sábado, 18 de julio de 2026

Breve Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A Mt 13, 24-43: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega»

 


Breve Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mt 13, 24-43: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega»

 

¿Por qué existe el mal si Dios es bueno? ¿Por qué encontramos sufrimiento, injusticias y violencia? ¿Por qué también dentro de nosotros aparecen pensamientos, deseos o comportamientos que no querríamos tener?

Jesús no responde con una teoría complicada. Nos habla de un campo en el que crecen juntos el trigo y la cizaña.

Dios siembra buena semilla

El dueño del campo sembró buena semilla. Esto significa que el mal no procede de Dios. Dios siembra vida, amor, verdad, justicia y esperanza. Todo lo que viene de él ayuda al ser humano a crecer y a dar buenos frutos.

Pero, durante la noche, aparece un enemigo y siembra cizaña. Cuando comienzan a crecer las plantas, los criados preguntan:

—Señor, ¿no sembraste buena semilla? ¿De dónde sale entonces la cizaña?

El dueño responde:

—Un enemigo lo ha hecho.

La cizaña representa todo aquello que se opone al proyecto de Dios: el egoísmo, la mentira, el odio, la violencia y la injusticia.

Pero no debemos buscarla solamente fuera de nosotros. En cada corazón crecen trigo y cizaña.

Tenemos deseos sinceros de amar, pero también egoísmos; somos capaces de perdonar, pero guardamos resentimientos; deseamos hacer el bien, pero a veces elegimos lo más cómodo.

El mundo no se divide fácilmente entre personas buenas y personas malas. Todos necesitamos conversión y misericordia.

La cizaña se disfraza de trigo

La cizaña se parece mucho al trigo cuando comienza a crecer. Por eso el mal no siempre se presenta de forma evidente.

Puede disfrazarse de amor, cuando solamente buscamos que otra persona nos haga sentir bien.

Puede llamarse libertad, cuando queremos hacer lo que nos apetece sin pensar en los demás.

Puede presentarse como sinceridad, cuando utilizamos la verdad para herir. Puede llamarse justicia, cuando en realidad deseamos vengarnos.

¿Cómo distinguir entonces el trigo de la cizaña? Jesús nos invita a mirar los frutos.

El trigo alimenta y da vida. La cizaña termina dañando.

Una decisión es buena cuando nos hace más capaces de amar, servir, perdonar y construir la paz. Cuando algo nos vuelve más egoístas, agresivos, orgullosos o insensibles, debemos preguntarnos qué semilla estamos dejando crecer.

La paciencia de Dios

Los criados quieren arrancar inmediatamente la cizaña:

—¿Quieres que vayamos a recogerla?

Pero el dueño les responde:

—No, porque podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Jesús no está diciendo que el mal no tenga importancia. Hay injusticias que deben denunciarse, víctimas que deben protegerse y comportamientos que deben corregirse.

La paciencia de Dios no significa indiferencia. Lo que Jesús nos enseña es que no debemos condenar definitivamente a ninguna persona.

Nosotros vemos sus errores; Dios conoce también sus heridas, sus luchas y sus posibilidades de cambiar. Nosotros podemos pensar: «Esta persona no tiene remedio». Dios continúa trabajando en ella.

También debemos tener paciencia con nosotros mismos. A veces nos desanimamos porque volvemos a caer en las mismas debilidades. Pero Dios no se cansa de ayudarnos a crecer. La Iglesia no es una comunidad de personas perfectas. Es una comunidad de pecadores que caminan hacia la santidad, sostenidos por la gracia de Dios.

El Reino comienza por lo pequeño

Jesús añade otras dos parábolas. El Reino de Dios se parece a un pequeño grano de mostaza y a un poco de levadura escondida en la masa.

Nosotros admiramos lo grande, lo poderoso y lo espectacular. Dios, en cambio, suele comenzar por cosas pequeñas.

Una palabra de consuelo. Un perdón ofrecido de corazón. Una visita a una persona enferma. Un gesto de paciencia dentro de la familia. Una ayuda realizada sin buscar aplausos. Todo eso parece pequeño, pero lleva dentro la fuerza del Reino.

La levadura no hace ruido mientras transforma la masa. Del mismo modo, el Evangelio transforma el mundo desde dentro, comenzando por el corazón de cada persona.

El mal no tendrá la última palabra

La parábola termina hablando de la siega. Llegará el momento en que Dios separará definitivamente el trigo de la cizaña.

Esta imagen nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias. No es lo mismo vivir amando que vivir encerrados en el egoísmo.

Pero también contiene una gran esperanza: el mal no durará para siempre.

Dios destruirá definitivamente todo aquello que se opone a la vida y llevará a plenitud todo el bien que haya crecido en nosotros.

Por eso, la Palabra de Dios nos invita hoy a tres cosas:

A vigilar nuestro corazón, porque no todo lo que parece bueno produce frutos buenos. A tener paciencia con los procesos propios y ajenos, sin justificar el mal, pero sin condenar a nadie. Y a confiar en la fuerza de los pequeños gestos de amor.

Sigamos sembrando el bien, aunque todavía no veamos toda la cosecha. El campo pertenece a Dios. La buena semilla sigue creciendo. Y el mal no tendrá la última palabra.

La última palabra será de Dios y de su amor.

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