Homilía
del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 11, 25-30 «Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
Escucha aquí el episodio completo:
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La oración de Jesús
nace en plena tormenta.
Para comprender la
oración que Jesús eleva al Padre en el Evangelio de hoy, conviene situarla en
el momento concreto que él estaba viviendo. No es una oración pronunciada en un
tiempo tranquilo, cuando todo marcha bien y el camino parece despejado. Al contrario:
Jesús ora en una etapa dura de su vida pública, cuando las cosas empiezan a
ponerse realmente difíciles.
Hay hostilidad,
hay abandonos, hay incomprensión. Es uno de esos momentos que también nosotros
conocemos: Cuando la vida toma una dirección que no esperábamos, cuando no
entendemos por qué suceden ciertas cosas, cuando nos cuesta orientarnos y hasta
las decisiones más simples parecen complicadas. En esos momentos, uno no
necesita frases bonitas, sino luz. Y Jesús, precisamente ahí, se vuelve al
Padre.
¿Qué estaba
ocurriendo? Desde el comienzo, fariseos y escribas se habían colocado frente a
Jesús. Habían comprendido muy pronto que aquel joven rabino de Nazaret no era
un predicador inofensivo. Era alguien que ponía en cuestión muchas de sus
tradiciones y, sobre todo, anunciaba un rostro de Dios que rompía sus esquemas;
un Dios que no condena a nadie, que ama a todos sin condiciones.
Y Jesús no solo
hablaba de ese Dios. Lo hacía visible con su propia vida. Se acercaba a los
pobres, a los publicanos, a los pecadores; tocaba a los leprosos, compartía
mesa con los excluidos, miraba con ternura a quienes otros preferían mantener
lejos. En él aparecía un Dios bueno, solamente bueno, bueno con todos.
Los escribas, en
cambio, enseñaban en las sinagogas otra imagen: un Dios que ama a los buenos y
aparta de sí a los malos. Por eso no podían mirar con simpatía a Jesús. Aquel
Maestro resultaba demasiado incómodo. Y en este momento la tensión con ellos se
iba haciendo cada vez más fuerte.
Jesús no vino a darnos ventajas,
sino a enseñarnos a dar la vida.
Al principio, la
gente sencilla de Cafarnaúm había acogido a Jesús con entusiasmo. Pero poco a
poco aquella simpatía comenzó a enfriarse.
¿Por qué también
la gente del pueblo empezó a alejarse de él?
La
razón es sencilla, ya que empezaron a comprender lo que Jesús realmente
proponía. Muchos se habían acercado a él buscando recibir algo, ya fueran
favores, signos, prodigios; en definitiva, querían obtener. Jesús, en cambio,
los llamaba a convertirse, es decir, a aprender a dar. Él hablaba de
entrega; ellos pensaban en beneficio. Él enseñaba a dar; ellos seguían
esperando recibir.
Jesús anunciaba
que son felices quienes se despojan, quienes se hacen pobres, quienes no viven
agarrados a sí mismos. Pero ellos soñaban con enriquecerse, con subir, con
tener más. Y no solo la gente: también los apóstoles llevaban dentro esos
mismos proyectos de grandeza. Cuando comprendieron que Jesús proponía una
grandeza nueva —no la de quien manda y se hace servir, sino la de quien sirve—,
aquel Maestro empezó a resultarles menos atractivo. No porque hubiera
dejado de decir la verdad, sino porque la verdad empezaba a tocar zonas
delicadas: El deseo de poder, de prestigio, de seguridad, de control. Y cuando
el Evangelio nos toca ahí, todos descubrimos que la conversión es bastante
menos decorativa de lo que parecía.
El evangelista
Mateo dedica dos capítulos de su Evangelio a narrar este tiempo de crisis: los
capítulos 11 y 12 (cfr. Mt 11-12). Y el capítulo 11 comienza presentándonos a
un personaje que entra en crisis, alguien de quien quizá no lo habríamos
esperado: Juan el Bautista.
Juan estaba
encarcelado en Maqueronte. Herodes Antipas lo trataba con cierto respeto,
porque lo estimaba, y el Bautista podía recibir la visita de sus discípulos.
Así se mantenía informado de lo que Jesús decía y hacía.
Juan había
anunciado que el Mesías vendría con fuerza y decisión: separaría la paja del
trigo, quemaría la paja en un fuego inextinguible y tomaría el hacha para
cortar de raíz los árboles que no dan fruto (cfr. Mt 3, 10-12). Pero ahora le
llegan noticias desconcertantes: Jesús no destruye a los pecadores, sino que
se sienta con ellos; no quema a los malos, sino que los busca; no los aparta,
sino que se acerca.
