sábado, 11 de julio de 2026
Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 13, 1-23 «oíd lo que significa la parábola del sembrador»
domingo, 28 de junio de 2026
(Interactivo) Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 10, 37-42 «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí»
jueves, 18 de junio de 2026
Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario, Ciclo A - Mt 10, 26-33 - «No tengáis miedo a los hombres»
viernes, 5 de junio de 2026
Homilía de la Solemnidad del Corpus Christi - Jn 6, 51-58 «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».
Homilía
de la Solemnidad del Corpus Christi
Jn 6, 51-58 «El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en
él».
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
El pan que se parte,
la vida que se entrega
El evangelista Juan
dedica cinco capítulos de su Evangelio al relato de la Última Cena. Y, sin
embargo, hay algo que llama la atención ya que en todo ese espacio no
aparece el relato de la institución de la Eucaristía.
A primera vista puede sorprendernos. ¿Cómo
es posible que Juan, al narrar la Última Cena, no cuente precisamente el
momento en que Jesús toma el pan y el vino? Pero Juan no lo omite por descuido.
No lo hace porque no le parezca importante. Sencillamente, no necesita
repetir lo que ya había sido transmitido por los otros evangelistas: Mateo,
Marcos y Lucas. También san Pablo lo había recogido en la Primera Carta a los
Corintios.
¿Un despiste de Juan?
Juan tiene otro
propósito.
Su mirada va en otra dirección. Quiere ayudar a sus comunidades cristianas,
ya al final del primer siglo, a comprender el sentido profundo de aquel gesto
que celebran cada semana, en el día del Señor: El gesto de partir el pan.
Porque quizá, también entonces, como puede sucedernos a nosotros, la Eucaristía
corría el riesgo de convertirse en un rito hermoso, solemne, sagrado… pero
desconectado de la vida.
Y cuando un gesto
sagrado se separa de la vida, queda herido por dentro. Sigue teniendo
apariencia religiosa, pero pierde transparencia evangélica. Por eso Juan
ilumina el misterio de la Eucaristía de una manera muy suya, muy concreta, muy
incómoda también. Lo hace en dos momentos decisivos de su Evangelio.
El primero lo
conocemos bien, durante la Última Cena, en lugar de narrar la institución de la
Eucaristía, Juan nos muestra a Jesús levantándose de la mesa, quitándose el
manto, tomando una toalla y lavando los pies de sus discípulos. El mensaje no
puede ser más claro.
El pan partido solo se entiende
desde una vida puesta al servicio.
Juan parece
decirnos que tengamos cuidado. No basta con partir el pan y comer de ese pan
ya que ese gesto tiene que hacerse carne en la vida. Tiene que traducirse
en amor concreto, en servicio humilde, en disponibilidad real hacia el hermano.
Porque si no ocurre eso, el rito puede convertirse en una mentira piadosa.
Y no hay nada más triste que una liturgia impecable que no termina tocando la
vida. Sería como besar el altar y luego pasar de largo ante el hermano. Muy
solemne, sí; pero el Evangelio se nos quedaría mirando con cara de “¿en
serio?”.
El segundo momento
en el que Juan nos ayuda a comprender la Eucaristía aparece en el capítulo 6.
Allí, después de narrar el signo de los panes compartidos, el evangelista
presenta un largo discurso de Jesús. Un discurso que irá llevando poco a
poco al oyente hasta el corazón del misterio: qué significa recibir, comer,
asimilar ese pan. Pero antes de llegar ahí, Jesús tiene que aclarar un
malentendido.
Algunos han
entendido mal el signo. Han pensado que se trata de acudir a Dios para que Él
resuelva, con prodigios y milagros, el problema de nuestra hambre. Como si la
fe consistiera en mirar al cielo esperando que Dios haga lo que nosotros no
queremos asumir en la tierra. Y el hambre de la que se habla no es una imagen
decorativa. Es hambre real. Hambre concreta. Necesidad de pan, de vida, de
dignidad. El signo de Jesús apunta precisamente a eso; a las necesidades
verdaderas del ser humano.
Jesús no está
enseñando a desentendernos del mundo para pedirle a Dios que lo arregle desde
fuera. El gesto de los panes revela otra lógica: Dios ha preparado una casa
hermosa para sus hijos, una casa donde la vida puede ser compartida. Pero el
hambre del mundo será saciada cuando los hombres acepten la lógica de Dios: la
lógica del amor, de la comunión, de la entrega, de poner a disposición de los
hermanos los bienes que cada uno tiene. Entonces sucede el milagro
verdadero.
Cuando se comparte desde el amor,
el pan no solo alcanza: Sobra.
La abundancia no
nace del egoísmo acumulado, sino del amor entregado. No nace de
guardar cada uno lo suyo como si el otro fuera una amenaza, sino de comprender
que los bienes recibidos son también una responsabilidad hacia los demás.
Después de aclarar
este equívoco, Jesús da un paso más. Introduce otro pan. Ya no habla únicamente
del pan material, necesario para sostener la vida de este mundo, da un paso
más, habla de un pan bajado del cielo, capaz de comunicar una vida distinta.
No una existencia reducida a lo biológico, a respirar, comer, producir,
consumir y seguir adelante como se pueda. Porque la vida humana puede quedar
rebajada a mera supervivencia. Uno puede seguir vivo y, sin embargo, estar
espiritualmente apagado. Puede tener muchas cosas y, aun así, no tener sentido.
El ser humano
necesita algo más que mantenerse en pie. Necesita una vida con hondura, con
dirección, con plenitud. Ese pan bajado del cielo aparece, al principio,
como un lenguaje misterioso para quienes escuchan a Jesús. No terminan de
comprender. Pero el discurso irá abriendo poco a poco el sentido de sus
palabras.
Jesús es el pan de la sabiduría de Dios
que se nos entrega
Jesús se presenta
a sí mismo como ese pan; un pan que es sabiduría de Dios enviada desde el cielo
para iluminar y guiar a los hombres hacia la verdadera vida humana. Porque, cuando
el hombre se aparta de esta sabiduría, puede caminar, sí, pero caminar hacia la
muerte. Puede avanzar mucho, pero en dirección equivocada. No toda vida
vivida es vida plena. No todo camino recorrido conduce a la vida.
Jesús alimenta
la existencia verdadera
Jesús se ofrece
como el pan que alimenta la existencia verdadera. No solo la vida que
se sostiene por fuera, sino la vida que se ilumina por dentro. Porque no
vive plenamente quien simplemente vegeta, aunque tenga todos los bienes de este
mundo. La vida humana necesita sentido. Necesita una meta. Necesita una verdad
que la oriente y un amor que la sostenga. Esta es la primera parte del
discurso. Y desde aquí comienza el pasaje que vamos a escrutar.
Comer el pan, dejar que Cristo
se haga vida en nosotros
«En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma
de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida
del mundo».
Uno puede
preguntarse muchas veces qué pudieron comprender los discípulos aquella noche,
durante la Última Cena, cuando Jesús realizó aquel gesto tan sencillo y, al
mismo tiempo, tan cargado de misterio.
En un momento de la cena, tomó pan y dijo:
“Esto soy yo. Tomad y comed”.
Seguramente, en aquel instante, no entendieron demasiado. ¿Cómo iban a entenderlo todas estas cosas en aquella noche? Había demasiada intensidad, demasiadas palabras definitivas, demasiados signos que solo podrían comprenderse más tarde, a la luz de la Pascua y guiados por el Espíritu.
Obedeciendo el mandato del Señor
fueron entendiendo el sentido auténtico
La inteligencia de
la fe no siempre llega de golpe. A veces necesita tiempo, oración,
memoria, comunidad. Necesita volver una y otra vez sobre el mismo gesto
hasta descubrir que allí había mucho más de lo que se vio al principio. Eso
fue lo que hicieron las primeras comunidades cristianas. Obedeciendo el
mandato del Señor -haced eso en conmemoración mía- , siguieron reuniéndose cada
semana, en el día del Señor, para partir el pan. Y, al repetir aquel gesto, no
lo fueron vaciando de sentido, sino profundizando en él. Poco a poco
comprendieron qué significaba recibir aquel pan, qué implicaba asimilarlo, qué
consecuencias tenía para la vida dejarse alimentar por Cristo.
