miércoles, 31 de diciembre de 2025

Homilía del II domingo de Navidad - Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo» - 4 de enero de 2026

Homilía del II domingo de Navidad

Ciclo A; Jn 1, 1-18 «Por medio de él se hizo todo»

4 de enero de 2026

 

Aquí empieza todo:

El Verbo, comunión, origen.

El Prólogo de Juan no es un preámbulo educado, es el umbral de todo el Evangelio. En estos versículos el evangelista lo concentra todo, como quien pone el mapa sobre la mesa antes de salir de viaje, y además te mira con cara de “luego no digas que no te avisé”. Y lo primero que hace es llevarnos al origen, no para darnos información, sino para enseñarnos a mirar a Dios con ojos limpios.

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios». Juan no empieza con un “había una vez”, empieza con un “ya estaba”. Y por si aún creemos que se trata de una idea abstracta, insiste. «Él estaba en el principio junto a Dios».  En el principio no hay soledad, hay comunión. Lo primero no es el “yo”, lo primero es la relación. Y eso, dicho con calma, es una noticia inmensa para un mundo que a veces se nos vuelve puro esfuerzo y pura supervivencia.

Y si hoy vienes con dudas, con cansancio o medio desconectado, también es un buen lugar para empezar. Paremos un segundo. Solo con esto ya hay Evangelio, y además nos ahorra muchos discursos.


Todo existe por Él:

La Palabra crea vida.

Juan continúa y nos pone un suelo firme bajo los pies. «Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho». La realidad no nace del absurdo ni del capricho, nace de una Palabra creadora. Y esa Palabra no trae un código para aplastarnos, trae vida para levantarnos. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». Verbo, es decir, la Palabra viva de Dios que crea y sostiene. Aquí Juan nos da un criterio precioso y nada moralista. La luz se reconoce donde la vida crece. No es un foco externo que nos vigila desde fuera, es una vida que ilumina por dentro. Y para que no confundamos luz con simple gusto personal, basta mirar el fruto. Si una “luz” me vuelve más humano, más libre, más capaz de amar con verdad, probablemente viene de Dios; si me encoge, me endurece y me pone a la defensiva, aunque se presente con palabras religiosas, algo se ha torcido. Imaginemos una escena mínima, sin épica. Una conversación tensa en casa o en el trabajo, cada uno con su argumento bien planchado y con su “yo tengo razón” recién sacado del armario, y de pronto alguien afloja el tono, escucha de verdad, pide perdón sin teatro o deja de “ganar” para cuidar la relación. No ha sonado música celestial, pero el ambiente respira. Eso es luz cuando se vuelve vida.


La luz no discute:

Brilla y abre camino.


         «Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Juan no dice que la tiniebla destruya la luz, dice que no la recibe, pero muestra una refinada hostilidad a la hora de no recibir esa luz. Es un matiz finísimo. Muchas veces el problema no es que falte luz, es que cuesta abrirle la puerta. La tiniebla, cuando llega la luz, suele hacer lo suyo: esconderse, justificarse, blindarse. Y nosotros, a veces, hacemos lo mismo con una elegancia admirable: no decimos “no”, solo decimos “ahora no”, que es una forma de dejarlo para la eternidad sin sentirse culpable. Pero la luz no entra a golpes, ni necesita imitar a la oscuridad. Brilla. Y en la medida en que brilla, va quitando espacio a lo que nos apaga. No hay belicismo en el proyecto de Dios; hay perseverancia de amor, que es mucho más incómoda porque no se cansa.

Juan señala la Luz:

Testigo, no protagonista.

En medio del Prólogo aparece Juan el Bautista, y aparece como medicina contra el ego espiritual. «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él». Un testigo no es un foco, es una señal. Y el evangelista lo subraya con una frase que conviene grabar en la memoria. «No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz».  El testigo es como el dedo que señala el amanecer: útil, necesario, pero si te quedas mirando el dedo, te pierdes el sol. El testigo puede orientar; la Luz verdadera es la que transforma por dentro, la que te hace ver y vivir distinto. Por eso Juan remata. «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo». No es luz de unos pocos, no es premio para los mejores. Alumbra a todo ser humano. Y esto nos pone en guardia contra convertir la fe en un podio, porque en cuanto hay podio alguien queda abajo, alguien se queda sin sitio… y el Evangelio no vino a organizar gradas.

Dios pasa cerca:

Sabemos de Él, no lo reconocemos.

