viernes, 31 de marzo de 2017
El Obispo de Palencia abierto a modificar los estatutos de la Hermandad de Cofradías Penitenciales de Palencia
jueves, 30 de marzo de 2017
El Obispo de Palencia en medio de una peligrosa y envenenada encrucijada
¿Modificar estatutos de la Hermandad de Cofradías para asumir criterios mundanos?
viernes, 30 de abril de 2010
La alegría del sacerdocio
La alegría del sacerdocio
Mons. Josep Ángel Saiz Meneses, Obispo de Terrassa nos ofrece una bellísima Carta Pastoral en el Adviento 2009 bajo el título
"
El texto íntegro lo pueden encontrar en el siguiente enlace: www.bisbatdeterrassa.org/archivos_pdf/Carta_Pastoral09_castellano.pdf
“El corazón de los jóvenes está sediento de felicidad, y esa sed sólo puede ser saciada por Dios. Está sediento de bondad, de belleza, de autenticidad, en definitiva, de un ideal de altura capaz de colmar su anhelo de infinito. En ese camino de búsqueda de sentido, el encuentro con el Señor provoca un cambio radical porque se ha hallado el tesoro por el que vale la pena darlo todo (cf. Mt 13,44), y ese hallazgo produce plenitud y alegría, y llena de sentido la existencia. Desde este primer momento se puede considerar la posibilidad de una vocación que comporte dejarlo todo por el seguimiento del Señor”.
Continúa diciéndonos Mons. Josep Ángel: “Pero es necesario profundizar en el encuentro con Cristo, y que establezcan con él una relación personal intensa. La vocación al sacerdocio ministerial comienza por un encuentro con el Señor, que llama a dejarlo todo y seguirle, que quiere que su llamamiento se prolongue en una vida de amistad con Él y de misión que compromete toda la existencia. La vocación es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, porque todo cristiano está llamado a la santidad, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirle compartiendo vida y misión”.
Y continúa aportándonos: “La historia de toda vocación cristiana y particularmente de toda vocación sacerdotal, es la historia de un inefable diálogo entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios que llama y la libertad del hombre que responde. Este modelo de llamada y de respuesta, de iniciativa de Dios y de libertad responsable del hombre, aparece siempre en las escenas vocacionales a lo largo de
(Los videos son del Seminario de Oviedo tomados de you tube, bajo el título CAMPAÑA DEL SEMINARIO 201O ENTREVISTA)
sábado, 25 de octubre de 2008
Curar enfermos, pero sin eliminar a nadie
Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre
Con el título de “Curar enfermos, pero sin eliminar a nadie”, la Secretaría de la Conferencia Episcopal Española hizo pública el viernes 17 de octubre, una Nota aclaratoria sobre los aspectos morales implicados en el nacimiento del llamado primer "bebé medicamento". La frase final del comunicado episcopal delimitaba claramente las cosas: “Con estas aclaraciones no se juzga la conciencia ni las intenciones de nadie. Se trata de recordar los principios éticos objetivos que tutelan la dignidad de todo ser humano”. Sin embargo, como suele suceder en estos casos, las descalificaciones gratuitas contra la Iglesia no se hicieron esperar. Hemos escuchado acusaciones tan faltas de fundamento como injustas, llegando en el colmo del atrevimiento, a afirmarse que “la Iglesia no tiene humanidad ni caridad” (sic).
Sin embargo, significativamente, se ha silenciado el hecho de que el presidente de la Comisión Deontológica del Consejo General del Colegio de Médicos, Rogelio Altisent, lejos de festejar el éxito del primer “bebé medicamento” producido en España, haya afirmado lo siguiente: "Dejar por el camino los embriones que no han sido utilizados no es un tema neutro para la ética médica".
El fin no justifica los medios
El principal argumento moral por el que la Iglesia rechaza estas prácticas es el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana, independientemente de la fase en la que se encuentre. Un embrión humano no puede ser utilizado para un fin que no sea su propio bien. Así se afirma en la citada Nota: “Se ha puesto el énfasis en la feliz noticia del nacimiento de un niño y en la posibilidad de la curación de la enfermedad de su hermano. Expresada así, la noticia supone un motivo de alegría para todos. Sin embargo, se ha silenciado el hecho dramático de la eliminación de los embriones enfermos y eventualmente de aquellos que, estando sanos, no eran compatibles genéticamente”.
Una vez ignorado o rechazado el principio moral que sostiene que el fin no justifica los medios, la suerte del ser humano es ya incierta… Todo depende de que formemos parte del colectivo de los seres humanos “destinatarios” o “beneficiarios”, o de que nos toque engrosar el número de los “utilizados” o “sacrificados”.
La vida humana se “desarrolla”, no se “construye”
Está claro que en este debate, una de las cuestiones fundamentales es la del inicio de la vida humana. De hecho, algunas de las críticas dirigidas contra la Iglesia se han formulado acusándola de equiparar el valor de los embriones al de la vida de un niño. Pues bien, ¿cuándo comienza la vida humana: en la concepción, en el parto, al cuarto mes del embarazo…?
Sabemos de sobra que esta pregunta ha sido respondida de forma contundente por la Embriología, que es una rama científica de la Biología: la vida humana comienza en el preciso instante de la concepción. Sin embargo, puede ocurrir que determinadas formas erróneas de “imaginarnos” la realidad, nos impidan extraer las consecuencias lógicas de esta afirmación. Algo así parece ocurrir con el candidato republicano a la presidencia norteamericana, John McCain, quien afirma que la vida comienza en la concepción, pero, sin embargo, acepta la experimentación con embriones humanos (¿?). Una pista para entender estas contradicciones podría ser la siguiente: ¿Cómo nos imaginamos el proceso de gestación de la vida, como una construcción o como un desarrollo?