Por eso Juan
decide enviar a algunos discípulos para preguntarle: “¿eres tú el que tenía
que venir, o debemos esperar a otro?” (cfr. Mt 11, 2-3). Lo que Juan había
anunciado era verdadero, pero necesitaba ser entendido de otro modo.
Dios no destruye a sus hijos:
Destruye el mal que los esclaviza.
La paja no eran
las personas, como Juan podía haber pensado, sino el mal que está presente en
toda persona.
Y los árboles que debían ser cortados no eran hombres y mujeres concretos,
porque todos son amados por Dios, todos son hijos suyos, y no pueden ser
tratados como desecho destinado al fuego.
Las raíces malas son esas fuerzas oscuras
que se enredan dentro del corazón humano: Egoísmo, violencia, dureza, mentira,
orgullo, cerrazón. Son raíces que bloquean la savia de la vida e impiden dar
fruto. Eso es lo que el Mesías viene a cortar con su hacha. Y esa hacha es su
Evangelio, su Palabra.
Jesús viene a
quemar el mal con su fuego. Pero Dios conoce un solo fuego, que es el fuego del
amor, el fuego de su Espíritu. Ese Espíritu es quien corta las raíces
malas que habitan en el corazón de cada hombre y de cada mujer. Por eso, si
alguien sigue hablando de un fuego con el que Dios enviaría a sus hijos a la
destrucción, no conviene escucharlo. Esa imagen no revela al Padre de Jesús.
Deforma su rostro. Es una grave blasfemia contra el Dios que ama y salva.
Mateo recoge
también una exclamación dolorida de Jesús en este momento difícil. Es un
lamento dirigido a las ciudades donde más había predicado: Corazaín, Cafarnaúm
y Betsaida (cfr. Mt 11, 20-24): «¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida!
(…)»
Conviene fijarse
bien en esa palabra que solemos traducir como “¡ay!”. No expresa una amenaza
fría, como si Jesús levantara el dedo para condenar.
No conviene
entender ese “¡ay!” como una amenaza fría. En el texto griego de Mateo
aparece οὐαί (ouaí), una interjección de lamento y denuncia
profética, con resonancias del hebreo הוֹי (hoy) y אוֹי (oy).
No es el grito de quien disfruta condenando, sino el dolor de quien ve que una
ciudad cierra el corazón a la vida que se le ofrece.
Ese grito nace de un corazón herido. Jesús se duele porque aquellas ciudades no acogen el reino de Dios. No las mira con desprecio; las mira con tristeza. Y esa diferencia es muy importante, porque también nosotros podemos confundir la voz de Dios con una amenaza, cuando en realidad muchas veces es un lamento de amor.
Cuando todos se alejan, Jesús no se encierra:
Se vuelve al Padre.
Este es el momento
en que Jesús comienza a rezar. Y todavía hay un detalle más: No solo las
autoridades religiosas y parte de la gente sencilla dejaron de comprenderlo.
Tampoco sus propios parientes entendían lo que estaba haciendo. En un momento
dado, vinieron desde Nazaret para llevárselo, porque pensaban que había perdido
el juicio (cfr. Mc 3, 21).
Es entonces cuando
Jesús plantea una pregunta decisiva: ¿Quiénes son verdaderamente su madre y sus
hermanos? Y responde que su verdadera familia está formada por quienes
acogen la propuesta de vida que él trae y la ponen en práctica (cfr. Mt 12,
46-50).
En este clima de
contestación, incomprensión y soledad, Jesús eleva su oración al Padre del
cielo. No ora porque todo va bien, sino precisamente porque todo parece
tambalearse. No reza desde el aplauso, sino desde la crisis. No se refugia
en el resentimiento, no devuelve hostilidad con hostilidad, no se encierra en
la amargura. Se abre al Padre.
Y quizá ahí se nos
regala una luz muy concreta. También nosotros, cuando no entendemos, cuando
alguien se aleja, cuando el bien no produce frutos inmediatos, cuando servir
parece poco rentable y el Evangelio deja de ser cómodo, podemos preguntarnos:
¿hacia dónde llevamos el corazón? ¿A la queja que nos encierra, o a la oración
que nos abre?
La crisis de Jesús se parece
más a la nuestra de lo que pensamos.
«En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy
gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra».
He presentado el
momento difícil que Jesús vivió en Cafarnaúm. Y, si lo pensamos un poco,
enseguida nos damos cuenta de que no está tan lejos de lo que también nosotros
vivimos hoy. En Cafarnaúm no todos se alejaron de Jesús por la misma razón.
