sábado, 7 de enero de 2023

Homilía del Bautismo del Señor, año 2023

 

Bautismo del Señor en el Jordán, año 2023

8 de enero de 2023

            Hoy nos encontramos a Jesús con treinta años: Pasa de la vida privada a la vida pública con la que comienza su misión [Mt 3,13-17].

Jesús, que se encontraba en Galilea, al oír hablar de su primo Juan el Bautista se dirige hacia él, hacia el Jordán. Era prácticamente al otro lado del Jordán, en la zona oriental, la cual no dista mucho de Jericó. El cual fue el punto por el cual entró el pueblo de Israel para entrar a tomar posesión de la tierra prometida. Jesús y Juan se encuentran en la parte opuesta; y Juan, desde allí bautiza. Esto tiene un significado muy importante, porque significa que les está pidiendo que hagan otro éxodo, pero ya no de Egipto, sino de Israel. Les está diciendo que su vida es un auténtico desastre y deben de retomar su vida desde la raíz. Les está interpelando diciéndoles que ¿dónde está el espíritu de los verdaderos israelitas, de auténtico pueblo fiel de la alianza? Les está diciendo que vuelvan de nuevo al exilio y que una vez que hayan sido bautizados vuelvan de nuevo a la tierra prometida. Esta era la razón por la que los fariseos y saduceos estaban enfadados y por esta razón Juan el bautista les llamaba ‘raza de víboras’ ‘¿queréis huir de la ira de Dios?, ¡convertíos y dad frutos dignos de conversión!’.

Recordemos que en Jerusalén había más de cien piscinas en torno al Templo en las que se realizaba este tipo de rito. ¿Os acordáis del paralítico que no podía entrar en la piscina cuando se removían las aguas porque siempre otro se le adelantaba?, la piscina de Betesda [Jn 5, 1-16]. En Jerusalén ya existía este tipo de ritos y ya había lugares preparados para hacerlos. Este pasaje nos remite al episodio de Naamán el Sirio cuando por siete veces se bañó en el Jordán por siete veces [2 Re 5]. Sin embargo, Jesús va al río Jordán, y en concreto en la zona de la galilea de los gentiles, que tiene un claro significado bíblico y que tiene relación con el éxodo. Es tanto como decirles que, aunque están en Jerusalén están viviendo como lo hacían en Egipto, con el pecado que les está esclavizando. Y les está diciendo que ellos, que son el pueblo de la Alianza, pero viven sin ser consecuentes con ello, van a empezar un nuevo éxodo; y es una urgente llamada a que empiecen de una vez a convertirse. Les dicen que les conviertan.

El pueblo llano sí que iba donde Juan el Bautista porque veían una coherencia en ese hombre que había estado formándose en el monasterio de Qumrán con los esenios y que había pasado un tiempo de formación y después se retiró al desierto. Y cuando esto lo oyó Jesús, Jesús se dirigió de Galilea a ese punto, a la Transjordania, la galilea de los gentiles, tierra de Zabulón y Neftalí. Esta era una tierra de paganos, no era precisamente la tierra santa. Jesús les está diciendo, venid aquí, a esta tierra pagana para volver a entrar en la tierra prometida, pero siendo otras personas, viendo como seres resucitados, permitiendo que el Espíritu more en ellos. Ellos, Jesús, Juan el Bautista y todos los que deseaban ser bautizados estaban en tierra pagana, y les dice que ‘ahora tienen que empezar una vida nueva’.

