sábado, 20 de abril de 2019

Homilía del Domingo de Resurrección


Homilía del Domingo de Resurrección
         
          La resurrección de Jesús es el hecho histórico en el que Dios confiere la Vida a quien ha vivido la propia vida gastándola por los demás. Es la ratificación de la vida como amor y entrega y la condenación de la vida como poder, dominación, placer o aturdimiento, expresiones del pecado. De todos modos ya el Señor nos lo avisó, y te acordarás, cuando nos dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 25 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25). La pregunta básica que uno se hace es, ¿cómo estoy yo gastando mi vida por Cristo?
          Dios no abandona al justo más de tres días. Recordemos al profeta Oseas cuando nos dice: «En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará y viviremos en su presencia» (Os 6,2). O cuando Jonás estuvo en el vientre del pez: «El Señor hizo que un gran pez se tragase a Jonás, y Jonás estuvo en el vientre del pez tres días y tres noches» (Jon 2,1). En Jesucristo, resucitado al tercer día aparece cumplida la esperanza de salvación de los profetas. De una situación totalmente desesperada y sin salida posible que es la muerte se afirma la fidelidad de Dios y el poder de Dios devolviendo la vida a su Hijo y aquellos a quienes sigan a su Hijo.
          La esperanza de Daniel y de los Macabeos se ha cumplido. El profeta Daniel, cuya etimología significa Dios juzga, en aquellos tiempos de angustia cuando estaban bajo la dominación seleúcida de Antíoco III y Antíoco IV y más concretamente a la persecución desencadenada por éste último, dice estas palabras: «En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe, protector de tu pueblo. Será un tiempo de angustia como no hubo otro desde que existen las naciones. Cuando llegue ese momento, todos los hijos de tu pueblo que estén escritos en el libro se salvarán. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la vergüenza, para el castigo eterno» (Dn 12, 1-2). Y la esperanza de los Macabeos se cumple cuando aquella madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, al ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el Señor (2 Mac 7,9-39). Con la resurrección de Jesucristo, vivida en una comunidad de hermanos que se aman hasta la muerte, ha comenzado el final de los tiempos. Ha comenzado la Nueva Creación.
La fe de Abraham halla su cumplimiento pleno; la liberación de Egipto, a través del paso del Mar Rojo, se queda en pálida figura del paso de la muerte a la vida de Cristo resucitado y de sus discípulos renacidos en las aguas del bautismo. El nuevo corazón, con un espíritu nuevo, que anhelaron los profetas, se difunde como herencia de Cristo muerto y resucitado entre sus discípulos, que comen su cuerpo y beben su sangre, sellando con Él la nueva y eterna alianza.
          El apóstol, y todo discípulo de Cristo, vive en su vida el misterio pascual, manifestando en la muerte de los acontecimientos de su historia la fuerza de la resurrección. Vive con los ojos en el cielo, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios, buscando las cosas de allá arriba y no las de la tierra (Col 3,1-2).


Domingo de Resurrección, 21 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales



