Madurez, noviazgo y vida compartida en tiempos líquidos
Capítulo 2ºA
Madurar no es cumplir años:
la orquesta interior
Escucha aquí el episodio completo:
Susana tiene veinticinco años y está mirando una
pantalla como
si en esa pantalla se estuviera decidiendo su vida entera.
No exageremos; ella sabe que no se está
decidiendo su vida entera. Al menos, una parte sensata de ella lo sabe. Pero
hay otra parte —bastante más ruidosa— que no está tan convencida.
Ha escrito a
Rodrigo hace veintisiete minutos.
“¿Todo bien? Te noto raro”.
Rodrigo tiene
veinticuatro años. Ha leído el mensaje. No ha contestado. Pero está en línea.
Y esa pequeña
frase, “está en línea”, que debería ser un dato técnico sin más, se
convierte dentro de Susana en una especie de campana de alarma. Empieza el
concierto.
Una voz dice: “Tranquila,
estará ocupado”. Otra responde: “Ocupado, sí, claro, pero para mirar el
móvil sí tiene tiempo”.
Otra se pone dramática: “Ya sabía yo que algo pasaba”.
Otra, más orgullosa, propone una estrategia militar: “No le escribas más.
Cuando conteste, tú tardas el doble”. Y otra, más herida, susurra: “Igual
no le importas tanto”.
Susana bloquea el
móvil. Lo deja encima de la mesilla. Se tumba. Lo vuelve a coger. Mira si sigue
en línea. Se enfada con Rodrigo. Se enfada consigo misma por enfadarse. Se
promete no mirar más. Mira otra vez.
En algún momento,
casi sin querer, aparece una pregunta distinta: “¿Por qué me afecta
tanto?”. Esa pregunta vale oro. Porque madurar empieza muchas veces ahí;
no cuando tenemos todo controlado, sino cuando dejamos de correr y nos
atrevemos a mirar qué está pasando dentro.
Rodrigo, mientras
tanto, está en su habitación. No está enfadado con Susana. No quiere hacerle
daño. De hecho, la quiere. Pero lleva días notando que ella desea hablar de
cosas que a él le incomodan, cosas tales como hacia dónde va la relación, cómo
viven la fe, qué lugar tiene el compromiso entre ellos, qué límites quieren
cuidar, si lo suyo es solo una etapa bonita o un camino serio. Rodrigo no sabe
qué contestar. Y cuando no sabe qué contestar, hace lo que tantas personas
hacen: Desaparece un poco.
Abre Instagram.
Luego un vídeo. Luego otro. Mira el mensaje. Lo deja para después. Ese “después”
tan útil, tan flexible, tan aparentemente prudente, que muchas veces significa:
“ojalá esto se resuelva solo sin que yo tenga que mirar demasiado dentro”.
Susana y Rodrigo
no son un desastre. No son malos. No son una caricatura. Son jóvenes adultos,
se quieren, tienen fe a medio ordenar, heridas que todavía no saben nombrar,
deseos buenos, miedos escondidos, impulsos, orgullo, inseguridades y una enorme
capacidad de crecer. Como casi todos.
Este capítulo no
pretende juzgarlos. Quiere acompañarlos. Y, al acompañarlos, quizá ayudarnos
a mirar nuestra propia orquesta interior.
Porque dentro de
cada persona suenan muchas voces: La voz del miedo. La voz de la herida. La voz
del deseo. La voz del orgullo. La voz de la conciencia. La voz del cuerpo
cansado. La voz de la memoria. La voz de la fe. La voz de Dios. La voz de lo
que otros dijeron de nosotros. La voz de lo que soñamos ser. La voz de lo que
no nos atrevemos a reconocer.
Madurar no es
callarlo todo. Madurar es aprender quién debe dirigir.
1.-
Tener edad no significa tener madurez
Susana tiene
veinticinco años. Rodrigo, veinticuatro. Ya no son adolescentes. Tienen
estudios, trabajos o proyectos, amigos, cuentas que pagar, decisiones que
tomar, cierta autonomía y esa sensación tan curiosa de estar empezando a ser
adultos mientras por dentro uno a veces sigue buscando instrucciones.
