lunes, 6 de julio de 2026

Madurez, noviazgo y vida compartida en tiempos líquidos - Madurar no es cumplir años: La orquesta interior

 

Amar sin perderse

Madurez, noviazgo y vida compartida en tiempos líquidos

Capítulo 2ºA

Madurar no es cumplir años:

la orquesta interior

Escucha aquí el episodio completo:

 

Susana tiene veinticinco años y está mirando una pantalla como si en esa pantalla se estuviera decidiendo su vida entera.

No exageremos; ella sabe que no se está decidiendo su vida entera. Al menos, una parte sensata de ella lo sabe. Pero hay otra parte —bastante más ruidosa— que no está tan convencida.

Ha escrito a Rodrigo hace veintisiete minutos.

“¿Todo bien? Te noto raro”.

Rodrigo tiene veinticuatro años. Ha leído el mensaje. No ha contestado. Pero está en línea.

Y esa pequeña frase, “está en línea”, que debería ser un dato técnico sin más, se convierte dentro de Susana en una especie de campana de alarma. Empieza el concierto.

Una voz dice: “Tranquila, estará ocupado”. Otra responde: “Ocupado, sí, claro, pero para mirar el móvil sí tiene tiempo”.
Otra se pone dramática: “Ya sabía yo que algo pasaba”.
Otra, más orgullosa, propone una estrategia militar: “No le escribas más. Cuando conteste, tú tardas el doble”. Y otra, más herida, susurra: “Igual no le importas tanto”.

Susana bloquea el móvil. Lo deja encima de la mesilla. Se tumba. Lo vuelve a coger. Mira si sigue en línea. Se enfada con Rodrigo. Se enfada consigo misma por enfadarse. Se promete no mirar más. Mira otra vez.

En algún momento, casi sin querer, aparece una pregunta distinta: ¿Por qué me afecta tanto?. Esa pregunta vale oro. Porque madurar empieza muchas veces ahí; no cuando tenemos todo controlado, sino cuando dejamos de correr y nos atrevemos a mirar qué está pasando dentro.

Rodrigo, mientras tanto, está en su habitación. No está enfadado con Susana. No quiere hacerle daño. De hecho, la quiere. Pero lleva días notando que ella desea hablar de cosas que a él le incomodan, cosas tales como hacia dónde va la relación, cómo viven la fe, qué lugar tiene el compromiso entre ellos, qué límites quieren cuidar, si lo suyo es solo una etapa bonita o un camino serio. Rodrigo no sabe qué contestar. Y cuando no sabe qué contestar, hace lo que tantas personas hacen: Desaparece un poco.

Abre Instagram. Luego un vídeo. Luego otro. Mira el mensaje. Lo deja para después. Ese “después” tan útil, tan flexible, tan aparentemente prudente, que muchas veces significa: “ojalá esto se resuelva solo sin que yo tenga que mirar demasiado dentro”.

Susana y Rodrigo no son un desastre. No son malos. No son una caricatura. Son jóvenes adultos, se quieren, tienen fe a medio ordenar, heridas que todavía no saben nombrar, deseos buenos, miedos escondidos, impulsos, orgullo, inseguridades y una enorme capacidad de crecer. Como casi todos.

Este capítulo no pretende juzgarlos. Quiere acompañarlos. Y, al acompañarlos, quizá ayudarnos a mirar nuestra propia orquesta interior.

Porque dentro de cada persona suenan muchas voces: La voz del miedo. La voz de la herida. La voz del deseo. La voz del orgullo. La voz de la conciencia. La voz del cuerpo cansado. La voz de la memoria. La voz de la fe. La voz de Dios. La voz de lo que otros dijeron de nosotros. La voz de lo que soñamos ser. La voz de lo que no nos atrevemos a reconocer.

Madurar no es callarlo todo. Madurar es aprender quién debe dirigir.