Aquí Juan abre un abismo, pero lo abre para despertarnos, no para hundirnos. «En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció». Podemos tener datos, costumbre, incluso vocabulario, y aun así no reconocerlo. Porque Dios no siempre llega con el estilo que nosotros esperaríamos. Nosotros solemos reconocer lo grande, lo ruidoso, lo que impone. Dios, en cambio, entra muchas veces por lo pequeño: una carne humilde, un gesto de servicio, una palabra que no humilla, una presencia que acompaña. Lo pequeño de Dios desconcierta nuestras categorías, porque preferimos un Dios espectacular que nos quite trabajo. Y Él nos ofrece una luz que no nos sustituye, sino que nos despierta. A veces esperamos a Dios con capa, y viene con delantal. Y ahí es donde se nos escapa.

El drama es este:

No lo recibimos en casa.

«Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». Aquí el Prólogo se vuelve espejo. Una cosa es no reconocer por cegueras y prisas; otra es no recibir, cerrar. Lo familiar puede convertirse en el lugar del rechazo. Nos acostumbramos a hablar de Dios, a manejar sus ideas, y cuando Dios se presenta vivo, concreto, encarnado en un amor que descoloca, nos entra la tentación de decirle “un momento”. Es curioso: a veces nos resulta más fácil buscar a Dios lejos que acogerlo cerca. Más fácil imaginarlo en lo extraordinario que recibirlo en lo cotidiano. Y sin embargo, la gran novedad del Evangelio es que Dios no viene a controlarnos; viene a servir y a dar vida. Y eso desmonta cualquier fe usada para tener el mando o para quedarnos tranquilos sin cambiar nada. Porque Dios, cuando entra, no suele pedir permiso a nuestras excusas, y eso siempre nos pilla con la casa interior “en obras”.


La gran noticia:

Hijos por acogida y fe.

Juan no se queda en el rechazo. Abre una puerta inmensa. «Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Recibirlo no es solo estar de acuerdo, es dejar que su vida entre en la nuestra. Y el evangelista corta de raíz el orgullo de las pertenencias. «Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». Hijos no por apellido ni por currículum, sino por don acogido. Y un nacimiento inaugura un camino: se nace y se crece, se recibe y se aprende. Ser hijo no es una etiqueta para sentirse por encima; es una libertad nueva para vivir con confianza y con corazón abierto, como quien deja de respirar a medias. Dicho a lo llano: Dios no nos invita a “portarnos bien para que nos quiera”, sino a dejarnos querer para aprender a vivir bien.

Navidad real:

El Verbo se hizo carne.

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». “Carne” no es un detalle técnico; es nuestra condición frágil, concreta, real. El proyecto de Dios no se realiza en un superhombre para admirar desde lejos, sino en la debilidad humana. Y su gloria no es exhibición de poder; es amor fiel. Aquí conviene, incluso en la lectura, dejar un instante de silencio.

Dejemos que esta frase nos haga espacio. Porque si Dios se hace carne, entonces lo humano no es un estorbo para lo divino; es el lugar donde lo divino quiere brillar. El Bautista vuelve a señalarlo con fuerza. «Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Jesús llega “después” en el calendario, pero es “antes” en el misterio. No estamos ante una idea que nos consuela, sino ante una Presencia que nos precede.

Gracia tras gracia:

Una fuente que se desborda.

«Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia». No una vez y ya está, sino una y otra. La gracia no es un aplauso desde el cielo, es una vida que se comunica. Y cuanto más se comparte, más espacio abre, como una fuente que, cuando le quitas piedras del cauce, no se agota: corre mejor. De ahí el contraste final, dicho sin despreciar la historia, pero mostrando la plenitud. «Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo». La Ley fue don y camino, una pedagogía que ayudó a caminar. Pero ahora la gracia y la verdad tienen rostro, historia, manos. La relación con Dios se vuelve filial: no se sostiene primero en méritos, sino en acogida, y esa acogida nos vuelve semejantes en el amor.

Clave final:

Dios se entiende mirando a Jesús.

«A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Esto no es una frase para ganar un debate, es una llave para vivir. Todo lo que pensemos de Dios merece pasar por Jesús. Lo que se parece a su amor fiel, permanece; lo que no encaja con Él no se defiende a golpes, se deja revisar y purificar a su luz, hasta que quede lo verdadero.

Cierre sencillo:

Abrir la puerta hoy.

Y recibirlo suele empezar por cosas pequeñas, casi domésticas, de esas que no salen en los titulares: Una palabra que hoy sí pronunciamos con calma, una escucha que no interrumpimos, un gesto de paciencia cuando íbamos a ir en automático. La luz no pide permiso para ser luz, solo llama. Menos ideas en el aire: más Jesús delante. Así que la pregunta final no pone peso, abre una posibilidad.

