Homilía
del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A
Mt 13, 24-43 «Dejadlos crecer juntos hasta la siega»
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El mal pone a prueba
nuestra idea de Dios.
A todos nos habrá
ocurrido alguna vez encontrarnos con alguien que nos confiesa su dificultad
para creer. Casi siempre aparece la misma objeción: ¿Cómo puede existir Dios
cuando en el mundo hay tanto sufrimiento, tanta injusticia y tanto mal?
Si Dios es bueno,
enteramente bueno, y además es omnipotente, de él solo puede venir el bien.
Entonces, ¿de dónde nace el mal?
Esta pregunta no
es nueva. Acompaña al ser humano desde que comenzó a interrogarse seriamente
por el sentido de la existencia. No la hemos inventado nosotros, aunque cada
generación vuelve a formularla desde sus propias heridas.
También la
literatura contemporánea se ha enfrentado a ella. En La peste, Albert
Camus —pensador del absurdo, cercano al ambiente intelectual del
existencialismo, aunque él rechazara esa etiqueta— sitúa al doctor Rieux ante
la dolorosa agonía de un niño inocente. El médico no pronuncia literalmente la
pregunta «¿dónde está Dios?», pero toda la escena la deja suspendida en el
aire.
Ante aquel
sufrimiento, Rieux se resiste a aceptar cualquier explicación que termine
justificando la muerte de un inocente. La pregunta por Dios ya no nace entonces
de una discusión entre especialistas, sino de algo mucho más serio: El dolor de
quien contempla sufrir a un niño y no encuentra palabras capaces de explicarlo.
Una de las
respuestas más antiguas y conocidas fue la ofrecida por el místico y profeta
iranio Zaratustra, al que los griegos llamaron Zoroastro. Según su enseñanza,
existiría un dios bueno, Ahura Mazda, origen de todo bien, y frente a él
actuaría un ser perverso, Angra Mainyu, responsable del mal.
Así tomó forma una
concepción dualista que comenzó a extenderse por Mesopotamia, probablemente
desde los primeros siglos del primer milenio antes de Cristo, época en la que
habría vivido Zaratustra.
A comienzos del
siglo VI antes de Cristo, los israelitas fueron deportados a Babilonia.
Nabucodonosor destruyó Jerusalén y llevó al exilio a sacerdotes, personas
instruidas, artesanos y otros miembros destacados del pueblo. Durante aquella
estancia en Mesopotamia, Israel entró en contacto con la visión dualista: de
una parte, un Dios bueno; de otra, un poder maligno al que se atribuía el
origen de todo mal.
Hasta entonces,
los israelitas afirmaban la existencia del único Dios. De él procedían el bien,
los castigos e incluso aquellas desgracias que interpretaban como un mal. Pero
el encuentro con el pensamiento persa fue dejando su huella. Resultaba comprensible
que prefirieran no atribuir al Señor aquello que destruye y hace sufrir.
Comenzaron así a
hablar de una figura maligna, designada con diversos nombres: El Maligno, la
serpiente, el diablo, Satanás. A ese ser se le atribuyó la responsabilidad del
mal.
En los libros más
antiguos de la Biblia, anteriores al exilio, no aparece todavía el diablo
entendido como la gran figura contrapuesta a Dios. En ellos ocupa el centro el
único Señor.
Ponerle un nombre al mal
no resuelve el problema.
La explicación
dualista, sin embargo, tampoco responde del todo a la pregunta. Si Dios es
omnipotente, ¿por qué no elimina de una vez todo el mal, incluido ese ser
oscuro al que se considera su causante?
Esta era la
pregunta que yo hacía de niño a la catequista que me enseñaba el catecismo:
—¿Por qué el Señor no acaba con Satanás,
si nos hace tanto daño?
Debo reconocer que las respuestas que
recibía no conseguían convencerme demasiado.
La misma pregunta
que ha acompañado a la humanidad y al pueblo de Israel sigue inquietándonos a
los cristianos. Y, en ocasiones, intentamos responder con fórmulas que, de
tanto repetirlas, han terminado perdiendo fuerza.
Decimos, por
ejemplo: «Dios no quiere el mal, pero lo permite». Sin embargo, la
dificultad permanece intacta. Si no lo quiere y tiene poder para impedirlo,
¿por qué no lo elimina?
Tampoco basta con
pronunciar la palabra «misterio» y dar por terminada la reflexión:
—Inclinemos la cabeza; es un misterio.
El misterio no
puede convertirse en una puerta que cerramos para evitar las preguntas. El
problema del mal necesita ser afrontado. Hemos de tratar de comprender por qué
está presente y, sobre todo, cómo podemos situarnos ante él.
Dios ha querido este mundo,
no otro imaginario.
Dios podría haber
creado un mundo diferente. Pero, si fuera completamente distinto, ya no sería
este mundo ni seríamos nosotros.
Ha querido nuestra
realidad tal como es. Y en una creación limitada aparecen inevitablemente la
imperfección, la fragilidad y el mal. Si el mundo poseyera la perfección
absoluta de Dios, dejaría de ser mundo para ser Dios.
La omnipotencia
divina no puede entenderse como una capacidad caprichosa para alterar
continuamente las leyes de la creación. Para impedir toda desgracia, toda
calamidad o todo terremoto, Dios tendría que modificar el funcionamiento
natural de este mundo. Pero, si lo cambiara por completo, ya no sería el mismo
mundo. Y es una suerte que haya querido precisamente este, porque en él hemos
aparecido también nosotros.
Lo mismo ocurre
cuando pensamos en las injusticias, los crímenes y las guerras. Muchas veces
nos preguntamos por qué no nos creó a todos buenos desde el comienzo,
impecables, casi como ángeles.
Podría haber
creado ángeles, pero no seríamos nosotros. Dios ha querido seres humanos, y
nuestra condición está amasada de bien y de mal. Podemos crecer, elegir y
madurar, pero no somos criaturas terminadas ni seres programados para acertar
siempre.