Homilía de la Vigilia Pascual 2019


Homilía de la Vigilia Pascual 2019
         
          La Pascua Judía, memorial de la liberación de Egipto, preveía cada año el rito de la inmolación del cordero, un cordero por cada familia, según la prescripción mosaica. Jesucristo se nos revela como ese ‘cordero inmolado’ en la cruz para quitar los pecados del mundo. Jesucristo fue sacrificado en la hora en que era costumbre inmolar los corderos en el Templo de Jerusalén.
El sentido de su sacrificio lo había anticipado Jesús en la Última Cena, sustituyéndose bajo los signos de pan y vino, por los alimentos rituales de la comida hebrea. De este modo Jesús ha llevado a cumplimiento la tradición de la antigua Pascua y la ha transformado en su Pascua. Los alimentos rituales de la comida hebrea quedaron superados bajo los signos del pan y vino. Un pan ácimo, sin levadura. El Apóstol San Pablo se refiere a una costumbre hebrea respecto a los panes ácimos. San Pablo en la Primera Carta a los Corintios nos dice: «7 Eliminad la levadura vieja, para ser masa nueva, pues todavía sois ázimos. Porque nuestro cordero pascual, Cristo, ha sido inmolado. 8 Así que, celebremos la fiesta, no con vieja levadura, ni con levadura de malicia e inmoralidad, sino con ázimos de sinceridad y verdad» (1 Cor 5, 7-8). San Pablo aplica a la vida cristiana los ritos que los judíos practicaban con ocasión de la Pascua: Los judíos arrojaban fuera de casa todo pan fermentado, comían pan sin fermento (ácimo), celebraban la fiesta con un banquete, en el que comían el cordero pascual poco antes inmolado. Ahora deben actuar así tanto los de Corinto como todo el resto de los creyentes. «Eliminad la levadura vieja», alejad de vosotros la vieja levadura del pecado, echando no sólo –como les pasaba a los corintos- a los incestuosos, sino a todo lo que sea pecado, que pertenezca al hombre viejo. Los cristianos somos ácimos por nuestra condición, esto es, en virtud del bautismo, ya que en el bautismo hemos sido purificados del pecado. Ahora la tarea que tenemos entre manos es ir progresando en la vida de la gracia, en la vida del pan ácimo, purificado de pecado, para ser esa masa nueva, esa creación nueva.
San Pablo al explicar esta vieja tradición hebrea de arrojar de casa todo pan fermentado adquiere un nuevo sentido a partir del ‘nuevo Éxodo’ que es el paso de Cristo de la muerte a la vida eterna.
Esto de arrojar el “pan fermentado” es una lucha que podemos afrontar gracias a que Cristo ha resucitado y se pone de nuestra parte como aliado contra el pecado. Os voy a contar un chiste para que veáis cómo el Demonio usa de la mentira para que no arrojemos ese pan fermentado del pecado.
«Cuentan de uno que estando en las puertas del cielo, ante San Pedro, le dice San Pedro: -Mira, Silverio, estás entre Pinto y Valdemoro. Puedes estar una semana tanto en el Cielo como en el Infierno. Te lo dejamos a tu elección, y lo que elijas será tu decisión y allí irás. –A lo que Silverino asintió con la cabeza.
Va en primer lugar al Cielo, y allí se encuentran a los habitantes del Cielo recostados, descansando, dando paseos, todo con mucha tranquilidad. A lo que Silverino se dijo -¡Que rollo es esto del Cielo!, ¡qué aburrimiento!, me voy al Infierno a ver si allí hay más movimiento- . Y Silverino se marchó al Infierno para pasar allí su semana. Y allí ve a todos de botellón, con la música a todo volumen, unas juergas y unas orgías espectaculares, unos banquetes de comida suculenta, vino a raudales, todo tipo de lujos, spas y masajes… una pasada. A lo que Silverio se dice: -Esta es la mía. ¡Decidido! Me voy a hablar con San Pedro para decirle que ya he decidido, que me quedo aquí en el Infierno-. A lo que Silverio llega ante la presencia de San Pedro, a las puertas de los Cielos y le dice: -Mira San Pedro, me gusta más lo del Infierno y me voy a quedar allí-. A lo que San Pedro se le queda mirando fijamente y le dice: -Silverio, ¿estás totalmente seguro de ir para el Infierno y no quedarte en el Cielo?-. A lo que Silverio le dice todo decidido: -Yo me quiero quedar en el Infierno, es mi decisión última-. Va Silverio al Infierno y allí ya no se encuentra ese paraíso de fiestas, vino, mujeres y juergas, sino sufrimientos, torturas indescriptibles. A lo que Silverio, en medio de todos estos tormentos alza la voz a San Pedro y le dice entre sollozos y gritos de dolor: -¡San Pedro!, ¡esto no es lo que yo esperaba!-. A lo que San Pedro le contestó: -Es que allí estaban en campaña electoral-.
El Demonio se las apaña para engañarnos. Cristo es el verdadero Cordero que se ha sacrificado a sí mismo por nosotros, a lo que nosotros –sus discípulos- , gracias a Él y por medio de Él, podemos ser “masa nueva”, “ácimos”, liberados del viejo fermento del pecado y así poder presentarnos ante Dios con el grito de victoria. Cristo es nuestra esperanza y Él es la verdadera paz del mundo. Con Cristo venceremos al Mundo.
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!









Vigilia Pascual, Sábado 20 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales

viernes, 19 de abril de 2019

Homilía del Viernes Santo


Homilía del viernes santo
         
          «Dice el Evangelio que en Jerusalén había una piscina milagrosa y que el primero que se metía en ella cuando se removían las aguas quedaba limpio [Jn 5, 1-9]. Nosotros tenemos que meternos en esa piscina, o mejor dicho, en ese océano que es la pasión de Cristo. Pues es es el sufrimiento del hombre-Dios: un océano inmenso, sin orillas y sin fondo». Estas palabras no son mías, son del Padre franciscano capuchino Rainero Cantalamesa.
          Todos nuestros pecados estaban sobre Jesucristo y Él los llevaba misteriosamente encima. Nos dice San Pedro en su primera carta: «Él cargó con nuestros pecados, llevándolos en su cuerpo hasta el madero, para que, muertos al pecado, vivamos por la salvación» (1Pe 2, 24).
          En nuestra cultura en la que parece que ya no existe el pecado y se está perdiendo el sentido del pecado cuesta entender que Cristo haya muerto en la cruz por uno. Pero el hecho de no valorarlo no significa que no tenga una importancia muy seria. Sólo es que no nos damos cuenta de la seriedad de este asunto y que nuestro proceder es muy negligente. Sin embargo Jesucristo tiene paciencia con nosotros.
          Él desea que recibiéramos por la fe el espíritu prometido. Los Padres de la Iglesia han aplicado a Cristo crucificado la figura bíblica de las aguas amargas de Mará, que se convirtieron en aguas dulces al contacto con la planta que echó Moisés en ellas (Ex 15, 22-27). En el madero de la cruz, Jesús bebió las aguas amargas del pecado y las convirtió en el “agua dulce” de su Espíritu, de lo cual es símbolo el agua que salió de su costado. Trasformó aquel ‘no’ de los hombres en un ‘sí’ para poder estar con Dios en la Gloria y allí ser uno con Él.




Viernes Santo, 19 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales

miércoles, 17 de abril de 2019

Meditación de las Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz


Meditación de las Siete Palabras
Parroquia de Nuestra Señora la Virgen de la Calle (Palencia)
Viernes Santo, 12 horas.

         
          «Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí».
         
          Los santos nos enseñan a presentarnos delante de Dios. Estamos en Semana Santa, y durante todos estos días estamos acompañando muy de cerca a Jesús. Todos nosotros desfallecemos muy fácilmente y con frecuencia a causa de nuestra debilidad, por eso le suplicamos que custodie nuestros corazones, que nos lo consagre y que bajo su protección nos podamos acoger, porque en tu compañía, Señor Jesús, queremos estar.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!