La edad
cronológica avanza sola. No hay que hacer nada especial para cumplir años.
Basta con seguir viviendo, soplar velas cuando toca y fingir entusiasmo si
alguien vuelve a hacer la broma de “ya te estás haciendo mayor”. Pero
la edad psicológica no avanza sola.
La edad
psicológica se nota en cómo respondemos a la realidad. No en lo que
decimos cuando estamos tranquilos, sino en lo que hacemos cuando algo nos
frustra: Cuando no me contestan. Cuando me corrigen. Cuando alguien me dice que
no. Cuando un plan se cancela. Cuando mi pareja no reacciona como yo esperaba. Cuando
tengo que pedir perdón. Cuando tengo que esperar. Cuando aparece una tentación.
Cuando Dios no parece responder a mi ritmo. Cuando el otro no se ajusta al
guion que yo había escrito en mi cabeza. Ahí se ve la madurez.
Con todo a favor,
casi todos parecemos equilibrados. Si he dormido bien, he desayunado, me han
tratado con cariño, me han contestado los mensajes, no hay tráfico, nadie ha
tocado mis planes y además encuentro sitio para aparcar, soy una persona
encantadora. Casi mística.
El problema es que
la vida no siempre colabora con nuestra santidad de laboratorio. La madurez
aparece cuando la realidad no obedece.
Susana no está
sufriendo solo porque Rodrigo no conteste. Está sufriendo porque ese silencio
toca un miedo más profundo: “¿Y si no soy importante? ¿Y si soy demasiado
intensa? ¿Y si me dejan? ¿Y si quiero más de lo que él quiere?”.
Rodrigo no evita
solo un mensaje. Evita una conversación que le obligaría a mirar sus propios
miedos:
Miedo a comprometerse, miedo a equivocarse, miedo a perder libertad, miedo a no
estar a la altura, miedo a que amar de verdad le pida salir de sí mismo.
La inmadurez no
consiste en tener miedo. Todos tenemos miedo. La inmadurez no consiste en tener
heridas. Todos llevamos alguna. La inmadurez no consiste en necesitar amor.
Todos necesitamos amor.
La inmadurez
aparece cuando el miedo manda, la herida decide, el impulso conduce y la
conciencia se queda atrás, como pasajera sin voz.
Madurar es poder
decir: “Esto me duele, pero no voy a destruir”; “Esto me asusta, pero
no voy a huir”; “Esto me enfada, pero no voy a humillar”; “Esto
me atrae, pero no voy a usar al otro”; “Esto me cuesta, pero quiero
elegir el bien”. No es ausencia de emoción, es gobierno interior.
2.-
La orquesta interior:
Cuando
todo toca a la vez
La personalidad se
parece a una orquesta. Dentro de nosotros hay muchos instrumentos: Inteligencia,
voluntad, afectividad, memoria, imaginación, cuerpo, conciencia, deseo, miedo,
heridas, historia familiar, fe, cansancio, culpa, esperanza, orgullo, sentido
del humor y alguna manía que quizá no reconocemos, pero que los demás conocen
con bastante precisión.
Cada instrumento
tiene su función: La inteligencia ilumina. La voluntad elige. La afectividad
vincula. La memoria conserva la historia. El cuerpo avisa. La imaginación
anticipa. La conciencia orienta. La fe abre la vida a Dios. La gracia levanta
lo que nosotros solos no sabemos ordenar.
El problema
empieza cuando un instrumento quiere dirigir toda la orquesta.
En Susana, esa
noche, toca muy fuerte la afectividad herida. Su imaginación escribe una
película completa a partir de un silencio. Su memoria abre archivos antiguos.
Su cuerpo entra en alerta. Su autoestima se tambalea. Su voluntad se debilita y
le pide mirar otra vez el móvil, como si en esa comprobación fuera a encontrar
paz. No la encuentra. La comprobación tranquiliza diez segundos y luego pide
otra dosis.
En Rodrigo toca
muy fuerte el miedo.