Si el Verbo viene a casa y llama, qué puerta concreta de mi vida está todavía cerrada, y qué gesto pequeño pero real puedo hacer hoy para abrir, aunque me desordene un poco el día, que a veces lo tenemos tan planificado que ni Dios encuentra hueco para sentarse a la mesa. Y aquí queda una frase para llevarnos en el bolsillo: no se trata de conquistar a Dios, sino de dejarnos alcanzar por su luz. 


lunes, 29 de diciembre de 2025

Santa María, Madre de Dios; Lc 2, 16-21; «Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».

 Santa María, Madre de Dios

01.01.2026; Lc 2, 16-21

«Encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».



La buena noticia con la que se abre el año

Los que parecen lejos, para Jesús están cerca.

El primer domingo del año se abre con una buena noticia. Al empezar el año solemos venir con propósitos en la mano… y alguno dura lo que dura el roscón: ilusiona, pero se desmigaja rápido. A veces hacemos “propósitos premium” —de esos que suenan muy bien— y luego la vida nos manda la factura en letra pequeña. El Evangelio, en cambio, nos ofrece algo más hondo: una noticia que cambia nuestra idea de Dios. Quienes la religión —y a veces también nuestro sentido común religioso— suele colocar en la periferia como “los más lejanos de Dios”, para Jesús pueden resultar los más cercanos.

Lucas lo cuenta con una escena sencilla y luminosa:

         «En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre».

         Corriendo. No por protocolo. Corriendo porque han recibido un anuncio que, para ellos, es vida. Cuando la noticia es de verdad buena, no hace falta empujar: los pies se te adelantan solos… como cuando huele a pan recién hecho y dices: “solo voy a mirar”. Sí, claro.

Para captar su fuerza conviene recordar quiénes eran los pastores en la mentalidad de entonces: gente considerada impura por su oficio, marginada, puesta bajo sospecha. En muchos ambientes se los veía como “fuera de la ley” y, por tanto, lejos del culto y de Dios. Incluso circulaban expectativas duras: un Mesías que vendría a “poner orden” castigando a los pecadores. Es decir: algunos esperaban a Dios como quien espera una inspección sorpresa… y, claro, así no hay quien respire.

Dios no viene a ajustar cuentas:

Viene a salvar.

Pero el Evangelio rompe ese guion. Cuando Dios se encuentra con los pecadores no los aplasta ni los humilla; no los “quema” en el fuego de su ira: los envuelve de luz, es decir, de amor. El amor de Dios no aparece como salario por méritos, sino como regalo para la necesidad. Y esto nos descoloca porque, si somos sinceros, a veces preferimos un Dios “previsible”: uno que funcione como un semáforo bien claro —verde para los buenos, rojo para los malos—. El problema es que Jesús no viene con semáforo: viene con abrazo. Y el abrazo, ya se sabe, no se puede controlar con manual de instrucciones.

Por eso los pastores no se esconden: se acercan. Y al ver al niño hacen lo que hace quien se sabe alcanzado: hablan, cuentan, comparten.

«Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño».

 Lo que se les había dicho era la gran novedad; que para ellos había nacido un Salvador, no un justiciero. Es decir, no “el que viene a pasarte lista”, sino el que viene a levantarte.

La misericordia desconcierta

porque descoloca nuestros esquemas.

Sin embargo, la alegría de los pastores no se contagia de inmediato. Lucas describe otra reacción, muy humana: «Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores». Se quedan sorprendidos. Algo no encaja con lo que “se sabía” de Dios. Si uno ha aprendido que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, ¿cómo asimilar que precisamente estos, señalados como impuros, digan que Dios los ha alcanzado con su amor?

Aquí asoma el escándalo de la misericordia, el hilo conductor de todo Lucas: Jesús inquietará especialmente a quienes piensan que el amor de Dios se gana, se administra, se merece… y no han experimentado —como los pastores— el amor como don. Don no para quien presume de estar “a la altura”, sino para quien se reconoce necesitado. Y esto toca una fibra, porque a veces preferimos la idea de “me lo he ganado” a la de “lo necesito”. Lo primero nos hace sentir fuertes; lo segundo nos devuelve a la verdad. Y la verdad, aunque cura, a veces pincha un poco.

Y conviene decirlo con calma; cuando la misericordia es real, no humilla a nadie; más bien nos deja sin excusas. Porque ya no podemos refugiarnos en la idea de “yo estoy dentro, aquel está fuera”. La misericordia nos desmonta ese pequeño “carné de buenos” que a veces llevamos en el bolsillo… y que, curiosamente, suele tener caducidad, pero se nos olvida mirarla. (Y luego nos sorprende el aviso: “este documento ya no es válido”.)

María no se cierra:

Conserva, interpreta y ora en silencio.

