sábado, 18 de julio de 2026

Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A -Mt 13, 24-43 «Dejadlos crecer juntos hasta la siega»

 

Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 13, 24-43 «Dejadlos crecer juntos hasta la siega» 

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El mal pone a prueba

nuestra idea de Dios.

A todos nos habrá ocurrido alguna vez encontrarnos con alguien que nos confiesa su dificultad para creer. Casi siempre aparece la misma objeción: ¿Cómo puede existir Dios cuando en el mundo hay tanto sufrimiento, tanta injusticia y tanto mal?

Si Dios es bueno, enteramente bueno, y además es omnipotente, de él solo puede venir el bien. Entonces, ¿de dónde nace el mal?

Esta pregunta no es nueva. Acompaña al ser humano desde que comenzó a interrogarse seriamente por el sentido de la existencia. No la hemos inventado nosotros, aunque cada generación vuelve a formularla desde sus propias heridas.

También la literatura contemporánea se ha enfrentado a ella. En La peste, Albert Camus —pensador del absurdo, cercano al ambiente intelectual del existencialismo, aunque él rechazara esa etiqueta— sitúa al doctor Rieux ante la dolorosa agonía de un niño inocente. El médico no pronuncia literalmente la pregunta «¿dónde está Dios?», pero toda la escena la deja suspendida en el aire.

Ante aquel sufrimiento, Rieux se resiste a aceptar cualquier explicación que termine justificando la muerte de un inocente. La pregunta por Dios ya no nace entonces de una discusión entre especialistas, sino de algo mucho más serio: El dolor de quien contempla sufrir a un niño y no encuentra palabras capaces de explicarlo.

Una de las respuestas más antiguas y conocidas fue la ofrecida por el místico y profeta iranio Zaratustra, al que los griegos llamaron Zoroastro. Según su enseñanza, existiría un dios bueno, Ahura Mazda, origen de todo bien, y frente a él actuaría un ser perverso, Angra Mainyu, responsable del mal.

Así tomó forma una concepción dualista que comenzó a extenderse por Mesopotamia, probablemente desde los primeros siglos del primer milenio antes de Cristo, época en la que habría vivido Zaratustra.

A comienzos del siglo VI antes de Cristo, los israelitas fueron deportados a Babilonia. Nabucodonosor destruyó Jerusalén y llevó al exilio a sacerdotes, personas instruidas, artesanos y otros miembros destacados del pueblo. Durante aquella estancia en Mesopotamia, Israel entró en contacto con la visión dualista: de una parte, un Dios bueno; de otra, un poder maligno al que se atribuía el origen de todo mal.

Hasta entonces, los israelitas afirmaban la existencia del único Dios. De él procedían el bien, los castigos e incluso aquellas desgracias que interpretaban como un mal. Pero el encuentro con el pensamiento persa fue dejando su huella. Resultaba comprensible que prefirieran no atribuir al Señor aquello que destruye y hace sufrir.

Comenzaron así a hablar de una figura maligna, designada con diversos nombres: El Maligno, la serpiente, el diablo, Satanás. A ese ser se le atribuyó la responsabilidad del mal.

En los libros más antiguos de la Biblia, anteriores al exilio, no aparece todavía el diablo entendido como la gran figura contrapuesta a Dios. En ellos ocupa el centro el único Señor.

Ponerle un nombre al mal

no resuelve el problema.

La explicación dualista, sin embargo, tampoco responde del todo a la pregunta. Si Dios es omnipotente, ¿por qué no elimina de una vez todo el mal, incluido ese ser oscuro al que se considera su causante?

Esta era la pregunta que yo hacía de niño a la catequista que me enseñaba el catecismo:

—¿Por qué el Señor no acaba con Satanás, si nos hace tanto daño?

Debo reconocer que las respuestas que recibía no conseguían convencerme demasiado.

La misma pregunta que ha acompañado a la humanidad y al pueblo de Israel sigue inquietándonos a los cristianos. Y, en ocasiones, intentamos responder con fórmulas que, de tanto repetirlas, han terminado perdiendo fuerza.

Decimos, por ejemplo: «Dios no quiere el mal, pero lo permite». Sin embargo, la dificultad permanece intacta. Si no lo quiere y tiene poder para impedirlo, ¿por qué no lo elimina?

Tampoco basta con pronunciar la palabra «misterio» y dar por terminada la reflexión:

—Inclinemos la cabeza; es un misterio.

El misterio no puede convertirse en una puerta que cerramos para evitar las preguntas. El problema del mal necesita ser afrontado. Hemos de tratar de comprender por qué está presente y, sobre todo, cómo podemos situarnos ante él.

Dios ha querido este mundo,

no otro imaginario.

Dios podría haber creado un mundo diferente. Pero, si fuera completamente distinto, ya no sería este mundo ni seríamos nosotros.

Ha querido nuestra realidad tal como es. Y en una creación limitada aparecen inevitablemente la imperfección, la fragilidad y el mal. Si el mundo poseyera la perfección absoluta de Dios, dejaría de ser mundo para ser Dios.

La omnipotencia divina no puede entenderse como una capacidad caprichosa para alterar continuamente las leyes de la creación. Para impedir toda desgracia, toda calamidad o todo terremoto, Dios tendría que modificar el funcionamiento natural de este mundo. Pero, si lo cambiara por completo, ya no sería el mismo mundo. Y es una suerte que haya querido precisamente este, porque en él hemos aparecido también nosotros.

Lo mismo ocurre cuando pensamos en las injusticias, los crímenes y las guerras. Muchas veces nos preguntamos por qué no nos creó a todos buenos desde el comienzo, impecables, casi como ángeles.

Podría haber creado ángeles, pero no seríamos nosotros. Dios ha querido seres humanos, y nuestra condición está amasada de bien y de mal. Podemos crecer, elegir y madurar, pero no somos criaturas terminadas ni seres programados para acertar siempre.