En un artículo publicado por Joseph Koterski S.J. (“Construction, Development, and Revelpment”, Life and Learning XV, 2006), el autor desarrolla una interesante descripción del pensamiento contemporáneo, para explicar nuestras resistencias a aceptar algo tan obvio como es el respeto a la vida humana, independientemente de la fase en la que se encuentre.
Tal vez nos imaginamos que en el proceso de la gestación en el seno materno, la vida humana está en construcción, como ocurre en la fabricación en cadena de un vehículo. ¿En qué momento podemos considerar que el coche comienza a serlo? ¿En el momento en que le colocan el motor? ¿Cuando adquiere ya un determinado aspecto exterior? ¿En el momento en que sea capaz de ponerse en funcionamiento? Lo que es indudable, es que nadie llamaría “coche” al resultado de la primera fase de la cadena, cuando simplemente se hayan unido los primeros hierros y tuercas.
Sin embargo, la vida humana no se “construye” a partir de la concepción, sino que simplemente se “desarrolla”. No existe un constructor exterior que añada piezas a ese embrión. El principio vital del ser humano está ahí desde el comienzo, en su código genético, y no necesita sino tiempo y condiciones adecuadas para desarrollarse. El ser humano no será “construido”, sino que “ya es”. ¡Sólo hay que “dejarle ser”!
La lógica del deseo
Nuestra cultura postmoderna arrastra un déficit muy notorio de racionalidad. Es frecuente que nuestras acciones se realicen a impulsos de la emotividad, sin que los principios morales objetivos tengan influjo determinante en nuestras decisiones. La lógica implacable del deseo se aplica tanto al aborto –para rechazar la vida no deseada-, como a la producción artificial de embriones en el laboratorio.
En el caso del “bebé medicamento”, la lógica del deseo tiene un matiz especial de tipo utilitarista. Así lo denuncia la Nota de la CEE: “Por su parte, el hermano que finalmente ha nacido ha sido escogido por ser el más útil para una posible curación. Se ha conculcado de esta manera su derecho a ser amado como un fin en sí mismo y a no ser tratado como medio instrumental de utilidad técnica”.
Una vez más, “la Iglesia desea prestar su voz a aquellos que no la tienen y a los que han sido privados del derecho fundamental a la vida”. La alternativa científica al “bebé medicamento”, acorde con la ética, es la potenciación en España de los actuales bancos de sangre de cordón umbilical, de forma que tenga la suficientemente oferta como para posibilitar la consecución de donantes compatibles. Y es que… “ciencia” y “conciencia”, se necesitan mutuamente.
sábado, 17 de mayo de 2008
Nota de los Obispos de la Iglesia de Castilla y León
Los Obispos de la Iglesia en Castilla y León, reunidos en sesión ordinaria, nos dirigimos a los fieles de nuestras Diócesis para recordarles la Doctrina que la Conferencia Episcopal Española ha emitido en diversos documentos sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía (EpC):
1.- El Estado no puede imponer legítimamente una formación de la conciencia de los alumnos al margen de la libre elección de los padres, tal como tiene prevista la asignatura EpC y los Decretos que desarrollan la Ley, que pretenden formar con carácter obligatorio la conciencia moral y cívica de los alumnos.
2.- El derecho de los padres a elegir el tipo de formación moral y religiosa para sus hijos es primordial, insustituible e inalienable, como reconoce el artículo 27,3 de la Constitución Española: “Los poderes políticos garantizan el derecho de los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones morales”.
3.- Las enseñanzas orientadas a la formación de la conciencia moral, tanto en el ámbito de la persona como en el de la sociedad, no son competencia del Estado. Son los padres y las escuelas, como colaboradores de los padres, quienes tienen el derecho y el deber de la educación de sus hijos.
4.- Los padres tienen derecho a poner objeción de conciencia a la enseñanza de la asignatura EpC, así como a la denuncia personal de esta Ley, como medios a su alcance para defender el derecho que les asiste de ser ellos quienes determinen la educación moral de sus hijos.
5.- Las diferentes administraciones educativas, así como los colegios públicos y concertados, deben respetar escrupulosamente las decisiones de los padres y no interferir en el ejercicio de sus derechos fundamentales, asesorando y acompañando convenientemente a todos aquellos que lo soliciten.
Los Obispos de la Iglesia en Castilla y León desean contribuir, con todo respeto, a la información de los padres sobre sus derechos, en espera de que la asignatura EpC no se aplique en nuestras Diócesis en forma que está programada y que ha sido ya desautorizada por las sentencias de varios tribunales civiles.
Valladolid, 6 de Mayo de 2.008
sábado, 12 de abril de 2008
"No somos la oposición, sino la Iglesia de Jesús"
El arzobispo emérito de Pamplona - Efe
L. R. R. Madrid- El arzobispo emérito de Pamplona y obispo emérito de Tudela, monseñor Fernando Sebastián, ha inaugurado este fin de semana el «EncuentroMadrid 2008», celebrado en la Casa de Campo de Madrid con el lema «La verdad es el alimento de la vida». Durante la entrevista inaugural del evento, que le hizo José Luis Restán, director de contenidos de COPE, monseñor Sebastián afirmó que «hoy en España los católicos necesitamos tomar conciencia de que somos capaces de sostener un tu a tu con el mensaje de la cultura del actual partido socialista que pretende una revolución cultural», pero, recordó que «no somos la oposicion del PP sino la Iglesia de Jesús». El arzobispo emérito también destacó que «afortunadamente nuestra fe no depende de la política» y que una de las cosas que hay que hacer es poner a los políticos «en su sitio» y recordarles que no se puede legislar todo lo que se les ocurra.