1.- Tener edad no significa tener madurez

Susana tiene veinticinco años. Rodrigo, veinticuatro. Ya no son adolescentes. Tienen estudios, trabajos o proyectos, amigos, cuentas que pagar, decisiones que tomar, cierta autonomía y esa sensación tan curiosa de estar empezando a ser adultos mientras por dentro uno a veces sigue buscando instrucciones.

La edad cronológica avanza sola. No hay que hacer nada especial para cumplir años. Basta con seguir viviendo, soplar velas cuando toca y fingir entusiasmo si alguien vuelve a hacer la broma de “ya te estás haciendo mayor”. Pero la edad psicológica no avanza sola.

La edad psicológica se nota en cómo respondemos a la realidad. No en lo que decimos cuando estamos tranquilos, sino en lo que hacemos cuando algo nos frustra: Cuando no me contestan. Cuando me corrigen. Cuando alguien me dice que no. Cuando un plan se cancela. Cuando mi pareja no reacciona como yo esperaba. Cuando tengo que pedir perdón. Cuando tengo que esperar. Cuando aparece una tentación. Cuando Dios no parece responder a mi ritmo. Cuando el otro no se ajusta al guion que yo había escrito en mi cabeza. Ahí se ve la madurez.

Con todo a favor, casi todos parecemos equilibrados. Si he dormido bien, he desayunado, me han tratado con cariño, me han contestado los mensajes, no hay tráfico, nadie ha tocado mis planes y además encuentro sitio para aparcar, soy una persona encantadora. Casi mística.

El problema es que la vida no siempre colabora con nuestra santidad de laboratorio. La madurez aparece cuando la realidad no obedece.

Susana no está sufriendo solo porque Rodrigo no conteste. Está sufriendo porque ese silencio toca un miedo más profundo: “¿Y si no soy importante? ¿Y si soy demasiado intensa? ¿Y si me dejan? ¿Y si quiero más de lo que él quiere?”.

Rodrigo no evita solo un mensaje. Evita una conversación que le obligaría a mirar sus propios miedos: Miedo a comprometerse, miedo a equivocarse, miedo a perder libertad, miedo a no estar a la altura, miedo a que amar de verdad le pida salir de sí mismo.

La inmadurez no consiste en tener miedo. Todos tenemos miedo. La inmadurez no consiste en tener heridas. Todos llevamos alguna. La inmadurez no consiste en necesitar amor. Todos necesitamos amor.

La inmadurez aparece cuando el miedo manda, la herida decide, el impulso conduce y la conciencia se queda atrás, como pasajera sin voz.

Madurar es poder decir: “Esto me duele, pero no voy a destruir”; “Esto me asusta, pero no voy a huir”; “Esto me enfada, pero no voy a humillar”; “Esto me atrae, pero no voy a usar al otro”; “Esto me cuesta, pero quiero elegir el bien”. No es ausencia de emoción, es gobierno interior.

2.- La orquesta interior:

Cuando todo toca a la vez

La personalidad se parece a una orquesta. Dentro de nosotros hay muchos instrumentos: Inteligencia, voluntad, afectividad, memoria, imaginación, cuerpo, conciencia, deseo, miedo, heridas, historia familiar, fe, cansancio, culpa, esperanza, orgullo, sentido del humor y alguna manía que quizá no reconocemos, pero que los demás conocen con bastante precisión.

Cada instrumento tiene su función: La inteligencia ilumina. La voluntad elige. La afectividad vincula. La memoria conserva la historia. El cuerpo avisa. La imaginación anticipa. La conciencia orienta. La fe abre la vida a Dios. La gracia levanta lo que nosotros solos no sabemos ordenar.

El problema empieza cuando un instrumento quiere dirigir toda la orquesta.

En Susana, esa noche, toca muy fuerte la afectividad herida. Su imaginación escribe una película completa a partir de un silencio. Su memoria abre archivos antiguos. Su cuerpo entra en alerta. Su autoestima se tambalea. Su voluntad se debilita y le pide mirar otra vez el móvil, como si en esa comprobación fuera a encontrar paz. No la encuentra. La comprobación tranquiliza diez segundos y luego pide otra dosis.