Dios no puede convertirnos en otra cosa y, al mismo tiempo, conservarnos exactamente como somos. O somos nosotros o somos otros. Para construir ese mundo perfecto que imaginamos, tendría que deshacer este y crear uno diferente. Y en ese mundo quizá todo sería impecable, pero nosotros ya no estaríamos allí para contemplarlo.

Este es el problema que Jesús aborda en la parábola que hoy escuchamos: Aprender a reconocer con serenidad que el mal está presente en el mundo y también dentro de cada uno de nosotros.

Nuestra vida está entretejida de trigo y cizaña, de generosidad y egoísmo, de fidelidad y contradicción. Y la parábola nos advierte de algo importante: Si pretendemos arrancar violentamente todo lo que consideramos malo, podemos acabar destruyendo también el bien que está creciendo.

La cizaña también crece

dentro de la Iglesia.

Queda todavía una pregunta más incómoda. El mal no está únicamente en el mundo; el mal aparece también en la comunidad cristiana. Jesús inauguró el reino de Dios. Nos entregó su Espíritu y su Evangelio, una fuerza de vida, amor y paz capaz de transformar el corazón humano. De ahí debería brotar un mundo nuevo, reconciliado y fraterno.

El paraíso terrenal no es solo un pasado que debamos añorar, como quien hojea con nostalgia un viejo álbum. Es una realidad que espera ser construida.

Pero entonces surge la pregunta: Después de dos mil años de presencia del Evangelio y del Espíritu de Cristo, ¿por qué sigue habiendo tanto mal?

El profeta Isaías había anunciado un pueblo formado por justos, un pueblo al que llamarían santo. Se supone que nosotros deberíamos hacer visible esa promesa. Y, sin embargo, hemos de reconocerlo con humildad: No somos una comunidad plenamente santa. También entre los cristianos encontramos incoherencias, heridas, divisiones y pecado.

¿Por qué ocurre esto? ¿Cómo podemos actuar cuando descubrimos la cizaña dentro de la propia comunidad? Ya en tiempos del evangelista Mateo se discutía esta cuestión. Había dos posturas enfrentadas. Por un lado estaban los rigoristas, convencidos de que era necesario hacer limpieza. Quienes no vivían de manera coherente con el bautismo debían ser expulsados de la comunidad.

Frente a ellos se encontraban quienes defendían una actitud más paciente y comprensiva, y aceptaban que también los pecadores permanecieran dentro de la Iglesia.

Durante siglos, ambas posturas se enfrentaron, se acusaron y, en ocasiones, llegaron incluso a descalificarse. Lo más curioso es que los dos grupos —los severos y los indulgentes, los intransigentes y los magnánimos— acudían a la misma parábola del trigo y la cizaña para justificar su posición.

¿Quiénes la entendían correctamente? ¿Los que querían arrancar cuanto antes todo lo que consideraban impuro o quienes invitaban a esperar con paciencia? Eso es precisamente lo que debemos descubrir: cuál es la respuesta de Jesús.

El sembrador llena el campo

de una semilla hermosa.

«En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente diciendo: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo».

El primer personaje que Jesús introduce en la parábola es un sembrador. Sale al campo y esparce la semilla con generosidad, sin calcular ni escatimar.

Aquí conviene detenerse en un pequeño matiz del texto griego. Mateo habla de καλὸν σπέρμα (kalón spérma). La expresión suele traducirse correctamente como «buena semilla», pero el adjetivo καλός (kalós) también puede evocar aquello que es bello, noble o excelente. El predicador desea subrayar precisamente esta resonancia: el sembrador no ha depositado mal alguno en su campo; ha sembrado bondad y belleza.

El campo representa el mundo. Todo lo que procede del sembrador lleva, por tanto, la huella de lo bello.

¿Quién es ese sembrador? Podemos reconocer en él a Dios, creador de un mundo bueno y hermoso. Al concluir la creación, Dios contempla cuanto ha hecho y ve que todo es «muy bueno» (cfr. Gn 1, 31). También aquí hay una resonancia interesante: La versión griega de los Setenta emplea la expresión καλὰ λίαν (kalà lían), «muy bueno», con el mismo adjetivo καλός (kalós), capaz de expresar al mismo tiempo bondad y belleza.

Pero entonces reaparece la pregunta: Si Dios sembró belleza, ¿de dónde proceden las desgracias, el dolor y la muerte, realidades que desfiguran la creación?

Jesús sembró belleza en medio

de un mundo herido.

El sembrador también puede representar a Jesús. Él llegó a una humanidad marcada por el egoísmo, la injusticia, las guerras y atrocidades difíciles incluso de nombrar, y en medio de esa tierra sembró algo nuevo.

La semilla hermosa es su Espíritu y es su Evangelio. De ella está llamada a brotar una humanidad distinta: más fraterna, más reconciliada, libre de la violencia y de la injusticia.

Sin embargo, el mal no ha desaparecido. Después de la predicación de Jesús y del don de su Espíritu, seguimos encontrando guerras, abusos, sufrimiento y división.

Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿Era realmente eficaz aquella semilla? ¿Poseía fuerza suficiente para hacer nacer un mundo nuevo?

La parábola continúa. Ahora Jesús hace entrar en escena a un segundo personaje.

El enemigo más peligroso

no siempre viene de fuera.

«Pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó». 

Conviene identificar bien al segundo personaje de la parábola, porque es peligroso y necesitamos mantenerlo bajo vigilancia. Pero no cometamos el error de buscarlo lejos de nosotros para cargar sobre él toda la responsabilidad del mal que vemos en el mundo y del que descubrimos en nuestro interior.