lunes, 4 de febrero de 2008
Con perdón...insistimos (Sobre la Nota de los obispos)
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
Con perdón… insistimos
(Sobre la Nota de los obispos)
¡Hay que ver la escandalera que se ha armado con la Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española! En ella, los obispos ofrecen a los católicos unos criterios morales, ante las próximas Elecciones Generales. Bien es cierto que las reacciones y las declaraciones de estos días, están en sintonía con las virulentas reacciones que tuvieron lugar tras la concentración de las familias el 30 de diciembre, en la Plaza de Colón de Madrid. No es mi intención entrar en el comentario detallado de la Nota. Animo a su lectura directa, sin intermediarios que indispongan a su recepción, y ahora me limito a hacer algunos comentarios que ayuden a la reflexión:
A) Diferencia de talante: Ya sabemos que estamos en una sociedad muy plural, y que cada vez es más difícil esperar que los principios morales que propone la Iglesia vayan a ser objeto de un consenso generalizado. Pero, más allá de la pluralidad de pensamiento, me parece muy significativa la diferencia tan notable de talante, entre la forma de expresarse de los obispos y la de la mayoría de sus críticos.
Por ejemplo, el punto tercero de la Nota episcopal habla en estos términos: “Respetamos a quienes ven las cosas de otra manera. Sólo pedimos libertad y respeto para proponer libremente nuestra manera de ver las cosas, sin que nadie se sienta amenazado ni nuestra intervención sea interpretada como una ofensa o como un peligro para la libertad de los demás. Deseamos colaborar sinceramente en el enriquecimiento espiritual de nuestra sociedad, en la consolidación de la auténtica tolerancia y de la convivencia en el mutuo respeto, la libertad y la justicia, como fundamento imprescindible de la paz verdadera”.
Desde luego, nada que ver con el estilo y las formas de los políticos que han realizado declaraciones como éstas: “Los obispos son unos hipócritas”, “Es una jerarquía integrista, fundamentalista, neoconservadora, que ni siquiera puede representar al sentimiento de la mayoría de los católicos españoles", “Los obispos nos están apretando (…) y nos están llevando a la denuncia de los Acuerdos con la Santa Sede”.
B) Una falsedad: Es totalmente falso que la Iglesia Católica haya “entrado en campaña electoral”. Los obispos no han hecho sino ofrecer a los católicos cerca de cuarenta criterios morales, que les sirvan como orientación antes de decidir libremente su voto. Los principales han sido: respeto a toda vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, tutela jurídica del matrimonio, apoyo a la familia en su derecho de educar moralmente a sus hijos, firmeza ante el chantaje terrorista, distinción entre la sana laicidad y el laicismo, moderación de los nacionalismos, atención especial a los inmigrantes, vivienda accesible para todos, respeto a la naturaleza, colaboración con el desarrollo internacional de los pueblos, defensa de la mujer discriminada y humillada, lucha contra la esclavitud de las redes de prostitución, denuncia de las diferencias injustas entre personas y comunidades autónomas, etc.
La Nota no entra a juzgar los diferentes partidos políticos. Se limita a declarar una doctrina moral consolidada, sin hacer referencia a nadie en concreto.
C) Un anhelo: Aunque la Nota episcopal afirma que los católicos tienen derecho a apoyar a distintos grupos políticos y a militar en ellos, es de sobra conocido que ninguno de los partidos políticos con representación parlamentaria en España cumple la totalidad de las orientaciones morales señaladas por la doctrina católica.
Por desgracia, nos estamos acostumbrando a la teoría del “mal menor”, como única formula de sentirnos representados en la vida pública. Sin embargo, lo razonable es que “el mal menor” sea algo transitorio -nunca definitivo-, y que al mismo tiempo los católicos vayamos dando pasos decididos hacia “el bien”.
Imagino que no hará falta aclarar que no es tarea de los obispos la de conformar alternativas políticas, sino la de limitarse a dar orientaciones morales. Ahora bien, ¿no habrá suficientes laicos católicos que se sientan llamados a desarrollar una vocación política coherente con el ideal cristiano, de forma que no nos veamos obligados indefinidamente a optar por el mal menor?
D) “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32): Vivimos inmersos en un ambiente de acoso a la Conferencia Episcopal Española. En los momentos actuales, un obispo se lo tiene que pensar mucho antes de atreverse a hablar en público. Una de las mayores tentaciones que tiene que vencer es la del miedo, ya que cualquiera de sus palabras puede ser sacada de contexto y extrapolada por unos medios de comunicación mayoritariamente imbuidos de la cultura secularizada, laicista y anticlerical. En la práctica, el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la libertad religiosa están en peligro.
Sin embargo, al publicar esta Nota, mis hermanos de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española han obrado con la libertad evangélica y la valentía que se alimenta de la plena confianza en las palabras de Cristo: “Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir” (Lc 12, 11-12).
martes, 29 de enero de 2008
Censura laicista en la Universidad
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
¡Qué verdad es que «Dios escribe derecho con renglones torcidos»! La primera persecución desatada contra los cristianos tras el apedreamiento de San Esteban, tal y como se narra en los Hechos de los Apóstoles, fue la ocasión dispuesta por la Providencia divina para la expansión del cristianismo fuera de Jerusalén (Hch 8, 1). Algo similar está ocurriendo tras el boicot violento protagonizado por un grupo de radicales laicistas en la Universidad de La Sapienza de Roma. El Papa hizo llegar su discurso al Rector de la Universidad, quien lo leyó ante el profesorado y el alumnado. Posteriormente, Internet y algunos medios de comunicación se están haciendo propagadores de la palabra acallada. ¡Pocos discursos papales habrán tenido tanta difusión, resonancia y fruto como éste! Yo también quiero prestar un altavoz más al discurso censurado por esa especie de “inquisición civil” contemporánea.