En medio del asombro general, Lucas enfoca a María, y lo hace con una delicadeza impresionante: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». María también se sorprende; no es inmune a la novedad. Pero su fe no se defiende cerrándose. Ella guarda, examina, interpreta, busca el sentido verdadero. No descarta lo nuevo porque no encaje con lo de siempre; lo acoge y lo discierne.

Y ese modo de estar ante Dios la hace crecer. María es grande no solo por haber dado a luz a Jesús, sino por el coraje de seguirlo y convertirse en su discípula; por no encerrarse en lo de siempre, sino dejar que la novedad de Dios le ensanche el corazón. Es una fe adulta; no necesita tenerlo todo controlado para confiar. (Que, dicho sea de paso, es un alivio, porque controlar… controlamos poco, y el año nuevo suele recordárnoslo con bastante creatividad.)

El amor nos vuelve íntimos del Señor:

La alabanza nace sola.

Mientras María medita y ora en un silencio recogido, los pastores lo “cantan” con la vida. Lucas continúa: «Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho». Los que eran considerados más lejos se vuelven los que más alaban. Como si Lucas nos guiñara el ojo; los auténticos “cercanos” no son los que se sienten superiores, sino los que han probado el amor de Dios.

Cuando uno experimenta ese amor —regalo por la necesidad, no premio por los méritos— la alabanza deja de ser un deber y se vuelve un impulso natural. El amor nos hace íntimos del Señor. Cambia la imagen de Dios y cambia la situación de la persona: nadie, por su condición, debería sentirse excluido del amor de Dios. Nadie. Ni siquiera el que se excluye solo… que a veces somos bastante profesionales en eso; nos cerramos la puerta por dentro y luego decimos que “no hay salida”.

La novedad de Jesús encuentra resistencias.

Pero el Evangelio no es ingenuo ya que la novedad cuesta. Por eso el texto termina con un detalle que parece rutinario, pero que deja entrever tensión: «Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción».  La circuncisión expresa pertenencia a la tradición de Israel, a la ley, a una identidad recibida. Y, al mismo tiempo, el nombre Jesús recuerda que su misión viene de Dios, antes de nuestros esquemas.

Lucas deja caer, con delicadeza, una idea que la novedad de Dios intenta abrirse paso, pero nosotros a veces tratamos de encajarla en lo conocido, de domesticarla, de hacerla “manejable”. Como cuando queremos que Dios nos bendiga… pero sin mover mucho los muebles por dentro: que entre la luz, sí, pero sin tocar el “orden” que llevamos años defendiendo. Y ahí nace el conflicto: Jesús no seguirá simplemente la vía de “los padres”; seguirá al Padre.

Al comenzar este año, se nos deja una pregunta en el corazón: ¿qué imagen de Dios nos guía de verdad, la del que pasa factura… o la del que se acerca, nos envuelve con su luz y nos salva?


domingo, 28 de diciembre de 2025

El Belén te está hablando...y la mula lo sabe

 


El belén te está hablando…

                                                        y la mula lo sabe


Hay dos figuritas en el belén que suelen vivir en la periferia emocional de nuestra mirada. Están ahí, sí. Pero nosotros, muy dignos, nos entretenemos con lo importante: el río de papel de aluminio (porque si no brilla, no es río), la bombillita del fuego (que “parece de verdad” aunque lleve tres Navidades parpadeando como si pidiera jubilación) y la oveja kamikaze que cada año aparece boca abajo, como diciendo: “He venido a darlo todo”.

Y, mientras tú estás a esas cosas —que también tienen su encanto, no te juzgo—, la mula y el buey te miran. No para criticarte (no tienen WhatsApp). Te miran para recordarte algo enorme:

No están en el belén por costumbre: están como señal. Como mensaje. Como profecía en miniatura.

Benedicto XVI lo subrayó en La infancia de Jesús: en los evangelios no aparecen ni la mula ni el buey. Y aquí viene lo interesante: si no salen en el texto, ¿por qué han entrado en nuestra tradición? Porque el belén no es un adorno mono. El belén es un acto de fe. Y la fe, cuando es fe de verdad, no se queda en “qué bonito”: te recoloca.

Dos animales y una frase que te desnuda el corazón

Estos dos “extras” del portal apuntan, sin decir ni mu, a Isaías:

«El buey conoce a su señor

y el asno, el pesebre de su dueño;

¡pero Israel no conoce,

mi pueblo no entiende!» (Is 1,3).

 

Traducción al castellano cotidiano (con un pellizco de ternura): hasta un animal reconoce a su dueño… y tú, a veces, pasas por delante de Dios como quien pasa delante de un escaparate sin mirar.