Los escribas y fariseos no lo abandonaron, porque en realidad nunca habían sido
discípulos suyos, sino que ellos se opusieron a él desde el principio. En
cambio, la gente sencilla sí había empezado escuchándolo con entusiasmo, pero
poco a poco se fue enfriando y alejando. Hoy también vemos algo parecido: Muchos
se distancian de nuestras comunidades cristianas.
La razón de aquel
alejamiento fue bastante clara. Muchos habitantes de Cafarnaúm, Corazaín y
Betsaida buscaban a Jesús para recibir algo de él: Prodigios, curaciones,
favores. Pero cuando comprendieron que Jesús no venía solo a darles lo que
pedían, sino a proponerles una conversión profunda, el entusiasmo empezó a
apagarse. Y algo parecido ha ocurrido muchas veces entre los cristianos: se
rezaba, uno se acercaba a Jesús, esperando curaciones, ayudas o algún signo de
benevolencia.
Pero cuando muchas
de esas cosas comenzaron a obtenerse por medio de la ciencia y de la técnica,
algunos dejaron de sentir necesidad de Jesús. En el fondo, buscaban en él algo
que él nunca había prometido. Jesús prometió su luz, su Espíritu; no prometió sustituirnos
en aquello que a nosotros nos corresponde hacer.
Hoy constatamos
que muchas hermanas y muchos hermanos, sobre todo jóvenes, se van alejando de
nuestras comunidades. La práctica religiosa disminuye, y en nuestra sociedad
las propuestas de vida y las decisiones morales hacen cada vez menos referencia
al Evangelio. Otros criterios se han puesto de moda.
También sabemos lo
que está sucediendo en no pocos países europeos: Muchas iglesias -y algún
obispado- se transforman en museos, gimnasios, supermercados, o sencillamente
se cierran. Y luego están los laicistas, que a veces nos enfadan porque parecen
alegrarse de esta situación. Dicen que el cristianismo está en declive, que la
Iglesia es una institución que debe resignarse a desaparecer porque ya cumplió
su tiempo.
Ante el abandono, Jesús no se hunde:
Mira desde el Padre.
Frente a una
situación parecida a la que vivió Jesús, ¿cómo reaccionamos nosotros? Digámoslo
con sinceridad: Muchas veces de un modo muy distinto al suyo.
Pensemos en
algunos discursos que escuchamos incluso entre hermanos en la fe: “Cada vez
somos más insignificantes en la sociedad. Ya no merece la pena predicar el
Evangelio, porque nadie nos escucha”. Y entonces se nos caen los brazos,
nos entristecemos, bajamos la cabeza y acabamos resignándonos.
La razón de la serenidad de Jesús
Por eso llega el
momento de preguntarnos: ¿Cómo vivió Jesús aquella etapa tan difícil? ¿Y por
qué la vivió de un modo tan distinto al nuestro? Ahí está el punto decisivo.
La razón es que
Jesús oraba.
Y nosotros, muchas veces, no oramos. Pero no confundamos la oración con la
simple repetición de fórmulas. Orar significa entrar en sintonía con el
pensamiento de Dios. Y para eso necesitamos escuchar su Palabra, porque
solo así podemos mirar la realidad como la mira él.
Eso fue lo que
hizo Jesús: Se mantuvo siempre unido al pensamiento y al corazón del Padre del
cielo. Solo cuando se ora se ven las cosas en su verdadera luz. El dolor
existe, sí. Pero el dolor puede ser señal de que se acerca la muerte; o puede
ser también señal de que una vida nueva está a punto de nacer. No todo dolor
anuncia un final. A veces anuncia un parto.
Si oráramos de
verdad, quizá miraríamos nuestra situación no como el anuncio de una muerte
cercana, sino como la ocasión de un nuevo nacimiento; el florecimiento de una
Iglesia más bella, más evangélica, más libre de adornos inútiles y más parecida
a Jesús.
También Jesús pudo
sentirse tentado de dejar caer los brazos. Pero oró, y en la oración recibió
luz para mirar lo que le estaba sucediendo como lo miraba el Padre del cielo.
“Te bendigo, Padre”:
La fe empieza donde acaba el control.
Jesús dice: “Te
bendigo, Padre”, precisamente en un momento en el que cualquiera de nosotros
habría dicho: “Ya no entiendo nada; no sé si el Señor me acompaña; esto se está
viniendo abajo” (cfr. Mt 11, 25).