+ Frente a la leyenda negra: Lo primero que ha sorprendido a muchos legos en la materia, ha sido el dato histórico de que esta universidad laica, La Sapienza, que es la que más alumnos tiene en toda Europa, fuese creada en la Edad Media por el Papa Bonifacio VIII. Pero… ¿no nos habían dicho que la Edad Media había sido una época oscurantista en la que la Iglesia había mantenido en la ignorancia al pueblo?
Muy al contrario, la Iglesia se prodigó durante todos aquellos siglos en auspiciar universidades, dotándolas incluso de una autonomía desconocida hoy en día, que les eximía de la jurisdicción ordinaria, ya que contaban con sus propios tribunales para administrar justicia a los maestros y alumnos universitarios. El Papa recordaba en su discurso que la autonomía «siempre ha formado parte de la naturaleza universitaria, que ha de vincularse exclusivamente a la autoridad de la verdad, en libertad frente a autoridades políticas y eclesiásticas».
Benedicto XVI recuerda en su discurso dirigido a La Sapienza, que gracias a la contribución de Santo Tomás de Aquino, y en contacto con las filosofías árabes y judías, en el ámbito de la Universidad medieval se subrayó «la autonomía de la Filosofía y con ella el derecho y la responsabilidad propios de la razón, que se interroga basándose en sus propias fuerzas».
+ La fe estimula a la razón: Benedicto XVI se presenta siete siglos después en La Sapienza, comenzando por hacer la pregunta: «¿Qué hace o puede decir el Papa en la Universidad? ». Su tarea no consiste en «tratar de imponer a los demás de manera autoritaria la fe, que sólo puede ser transmitida en libertad», sino en «mantener despierta la sensibilidad por la verdad».
En efecto, la tentación del pensamiento contemporáneo no sólo es la de rechazar la fe, sino también la de prescindir de la razón. Nuestra actual Universidad tiene el riesgo de reducirse a la enseñanza de las ciencias experimentales, renunciando a las preguntas transcendentales sobre el sentido de la existencia. El pensamiento imperante en la cultura actual, tiene alergia a las preguntas últimas y definitivas. No acostumbra a preguntarse si algo es verdad o mentira, ni tan siquiera si es bueno o malo. Más bien, los planteamientos se derivan hacia otros matices menos comprometidos: la búsqueda de la eficacia, respuesta a intereses, la utilidad, la eficiencia, la calidad de vida, la felicidad identificada como bienestar...
El Papa quiere suscitar el deseo de la verdad, y por ello invita a la razón a ser ambiciosa en sus preguntas: «El obispo de Roma quiere invitar nuevamente a la razón a ponerse en búsqueda de lo verdadero, del bien, de Dios y, siguiendo este camino, alentarla a percibir las luces útiles surgidas a través de la historia de la fe cristiana y a percibir de este modo a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y que ayuda a encontrar el camino hacia el futuro».
+ Las raíces del árbol: El discurso de La Sapienza se refiere también al reconocimiento de las raíces culturales. El Papa lanza un llamamiento a la cultura occidental a no cerrarse a la verdad de la fe cristiana en nombre de la “presunta pureza” de la razón, pues ésta se “resecará”. Si la razón, preocupada por guardar su laicidad, pierde el contacto con las raíces de las que ha nacido, entonces pierde la valentía de la verdad y, al perderla, lejos de crecer, se empequeñece. Dice el Papa: «La filosofía no vuelve a empezar cada vez desde el punto cero del sujeto que piensa de manera aislada, sino que se mantiene en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que crítica y dócilmente al mismo tiempo sigue acogiendo y desarrollando; pero tampoco debe cerrarse ante lo que las religiones y en especial la fe cristiana han recibido y dado a la Humanidad como señal del camino».
Al igual que en la memoria de la construcción europea ha quedado como referente el eslogan pronunciado al principio del Pontificado de Juan Pablo II en Santiago de Compostela -«Europa, ¡sé tú misma!, descubre tus raíces, aviva tu historia»-, así también en este discurso universitario que la “censura laicista” ha pretendido ahogar, quedarán para la posteridad el llamamiento del Papa en defensa de la razón, y su llamada a «mantener despierta la sensibilidad a la verdad».
domingo, 11 de noviembre de 2007
Principio de subsidiariedad
Para comprender las razones últimas de muchos de los desencuentros que están teniendo lugar en la construcción de nuestra sociedad, no es suficiente con describir la disparidad de opciones personales, sino que es necesario profundizar en los principios morales y espirituales sobre los que se sustentan las diversas opciones. Sin pretender ahora tratarlos de modo exhaustivo, nos centramos en uno de ellos en concreto: el llamado principio de subsidiariedad. Es una de las columnas principales sobre las que se construye la Doctrina Social Católica. Bien es cierto que se trata de un principio de Ley Natural, reconocido y aceptado por ciudadanos de otras confesiones religiosas, e incluso por quienes carecen de religión; pero es de justicia reconocer que, en buena parte, su formulación y desarrollo se ha producido en el seno o al amparo de la Iglesia Católica.
sábado, 3 de noviembre de 2007
Una lectura del postconcilio
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
La pregunta, ciertamente, era muy interesante. Además, estaba siendo dirigida a un teólogo, Joseph Ratzinger, que había vivido el Concilio desde dentro. En efecto, aunque en aquel momento el Papa no era todavía obispo, había participado muy activamente en la asamblea conciliar, como consultor teológico del Cardenal Arzobispo de Colonia.