En Rodrigo toca muy fuerte el miedo. Miedo a hablar. Miedo a que una conversación seria le quite libertad. Miedo a decepcionar. Miedo a que Susana le pida una madurez que él todavía no sabe si tiene. Entonces su voluntad se esconde detrás de una excusa: “Ahora no es buen momento”. Y, curiosamente, nunca parece ser buen momento para las conversaciones que más necesitamos.

Cuando la emoción dirige, la vida se vuelve montaña rusa. Cuando dirige el miedo, la vida se encoge. Cuando dirige el orgullo, pedir perdón parece una derrota. Cuando dirige la herida, el presente paga deudas del pasado. Cuando dirige el cuerpo cansado, cualquier conversación parece insoportable. Y conviene decirlo: A veces uno no está ante una gran crisis afectiva; a veces lleva tres noches durmiendo mal. El cuerpo también participa en la madurez. No somos ángeles con ojeras.

Cuando dirige la conciencia iluminada por la fe, aparece otra música. No siempre fácil, pero más verdadera. La persona empieza a preguntarse: “¿Qué está pasando dentro de mí? ¿Qué debo hacer con esto? ¿Qué me pide el amor? ¿Qué me pide Dios?”.

Madurar no significa que la orquesta suene perfecta. Significa que poco a poco deja de dirigir el instrumento más ruidoso.

Una persona madura no es la que no desafina nunca. Es la que aprende a volver al tono.

3.- La sociedad líquida

también entra en casa

Susana y Rodrigo no viven en una burbuja. Nadie vive en una burbuja, aunque algunos perfiles de Instagram se esfuercen mucho en parecerlo.

Viven en una sociedad rápida, emocional, cambiante, llena de estímulos, con mucha información y pocos silencios. Una sociedad donde todo parece provisional: Los trabajos, los vínculos, las opiniones, los planes, los cuerpos, las identidades, las promesas. Todo se puede revisar, borrar, cambiar, bloquear, sustituir. Eso afecta a la madurez.

A Susana le afecta porque vive comparándose. Ve parejas que parecen felices todo el tiempo. Fotos con frases preciosas. Aniversarios perfectos. Viajes perfectos. Declaraciones perfectas. Y luego mira su relación real: Mensajes mal entendidos, cansancio, dudas, conversaciones aplazadas, miedos. Claro, comparada con el escaparate de los demás, su vida parece menos brillante. Pero una cosa es una relación y otra un escaparate con buena luz.

A Rodrigo le afecta de otra forma. Él ha crecido escuchando que lo importante es no atarse demasiado pronto, no perder oportunidades, centrarse en crecer, viajar, trabajar, vivir experiencias, no complicarse. Algunas cosas son buenas. El problema aparece cuando esa mentalidad convierte todo compromiso en amenaza.

La sociedad líquida enseña a tener siempre una puerta abierta. Pero el amor serio necesita aprender a cerrar algunas puertas para poder abrir una casa.

También vivimos en una especie de bulimia informativa. Susana y Rodrigo han visto vídeos sobre autoestima, relaciones sanas, señales de alarma, apego evitativo, apego ansioso, heridas familiares, límites, red flags, green flags y todo tipo de banderas, y formas de querer sin hacerse daño.

Saben palabras. Muchas. Pero a veces, en el momento concreto, no saben qué hacer con su corazón. Tener vocabulario psicológico no siempre significa haber madurado. A veces solo significa que explicamos mejor nuestras inmadureces.

La información ayuda cuando se convierte en criterio. Si no, se convierte en ruido. Y el ruido no ordena la orquesta; la agita.

Por eso la madurez necesita silencio, lectura, conversación buena, referentes, oración y hábitos. Necesita raíces y alas. Raíces para no vivir arrastrados por cada moda emocional. Alas para crecer, decidir y amar sin miedo.