Y aquí la cosa se pone seria, pero con una seriedad que cura. Porque en Cristo se cumple el plan de Dios. Toda la historia anterior —patriarcas, profetas, reyes, sabios— estaba mirando hacia Él. Y la mula y el buey, sin discursos ni PowerPoint, te susurran: La historia tiene un centro. Y no eres tú.

No es el progreso, ni la ciencia, ni los poderosos, ni el dinero, ni la ecología como “religión alternativa”, ni la buena voluntad humana como si bastara sola. El eje es un Niño. Dios hecho carne. Amor gratuito que entra en tu vida sin pedir permiso (y menos mal).

El belén te baja del pedestal (con cariño)

Seamos honestos: tenemos una tendencia natural a vivir como si el universo tuviera nuestro nombre en el centro. Y lo notas cuando todo se ordena según “lo mío”: mi prisa, mi agenda, mi imagen, mi control, mi paz (cuando todo el mundo colabora, claro).

Y entonces están ellos, la mula y el buey, tozudos como buenos profesionales del pesebre, repitiéndote lo mismo cada año: El centro no eres tú: es ese Niño.

Puedes intentarlo veinte veces: “este año sí que voy a estar centrado”. Y, aun así, acabar centrado… en el turrón, el ticket regalo y el grupo de WhatsApp familiar que resucita en Adviento como una tradición penitencial. Y ahí siguen ellos, sin moverse, diciéndote: “Mira. Mira bien”.

Te manifestarás en medio de dos animales” (cfr. Hab 3,2). O sea: el sentido de tu vida se te revela en lo sencillo, en lo pequeño, en lo que no presume.

Una pregunta incómoda (pero necesaria) para esta Navidad

Que no te engañe lo apacible del portal. Porque Isaías lanza un contraste duro: el pueblo de Dios no reconoce… y los animales sí.

Y esto va a ti y a mí, no “a la gente en general” (esa gente que siempre tiene la culpa). Así que pregunto suave, pero claro: ¿Esta Navidad está centrada para ti en Jesucristo… o en la logística? ¿Vas a lo esencial… o tu cabeza está en “qué compro”, “qué cocino”, “quién viene”, “quién no viene”, “qué me pongo”, “qué digo” y “por qué nadie valora lo que hago”?

Si vives la Navidad como si Cristo fuera un detalle decorativo, la mula y el buey te dejan en evidencia: ellos reconocen el pesebre de su Señor… y tú puedes pasar sin mirar, con el piloto automático puesto.

Pobreza realista:

lo que Dios te pide sí lo puedes hacer

San Francisco de Asís, con su realismo precioso, lo explicaría así: la misión de esos animales es mínima y a la vez enorme: dar calor. Calentar el pesebre con su aliento. Eso lo puede hacer cualquiera. Hasta el más pobre.

¿Y qué te pide Dios? No te está pidiendo hazañas heroicas de película. No te exige que arregles tu vida en 24 horas ni que seas un santo con agenda de ‘influencer’.

A veces, seamos sinceros, de nuestra boca sale más “rebuzno emocional” que discurso perfecto. Y Dios lo sabe.

Lo primero que quiere Dios de ti

es que te dejes querer.

Que recibas el amor del Niño. Que aprendas a amarle desde ahí. Que te alegres de pertenecer a su familia, la Iglesia. Dios no viene a quitarte cosas: viene a por ti. Y por eso puedes saborear: “siendo rico se hizo pobre, para enriquecernos con su riqueza” (cfr. 2 Co 8,9). Ya habrá tiempo para grandes cosas. Ahora, lo esencial.

Contemplar: lo más “productivo” de estos días

Y, por último, la mula y el buey hacen lo que mejor nos viene en Navidad: contemplar. Mirar al Niño. Estar. Sin prisa. Sin postureo. Sin “a ver si me sale una foto bonita para subir”.

Leí que san Josemaría tenía una imagen del Niño Jesús de tamaño natural para que, en Navidad, sus sacerdotes lo tomaran en brazos un rato: contemplarlo, hablarle, quererlo… y quedarse ahí.

Y aquí va la frase final, con sonrisa y verdad: La mula y el buey no tienen nada mejor que hacer estos días. Y tú tampoco.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Homilía del domingo de la Sagrada Familia; Mt 2, 13-15.19-23; «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto»

Homilía del domingo de la Sagrada Familia

28.12.2025 «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto»

Mt 2, 13-15.19-23

 


La página evangélica de hoy nos pone delante a la Sagrada Familia en un momento especialmente agitado de su historia: primero tiene que huir a Egipto y, después, es el Señor quien la llama a regresar a la tierra de Israel. Mirando cómo la Sagrada Familia atravesó ese tramo nada fácil, intentaremos descubrir algunos mensajes para nuestras familias de hoy.