Existe una considerable paradoja entre las expectativas tan grandes creadas por el Concilio y el proceso posterior de secularización y abandono de la Iglesia por parte de muchos de sus miembros. Después de un modelo eclesial distante y enfrentado con la cultura surgida a partir de la Ilustración, todo parecía presagiar que finalmente se había encontrado la fórmula adecuada: la Iglesia se reencontraba con el mundo. Partiendo de esta apertura eclesial hacia el mundo, veríamos un renacer cristiano. El Concilio Vaticano II concluía el año 1965, en un clima de optimismo sin precedentes. Sin embargo, las cosas fueron muy distintas. La crisis religiosa postconciliar sobrevino como un “tsunami” implacable. El alejamiento de la práctica religiosa fue muy generalizado, así como el abandono de los sacerdotes y religiosos. Curiosamente, la popularidad de una Iglesia que había querido abrirse al mundo, no creció, sino todo lo contrario.
La respuesta de Benedicto XVI a la pregunta de aquel sacerdote, incidía en la necesidad de tener en cuenta dos momentos claves de “ruptura cultural” que siguieron al Concilio.
Por una parte, “Mayo del 68” fue una explosión que ponía en crisis la cultura cristiana de Occidente. La generación de la postguerra había desaparecido o había envejecido. Aquélla había sido una generación que había padecido el drama de las ideologías nazi y comunista, de forma que había apostado por el humanismo cristiano como camino de reconstrucción europea. Sin embargo, ahora todo parecía entrar en crisis. El espíritu de “Mayo del 68” despreciaba todo legado del pasado, y proclamaba la necesidad de empezar de cero. El marxismo se presentaba como la receta científica para construir el mundo nuevo.
En este momento histórico, se produjo un vivo debate en el seno de la Iglesia: Algunos pensaron que esta revolución cultural era lo que había perseguido el Concilio. Aunque la “letra” de los documentos conciliares no hubiese afirmado tales principios revolucionarios, sin embargo, sostenían que éste era el “espíritu” del Concilio. Por el lado contrario, otros sectores culpaban al Concilio por este masivo alejamiento de la fe y de la Iglesia.
Añádase a lo anterior que, veinte años después de esta primera crisis cultural, sobrevino una segunda: la caída de los regímenes comunistas en 1989. Algunos habían confiado en que la caída del Muro de Berlín hubiese supuesto el regreso a la fe, una vez comprobado el fracaso de la receta marxista. ¡Pero no fue así! La respuesta fue el escepticismo total, la llamada Postmodernidad: ¡Nada es verdad! ¡Que cada uno se busque su solución particular!
Tras refrescar nuestra memoria con este recorrido histórico, el Papa pasó a contestar al sacerdote italiano con su personal lectura creyente, capaz de extraer la lección que Dios quiere que extraigamos de nuestra historia: el Concilio había querido renunciar a un modelo triunfalista, más propio del Barroco, y descender al nivel de un diálogo coloquial con el hombre de nuestro tiempo. Pero, sin embargo, había crecido entre los católicos otro triunfalismo: el pensar que nosotros tenemos la receta mágica para construir la Iglesia del futuro, acaso despreciando a los que nos han precedido y pretendiendo reinventar la Iglesia… Pero la humildad del Crucificado excluye estos planteamientos triunfalistas. La Iglesia siempre debe llevar grabadas las llagas de la pasión de Cristo –incomprensión, persecución, signo de contradicción, etc.- ya que, precisamente por eso, tiene la capacidad de renovar el mundo. ¡Sin Cruz no hay Redención! La humildad de la Cruz es indispensable para la alegría de la Resurrección.
Y desde este espíritu humilde, añade el Papa, debemos redescubrir la gran herencia del Concilio. Han sido muchos, ¡muchísimos!, los logros del Concilio: florecimiento de tantos movimientos de laicos y de nuevas comunidades religiosas, experiencias de catolicidad, renovación litúrgica, corresponsabilidad de los laicos en la Iglesia, sínodos universales y diocesanos, diálogo fe-cultura… Benedicto XVI termina aconsejando la lectura de los textos conciliares en su literalidad, sin pretender interpretarlos desde un supuesto “espíritu conciliar”, que fácilmente podría ser susceptible de confusión con la propia subjetividad.
A buen seguro, que aquel sacerdote italiano que formulaba esa cuestión, en la que había estado tan implicada la historia de su vida, se sintió confortado y esperanzado con la respuesta.
¿Por quién repican las campanas?
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
El domingo 28 de octubre repicaron al unísono las campanas de la Basílica de San Pedro del Vaticano y las campanas de las parroquias natales de los cincuenta y un nuevos beatos palentinos. Si hace setenta años nuestras campanas “doblaron”, ahora han “repicado”... En nuestro rico idioma castellano, distinguimos bien el matiz que diferencia las expresiones “doblan las campanas” y “repican las campanas”. La primera tiene un sentido mortuorio, mientras que la palabra “repicar” evoca el toque festivo de las campanas en señal de gloria y alegría.
Al día siguiente de las beatificaciones, el lunes 29 por la mañana, los peregrinos españoles presentes en Roma, celebrábamos una Misa de Acción de Gracias en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Con emoción contenida escuchábamos la impresionante proclamación del salmo responsorial cantado por una soprano: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. / Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. / Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. / Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.” (Sal 125).