Podemos llamarlo diablo, Satanás o serpiente. El nombre importa menos que reconocer dónde actúa: No se encuentra únicamente fuera de nosotros; también habita en nuestro corazón.

El mal encuentra terreno en nuestra limitación y en nuestra condición de criaturas. Desde que nacemos llevamos dentro esa fuerza enemiga a la que no conviene perder de vista. ¿De qué se trata exactamente?

Dentro de nosotros hay una voz

que rompe la armonía.

Es esa parte de nosotros que, en lugar de mantenernos en sintonía con Dios y ayudarnos a aceptar con serenidad y alegría que somos criaturas dependientes del Creador, nos empuja a romper la comunión con él.

Ese enemigo interior nos susurra:

—No hagas caso a Dios. Actúa por tu cuenta. Tú tienes inteligencia suficiente para decidir qué está bien y qué está mal.

Es la antigua tentación de la serpiente: considerar que Dios sobra y que podemos convertirnos en la medida última del bien y del mal (cfr. Gn 3, 1-6).

Poco a poco, esa voz va depositando cizaña en nuestra mente. El texto de la parábola emplea el término griego ζιζάνια (zizánia), que designa una planta dañina muy parecida al trigo durante las primeras fases de su crecimiento. Y ahí está precisamente el peligro: el enemigo consigue presentarnos como bueno aquello que, en realidad, nos hace daño.

Podemos escuchar esa voz y acabar convencidos de que seguimos el camino correcto.

La cizaña se reconoce

cuando comienza a dar fruto.

Pero ¿cuándo descubrimos que aquello no era trigo hermoso, sino cizaña sembrada por el enemigo?

No siempre podemos distinguirlo al principio. Hay pensamientos, deseos y decisiones que parecen buenos mientras comienzan a crecer. Solo más adelante, cuando muestran sus consecuencias, comprendemos qué clase de semilla habíamos acogido.

La cizaña se parece

demasiado al trigo.

«Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña».

¿Por qué eligió Jesús la imagen de la cizaña para describir la acción del Maligno? Porque, cuando comienza a brotar, la cizaña se parece mucho al trigo. Durante un tiempo resulta fácil confundirlas, ya que su verdadera identidad permanece oculta y apenas advertimos su presencia en medio del sembrado.

Con esta imagen, Jesús nos previene contra la sutileza del mal que actúa dentro de nosotros. Al principio, puede presentarnos como bueno y hermoso aquello que en realidad es dañino y deforme. La diferencia solo aparece más tarde, cuando llega el momento de los frutos.

Cuando se forma la espiga, ya no hay lugar para la confusión. El trigo ofrece una espiga dorada y sirve de alimento; la cizaña, en cambio, muestra una espiga oscura, inútil y dañina. El trigo alimenta la vida; la cizaña conduce hacia la muerte.

Hay además un matiz significativo en el texto griego. Mateo no habla de una sola cizaña, sino que emplea el plural ζιζάνια (zizánia). Son muchas las formas que puede adoptar el mal. Al principio, todas ellas procuran confundirse con el buen trigo: Prometen vida, felicidad y plenitud. Solo después descubrimos que sus frutos no dan vida, sino que la empobrecen.

No todo lo que parece amor

sabe amar.

Tratemos de reconocer algunas de esas cizañas que, al comenzar a crecer, se parecen al buen trigo. Conviene aprender a distinguirlas, porque saben disfrazarse con bastante habilidad.

Existe el amor verdadero, pero también hay realidades que parecen amor y no lo son. Al comienzo pueden producir sensaciones semejantes; sin embargo, sus frutos terminan siendo muy distintos.

Dos jóvenes pueden decir:

—Estamos locamente enamorados.

La respuesta podría ser:

—¡Qué hermoso! Ya tenéis edad para comenzar a pensar en un proyecto común y formar una familia.

Pero ellos quizá contesten:

—¿Una familia? Nosotros estamos enamorados y nos gusta estar juntos.

—¿Y qué ocurrirá si un día deja de gustaros?

—Pues, si ya no nos gusta, cambiaremos.

Aquello parece amor, pero, mirado con atención, puede esconder una búsqueda del propio bienestar: dos egoísmos que se encuentran y se sienten cómodos juntos.

La verdadera identidad de ese falso amor se descubre cuando aparecen sus frutos. ¿Será capaz de sostener una familia hermosa y estable? No necesitamos imaginar demasiado las consecuencias, porque podemos observarlas a nuestro alrededor. La sociedad que nace de una determinada manera de entender el amor acaba mostrando qué semilla había sido plantada.

La cizaña suele presentarse

con un nombre respetable.

Pensemos en algunas situaciones concretas. Hay actitudes que, al principio, parecen trigo bueno: Se presentan como amor, libertad, compasión o justicia. Sin embargo, solo cuando comienzan a producir frutos descubrimos qué semilla estaba creciendo realmente.

Unos padres, por ejemplo, pueden creer que aman mucho a su hijo porque nunca le niegan nada. Le conceden todos sus caprichos, evitan corregirlo, se enfadan bastante con sus maestros y profesores porque no aprueba ni el recreo y justifican cada una de sus faltas para que no se disguste. Todo parece nacer del cariño. Pero, con el tiempo, aquel joven puede crecer convencido de que los demás están obligados a satisfacer siempre sus deseos. Parecía amor; quizá era miedo a educar, incapacidad para poner límites o simple debilidad.

Algo parecido ocurre con la libertad. Una persona puede decir:

—Soy libre y nadie tiene derecho a decirme cómo debo vivir.

La libertad es un bien precioso. Pero, cuando se entiende como la posibilidad de hacer siempre lo que apetece, sin tener en cuenta a los demás ni las consecuencias de los propios actos, deja de ser libertad y comienza a convertirse en esclavitud de los impulsos. Parecía trigo, pero el fruto termina revelando la cizaña.