Primera Palabra:
«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)
         
          Nuestro Señor Jesucristo nos suele decir, y te acordarás muy bien, porque cuando se lo oyes te molestas porque crees que Jesús te quita la razón, que «no hagáis frente al que os agravia» (Mt 5, 39) y «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5, 44-45).
          San Agustín de Hipona, cuando habla del poder de la oración en el sermón 80 nos dice lo siguiente: «En primer lugar, no olvidándose ni siquiera en la cruz de quién era, nos demostró su paciencia y nos dio un ejemplo de amor a los enemigos; viéndolos rugir a su alrededor, Él, que en cuanto médico estaba al tanto de su enfermedad, conocía la locura que les había hecho perder la razón, acto seguido dijo al Padre: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. ¿O pensáis que esos judíos no eran malvados, inhumanos, crueles, belicosos y enemigos del Hijo de Dios? ¿Pensáis que estuvo de más o que fue inútil el grito: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen? Veía a todos, pero entre ellos reconocía a quienes iban a ser de los suyos».
          Todos los que le insultaban, escupían, se burlaban, todos los que pleno pulmón participaban de aquel griterío de aquel ‘¡crucifícale, crucifícale!’ no eran más que simples marionetas en las manos del mismo Satanás. Jesucristo estando clavado en la cruz sabía que era así. Era la enfermedad de todos aquellos que le insultaban, se reían de Él…, era sus pecados los que se manifestaban con tanta agresividad.
          ¿Se acuerdan ustedes de aquel oficio ya desaparecido que ejercían aquellas mujeres que desempeñaban de telefonistas, cada cual ocupando una posición en el cuadro de interconexiones? Que tras conectar un extremo del cable a la clavija de la luz que se encendía, la telefonista se comunicaba con el abonado y conectaba el otro extremo con el centro al que deseaba llamar. Pues imagínense ustedes que uno quiere hablar con una persona que además está empecatada (es el pecado el que habla por medio de ella). Uno desea hablar con esa persona pero le conectan con la soberbia y el pecado de esa persona; a lo que uno empieza a reclamar diciendo que uno no quiere hablar con la soberbia de esa persona sino que desea hablar con la persona.
          Por eso hacemos nuestras esas palabras de Jesucristo, cuando estaba clavado en el madero de la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Padre, perdónalos porque es Satanás el que habla por medio de ellos.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!


Segunda Palabra:
«Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43)
         
            «39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!» 40 Pero el otro le increpó: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» 42 Y le pedía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» 43 Jesús le contestó: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23- 39-43)».
Nuestro Señor Jesucristo defiende siempre a los sencillos y protege continuamente a los que confían en su misericordia.
          San Roberto Belarmino, en su Explicación literal de la segunda palabra dice lo siguiente: «San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premió tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo».
          Jesucristo estando crucificado no contestó una palabra a las maldiciones y reproches de los sacerdotes y soldados, pero ante el clamor de un pecador confesándose rompió el silencio para poner sobre sus hombros a esa oveja extraviada que se le había perdido. Cuando es injuriado no abre su boca, porque Él es paciente; cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque Él es benigno.
          El príncipe del Mal, Satanás en estos días está muy estresado. Está haciendo miles de horas extraordinarias para conseguir doblar la voluntad de Jesucristo y desea que Jesucristo desobedezca al Padre y quiere que no muera en la cruz. Satanás constantemente está tentando a Jesucristo y además ha puesto a todos en su contra: uno le traiciona por treinta monedas de plata (Mt 26, 15); el otro diciéndole que jamás le traicionará y le traicionó tres veces antes de cantar el gallo; los otros que estaban con él desaparecieron, menos Juan, su Santa Madre y unas pocas mujeres que permanecieron fieles; los miembros del Sanedrín que estaban fuera de sí y esa multitud enfurecida pidiéndole a gritos la crucifixión; los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciéndole: 42 «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡Es rey de Israel!; pues que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha puesto su confianza en Dios; pues que le salve ahora, si es que de verdad le quiere. De hecho dijo: ‘Soy hijo de Dios.’» (Mt 27, 42-44). Satanás había preparado muy bien el terreno para que Jesús mordiera el anzuelo y desobedeciera al Padre. Había pervertido, envenenado, intoxicado todo. Satanás sabía que si Cristo moría en la cruz únicamente tendría que conformarse con ganar algunas batallas aisladas pero que la guerra definitiva y decisiva la iba a perder de un modo estrepitoso. Satanás es tan ruin y miserable que hizo que incluso uno de los malhechores crucificados con Él le insultaba y le increpaba diciéndole: «¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!» (Lc 23, 39). En cambio el otro dio la cara por Jesús, se arrepintió de su pecado e hizo una profesión de fe en Jesús reconociéndole como su salvador.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!