Raíces sin alas pueden volverse rigidez. Alas sin raíces se convierten en dispersión.

4.- “Yo soy así”:

Cuando la sinceridad se convierte en coartada

Rodrigo tiene una frase que usa mucho: “Es que yo soy así. Me agobio con estas cosas”.

Susana tiene la suya: “Es que yo siento mucho. No puedo evitarlo”.

Las dos frases tienen parte de verdad. Rodrigo se agobia. Susana siente mucho. El problema empieza cuando una verdad parcial se convierte en permiso permanente para no crecer.

Yo soy así” puede ser una frase sana si significa que conozco mi temperamento, acepto mi historia, no quiero fingir lo que no soy.

Pero puede ser una cárcel si significa que no pienso revisar mis reacciones, mis miedos, mis salidas de tono, mis huidas, mis dependencias ni mis maneras de hacer daño: Hay quien dice “soy muy directo” cuando en realidad es hiriente. Hay quien dice “soy muy sensible” cuando convierte cada emoción en chantaje. Hay quien dice “necesito espacio” cuando lo que hace es desaparecer sin responsabilidad. Hay quien dice “soy intenso” cuando vive desde la dependencia emocional. Hay quien dice “tengo carácter” cuando no sabe gobernar un enfado. Hay quien dice “perdono, pero no olvido” cuando en realidad está guardando munición para la próxima discusión.

La madurez no destruye el carácter. Lo educa.

Si Susana siente mucho, no necesita volverse fría. Necesita aprender a distinguir entre amor y ansiedad, entre intuición y miedo, entre necesidad de hablar y necesidad de controlar.

Si Rodrigo se agobia, no necesita convertirse en una roca sin emociones. Necesita aprender a no huir, a decir la verdad, a pedir tiempo sin desaparecer, a mirar sus miedos con honestidad.

En cristiano, esto se llama conversión. No una palabra triste, sino profundamente esperanzadora. Convertirse no es odiarse. Es dejar que Dios toque lo que en mí está desordenado para que pueda amar mejor.

La gracia no destruye la personalidad. La purifica. Dios no canoniza nuestro mal carácter, sino que lo llama a la Pascua.

5.- Heridas:

Cuando el pasado contesta por nosotros

Susana no reacciona solo al mensaje no contestado. Su reacción tiene raíces.

De niña fue muy comparada con una hermana más segura. En el colegio tuvo una amiga que un día dejó de contar con ella sin explicaciones. En una relación anterior se sintió usada. En casa la querían, pero no siempre se expresaba el cariño con palabras. Susana aprendió a estar pendiente de señales. Un tono. Un silencio. Un cambio de humor. Una tardanza. Cualquier cosa podía significar: “algo va mal”.

Rodrigo tampoco reacciona solo a Susana. Él viene de una familia donde las conversaciones importantes terminaban muchas veces en discusión. Su padre era trabajador, responsable, pero poco expresivo. Su madre sostenía mucho, quizá demasiado. Rodrigo aprendió que hablar de emociones complica la vida. Aprendió a ser eficaz, simpático, autónomo. Pero cuando alguien le pide hondura, se siente torpe. Como si le pidieran tocar un instrumento que nunca le enseñaron.

Nadie llega al amor con la mochila vacía. Todos llevamos historia. Y la historia influye.

Una persona que fue abandonada puede interpretar cualquier distancia como amenaza. Una persona muy controlada puede vivir el compromiso como cárcel. Una persona herida por la crítica puede defenderse incluso de una corrección hecha con amor.
Una persona poco mirada puede necesitar aprobación constante.
Una persona que vio rupturas dolorosas puede desear casarse y, al mismo tiempo, tener pánico a repetir lo que vio.
Una persona herida en su cuerpo puede necesitar mucho camino para vivir la intimidad con paz. Las heridas explican. Pero no justifican todo. Esta frase conviene repetirla despacio.

Si Susana tiene miedo al abandono, merece comprensión. Pero no tiene derecho a vigilar, acusar o controlar a Rodrigo.