También podemos confundir la sinceridad con la falta de caridad:

—Yo digo siempre lo que pienso. Soy una persona muy sincera.

Sin embargo, no toda palabra verdadera necesita ser pronunciada de cualquier manera ni en cualquier momento. A veces usamos la sinceridad como excusa para herir, humillar o descargar nuestro mal humor. La verdad sin amor puede convertirse en una piedra. Parecía franqueza; quizá era agresividad disfrazada.

Incluso la justicia puede deformarse. Alguien ha cometido una injusticia y nosotros decimos:

—Lo único que quiero es que se haga justicia.

Pero, si miramos con sinceridad nuestro interior, quizá descubramos que no buscamos reparar el daño, sino contemplar cómo el culpable sufre. Ya no deseamos corregir lo que está mal; queremos que la otra persona «pague» y, si es posible, que pague con intereses. Parecía sed de justicia, pero estaba creciendo el resentimiento.

La cizaña también puede aparecer en la comunidad cristiana. Alguien puede defender con gran firmeza la doctrina, las normas o las buenas costumbres y, sin embargo, hacerlo despreciando, etiquetando o humillando a los demás. La fidelidad al Evangelio es trigo bueno; pero, cuando se separa de la caridad, puede convertirse en dureza de corazón. Y una verdad lanzada como un arma difícilmente produce frutos evangélicos.

Por eso Jesús nos invita a no juzgar las semillas únicamente por su primera apariencia. La pregunta decisiva es otra: ¿qué frutos está produciendo esto en nosotros? ¿Nos hace más humanos, más libres, más capaces de amar y de servir, o nos encierra en el egoísmo, la violencia y el resentimiento?

El trigo se reconoce porque alimenta la vida. La cizaña, aunque al principio se disfrace muy bien, termina dejando tras de sí frutos amargos.

Algunos dirán que ya han quedado atrás los tiempos oscuros, que no vivimos en la Edad Media y que la sociedad ha cambiado. Es cierto que cambian las épocas, las costumbres y las formas de expresarnos. Pero el paso del tiempo no convierte automáticamente la cizaña en trigo.

Cada persona es libre de cultivar en su corazón la semilla que elija, y esa libertad merece respeto. Pero, cuando advertimos que alguien está alimentando una semilla venenosa, también es honrado hacérselo notar. Después respetaremos su decisión, pero podemos decirle con claridad:

—Mira bien hacia dónde conduce ese camino, porque los frutos de un falso amor difícilmente serán frutos de vida.

La compasión verdadera permanece

al servicio de la vida.

También existe una piedad auténtica y otra que solo conserva su apariencia.

La verdadera compasión nos mueve a cuidar la vida siempre, desde su comienzo hasta su término natural. Y lo hace incluso cuando ese servicio exige esfuerzo, sacrificio, paciencia y renuncia.

No puede llamarse compasión a favorecer o provocar la muerte. La piedad verdadera no abandona a quien sufre: permanece a su lado, lo cuida y procura aliviar su dolor sin dejar de proteger su vida.

La mayoría no convierte

una opinión en verdad.

Existe la verdad y existe también aquello que parece verdadero simplemente porque todos lo piensan, lo dicen o lo hacen.

Cuando aceptamos una idea únicamente porque está de moda, quizá no estemos siguiendo la verdad, sino sometiéndonos al pensamiento dominante. Que una opinión sea repetida por muchas voces no significa necesariamente que se haya convertido en trigo bueno.

Algo semejante puede suceder en la educación de los hijos o de los nietos. Hay actitudes que parecen amor, pero en realidad nacen de la debilidad. Concederlo todo, permitirlo todo y justificarlo todo puede presentarse como ternura, aunque sus frutos solo se reconozcan más adelante.

También existe una falsa libertad: La pretensión de poder hacer y decir cuanto se quiera, incluso cuando se hiere a los demás o se desprecian sus convicciones más sagradas.

Y hay una búsqueda de justicia que, examinada de cerca, esconde deseo de venganza. No pretende reparar lo que está mal, sino hacer sufrir a quien se equivocó. Una cosa es restablecer la justicia y otra muy distinta cobrarse la deuda con resentimiento.

Conviene permanecer atentos: Algunas cizañas se parecen extraordinariamente al buen trigo.

El enemigo siembra

cuando la conciencia se duerme.

La parábola contiene otro detalle muy expresivo: El enemigo actúa durante la noche, mientras todos duermen: «mientras los hombres dormían». La cizaña echa raíces, crece y se desarrolla cuando nos encuentra dormidos. El enemigo es astuto ya que se mueve en la oscuridad y, antes de sembrar, procura desactivar las alarmas. Adormece la conciencia para que la semilla pase inadvertida.

Pensemos un momento. ¿Cuándo comenzamos a razonar exactamente igual que todo el mundo y a decirnos:

—En el fondo, esas propuestas morales que escuchamos por todas partes tampoco son tan malas. ¿Qué puede haber de malo en determinadas modas, comportamientos, maneras de hablar o juicios?

Sabemos que el Evangelio propone otra orientación, pero, si todos aseguran que aquello es bueno, poco a poco podemos terminar aceptándolo sin examinarlo.

Esto sucede cuando nuestra vida interior se adormece: Cuando dejamos de orar y ya no meditamos la Palabra de Dios. Entonces empezamos a pensar sin discernimiento, repitiendo simplemente lo que se escucha alrededor.

Ese es el momento que aprovecha el enemigo interior para sembrar sus cizañas.

Por eso se nos invita a permanecer despiertos. De lo contrario, podemos descubrir demasiado tarde que algunas decisiones que parecían prometedoras han terminado produciendo frutos amargos.

Volvemos así a la pregunta con la que comenzamos: ¿Cuál es el origen del mal? ¿De dónde proceden las cizañas?