Miedo a hablar. Miedo a que una conversación seria le quite libertad. Miedo a
decepcionar. Miedo a que Susana le pida una madurez que él todavía no sabe si
tiene. Entonces su voluntad se esconde detrás de una excusa: “Ahora no es
buen momento”. Y, curiosamente, nunca parece ser buen momento para las
conversaciones que más necesitamos.
Cuando la emoción
dirige, la vida se vuelve montaña rusa. Cuando dirige el miedo, la vida se
encoge. Cuando dirige el orgullo, pedir perdón parece una derrota. Cuando
dirige la herida, el presente paga deudas del pasado. Cuando dirige el cuerpo
cansado, cualquier conversación parece insoportable. Y conviene decirlo: A
veces uno no está ante una gran crisis afectiva; a veces lleva tres noches
durmiendo mal. El cuerpo también participa en la madurez. No somos ángeles
con ojeras.
Cuando dirige la
conciencia iluminada por la fe, aparece otra música. No siempre fácil, pero más
verdadera. La persona empieza a preguntarse: “¿Qué está pasando dentro de
mí? ¿Qué debo hacer con esto? ¿Qué me pide el amor? ¿Qué me pide Dios?”.
Madurar no
significa que la orquesta suene perfecta. Significa que poco a poco deja de
dirigir el instrumento más ruidoso.
Una persona madura
no es la que no desafina nunca. Es la que aprende a volver al tono.
3.-
La sociedad líquida
también
entra en casa
Susana y Rodrigo
no viven en una burbuja. Nadie vive en una burbuja, aunque algunos perfiles de
Instagram se esfuercen mucho en parecerlo.
Viven en una
sociedad rápida, emocional, cambiante, llena de estímulos, con mucha
información y pocos silencios. Una sociedad donde todo parece
provisional: Los trabajos, los vínculos, las opiniones, los planes, los
cuerpos, las identidades, las promesas. Todo se puede revisar, borrar, cambiar,
bloquear, sustituir. Eso afecta a la madurez.
A Susana le afecta
porque vive comparándose. Ve parejas que parecen felices todo el tiempo. Fotos
con frases preciosas. Aniversarios perfectos. Viajes perfectos. Declaraciones
perfectas. Y luego mira su relación real: Mensajes mal entendidos, cansancio,
dudas, conversaciones aplazadas, miedos. Claro, comparada con el escaparate
de los demás, su vida parece menos brillante. Pero una cosa es una relación
y otra un escaparate con buena luz.
A Rodrigo le
afecta de otra forma. Él ha crecido escuchando que lo importante es no atarse
demasiado pronto, no perder oportunidades, centrarse en crecer, viajar,
trabajar, vivir experiencias, no complicarse. Algunas cosas son buenas. El
problema aparece cuando esa mentalidad convierte todo compromiso en amenaza.
La sociedad
líquida enseña a tener siempre una puerta abierta. Pero el amor
serio necesita aprender a cerrar algunas puertas para poder abrir una casa.
También vivimos en
una especie de bulimia informativa. Susana y Rodrigo han visto vídeos
sobre autoestima, relaciones sanas, señales de alarma, apego evitativo, apego
ansioso, heridas familiares, límites, red flags, green flags y todo tipo
de banderas, y formas de querer sin hacerse daño.
Saben palabras.
Muchas. Pero a veces, en el momento concreto, no saben qué hacer con su
corazón. Tener vocabulario psicológico no siempre significa haber madurado.
A veces solo significa que explicamos mejor nuestras inmadureces.
La información
ayuda cuando se convierte en criterio. Si no, se convierte en ruido. Y el ruido no
ordena la orquesta; la agita.
Por eso la
madurez necesita silencio, lectura, conversación buena, referentes, oración y
hábitos. Necesita raíces y alas. Raíces para no vivir arrastrados por cada
moda emocional. Alas para crecer, decidir y amar sin miedo.
Raíces sin alas
pueden volverse rigidez. Alas sin raíces se convierten en dispersión.