Tercera Palabra:
«He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre» (Jn 19, 26)
         
Jesús sigue sin pensar en Él mismo a pesar de todo lo que está sufriendo, y es que le falta aún el mejor de todos sus regalos a la humanidad: Su Madre, que es lo único que le queda al que ya nada tiene.
          San Ireneo de Lyon nos dice, «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María» (LG. 56).
          La Virgen María obedeció aun sin entender. Ella se fio totalmente de Dios aun cuanto todo le era contrario. Ella mantuvo la obediencia a la fe. La Virgen María sabía que la voluntad de Dios es, sin lugar a dudas, la mejor. Es cierto que a corto plazo uno puede llegar a pensar que Dios a uno le ha abandonado. Y el Demonio que está siempre molestando y catequizando, envenenándote con frases como ‘Dios no te quiere, porque de quererte no te hubiera pasado esto o lo otro’.
Ahora mismo está de pie ante la cruz, viendo cómo agoniza el hijo de sus amores. Ella no profiere palabras de amenazas contra los romanos ni contra los que de Él se burlan. Ella se acuerda del anuncio del arcángel San Gabriel que le dijo que iba a ser la madre de Dios y ahora su Hijo desea que sea la madre de la Iglesia. La Virgen medita en el silencio de su corazón cómo Dios ha estado grande con Ella y cómo lo seguirá estando, aunque ahora vea dolor por todos lados.
El Templo es como si fuera el seno materno donde la Iglesia va gestando a nuevos cristianos. Nos alimenta con la Palabra, con los sacramentos y vamos creciendo en la fe. Una fe que creemos tener conseguida, pero que en realidad es muy tímida y pequeñita. Una fe tan pequeña que no nos movería para dejarlo todo ni cometer una locura de amor por Cristo. Una fe que creemos tener pero no tenemos, porque de tenerla los signos de la fe que son la caridad y la comunión no pasarían desapercibidos. La Virgen, como Madre Nuestra que es, como Discípula predilecta de Cristo, nos coge de la mano y nos enseña a vivir desde la fe en su Hijo y Nuestro único Redentor.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!


Cuarta Palabra:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46)
         
          San Agustín cuando hace la exposición del salmo 49 nos dice: «Cuando el Señor vino, lo hizo ocultamente, puesto que venía a padecer; y aun siendo fuerte por sí mismo, se manifestó débil en la carne. Era necesario verlo sin comprenderlo; ser despreciado y hasta ser matado. La hermosura de su gloria estaba en su divinidad, pero está oculta bajo su ser corporal. Porque si lo hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de la gloria». Hay muchos que me dicen que si ellos hubieran conocido a Jesús caminando por Galilea, hubieran dejado todo por seguirle hasta la muerte. Sin embargo muchos judíos habían en tiempo de Jesús, muchos le conocían y otros le odiaban y otros casi no le hicieron ni caso, no reconociendo en Él al Verbo encarnado. ¿Por qué iba a ser contigo distinto?
          Jesús, el Hijo de Dios, caminó entre nosotros, tuvo hambre y sed, y cuando estuvo cansado, se sentó; cuando estaba rendido en su cuerpo, se durmió. Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Jesús, en la debilidad de su carne gritó «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», no fue un grito de desesperación, sino que grita desde la certeza de la fe de que Dios Padre está con Él.
Cristo no profería amenazas ni insultos. Cristo sabe distinguir entre las personas y lo que las personas opinan, sienten o su ideología. No lo mezcla, lo distingue porque la dignidad de la persona queda siempre intacta. Nosotros enseguida clasificamos a los demás por lo que piensan, por sus tendencias políticas o ideológicas condicionando todo a ello. ¡Cuántas veces he oído desear el mal a una persona por ser de otro partido político o por pensar de modo diferente!
Nuestra guerra no la tenemos que afrontar contra mi hermano, sino que la tenemos dentro de nosotros mismos, porque es mi pecado personal el que se manifiesta en el exterior. ¿Por qué actuó como actuó Caín al matar a Abel? ¿Por qué David quería acabar con Saúl? (1 Sam 24)? ¿Por qué Esaú quería matar a su hermano Jacob? ( Gn 27, 41). Era el pecado que anida en el corazón del hombre el que irradia rayos de maldad.
Jesús en la cruz sabía que su único enemigo es Satanás, el mismo Satanás que expulsó de muchos poseídos con sus palabras, miradas y con sus manos. Satanás está usando del pecado de esos corazones para proferir un gran ataque contra Jesús. Ante el ataque feroz de Satanás contra Jesús en la Cruz tentándole de que bajase de la Cruz y que así no sufriera, ante este cruel ataque del Maligno, Cristo hace uso del arma más potente contra Satanás, proclama un versículo de la Palabra de Dios. El Demonio no soporta la Palabra de Dios, le quema por dentro. Es como si fuera para él una lluvia radiactiva que le abrasa. Jesús tiene los pies y las manos clavadas en el madero de la cruz. Casi no puede respirar a causa de tan gran tortura. Le cuesta ver porque tiene la frente ensangrentada y los párpados hinchados por los puñetazos y latigazos. Lo único que le queda al Verbo Encarnado es la Palabra de Dios para defenderse de Satanás.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!


Quinta Palabra:
«Tengo sed» (Jn 19, 28)
         