Es importante
recurrir al texto griego: «ἐξομολογοῦμαί σοι, πάτερ, κύριε τοῦ οὐρανοῦ καὶ
τῆς γῆς»; emplea el verbo griego ἐξομολογέω (exomologuéo) que
se traduce por “alabar, confesar, alabar”. La traducción más fiel del texto
griego no es únicamente “te doy gracias”, sino que es “te alabo y te
bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra”; “Proclamo ante ti mi
alabanza, Padre, Señor del cielo y de la tierra”. El verbo griego no
significa solo “dar gracias”, sino reconocer, confesar, proclamar, alabar
públicamente.
Jesús bendice al
Padre. En la oración comprende que lo que está ocurriendo forma parte del
designio de Dios, y proclama con alegría que el proyecto del Padre es bueno, es
positivo, aunque pase por momentos oscuros.
Su mirada humana
podía ver un fracaso. La oración, en cambio, le permitió descubrir que el
designio del Padre se estaba desarrollando incluso en medio de situaciones
complicadas, desconcertantes, aparentemente absurdas.
Si en la oración
aprendiéramos a salir un poco de nosotros mismos, de nuestras ansias, de
nuestras angustias, y nos dejáramos elevar para mirar las cosas como las mira
el Padre, nuestra vida cambiaría. Sería más serena, más alegre, más
descansada, más equilibrada. No porque desaparecieran todos los problemas
—ojalá la oración funcionara como un mando a distancia para apagar disgustos—,
sino porque los viviríamos desde otra hondura.
Dios no es un faraón:
Es Padre.
La oración de
Jesús se dirige, ante todo, al Padre. En apenas tres versículos, la palabra “Padre”
aparece cinco veces. Y en los Evangelios, este nombre aplicado a Dios aparece
de modo especial en labios de Jesús. Cuando Jesús se dirige a Dios o habla de
Dios, habla del Padre. Solo una vez aparece en labios de Felipe, cuando le dice
a Jesús: “Muéstranos al Padre” (cfr. Jn 14, 8).
Jesús lo llama אַבָּא
(Abbá). Es el modo tierno con el que un niño se dirige al padre del que
se fía completamente, porque sabe que es amado. Incluso cuando se porta mal o
hace algún capricho, sabe que su padre lo quiere.
También los
paganos llamaban padre a Dios: Júpiter, Iovis pater. Pero para el cristiano,
llamar a Dios Padre tiene otro significado. El Padre es quien nos comunica
su misma vida. Se nos ha regalado la vida del Eterno. No se trata solo de
la vida biológica que viene del polvo, sino de la vida que viene del cielo.
Jesús quiere
introducirnos en esta relación íntima con Dios. Dios no es el
faraón al que debemos temer, ante quien solo cabe postrarse llenos de miedo. No
convirtamos la fe en una relación de terror. Ante un padre, el hijo no se
arrodilla como un esclavo asustado; se acerca como hijo amado.
Nosotros nos hemos
complicado la vida con ciertas imágenes de un Padre que castiga, con ciertos
miedos que oscurecen el rostro de Dios. Nos hemos complicado la vida. Jesús no
nos ha revelado un Dios así.
Después de
llamarlo Padre, Jesús lo llama también «Señor
del cielo y de la tierra». Es el παντοκράτωρ (pantokrátor),
es decir, aquel que tiene la historia del mundo en sus manos. Pero no
debemos tener miedo, porque los destinos de la humanidad están en manos del
Padre que nos ama.
Y también cuando
suceden hechos que no entendemos, que rompen nuestros esquemas y nuestros
criterios, si oramos podemos conservar esta certeza: El Padre sigue amándonos y
continúa guiando nuestra vida.
Ahora descubriremos
la razón por la que Jesús bendice al Padre.
Dios no esconde su rostro:
Somos nosotros quienes podemos cerrarnos.
«Porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y se las has revelado a
los pequeños».
En su oración,
Jesús bendice al Padre por dos razones: Una que podríamos llamar negativa y
otra positiva. La primera es esta: «Porque
has escondido estas cosas a los sabios y entendidos». ¿Y qué son
“estas cosas” que han quedado ocultas? Son el Evangelio, la buena
noticia, la belleza de Dios que Jesús está revelando. Es también el
hombre nuevo que Jesús encarna; el hombre capaz de amar, solamente de amar. Estas
cosas quedaron ocultas a los escribas y fariseos. Pero no porque Dios quisiera
esconderlas. Fueron ellos quienes las rechazaron. Tenían la mente oscurecida
por sus propias convicciones, por una sabiduría a la que no estaban dispuestos
a renunciar.