4.-
“Yo soy así”:
Cuando
la sinceridad se convierte en coartada
Rodrigo tiene una
frase que usa mucho: “Es que yo soy así. Me agobio con estas cosas”.
Susana tiene la
suya: “Es que yo siento mucho. No puedo evitarlo”.
Las dos frases
tienen parte de verdad. Rodrigo se agobia. Susana siente mucho. El problema
empieza cuando una verdad parcial se convierte en permiso permanente para no
crecer.
“Yo soy así”
puede ser una frase sana si significa que conozco mi temperamento, acepto mi
historia, no quiero fingir lo que no soy.
Pero puede ser una
cárcel si significa que no pienso revisar mis reacciones, mis miedos, mis
salidas de tono, mis huidas, mis dependencias ni mis maneras de hacer daño: Hay quien dice “soy
muy directo” cuando en realidad es hiriente. Hay quien dice “soy muy
sensible” cuando convierte cada emoción en chantaje. Hay quien dice “necesito
espacio” cuando lo que hace es desaparecer sin responsabilidad. Hay quien
dice “soy intenso” cuando vive desde la dependencia emocional. Hay quien
dice “tengo carácter” cuando no sabe gobernar un enfado. Hay quien dice
“perdono, pero no olvido” cuando en realidad está guardando munición
para la próxima discusión.
La madurez no
destruye el carácter. Lo educa.
Si Susana siente
mucho, no necesita volverse fría. Necesita aprender a distinguir entre amor y
ansiedad, entre intuición y miedo, entre necesidad de hablar y necesidad de
controlar.
Si Rodrigo se
agobia, no necesita convertirse en una roca sin emociones. Necesita aprender a
no huir, a decir la verdad, a pedir tiempo sin desaparecer, a mirar sus miedos
con honestidad.
En cristiano, esto
se llama conversión. No una palabra triste, sino profundamente
esperanzadora. Convertirse no es odiarse. Es dejar que Dios toque lo que en
mí está desordenado para que pueda amar mejor.
La gracia no
destruye la personalidad. La purifica. Dios no canoniza nuestro mal carácter,
sino que lo llama a la Pascua.
5.-
Heridas:
Cuando
el pasado contesta por nosotros
Susana no
reacciona solo al mensaje no contestado. Su reacción tiene raíces.
De niña fue muy
comparada con una hermana más segura. En el colegio tuvo una amiga que un día
dejó de contar con ella sin explicaciones. En una relación anterior se sintió
usada. En casa la querían, pero no siempre se expresaba el cariño con palabras.
Susana aprendió a estar pendiente de señales. Un tono. Un silencio. Un
cambio de humor. Una tardanza. Cualquier cosa podía significar: “algo va mal”.
Rodrigo tampoco
reacciona solo a Susana. Él viene de una familia donde las conversaciones
importantes terminaban muchas veces en discusión. Su padre era trabajador,
responsable, pero poco expresivo. Su madre sostenía mucho, quizá demasiado. Rodrigo
aprendió que hablar de emociones complica la vida. Aprendió a ser eficaz,
simpático, autónomo. Pero cuando alguien le pide hondura, se siente torpe. Como
si le pidieran tocar un instrumento que nunca le enseñaron.
Nadie llega al
amor con la mochila vacía. Todos llevamos historia. Y la historia influye.
Una persona que
fue abandonada puede interpretar cualquier distancia como amenaza. Una persona
muy controlada puede vivir el compromiso como cárcel. Una persona herida por la
crítica puede defenderse incluso de una corrección hecha con amor.
Una persona poco mirada puede necesitar aprobación constante.
Una persona que vio rupturas dolorosas puede desear casarse y, al mismo tiempo,
tener pánico a repetir lo que vio.
Una persona herida en su cuerpo puede necesitar mucho camino para vivir la
intimidad con paz. Las heridas explican. Pero no justifican todo. Esta
frase conviene repetirla despacio.
Si Susana tiene
miedo al abandono, merece comprensión. Pero no tiene derecho a vigilar, acusar
o controlar a Rodrigo.