          San Roberto Berlarmino en su escrito «Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz» [«De septem Verbis a Christo in cruce prolatis.»] nos dice que «Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz, pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona, produciendo una violenta sed». Además nos sigue diciendo San Roberto Berlarmino que los soldados sujetaron una esponja a una rama de hisopo empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. El vinagre, una bebida que tiende a hacer que las heridas duelan y que se lo daban a los crucificados para hacer que murieran más rápidamente. Por eso San Cirilo dice con razón, «en vez de algo refrescante y aliviante, le ofrecieron algo que era doloroso y amargo».
          Jesucristo al exclamar en la cruz «tengo sed» manifiesta que Él acepta libremente los dolores de su muerte y lo hace porque te ama personalmente e incondicionalmente, aunque nosotros seamos más traidores que el mismo Judas.
          Nosotros enseguida murmuramos cuando nuestra vida es frágil y sin seguridades; cuando nuestro esposo o esposa no nos corresponde como uno desearía, cuando nuestros hijos no nos obedecen, cuando me siento estresado en el trabajo, cuando no me llega el dinero a fin de mes, cuando la enfermedad hace acto de presencia en la familia… Nosotros ante la fragilidad y la inseguridad, murmuramos contra Dios y contra todos los que tenemos alrededor.  Incluso Abrahán, por el hambre y no aceptar la precariedad hace pasar a su esposa como hermana para ser tratado bien por los egipcios (Gn 12, 10-20). O el mismo Esaú que vendió su primogenitura a su hermano Jacob por el hecho de un placer inmediato de comer un plato de lentejas (Gn 25, 29-34). Algunos dicen que lo primero es llenar el estómago, primero asegúrate las cosas y luego va Dios. Pero una vez que estás satisfecho ni te tomas la molestia de preguntar por Dios. Satanás te dice que busques la gratificación en la droga, en el alcohol, en el juego, en las mujeres…ya que no puedes soportar la precariedad en tu vida. Satanás te engaña porque te quiere apresar. En cambio Cristo, aun estando clavado en la cruz, acepta las incomodidades y sufrimientos por amor y porque quiere que tú y yo podamos atravesar por esa puerta que hasta ese momento ha estado cerrada. Una puerta con la que se accede a la Vida Eterna.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!

Sexta Palabra:
«Todo está consumado» (Jn 19,30)
         
          Esa frase pronunciada por Jesucristo en la cruz es un grito de victoria. El Demonio ha gastado toda la monición contra Jesús para intentar doblegarle. El Demonio se ha esforzado al máximo para que Jesús desobedeciera al Padre. El Demonio ha envenenado las mentes y corazones de muchos para provocarle e irritarle. El Demonio estaba desesperado porque quería que Jesús no muriese en la cruz, no quería que muriese en la cruz porque hasta ese momento el pecado cometido no podía ser perdonado y al no poder ser perdonado todos estábamos condenados a morir eternamente siendo privados de la luz de la Gloria Eterna. pero el Demonio ha sido totalmente derrotado. A partir de ahora aquellos que vivan como Hijos de la Luz son convocados ante la Asamblea Celestial. Por eso esta frase de los labios de Cristo «todo está cumplido» es un grito de victoria. «Habéis sanado a costa de sus heridas, pues erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al que es vuestro pastor y guardián» (1 Pe 2, 24b-25).
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!

Séptima Palabra:
«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46)
         
          Estas últimas palabras de Jesucristo tomadas del salmo 31 (versículo 6) son una expresión de confianza en Dios, que es quien tiene la palabra decisiva. El alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del libro de la Sabiduría «las almas de los justos están en las manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará» (Sab 3, 1), tal y como nos ilustra San Berlarmino. Ese aliento, esa vida, se la confía a Dios Padre para que en breve, en el tercer día, pueda nuevamente restituirla en su cuerpo ya resucitado, ya que nada de lo que Dios guarda llega a perecer; ya que en Dios todas las cosas están vivas; ya que con una única palabra llama a la existencia lo que no existía y da la vida a aquellos que no la tenían.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
          Padre Nuestro, Ave María y Gloria

          Jesús, enciende en esta noche oscura mi amor hacia ti y que te acompañe con todo mi amor, en comunión con tu Madre. Madre, Madre mía, desde tu corazón quiero acompañar a Jesús.