Cristo, que estaba por ahí, se pone en la fila de los pecadores, y esto fue un escándalo de Juan el Bautista: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, y ¿eres tú el que viene a mí?». Juan el Bautista, que todavía está haciendo su camino, no entiende que Cristo, el hijo de Dios se presente como el hijo del hombre, el Jesús de Nazaret que asume nuestra condición y se pone en la fila de pecadores, aun no siendo pecador, se solidariza con el género humano hasta ese punto. Y Juan el Bautista se queda escandalizado porque también Juan tiene que realizar un proceso de maduración en la fe. Es importante de resaltar al contestación que Jesús da a su primo: «Deja eso ahora; pues conviene que cumplamos lo que Dios ha dispuesto». Ese ‘deja eso’ nos remite a las tentaciones de Jesús en el desierto cuando Jesús dice al demonio que no le moleste, que le deje, que se aparte. E incluso al mismo Pedro cuando le reprende diciéndole ‘apártate de mí Satanás, tu piensas como los hombres, no como Dios’. Juan el Bautista está en ese camino de conversión al Señor y por eso el mismo Juan se escandaliza de la actuación de Jesús. Jesús le da a entender a Juan que se aparte, que no le impida que él realice su misión. El problema de fondo es que a Juan le costaba aceptar el proyecto de Dios en su vida; a Juan se resistía a creer aquello que nos dice la carta a los filipenses: «El cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre (…)» [Fil 2, 6-8].

Jesús es bautizado y Juan se queda perplejo. Juan el Bautista había recibido una revelación que le dijo ‘cuando veas al Espíritu Santo posarse sobre él en forma de paloma, ese es el hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ [Cfr. Jn 1, 32-34]. Y es más, cuando a Juan el Bautista cuando le encarcelan, mandará a sus discípulos para que le pregunten a Jesús ‘¿eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro?’ [Cfr. Lc 7, 20]. Esto formaba parte del proceso de maduración en la fe del propio Juan el Bautista.

Jesús, al quedar sumergido en el río Jordán, es como si se solidarizara con el hombre viejo, el Adán, que muere en el río Jordán -las aguas representan la muerte- para pasar de una vida de esclavitud -el pecado- a una vida de libertad -la gracia divina-. Cristo sale de las aguas, no como Jesús de Nazaret, sino como el Hijo de Dios ‘este es mi Hijo muy amado’. Y Jesús se dirige después, con sus discípulos hacia la tierra prometida. Jesús, junto con sus discípulos, entra en la tierra prometida, entra en Israel, tal y como lo hizo el pueblo hebreo después de los cuarenta años peregrinando por el desierto tras salir de la esclavitud del faraón de Egipto.

Dios se nos da, sin que nosotros le busquemos, porque estamos muy distraídos. Porque estamos muy ocupados con nuestras cosas, con nuestros cumplimientos y todas esas cosas… y es el Señor quien se nos presenta y se nos ofrece y se nos revela a la humanidad. Y ahora la segunda parte es que nosotros nos despertemos y empecemos a ir con Él, detrás de Él, ¡que vayamos detrás de Jesucristo!


jueves, 5 de enero de 2023

Homilía de la Epifanía, Año 2023, Ciclo A


 Epifanía del Señor, año 2023, Ciclo A

            Hoy la Iglesia nos regala el capitulo dos de san Mateo [Mt 2,1-12] y nos invita a distanciarnos de todo aquello que nos pueda distorsionar su sentido más profundo. El evangelio nos habla de un rey, del rey Herodes, el cual era un rey ilegítimo. Era ilegítimo porque no tenía sangre judía en las venas y por lo tanto no podía ser rey de los judíos. Y era un rey tan sospechoso que pensaba que en cualquier momento alguien podía quitarle el trono, de tal modo que él mismo mando matar a sus propios hijos. Y en medio de este contexto de tensión aparecen unos magos diciendo «¿dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?».

Aparecen unos magos venidos de oriente. En aquel tiempo el término ‘mago’ se entendía como el adivino, el engañador, el astrólogo. De tal modo que era una actividad que venía prohibida en el libro del Levítico capítulo 19, de tal modo que en el primitivo catecismo cristiano ‘Didajé’ -palabra hebrea que significa enseñanza- el ejercer como mago estaba prohibido.

Por lo tanto, en cuanto paganos y en cuanto magos, desde el punto de vista del Antiguo Testamento eran los que estaban más alejados de Dios.  El evangelista quiere significar que el amor universal de Dios se extiende en todas partes y por todas partes: El amor de Dios es para todos y todos lo reciben con la misma calidad, incluso para aquellas personas a las que podríamos considerar despreciables.