Si Rodrigo tiene miedo al compromiso, merece comprensión. Pero no tiene derecho a desaparecer, dejar a Susana en incertidumbre o esconderse detrás de bromas. La herida necesita compasión. Y también responsabilidad.

Desde la mirada cristiana, esto es muy importante. No todo es pecado ya que hay heridas, miedos, historia, fragilidad, condicionamientos. Pero tampoco todo es herida, ya que hay decisiones libres, egoísmos, huidas consentidas, mentiras, orgullo, manipulación, falta de caridad.

La gracia no nos invita a elegir entre psicología y fe. Nos invita a integrar. Lo que necesita sanación, que sea sanado. Lo que necesita perdón, que sea perdonado. Lo que necesita conversión, que empiece a cambiar.

Dios no mira a Susana ni a Rodrigo como expedientes defectuosos. Los mira como hijos llamados a una vida más grande que sus heridas.

6.- Frustración:

Cuando la vida no entrega el vaso azul

La frustración no suele caer bien, es más tiene mala prensa. No se presenta con flores. Aparece cuando algo no sale como queríamos.

A Susana le frustra que Rodrigo no conteste como ella necesita. A Rodrigo le frustra que Susana quiera hablar justo cuando él preferiría dejarlo para otro día, otro mes, otra etapa de la historia universal. Y, sin embargo, sin frustración no hay madurez.

Un niño pequeño puede montar una tragedia porque quería el vaso azul y le han dado el verde. Tiene tres años. Se entiende. Lo preocupante es tener veinticinco, treinta o cuarenta y vivir igual cada vez que la realidad no entrega el vaso azul: “Si no responde, es que no le importo”; “Si me corrige, es que no me valora”; “Si me dice que no, es que me rechaza”; “Si me pide hablar, es que me quiere controlar”; “Si Dios no me concede esto, es que no me escucha”; “Si amar cuesta, es que no era amor”.

La inmadurez convierte el límite en amenaza. La madurez aprende a preguntar: “¿Esto es una amenaza real o una frustración que tengo que aprender a tolerar? ¿Esto me destruye o me educa? ¿Estoy sufriendo por amor o porque mi orgullo no soporta no mandar?”.

La frustración nos enseña algo básico: No soy el centro. Y eso no es una humillación, sino que es una liberación. Porque si no soy el centro, no tengo que controlarlo todo. No tengo que tener siempre razón. No tengo que poseer al otro. No tengo que vivir como si cualquier límite fuera una ofensa personal.

En el fondo, muchas inmadureces tienen una raíz espiritual: Querer ocupar el lugar de Dios. Decidirlo todo. Controlarlo todo. Convertir mi deseo en ley. Hacer que el otro gire a mi alrededor.

La gracia nos devuelve a nuestro sitio: Criaturas amadas, no dioses agotados.

Aceptar que no soy el centro me permite amar. Porque el amor empieza cuando el otro deja de ser un satélite de mis necesidades y vuelve a ser una persona.

7.- Autogobierno:

El segundo en que la vida puede cambiar de dirección

Rodrigo coge el móvil. Va a contestar. Tiene varias opciones.

Puede escribir: “No empieces”. Puede escribir: “Qué pesada con lo mismo”. Puede mandar un emoticono de esos que pretenden arreglarlo todo y no arreglan nada. Puede no contestar y esperar que el Espíritu Santo haga lo que a él le toca. O puede respirar y escribir: “Perdona. Estoy agobiado y no sé explicarme bien. No estoy enfadado contigo. ¿Podemos hablar mañana con calma?”. No es una frase heroica. No saldrá en una placa conmemorativa. Pero es un acto de madurez.

Susana también tiene opciones.

Puede contestar: “¡Ah!, ¡ahora apareces!”. Puede escribir un párrafo larguísimo, con introducción, desarrollo, conclusión y bibliografía emocional. Puede castigar con silencio. O puede decir:

Gracias por decírmelo. Me he sentido insegura. Mañana hablamos”. Ahí se juega mucho.