Pasaron décadas de
celebración, reflexión y vida comunitaria. Y el evangelista Juan recoge en
el discurso de Jesús la maduración de aquellas comunidades joánicas,
especialmente vinculadas al ámbito de Asia Menor. Según una antigua tradición
transmitida por san Ireneo, Juan, “el discípulo del Señor”, publicó su
Evangelio mientras residía en Éfeso, en Asia (cfr. san Ireneo, Adversus
haereses III, 1,1). Por eso podemos situar este discurso dentro de una
memoria eclesial que fue comprendiendo con mayor profundidad que el gesto de
partir el pan no era simplemente un rito que había que repetir, sino un
misterio que debía transformar la existencia.
Hoy queremos
detenernos precisamente en la última parte de ese discurso, donde aparece de
manera más directa el tema de la Eucaristía. Y esto nos ayuda a mirar con más
verdad lo que nosotros mismos hacemos cada semana cuando celebramos el día del
Señor.
El lenguaje que
utiliza Jesús no siempre resulta fácil. Está lleno de imágenes, de expresiones
densas, de palabras que pertenecen al mundo teológico semita. Por eso conviene
acercarse despacio. No como quien quiere resolver un problema, sino como quien
se acerca a un misterio que necesita ser escuchado por dentro.
Jesús dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma
de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne».
Son palabras fuertes. Palabras que no se pueden suavizar demasiado sin perder
su filo.
Lo primero que
destaca en este discurso es un verbo muy concreto: comer. No se habla
solo de mirar el pan, ni de admirarlo desde lejos, ni de rodearlo de
sentimientos piadosos. Se habla de comer. De recibir. De incorporar. De
asimilar. Y después aparecerá otro verbo todavía más intenso. En el texto
griego, Juan utiliza el verbo τρώγω (trógo), que tiene una fuerza
muy corpórea; masticar, triturar, hacer propio ese alimento hasta lo más
pequeño. A esto se añadirá también otro verbo esencial; beber. Son verbos
corporales, realistas, casi incómodos. Y precisamente por eso nos obligan a
revisar nuestra manera de acercarnos a la Eucaristía.
Porque algunas
devociones eucarísticas, que en otro tiempo tuvieron su valor y su sentido,
necesitan ser siempre confrontadas con el significado verdadero de la
Eucaristía. Si ayudan a entrar más profundamente en el misterio, benditas sean.
Pero si una devoción, por muy querida que resulte, acaba oscureciendo lo
esencial, entonces hay que tener la libertad evangélica de repensarla. Y, si es
necesario, dejarla atrás. No todo lo que emociona alimenta. No todo lo que
conmueve convierte.
La Eucaristía no se reduce a contemplar el pan:
la Eucaristía nos pide asimilar
a Cristo y vivir desde Él.
Comer y beber
significan acoger en la propia vida lo que se nos ofrece en la carne de Cristo. Significan
permitir que Cristo entre en nosotros no como una idea bonita, sino como una
presencia que transforma la manera de pensar, de mirar, de decidir, de amar y
de servir.
Aquí necesitamos
aclarar una palabra fundamental: “carne”. En el mundo bíblico, el
término hebreo es בָּשָׂר (basár); y en el Evangelio de Juan
aparece en griego como σάρξ (sárks).
Cuando nosotros
escuchamos “carne”, pensamos enseguida en lo físico; el cuerpo, los
músculos, la materia. En cambio, en el mundo semita, בָּשָׂר (basár)
designa a la persona humana contemplada en su fragilidad, en su precariedad,
en su debilidad. El ser humano es carne porque es débil, vulnerable, pasajero.
Es carne porque es mortal.
La Escritura lo
expresa con mucha hondura: “Mi espíritu no permanecerá para siempre en el
hombre, porque es carne” (cfr. Gn 6,3). Y el salmo dice también que Dios
“recordaba que eran carne, un soplo que se va y no vuelve” (cfr. Sal 78,39).
Por tanto, “carne”
no significa aquí simplemente materia corporal, sino que significa la condición
humana en su pobreza radical: esa vida nuestra tan hermosa y, al mismo tiempo,
tan frágil; tan capaz de amar y, sin embargo, tan expuesta al cansancio, al
miedo, a la herida y a la muerte.
Y esto es
decisivo. El pan que viene del cielo se ha hecho carne, בָּשָׂר (basár);
en palabras de Juan, σάρξ (sárks): “El Verbo se hizo carne” (cfr.
Jn 1,14).
Es decir, la
sabiduría de Dios no se ha quedado lejos, en una altura inaccesible, sino que
ha entrado en nuestra condición humana. Ha asumido nuestra debilidad. Ha
compartido nuestra precariedad. Ha tomado en serio nuestra vida, con todo lo
que tiene de hermoso y de frágil. El inmortal se ha hecho mortal. Dios ha
entrado realmente en nuestra condición. Jesús no ha fingido ser hombre. Se ha
hecho uno de nosotros de verdad. Y, precisamente porque se hizo carne, asumió
también el destino propio de nuestra humanidad. Si no hubiera muerto en la
cruz, habría muerto de viejo, porque compartió plenamente nuestra condición
mortal.
Por eso, cuando
Jesús dice: «Y el pan que yo daré es mi carne»,
no está pronunciando una imagen piadosa cualquiera. Está diciendo que
entrega su existencia concreta, su vida humana real, su condición frágil y
mortal, para la vida del mundo.
Cristo no nos salva desde lejos:
Nos salva entrando hasta el fondo de nuestra carne.
Por eso, comer
este pan no puede ser un gesto exterior, automático, hecho por costumbre. Comer
significa recibir. Significa acoger. Significa dejar que aquello que recibo
pase a formar parte de mí.
Pero ¿qué es, en
el fondo, este pan bajado del cielo? Es la sabiduría de Dios. Pero no
una sabiduría encerrada en una fórmula, ni reducida a un conjunto de normas, ni
convertida en teoría religiosa. Es la sabiduría de Dios hecha carne en Jesús. En
Jesús se nos muestra el proyecto del ser humano auténtico. En Él vemos la vida
humana lograda, la humanidad tal como Dios la quiere, la existencia llevada a
su verdad más profunda. Esta es la sabiduría de Dios que el mismo Dios nos
entrega a cada uno de nosotros.
Si deseo que mi
vida llegue a realizarse en plenitud, tal como Dios me la ha dado, necesito
asimilar esa sabiduría encarnada. No basta con conocer preceptos, normas o
disposiciones. Todo eso puede orientar, pero no basta para dar vida. El
centro es una persona, es Cristo quien muestra qué significa ser verdaderamente
humano. Es Él quien revela al hombre logrado, al hombre que camina según la
sabiduría de Dios.
Cristo no nos ofrece solo una enseñanza que aprender,
sino una vida que asimilar.
Jesús se presenta
como el pan bajado del cielo, como la sabiduría que todos deben acoger si
quieren llegar a ser hombres y mujeres en plenitud. Y esto resultaba
escandaloso para un judío de aquel tiempo. Porque, para un judío, la sabiduría
de Dios estaba en la תּוֹרָה (Torá). Allí encontraba el
camino, la orientación, la luz para vivir. Si el hombre quería ser realmente
hombre, allí tenía ya lo necesario.
Pero Jesús da un
paso más. La תּוֹרָה (Torá) no era todavía la plenitud. Había que
ir más allá. Ahora, delante de ellos, está la sabiduría de Dios hecha carne. Ya
no se trata solo de leer una palabra escrita, sino de recibir una vida
encarnada. Ya no se trata solo de escuchar una enseñanza, sino de asimilar a
una persona.
Podemos recordar
al profeta Ezequiel, cuando Dios le invita a comer el rollo (cfr. Ez 2,8–3,3).
Es como si le dijera; antes de hablar a los demás, antes de anunciar mi
palabra, asimila bien mi sabiduría; hazla tuya; deja que entre dentro de ti.
Aquella sabiduría
estaba contenida en la תּוֹרָה (Torá), pero aún no se había
manifestado en toda su plenitud. Esa plenitud aparece ahora en la carne de
Jesús de Nazaret.