Los magos vienen de oriente hacia Jerusalén. Y realmente los magos se confunden al ir a Jerusalén, la ciudad santa, porque Jesús no nació en Jerusalén, la ciudad santa. Jesús nace a las afueras de un pueblo llamado Belén, que significa en hebreo ‘casa del pan’. Recordemos que Cristo es el pan vivo bajado del Cielo y nace a las afueras de Belén como los excluidos, como los marginados.

Los magos van a Jerusalén, pero no van al Templo. Esto es significativo: ¿dónde van a buscar al Dios que se revela? El pueblo judío buscaba a Dios en el Templo. Cristo se revelará como aquel que muere fuera del recinto sagrado, y será colgado del madero fuera de la ciudad santa. Pues Jesús nace también fuera de la ciudad santa, nace en Belén. Dios no se hace contemporáneo ni cómplice de aquel aparato religioso; ausente totalmente de aquel aparato de la jerarquía religiosa. Y van a buscarle al castillo de Herodes, y el mismo Herodes no sabe ni dónde ni cómo buscar a ese niño recién nacido. Serán las profecías las que indican esta revelación de Dios.

El evangelista contrapone a dos reyes: a Herodes y al niño recién nacido. Los magos dicen «hemos visto salir su estrella». Los magos han sido guiados por una estrella. Los magos eran sobre todo astrólogos y se dejaban guiar por la manifestación de la naturaleza, porque Dios también se manifiesta en la naturaleza; en todo lo creado. Los magos que venían de otras religiones buscan caminos para encontrar a Dios. Los magos no siguen los caminos habituales, como hubiera sido lo más normal al acudir al Templo de Jerusalén. Ellos van a preguntar a otro rey. Y el otro rey está totalmente desorientado porque Dios se manifiesta en el hombre, en los pobres, en la miseria, en la humildad. Ante esto se plantea una cuestión ¿dónde buscamos a Dios? ¿lo buscamos en la práctica religiosa del cumplimiento y lo excluimos tan pronto como salimos a la vida cotidiana?

Esa estrella no la van a encontrar en los cielos, sino en la tierra. En aquel tiempo se pensaba que cuando nacía alguien muy importante aparecía una nueva estrella en el firmamento. Dice la Palabra que cuando escuchó esto el rey Herodes se quedó turbado, se sobresaltó. El rey Herodes era un rey que había usurpado el trono y ahora tenía miedo de perderlo. Se cuenta que toda Jerusalén se sobresaltó con Herodes, porque Jerusalén había usurpado el papel de ser el pueblo de Dios. Jerusalén se había configurado a su imagen y semejanza el modo de cómo actuar ante Dios, como un negocio, como un intercambio, y Jerusalén tenía miedo de perder el Templo.  Y ese Templo presentaba una imagen de Dios falsa, el cual no corresponde para nada al Padre de Jesús.

Nos dice el evangelista que el rey Herodes dijo a los magos «id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Aquí vemos como el evangelista presenta una imagen del poder que siempre es mentiroso y asesino. Mentiroso porque impone su poder usando de las mentiras y del engaño; y asesino porque lo defiende con la violencia. El evangelista nos pone sobre aviso sobre el modo de cómo se ha de ejercer el poder: desde el servicio.

Una vez que los magos han descubierto al autor de la vida, se arrodillan y le adoran, «ellos vuelven a su tierra por otro camino». Los magos buscaban al rey de los judíos usando de la religiosidad natural con tintes idolátricos, pero ellos vuelven con una religiosidad evangélica. Uno, con la religiosidad natural, buscamos a Dios en las prácticas religiosas, pero hay ellos llenaron su vida con el contenido cristiano, por eso se fueron por otro camino. Los magos han descubierto que amando sin medida, que anunciando con su vida lo que ellos allí han sido testigos todo adquiere un nivel sobrenatural. Que donde antes estaba un horno de odio en el corazón, ahora se torna en amor. Que uno cuanta con la ayuda de Dios para amar sin reservas, que todo pecado tiene su perdón, que toda herida tiene su cicatrización, que todo error tiene su solución. Y cuando los magos han descubierto la belleza de este gran tesoro, ellos «se retiran a su tierra por otro camino». Jesús se manifiesta de un modo que nos cambia todos los esquemas.