Dios no puede
convertirnos en otra cosa y, al mismo tiempo, conservarnos exactamente como
somos. O somos nosotros o somos otros. Para construir ese mundo perfecto que
imaginamos, tendría que deshacer este y crear uno diferente. Y en ese mundo
quizá todo sería impecable, pero nosotros ya no estaríamos allí para
contemplarlo.
Este es el
problema que Jesús aborda en la parábola que hoy escuchamos: Aprender a
reconocer con serenidad que el mal está presente en el mundo y también dentro
de cada uno de nosotros.
Nuestra vida está
entretejida de trigo y cizaña, de generosidad y egoísmo, de fidelidad y
contradicción. Y la parábola nos advierte de algo importante: Si pretendemos
arrancar violentamente todo lo que consideramos malo, podemos acabar
destruyendo también el bien que está creciendo.
La cizaña también crece
dentro de la Iglesia.
Queda todavía una
pregunta más incómoda. El mal no está únicamente en el mundo; el mal aparece
también en la comunidad cristiana. Jesús inauguró el reino de Dios. Nos
entregó su Espíritu y su Evangelio, una fuerza de vida, amor y paz capaz de
transformar el corazón humano. De ahí debería brotar un mundo nuevo,
reconciliado y fraterno.
El paraíso
terrenal no es solo un pasado que debamos añorar, como quien hojea con
nostalgia un viejo álbum. Es una realidad que espera ser construida.
Pero entonces
surge la pregunta: Después de dos mil años de presencia del Evangelio y del
Espíritu de Cristo, ¿por qué sigue habiendo tanto mal?
El profeta Isaías
había anunciado un pueblo formado por justos, un pueblo al que llamarían santo.
Se supone que nosotros deberíamos hacer visible esa promesa. Y, sin embargo,
hemos de reconocerlo con humildad: No somos una comunidad plenamente santa.
También entre los cristianos encontramos incoherencias, heridas, divisiones y
pecado.
¿Por qué ocurre
esto? ¿Cómo podemos actuar cuando descubrimos la cizaña dentro de la propia
comunidad? Ya en tiempos del evangelista Mateo se discutía esta cuestión. Había
dos posturas enfrentadas. Por un lado estaban los rigoristas, convencidos de
que era necesario hacer limpieza. Quienes no vivían de manera coherente con el
bautismo debían ser expulsados de la comunidad.
Frente a ellos se
encontraban quienes defendían una actitud más paciente y comprensiva, y
aceptaban que también los pecadores permanecieran dentro de la Iglesia.
Durante siglos,
ambas posturas se enfrentaron, se acusaron y, en ocasiones, llegaron incluso a
descalificarse. Lo más curioso es que los dos grupos —los severos y los
indulgentes, los intransigentes y los magnánimos— acudían a la misma parábola
del trigo y la cizaña para justificar su posición.
¿Quiénes la
entendían correctamente? ¿Los que querían arrancar cuanto antes todo lo que
consideraban impuro o quienes invitaban a esperar con paciencia? Eso es
precisamente lo que debemos descubrir: cuál es la respuesta de Jesús.
El sembrador llena el campo
de una semilla hermosa.
«En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente
diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena
semilla en su campo».
El primer
personaje que Jesús introduce en la parábola es un sembrador. Sale al campo y
esparce la semilla con generosidad, sin calcular ni escatimar.
Aquí conviene
detenerse en un pequeño matiz del texto griego. Mateo habla de καλὸν σπέρμα (kalón
spérma). La expresión suele traducirse correctamente como «buena semilla»,
pero el adjetivo καλός (kalós) también puede evocar aquello que
es bello, noble o excelente. El predicador desea subrayar precisamente esta
resonancia: el sembrador no ha depositado mal alguno en su campo; ha sembrado
bondad y belleza.
El campo
representa el mundo. Todo lo que procede del sembrador lleva, por tanto, la
huella de lo bello.
¿Quién es ese
sembrador? Podemos reconocer en él a Dios, creador de un mundo bueno y hermoso.
Al concluir la creación, Dios contempla cuanto ha hecho y ve que todo es «muy
bueno» (cfr. Gn 1, 31). También aquí hay una resonancia interesante: La
versión griega de los Setenta emplea la expresión καλὰ λίαν (kalà
lían), «muy bueno», con el mismo adjetivo καλός (kalós),
capaz de expresar al mismo tiempo bondad y belleza.
Pero entonces
reaparece la pregunta: Si Dios sembró belleza, ¿de dónde proceden las
desgracias, el dolor y la muerte, realidades que desfiguran la creación?
Jesús sembró belleza en medio
de un mundo herido.
El sembrador
también puede representar a Jesús. Él llegó a una humanidad marcada por el
egoísmo, la injusticia, las guerras y atrocidades difíciles incluso de nombrar,
y en medio de esa tierra sembró algo nuevo.
La semilla hermosa
es su Espíritu y es su Evangelio. De ella está llamada a brotar una humanidad
distinta: más fraterna, más reconciliada, libre de la violencia y de la
injusticia.
Sin embargo, el
mal no ha desaparecido. Después de la predicación de Jesús y del don de su
Espíritu, seguimos encontrando guerras, abusos, sufrimiento y división.
Entonces la
pregunta se vuelve inevitable: ¿Era realmente eficaz aquella semilla? ¿Poseía
fuerza suficiente para hacer nacer un mundo nuevo?
La parábola
continúa. Ahora Jesús hace entrar en escena a un segundo personaje.
El enemigo más peligroso
no siempre viene de fuera.
«Pero, mientras los hombres
dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó».
Conviene
identificar bien al segundo personaje de la parábola, porque es peligroso y
necesitamos mantenerlo bajo vigilancia. Pero no cometamos el error de buscarlo
lejos de nosotros para cargar sobre él toda la responsabilidad del mal que
vemos en el mundo y del que descubrimos en nuestro interior.
Podemos llamarlo
diablo, Satanás o serpiente. El nombre importa menos que reconocer dónde actúa:
No se encuentra únicamente fuera de nosotros; también habita en nuestro
corazón.