Viernes Santo, 19 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales



lunes, 15 de abril de 2019

Homilía del Domingo de Ramos 2019


Homilía del Domingo de Ramos, Ciclo C

         En esta semana vamos a rememorar lo que es nuestra vida. Caeremos en la cuenta de la poca consistencia que tenemos, de cómo nos entusiasmamos con las personas y con los proyectos, de cómo al sentir el peso que esto acarrea ‘tiramos la toalla’ y nos convertimos en traidores quedando sólo unos pocos fieles en medio de la dura adversidad, de cómo nos duele el haber traicionado y fallado a aquellos que tenían depositadas en nosotros sus esperanzas y de cómo el amor es capaz de perdonarnos y de restaurarnos esa dignidad que nosotros mismos habíamos perdido.
         Va a ser una semana en la que nadie se va a quedar indiferente. Lo que vamos a vivir nos fuerza interiormente a posicionarnos. Si alguien entrase en el templo corriendo y gritando que desde un helicóptero estaba lanzando billetes, todos en ese instante tomaríamos una opción determinada, o correr a llenarnos los bolsillos de dinero o permanecer como si no hubiésemos oído nada. Es cierto que cada cual puede ya llevar muchas Semanas Santas sobre sus espaldas y podemos poner el piloto automático ya que sabemos lo que va a pasar y cómo sucederá. Sin embargo yo no quiero poner ese piloto automático, yo deseo dejarme sorprender por lo que vamos a vivir estos días. No quiero perder la capacidad de asombrarme y de emocionarme. Yo quiero sentir el quemazón de la angustia que me hace derrumbarme en lloros cuando por cobardía le abandoné cuando le estaban azotando, escupiendo, clavando esa corona de espinas y colgado de la cruz con sus pies y manos traspasados por esos clavos. Y cada vez que peco y pecamos, le abandonamos.
         Parece que todo lo vivido a su lado se hubiera desvanecido o fuese fruto de un espejismo. Parece que nuestra memoria fuese más frágil que la tela de una araña ante el agua de la lluvia.
¿O es que acaso nadie se acuerda de cómo Jesucristo ha estado grande con uno cuando puso a esa persona con la que compartes tu vida? ¿Es que nadie es capaz de reconocer la cantidad de veces que Él ha estado escuchando nuestros desahogos y la cantidad de veces que nos ha secado las lágrimas de nuestros ojos cuando la enfermedad y la adversidad han llamado a nuestras puertas? ¿Es que acaso no nos hemos dado cuenta de cómo la proclamación de la Palabra de Dios y la lectura atenta de la Sagrada Escritura nos han proporcionado criterios sobrenaturales que nos han protegido de caer en las zarpas del Maligno? ¿Tan ciegos hemos estado que Él estando a nuestro lado ni nos hayamos percatado? Del mismo modo que Jesucristo estuvo con los Doce Apóstoles y todos los demás discípulos, también Él ha estado contigo y conmigo. ¿Es que acaso no hemos caído en la cuenta de que hubiera sido inútil, en vano el levantarse por las mañanas a trabajar, los desvelos en la educación con los hijos, las desazones, enfados y todos los momentos felices, todos los dolores, preocupaciones y sufrimientos… que todo hubiera sido en vano si Jesucristo no hubiera muerto por ti? Si Jesucristo no hubiera muerto y resucitado por ti esa puerta que conduce a la Vida Eterna hubiera estado aún con los trancos, cerrada a cal y canto,  y estarías flotando eternamente en el lago de la muerte, de la desesperación, de la nada. Todo lo vivido, sufrido y gozado hubiera sido inútil con menos consistencia que una pompa de jabón. Satanás quiere que tu vida tenga menos consistencia que esa pompa de jabón, por eso no quería que Jesucristo hubiera muerto en la cruz. Satanás se oponía con uñas y dientes a la muerte cruenta de Jesucristo.
         Ahora entendéis el por qué nadie se va a quedar indiferente ante lo que vamos a vivir esta semana. Lo que está en juego es nuestra salvación, es el enriquecer de sentido nuestras familias, nuestros matrimonios, nuestros ministerios ordenados, nuestras comunidades cristianas, nuestros gozos y desvelos.
         La obediencia de Cristo al Padre nos ha salvado. «Bendito el Señor que no nos entregó en presa a sus dientes; hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió y escapamos. Nuestro auxilio es el nombre del Señor que hizo el cielo y la tierra»               (Sal 124, 6-8).


Domingo de Ramos, 14 de abril de 2019
Roberto García Villumbrales



domingo, 17 de marzo de 2019

Homilía del Domingo Segundo de Cuaresma, Ciclo C


HOMILÍA DEL DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA,
Ciclo C, 17 de marzo de 2019

A los niños pequeños se les suele hacer esta pregunta: A ti ¿qué te gustaría ser de mayor? A lo que unos responden desde futbolista, médico, enfermero o astronauta. Y nosotros que no somos ya tan pequeños ¿qué nos gustaría ser? A mí me gustaría que todos nosotros llegásemos a ser santos, a ser ciudadanos del Cielo. De hecho el Concilio Vaticano II en la Constitución Apostólica sobre la Iglesia Lumen Gentium nos hace esa invitación a ser santos.
En la primera de las lecturas [Gn 15,5-18] se nos presenta a Abrahán al que se le da a contar las estrellas del cielo para significar que todos los que se fíen de Dios serán su pueblo, su familia. Pero cuando el pecado entra en escena hace que esa intensidad en el fiarse de Dios se vea disminuida y tenga una repercusión directa a la hora de amar a los hermanos, y no digamos nada a la hora de perdonar y de rezar por los enemigos. Cuando uno no se fía de Dios como debería se asemeja a esos parientes con los que ni les llamas ni te llaman por teléfono, ni les encuentras por la calle, con los que coincides en ocasiones contadas pero con los que no brota la confianza. Puedes tener a una persona a tu lado celebrando la Eucaristía, cantar a pleno pulmón, dar palmas, comulgar con mucho fervor pero ser indiferente a ese hermano. Esa persona también puedes ser tú. A menos fiarse de Dios más dosis de indiferencia ante el hermano. Por lo tanto el hermano es la medida que te indica cómo te estás fiando de Dios.
Cuando uno no se fía de Dios, reniega de su historia y critica al hermano por las espaldas, y como cree que el afectado no lo sabe, ante él se actúa como si nada hubiera sucedido. Sin embargo ese pecado exige reparación, porque el pecado sigue existiendo aunque sea oculto o en círculos muy cerrados. Y si existe pecado también se ha generado el daño, la herida. ¿Acaso Caín cayó en la cuenta que reservándose para sí lo mejor de la cosecha (Gn 4, 3-7) y ocultándoselo a Dios fuera a pasarle algo? ¿Caín en ese pecado oculto de la codicia veía posibles repercusiones? Fue el mismo Dios quien le dijo a Caín: «¿Por qué te enfureces y andas abatido? ¿No estarías animado si obraras bien?» (Gn 4, 6-7).
San Pablo cuando escribe a la Comunidad de Filipo [SEGUNDA LECTURA Filipenses 3,17-4,1] les dice que vuelvan sus corazones hacia el Padre Eterno, para que buscando siempre lo único necesario y realizando obras de caridad se dediquen a servir a Dios. Les exhorta a que empiecen a estimar las cosas del Cielo y a ir calmando la tendencia de las cosas de la tierra (los afectos, el apego a las cosas materiales, la seguridad en un puesto de trabajo, en una nómina o pensión…). En el fondo les está recordando lo que rezamos hoy en el prefacio eucarístico: «Que, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su luz, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que, por la pasión, se llega a la gloria de la resurrección». Pide a esa Comunidad que permanezcan en el amor y en la cercanía de Jesucristo y que cumplan plenamente los mandamientos. Permanecer en el amor no es no hacer nada, es luchar por restaurar la comunión cuando se ha roto y pedir perdón aunque el otro no sepa que ha sido ofendido. Permanecer en el amor es declarar la guerra abierta a todos los pecados de omisión.
Y como Dios conoce de nuestros desalientos y de los muchos desánimos y caídas que tenemos en nuestra vida cristiana nos quiere dar una palabra de ánimo mostrándonos que el Cielo sí existe y que allí ya hay gente [EVANGELIO Lc 9, 28b-36]. Hoy se nos han presentado Moisés y Elías conversando con Jesús. Pero antes de llegar al Cielo hay que peregrinar por esta tierra y no lo hacemos solos, sino con la Comunidad, en la Iglesia. Y como en toda marcha hay personas que en cabeza, otras que están en el pelotón y otras más rezagadas. Sin embargo, muchas veces no todos los que llevan más tiempo en la Iglesia están a la cabeza del grupo, aquí la antigüedad no nos vale. El Señor nos puede permitir que pasemos por una determinada prueba –de salud, de trabajo, de familia,…- y terminemos comportándonos como meros principiantes en la fe. Y no digamos nada cuando uno cree que ha superado determinadas etapas, ya sea de renuncia, de morir a sí mismo, de rezar, de perdonar… y tiene que ser muy humilde para reconocer que otro hermano más joven le ha podido dar una lección con su vida.
El problema puede recaer en que uno tenga tan bajo el nivel de exigencia en el amor que haciendo daño al hermano, uno ni siquiera se llegue a enterar.
Recordemos cómo Jesucristo, antes de subir al monte para la transfiguración, estaba contando a sus discípulos que iba a morir de un modo muy cruel. Y Pedro y los demás discípulos, aun estando con Jesús, en ese momento no se enteraban de nada. En cambio la hemorroisa, Zaqueo, el ciego Bartimeo… y otros muchos sí se estaban enterando.
Ojala que contemplando el rostro de Cristo recordemos a lo que estamos llamados y seamos capaces de amar y perdonar con generosidad ya que ansiamos recibir el abrazo del Padre Celestial.