El evangelista cuando usa el término «se retiraron a su tierra por otro camino». Esta es una expresión muy rara que nos encontramos en el primer libro de los Reyes [1 Re 13, 9s] donde se nos indica el santuario de Betel donde se adoraba al becerro de oro, a la idolatría. El evangelista quiere indicar que Jerusalén es la antigua Betel, una ciudad idólatra y ellos se deben de distanciar de ese lugar.


domingo, 25 de diciembre de 2022

Homilía de Navidad 2022

 


Navidad 2022

            El transcurso del tiempo y la rutina de las cosas nos han ido deformando el modo de cómo debemos de descubrir la novedad de lo que vamos viviendo. Sin embargo, no olvidemos de un hecho incuestionable: Dios habla en medio de tu historia personal. Hay momentos en los que el Señor permite determinadas cosas, las cuales nos puede desencajar el corazón o generar un sufrimiento que se ancla en el ser y te va rasgando interiormente. Todo esto generaría una profunda desesperación y un deseo de ‘tirar la toalla’, de no seguir luchando porque uno puede considerar que la guerra la tiene uno perdida: Un matrimonio fracasado, un proceso de nulidad matrimonial que revela la realidad de lo que has vivido, un noviazgo roto, un empleo que nunca llega, unos problemas con los hijos de los que uno no sabe ni cómo resolverlos, una enfermedad que limita tus capacidades, una profunda decepción o un severo disgusto del que mana lágrimas... De tal modo que todos o cada uno de estos acontecimientos te van proporcionando la certeza de que lo vivido anteriormente es fruto de un fracaso, de una pérdida de tiempo, de un esfuerzo infructuoso. Por lo menos eso es lo que el Demonio quiere que creas; es más, desea que te convenzas que todo o la mayor parte de las cosas que haces no es más que una sucesión de fracasos y de decepciones. Te hace caer en la convicción de que nadie te quiere, que estas solo en medio de tu pecado, de tu tristeza, de tu angustia, de tu sufrimiento. Esta es la táctica del Demonio; aislarte para demolerte.

Sin embargo, aquel que tiene poder de sacar hijos de Abrahán de las piedras; aquel que creo la luz cuando nada existía; aquel que hizo salir agua de una roca en medio del desierto y que alimentó al pueblo de Israel en el desierto; aquel que es fiel en medio de nuestras infidelidades te dice: «Te quiero». Es entonces cuando eso que antes era imperdonable, dolorosísimo, ese severo disgusto que te arrastraba hacia la oscuridad con la suma violencia de un huracán va perdiendo intensidad y los nubarrones se van retirando permitiendo que los rayos solares lleguen a su destino. Me resuenan aquellas palabras del Papa San Juan Pablo II pronunciadas en 1987 en Chile: «¡Dios siempre puede más!».

            Si este Niño no hubiera nacido, toda nuestra vida se podría reducir a una simple hoja de un árbol caída al suelo, llamada a desaparecer sin importar a nadie: Todo para nada. Sin embargo, hoy celebramos que el Hijo del Altísimo se ha hecho carne y el amor es más fuerte que el odio o el dolor. «Sólo el amor es el que da valor a todas las cosas». Esta frase no es mía, es de Santa Teresa de Jesús. Ella sufrió muchísimo por parte de aquellos que deberían haberla apoyado, experimentó numerosas incomprensiones y persecuciones. Y apoyándose en el que es la Vida, salió triunfante de tales batallas. Y el amor es Cristo, y es Cristo, el mismo que te saca de la fosa de la muerte, te devuelve la dignidad, te seca las lágrimas de tus ojos, te cura la herida y pone a ángeles en tu camino para ayudar a recuperarte.