El mal encuentra
terreno en nuestra limitación y en nuestra condición de criaturas. Desde que
nacemos llevamos dentro esa fuerza enemiga a la que no conviene perder de
vista. ¿De qué se trata exactamente?
Dentro de nosotros hay una voz
que rompe la armonía.
Es esa parte de
nosotros que, en lugar de mantenernos en sintonía con Dios y ayudarnos a
aceptar con serenidad y alegría que somos criaturas dependientes del Creador,
nos empuja a romper la comunión con él.
Ese enemigo
interior nos susurra:
—No hagas caso a Dios. Actúa por tu
cuenta. Tú tienes inteligencia suficiente para decidir qué está bien y qué está
mal.
Es la antigua
tentación de la serpiente: considerar que Dios sobra y que podemos convertirnos
en la medida última del bien y del mal (cfr. Gn 3, 1-6).
Poco a poco, esa
voz va depositando cizaña en nuestra mente. El texto de la parábola emplea el
término griego ζιζάνια (zizánia), que designa una planta dañina
muy parecida al trigo durante las primeras fases de su crecimiento. Y ahí está
precisamente el peligro: el enemigo consigue presentarnos como bueno aquello
que, en realidad, nos hace daño.
Podemos escuchar
esa voz y acabar convencidos de que seguimos el camino correcto.
La cizaña se reconoce
cuando comienza a dar fruto.
Pero ¿cuándo
descubrimos que aquello no era trigo hermoso, sino cizaña sembrada por el
enemigo?
No siempre podemos
distinguirlo al principio. Hay pensamientos, deseos y decisiones que parecen
buenos mientras comienzan a crecer. Solo más adelante, cuando muestran sus
consecuencias, comprendemos qué clase de semilla habíamos acogido.
La cizaña se parece
demasiado al trigo.
«Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció
también la cizaña».
¿Por qué eligió
Jesús la imagen de la cizaña para describir la acción del Maligno? Porque,
cuando comienza a brotar, la cizaña se parece mucho al trigo. Durante un tiempo
resulta fácil confundirlas, ya que su verdadera identidad permanece oculta y
apenas advertimos su presencia en medio del sembrado.
Con esta imagen,
Jesús nos previene contra la sutileza del mal que actúa dentro de nosotros. Al
principio, puede presentarnos como bueno y hermoso aquello que en realidad es
dañino y deforme. La diferencia solo aparece más tarde, cuando llega el momento
de los frutos.
Cuando se forma la
espiga, ya no hay lugar para la confusión. El trigo ofrece una espiga dorada y
sirve de alimento; la cizaña, en cambio, muestra una espiga oscura, inútil y
dañina. El trigo alimenta la vida; la cizaña conduce hacia la muerte.
Hay además un
matiz significativo en el texto griego. Mateo no habla de una sola cizaña, sino
que emplea el plural ζιζάνια (zizánia). Son muchas las formas que
puede adoptar el mal. Al principio, todas ellas procuran confundirse con el
buen trigo: Prometen vida, felicidad y plenitud. Solo después descubrimos que
sus frutos no dan vida, sino que la empobrecen.
No todo lo que parece amor
sabe amar.
Tratemos de
reconocer algunas de esas cizañas que, al comenzar a crecer, se parecen al buen
trigo. Conviene aprender a distinguirlas, porque saben disfrazarse con bastante
habilidad.
Existe el amor
verdadero, pero también hay realidades que parecen amor y no lo son. Al
comienzo pueden producir sensaciones semejantes; sin embargo, sus frutos
terminan siendo muy distintos.
Dos jóvenes pueden decir:
—Estamos locamente enamorados.
La respuesta podría ser:
—¡Qué hermoso! Ya tenéis edad para
comenzar a pensar en un proyecto común y formar una familia.
Pero ellos quizá contesten:
—¿Una familia? Nosotros estamos enamorados
y nos gusta estar juntos.
—¿Y qué ocurrirá si un día deja de
gustaros?
—Pues, si ya no nos gusta, cambiaremos.
Aquello parece
amor, pero, mirado con atención, puede esconder una búsqueda del propio
bienestar: dos egoísmos que se encuentran y se sienten cómodos juntos.
La verdadera
identidad de ese falso amor se descubre cuando aparecen sus frutos. ¿Será capaz
de sostener una familia hermosa y estable? No necesitamos imaginar demasiado
las consecuencias, porque podemos observarlas a nuestro alrededor. La sociedad
que nace de una determinada manera de entender el amor acaba mostrando qué
semilla había sido plantada.
La cizaña suele presentarse
con un nombre respetable.
Pensemos en
algunas situaciones concretas. Hay actitudes que, al principio, parecen trigo
bueno: Se presentan como amor, libertad, compasión o justicia. Sin embargo,
solo cuando comienzan a producir frutos descubrimos qué semilla estaba
creciendo realmente.
Unos padres, por
ejemplo, pueden creer que aman mucho a su hijo porque nunca le niegan nada. Le
conceden todos sus caprichos, evitan corregirlo, se enfadan bastante con sus
maestros y profesores porque no aprueba ni el recreo y justifican cada una de
sus faltas para que no se disguste. Todo parece nacer del cariño. Pero, con el
tiempo, aquel joven puede crecer convencido de que los demás están obligados a
satisfacer siempre sus deseos. Parecía amor; quizá era miedo a educar,
incapacidad para poner límites o simple debilidad.
Algo parecido
ocurre con la libertad. Una persona puede decir:
—Soy libre y nadie
tiene derecho a decirme cómo debo vivir.
La libertad es un
bien precioso. Pero, cuando se entiende como la posibilidad de hacer siempre lo
que apetece, sin tener en cuenta a los demás ni las consecuencias de los
propios actos, deja de ser libertad y comienza a convertirse en esclavitud de
los impulsos. Parecía trigo, pero el fruto termina revelando la cizaña.