martes, 5 de marzo de 2019

Homilía del Miércoles de Ceniza 6 de marzo de 2019


HOMILÍA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA
Ciclo C.  06/03/2019
Nosotros somos los que cumplimos con Dios. Del mismo modo que yo cumplo con mi trabajo siendo puntual, haciendo las cosas con diligencia y sabiendo estar y luego desconecto del trabajo para irme a mi casita, pues lo mismo con las cosas de Dios. Venimos a las celebraciones, preparamos la liturgia, nos confesamos de vez en cuando, comulgamos… somos los que cumplimos, por lo tanto Dios tiene que estar muy orgulloso de nosotros.
Entonces, si yo me encuentro a gusto y cumplo con Dios, ¿por qué la Iglesia me llama con urgencia a la conversión?, ¿por qué la Palabra nos dice que toquemos las trompetas, que rasguemos los corazones y no los vestidos y que proclamemos ayunos y todas esas cosas? (LECTURA PRIMERA Jl 2, 12-18).
Lo que puede suceder es que uno se ha acostumbrado a un tipo de relación con Dios –al más bajo nivel-  en la que uno cumple con Él y a la vez uno se siente seguro porque así Él no te puede echar en cara nada –es el famoso «no se admiten ruegos ni preguntas». Es como el típico estudiante de secundaria que está en clase sin dar guerra, que pasa desapercibido por el profesor, que cumple con lo mínimo y no da problemas. Pero este tipo de relación con Dios ni te seduce ni seduces, viviendo insatisfecho y poniendo tu corazón en otras cosas, llámese la seguridad de tener una pensión o un puesto de trabajo indefinido, una casa o unas tierras, unos amigos donde uno se refugia y consuela al estar casi todos parecidos, o unos afectos desordenados que eclipsan lo que Dios espera de ti, viviendo amargados y fingiendo ser feliz.  Y nosotros, con el propósito de quedarnos siempre de pie decimos como Pedro: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10, 28-31). Pues puede ser que en un determinado momento sí que hayamos dejado todo o algo que nos condicionase mucho para seguir a Cristo, pero tal vez ahora estemos más sobrecargados de cosas que antes. Y como tenemos la mentalidad de creer que la etapa de desprendernos de cosas ya pasó, porque creemos que está superada, vivimos en un constante engaño.
San Pablo cuando escribe a la Comunidad de Corinto nos dice: «Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (SEGUNDA LECTURA 2Cor 5, 20-6,2). Vamos a ver, yo me reconcilio con alguien con el que estoy enfrentado o tengo algo contra él. Y que sepamos no estamos a mal con Dios, sin embargo algo raro pasa porque la Palabra nos está llamando la atención y la Palabra nunca miente, por lo tanto ¿qué estoy yo haciendo de mal para tener que pedir perdón a Dios? Si uno lo que hace es moverse en la rutina, hacer las labores de casa, cuidar de la familia, ir al trabajo, ver la televisión, salir con los amigos para distraerse… ¿qué cosas hago mal si uno no hace nada de especial?
Cuando uno tiene las cosas seguras –el trabajo, la pensión, la salud, la familia, las posesiones…-, menos se piensa con los criterios de Dios, uno más se justifica y menos se tienen en cuenta a los hermanos. Y lo curioso de todo esto es que uno se cree que las cosas sí que funcionan y salen adelante con normalidad. Ya nos avisa la Palabra de esto: «Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy. No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites, cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo, se engría tu corazóny olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud (..)» (Dt 8, 11-14). Uno piensa menos con los criterios de Dios y uno tiene menos en cuenta a los hermanos. Y esto tiene muchas concreciones que pueden empezar desde la calidad de la acogida al hermano, pasando por no preocuparte por él y conformarte con verle o llamarle ‘de Pascuas a Ramos’; por no aceptar una palabra desde la fe para iluminar esa vida; por mostrarte indiferente ocultando así una envidia que corroe por dentro hasta  ser como una silla más que ocupa un espacio que con la misma agilidad sigilosa aparece como desaparece de la asamblea celebrativa. Cada cual sabe dónde «le aprieta el zapato». Ahora nos damos cuenta cómo el pecado personal hace daño a la Comunidad porque hemos desviado la mirada del Señor, Nuestro Dios.
Dios quiere que volvamos a Él teniendo ratos de intimidad con Él. Nos dice la Palabra: «Tú, en cambio cuando hagas limosna (…), tú cuando ores (…), tú cuando ayunes, cierra la puerta (…), [haz limosna, ora, ayuna] y tu Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará» (EVANGELIO Mt, 6, 1-6. 16-18).
Estemos con Jesucristo, dejemos que su amor nos cale por dentro y sólo así podremos ser «hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5, 45).