Por eso, los
judíos que escuchan este discurso no pueden permanecer indiferentes.
Reaccionan, porque han comprendido que Jesús no está pronunciando una frase
piadosa más. Está afirmando algo enorme; que la sabiduría definitiva de Dios
se ha hecho carne en Él; que ese pan debe ser recibido, comido, asimilado;
que no basta con admirarlo desde fuera, porque está llamado a convertirse en
vida dentro de nosotros.
Comer su carne, beber su sangre:
Entrar en su vida
«Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos
a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si
no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
habita en mí y yo en él».
A estas alturas
del discurso, los judíos ya han entendido. Y nosotros también hemos comprendido
que el pan bajado del cielo es la persona misma de Jesús: su vida, su
mensaje, su Evangelio. Precisamente por eso, sus palabras resultan
escandalosas para quienes lo escuchan. Jesús no se está presentando simplemente
como un maestro más, ni como alguien que explica mejor la sabiduría de Dios.
Está diciendo algo mucho más fuerte; que esa sabiduría ha tomado rostro,
cuerpo, historia, carne, en Él.
Y entonces Jesús
da un paso más. Dice: «Si no coméis la carne
del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros».
Ya no habla solo de una doctrina que se escucha, de un mensaje que se comprende
o de una enseñanza que se acepta intelectualmente. Aquí el lenguaje se vuelve
más concreto, más directo, más comprometedor. Comer y beber no son metáforas
suaves. Son gestos reales, corporales, existenciales.
Creer en Jesús
significa comprender su propuesta y reconocer en Él al ser humano verdadero, al
hombre según Dios.
Pero no basta con decir: “Estoy de acuerdo con lo que dice Jesús”. Creer
en Él significa algo mucho más hondo: “Te confío mi vida. Quiero vivir como
Tú. Quiero que tu vida entre en la mía”.
Aquí la fe se
traduce en un gesto de adhesión. No se queda en la cabeza, ni en una emoción
religiosa, ni en una admiración desde lejos. Se convierte en un signo concreto:
Quiero que la persona de Jesús entre en mí, que habite en mi interior, que
transforme mi modo de ser.
Comulgar es dejar que Cristo
entre en la propia vida para hacerla suya.
Este es el sentido
de comer, de asimilar, de acoger dentro de nuestra propia persona la persona de
Jesús. Por eso Jesús insiste con tanta fuerza: Es necesario comer la carne del
Hijo del hombre.
En este versículo
no se mencionan todavía el pan y el vino, que serán los signos sacramentales de
esta asimilación. Se nombra directamente lo que esos signos significan; la
carne y la sangre de Cristo.
El pan remite a
toda la historia de Jesús, a su existencia entera, que fue una vida entregada. Eso significa el
pan con el que Jesús se identifica. Es como si dijera: “Este soy yo: pan.
Una vida partida, ofrecida, dada para que otros vivan”.
Y después aparece
el vino, la sangre. En la mentalidad bíblica, la sangre, דָּם (dam),
es la vida. Por eso, en la תּוֹרָה (Torá), el hombre no
puede apropiarse de la sangre; debe derramarla y devolverla a la tierra, porque
la vida pertenece a Dios (cfr. Lv 17,10-14; Dt 12,23).
Y precisamente
aquí Jesús dice algo impresionante: “Debéis beber mi sangre”. Beber
su sangre significa acoger su vida, recibir su Espíritu, dejar entrar en
nosotros esa fuerza divina que lleva a entregar la propia existencia por amor.
Cuando comemos aquel pan y bebemos de aquel cáliz, hacemos una elección; acoger
toda la historia de Jesús dentro de nuestra propia historia.
No recibimos “algo”
de Cristo. Recibimos su vida. Su modo de amar. Su manera de entregarse. Su
forma de estar en el mundo.
El cáliz no nos ofrece una devoción sentimental:
Nos ofrece la vida misma de Cristo.
Jesús continúa con
un verbo todavía más fuerte: Masticar. En griego lo expresa así: «ὁ τρώγων
μου τὴν σάρκα»; que traducido es «el que mastica mi carne»; no habla de
una simple adhesión intelectual a Jesús. Habla de una comunión real, concreta y
vital: Cristo no solo quiere ser comprendido; quiere ser recibido,
masticado, asimilado, hasta convertirse en vida dentro de nosotros.
El evangelista
Juan utiliza aquí un verbo muy gráfico, τρώγω (trógo), que
sugiere masticar, triturar, asimilar de verdad. “Quien mastica mi carne
y bebe mi sangre tiene vida eterna” (cfr. Jn 6,54). Y más adelante: “Quien
mastica mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (cfr. Jn 6,56).
Masticar su carne
¿Qué significa
este “masticar”? Cuando masticamos, trituramos el alimento para poder
asimilarlo. La imagen es fuerte, casi incómoda, pero muy expresiva. Significa
que la persona de Jesús debe ser comprendida, acogida, trabajada interiormente.
No se puede recibir ese pan sin saber quién es ese pan. No se puede comulgar de
verdad sin preguntarse qué vida estoy recibiendo y a qué vida estoy
consintiendo.
Por eso, antes
de realizar el gesto de acoger el pan en nuestra vida, necesitamos haber
comprendido quién es ese pan. De lo contrario, podemos convertir la
Eucaristía en un rito hermoso, incluso emocionante, pero del que no alcanzamos
a percibir toda su fuerza, toda su exigencia, toda su capacidad de
transformación.
Aquí conviene
superar cierto lenguaje devocional e intimista que, aunque haya nacido muchas
veces de una piedad sincera, puede alejarnos del sentido auténtico de la
Eucaristía si se queda solo en sentimiento.
No se trata
simplemente de “estar cerca” de Jesús como si fuera un prisionero divino
encerrado en el sagrario, ni de consolar a un Jesús solitario, ni de “hacerle
compañía” como si la Eucaristía fuera ante todo una presencia que nosotros
custodiamos. Dicho con respeto; a veces nuestro lenguaje piadoso necesita pasar
por el Evangelio para que el Evangelio lo purifique.
La Eucaristía no
tiene como finalidad “capturar” a Jesús para tenerlo cerca y poder
adorarlo desde fuera. El movimiento profundo es otro. Es Cristo quien nos
pregunta: “¿Aceptas acoger mi vida en tu vida? ¿Aceptas comer este pan y
beber este cáliz? ¿Aceptas asimilar mi manera de vivir, de amar, de entregarme?”.
Por eso, todo lo
que nos aleje de este significado fuerte, provocador y transformador de la
Eucaristía necesita ser revisado. La adoración verdadera no nos deja quietos
ante Cristo; nos dispone a recibir su vida y a dejarnos configurar por Él.
La Eucaristía no encierra a Cristo en el pan:
Abre nuestra vida para que Cristo habite en nosotros.
Jesús continúa: “Quien mastica mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y
yo en él” (cfr. Jn 6,56).
Aquí aparece un
verbo importantísimo en el Evangelio según Juan: μένω (méno),
que significa ‘permanecer, habitar, quedarse, perseverar,
persistir’. Es una de las grandes palabras joánicas (cfr. Jn 1,32-33.38-39;
2,12; 3,36; 4,40; 5,38; 6,27.56; 7,9; 8,31.35; 9,41; 10,40; 11,6.54;
12,24.34.46; 14,10.17.25; 15,4-7.9-10.16; 19,31; 21,22-23). No se trata de una
visita pasajera, ni de un contacto superficial. Se trata de una comunión
estable, profunda, recíproca: Cristo en mí y yo en Cristo.
Esta es la imagen
esponsal de la Eucaristía (cfr. Jn 6,56; 15,4-5.7.9-10). El banquete
eucarístico no es solo alimento; es también encuentro de alianza; es unión de
vidas.
Podemos recordar
el Cantar de los Cantares, donde la amada dice: “Mi amado es mío y yo soy
suya” (cfr. Cant 2,16; 6,3). Juan retoma esa lógica de pertenencia amorosa,
de comunión recíproca, de vida compartida.
