del tiempo ordinario, ciclo c

14 de agosto de 2022

 

            Este evangelio está introducido con una expresión que es como una lanza profética que nos tiene que hacer reflexionar sobre el tono de nuestra vida. La expresión es la siguiente: «He venido a prender fuego en la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». Es una expresión que parece ser formulada como un acicate contra la indiferencia.

            Alguien dijo que en nuestros días, así como en otros momentos, la estrategia del mal, la estrategia de Satanás se solía centrar especialmente en la difusión de determinados errores, en difundir herejías que rompían con la Iglesia católica, pues quizá en nuestros días su estrategia sea la de conquistar el mundo a través de la indiferencia. Hoy en día el problema fundamental que tenemos en materia de fe no es tanto la negación de un aspecto concreto de la fe o de un dogma, sino más bien una indiferencia general, una falta de adhesión firme. Este es el peor de los males, nos lo decía la Madre Teresa de Calcuta, que consiste en bostezar ante la Palabra de Dios, el  no sentir que la revelación de Dios sea una gracia para nosotros. Que nos supone que cada cual se encierre en su propia burbuja, sin que nos importe, sin sufrir, sin que vaya con nosotros lo que ocurra en el resto del mundo, o lo que ocurra a nuestro alrededor. ‘Quien ama, sufre’, y esto sin duda alguna. Porque el amor se implica y al amor conlleva un sufrimiento. Porque uno siente en sí mismo lo que siente la persona a la que se ama. Aunque hay algunos que por no sufrir, parece que renuncian a amar, y entonces se refugian en la indiferencia. A la cual contribuye mucho el relativismo ‘allá cada uno con su vida’; ‘yo ya tengo suficiente con lo mío’. Es una indiferencia ante la cual tenemos que reaccionar. El hecho de que no nos conmueva la Palabra de Dios ya es un problema. El hecho de que nos conmuevan pequeñas tonterías y que no nos conmueva lo que Dios nos ha dicho en el evangelio de hoy, quiere decir que algo está fallando en nuestra jerarquía de valores y en nuestra sensibilidad. El hecho de que no nos conmueva el sufrimiento del mundo es una señal. El Papa Francisco en su primera salida de Italia fuese a esa isla de la Medusa que se caracteriza por ser un campo de acogida de todos los inmigrantes que intentan entrar en Europa. Y el Papa lanzó un mensaje poniéndonos alerta sobre la globalización de la indiferencia, para que no nos acostumbremos a lo que nunca deberíamos de acostumbrarnos. No podemos dejar de sufrir por el mundo. Vemos muchos acontecimientos dolorosos, pero pasa el tiempo y cada cual se refugia en su propio mundo y se acostumbra o los olvida. ¿Sabéis cuántos jóvenes no saben quien fue Miguel Ángel Blanco o de los feroces asesinatos de la banda terrorista ETA? ¿Alguien se acuerda de la cantidad de niños huérfanos, de muertos y familias destrozadas ocasionadas en aquel tsunami de Tailandia del año 2004 con más de 250.000 personas muertas? ¿o de aquel niño que apareció muerto, de Aylán Kuyrdí, de tres años, muerto en una playa de Turquía, que falleció junto a su hermano de cinco y a su madre, que intentaban alcanzar la isla griega de Kos en el año  2015? Peor que la ignorancia es la indiferencia. No sé si sabéis aquel dicho, en el que uno le dice al otro ‘no sé qué es peor, si la ignorancia o la indiferencia’, a lo que el otro le responde ‘ni lo sé, ni me importa’.

            El primer significado de esta palabra del Señor, «He venido a prender fuego en la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!», es que nos duela el mundo. Que las alegrías del mundo sean las nuestras, que sus sufrimientos sean los nuestros, que podamos decir como san Pablo ‘¿Quién llora sin que yo no llore con él? ¿Quién ríe sin que yo no ría con él?’. Sentir el mundo desde el corazón de Cristo.

            A parte esta palabra del Señor nos indica que tenemos una cierta corresponsabilidad con lo que pase a nuestros hermanos: El día en que nosotros no ardamos de amor, nuestros hermanos mueren de frío. Dios ha querido que exista una preocupación de los unos por los otros. Lo peor que podemos decir es eso de ‘¿acoso soy yo el guardián de mi hermano?’. Pues claro que lo eres; y si tu no ardes, si tu no vives tu vida con fervor, alguien va a padecerlo, porque Dios ha pensado en ti como un instrumento para llegar a otros. Si un no es el padre que debe de ser; si no uno es la madre que debe de ser; si uno no es el sacerdote que debiera de ser… esa carencia va a ser notoria en el Cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia. ‘Nada más frío que un cristiano que se despreocupa de la salvación de los demás’, decía San Juan Crisóstomo.

            Luego también el evangelio profetiza que de aquí también se derivan divisiones: «¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? No, he venido a traer división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa…». Se refiere a que cuando el Señor nos llama a su seguimiento, primero nos implica, al implicarnos nos complica y finalmente nos simplifica. Es decir que vivir el evangelio es también complicarse, porque cuando uno sigue a Jesucristo con coherencia saltan chispas, habrá incomprensiones. El evangelio que es muy sincero nos previene que habrá incomprensiones y habrá también un nivel de persecución por fidelidad al evangelio.

            Pero esto no nos debe de acobardar, porque sabemos bien a quien seguimos.