Una huida real,

leída como Palabra para nuestras familias.

Conviene ir más allá de lo que podría parecer una simple crónica de un acontecimiento doloroso que afectó a la familia de Nazaret. No estamos ante un reportaje periodístico… y mucho menos ante una fábula.

El Evangelio no vive de adornos:

busca el sentido profundo.

Sabemos que, cuando se ha contado esta huida a Egipto, los evangelios apócrifos se han permitido muchas licencias: dejan volar la imaginación y en cada momento aparecen milagros, leones y leopardos escoltando a la Sagrada Familia, palmeras que se inclinan para ofrecer dátiles a María; incluso se dice que Jesús acelera el viaje por temor a que sus padres sufran demasiado el calor. Y, además, curaciones espectaculares, ángeles que acompañan y consuelan a José y a María en las fatigas del camino.

Si no entendemos el género,

se nos escapa lo que Mateo quiere decir.

Si no identificamos el género literario que emplea el evangelista Mateo, corremos el riesgo de perder el mensaje más importante, aquello que a él más le urge comunicar. Los biblistas señalan que aquí no estamos ante una crónica, sino ante un relato de tipo hagádico, una Haggadá הַגָּדָה (haggadá), es decir, una enseñanza transmitida en forma de narración. En el mundo rabínico, este modo de comunicar no busca dar definiciones abstractas o fórmulas, sino contar un relato que, al releer y actualizar la Escritura, nos hace captar el sentido profundo de lo que Dios está haciendo.

Mateo relee la historia de Israel

para mostrarnos quién es Jesús.

La página de hoy es uno de esos relatos rabínicos; se apoya en episodios del Antiguo Testamento y los hace actuales. Mateo compone este relato tomando como punto de partida lo que le ocurrió al pueblo de Israel en Egipto. Su objetivo no es simplemente contarnos un episodio de la vida de Jesús, sino ayudarnos a comprender quién es Jesús y cuál es la misión a la que ha sido llamado. Y nos lo comunica a través del relato que ahora nos iremos aproximando. ¿Lo escuchamos como quien oye una anécdota… o como quien busca, de verdad, dejarse iluminar por Dios en lo concreto de la vida familiar?

Dios guía a José con su Palabra,

no con “magia”.

«Cuando se retiraron los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño». Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel».

Es el Señor mismo quien se comunica

Un ángel del Señor habla a José y le indica qué debe hacer. ¿Quién es ese “ángel del Señor”? Es una figura frecuente en la Biblia, pero no se refiere necesariamente a un personaje que baja del cielo como solemos imaginar. “Ángel del Señor” es una fórmula fija para expresar que es el Señor mismo quien se revela y actúa en favor de las personas. Es Dios quien comunica a José sus designios, su voluntad, y la Escritura lo expresa con esa fórmula.

El sueño, momento de revelaciones divinas

Además, el sueño es otra imagen bíblica para hablar de la revelación de la voluntad del Señor. La Biblia está llena de manifestaciones de este tipo en el Antiguo Testamento. Recordamos a Abraham (cfr. Gn 15, 1-21), a Jacob (cfr. Gn 28, 10-22; Gn 31, 10-13), a José —el que fue a Egipto y llegó a ser el segundo del faraón— (cfr. Gn 37, 5-11; Gn 41, 39-44) y, de modo especial, el sueño de Salomón en Gabaón (cfr. 1 Re 3, 5-15; 2 Cr 1, 7-12).

Dios comunica sus proyectos

Todo esto nos ayuda a entender que no se trata de “fantasías nocturnas”, sino de un modo simbólico de decir que Dios comunica su querer y sus proyectos a alguien que está bien despierto por dentro.

También en el Nuevo Testamento aparece esta imagen y, en el Evangelio según san Mateo, se menciona hasta seis veces. Solo uno de esos sueños no es metafórico, el de la esposa de Pilato, que manda decir a su marido que esa noche ha tenido pesadillas por causa de Jesús de Nazaret, y le advierte que no se meta en problemas ni se enrede en el asunto de ese hombre (cfr. Mt 1, 20; 2, 12-13.19.22; 27, 19).

José destaca por su disposición interior

Los paganos seguían creyendo en revelaciones a través de sueños, mientras que en Israel esa práctica estaba ya en desuso e incluso era rechazada. El modo habitual de conocer la voluntad del Señor era acudir al profeta. Por eso, en nuestro pasaje, la imagen del sueño se introduce para subrayar la disposición interior de José, siempre disponible para pedir al Señor que le muestre lo que debe hacer. Mateo lo presenta como alguien que camina en plena sintonía no con “sus” sueños, sino con los sueños de Dios.