También podemos
confundir la sinceridad con la falta de caridad:
—Yo digo siempre
lo que pienso. Soy una persona muy sincera.
Sin embargo, no
toda palabra verdadera necesita ser pronunciada de cualquier manera ni en
cualquier momento. A veces usamos la sinceridad como excusa para herir,
humillar o descargar nuestro mal humor. La verdad sin amor puede convertirse en
una piedra. Parecía franqueza; quizá era agresividad disfrazada.
Incluso la
justicia puede deformarse. Alguien ha cometido una injusticia y nosotros
decimos:
—Lo único que
quiero es que se haga justicia.
Pero, si miramos
con sinceridad nuestro interior, quizá descubramos que no buscamos reparar el
daño, sino contemplar cómo el culpable sufre. Ya no deseamos corregir lo que
está mal; queremos que la otra persona «pague» y, si es posible, que pague con
intereses. Parecía sed de justicia, pero estaba creciendo el resentimiento.
La cizaña también
puede aparecer en la comunidad cristiana. Alguien puede defender con gran
firmeza la doctrina, las normas o las buenas costumbres y, sin embargo, hacerlo
despreciando, etiquetando o humillando a los demás. La fidelidad al Evangelio
es trigo bueno; pero, cuando se separa de la caridad, puede convertirse en
dureza de corazón. Y una verdad lanzada como un arma difícilmente produce
frutos evangélicos.
Por eso Jesús nos
invita a no juzgar las semillas únicamente por su primera apariencia. La
pregunta decisiva es otra: ¿qué frutos está produciendo esto en nosotros? ¿Nos
hace más humanos, más libres, más capaces de amar y de servir, o nos encierra
en el egoísmo, la violencia y el resentimiento?
El trigo se
reconoce porque alimenta la vida. La cizaña, aunque al principio se disfrace
muy bien, termina dejando tras de sí frutos amargos.
Algunos dirán que
ya han quedado atrás los tiempos oscuros, que no vivimos en la Edad Media y que
la sociedad ha cambiado. Es cierto que cambian las épocas, las costumbres y las
formas de expresarnos. Pero el paso del tiempo no convierte automáticamente la
cizaña en trigo.
Cada persona es
libre de cultivar en su corazón la semilla que elija, y esa libertad merece
respeto. Pero, cuando advertimos que alguien está alimentando una semilla
venenosa, también es honrado hacérselo notar. Después respetaremos su decisión,
pero podemos decirle con claridad:
—Mira bien hacia dónde conduce ese camino,
porque los frutos de un falso amor difícilmente serán frutos de vida.
La compasión verdadera permanece
al servicio de la vida.
También existe una
piedad auténtica y otra que solo conserva su apariencia.
La verdadera
compasión nos mueve a cuidar la vida siempre, desde su comienzo hasta su
término natural. Y lo hace incluso cuando ese servicio exige esfuerzo,
sacrificio, paciencia y renuncia.
No puede llamarse compasión a favorecer o
provocar la muerte. La piedad verdadera no abandona a quien sufre: permanece a
su lado, lo cuida y procura aliviar su dolor sin dejar de proteger su vida.
La mayoría no convierte
una opinión en verdad.
Existe la verdad y
existe también aquello que parece verdadero simplemente porque todos lo
piensan, lo dicen o lo hacen.
Cuando aceptamos
una idea únicamente porque está de moda, quizá no estemos siguiendo la verdad,
sino sometiéndonos al pensamiento dominante. Que una opinión sea repetida por
muchas voces no significa necesariamente que se haya convertido en trigo bueno.
Algo semejante
puede suceder en la educación de los hijos o de los nietos. Hay actitudes que
parecen amor, pero en realidad nacen de la debilidad. Concederlo todo,
permitirlo todo y justificarlo todo puede presentarse como ternura, aunque sus
frutos solo se reconozcan más adelante.
También existe una
falsa libertad: La pretensión de poder hacer y decir cuanto se quiera, incluso
cuando se hiere a los demás o se desprecian sus convicciones más sagradas.
Y hay una búsqueda
de justicia que, examinada de cerca, esconde deseo de venganza. No pretende
reparar lo que está mal, sino hacer sufrir a quien se equivocó. Una cosa es
restablecer la justicia y otra muy distinta cobrarse la deuda con
resentimiento.
Conviene
permanecer atentos: Algunas cizañas se parecen extraordinariamente al buen
trigo.
El enemigo siembra
cuando la conciencia se duerme.
La parábola
contiene otro detalle muy expresivo: El enemigo actúa durante la noche,
mientras todos duermen: «mientras los hombres dormían». La cizaña
echa raíces, crece y se desarrolla cuando nos encuentra dormidos. El enemigo es
astuto ya que se mueve en la oscuridad y, antes de sembrar, procura desactivar
las alarmas. Adormece la conciencia para que la semilla pase inadvertida.
Pensemos un
momento. ¿Cuándo comenzamos a razonar exactamente igual que todo el mundo y a
decirnos:
—En el fondo, esas propuestas morales que
escuchamos por todas partes tampoco son tan malas. ¿Qué puede haber de malo en
determinadas modas, comportamientos, maneras de hablar o juicios?
Sabemos que el
Evangelio propone otra orientación, pero, si todos aseguran que aquello es
bueno, poco a poco podemos terminar aceptándolo sin examinarlo.
Esto sucede cuando
nuestra vida interior se adormece: Cuando dejamos de orar y ya no meditamos la
Palabra de Dios. Entonces empezamos a pensar sin discernimiento, repitiendo
simplemente lo que se escucha alrededor.
Ese es el momento
que aprovecha el enemigo interior para sembrar sus cizañas.
Por eso se nos
invita a permanecer despiertos. De lo contrario, podemos descubrir demasiado
tarde que algunas decisiones que parecían prometedoras han terminado
produciendo frutos amargos.
Volvemos así a la pregunta con la que
comenzamos: ¿Cuál es el origen del mal? ¿De dónde proceden las cizañas?