Si Rodrigo tiene
miedo al compromiso, merece comprensión. Pero no tiene derecho a desaparecer,
dejar a Susana en incertidumbre o esconderse detrás de bromas. La herida
necesita compasión. Y también responsabilidad.
Desde la mirada
cristiana, esto es muy importante. No todo es pecado ya que hay heridas,
miedos, historia, fragilidad, condicionamientos. Pero tampoco todo es herida,
ya que hay decisiones libres, egoísmos, huidas consentidas, mentiras, orgullo,
manipulación, falta de caridad.
La gracia no nos
invita a elegir entre psicología y fe. Nos invita a integrar. Lo que necesita
sanación, que sea sanado. Lo que necesita perdón, que sea perdonado. Lo que
necesita conversión, que empiece a cambiar.
Dios no mira a
Susana ni a Rodrigo como expedientes defectuosos. Los mira como hijos
llamados a una vida más grande que sus heridas.
6.-
Frustración:
Cuando
la vida no entrega el vaso azul
La frustración no
suele caer bien, es más tiene mala prensa. No se presenta con flores. Aparece
cuando algo no sale como queríamos.
A Susana le
frustra que Rodrigo no conteste como ella necesita. A Rodrigo le frustra que
Susana quiera hablar justo cuando él preferiría dejarlo para otro día, otro
mes, otra etapa de la historia universal. Y, sin embargo, sin frustración no
hay madurez.
Un niño pequeño
puede montar una tragedia porque quería el vaso azul y le han dado el verde.
Tiene tres años. Se entiende. Lo preocupante es tener veinticinco, treinta o
cuarenta y vivir igual cada vez que la realidad no entrega el vaso azul: “Si no
responde, es que no le importo”; “Si me corrige, es que no me valora”; “Si me
dice que no, es que me rechaza”; “Si me pide hablar, es que me quiere
controlar”; “Si Dios no me concede esto, es que no me escucha”; “Si amar
cuesta, es que no era amor”.
La inmadurez
convierte el límite en amenaza. La madurez aprende a preguntar: “¿Esto
es una amenaza real o una frustración que tengo que aprender a tolerar? ¿Esto
me destruye o me educa? ¿Estoy sufriendo por amor o porque mi orgullo no
soporta no mandar?”.
La frustración nos
enseña algo básico: No soy el centro. Y eso no es una humillación, sino que es
una liberación. Porque si no soy el centro, no tengo que controlarlo todo.
No tengo que tener siempre razón. No tengo que poseer al otro. No tengo que
vivir como si cualquier límite fuera una ofensa personal.
En el fondo,
muchas inmadureces tienen una raíz espiritual: Querer ocupar el lugar de
Dios. Decidirlo todo. Controlarlo todo. Convertir mi deseo en ley. Hacer
que el otro gire a mi alrededor.
La gracia nos devuelve a nuestro sitio: Criaturas
amadas, no dioses agotados.
Aceptar que no soy
el centro me permite amar. Porque el amor empieza cuando el otro deja de ser
un satélite de mis necesidades y vuelve a ser una persona.
7.-
Autogobierno:
El
segundo en que la vida puede cambiar de dirección
Rodrigo coge el
móvil. Va a contestar. Tiene varias opciones.
Puede escribir: “No empieces”. Puede
escribir: “Qué pesada con lo mismo”. Puede mandar un emoticono de esos
que pretenden arreglarlo todo y no arreglan nada. Puede no contestar y esperar
que el Espíritu Santo haga lo que a él le toca. O puede respirar y escribir: “Perdona.
Estoy agobiado y no sé explicarme bien. No estoy enfadado contigo. ¿Podemos
hablar mañana con calma?”. No es una frase heroica. No saldrá en una placa
conmemorativa. Pero es un acto de madurez.
Susana también
tiene opciones.
Puede contestar: “¡Ah!,
¡ahora apareces!”. Puede escribir un párrafo larguísimo, con introducción,
desarrollo, conclusión y bibliografía emocional. Puede castigar con silencio. O
puede decir:
“Gracias por decírmelo. Me he sentido
insegura. Mañana hablamos”. Ahí se juega mucho.