Los servidores aman el campo

porque han trabajado en él.

«Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”».  

En este momento de la parábola, Jesús hace entrar en escena a un cuarto personaje que nos resulta muy cercano: Los servidores.

Nos caen bien porque se parecen mucho a nosotros. Aman al dueño, aman el campo y han dejado allí una parte de su vida. Han trabajado esa tierra, se han esforzado por cuidarla y desean contemplar sus frutos.

También nosotros trabajamos en este mundo, donde el Padre ha sembrado belleza, y deseamos que en él brote belleza, solamente belleza. Trabajamos igualmente en la comunidad cristiana, donde Jesús ha depositado la semilla del Evangelio, y anhelamos verla crecer.

Sentimos que ese campo nos pertenece un poco, porque hemos derramado en él sudor y, en ocasiones, también lágrimas. Nos duele descubrir algo que lo afea o amenaza lo que ha ido naciendo con tanto esfuerzo.

Pensemos en tantos cristianos comprometidos; por ejemplo, en tantas catequistas que dedican cada viernes o sábado por la tarde a la parroquia porque aman a la comunidad y desean verla crecer hermosa.

Nosotros somos esos servidores que han puesto manos a la obra para colaborar en el mundo nuevo querido por Jesús de Nazaret. Y somos también quienes se entristecen cuando aparece la cizaña y no saben bien cómo reaccionar.

Cuando aparece la cizaña,

también aparece la oración.

Es entonces cuando los servidores se acercan al dueño. Podemos reconocer en ese gesto nuestra propia oración, especialmente cuando no comprendemos lo que sucede y necesitamos hacerle a Dios algunas preguntas.

La primera sería esta:

—¿Acaso la semilla que nos entregaste no era perfecta?

Dicho de otro modo: ¿Habrá puesto el Creador algo defectuoso en su obra? ¿Sembró solamente belleza o dejó también algún principio de mal?

La pregunta puede trasladarse a la Iglesia. Si el mundo no cambia y si dentro de la comunidad cristiana sigue apareciendo la cizaña, ¿habrá algo equivocado en el Evangelio? ¿Será insuficiente la semilla que Jesús nos confió?

El dueño responde con claridad: «Un enemigo lo ha hecho».

El texto griego emplea la expresión ἐχθρὸς ἄνθρωπος (ejthrós ánthropos), que puede traducirse literalmente como «un hombre enemigo» o, de manera más natural, «un enemigo». La expresión dirige la mirada hacia una voluntad hostil que actúa contra el proyecto del sembrador.

No ha sido el dueño quien sembró el mal. Dios ha creado este mundo y esta humanidad, y los ama. Pero en el corazón humano actúa también esa fuerza enemiga que, si no la vigilamos, encuentra espacio para sembrar cizaña.

¿De qué manera trabaja dentro de nosotros? Puede excitar nuestro orgullo y convencernos de que tenemos derecho a comportarnos como queramos. Nos hace creer que dominar a los demás, utilizarlos o ponerlos a nuestro servicio es algo legítimo.

También puede despertar nuestras pasiones desordenadas y presentarlas bajo apariencia de bien. Si no permanecemos atentos, termina conduciéndonos hacia una vida sin medida ni orientación.

Ese es el enemigo al que debemos vigilar. No para vivir obsesionados con él, sino para no confundir sus sugerencias con la voz del buen sembrador.

El amor al campo

puede convertirse en impaciencia.

Pero ahora surge una segunda pregunta. Los servidores aman demasiado el campo como para resignarse: «“¿Quieres que vayamos a arrancarla?”»; ¿Quieres que vayamos inmediatamente a arrancar todas las cizañas?

Quieren eliminar de raíz cuanto amenaza la cosecha. Quieren expulsar el mal y hacer desaparecer incluso esa voz interior que lo sugiere. No soportan su presencia; desean acabar con él de una vez.

Los servidores representan aquí a personas buenas, comprometidas y sinceramente enamoradas de Cristo. Sin embargo, su amor puede volverse impaciente. Quieren un mundo perfecto y una comunidad cristiana pura, sin manchas ni contradicciones.

Son creyentes generosos, pero pueden terminar siendo intransigentes. No toleran los procesos lentos, las fragilidades ni las caídas de los demás. Desearían apartar de la comunidad a todos los pecadores, porque los consideran una vergüenza, un peso incómodo del que convendría liberarse cuanto antes.

Es comprensible que quien ama el campo sufra al ver crecer la cizaña. Pero ¿puede arrancarse inmediatamente todo el mal sin poner en peligro el trigo?

La respuesta del dueño nos mostrará cómo contempla Dios esta impaciencia de sus servidores.

Arrancar la cizaña ahora

dañaría también el trigo.

«Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega» 

—No —responde el dueño a los servidores—. Todavía no ha llegado el momento de limpiar por completo el campo. Ese día vendrá, pero no es hoy.

Mientras tanto, trigo y cizaña han de crecer juntos. Sus raíces están tan entrelazadas que, si los servidores intentaran eliminar inmediatamente la mala hierba, arrancarían también una parte de la buena cosecha.

La parábola nos obliga así a dirigir la mirada hacia nuestro interior. El Maligno no es solamente una figura que podamos colocar fuera de nosotros para atribuirle cómodamente todas las culpas. Su acción encuentra espacio en nuestra propia persona.

El Maligno aparece en mí cuando pretendo convertirme en una especie de superhombre: cuando quiero decidirlo todo y obrar con absoluta independencia de Dios, como si yo mismo pudiera establecer por mi cuenta qué es bueno y qué es malo.

Por eso, para eliminar de mí de manera inmediata y completa esa fuerza que siembra cizaña, tendría que desaparecer también yo. El bien y el mal no crecen en dos terrenos perfectamente separados; sus raíces atraviesan el mismo corazón.