La oración afina el corazón

para reconocer la voluntad de Dios.

Podríamos decirlo con un lenguaje más claro. Eso que el Evangelio llama “sueño” es el momento en que José, en la oración, se deja iluminar por el Señor y entiende lo que se le pide. Es un modo de hablar de cómo Dios puede hablar también hoy a cada uno de nosotros. Cuando abrimos el corazón, nos hacemos disponibles para acoger su luz y, al mismo tiempo, intentamos apagar otras “luces” y otros impulsos que nos distraen, para seguir lo que Él nos indica.

Aprendamos de la actitud interna de José

Aquí aparece un primer mensaje para todos nosotros y, de modo particular, para nuestras familias. Esta actitud interior de José es la que se nos pide cuando deseamos construir la vida no solo según nuestros planes, sino según lo que Dios quiere. Así vive el creyente los momentos alegres y también los dolorosos, incluso lo imprevisto. Todo puede convertirse en ocasión para buscar la luz del Señor y ponernos en sintonía con su voluntad.

Cuando Dios habla,

José no discute, se pone en camino.

Hay un segundo mensaje muy concreto para nuestras familias. Mateo repite varias veces la misma frase, como para que se nos quede grabada. «El ángel del Señor» le dice a José: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto». Y el evangelio añade enseguida que José hizo justamente eso: «José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto»; tomó al niño y a su madre y partió. La repetición no es casual. Nos muestra a un hombre que escucha a Dios y se pone en camino, cuidando de los suyos sin perderse en excusas.


José escucha a Dios obedece

tal y como lo hizo Abrahán

José no pronuncia ni una palabra. Escucha la voz del Señor y de inmediato pone en práctica lo que se le ha pedido. Su actitud está modelada sobre la de Abrahán. También a él el Señor le dijo que dejara su tierra, su parentela y la casa de su padre para ir hacia la tierra que le mostraría. Y Abrahán no respondió con discursos. La Escritura dice, sencillamente, que partió (cfr. Gn 12, 1-4).

Así hace José. No habla, actúa. Es la misma disponibilidad, la misma fe que Dios encontró en Abraham y en José.

¿Con qué imagen de familia nos quedamos al escuchar este relato? A muchos nos ha fascinado el clima de armonía que se percibe entre María y José. Caminan juntos, de acuerdo en las decisiones, y cuesta imaginar que se les escapara una queja amarga contra el destino o contra los responsables de sus desventuras.

María y José buscan lo sueños de Dios

¿Cuál es el secreto de esa serenidad y de esa unidad familiar, la que, en el fondo, todos desearíamos para nuestras casas? El secreto es sencillo. María y José permanecen unidos y serenos en medio de las dificultades porque comparten el mismo punto de referencia para sus opciones. Buscan los sueños de Dios, quieren reconocerlos y seguirlos. En cada momento escuchan la voz del Señor y se dejan guiar por ella.

Tuvieron que afrontar adversidades que podrían haber deshecho a cualquier familia, como sucede tantas veces cuando los problemas, en vez de unir, terminan separando. Con María y José ocurre lo contrario. Las dificultades, vividas juntos a la luz de Dios, no los desunen, sino que consolidan y fortalecen su comunión.

Y hay también un mensaje para cada papá en esta figura preciosa de José. En todo lo que el Evangelio cuenta de él no aparece nada hecho pensando en sí mismo. Cada gesto está orientado al bien, a la vida y a la salvación de los demás. Es un hombre que se olvida de su propio interés, atento al otro, silencioso, siempre disponible para servir a quien necesita su ayuda y su presencia.

Jesús entra en nuestra esclavitud

para abrir un nuevo éxodo.

Llegamos al mensaje más importante, el motivo por el que el evangelista compone este relato. Los dos “cuadros” del pasaje, la huida a Egipto y el regreso a la tierra de Israel, concluyen ambos con una cita bíblica. Su sentido más profundo se descubre precisamente en el cumplimiento de esas palabras.

La primera dice: «De Egipto llamé a mi hijo» (cfr. Os 11, 1). Es una cita del profeta Oseas. Hacia el final de su libro, Oseas presenta una escena de enorme ternura. Habla del cuidado de Dios por su pueblo y lo describe como un padre que colma de cariño a Israel, su hijo primogénito. Le enseña a caminar tomándolo de la mano con delicadeza, lo acerca a su mejilla como quien acaricia con amor, se inclina para darle de comer. Y cuando lo ve reducido a esclavitud, lo hace salir de Egipto y lo conduce hacia la tierra de la libertad.