Efectivamente, aquellos acontecimientos vividos en los años treinta fueron trágicos, pero ahora, a la luz de la fe y con la perspectiva que da el paso del tiempo, nos percatamos de que eran también gloriosos. La beatificación de estos mártires es una llamada, en primer lugar, a acrecentar la virtud de la esperanza en nuestra vida. Ésta es la gran lección del Evangelio de Jesucristo, reactualizada por estos contemporáneos nuestros: Sin cruz no hay gloria. No hay rosa sin espina, de la misma forma que -a la luz de la Cruz de Cristo- esperamos firmemente que detrás de cada espina brote una flor de vida eterna. La perspectiva que nos dan los mártires es fundamental para dar sentido a nuestra existencia: ningún sufrimiento de nuestra vida es inútil, cuando es integrado en la Pasión de Cristo. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8, 28).
En segundo lugar, la homilía pronunciada por el Cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, José Saraiva Martins, resumía de la siguiente forma el legado que nos dejan los mártires: “A los hombres y a las mujeres de hoy nos dicen en voz muy alta que todos estamos llamados a la santidad (...). ¡Dios nos ha creado y redimido para que seamos santos! No podemos contentarnos con un cristianismo vivido tibiamente.” En otras palabras: el testimonio de los mártires es el mejor antídoto contra la mediocridad y el “pensamiento débil” tan propios de nuestra cultura actual. Su muerte testimonia que la felicidad del cristiano pasa por una opción irrenunciable e innegociable: vivir y morir en gracia de Dios. “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde a sí mismo?” (Lc 9, 24-25).
Por último, añadiremos que un signo inequívoco que autentifica el martirio de nuestros mártires es el perdón y la misericordia. Las palabras de Jesús en la Cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), fueron reproducidas por San Esteban, el primero de los mártires, en el momento de su lapidación: “Padre, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7, 60), y brotan igualmente de los labios de los nuevos beatos. Resultan conmovedoras las palabras que uno de los nuevos beatos, religioso franciscano de la Comunidad de Consuegra, dirigía a sus hermanos, cuando estaban a punto de ser martirizados: «Hermanos, elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte».
No me resisto, a reproducir también el testimonio de otro de los 498 nuevos beatos. Es el caso de don Ricardo Pla Espí, capellán mozárabe y Secretario de Estudios de la Universidad Pontificia de Toledo. Cuando fueron a su casa los milicianos con intención de matarle, su padre abrió la puerta. Don Ricardo, consciente de lo que hacía, bajó rápidamente a la entrada y dijo: «El sacerdote soy yo». Su madre y su hermana salieron también y don Ricardo se despidió de la familia con estas palabras dirigidas a su madre: «Madre, ¿usted no me ha criado para el cielo?... ¡Pues ésta es la hora! Al martirio hay que ir con alegría». Su madre respondió: «Hijo mío, ¡mucho valor para sufrir!, y ¡mucho más amor para perdonar!». A los pocos minutos, trasladado al paseo toledano del Tránsito, el beato Ricardo Pla Espí caía fusilado mientras gritaba: «¡Viva Cristo Rey!». Era la tarde del 30 de julio de 1936.
Sólo me queda concluir con las palabras pronunciadas por el Cardenal Bertone, Secretario de Estado: “Pidamos al Señor que el ejemplo de santidad de los nuevos mártires alcance para la Iglesia en España muchos frutos de auténtica vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusión que estimule la esperanza, un respeto que dé acogida a la verdad y una generosidad que abra el corazón a las necesidades de los más pobres del mundo.”
El 6 de noviembre ha sido elegido como la fecha anual para la conmemoración litúrgica de estos mártires. Aprovechando su proximidad, el próximo martes, 6 de noviembre, a las 18’00, tendremos en nuestra Catedral Palentina una Misa de Acción de gracias por la beatificación de estos 51 palentinos.
jueves, 25 de octubre de 2007
Los mejores hijos de la Iglesia.
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
¡Hoy es un día histórico, donde los haya, para nuestro pueblo! Difícilmente volveremos a ser testigos de una beatificación colectiva de cincuenta y un fieles de esta Diócesis. Aquel elogio que Santa Teresa dedicaba a los palentinos (“gente de buena masa”), se queda ahora muy pequeño, al compararlo con este reconocimiento de la cumbre de la santidad para los mejores los hijos de nuestro pueblo.
La persecución religiosa durante la Guerra Civil Española y en los años previos, marcó la cima del martirologio de la historia de España. Ni siquiera durante los siglos de dominación musulmana tenemos noticia de tantos españoles martirizados en tan corto espacio de tiempo.
Resulta verdaderamente impresionante y conmovedor, el hecho de que no tengamos conocimiento de ningún caso de apostasía de la fe entre tantos miles como fueron martirizados. ¡Qué más natural que el pánico ante las torturas y la ejecución inminente, hubiese empujado a un buen número de creyentes a dar un paso atrás! ¡Ni tan siquiera uno solo de ellos dejó de anteponer la fe en Dios al apego a la vida!
Sin embargo, tengamos cuidado de no quedarnos en la mera admiración. El motivo último de las beatificaciones y canonizaciones no es otro que el de suscitar en nosotros la auténtica “imitación”. Es posible que algunos piensen que éstos son modelos inalcanzables para nosotros, que su historia es demasiado lejana y ajena a nuestras vidas... Pero, ¿qué es aquello que podemos y debemos imitar de nuestros mártires? Las tres virtudes teologales nos permiten resumirlo de forma concisa:
+ Fortaleza en la Fe: Tengamos en cuenta que la secularización de nuestros días ataca a la fe, pero no ya tanto en sus contenidos concretos, cuanto en la fuerza de nuestra adhesión, que es lo más íntimo de la fe. En la cultura actual es “políticamente correcto” tener una “cierta” fe, envuelta de dudas; pero, sin embargo, una fe firme sería sospechosa de fanatismo. Tal es así que, una determinada mentalidad moderna ha llegado a identificar la tibieza y la mediocridad como sinónimos de prudencia.