Dios no nos pide odiar

nuestra fragilidad.

Este es uno de los mensajes centrales de la parábola: Jesús nos invita a aceptar con serenidad nuestra condición de criaturas limitadas.

Aceptar no significa aprobar el mal ni renunciar a combatirlo. Significa reconocer que vivimos en un mundo donde el bien y el mal crecen juntos, y que esa mezcla atraviesa también nuestra vida.

Este es el mundo amado por Dios. Es nuestro mundo, el único en el que podemos vivir, elegir, madurar y aprender a amar. No puede convertirse de pronto en otro completamente distinto sin dejar de ser nuestra realidad.

Llegará el día en que el mal desaparecerá definitivamente. Pero ese día no es hoy. Ahora vivimos el tiempo de la paciencia, del discernimiento y del crecimiento. Trigo y cizaña permanecen juntos en el campo que Dios no deja de amar.

La Iglesia no es una sala reservada

para impecables.

Al comienzo recordábamos la fuerte discusión que surgió en las primeras comunidades cristianas. Algunos creyentes, rigoristas e intransigentes, querían expulsar de la Iglesia a quienes consideraban pecadores. No soportaban su presencia.

Otros, en cambio, defendían la paciencia, la comprensión y la acogida.

¿Quiénes comprendían mejor la parábola? Porque, curiosamente, unos y otros recurrían a ella para justificar su postura.

La respuesta resulta clara: Tenían razón quienes invitaban a la paciencia. Los pecadores no son una carga ajena a la Iglesia; sino que siguen siendo hijos amados dentro de ella. Y necesitan sentirse tanto más amados cuanto mayor es su lucha y cuanto más sufren a causa de sus debilidades y fragilidades.

La comunidad cristiana no está formada por quienes nunca caen, sino por personas en las que Dios continúa trabajando. Expulsar a todos los que llevan cizaña en su interior dejaría la Iglesia bastante vacía; quizá no quedaría nadie para cerrar la puerta.

Pero permanece una última pregunta: ¿llegará realmente ese mundo en el que la cizaña sea arrancada para siempre? ¿Desaparecerá algún día todo el mal?

Ahora el dueño del campo nos anuncia una buena noticia.

La buena noticia

no es la destrucción de personas.

«Y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”».

Esta es la noticia que los servidores esperaban: Llegará el día en que la cizaña será arrancada y desaparecerá para siempre.

Sin embargo, esta promesa consoladora del dueño ha sido malinterpretada muchas veces en el pasado, y todavía hoy continúa siéndolo. Algunos identifican la cizaña con determinadas personas, a las que consideran enteramente malas. Esperan entonces con impaciencia el día en que Dios haga justicia y arroje a esos hijos perversos a las llamas del infierno, porque, según ellos, serían la cizaña de la humanidad.

Pero ¿dónde están esas personas que son únicamente cizaña? No existen. En todos nosotros hay trigo y cizaña, luces y sombras, gestos de amor y resistencias al amor.

Además, ¿qué imagen de Dios se esconde detrás de semejante interpretación? Jesús está anunciándonos una buena noticia: un día el mal dejará de existir y solo permanecerá el bien. No está hablando de personas malvadas que serán arrojadas al fuego.

¿Podría ser esa la hermosa noticia que Jesús vino a traernos?

El dueño del campo representa a Dios. Lo que será quemado es la cizaña, no las personas. Es el mal lo que desaparecerá definitivamente.

El fuego de Dios no destruye:

Purifica con amor.

¿Cuál será entonces ese fuego purificador por el que todos tendremos que pasar? Porque en cada uno de nosotros hay alguna cizaña que necesita ser consumida.

Dios solo conoce un fuego: El de su amor. Es el fuego de Pentecostés, el fuego de su Espíritu. Ese es el fuego capaz de quemar la cizaña sin destruir a la persona.

El trigo bueno que será recogido en los graneros del cielo representa todo lo hermoso que hay en cada ser humano, en cada hijo de Dios. Eso, y solo eso, será llevado a la casa del Padre.

Ni la más pequeña migaja de amor podrá perderse entre las llamas.

La cosecha no es amenaza,

sino fiesta.

La imagen de la siega tampoco debe inspirarnos miedo o tristeza. Para el mundo campesino, la cosecha era el momento de la alegría, la celebración y la abundancia.

Así será también el día en que el dueño recoja en su casa todo el bien y solamente el bien.

Después de esta promesa, Mateo introduce otras dos parábolas.

Nos deslumbra lo grande;

Dios comienza por lo pequeño.

«Les propuso otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero, cuando crece, es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas».

A nosotros nos atrae lo grandioso. La mirada se nos va fácilmente hacia lo majestuoso, lo imponente, aquello que sobresale y obliga a levantar la cabeza.

Por eso, cuando el profeta Ezequiel quiso expresar la grandeza del reino mesiánico prometido por Dios, recurrió a la imagen de un cedro majestuoso, considerado el rey de los árboles. Lo imaginó plantado en la cima de una montaña elevada, visible desde lejos, de manera que todos pudieran contemplarlo y admirarlo.

Bajo aquel cedro, a la sombra de sus ramas, vendrían las aves a establecerse y construir sus nidos. Con esta imagen, el profeta anunciaba que un día todos los pueblos acudirían al reino del Mesías (cfr. Ez 17, 22-24).

Jesús, sin embargo, se distancia deliberadamente de aquella representación grandiosa. Cuando habla del reino de Dios, no lo compara con un cedro que domina la cima de una montaña, sino con una modesta planta de mostaza, nacida de una semilla diminuta (cfr. Mt 13, 31-32).