Ellos defendían el
Dios que se habían fabricado: Un Dios que se parecía a ellos. Un Dios
justo como ellos se creían justos, pero también duro como ellos eran duros; un
Dios que, según su manera de pensar, se vengaba de quienes transgredían sus
mandamientos.
A estas personas llenas de sí mismas, la
revelación del rostro bello y amoroso de Dios les quedó oculta. No quisieron
aceptarla.
sorpresa que Jesús
descubrió en la oración.
Jesús debió de
quedar profundamente sorprendido ante este rechazo. Probablemente esperaba que
los primeros en acogerlo fueran los escribas y fariseos, porque conocían las
Escrituras y las palabras de los profetas.
Sin embargo,
precisamente ellos se volvieron hostiles. Y entonces, ¿qué descubrió Jesús
en la oración? Descubrió en ese hecho la sorpresa de Dios. Si no hubiera
orado, quizá no la habría comprendido.
¿Cuál era esa
sorpresa? Que Dios se sirvió del rechazo del Evangelio por parte de los
sabios y de los doctos para abrir de par en par la entrada del reino de Dios a
los pequeños.
Los escribas y
fariseos despreciaban a los ignorantes y a los incultos.
En aquel ambiente
religioso tenía mucho peso una convicción: Para vivir piadosamente era
necesario conocer bien la Ley. El estudio de la Torá no era algo secundario;
era visto como el camino para aprender la voluntad de Dios y practicarla con
fidelidad. En esa línea se entiende una sentencia atribuida al rabí Hillel: אֵין
בּוּר יְרֵא חֵטְא, וְלֹא עַם הָאָרֶץ חָסִיד (ein bur yeré jet, veló am
haáretz jasid): “un ignorante no puede ser temeroso del pecado, y un hombre
sin instrucción no puede ser piadoso”.
La frase, en sí
misma, quiere recordar que la fe necesita ser educada, iluminada, formada. Pero
llevada al extremo podía crear una frontera peligrosa: los que habían estudiado
se consideraban más cerca de Dios, mientras que los pobres, los sencillos, los
analfabetos o quienes no conocían bien la Ley quedaban fácilmente mirados con
desprecio. Como si Dios tuviera una especie de examen de acceso reservado a los
expertos.
Y ahí aparece la
sorpresa del Evangelio. Jesús descubre que el Padre no revela la belleza de su
rostro a quienes se sienten dueños de la verdad, sino a los pequeños; a los que
tienen un corazón sencillo, limpio, disponible. No porque la ignorancia sea una
virtud, sino porque la autosuficiencia puede cerrar el alma. El problema no
está en saber mucho; el problema está en creer que, porque uno sabe mucho, ya
no necesita dejarse sorprender por Dios.
Imaginemos
entonces qué habría sucedido si todos aquellos sabios se hubieran hecho
discípulos desde el principio. Habrían terminado bloqueando la entrada en la
comunidad cristiana a los pecadores, a los pobres, a los ignorantes. Habrían
puesto condiciones, filtros, barreras, quizá hasta una ventanilla con número de
turno. Y el Evangelio no nació para convertirse en una oficina de admisión,
sino en una casa abierta.
De hecho, los
Hechos de los Apóstoles nos hablan de los serios problemas que surgieron en la
Iglesia primitiva cuando algunos fariseos abrazaron la fe y quisieron imponer
sus criterios (cfr. Hch 15, 5).
Los pequeños ven lo que los autosuficientes
no alcanzan a mirar.
Dios reveló la
belleza de su rostro a los pequeños, es decir, a quienes tienen un corazón
sencillo, sincero y limpio; a quienes están dispuestos a acoger siempre la
verdad.
Y Jesús se alegra
de esta revelación que ha recibido en la oración. En medio de una crisis,
descubre que el Padre está abriendo un camino nuevo; no a través de quienes se
creen dueños de Dios, sino a través de quienes se dejan sorprender por él.
Dios no aprueba el mal:
Sabe sacar bien incluso del mal.
«Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido
entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce
al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
¿Qué quiere decir
Jesús cuando afirma: «Sí, Padre, así te ha
parecido bien»? No significa que lo ocurrido sea bueno. No es
bueno que los escribas y fariseos hayan rechazado el Evangelio. Ese rechazo no
agradó al Padre.
Entonces, ¿qué es
lo que agradó al Padre? Le agradó sacar un bien de aquel pecado. Y el bien
fue este: Que los pobres, los pequeños, los sencillos, pudieron entrar en el
reino de Dios.