            Este Niño que hoy ha nacido tiene el poder de reconstruir lo que hemos destruido, de sanar lo que hemos herido, de reparar lo que hemos dañado. Dios siempre pone a ángeles que nos protegen en el camino. Siempre que Cristo ha entrado en escena en la vida de alguien, esa vida se ha recompuesto, se ha regenerado, se ha sanado. De tal modo que de un mal, teniendo a Jesús con nosotros, se revierte en un bien.


sábado, 5 de noviembre de 2022

Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C -La vida que genera Dios no desaparece-

 


Homilía del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, ciclo C, 6 noviembre 2022

Lc 20, 27-38 -La vida que genera Dios no desaparece-

 

            Hermanos estamos ya en la conclusión del año litúrgico.

Primero, para poder entenderlo, es preciso contextualizarlo: Éste es el penúltimo domingo. Después tenemos el domingo XXXIII -donde se nos entregará el discurso escatológico, el discurso de los últimos tiempos- y posteriormente la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo con el que se concluye el año litúrgico. Estamos acercándonos a la conclusión del año litúrgico y tenemos que relacionarlo con las celebraciones que hemos tenido últimamente, el día de todos los Santos y los fieles difuntos. Y el evangelio de hoy hay que encuadrarlo en este contexto porque el tema de este domingo es la resurrección. Y hablar de la resurrección al estar concluyendo este tiempo litúrgico es tanto como decir que estamos viviendo en la esperanza de la realidad futura que tiene que venir. Por eso empezaremos el próximo nuevo año litúrgico con el tiempo de adviento que es la invocación del ‘Maranatha’, ‘ven Señor Jesús’.

            Recordemos que habíamos dejado a Jesús en Jericó [Lc 19, 1-10], es decir a las puertas de Jerusalén. En este domingo vemos ya a Jesús en Jerusalén [Lc 20, 27-38]. Semanas antes de la pasión y muerte de Jesucristo tienen lugar las llamadas disputas de Jesús con los fariseos, los saduceos, los herodianos y con algunos otros más. Esas disputas son las que empujan el proceso de capturar a Jesús y de condenarlo a muerte. Tienes disputas Jesús por cuestiones de la Ley, por cuestiones del Templo, de la observancia. Cuando Jesús tiene las disputas con los fariseos. Los fariseos eran la clase judía más observante y eran los mejor vistos por la gente, eran personas que vivían la observancia de la Ley y no pertenecían a la institución sacerdotal. Eran gente honesta y cumplidora, eran escrupulosamente cumplidora, muy diferente de lo que nosotros entendemos por el término ‘fariseo’. Sin embargo, la gente no aguantaba a los saduceos. Los saduceos eran los que formaban parte de la institución sacerdotal, eran de la alta sociedad y eran los que ‘cortaban el bacalao’ de todo el dinero que se recaudaba para el Templo. Los saduceos vivián a costa del dinero del Templo.

            Y Jesús, después de tener disputas con los fariseos tendrá disputas con los saduceos. Cuando Jesús hizo callar a los fariseos, fueron inmediatamente los saduceos para plantearle cuestiones delicadas para ponerlo a prueba. Los saduceos estaban que rabiaban con Jesús, porque Jesús estaba atacando la mamandurria, ya que ellos vivían del cuento, sin hacer nada. Los saduceos se la tenían jurada por todo lo que les hizo en el Templo al volcarles las mesas de los cambistas, hizo un látigo con las cuerdas y les echó a todos [Cfr. Jn 2, 13-17]. Cuando Jesús dijo que ‘habéis convertido mi casa en cueva de ladrones’, pues eso iba dirigido sobre todo a los saduceos que son los recaudadores. Jesús era para ellos un serio problema porque les estaba atacando lo que a ellos les daba de comer.