Por el contrario, los mártires testimonian que hay ideales demasiado valiosos como para regatear su precio. ¡No todo es negociable! Ellos prefirieron morir antes que sacrificar la Verdad.
+ Seguridad en la Esperanza: El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece la siguiente definición: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la Vida Eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo…” (CIC n. 1817).
Los mártires son el mejor recordatorio de nuestra vocación a la eternidad: ¡somos ciudadanos del Cielo! ¡Ellos eligieron la Vida “Eterna” antes que la “temporal”! Su testimonio es un eco del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16, 26), “todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8), etc.
Démonos cuenta de que, los cristianos no rezamos para no morir, sino para “morir bien”. Tampoco vivimos para cuidar nuestra salud, sino que cuidamos la salud para poder “entregar” nuestra vida. Los mártires nos ayudan a descubrir que la vida no merece la pena ser vivida si no es para entregarla por el supremo ideal.
+ Constancia en el Amor: Uno de los casos más sobresalientes entre los sacerdotes martirizados en la Guerra Civil, es el del párroco de Santa María de Mataró (Barcelona), doctor Samsó, quien conducido al lugar en el que iba a ser ejecutado, intentó abrazar a sus verdugos, como manifestación de perdón, para decirles después: “Cometéis un crimen al matarme. Pero a mí me hacéis un gran favor, porque me ayudáis a ganar el Cielo. Yo estaré con Dios hoy mismo. Os prometo que cuando llegue a su presencia, mi primera oración será por vosotros”.
Los mártires hicieron vida las palabras de San Pablo: “No os dejéis vencer por el mal; antes bien, venced el mal a fuerza de bien” (Rm 12, 21). La ira, el odio y la venganza hubiesen sido las reacciones previsibles ante la injusticia de la que eran objeto. Sin embargo, estos héroes de la caridad rompieron la dinámica del mal, con la lógica del Evangelio: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo los paganos?” (Mt 5, 43-46).
Cuando vemos a los mártires morir perdonando a sus verdugos, a imitación de Jesucristo en la Cruz, tenemos una ocasión inmejorable para convencernos de que lo peor no es padecer el mal, sino que el mal nos haga su cómplice. He aquí la gran noticia de estas 498 beatificaciones de mártires españoles: El amor es más fuerte que el odio, que el pecado y hasta que la misma muerte.
¡A las diez de la mañana de este histórico día, 28 de Octubre, redoblan las campanas de todas las parroquias en las que nuestros cincuenta y un mártires fueron bautizados!
sábado, 6 de octubre de 2007
Educación para la Ciudadanía: ¿Divide y vencerás?
Don José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
De acuerdo con los planes previstos, la asignatura de Educación para la Ciudadanía no se comenzará a impartir en Castilla León hasta el curso 2008-2009. Este ínterin en el que nos encontramos, deber
ía ser aprovechado por todos nosotros para llevar a cabo una reflexión, no ya sólo sobre los principios morales en juego, sino también sobre las estrategias prácticas que se están desarrollando. Con este deseo, en el presente artículo me quiero referir a los manuales de esta asignatura que han sido aprobados por el Ministerio de Educación, para el presente curso.Ha sido curioso comprobar este primer año, cómo el Ministerio ha dado luz verde a libros de texto que abordan, de forma totalmente contradictoria, los temas morales en litigio. Por ejemplo, dependiendo del manual elegido, el aborto puede ser presentado como un derecho de la mujer o, por el contrario, la vida tiene una dignidad que la hace moralmente inviolable desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. En la misma línea de lo anterior, el libro de texto de la editorial Casals afirma que "la religión ayuda a las personas a ser buenos ciudadanos, ya que fomenta valores positivos para la convivencia democrática como la honradez, la paz y la solidaridad". Más aún, afirma que “la marginación de la voz de los creyentes es injusta y poco democrática y favorece una imposición ideológica por parte del Estado". Ahora bien, en el texto editado por Laberinto, Fernando Savater llama la atención sobre la presencia de la asignatura de Religión en Bachillerato y comenta que responde a "un contorsionismo oportunista que antes o después -mejor antes- habrá que revisar definitivamente". En el libro se previene a los jóvenes de la “necesidad de defenderse del clericalismo apoyado por la derecha”.
Los textos de las editoriales Octaedro y Algaida defienden el amor libre, explican el matrimonio homosexual como una opción equiparable al heterosexual, arguyen que la diferencia en las relaciones de sexo es una simple construcción cultural sin fundamento alguno en la naturaleza, etc. Por el contrario, en otros manuales, como los de Santillana, Edebé y SM, se dan orientaciones notablemente distintas…
Ante tantas contradicciones, nos surge una pregunta bastante obvia: ¿qué sentido tiene imponer una asignatura moral obligatoria, argumentando que “todos los españoles tienen que ser educados en los mismos valores democráticos”, si luego se permite la publicación de manuales tan contradictorios? Alejandro Tiana, Secretario General de Educación del Gobierno de España, pasaba muchos apuros para responder a esa pregunta: "Cada uno ha adaptado la asignatura a su manera y es lógico que muestren divergencias en una sociedad plural como la nuestra. No tiene importancia. Lo relevante es que cada centro puede elegir el texto que más le guste".