El autogobierno es
ese espacio entre lo que siento y lo que hago. Entre el impulso y la palabra. Entre la herida
y la respuesta. Entre la tentación y el acto. Entre el miedo y la decisión.
Una persona sin
autogobierno vive secuestrada por lo que siente. Si se enfada,
hiere. Si se asusta, huye. Si se siente sola, se engancha. Si se siente
insegura, controla. Si desea, toma. Si se siente culpable, se esconde.
Una persona madura
siente todo eso, pero no obedece automáticamente a todo eso. Esto no es
represión. No es tragarse todo. No es fingir que no pasa nada. Es poder decir:
“Esto que siento es real, pero no tiene derecho a destruir”.
La voluntad es
clave. No como dureza, sino como libertad entrenada. La voluntad se educa
con actos pequeños: No contestar en caliente, apagar el móvil, rezar aunque
no apetezca, pedir perdón, estudiar o trabajar cuando toca, no mirar lo que me
esclaviza, decir la verdad sin herir, sentarse a hablar cuando preferiría huir.
No se improvisa
una libertad madura el día de la gran decisión. La libertad se
entrena en los segundos pequeños.
Y en el amor esto es decisivo: El
sentimiento inicia muchas cosas, pero la voluntad sostiene lo que el
sentimiento no puede sostener solo.
8.-
Dependencia emocional:
Cuando
llamamos amor a la ansiedad
Susana quiere a
Rodrigo. Pero a veces no sabe si lo quiere o si lo necesita para respirar
tranquila.
Si él está
cariñoso, ella se calma. Si él está distante, ella se hunde. Si él tarda en
responder, ella imagina. Si él necesita espacio, ella siente abandono. Si él
tiene un mal día, ella lo interpreta como una señal contra la relación.
Esto no convierte
a Susana en una persona débil. La convierte en alguien que necesita ordenar
su afectividad.
La dependencia
emocional es astuta ya que se disfraza de amor intenso: “Es que yo
quiero mucho”; “Es que lo siento muy fuerte”. “Es que sin él no puedo”; “Es que
si no me escribe, no estoy bien”.
Pero no todo lo
intenso es profundo. También es intenso un dolor de muelas, y nadie lo llama
vocación.
El amor maduro
ensancha. La dependencia estrecha. El amor confía. La dependencia vigila. El
amor cuida. La dependencia controla.
El
amor espera. La dependencia exige. El amor agradece la presencia. La
dependencia no soporta ninguna ausencia.
Rodrigo también
tiene su modo de dependencia, aunque parezca más libre. Él depende de sentirse
no necesitado. Necesita tener siempre una puerta abierta. Necesita que nadie le
pida demasiado. Necesita controlar la distancia. Llama libertad a algo que quizá
es miedo.
La dependencia no
siempre se pega. A veces huye.
Por eso, en una
relación, no basta preguntar: “¿Nos queremos?”. Hay que preguntar: “¿Nos
queremos de un modo que nos hace más libres o de un modo que nos hace más
esclavos?”.
Desde la fe
cristiana, la respuesta es clara: Solo Dios puede ocupar el centro absoluto
del corazón. Cuando la pareja ocupa el lugar de Dios, la pareja se agota. Nadie
puede dar identidad, paz, seguridad total, salvación y sentido último a otra
persona. El otro es don, no salvador. Compañero, no ídolo. Alguien a quien
amar, no alguien a quien usar para no sentir mis vacíos.
“Sin ti no soy
nada” puede sonar bonito en una canción. Como proyecto de vida, es
peligroso.
El amor cristiano
dice algo más sano: “Soy amado por Dios; por eso puedo entregarme a ti sin
exigirte que seas Dios para mí”.
9.-
Autoestima:
Ni
alfombra ni trono
Susana, cuando se
siente insegura, tiende a convertirse en alfombra. Pide perdón
por molestar, aunque necesite hablar. Se culpa por sentir. Se
compara con otras chicas. Se pregunta si será demasiado intensa, demasiado
complicada, demasiado poco. Se dice que tiene que estar tranquila, que no debe
pedir tanto, que quizá si fuera distinta Rodrigo estaría más seguro.