Y por este motivo los saduceos en una de las disputas que tienen con Jesús le presentan la cuestión de la resurrección. Porque mientras los fariseos habían aceptado la tradición que hacía referencia a los Macabeos, que es el texto de la primera lectura de hoy, [2 Mac 7,1-2,9-14] de la resurrección, el volver otra vez a la Vida. Sin embargo, los saduceos se mofaban de esta creencia de los fariseos. ¿Por qué? Porque se encontraban muy satisfechos de su situación económica, eran los que ‘cortaban el bacalao’ y no les interesaba a ellos la vida de después. A los saduceos les interesaba la vida en el momento presente. Los saduceos querían sobre todo vivir el culto, atraer la bendición de Dios sobre el pueblo y sobre ellos mismos, porque eso les generaba unos ingresos económicos bastante considerables. La bendición de Dios conllevaba la prosperidad material y la abundancia de los hijos, en la línea de lo prometido a Abrahán ‘tu descendencia será tan abundante como las estrellas del cielo’. Por lo tanto, a los saduceos no les importaba, para nada, el más allá. Una vez que se morían se acababa todo. Los saduceos se mofaban abiertamente de esto de la resurrección. ¿En qué se basaban los saduceos para afirmar esto? En el Pentateuco, es decir en la Torah. Los saduceos no hacían tanto caso a los profetas. Mientras que para los fariseos era importante toda la sabiduría y toda la tradición profética, para los saduceos principalmente era la Torah, los cinco libros del Antiguo Testamento, sobre todo el Levítico y el Deuteronomio. Estos eran sus libros de referencia. Y mira por dónde, los saduceos hacen referencia a esos libros cuando hablaban con Jesús en la disputa para argumentar que no existe resurrección: Los saduceos hacen referencia a Moisés diciendo que no existe resurrección. Y los saduceos ponen el ejemplo de la mujer viuda de siete maridos, que al final murió la mujer. Y le preguntan los saduceos a Jesús: «¿de cuál de ellos será la mujer?». Es entonces que ponen ese caso porque tienen presente el caso de Tobías y su mujer, Sara [Tob 7, 6-14]. En ese caso de Sara que había estado casada con siete maridos y los siete murieron en la cámara nupcial durante la noche.

Los saduceos sacan a la luz ese caso y dicen que, si ha tenido siete maridos, en la resurrección de los justos ¿de quién será la esposa? Esta pregunta está haciendo referencia a la ley de Moisés del levirato. Si moría un hombre dejando a la mujer sin descendencia el hermano tenía que casarse con ella para dar descendencia a la familia y sobre todo para los temas de la herencia, para que el dinero no saliera de casa, acumular los capitales.

Y entonces Jesús haciendo referencia al libro del Levítico -libro que los saduceos admitían- les dice que el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob no es Dios de muertos, sino de vivos. La imagen que Dios les trasmite, iluminando e interpretando la imagen que han recibido del Antiguo Testamento, es que en el momento en que Dios es ‘el Dios de Abrahán’, ‘de Isaac’ ‘y de Jacob’, está diciendo que Dios no es el Dios de una nación en el sentido geográfico, sino que es el Dios de un pueblo en el sentido personal. Es un Dios que ama personalmente y que es el Dios quien les da la vida.

Y Jesús da un paso más para clarificar cuando dice que ya no estarán casados ni solteros, sino que serán ‘como los ángeles de Dios’ porque han nacido de Dios.  Aquí está la cuestión: han nacido de Dios. Los ángeles son generados por Dios, no tienen vida biológica, les genera Dios y por lo tanto es el amor. El amor y la elección de Dios va más allá del aspecto biológico, les genera como los ángeles. El amor de Dios no sólo nos ha proporciona una vida biológica, sino que su propio amor nos genera como lo hace con los ángeles. Ese amor hace imposible que mueran. El amor de Dios es lo que nos impide morir, porque el amor no muere. Es el amor de Dios el garante de nuestra vida, hasta el punto que no puede permitir que una cosa amada desaparezca. El amor de Dios genera vida y la vida que genera Dios no desaparece.

No es el dios de las otras civilizaciones como las egipcias o de la civilización griega o romana. No es el dios del panteón. No es un Dios geográfico, es un Dios personal que ama a las personas y a las cuales, aunque parezcan que están muertas, si Dios los ha amado quiere decir que no pueden desaparecer. Por eso hace referencia a los ángeles de Dios porque han sido generados por Él y no biológicamente. No pueden estar muertos porque han vivido en el amor de Dios y el amor de Dios no conduce a la muerte. Y el ejemplo lo tenemos en Cristo que fue entregado a la muerte, pero la muerte no podría tenerlo ni retenerlo como prisionero.