No creo que sea muy osado concluir que, en este primer año, el objetivo prioritario del Gobierno ha sido el de impedir a toda costa un número elevado de objetores. De lo que se trataba ahora era de introducir la asignatura, sin sufrir un desgaste excesivo, máxime en el contexto de un año electoral. Luego, en años posteriores, ¡tiempo habrá de ir ajustando los contenidos!.
De esta forma, se ha logrado quebrar un principio clave, que es formulado en el famoso artículo 27.3 de la Constitución, cuestión tratada específicamente en el anterior artículo de esta sección “El valor de la palabra”, con fecha de 1 septiembre. Por lo pronto, lo que se ha conseguido es que los profesores, por su cuenta, o los centros escolares, sean quienes decidan la orientación moral de los alumnos, en lugar de los padres.
Y al margen de las consideraciones anteriores, la aprobación de esos manuales académicos tan dispares, deja patente la imposibilidad de una ética global de la vida, basada meramente en los principios democráticos de nuestra legislación (que era uno de los argumentos de los defensores de la asignatura). El caso que comentamos refleja claramente que el Estado no puede imponer obligatoriamente unos conceptos morales tan amplios, sin entrar en colisión con muchos de los principios morales de las familias españolas. En resumidas cuentas, ¡muy ingenuos seríamos si pensásemos que el problema de fondo ha quedado resuelto con esa pluralidad editorial de libros de texto!.
Romper nuestra sordera
Don José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA
¿Es Dios el que se ha quedado mudo, o somos nosotros los que nos hemos quedado sordos? Basta que nos asomemos a la Sagrada Escritura, para convencernos de lo segundo. Precisamente, en ella se presenta a Jesucristo como la Palabra pronunciada por Dios Padre para romper nuestra “sordera” y para acallar los ruidos que, dentro y fuera de nosotros, nos impiden escuchar la voz divina, la de nuestra conciencia y la de nuestros hermanos.
Al igual que hizo con el sordomudo del Evangelio (cfr. Mc 7, 34), también hoy, Jesucristo “toca nuestros oídos y nuestra lengua” y pronuncia su poderoso “effetá!” (¡ábrete!). Es una llamada a abrirnos a la escucha de la voz de Dios que resuena en nuestro interior, como un eco de la predicación de la Iglesia y del clamor de tantas personas y situaciones, a través de las cuales Dios sigue saliendo a nuestro encuentro. Ciertamente, distraídos por mil reclamos y replegados en nuestros problemas, tenemos el riesgo de permanecer sordos a la VOZ de quien es la PALABRA: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap 3, 20).
La tarea de la Nueva Evangelización que se nos presenta en el Tercer Milenio, consiste en ofrecernos como altavoces del Verbo Divino: poner voz a esa Palabra de Dios, buscando conductos eficaces para que su mensaje eterno llegue al hombre moderno. Para romper la sordera de nuestro Occidente secularizado, como decía Juan Pablo II, es necesario emprender la Evangelización con nuevos métodos, nuevas expresiones y un nuevo coraje, en fidelidad al mensaje inmutable de Cristo y de su Iglesia. No podemos permanecer impasibles mientras que Dios es un auténtico desconocido para un gran número de nuestros hermanos. El celo apostólico nos lleva a revivir aquel sentimiento apremiante de San Pablo: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor 9, 16).
Pero, nos equivocaríamos si pensásemos que el problema principal de la Evangelización es un problema de métodos. Los métodos son de gran ayuda e indispensables, pero nuestra necesidad fundamental es la de un celo apostólico ardiente, que sólo puede brotar de un corazón enamorado de Dios. Ésta es la clave de la Nueva Evangelización: ¡Sólo los enamorados enamoran! Y a ello hemos de añadir la búsqueda de recursos creativos, actuales y eficaces para llegar a quienes permanecen sordos a esa Voz que viene de lo alto. Ciertamente, en nuestros días es más urgente que nunca anunciar a Jesucristo en los grandes areópagos modernos de la cultura, de la ciencia, de la economía, del arte, de la música y de los medios de comunicación.
Concluyo transcribiendo algunos de los eslóganes que la Iglesia de Singapur divulgó en la prensa local. Fueron publicados uno a uno, en días sucesivos, a modo de reclamo publicitario, con el deseo de “romper nuestra sordera”.

“¿Qué debo hacer para llamar tu atención? ¿Poner un aviso en el periódico?”
(Dios)
“Necesitamos hablar.”
(Dios)
“Si te perdiste el amanecer que hice hoy para ti, no importa. Te haré otro mañana.”
(Dios)
“¿Te imaginas el precio del “aire” si te lo trajera otro proveedor?”
(Dios)
“No te olvides el paraguas. Hoy tengo que regar las plantas.”
(Dios)
“Si piensas que la Gioconda es asombrosa, deberías ver mi obra maestra… en el espejo.”
(Dios)
“Venid a mi casa el domingo antes del partido.”
(Dios)
“Amo las fiestas de casamiento, invítame a tu boda.”
(Dios)
“Diles a los niños que les amo.”
(Dios)
“¿Leíste mi primer best-seller? Es todo un desafío.”
(Dios)
“¿Tienes alguna idea de adónde vas?”
(Dios)
“Eso de “amar al prójimo”… lo dije en serio.”
(Dios)
“¡No me hagas bajar!”
(Dios)
domingo, 12 de agosto de 2007
¿En qué se ocupa Dios?
Os ofrezco este cuento oriental que me parece precioso. Es un eco del canto del “Magníficat”, en el que se dice: Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.