El mensaje para
nosotros es muy claro. Se nos invita a aprender, como Jesús, a descubrir en la
oración el designio de amor de Dios, que sigue presente incluso en los
acontecimientos que a nosotros nos parecen absurdos. Nuestra historia está
en manos del Padre, y él sabe sacar siempre un bien incluso del mal.
La oración nos ayuda a ver
el hilo de Dios en la historia.
Jesús continúa
diciendo: «Todo me ha sido entregado por mi
Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
¿Qué quiere decir
Jesús con estas palabras? Está diciendo que la revelación de la belleza de
Dios ha entrado en el mundo a través de él. En Jesús, Dios ha venido a
dejarse ver. Y nosotros tenemos la alegría, y también la inmensa gracia, de
haber descubierto por medio de su Evangelio esta belleza de Dios.
Antes de Jesús, nadie había imaginado ni
podía imaginar un Dios así. Es el Hijo, imagen perfecta del Padre, quien nos lo
ha revelado.
Para conocer al Padre,
hay que mirar al Hijo.
Si queremos
conocer realmente a Dios, al Dios verdadero, necesitamos mirar a Jesús. No
basta con nuestras ideas, nuestras imágenes religiosas o nuestras intuiciones.
El rostro de Dios se nos muestra en el Hijo.
Pero tengamos
presente algo decisivo: Si no nos hacemos pequeños, resulta imposible acoger
esta revelación. Solo un corazón sencillo puede dejarse sorprender por un
Dios así.
La religión no debería aplastar:
Debería ensanchar el corazón.
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y
yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
encontraréis descanso para vuestras almas. Porque
mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
La relación con
Dios debería ser siempre fuente de alegría y de fiesta. El Señor nos dirige su
Palabra porque nos quiere libres, serenos, felices. Entonces, ¿por qué Jesús
habla aquí de gente cansada y agobiada? (cfr. Mt 11, 28). ¿Por qué se refiere
precisamente a la religión de su tiempo?
La razón es que
algunas guías espirituales habían cargado sobre el pueblo sencillo —el llamado עַם
הָאָרֶץ (am haáretz), “pueblo de la tierra”— una serie de imposiciones que
no nacían directamente de la Palabra de Dios. Eran preceptos humanos: normas
añadidas, interpretaciones acumuladas, cargas religiosas que terminaban
haciendo difícil lo que Dios había querido como camino de vida.
Basta pensar en lo
que había ocurrido con el sábado. El sábado, el שַׁבָּת (Shabat), había nacido
como un regalo de Dios. No era una trampa religiosa ni un examen semanal para
comprobar quién cumplía mejor. Era un día pensado para devolver libertad al ser
humano. Dios lo había querido para que nadie viviera esclavizado por el trabajo
incesante y, sobre todo, para proteger a los más débiles: los esclavos, los
extranjeros, los pobres, aquellos a quienes se podía hacer trabajar incluso en
el día de descanso (cfr. Ex 20, 8-11; Dt 5, 12-15).
Sin embargo, aquel
don fue quedando rodeado de interpretaciones, prohibiciones y limitaciones cada
vez más minuciosas. La tradición rabínica llegó a formular treinta y nueve
grandes categorías de trabajos prohibidos en sábado, llamadas מְלָאכוֹת (melajót),
plural de מְלָאכָה (melajá). No se trataba de treinta y nueve pequeños
gestos aislados, sino de grandes tipos de actividad: sembrar, arar, segar,
moler, amasar, hornear, hilar, tejer, coser, escribir, borrar, construir,
encender fuego, transportar de un lugar a otro, entre otras.
Estas normas
nacieron con la intención de custodiar el descanso sagrado. Pero el problema
aparece cuando lo que se propone para proteger un don termina convirtiéndose en
un peso. Cada una de aquellas categorías podía multiplicarse en muchas
aplicaciones concretas, hasta el punto de que la persona sencilla ya no
sabía si estaba descansando ante Dios o caminando por un campo de minas
religiosas. Lo que debía liberar acababa inquietando. Lo que debía recordar
la alegría de pertenecer a Dios podía convertirse en miedo a equivocarse.
Ahí estaba el yugo
insoportable de los preceptos humanos. Jesús no combate el sábado querido por
Dios. Jesús combate una manera de vivir la religión que, en vez de levantar al
cansado, lo carga más; en vez de acercar a Dios, lo presenta como un vigilante
severo; en vez de dar vida, produce angustia.