Los servidores aman el campo
porque han trabajado en él.
«Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”».
En este momento de
la parábola, Jesús hace entrar en escena a un cuarto personaje que nos resulta
muy cercano: Los servidores.
Nos caen bien porque se parecen mucho a
nosotros. Aman al dueño, aman el campo y han dejado allí una parte de su vida.
Han trabajado esa tierra, se han esforzado por cuidarla y desean contemplar sus
frutos.
También nosotros
trabajamos en este mundo, donde el Padre ha sembrado belleza, y deseamos que en
él brote belleza, solamente belleza. Trabajamos igualmente en la comunidad
cristiana, donde Jesús ha depositado la semilla del Evangelio, y anhelamos
verla crecer.
Sentimos que ese
campo nos pertenece un poco, porque hemos derramado en él sudor y, en
ocasiones, también lágrimas. Nos duele descubrir algo que lo afea o amenaza lo
que ha ido naciendo con tanto esfuerzo.
Pensemos en tantos
cristianos comprometidos; por ejemplo, en tantas catequistas que dedican cada viernes
o sábado por la tarde a la parroquia porque aman a la comunidad y desean verla
crecer hermosa.
Nosotros somos
esos servidores que han puesto manos a la obra para colaborar en el mundo nuevo
querido por Jesús de Nazaret. Y somos también quienes se entristecen cuando
aparece la cizaña y no saben bien cómo reaccionar.
Cuando aparece la cizaña,
también aparece la oración.
Es entonces cuando
los servidores se acercan al dueño. Podemos reconocer en ese gesto nuestra
propia oración, especialmente cuando no comprendemos lo que sucede y
necesitamos hacerle a Dios algunas preguntas.
La primera sería
esta:
—¿Acaso la semilla que nos entregaste no
era perfecta?
Dicho de otro
modo: ¿Habrá puesto el Creador algo defectuoso en su obra? ¿Sembró solamente
belleza o dejó también algún principio de mal?
La pregunta puede
trasladarse a la Iglesia. Si el mundo no cambia y si dentro de la comunidad
cristiana sigue apareciendo la cizaña, ¿habrá algo equivocado en el Evangelio?
¿Será insuficiente la semilla que Jesús nos confió?
El dueño responde
con claridad: «Un enemigo lo ha hecho».
El texto griego emplea la expresión ἐχθρὸς
ἄνθρωπος (ejthrós ánthropos), que puede traducirse literalmente como
«un hombre enemigo» o, de manera más natural, «un enemigo». La
expresión dirige la mirada hacia una voluntad hostil que actúa contra el
proyecto del sembrador.
No ha sido el
dueño quien sembró el mal. Dios ha creado este mundo y esta humanidad, y los
ama. Pero en el corazón humano actúa también esa fuerza enemiga que, si no la
vigilamos, encuentra espacio para sembrar cizaña.
¿De qué manera
trabaja dentro de nosotros? Puede excitar nuestro orgullo y convencernos de que
tenemos derecho a comportarnos como queramos. Nos hace creer que dominar a los
demás, utilizarlos o ponerlos a nuestro servicio es algo legítimo.
También puede
despertar nuestras pasiones desordenadas y presentarlas bajo apariencia de
bien. Si no permanecemos atentos, termina conduciéndonos hacia una vida sin
medida ni orientación.
Ese es el enemigo al que debemos vigilar.
No para vivir obsesionados con él, sino para no confundir sus sugerencias con
la voz del buen sembrador.
El amor al campo
puede convertirse en impaciencia.
Pero ahora surge
una segunda pregunta. Los servidores aman demasiado el campo como para
resignarse: «“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”»; ¿Quieres
que vayamos inmediatamente a arrancar todas las cizañas?
Quieren eliminar
de raíz cuanto amenaza la cosecha. Quieren expulsar el mal y hacer desaparecer
incluso esa voz interior que lo sugiere. No soportan su presencia; desean
acabar con él de una vez.
Los servidores representan aquí a personas
buenas, comprometidas y sinceramente enamoradas de Cristo. Sin embargo, su amor
puede volverse impaciente. Quieren un mundo perfecto y una comunidad cristiana
pura, sin manchas ni contradicciones.
Son creyentes
generosos, pero pueden terminar siendo intransigentes. No toleran los procesos
lentos, las fragilidades ni las caídas de los demás. Desearían apartar de la
comunidad a todos los pecadores, porque los consideran una vergüenza, un peso
incómodo del que convendría liberarse cuanto antes.
Es comprensible
que quien ama el campo sufra al ver crecer la cizaña. Pero ¿puede arrancarse
inmediatamente todo el mal sin poner en peligro el trigo?
La respuesta del
dueño nos mostrará cómo contempla Dios esta impaciencia de sus servidores.
Arrancar la cizaña ahora
dañaría también el trigo.
«Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña
podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega»
—No —responde el
dueño a los servidores—. Todavía no ha llegado el momento de limpiar por
completo el campo. Ese día vendrá, pero no es hoy.
Mientras tanto,
trigo y cizaña han de crecer juntos. Sus raíces están tan entrelazadas que, si
los servidores intentaran eliminar inmediatamente la mala hierba, arrancarían
también una parte de la buena cosecha.
La parábola nos
obliga así a dirigir la mirada hacia nuestro interior. El Maligno no es
solamente una figura que podamos colocar fuera de nosotros para atribuirle
cómodamente todas las culpas. Su acción encuentra espacio en nuestra propia
persona.
El Maligno aparece
en mí cuando pretendo convertirme en una especie de superhombre: cuando quiero
decidirlo todo y obrar con absoluta independencia de Dios, como si yo mismo
pudiera establecer por mi cuenta qué es bueno y qué es malo.
Por eso, para
eliminar de mí de manera inmediata y completa esa fuerza que siembra cizaña,
tendría que desaparecer también yo. El bien y el mal no crecen en dos terrenos
perfectamente separados; sus raíces atraviesan el mismo corazón.
Dios no nos pide odiar
nuestra fragilidad.