El banquete
eucarístico es el encuentro esponsal con Cristo. Esta es una de
las imágenes más bellas que tenemos. Quien come aquel pan responde a la
propuesta de Cristo: “¿Quieres unir tu vida a la mía? ¿Quieres que mi vida
sea la tuya? ¿Quieres compartir conmigo una misma existencia?”. Si quieres
unir tu vida a la mía, come este pan. Bebe mi vida, representada en mi sangre.
Entonces ya no seremos dos vidas separadas, sino una comunión profunda.
Estaremos unidos como el esposo y la esposa: distintos, pero compartiendo una
misma vida. Y ahora escuchamos qué sucede en quien come este pan y bebe de este
cáliz.
Vivir por Cristo:
La vida que entra en nosotros
«Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el
Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por
mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como
el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá
para siempre».
Jesús no dejó
simplemente una recomendación. Dio una orden: “Tomad y comed. Tomad y bebed”.
Y entonces aparece la pregunta decisiva: ¿Qué sucede en quien obedece esa
palabra? ¿Qué ocurre cuando una persona extiende la mano, recibe aquel pan,
bebe de aquel cáliz y acoge la vida que Cristo le ofrece?
Jesús responde con
una frase de enorme profundidad: «el que me
come vivirá por mí». O, manteniendo la fuerza del verbo que
venimos comentando: El que me mastica, el que me asimila, vivirá gracias a
mí.
No se trata solo
de pensar en Jesús, de recordarlo con cariño o de admirar su figura desde
lejos. La Eucaristía no es una fotografía espiritual para guardar en el alma,
es alimento. Y el alimento, cuando se recibe de verdad, no queda fuera sino que
entra, se incorpora, pasa a formar parte de la vida.
Por eso Jesús
dice: «vivirá por mí». Es
decir, vivirá desde mí, gracias a mí, sostenido por mi vida. Ya no se trata
solo de que el discípulo mire a Cristo como modelo; se trata de que Cristo
comunique al discípulo su propia vida.
Para comprenderlo
mejor, podemos acudir a otra imagen bellísima del Evangelio de Juan: la vid y
los sarmientos (cfr. Jn 15,1-5). El sarmiento no vive por sí mismo. Puede
parecer pequeño, débil, incluso insignificante, pero si permanece unido a la
vid, recibe de ella la savia. Y esa savia, silenciosa y escondida, lo mantiene
vivo y lo hace fecundo. Nadie ve circular la savia, pero todos ven el fruto
cuando llega su tiempo.
Así actúa la vida de Cristo en nosotros. La savia es imagen del Espíritu, de esa vida divina que Jesús posee por naturaleza y que ahora quiere comunicar a los suyos. Esa vida entra en nosotros cuando acogemos el pan que es Él y bebemos del cáliz de su entrega.
Comulgar es permitir que la vida de Cristo
empiece a circular por dentro de nosotros.
Y cuando esa vida
circula, produce fruto. La vid da uva, y de la uva nace el vino, signo de la
alegría. Por eso, el signo de que hemos recibido realmente la vida de Cristo no
consiste solo en una emoción interior, ni en un fervor momentáneo, ni en salir de
misa con una sensación bonita. Todo eso puede ayudar, claro. Pero el signo más
verdadero aparece después, cuando nuestra vida empieza a regalar alegría a los
hermanos.
Una alegría
humilde, limpia, concreta. No la alegría superficial de quien se evade de la
realidad, sino la alegría profunda de quien lleva dentro una vida que no se ha
fabricado a sí mismo. La alegría es señal de la presencia del Espíritu.
Donde Cristo vive, tarde o temprano brota algo de su gozo.
Jesús concluye su
discurso diciendo: «Este es el pan que ha
bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el
que come este pan vivirá para siempre». Hay un pan material que
alimenta la vida biológica. Es necesario, es bueno, es querido por Dios. Pero
esa vida biológica, por sí sola, termina. Viene de la tierra y vuelve a la
tierra. Por mucho que la cuidemos, por mucho que intentemos prolongarla, por mucho
que la llenemos de cosas, sigue siendo una vida expuesta al desgaste, al límite
y a la muerte.
Conviene mirarlo
de frente, sin dramatismo, pero también sin engañarnos. La vida meramente
biológica acaba. Podemos maquillarla, entretenerla, asegurarla, planificarla,
incluso llenarla de actividades hasta no tener ni tiempo para preguntarnos si
estamos vivos de verdad. Pero por sí sola no vence la muerte.
Si el Padre no nos
hubiera dado, por medio de Cristo, su propia vida, nuestro destino sería
simplemente el de toda criatura viviente: nacer, crecer, desgastarnos y morir.
Pero en la
Eucaristía sucede algo inmenso. Cuando comemos aquel pan y bebemos de aquel
cáliz, acogemos la vida divina que Jesús ha traído al mundo. No recibimos
únicamente consuelo para soportar la vida, ni una ayuda religiosa para seguir
tirando. Recibimos una vida nueva, una vida que viene del Padre, que se nos
comunica por Cristo y que quiere hacerse fecunda en nosotros.
La Eucaristía nos da una vida
que no nace de la tierra y no termina en la tierra.
Por eso la
Eucaristía no se encierra en el momento de la celebración. No termina cuando
volvemos al banco, ni cuando salimos de la iglesia, ni cuando se apagan las
luces del templo. La Eucaristía continúa cuando esa vida recibida empieza a
circular en nuestros gestos, en nuestras palabras, en nuestra manera de mirar,
de servir, de perdonar, de dar alegría.
Comulgar es
aceptar que Cristo viva en nosotros para que nosotros vivamos por Él. Es
dejar que su vida atraviese nuestra vida, como la savia atraviesa el sarmiento,
hasta que aparezca el fruto. Y el fruto, cuando viene de Cristo, siempre
tiene sabor de amor, de entrega y de alegría.
jueves, 28 de mayo de 2026
Homilía de la Santísima Trinidad - Jn 3, 16-18 «…para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»
Homilía
de la Santísima Trinidad
Jn 3, 16-18 «…para
que todo el que cree en él no perezca,
sino que tenga vida
eterna»
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
Escucha aquí el episodio completo:
No basta decir “Dios”:
Hay que mirar su rostro.
Creer en Dios no
basta. Puede sonar fuerte, pero es así. Lo decisivo es preguntarnos qué
imagen de Dios llevamos dentro. Dios es uno solo, ciertamente; pero no
todos lo imaginan del mismo modo. Cristianos, musulmanes, animistas,
politeístas; cada tradición, cada cultura, cada historia humana ha intentado
decir algo de Dios, a veces con belleza, a veces con miedo, a veces con
sombras.
Y también entre
nosotros, los cristianos, circulan imágenes de Dios que no siempre coinciden
con el rostro revelado por Jesús de Nazaret. Algunas se parecen más al Dios que
imaginaban ciertos escribas y fariseos: Un legislador implacable, un juez
severo, un vigilante divino que reparte premios y castigos con una contabilidad
perfecta. Un Dios que parece más interesado en controlar que en salvar.
Por eso
necesitamos revisar, con calma y con verdad, qué imagen de Dios habita en
nuestra mente y en nuestro corazón. Porque la imagen de Dios no se queda
encerrada en las ideas: acaba bajando a las manos, a la mirada, a las
decisiones, al modo de tratar a los demás.
Si imaginamos a
Dios como un dominador, será fácil justificar nuestras ganas de dominar. Si pensamos en
un Dios que se hace servir, nos parecerá normal vivir buscando que otros giren
alrededor de nosotros. Si creemos en un Dios que autoriza la violencia contra
quien nos hace daño, encontraremos excusas religiosas para nuestras guerras,
grandes o pequeñas.
Y esto no es una
teoría. A veces nuestras pequeñas guerras domésticas, nuestras frases
cortantes, nuestras etiquetas sobre los demás, ya llevan dentro una teología
práctica. Quizá no la escribimos en un tratado, pero la practicamos con
bastante puntualidad. Y ahí conviene preguntarnos: ¿a qué Dios nos estamos
pareciendo?
El Dios en quien creemos
termina modelando nuestra vida.
Hoy el Evangelio
nos ofrece la oportunidad de hacer esta verificación. Jesús nos habla de Dios.