Más tarde, cuando
Pedro reúna en Jerusalén a la asamblea de los discípulos, estarán presentes
algunos fariseos convertidos que querían obligar también a los cristianos a
mantenerse fieles a ciertas tradiciones religiosas judías. Y Pedro dirá: “¿Por
qué tentáis a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni
nuestros padres ni nosotros hemos sido capaces de llevar?” (cfr. Hch 15,
10).
Ahí está la razón del cansancio y de la opresión: Los preceptos inventados por los hombres. Cuando la religión deja de ser encuentro con el Dios que libera y se convierte en una carga que aplasta, ya no estamos ante el rostro del Padre que Jesús nos revela. El Evangelio no viene a colocar más peso sobre los hombros cansados, sino a devolvernos el descanso verdadero: La libertad de los hijos.
Si algo no viene de Dios,
no merece cargar nuestra alma.
Prestemos
atención, porque Jesús no está hablando solo a la gente de su tiempo. Nos habla
también a nosotros, hoy.
Si en nuestra
práctica religiosa percibimos algo que nos cansa, que nos oprime, que no nos
convence porque no nace de la Palabra de Dios, necesitamos tener la valentía de
sacudirnos de encima ese peso. Esos preceptos no vienen de Dios. Y lo que no
viene de Dios no puede presentarse como si fuera voluntad de Dios.
El descanso en el Señor
Después Jesús nos
invita a ir a él para encontrar descanso (cfr. Mt 11, 28); «y encontraréis descanso para vuestras almas».
Pero ¿de qué descanso habla? No se trata simplemente de ese descanso que
buscamos cuando nos vamos a dormir o cuando necesitamos tumbarnos un rato
porque el día nos ha dejado como una alfombra después de una procesión.
Aquí está de fondo
un término hebreo muy importante: מְנוּחָה (menuchá). En la
Biblia indica el descanso de la tierra prometida, el descanso de quienes han
dejado atrás la esclavitud y han entrado en la tierra de la libertad.
Jesús nos promete
y nos propone su tierra de libertad: El reino de Dios, ese reino en el que
entran quienes acogen sus bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 3-12).
Es como si Jesús
nos dijera: No busquéis la alegría, la serenidad y la paz lejos de mí. No las
encontraréis. Solo si venís a mí, solo si acogéis mi Evangelio, encontraréis
descanso, porque estáis hechos para el Evangelio.
El yugo de Jesús no aplasta:
Encaja con lo que somos.
Jesús añade: «Tomad mi yugo sobre vosotros». Es decir; descargad
ese yugo inventado por los hombres. Pero el yugo que llevo yo también es
vuestro.
¿Qué es este yugo?
Es el único precepto que no viene de fuera, sino de nuestra identidad más
profunda de hijos de Dios. Estamos hechos bien. Por eso, cuando
alguien necesita ayuda y nos pide un gesto de amor, enseguida sentimos dentro
una llamada. Algo en nosotros nos dice: ama. Sirve al hermano que te pide
ayuda. Esa voz es la voz del Espíritu. Y ese es el yugo que encaja bien.
Aquí aparece el
término griego χρηστός (jrestós), que muchas veces se traduce como “suave”
o “dulce” (cfr. Mt 11, 30). Pero su sentido no es simplemente “dulce” en
el sentido sentimental de la palabra. Indica más bien algo que se adapta
bien, algo adecuado, algo que no roza ni hiere porque corresponde a nuestra
verdad más profunda.
El único precepto
que se adapta bien a la naturaleza humana es el que viene del Espíritu: La
voz del Espíritu que nos impulsa a amar.
Jesús dice: «Aprended de mí». Él escuchó siempre solo
la voz de su filiación divina. Y de ahí nació su mansedumbre de corazón.
El manso no es un cobarde:
Es quien no responde con violencia.
«Aprended de mí, que soy manso». ¿Qué quiere
decir “manso”? En español, la palabra puede hacernos pensar en una persona
tranquila, que no reacciona ante las provocaciones, que acepta incluso las
injusticias sin decir nada. Pero conviene tener cuidado: Jesús no llama
manso al que se resigna pasivamente ni al que, sufriendo una injusticia,
renuncia a luchar para que haya justicia.
El manso es una
persona pacífica, sí; alguien que no responde con violencia. Pero eso no
significa que huya de los conflictos. Puede afrontarlos, y debe afrontarlos,
cuando está en juego la justicia.
Jesús vivió
conflictos dramáticos. Pero los afrontó siempre con las disposiciones del
corazón propias del manso: Nunca cedió a la tentación de reaccionar
violentamente, nunca actuó por venganza, nunca buscó imponerse por la fuerza.
Reaccionó y actuó siempre desde el amor.