El texto griego utiliza la expresión κόκκος σινάπεως (kókkos sinápeōs), «grano de mostaza». La imagen no dirige nuestra atención hacia algo majestuoso, sino hacia una realidad pequeña y casi insignificante.

El reino de Dios

no crece en los escaparates.

La mostaza no suele crecer en lo alto de los montes, sino en el huerto de casa. Nadie se detiene a admirarla. Es un arbusto, ni siquiera un árbol de gran porte; en su máximo desarrollo puede alcanzar unos pocos metros. Tampoco parece el lugar más adecuado para imaginar a las aves construyendo sus nidos.

Precisamente ahí se encuentra la fuerza de la imagen. Jesús está retomando la profecía de Ezequiel, pero le da un giro inesperado: Aquello que atraerá a todos los pueblos no tendrá la apariencia deslumbrante del cedro, sino la humilde sencillez de una planta de mostaza.

Ese es el reino de Dios. Incluso cuando alcance su plenitud, no responderá a las grandezas que suelen fascinar a los seres humanos. Nosotros admiramos el poder, el prestigio, la riqueza y aquello que hace ruido. El reino, en cambio, crece con otra lógica; pequeña, silenciosa y discreta.

Lo invisible

puede transformar el mundo.

¿De qué semilla está hablando Jesús? Habla de su Espíritu, germen invisible de vida divina. Cuando conversó con Nicodemo, Jesús lo comparó con el viento: No podemos verlo, pero sentimos su paso y reconocemos sus efectos (cfr. Jn 3, 8).

La semilla es también la palabra del Evangelio. Una palabra puede parecernos poca cosa. No pesa, no ocupa espacio y, aparentemente, carece de poder. Además, ha sido confiada a labios humanos: hombres y mujeres pobres, frágiles y vulnerables.

Pablo lo expresó mediante otra imagen muy elocuente: llevamos un tesoro precioso en vasijas de barro (cfr. 2 Cor 4, 7). El texto griego habla de ὀστράκινα σκεύη (ostrákina skeúē), recipientes de arcilla, frágiles y fáciles de romper.

La vasija puede tener grietas, pero el tesoro continúa siendo valioso. Quienes anuncian el Evangelio pueden ser débiles, contradictorios y limitados; sin embargo, el Espíritu y la Palabra que llevan consigo son semillas dotadas de una fuerza capaz de transformar el mundo.

Escuchemos ahora la segunda parábola.

Jesús convierte un símbolo inquietante

en una promesa.

«Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, hasta que fermentó todo. Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba si no era en parábolas, para que se cumpliese así lo dicho por el profeta: Abriré con parábolas mi boca, anunciaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo».  

En la tradición bíblica, la levadura suele emplearse con un sentido negativo (cfr. Mt 16,6.11-12; Mc 8,15; Lc 12,1; 1 Cor 5,6-8; Ga 5,7-9). Su capacidad para penetrar en la masa y hacerla fermentar servía como imagen de aquello que se introduce silenciosamente en la persona y termina transformándola por dentro.

Los maestros de Israel podían compararla con la inclinación al mal presente en el corazón humano. Hablaban así de la arrogancia, la soberbia, la vulgaridad, la dureza de corazón o la mentira: actitudes que quizá comienzan siendo pequeñas, pero acaban afectando a toda la vida.

Por eso, durante la fiesta de los Ázimos, las familias retiraban de sus casas cuanto estuviera fermentado. Israel celebraba la Pascua como el comienzo de una existencia nueva, liberada de la antigua esclavitud, y la ausencia de levadura expresaba simbólicamente aquella renovación (cfr. Ex 12, 15-20).

También Pablo recurre a esta imagen cuando escribe a los cristianos de Corinto: una pequeña cantidad de levadura puede fermentar toda la masa. Por eso los invita a desprenderse de la levadura vieja y a convertirse en una masa nueva, celebrando la fiesta no con la malicia y la perversidad, sino con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad (cfr. 1 Cor 5, 6-8).

Una pizca de Evangelio

puede transformar toda la masa.

En esta parábola, Jesús da un giro sorprendente al símbolo. La levadura deja de representar la corrupción y se convierte en imagen del reino de Dios.

El texto griego emplea la palabra ζύμη (zýme), «levadura». Es una realidad pequeña, discreta y aparentemente débil. Una vez introducida en la harina, desaparece de la vista; sin embargo, continúa actuando hasta transformar toda la masa (cfr. Mt 13, 33).

Así se presenta el reino de Dios. No irrumpe necesariamente mediante manifestaciones espectaculares ni se impone por la fuerza. Comienza de manera humilde, casi escondida, pero lleva dentro una capacidad extraordinaria de transformación.

Jesús habla de una mujer que introduce la levadura en «tres medidas» de harina. El texto griego dice τρία σάτα (tría sáta). El singular es σάτον (sáton), nombre de una antigua medida de capacidad para productos secos, relacionada con el hebreo סְאָה (seá). Las tres medidas representaban una cantidad extraordinariamente grande de harina, probablemente más de veinte kilos. La desproporción es intencionada: Una pequeña cantidad de levadura acaba transformando una masa enorme. Ninguna persona prepararía normalmente semejante montaña de masa en la cocina de su casa; haría falta casi alimentar a todo el vecindario, y probablemente todavía sobraría pan.

La exageración es intencionada. Jesús quiere que comprendamos la fuerza desproporcionada de aquella pequeña porción de levadura. El Evangelio puede parecer una palabra frágil, confiada a personas humildes, pero posee la capacidad de transformar a la humanidad entera.

El reino actúa en silencio,

pero no permanece estéril.

La levadura no transforma la masa desde fuera. Entra en ella, se mezcla, queda escondida y trabaja desde dentro. Algo semejante sucede con el Espíritu y con la palabra de Jesús: Penetran en la historia humana, en las relaciones y en el corazón de cada persona, y comienzan una transformación que muchas veces no percibimos inmediatamente.