El autogobierno es ese espacio entre lo que siento y lo que hago. Entre el impulso y la palabra. Entre la herida y la respuesta. Entre la tentación y el acto. Entre el miedo y la decisión.

Una persona sin autogobierno vive secuestrada por lo que siente. Si se enfada, hiere. Si se asusta, huye. Si se siente sola, se engancha. Si se siente insegura, controla. Si desea, toma. Si se siente culpable, se esconde.

Una persona madura siente todo eso, pero no obedece automáticamente a todo eso. Esto no es represión. No es tragarse todo. No es fingir que no pasa nada. Es poder decir: “Esto que siento es real, pero no tiene derecho a destruir”.

La voluntad es clave. No como dureza, sino como libertad entrenada. La voluntad se educa con actos pequeños: No contestar en caliente, apagar el móvil, rezar aunque no apetezca, pedir perdón, estudiar o trabajar cuando toca, no mirar lo que me esclaviza, decir la verdad sin herir, sentarse a hablar cuando preferiría huir.

No se improvisa una libertad madura el día de la gran decisión. La libertad se entrena en los segundos pequeños.

Y en el amor esto es decisivo: El sentimiento inicia muchas cosas, pero la voluntad sostiene lo que el sentimiento no puede sostener solo.

8.- Dependencia emocional:

Cuando llamamos amor a la ansiedad

Susana quiere a Rodrigo. Pero a veces no sabe si lo quiere o si lo necesita para respirar tranquila.

Si él está cariñoso, ella se calma. Si él está distante, ella se hunde. Si él tarda en responder, ella imagina. Si él necesita espacio, ella siente abandono. Si él tiene un mal día, ella lo interpreta como una señal contra la relación.

Esto no convierte a Susana en una persona débil. La convierte en alguien que necesita ordenar su afectividad.

La dependencia emocional es astuta ya que se disfraza de amor intenso: “Es que yo quiero mucho”; “Es que lo siento muy fuerte”. “Es que sin él no puedo”; “Es que si no me escribe, no estoy bien”.

Pero no todo lo intenso es profundo. También es intenso un dolor de muelas, y nadie lo llama vocación.

El amor maduro ensancha. La dependencia estrecha. El amor confía. La dependencia vigila. El amor cuida. La dependencia controla.
         El amor espera. La dependencia exige. El amor agradece la presencia. La dependencia no soporta ninguna ausencia.

Rodrigo también tiene su modo de dependencia, aunque parezca más libre. Él depende de sentirse no necesitado. Necesita tener siempre una puerta abierta. Necesita que nadie le pida demasiado. Necesita controlar la distancia. Llama libertad a algo que quizá es miedo.

La dependencia no siempre se pega. A veces huye.

Por eso, en una relación, no basta preguntar: “¿Nos queremos?”. Hay que preguntar: “¿Nos queremos de un modo que nos hace más libres o de un modo que nos hace más esclavos?”.

Desde la fe cristiana, la respuesta es clara: Solo Dios puede ocupar el centro absoluto del corazón. Cuando la pareja ocupa el lugar de Dios, la pareja se agota. Nadie puede dar identidad, paz, seguridad total, salvación y sentido último a otra persona. El otro es don, no salvador. Compañero, no ídolo. Alguien a quien amar, no alguien a quien usar para no sentir mis vacíos.

Sin ti no soy nada” puede sonar bonito en una canción. Como proyecto de vida, es peligroso.

El amor cristiano dice algo más sano: “Soy amado por Dios; por eso puedo entregarme a ti sin exigirte que seas Dios para mí”.

9.- Autoestima:

Ni alfombra ni trono

Susana, cuando se siente insegura, tiende a convertirse en alfombra. Pide perdón por molestar, aunque necesite hablar. Se culpa por sentir. Se compara con otras chicas. Se pregunta si será demasiado intensa, demasiado complicada, demasiado poco. Se dice que tiene que estar tranquila, que no debe pedir tanto, que quizá si fuera distinta Rodrigo estaría más seguro.