Este es uno de los
mensajes centrales de la parábola: Jesús nos invita a aceptar con serenidad
nuestra condición de criaturas limitadas.
Aceptar no
significa aprobar el mal ni renunciar a combatirlo. Significa reconocer que
vivimos en un mundo donde el bien y el mal crecen juntos, y que esa mezcla
atraviesa también nuestra vida.
Este es el mundo amado por Dios. Es
nuestro mundo, el único en el que podemos vivir, elegir, madurar y aprender a
amar. No puede convertirse de pronto en otro completamente distinto sin dejar
de ser nuestra realidad.
Llegará el día en
que el mal desaparecerá definitivamente. Pero ese día no es hoy. Ahora vivimos
el tiempo de la paciencia, del discernimiento y del crecimiento. Trigo y cizaña
permanecen juntos en el campo que Dios no deja de amar.
La Iglesia no es una sala reservada
para impecables.
Al comienzo
recordábamos la fuerte discusión que surgió en las primeras comunidades
cristianas. Algunos creyentes, rigoristas e intransigentes, querían expulsar de
la Iglesia a quienes consideraban pecadores. No soportaban su presencia.
Otros, en cambio,
defendían la paciencia, la comprensión y la acogida.
¿Quiénes
comprendían mejor la parábola? Porque, curiosamente, unos y otros recurrían a
ella para justificar su postura.
La respuesta
resulta clara: Tenían razón quienes invitaban a la paciencia. Los pecadores no
son una carga ajena a la Iglesia; sino que siguen siendo hijos amados dentro de
ella. Y necesitan sentirse tanto más amados cuanto mayor es su lucha y cuanto
más sufren a causa de sus debilidades y fragilidades.
La comunidad
cristiana no está formada por quienes nunca caen, sino por personas en las que
Dios continúa trabajando. Expulsar a todos los que llevan cizaña en su interior
dejaría la Iglesia bastante vacía; quizá no quedaría nadie para cerrar la
puerta.
Pero permanece una última pregunta:
¿llegará realmente ese mundo en el que la cizaña sea arrancada para siempre?
¿Desaparecerá algún día todo el mal?
Ahora el dueño del
campo nos anuncia una buena noticia.
La
buena noticia
no
es la destrucción de personas.
«Y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad
primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en
mi granero”».
Esta es la noticia
que los servidores esperaban: Llegará el día en que la cizaña será arrancada y
desaparecerá para siempre.
Sin embargo, esta
promesa consoladora del dueño ha sido malinterpretada muchas veces en el
pasado, y todavía hoy continúa siéndolo. Algunos identifican la cizaña con
determinadas personas, a las que consideran enteramente malas. Esperan entonces
con impaciencia el día en que Dios haga justicia y arroje a esos hijos
perversos a las llamas del infierno, porque, según ellos, serían la cizaña de
la humanidad.
Pero ¿dónde están
esas personas que son únicamente cizaña? No existen. En todos nosotros hay
trigo y cizaña, luces y sombras, gestos de amor y resistencias al amor.
Además, ¿qué
imagen de Dios se esconde detrás de semejante interpretación? Jesús está
anunciándonos una buena noticia: un día el mal dejará de existir y solo
permanecerá el bien. No está hablando de personas malvadas que serán arrojadas
al fuego.
¿Podría ser esa la
hermosa noticia que Jesús vino a traernos?
El dueño del campo
representa a Dios. Lo que será quemado es la cizaña, no las personas. Es el mal
lo que desaparecerá definitivamente.
El fuego de Dios no destruye:
Purifica con amor.
¿Cuál será
entonces ese fuego purificador por el que todos tendremos que pasar? Porque en
cada uno de nosotros hay alguna cizaña que necesita ser consumida.
Dios solo conoce
un fuego: El de su amor. Es el fuego de Pentecostés, el fuego de su Espíritu.
Ese es el fuego capaz de quemar la cizaña sin destruir a la persona.
El trigo bueno que
será recogido en los graneros del cielo representa todo lo hermoso que hay en
cada ser humano, en cada hijo de Dios. Eso, y solo eso, será llevado a la casa
del Padre.
Ni la más pequeña
migaja de amor podrá perderse entre las llamas.
La cosecha no es amenaza,
sino fiesta.
La imagen de la
siega tampoco debe inspirarnos miedo o tristeza. Para el mundo campesino, la
cosecha era el momento de la alegría, la celebración y la abundancia.
Así será también
el día en que el dueño recoja en su casa todo el bien y solamente el bien.
Después de esta
promesa, Mateo introduce otras dos parábolas.
Nos deslumbra lo grande;
Dios comienza por lo pequeño.
«Les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos es
semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su
campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero, cuando
crece, es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las
aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».
A nosotros nos
atrae lo grandioso. La mirada se nos va fácilmente hacia lo majestuoso, lo
imponente, aquello que sobresale y obliga a levantar la cabeza.
Por eso, cuando el
profeta Ezequiel quiso expresar la grandeza del reino mesiánico prometido por
Dios, recurrió a la imagen de un cedro majestuoso, considerado el rey de los
árboles. Lo imaginó plantado en la cima de una montaña elevada, visible desde
lejos, de manera que todos pudieran contemplarlo y admirarlo.
Bajo aquel cedro,
a la sombra de sus ramas, vendrían las aves a establecerse y construir sus
nidos. Con esta imagen, el profeta anunciaba que un día todos los pueblos
acudirían al reino del Mesías (cfr. Ez 17, 22-24).
Jesús, sin
embargo, se distancia deliberadamente de aquella representación grandiosa.
Cuando habla del reino de Dios, no lo compara con un cedro que domina la cima
de una montaña, sino con una modesta planta de mostaza, nacida de una semilla
diminuta (cfr. Mt 13, 31-32).
El texto griego
utiliza la expresión κόκκος σινάπεως (kókkos sinápeōs), «grano
de mostaza». La imagen no dirige nuestra atención hacia algo majestuoso,
sino hacia una realidad pequeña y casi insignificante.