HOMILÍA DEL DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C.  03/03/2019

Hoy la Palabra no es precisamente dulzura, es dura, clara y exigente. Empieza diciéndonos: «Cuando se agita la criba, quedan los desechos; así, cuando la persona habla, se descubren sus defectos». Y no acaba ahí, sino que sigue: «El horno prueba las vasijas del alfarero, y la persona es probada en su conversación». (PRIMERA LECTURA, Eclo 27, 4-7). Y de qué hornos nos puede estar hablando… pues puede estar hablando de todas aquellas cosas que hacen mis hermanos y que me ponen con un temperamento bien caliente por el enfado. También es cierto que san Pablo nos dice en la carta a los Efesios: «Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que os oyen» (Ef 4, 29). Pero si San Pablo se lo tenía que escribir a la comunidad cristiana de Éfeso era para recordarles que ellos estaban sellados, marcados por el Espíritu Santo y que mencionado sello les recuerda que pertenecen a Cristo –no al mundo- y que les garantiza la resurrección. Porque somos propiedad de Cristo no podemos bajar la guardia en el amor y cuando bajamos tiene su repercusión directa dañando la convivencia y prestando nuestros labios al mal. Hemos sido creados para dar gracias a Dios, para bendecir, ya lo rezamos en el prefacio de la Eucaristía: «En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias, Padre Santo,  siempre y en todo lugar, por Jesucristo, tu hijo amado». Recordemos que si hablamos mal de una criatura de Dios sería tanto como reconocer que Dios se ha confundido con esa criatura, y eso es imposible. Y es que resulta que ese hermano, al cual “le pones verde y a bajar de un burro” también está sellado por el Espíritu Santo de Dios para resucitar a la Vida Eterna.
Sabemos por experiencia que en la lucha contra el mal demasiadas veces bajamos la guardia porque el pecado ejerce en nosotros una fuerza, una inercia a sacar todos los espíritus malignos que tenemos dentro que en vez de someterlos nos someten. Sin embargo no temamos, porque teniendo a Cristo como nuestro aliado contra nuestro pecado tenemos garantizada la victoria total y definitiva. La Palabra nos lo asegura y Ella nunca miente: «¡Gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!» (SEGUNDA LECTURA, 1 Cor 15, 54-58).
La Palabra dice: «¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano déjame que te saque la mota del ojo” sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo?» (EVANGELIO, Lc 6, 39-45).  El Señor en el fondo nos está diciendo siguiente: «¿Tú te crees mejor que tu hermano?». Y como muchas veces no queremos dar nuestro brazo a torcer le decimos que sí. A lo que Dios nos mira directamente a los ojos y nos vuelve a decir: «¿De verdad que te crees tú mejor que ese hermano tuyo? ¿Me estás hablando en serio?». Y claro, como nosotros estamos movidos por el enfado empezamos a hablar mal del hermano, mientras Dios, con paciencia escuchándonos y sin decirnos nuestros pecados y la cantidad de chapuzas que le hacemos a la hora de amar. Dios guarda silencio. Y nosotros mientras tanto diciéndole: Pues sí, soy mejor que ese hermano, y erguidos decimos que nosotros no somos ladrones, injustos, adúlteros, sino que ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. ¿Les suena esto de algo? ¿No les recuerda a la parábola del fariseo y del publicano en el templo? (Lc 18, 9-14). Ya sabemos quién salió del templo justificado y quién no. Si nos dedicamos a ponernos medallas es tanto como decir que nosotros ya estamos salvados y que no era preciso que Cristo hubiera venido a salvarme.
Dios te interpela diciéndote: ¿Por qué haces ese juicio de valor contra tu hermano? ¿Por qué no eres capaz de darte cuenta que he puesto a este hijo mío para que tú vayas madurando en la paciencia, la caridad y en la prudencia y así te puedas salvar? Ese hermano es un instrumento que yo te he puesto para que tú te salves y tú lo que haces es despreciar mi regalo.
Cuando el Señor nos llame ante su presencia ¿Qué llevaremos atesorado en nuestro corazón?