Pero, para comprender bien sus palabras, necesitamos situarlas en el lugar
donde fueron pronunciadas; al final de su encuentro con Nicodemo.
Nicodemo es un
personaje conocido. Va a Jesús de noche. Es rabino, estudioso de las
Escrituras, fariseo. Ahora bien, tal vez lo hemos imaginado alguna vez
caminando a escondidas, pegado a las paredes, mirando de reojo para que sus
compañeros no lo descubran, como quien entra en una reunión sospechosa y espera
que nadie lo vea. Pero el Evangelio no lo presenta así.
Nicodemo va de
noche porque, para los rabinos, la noche era un tiempo privilegiado para
meditar la Palabra de Dios, para estudiar la תּוֹרָה (Torá), para dejar que el
silencio abriera preguntas que durante el día quedan sepultadas bajo el ruido. El primer salmo
dice que el justo encuentra su alegría en la ley del Señor y la medita día y
noche (cfr. Sal 1, 2).
La noche, cuando no se la
llena de pantallas, preocupaciones o vueltas inútiles sobre uno mismo, puede
convertirse en un espacio de verdad. Allí aparecen las preguntas
esenciales: ¿Qué sentido tiene vivir?; ¿hacia dónde vamos?; ¿qué rostro tiene
Dios?; ¿qué pide realmente de nosotros la fe?
Así llega Nicodemo
a Jesús. No parece que vaya solamente por una inquietud privada. El modo en que
habla sugiere que actúa como representante de un grupo. Se dirige a Jesús
diciendo: «Rabí, nosotros sabemos…». No dice «yo sé», sino «nosotros
sabemos». Habla en plural. El Evangelio lo presenta, además, como un jefe
de los judíos.
Nicodemo nos
resulta simpático. Es un fariseo serio, un hombre de vida recta, estimado por
su pueblo. Podría haber seguido viviendo tranquilamente. Tenía buena
conciencia, formación religiosa, prestigio, una vida ordenada. No era un
perdido, ni un superficial, ni un enemigo caricaturesco de Jesús. Era un hombre
honrado. Entonces, ¿por qué busca a Jesús? ¿Qué lo mueve por dentro? ¿Qué
grieta se ha abierto en su seguridad religiosa?
Nicodemo nos atrae
porque se parece a nosotros.
Nicodemo nos
resulta cercano porque le ocurre algo que también puede sucedernos a nosotros
cuando escuchamos de verdad el Evangelio: Descubre que algunas de sus
certezas religiosas empiezan a moverse, y eso no siempre es cómodo. La
fe, cuando está viva, no solo consuela; también despierta, desinstala, purifica.
Él mismo reconoce
que ha quedado impresionado por los signos realizados por Jesús: «Nadie
puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él» (cfr. Jn 3, 2).
Y en Jerusalén Jesús había realizado un signo particularmente provocador ya que
había expulsado del Templo a los vendedores. Aquel gesto hizo saltar las
alarmas de la autoridad religiosa. ¿Quién era ese hombre capaz de tocar un
punto tan sensible? ¿Quién se atrevía a poner en cuestión todo un sistema
religioso?
Eso inquieta a
Nicodemo, le inquieta la novedad de Jesús. No solo sus palabras, sino su
persona entera. Jesús no entra en la vida de puntillas para dejarlo todo como
estaba. Su Evangelio inquietó entonces e inquieta también ahora. No nos deja
instalados en una religiosidad tranquila, de mantenimiento, de costumbre bien
peinada.
Si el Evangelio
nunca nos incomoda, quizá no lo hemos escuchado todavía con suficiente atención. Porque Jesús
rompe esquemas. No por gusto de provocar, sino porque trae una verdad más
grande que nuestras costumbres. Él pone en crisis incluso convicciones
religiosas que parecían sólidas, antiguas, venerables.
Y cuando
nuestras certezas empiezan a crujir, buscamos una salida. Intentamos hacer
compatible la novedad de Jesús con lo que siempre hemos pensado. Eso parece
buscar Nicodemo; comprender a Jesús, sí, pero quizá también encontrar una
manera de integrarlo en su mundo religioso sin que ese mundo tenga que cambiar
demasiado.
Tal vez habría
vuelto encantado si hubiera podido decir a sus compañeros: «No os
preocupéis. Jesús de Nazaret es un buen hombre, un israelita ejemplar, un puro
de corazón. Dice alguna cosa nueva, sí, pero en el fondo enseña lo mismo que
nosotros, solo que con otro acento». Y esa tentación también es nuestra. Cuando
el Evangelio nos toca un punto sensible, enseguida intentamos domesticarlo.
Un amigo me decía que si empezásemos a arrancar las hojas de la Biblia que nos
incomodan o nos desinstalan nos quedaríamos únicamente con las cubiertas.
Procuramos que
encaje con lo que ya pensábamos, con nuestras devociones, con nuestras
tradiciones, con nuestra manera habitual de entender a Dios. Como quien
compra un mueble nuevo y pretende meterlo en una habitación donde ya no cabe ni
una silla; algo acabará rozando, o rompiéndose, o quedando atravesado en medio.
El Evangelio no viene a decorar lo viejo,
sino a renovarlo.
Jesús lo dijo con
imágenes muy claras; el vino nuevo rompe los odres viejos; el remiendo nuevo no
salva el vestido viejo, sino que agranda el desgarrón (cfr. Mt 9, 16-17; Mc 2,
21-22; Lc 5, 36-38). Hay momentos en los que no basta retocar, suavizar,
maquillar, poner una pequeña pieza nueva sobre una tela gastada.
Esto vale también
para nuestra vida religiosa. Cuando una práctica, una forma de rezar, una
devoción o, sobre todo, una imagen de Dios resulta incompatible con el
Evangelio de Jesús, no sirve conservarla a toda costa y añadirle una frase
bonita para que parezca cristiana. El problema no queda resuelto; el desgarro
se hace mayor.
Aunque nos guste.
Aunque nos resulte familiar. Aunque se haya repetido durante siglos. Aunque nos
haya dado seguridad. Si no deja aparecer el rostro del Dios de Jesús, conviene
dejarla caer. No por desprecio al pasado, sino por fidelidad al Evangelio.
Porque una cosa es
la tradición viva, que transmite el fuego, y otra muy distinta es aferrarse a
cenizas porque nos recuerdan que un día hubo fuego. La fe no consiste en
conservar intactas nuestras imágenes de Dios, sino en dejarnos conducir hacia
el Dios verdadero que Jesús revela.
El encuentro con
Nicodemo, tal como lo narra Juan, desemboca en un monólogo de Jesús. Y ese es
precisamente el pasaje que hoy nos propone la liturgia. No estamos ante una
explicación fría, ni ante una idea abstracta sobre Dios. Estamos ante una
revelación luminosa de su rostro.
Cuando Jesús habla de Dios,
algunas imágenes deben morir.
Escuchemos,
entonces, con alegría, las palabras de Jesús. Pero escuchémoslas sin intentar
encajarlas a la fuerza en imágenes de Dios que tal vez llevamos dentro desde la
infancia. Algunas de esas imágenes quizá nos acompañaron durante años, quizá
incluso nos ayudaron en algún momento; pero si no se parecen al Dios de Jesús,
no merecen seguir ocupando el centro de nuestra catequesis ni de nuestra vida.
Hoy se nos invita
a una pregunta humilde y decisiva: ¿El Dios en quien creemos se parece de
verdad al Dios que Jesús nos revela?
Nicodemo fue a buscar respuestas,
y Jesús le abrió una grieta.
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su
Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida
eterna».