El reino de Dios
no crece en los escaparates.
La mostaza no
suele crecer en lo alto de los montes, sino en el huerto de casa. Nadie se
detiene a admirarla. Es un arbusto, ni siquiera un árbol de gran porte; en su
máximo desarrollo puede alcanzar unos pocos metros. Tampoco parece el lugar más
adecuado para imaginar a las aves construyendo sus nidos.
Precisamente ahí
se encuentra la fuerza de la imagen. Jesús está retomando la profecía de
Ezequiel, pero le da un giro inesperado: Aquello que atraerá a todos los
pueblos no tendrá la apariencia deslumbrante del cedro, sino la humilde
sencillez de una planta de mostaza.
Ese es el reino de
Dios. Incluso cuando alcance su plenitud, no responderá a las grandezas que
suelen fascinar a los seres humanos. Nosotros admiramos el poder, el prestigio,
la riqueza y aquello que hace ruido. El reino, en cambio, crece con otra lógica;
pequeña, silenciosa y discreta.
Lo invisible
puede transformar el mundo.
¿De qué semilla
está hablando Jesús? Habla de su Espíritu, germen invisible de vida divina.
Cuando conversó con Nicodemo, Jesús lo comparó con el viento: No podemos verlo,
pero sentimos su paso y reconocemos sus efectos (cfr. Jn 3, 8).
La semilla es
también la palabra del Evangelio. Una palabra puede parecernos poca cosa. No
pesa, no ocupa espacio y, aparentemente, carece de poder. Además, ha sido
confiada a labios humanos: hombres y mujeres pobres, frágiles y vulnerables.
Pablo lo expresó
mediante otra imagen muy elocuente: llevamos un tesoro precioso en vasijas de
barro (cfr. 2 Cor 4, 7). El texto griego habla de ὀστράκινα σκεύη (ostrákina
skeúē), recipientes de arcilla, frágiles y fáciles de romper.
La vasija puede
tener grietas, pero el tesoro continúa siendo valioso. Quienes anuncian el
Evangelio pueden ser débiles, contradictorios y limitados; sin embargo, el
Espíritu y la Palabra que llevan consigo son semillas dotadas de una fuerza
capaz de transformar el mundo.
Escuchemos ahora
la segunda parábola.
Jesús convierte un símbolo inquietante
en una promesa.
«Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba si no era en parábolas, para que se cumpliese así lo dicho por el profeta: Abriré con parábolas mi boca, anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo».
En la tradición
bíblica, la levadura suele emplearse con un sentido negativo (cfr. Mt
16,6.11-12; Mc 8,15; Lc 12,1; 1 Cor 5,6-8; Ga 5,7-9). Su capacidad para
penetrar en la masa y hacerla fermentar servía como imagen de aquello que se
introduce silenciosamente en la persona y termina transformándola por dentro.
Los maestros de
Israel podían compararla con la inclinación al mal presente en el corazón
humano. Hablaban así de la arrogancia, la soberbia, la vulgaridad, la dureza de
corazón o la mentira: actitudes que quizá comienzan siendo pequeñas, pero
acaban afectando a toda la vida.
Por eso, durante
la fiesta de los Ázimos, las familias retiraban de sus casas cuanto estuviera
fermentado. Israel celebraba la Pascua como el comienzo de una existencia
nueva, liberada de la antigua esclavitud, y la ausencia de levadura expresaba
simbólicamente aquella renovación (cfr. Ex 12, 15-20).
También Pablo
recurre a esta imagen cuando escribe a los cristianos de Corinto: una pequeña
cantidad de levadura puede fermentar toda la masa. Por eso los invita a
desprenderse de la levadura vieja y a convertirse en una masa nueva, celebrando
la fiesta no con la malicia y la perversidad, sino con los panes ázimos de la
sinceridad y la verdad (cfr. 1 Cor 5, 6-8).
Una pizca de Evangelio
puede transformar toda la masa.
En esta parábola,
Jesús da un giro sorprendente al símbolo. La levadura deja de representar la
corrupción y se convierte en imagen del reino de Dios.
El texto griego
emplea la palabra ζύμη (zýme), «levadura». Es una realidad
pequeña, discreta y aparentemente débil. Una vez introducida en la harina,
desaparece de la vista; sin embargo, continúa actuando hasta transformar toda
la masa (cfr. Mt 13, 33).
Así se presenta el
reino de Dios. No irrumpe necesariamente mediante manifestaciones
espectaculares ni se impone por la fuerza. Comienza de manera humilde, casi
escondida, pero lleva dentro una capacidad extraordinaria de transformación.
Jesús habla de una
mujer que introduce la levadura en «tres medidas» de harina. El texto griego
dice τρία σάτα (tría sáta). El singular es σάτον (sáton),
nombre de una antigua medida de capacidad para productos secos, relacionada con
el hebreo סְאָה (seá). Las tres medidas representaban una
cantidad extraordinariamente grande de harina, probablemente más de veinte
kilos. La desproporción es intencionada: Una pequeña cantidad de levadura acaba
transformando una masa enorme. Ninguna persona prepararía normalmente semejante
montaña de masa en la cocina de su casa; haría falta casi alimentar a todo el
vecindario, y probablemente todavía sobraría pan.
La exageración es
intencionada. Jesús quiere que comprendamos la fuerza desproporcionada de
aquella pequeña porción de levadura. El Evangelio puede parecer una palabra
frágil, confiada a personas humildes, pero posee la capacidad de transformar a
la humanidad entera.
El reino actúa en silencio,
pero no permanece estéril.
La levadura no
transforma la masa desde fuera. Entra en ella, se mezcla, queda escondida y
trabaja desde dentro. Algo semejante sucede con el Espíritu y con la palabra de
Jesús: Penetran en la historia humana, en las relaciones y en el corazón de
cada persona, y comienzan una transformación que muchas veces no percibimos
inmediatamente.