No siempre veremos resultados espectaculares. Quizá solo descubramos pequeños cambios: una persona que aprende a perdonar, alguien que renuncia a devolver el mal recibido, una comunidad que comienza a cuidar a los más frágiles. Parecen gestos modestos, pero la levadura tampoco hace ruido mientras fermenta la masa.

Mateo retoma ahora la parábola del trigo y la cizaña y la convierte en una alegoría, en una explicación dirigida a sacudir pastoralmente a su comunidad.

La parábola invita a la paciencia,

no al miedo.

«Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. En esto se le acercaron sus discípulos y le dijeron: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.»  Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo; y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los que actúan inicuamente, y los arrojarán en el horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

Recordemos por qué contó Jesús la parábola del trigo y la cizaña: Quería enseñarnos a vivir con paciencia y a aceptar serenamente que, en este mundo, el bien crece en medio del mal. Esa mezcla forma parte de nuestra condición presente.

Sin embargo, la explicación que viene después, y que el evangelista pone en labios de Jesús, parece cambiar de tono. Aparecen imágenes impresionantes: fuego, horno encendido, ángeles y demonios. A primera vista, da la impresión de que se anuncian castigos terribles.

Para comprender este lenguaje, necesitamos situarnos en el mundo de Mateo. Quien escribe es un judío que se dirige principalmente a comunidades de origen judío. No es casual que estas expresiones aparezcan de manera especial en su Evangelio. Hasta seis veces repite aquella fórmula sombría: «allí será el llanto y el rechinar de dientes» (cfr. Mt 8, 12; 13, 42.50; 22, 13; 24, 51; 25, 30).

El texto griego emplea la expresión κλαυθμὸς καὶ βρυγμὸς τῶν ὀδόντων (klauthmós kaì brygmós tôn odóntōn): «llanto y el rechinar de dientes». Era una imagen conocida por los oyentes de aquel tiempo, propia del lenguaje apocalíptico y de la predicación rabínica. No pertenece a nuestra forma habitual de hablar, de modo que necesitamos descubrir qué quería comunicar, en lugar de trasladarla mecánicamente a nuestras categorías.

De lo contrario, podemos caer en interpretaciones deformadas y peligrosas, ajenas al Evangelio. Cuando estas imágenes se convierten en amenazas destinadas a aterrorizar las conciencias, dejan de anunciar la Buena Noticia y se transforman en una forma de terrorismo espiritual que ha causado mucho sufrimiento.

Mateo quiere despertar

una comunidad adormecida.

Esta explicación de la parábola puede entenderse como una homilía, una aplicación pastoral del mensaje de Jesús a la situación concreta de una comunidad cristiana de finales del siglo I, formada en gran parte por creyentes procedentes del judaísmo.

¿Por qué recurrió el predicador a un lenguaje tan severo? Probablemente porque, después del entusiasmo de los primeros años, algunos discípulos habían comenzado a relajarse. Ya no tomaban con la misma seriedad los compromisos nacidos del bautismo. La fe corría el riesgo de convertirse en costumbre; y sabemos que la costumbre, cuando se instala cómodamente, puede quedarse dormida incluso en el primer banco de la iglesia.

¿Cómo despertar aquellas conciencias? Mateo aplicó la parábola de Jesús a la vida de sus comunidades y utilizó el estilo enérgico de los predicadores de su tiempo.

Su mensaje podría resumirse así: Prestad atención, porque no es lo mismo orientar la existencia según el Evangelio que vivir conforme a la lógica mundana. No termina del mismo modo una vida gastada por amor que una vida consumida egoístamente, pensando únicamente en uno mismo.

La vida entregada por amor no es destruida por el fuego que elimina la cizaña. Al contrario, ese fuego revela su verdadera hermosura y pone de manifiesto cuánto se ha parecido a la vida de Jesús de Nazaret.

Quien, en cambio, se ha dejado seducir por las propuestas del Maligno puede descubrir que una parte importante de su existencia no tenía verdadera consistencia. El fuego purificador consume aquello que era cizaña y deja al descubierto el oro, por pequeño que sea, de una vida que también conoció el amor.

El llanto expresa el dolor

de comprender demasiado tarde.

El llanto y el rechinar de dientes son imágenes fuertes. Expresan el sufrimiento de quien, al final, comprende que ha equivocado el rumbo de buena parte de su vida.

El predicador desea sacudir la conciencia de quienes, casi sin darse cuenta, han olvidado las bienaventuranzas de Jesús y han vuelto a buscar las falsas bienaventuranzas del mundo: el éxito, el dominio, la comodidad o el placer vivido sin amor (cfr. Mt 5, 3-12).

Su advertencia es clara:

—Estad atentos. No cometáis un error tan doloroso.

Pero el mensaje no concluye con una amenaza. Precisamente en este punto aparece la buena noticia.

El fuego de Dios salva

todo lo que ha amado.

El fuego del amor divino hará desaparecer para siempre toda cizaña y toda maldad. La historia humana concluirá en el reino del Padre con la salvación de cada persona, purificada de las muchas o pocas cizañas que hayan crecido en su vida.

Por eso, el encuentro con el Señor puede esperarse con alegría incluso por quien considere que se ha equivocado en casi todo. La buena noticia es que, en aquel día, quedaremos finalmente libres de toda escoria, de toda perversidad y de cuanto nos impide amar. Entonces seremos acogidos en el reino de nuestro Padre.

Incluso el ser humano más endurecido habrá dirigido alguna vez, quizá solo por un instante, una mirada de amor hacia otro. Y ese pequeño gesto, aunque haya permanecido mezclado con innumerables cizañas, no será borrado. Nada de lo que haya sido verdadero amor se perderá. Esta es la buena noticia.


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