Nicodemo había
acudido a Jesús con un objetivo bastante preciso; quería comprobar cuáles eran
sus posiciones teológicas respecto a la תּוֹרָה (Torá) y a las
tradiciones. Probablemente esperaba una conversación ordenada, reconocible,
casi de escuela rabínica: Puntos de acuerdo, matices, objeciones, quizá
alguna corrección. Pero Jesús, como tantas veces, no se dejó encerrar en el
marco de la pregunta inicial. Fue directamente al centro. Le dijo: «Te
aseguro que, si uno no nace de lo alto, no puede entrar en el reino de Dios»
(cfr. Jn 3, 3). Nicodemo no comprendió. Preguntó, quiso aclaraciones, intentó
seguir el hilo. Jesús trató de explicarse, pero todo indica que Nicodemo no
quedó demasiado satisfecho. Nicodemo no había ido para escuchar aquello, sino
que buscaba quizá una discusión sobre doctrina, y Jesús le habló de nacimiento,
de vida nueva, de un origen que viene de lo alto. No es extraño que se marchara
desconcertado. A veces vamos a Dios buscando que confirme nuestras
categorías, y Dios nos responde abriéndonos una puerta donde nosotros solo
veíamos una pared.
La semilla queda dentro,
aunque al principio no entendamos.
Pero la relación
de Nicodemo con Jesús no terminó aquella noche. Más adelante, en el Evangelio
según san Juan, lo encontramos en medio de una discusión con sus compañeros
fariseos. Y allí, discretamente, toma posición a favor de Jesús. Pregunta: «¿Acaso
nuestra ley juzga a un hombre sin haberlo escuchado antes?» (cfr. Jn 7,
51). La reacción de sus colegas es dura. Lo ofenden en lo que más podía
dolerle: «Estudia, y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (cfr.
Jn 7, 52). Decirle «estudia» a un maestro de la Escritura no era
precisamente una sugerencia amable de formación permanente; era una
humillación. Algo así como decirle a un cirujano: «Mire un vídeo, a ver
si aprende a coger el bisturí». Fino no es; eficaz para herir, bastante.
Nicodemo
reaparecerá todavía una vez más, en el Calvario. Junto con José de Arimatea, se
ocupará del cuerpo de Jesús antes de ponerlo en el sepulcro (cfr. Jn 19,
39-40). Aquel hombre que al principio fue de noche, con preguntas y cautelas,
acaba acercándose al Crucificado cuando casi todos han desaparecido. El
camino de la fe no siempre avanza con fogonazos espectaculares; a veces madura
lentamente, como una brasa que parecía apagada y seguía viva por dentro.
El monólogo de Jesús revela
el verdadero rostro de Dios.
El relato de aquel
diálogo nocturno concluye con el monólogo de Jesús al que ya nos hemos
acercado. Ahora conviene escucharlo despacio, casi palabra por palabra. No como
quien analiza un texto frío, sino como quien se sienta ante una revelación
decisiva. Jesús nos habla del verdadero Dios.
Y la primera
afirmación es inmensa: «Tanto amó Dios al
mundo». No comienza diciendo que Dios vigiló al mundo, ni que
Dios examinó al mundo, ni que Dios calculó los méritos del mundo. Dice que
Dios lo amó. Ahí empieza todo. Y si ahí empieza todo, quizá también ahí tiene
que empezar nuestra manera de predicar, de educar la fe, de mirar la vida y de
mirar a los demás.
El amor de Dios no busca pago:
Comunica vida.
El verbo griego
que está detrás de este amar es ἀγαπᾶν (agapán). Indica un amor muy
particular. No es ἔρως (éros), el amor de deseo; no es simplemente el
amor de la amistad; tampoco es solo el amor familiar. Es otra calidad de amor: El
amor de quien hace el bien sin esperar nada a cambio, con la única alegría de
ver vivir al otro.
Es el amor que
dice, sin necesidad de grandes discursos; pongo mi vida a disposición de
quien me necesita, porque es bello que el otro viva, crezca, respire, sea feliz.
Y este ἀγαπᾶν (agapán) llega incluso a hacer el bien a quien me hace
daño. No se queda en amar al que me resulta amable. Va más lejos. En Jesús
de Nazaret vemos encarnado este amor: Jesús ama incluso a quienes le arrebatan
la vida.
Así comienza Jesús
a presentarnos a su Dios, como aquel que ha amado al mundo. La característica
propia del Dios de Jesús de Nazaret es el amor. Más aún, solo el amor
constituye su naturaleza.
Dios no puede dejar de amar,
porque amar es su ser.
Dios no puede
hacer otra cosa que amar. Como el narciso o el jazmín no pueden dejar de
derramar su perfume. Incluso si alguien los pisa, siguen perfumando, porque esa
es su naturaleza. No se ponen a calcular si el pie que los aplasta merece aroma
o no. Dan perfume porque son así.
Del mismo modo,
dice Jesús, la naturaleza de Dios es el amor. En él no hay otra cosa que amor.
Aunque lo pisoteemos, aunque lo insultemos, aunque lo rechacemos, aunque lo
matemos, él sigue amando. Este es el Dios cristiano. No inventemos otros, por
amor de Dios.
Lo hemos visto en
Getsemaní. Cuando fueron a prender a Jesús y alguien intentó defenderlo con la
espada, él dijo: «Mete la espada en la vaina» (cfr. Jn 18, 11). Dios
prefiere morir él antes que permitir que un hombre sea herido por la espada.
Este es el Dios de Jesús de Nazaret.
La no violencia nace
del corazón mismo de Dios.
Sobre este Dios se
funda la no violencia. El mundo nuevo no se construye con la espada. No nace de
la imposición, ni del miedo, ni de la fuerza que aplasta. El mundo nuevo
nace del amor que no responde al mal copiando el mal; nace de una vida que no
necesita destruir para vencer.
Por eso conviene
que revisemos con seriedad las imágenes de Dios que llevamos dentro. No basta
con que una imagen nos resulte familiar, ni con que nos la hayan transmitido
desde pequeños, ni con que haya acompañado durante siglos ciertas formas de
hablar. La pregunta es otra: ¿coincide con el Dios del que nos habla Jesús en
el Evangelio?
Dios no quiere perder a nadie,
pero tampoco fuerza a nadie a amar.
Aquí conviene
hablar con mucho cuidado. No estamos diciendo que el pecado no importe, ni que
todo dé igual, ni que el mal no tenga consecuencias. El pecado hiere, destruye,
endurece el corazón y puede cerrar al ser humano al amor de Dios. La libertad
humana es real, y puede resistirse a la luz.
Pero Jesús nos
pide corregir una imagen falsa de Dios; la de un Padre que estuviera esperando
el fracaso de sus hijos para castigarlos. Ese no es el Dios que aparece en el
Evangelio. Jesús no nos revela a un Dios satisfecho condenando, sino a un
Padre que busca al perdido, llama al pecador, abraza al hijo que vuelve y
quiere que todos tengan vida.
Por eso, cuando
hablamos del juicio, del pecado o de la posibilidad de perderse, nunca
deberíamos hacerlo como si Dios dejara de amar. Dios no condena porque se canse
de amar. Dios no prepara la ruina de sus hijos. Si alguien se pierde, no
será porque Dios haya dejado de buscarlo, sino porque misteriosamente una
libertad puede cerrarse hasta el final al amor que la quiere salvar.
Esta es la clave:
Dios quiere salvar a todos, pero no salva a nadie por la fuerza. El amor no se
impone. El amor se ofrece, se entrega, espera, llama, perdona, abraza. Y
precisamente por eso Jesús dice que Dios ha amado tanto al mundo que ha
entregado a su Hijo, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve
por él.
Así comprendemos
mejor el corazón del Evangelio: la última palabra de Dios no es la amenaza,
sino la misericordia; no es el castigo, sino la vida ofrecida. Y ante esa vida,
cada uno de nosotros está llamado a abrirse, a dejarse amar, perdonar y
transformar.
Dios amó al mundo
cuando el mundo no lo amaba.
¿Y a quién ha
amado tanto Dios? Lo ha dicho Jesús: ha amado al mundo. «Tanto amó Dios al mundo».
Ahora bien, ¿qué
significa aquí «mundo»? En el Evangelio según san Juan, el
término griego κόσμος (kósmos), que traducimos por «mundo», aparece
muchas veces y con varios significados. A veces designa el cosmos salido de las
manos de Dios; otras veces indica la humanidad entera. Pero aquí señala a la
humanidad marcada por el pecado.