No siempre veremos
resultados espectaculares. Quizá solo descubramos pequeños cambios: una persona
que aprende a perdonar, alguien que renuncia a devolver el mal recibido, una
comunidad que comienza a cuidar a los más frágiles. Parecen gestos modestos, pero
la levadura tampoco hace ruido mientras fermenta la masa.
Mateo retoma ahora
la parábola del trigo y la cizaña y la convierte en una alegoría, en una
explicación dirigida a sacudir pastoralmente a su comunidad.
La parábola invita a la paciencia,
no al miedo.
«Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. En esto
se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la
cizaña del campo.» Él respondió: «El que siembra la buena semilla es
el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos
del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró
es el diablo; la siega es el fin del mundo; y los segadores son los
ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema
en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus
ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los que actúan
inicuamente, y los arrojarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y
el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el
Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».
Recordemos por qué
contó Jesús la parábola del trigo y la cizaña: Quería enseñarnos a vivir con
paciencia y a aceptar serenamente que, en este mundo, el bien crece en medio
del mal. Esa mezcla forma parte de nuestra condición presente.
Sin embargo, la
explicación que viene después, y que el evangelista pone en labios de Jesús,
parece cambiar de tono. Aparecen imágenes impresionantes: fuego, horno
encendido, ángeles y demonios. A primera vista, da la impresión de que se
anuncian castigos terribles.
Para comprender
este lenguaje, necesitamos situarnos en el mundo de Mateo. Quien escribe es un
judío que se dirige principalmente a comunidades de origen judío. No es casual
que estas expresiones aparezcan de manera especial en su Evangelio. Hasta seis
veces repite aquella fórmula sombría: «allí
será el llanto y el rechinar de dientes» (cfr. Mt 8, 12; 13,
42.50; 22, 13; 24, 51; 25, 30).
El texto griego
emplea la expresión κλαυθμὸς καὶ βρυγμὸς τῶν ὀδόντων (klauthmós kaì
brygmós tôn odóntōn): «llanto y el rechinar
de dientes». Era una imagen conocida por los oyentes de aquel
tiempo, propia del lenguaje apocalíptico y de la predicación rabínica. No
pertenece a nuestra forma habitual de hablar, de modo que necesitamos descubrir
qué quería comunicar, en lugar de trasladarla mecánicamente a nuestras
categorías.
De lo contrario,
podemos caer en interpretaciones deformadas y peligrosas, ajenas al Evangelio.
Cuando estas imágenes se convierten en amenazas destinadas a aterrorizar las
conciencias, dejan de anunciar la Buena Noticia y se transforman en una forma
de terrorismo espiritual que ha causado mucho sufrimiento.
Mateo quiere despertar
una comunidad adormecida.
Esta explicación
de la parábola puede entenderse como una homilía, una aplicación pastoral del
mensaje de Jesús a la situación concreta de una comunidad cristiana de finales
del siglo I, formada en gran parte por creyentes procedentes del judaísmo.
¿Por qué recurrió
el predicador a un lenguaje tan severo? Probablemente porque, después del
entusiasmo de los primeros años, algunos discípulos habían comenzado a
relajarse. Ya no tomaban con la misma seriedad los compromisos nacidos del
bautismo. La fe corría el riesgo de convertirse en costumbre; y sabemos que la
costumbre, cuando se instala cómodamente, puede quedarse dormida incluso en el
primer banco de la iglesia.
¿Cómo despertar
aquellas conciencias? Mateo aplicó la parábola de Jesús a la vida de sus
comunidades y utilizó el estilo enérgico de los predicadores de su tiempo.
Su mensaje podría
resumirse así: Prestad atención, porque no es lo mismo orientar la existencia
según el Evangelio que vivir conforme a la lógica mundana. No termina del mismo
modo una vida gastada por amor que una vida consumida egoístamente, pensando
únicamente en uno mismo.
La vida entregada
por amor no es destruida por el fuego que elimina la cizaña. Al contrario, ese
fuego revela su verdadera hermosura y pone de manifiesto cuánto se ha parecido
a la vida de Jesús de Nazaret.
Quien, en cambio,
se ha dejado seducir por las propuestas del Maligno puede descubrir que una
parte importante de su existencia no tenía verdadera consistencia. El fuego
purificador consume aquello que era cizaña y deja al descubierto el oro, por
pequeño que sea, de una vida que también conoció el amor.
El llanto expresa el dolor
de comprender demasiado tarde.
El llanto y el
rechinar de dientes son imágenes fuertes. Expresan el sufrimiento de quien, al
final, comprende que ha equivocado el rumbo de buena parte de su vida.
El predicador
desea sacudir la conciencia de quienes, casi sin darse cuenta, han olvidado las
bienaventuranzas de Jesús y han vuelto a buscar las falsas bienaventuranzas del
mundo: el éxito, el dominio, la comodidad o el placer vivido sin amor (cfr. Mt
5, 3-12).
Su advertencia es
clara:
—Estad atentos. No
cometáis un error tan doloroso.
Pero el mensaje no
concluye con una amenaza. Precisamente en este punto aparece la buena noticia.
El fuego de Dios salva
todo lo que ha amado.
El fuego del amor
divino hará desaparecer para siempre toda cizaña y toda maldad. La historia
humana concluirá en el reino del Padre con la salvación de cada persona,
purificada de las muchas o pocas cizañas que hayan crecido en su vida.
Por eso, el
encuentro con el Señor puede esperarse con alegría incluso por quien considere
que se ha equivocado en casi todo. La buena noticia es que, en aquel día,
quedaremos finalmente libres de toda escoria, de toda perversidad y de cuanto
nos impide amar. Entonces seremos acogidos en el reino de nuestro Padre.
Incluso el ser
humano más endurecido habrá dirigido alguna vez, quizá solo por un instante,
una mirada de amor hacia otro. Y ese pequeño gesto, aunque haya permanecido
mezclado con innumerables cizañas, no será borrado. Nada de lo que haya sido
verdadero amor se perderá. Esta es la buena noticia.



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