Rodrigo, cuando se
siente amenazado, se sube al trono.
Se defiende. Minimiza. Hace
bromas. Cambia de tema. Se convence de que Susana pide demasiado. Le cuesta
reconocer que su silencio también hiere. Le cuesta decir: “tienes razón,
estoy huyendo”.
Alfombra y trono,
dos maneras distintas de no estar en el lugar correcto.
La autoestima sana
no consiste en creerse maravilloso ni en repetirse frases grandiosas delante
del espejo. Tampoco consiste en machacarse.
Consiste en vivir
en la verdad:
No soy Dios. No soy basura. No soy
perfecto. No soy un error. No soy mis heridas. No soy mis pecados. No soy mi
rendimiento. No soy mi atractivo. No soy mi historial afectivo. No soy la
opinión que hoy otros tienen de mí.
Desde la fe, mi
dignidad no empieza en lo que consigo, sino en que soy amado por Dios. Soy
criatura suya hijo llamado a la comunión y persona redimida por Cristo. Capaz
de caer, sí; pero también capaz de gracia, conversión y santidad.
Esto cambia mucho
el modo de amar. Quien no se sabe amado de un modo hondo suele mendigar amor
de formas dolorosas: Tolera desprecios aguanta relaciones que le apagan,
tiene miedo a poner límites, acepta migajas, pide perdón incluso cuando no ha
hecho nada, etc.
Quien vive inflado
de sí mismo tampoco ama bien: Quiere admiración, no comunión; Quiere tener
razón, no encontrarse; Quiere que el otro confirme su valor, no que le ayude a
crecer.
La gracia
cristiana hace algo precioso: Nos baja del trono y nos levanta del
suelo. Nos pone en pie.
10.-
Inteligencia, cultura y referentes:
No
basta sentir mucho
Susana siente
mucho. Rodrigo piensa bastante, pero evita pensar lo que más le compromete.
Los dos necesitan
algo más que emoción. Necesitan criterio.
La madurez no se construye solo con
sentimientos. Se construye también con inteligencia educada. Pensar bien ayuda
a amar mejor. Parece poco romántico, pero es profundamente real.
Una persona que no
piensa su vida acaba viviendo según impulsos, modas, heridas o frases que otros
le han metido en la cabeza. Una persona que no lee, no conversa, no se forma, no
busca referentes, puede tener mucha información y poco criterio.
Susana ha visto
muchos vídeos sobre relaciones, autoestima y dependencia emocional. Rodrigo ha
leído hilos en redes, de esos que van explicando una idea en varios mensajes
seguidos, sobre libertad, compromiso y salud mental. Los dos tienen mucha
información, pero todavía están aprendiendo a convertir esa información en
criterio para amar mejor.
Pero una cosa es
consumir contenido y otra dejarse formar. La formación necesita silencio,
lectura, buenos amigos, adultos coherentes, acompañamiento, oración. También
necesita testigos.
Un testigo no es
alguien perfecto: Es alguien cuya vida tiene una unidad que inspira. Un
matrimonio que se quiere con realismo. Un sacerdote que transmite alegría. Una
madre o un padre coherentes. Un amigo que sabe decir la verdad. Una persona que
ha sufrido y no se ha vuelto amarga. Alguien que no presume de tenerlo todo
resuelto, pero vive con dirección.
Los jóvenes no
maduran solo porque reciben normas. Maduran cuando ven vidas que merecen la
pena.
Por eso la educación verdadera ofrece raíces y alas. Raíces para saber quién
soy y de dónde vengo. Alas para crecer, decidir, amar y volar hacia una
vocación.
Raíces sin alas
pueden volverse rigidez. Alas sin raíces acaban en dispersión.
Susana y Rodrigo
necesitan referentes. No parejas perfectas de escaparate. Parejas reales.
Personas reales. Cristianos reales. Gente que les diga con la vida: “Amar
cuesta, pero merece la pena; madurar duele, pero libera; Dios no quita la vida,
la ordena”.

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