Ese es el mundo
que Dios ha amado; la humanidad rebelde, la humanidad que no quiere saber nada
de él, la humanidad que también hoy rechaza su proyecto de amor. No una humanidad
ideal, maquillada, presentable, con los deberes hechos y el expediente limpio.
Dios ha amado a esta humanidad concreta, herida, contradictoria, capaz de
cerrarse a la luz y de llamar libertad a su propia oscuridad.
El Padre ama incluso cuando
el ser humano lo considera enemigo.
El Padre ha amado
siempre a este mundo. Lo ha amado incluso cuando la humanidad se apoderó del
árbol del conocimiento del bien y del mal; es decir, cuando pensó que podía
prescindir de Dios y decidir por sí misma qué era bueno y qué era malo (cfr. Gn
2, 17; 3, 1-7).
Lo ha amado cuando
creyó que, dejando a Dios fuera, alcanzaría por fin su libertad y celebraría la
máxima dignidad humana. Lo ha amado cuando consideró a Dios un enemigo: enemigo
de su alegría, enemigo de su realización, enemigo de su plenitud. El Dios de
Jesús ama a esta humanidad tal como es. No espera a que el mundo sea amable
para amarlo. Lo ama para que pueda vivir. Lo ama para rescatar en él lo que
parecía perdido. Lo ama porque el amor no es una reacción ocasional de Dios: es
su manera eterna de ser.
El amor llega hasta el don del Hijo.
¿Y hasta dónde ha
llegado este amor? Jesús lo sigue diciendo: «que
entregó a su Unigénito»; hasta entregar a su propio Hijo, el
unigénito.
¿Y cuál es el
objetivo de este envío del Hijo?; «para que
todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna»; Que
todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Esta es la
finalidad: Que todos reciban la vida como don. No que Dios pueda
condenar con más argumentos. No que el mundo quede desenmascarado para ser
aplastado. El Hijo es enviado para que la humanidad no se pierda, para que
encuentre vida.
Para acoger este
don es necesario creer en él. Pero creer no significa simplemente
estar convencidos de que Jesús existió o de que fue un personaje
extraordinario. Eso puede admitirlo mucha gente. Creer es algo más hondo.
Creer es dejarse enamorar
por la belleza de Jesús.
Creer significa
acoger su propuesta de hombre nuevo. Significa aceptar entrar en un proyecto de
humanidad cuyo único programa es una vida de amor, y solo de amor.
Creer en Jesús es
haber comprendido quién es, haberse enamorado de su belleza y decidir vivir
como él. Es permitir que la vida divina que se nos ha dado —la misma vida que
está en Jesús, el Espíritu— se manifieste también en nosotros, como se
manifestó en él en plenitud.
Aquí se juega
mucho más que una adhesión intelectual. No se trata solo de decir: «Sí, creo
que Jesús existió». Se trata de mirar su vida, reconocer en ella la forma
verdadera de lo humano, y decir; quiero que esa vida tome cuerpo también en
mí. Con nuestras pobrezas, claro; con nuestras resistencias, también. Pero
con el deseo sincero de que el Hijo vaya creciendo dentro de nosotros.
La vida eterna no empieza después:
Se recibe hoy.
Este es el don que
se nos ha hecho: La vida eterna. Pero la vida eterna no es un premio que se
entregará al final si nos hemos portado bien. Es la vida misma de Dios.
No es eterna
simplemente porque dure para siempre, como si esta vida biológica se prolongara
indefinidamente. Esta vida biológica se queda aquí. La vida eterna es otra cosa;
es la vida nueva de la que Jesús habló a Nicodemo. Por eso le dijo que era
necesario nacer de lo alto (cfr. Jn 3, 3).
Y esta vida eterna
no es un premio reservado para el último día. Se nos da hoy. Ya ahora puede
comenzar en nosotros esa manera nueva de vivir, de amar, de mirar, de responder
al mal, de relacionarnos con Dios y con los demás.
Por eso estamos
llamados a creer en esta vida; es decir, a no bloquearla con nuestro egoísmo.
Se nos invita a dejar que crezca, que se despliegue, que madure en nosotros el
hijo de Dios que ya ha comenzado a vivir en nuestro interior.
¿Para qué envió el Padre a su Hijo?
Podemos comenzar
con una pregunta muy sencilla: ¿Por qué el Padre del cielo envió a su Hijo al
mundo? Si hiciéramos hoy esta pregunta a muchos cristianos, probablemente
escucharíamos una respuesta bastante conocida: «Dios envió a su Hijo para
expiar nuestros pecados». Y quizá se añadiría: «El Hijo de Dios vino al
mundo para calmar la ira divina contra la humanidad pecadora. Él pagó por el
pecado de todos nosotros».
Ahora bien,
conviene detenerse un momento. ¿Qué imagen de Dios hay detrás de una manera de
hablar así? Sin darnos cuenta, podemos imaginar al Padre y a Jesús como si no
estuvieran del mismo lado. Jesús aparecería del lado de la humanidad pecadora,
y el Padre, en cambio, del lado contrario, como si necesitara ser aplacado.
Estas ideas se han repetido durante siglos y todavía están muy grabadas en la mente de muchos cristianos. Pero hoy escuchamos a Jesús decirnos otra cosa sobre la razón por la que el Hijo vino al mundo.
El Hijo no viene a condenar,
sino a salvar.
Jesús lo dice con
claridad: «Porque Dios no envió a su Hijo al
mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».
Por tanto, queda excluida toda imagen de Dios como juez que desea condenar a
la humanidad.
Aquí necesitamos
hacer una distinción muy importante, que a menudo olvidamos: Una cosa es el
mal, que debe ser rechazado con toda claridad; y otra cosa es la persona que ha
hecho el mal. El pecado debe ser denunciado, corregido, sanado. Pero el
pecador no debe ser condenado como si ya no tuviera remedio.
Lo vemos en Jesús
ante la mujer adúltera. Él no le dice: «Da igual lo que has hecho». No
banaliza su pecado. Pero tampoco la aplasta. Le dice: «Yo tampoco te condeno»;
y después añade: «En adelante no peques más» (cfr. Jn 8, 11). Es decir; no
te condeno, porque no he venido a destruir al pecador; pero te invito a salir
de ese camino, porque el pecado te hace daño.
Dios condena el pecado
porque ama al pecador.
Jesús quiere que
el pecado sea llamado por su nombre. Y en la Biblia se nos invita muchas veces
a discernir entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre lo que
da vida y lo que conduce a la muerte. La fe cristiana no consiste en cerrar los
ojos ante el mal ni en decir que todo es lo mismo.
Pero una cosa es
condenar el mal, y otra condenar a quien se ha equivocado. Jesús nunca
confunde al pecador con su pecado. El pecado hiere, oscurece, esclaviza;
por eso debe ser rechazado. Pero la persona, incluso cuando ha caído, sigue
siendo mirada por Dios como hija amada.
Y esto vale
también para nosotros mismos. Si descubrimos que nos hemos equivocado, no
necesitamos hundirnos en la autodestrucción. Podemos condenar el error,
reconocerlo, llorarlo si hace falta, repararlo cuando sea posible; pero sin
olvidar nunca que seguimos siendo amados por Dios. Dios no nos mira desde
el deseo de condenarnos, sino desde la voluntad de levantarnos.
Dios prefiere entregar su vida
antes que condenar a un hijo.
El Dios que revela
Jesús no es un juez frío que dicta sentencia contra la humanidad. Es Aquel que
ama tanto a esta humanidad pecadora que le ofrece su propia vida.
Nuestro Dios no se
complace en condenar. El Dios de Jesús de Nazaret prefiere morir él antes que
condenar a uno de sus hijos. Esta afirmación puede parecernos fuerte, pero está
en el corazón del Evangelio: Dios no salva desde lejos, no salva con
amenazas, no salva con violencia. Salva entregándose. Por eso Jesús
continúa diciendo que el Unigénito ha sido enviado para que el mundo sea
salvado.
La salvación no es solo
“ir al cielo al final”.
Aquí aparece otra
pregunta decisiva: ¿qué significa ser salvados? Si preguntamos a muchos
cristianos qué significa salvarse, quizá responderán: «Ir al cielo al final
de la vida». Y algunos añadirían, medio en broma medio en serio: «Bueno,
entonces intentaré disfrutar ahora todo lo que pueda, y al final ya me pondré
en paz con Dios: una buena confesión, la absolución del sacerdote, y asunto
arreglado».