Rodrigo, cuando se siente amenazado, se sube al trono.

Se defiende. Minimiza. Hace bromas. Cambia de tema. Se convence de que Susana pide demasiado. Le cuesta reconocer que su silencio también hiere. Le cuesta decir: “tienes razón, estoy huyendo.

Alfombra y trono, dos maneras distintas de no estar en el lugar correcto.

La autoestima sana no consiste en creerse maravilloso ni en repetirse frases grandiosas delante del espejo. Tampoco consiste en machacarse.

Consiste en vivir en la verdad: No soy Dios. No soy basura.  No soy perfecto. No soy un error. No soy mis heridas. No soy mis pecados. No soy mi rendimiento. No soy mi atractivo. No soy mi historial afectivo. No soy la opinión que hoy otros tienen de mí.

Desde la fe, mi dignidad no empieza en lo que consigo, sino en que soy amado por Dios. Soy criatura suya hijo llamado a la comunión y persona redimida por Cristo. Capaz de caer, sí; pero también capaz de gracia, conversión y santidad.

Esto cambia mucho el modo de amar. Quien no se sabe amado de un modo hondo suele mendigar amor de formas dolorosas: Tolera desprecios aguanta relaciones que le apagan, tiene miedo a poner límites, acepta migajas, pide perdón incluso cuando no ha hecho nada, etc.

Quien vive inflado de sí mismo tampoco ama bien: Quiere admiración, no comunión; Quiere tener razón, no encontrarse; Quiere que el otro confirme su valor, no que le ayude a crecer.

La gracia cristiana hace algo precioso: Nos baja del trono y nos levanta del suelo. Nos pone en pie.

10.- Inteligencia, cultura y referentes:

No basta sentir mucho

Susana siente mucho. Rodrigo piensa bastante, pero evita pensar lo que más le compromete.

Los dos necesitan algo más que emoción. Necesitan criterio.

La madurez no se construye solo con sentimientos. Se construye también con inteligencia educada. Pensar bien ayuda a amar mejor. Parece poco romántico, pero es profundamente real.

Una persona que no piensa su vida acaba viviendo según impulsos, modas, heridas o frases que otros le han metido en la cabeza. Una persona que no lee, no conversa, no se forma, no busca referentes, puede tener mucha información y poco criterio.

Susana ha visto muchos vídeos sobre relaciones, autoestima y dependencia emocional. Rodrigo ha leído hilos en redes, de esos que van explicando una idea en varios mensajes seguidos, sobre libertad, compromiso y salud mental. Los dos tienen mucha información, pero todavía están aprendiendo a convertir esa información en criterio para amar mejor.

Pero una cosa es consumir contenido y otra dejarse formar. La formación necesita silencio, lectura, buenos amigos, adultos coherentes, acompañamiento, oración. También necesita testigos.

Un testigo no es alguien perfecto: Es alguien cuya vida tiene una unidad que inspira. Un matrimonio que se quiere con realismo. Un sacerdote que transmite alegría. Una madre o un padre coherentes. Un amigo que sabe decir la verdad. Una persona que ha sufrido y no se ha vuelto amarga. Alguien que no presume de tenerlo todo resuelto, pero vive con dirección.

Los jóvenes no maduran solo porque reciben normas. Maduran cuando ven vidas que merecen la pena. Por eso la educación verdadera ofrece raíces y alas. Raíces para saber quién soy y de dónde vengo. Alas para crecer, decidir, amar y volar hacia una vocación.

Raíces sin alas pueden volverse rigidez. Alas sin raíces acaban en dispersión.

Susana y Rodrigo necesitan referentes. No parejas perfectas de escaparate. Parejas reales. Personas reales. Cristianos reales. Gente que les diga con la vida: “Amar cuesta, pero merece la pena; madurar duele, pero libera; Dios no quita la vida, la ordena”.

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