Humilde de corazón
Y Jesús no solo es
manso, sino también «humilde de corazón».
En griego aparece
el término ταπεινός (tapeinós), que significa humilde, pequeño,
situado abajo, no en el sentido de una persona sin dignidad, sino de quien no
vive desde la lógica del poder, del prestigio o de la imposición.
En hebreo hay una
palabra muy iluminadora: עָנָו (anáv). Su plural es עֲנָוִים (anavím):
los humildes, los mansos, los pequeños. No son los débiles sin valor, ni los
resignados que se dejan pisotear. Son aquellos que no necesitan imponerse,
porque viven apoyados en Dios. Son los que se inclinan, no por servilismo, sino
porque han renunciado a dominar.
Por eso la Biblia
puede decir que los עֲנָוִים (anavím) heredarán la tierra (cfr.
Sal 37, 11). Y Jesús retoma esa misma línea cuando proclama: “Bienaventurados
los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (cfr. Mt 5, 5). La
mansedumbre bíblica no es cobardía: es la fuerza humilde de quien no responde
al mal con violencia y no construye el mundo desde la soberbia.
Así se entiende
mejor a Jesús. Él se presenta como humilde de corazón: ταπεινὸς τῇ καρδίᾳ (tapeinòs
tê kardía) (cfr. Mt 11, 29). No viene como faraón, ni como soberano que
aplasta desde arriba, sino como Hijo que sirve. Su humildad no le quita
dignidad; al contrario, revela la verdadera grandeza de Dios: la grandeza del
amor que se abaja para dar vida.
Y ahí está la
sorpresa: Jesús se presenta con este corazón humilde. No aparece como un
faraón religioso que domina desde arriba, sino como el Hijo que se abaja, que
sirve, que se pone al nivel de los pequeños. Su humildad no es debilidad; es la
forma concreta del amor.
Y aquí Jesús nos
ofrece una imagen de Dios que da la vuelta a muchas imágenes que nosotros
mismos nos hemos fabricado. Dios es servidor. Siendo amor, no puede ser otra
cosa que servidor, porque lo contrario del amor es el dominio, la pretensión de
grandeza, el deseo de dar órdenes.
Jesús se presenta
como servidor, como עָנָו (anáv), inclinado. Esa es la imagen de Dios.
Él ha venido a mostrarnos el verdadero rostro del Padre.
El mundo nuevo no nace de los amos,
sino de los servidores.
Jesús inaugura un
reino nuevo; no el reino de los señores que dominan, sino el reino de los
servidores. Es muy significativo que, cuando entre en Jerusalén, no lo haga
montado en un caballo, como los grandes soberanos, sino como un servidor. Así
realiza la profecía de Zacarías: el rey justo que entra en Jerusalén viene
montado en un asno y es humilde, עָנָו (anáv) (cfr. Zac 9, 9; Mt 21, 1-11). Ese
es el nuevo rey.
Y Jesús dice que
es manso y humilde «de corazón».
Sabemos que, en la cultura semítica, el corazón no indica solo la sede
de los afectos, como suele ocurrir para nosotros. Para ellos, el corazón era
lo que nosotros llamaríamos el centro de la persona: El lugar de las
decisiones, de los pensamientos, de la voluntad. Nosotros solemos decir que
decidimos con la cabeza; ellos habrían dicho que se decide con el corazón.
Por eso, cuando
Jesús se presenta como manso y humilde de corazón, está diciendo que desde su
interior brotan siempre decisiones de servidor, nunca decisiones de quien
agrede, domina o quiere imponerse.
Aquí se nos
muestra la imagen del mundo nuevo que estamos llamados a construir. Si nos
adherimos a este rey que se presenta con corazón manso y humilde, entonces sí
podemos cambiar el mundo.
Hay muchas cosas
que no nos gustan y que querríamos cambiar. Muchos intentan cambiarlas. Pero si
se intenta cambiar el mundo con un corazón que no es humilde ni manso, nada
cambia de verdad. Si se quiere transformar el mundo manteniendo la lógica de la
competición, del dominio y de la imposición, solo cambiarán los actores, pero
la obra seguirá siendo la misma.
Jesús nos propone
cambiar el guion, no solo cambiar de personajes. No el viejo guion en el que
todos quieren ser señores, dominar e imponerse, sino el mundo nuevo en el que
cada uno se presenta como él: con su yugo, que es el yugo del amor.
Si respondemos a
esa voz del Espíritu que nos impulsa a amar como Jesús amó, entonces empezará a
cambiar el mundo. Ese es el mundo nuevo que construyen quienes han acogido el
reino de Dios.
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