Pero esa no es la
salvación de la que habla el Evangelio. Reducir la salvación a “arreglar las
cuentas al final” es empobrecerla muchísimo. La salvación no consiste
simplemente en que, después de la muerte, Dios nos admita en su casa. La
salvación empieza antes. Empieza cuando Dios nos arranca de todo aquello que
nos impide vivir como hijos.
Dicho de manera
sencilla: El cielo no es el premio de un Dios que al final decide si nos deja
entrar. El Dios de Jesús no puede dejar de amar a quienes ha creado. Desde que
nos ha dado la vida, ha entrado en una historia de amor con nosotros. Y si
faltara uno solo de sus hijos, su alegría no estaría completa.
El Dios de los
filósofos podría imaginarse como un ser perfecto, autosuficiente, impasible,
que no necesita a nadie. Pero el Dios de Jesús de Nazaret se ha vinculado a
nosotros por amor. Ya no quiere estar sin nosotros. Por eso, cuando
hablamos de salvación, no hablamos solo del destino final, sino de algo mucho
más concreto y urgente.
Salvar es sacar
de la no vida.
En la Biblia, el
verbo salvar aparece muchas veces. En hebreo encontramos יָשַׁע (yashá),
de donde procede יְהוֹשֻׁעַ (Yehoshúa), nombre vinculado a la idea de
que Dios salva. En el Nuevo Testamento, el verbo griego σώζειν (sózein)
aparece también muchas veces.
¿Y qué significa
salvar? Salvar significa sacar a una persona de todo aquello que no es vida.
Si alguien está en una situación de muerte y yo lo saco de ahí, lo salvo. Si
alguien está atrapado, hundido, esclavizado, y es liberado, eso es salvación.
El Hijo ha sido
enviado al mundo no para condenar, sino para sacar a la humanidad de todo lo
que no es vida. Esa es la salvación.
Dios salva liberando hoy,
no solo premiando al final.
Israel experimentó
la salvación cuando Dios lo sacó de una situación de no vida: la esclavitud de
Egipto, el destierro, la opresión, la pérdida de libertad. Aquello no era vida.
Pero tampoco es
vida auténtica la existencia del pecador cuando se deja esclavizar por aquello
que lo destruye. No es vida la de quien vive de manera disoluta y acaba
perdiendo el corazón. No es vida la de quien se vuelve esclavo del dinero y
está dispuesto a pactar con cualquier cosa con tal de adorarlo. No es vida la
de quien alcanza el éxito vendiendo su propia dignidad. No es vida la de quien
permanece encadenado a sus rencores, aunque por fuera parezca que todo va bien.
De toda esa no
vida ha venido a sacarnos el Hijo de Dios. Esa es la salvación.
La salvación se acoge ahora
o se empieza a perder ahora.
Por eso la
salvación no debe ser aplazada al final de la vida. Allí, de algún modo, la
historia ya ha mostrado lo que hemos querido acoger o rechazar. La llamada es
para ahora.
Ahora necesitamos
dejarnos salvar. Cristo nos salva con la palabra de su Evangelio, con su
persona y con el don de su Espíritu. Esa vida divina que se nos ha comunicado
no solo nos indica cómo vivir; también nos arranca de las condiciones de
pecado, porque nos empuja a vivir de verdad.
Y vivir de verdad,
para un ser humano, es amar. Por eso vino el Hijo de Dios al mundo; para
sacarnos de todo aquello que no es vida, para liberarnos de lo que nos
deshumaniza, para despertar en nosotros la vida de hijos.
De ahí la
importancia de dejarnos liberar hoy —no mañana, no al final, no cuando ya no
quede más remedio— de todo lo que nos impide vivir como hijos de Dios.
La alternativa no es entre miedo y castigo,
sino entre vida y no vida.
«El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está
juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».
Jesús plantea una
alternativa muy clara: Creer o no creer en el Hijo que el Padre ha enviado.
Pero conviene entender bien qué significa creer. Creer no es solo aceptar
una idea religiosa, ni repetir una fórmula correcta, ni decir: «Sí,
Jesús existió». Creer significa haber comprendido la propuesta de Jesús
y darle nuestra adhesión.
Y la propuesta de
Jesús es esta: Entrega tu vida por amor. Haz de tu existencia un don.
Vive como hijo, no como esclavo de ti mismo. Ama como él ha amado.
Por eso, quien
acoge esta propuesta es salvado; quien la rechaza queda condenado. Pero atención;
no estamos hablando de un Dios que se enfada y dicta sentencia contra sus
hijos. Jesús no nos presenta a un Padre que está esperando el error para
castigarnos. Nos está advirtiendo de algo mucho más serio y más cotidiano: Podemos
elegir caminos que parecen vida, pero que por dentro son caminos de muerte.
Creer es decirle a Cristo:
“Tú tienes razón”.
A lo largo de la
vida se nos presentan muchas propuestas. Algunas son buenas, pero otras son
engañosas. Prometen libertad y acaban esclavizando. Prometen felicidad y dejan
vacío. Prometen éxito y terminan robándonos el alma. Son caminos que brillan
mucho por fuera, pero no conducen a la vida.
Frente a esas propuestas, el Hijo de Dios
pone delante de nosotros la suya: «Dona tu vida por amor». Creer en
Jesús significa responderle: «Tú tienes razón. He comprendido tu camino y
quiero elegirlo. Rechazo las otras propuestas que me apartan de la vida».
El verdadero
creyente, por tanto, no es simplemente quien habla mucho de Dios, sino quien
ama. Mientras ama como Cristo ha amado, vive como creyente. Cuando deja de
amar, cuando se cierra en el egoísmo, cuando convierte su vida en dominio,
indiferencia o dureza, deja de vivir como creyente y se condena a una
existencia que ya no es vida.
Dios no condena al pecador;
nos advierte contra las decisiones que destruyen.
Miremos bien esto:
Jesús no está hablando de una condena pronunciada por Dios contra el pecador.
Dios no deja de amar a sus hijos. Jesús está poniendo en guardia contra las
elecciones que nos deshumanizan.
Quien vive de
manera contraria al Evangelio no está construyendo su vida, sino que la está
destruyendo.
No porque Dios lo empuje al desastre, sino porque separarse del amor es
separarse de la vida. Si fuimos creados para amar, cuando dejamos de amar
empezamos a vivir contra nosotros mismos.
Por eso la condena no debe imaginarse, ante todo, como un castigo que Dios impone desde fuera, sino como el daño que nos hacemos cuando rechazamos la luz, cuando cerramos el corazón, cuando preferimos nuestras tinieblas a la vida que Cristo nos ofrece.
La salvación empieza cuando dejamos
crecer la vida de Dios en nosotros.
El que cree es
salvado porque permite que la vida divina recibida de Dios crezca dentro de él. Esa vida no queda
bloqueada por el egoísmo, sino que se desarrolla hasta hacer madurar al hijo de
Dios que vive en nosotros.
Esta elección
entre la vida y la muerte no se hace solo al final. Se hace hoy. Se hace en
cada momento.
Se hace cuando elegimos perdonar o alimentar el rencor; cuando elegimos servir
o dominar; cuando elegimos amar o encerrarnos; cuando elegimos la verdad o la
mentira; cuando elegimos el Evangelio o esas pequeñas idolatrías que nos
prometen mucho y nos dejan vacíos.
Por eso, cuando
Jesús habla de creer o no creer, de salvarse o quedar condenado, nos está
hablando de la vida concreta. No nos invita al miedo, sino a despertar. No nos
amenaza con un Dios enemigo, sino que nos urge a no desperdiciar la vida que el
Padre nos ofrece en su Hijo.
Nada tiene que ver
esto, por tanto, con imaginar a Dios pronunciando al final una sentencia de
condena contra sus hijos. El Evangelio nos sitúa ante una decisión que se
juega ya: dejarnos salvar por Cristo o seguir atrapados en todo aquello que no
es vida.