El Israel del que salen es ese Egipto

Pero el Evangelio de hoy nos obliga a hacernos una pregunta incómoda. Al llegar a la tierra prometida, ¿era Israel verdaderamente libre? Mateo nos sugiere que no. De hecho, la Sagrada Familia se ve obligada a huir. Esta vez no huyen de Egipto, sino que huyen de Israel. Allí reina Herodes, un tirano que se parece al faraón. Sigue los mismos principios, alimenta los mismos ideales de grandeza y de poder.

La “tierra de la libertad” no es simplemente un lugar en el mapa. La tierra de esclavitud estaba en Egipto, puede estar también en Israel y puede aparecer en cualquier parte del mundo. Por eso hace falta un nuevo éxodo, una salida real de tantas esclavitudes.

El Hijo de Dios entra en ese Egipto

para liberarnos.

Y ahí está lo decisivo. Mateo nos dice que el Hijo de Dios ha entrado en ese “Egipto”, ha querido meterse hasta el fondo en nuestra condición de esclavitud, para salvarnos, para sacarnos fuera, para hacernos verdaderamente libres. No es el simple relato de un viaje material. Con esa cita bíblica, Mateo ofrece a sus lectores una primera gran clave para entender todo su Evangelio.

Jesús es el nuevo Moisés que

nos acaudillará hacia la libertad

 Presenta a Jesús como el nuevo Moisés que quiere conducirnos a la verdadera tierra de la libertad, que es el reino de Dios, el pueblo de quienes acogen sus bienaventuranzas y, con Él, construyen un mundo nuevo, por fin más humano.

¿Dónde sentimos hoy que necesitamos hacer ese “éxodo” para vivir en la libertad que Dios sueña para nosotros?

 

Nazaret suena a “brote / retoño” y

Mateo nos invita a mirar con ojos nuevos.

«Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes tuvo miedo de ir allá. Y avisado en sueños se retiró a Galilea y se estableció en una ciudad llamada Nazaret. Así se cumplió lo dicho por medio de los profetas, que se llamaría nazareno».

El evangelista Mateo concluye su relato citando una segunda profecía: «que se llamaría nazareno». Mateo afirma que Jesús se estableció en Nazaret «para que se cumpliera lo dicho por los profetas: «que se llamaría nazareno». Y aquí conviene fijarse bien, porque si recorremos el Antiguo Testamento no encontraremos esa frase literal. Mateo no está citando un versículo concreto, sino haciendo una alusión global, como cuando decimos “esto está en la línea de los profetas”.

Una interpretación muy extendida relaciona “Nazaret” con el hebreo נֵצֶר (né·tser), “brote” o “retoño”, y entonces el eco va hacia Isaías, que anunciaba que del tronco casi apagado de la dinastía de David brotaría un retoño nuevo; lo dice así Isaías: «Dará un vástago el tronco de Jesé, un retoño de sus raíces brotará» (cfr. Is 11, 1).

No es lo mismo ser de Nazaret

que ser consagrado o apartado para Dios

Conviene evitar una confusión bastante común, porque suenan parecido y, sin embargo, no dicen lo mismo. “Nazareno” se refiere a Jesús por su procedencia de Nazaret. Distinto es “nazareo”, que en la Biblia designa al que vive una consagración especial por voto, en hebreo נָזִיר (nāzír), “consagrado” o “apartado” para Dios (cfr. Nm 6, 1-21). Sansón, por ejemplo, es presentado precisamente como nazareo desde el seno materno (cfr. Jc 13, 5). Dicho con delicadeza, no es lo mismo que “nazareno” indique un lugar de procedencia que “nazareo” hable de una consagración por voto, aunque el parecido de las palabras pueda confundirnos.

En el fondo, Mateo parece decirnos dos cosas a la vez: por un lado, que en Jesús comienza a germinar el brote esperado; y, por otro, que Dios elige lo pequeño y lo humilde, porque “Nazaret” no sonaba precisamente a escaparate de grandeza. Dicho con una sonrisa respetuosa: Dios, cuando quiere empezar algo grande, a veces no abre una oficina en la avenida principal, sino en una callecita de pueblo.

Quien visita Nazaret contempla desde lo alto las montañas que rodean la pequeña elevación donde hoy se alza la basílica de la Anunciación. Y queda una impresión nítida. Es como estar ante una flor abierta. Las montañas, dispuestas a modo de anfiteatro, parecen pétalos; en el centro, como un pistilo, el poblado que existía en tiempos de Jesús. Tal vez esa misma forma del terreno fue la que dio nombre a aquel lugar. Un “brote” que florece, un pueblo que se abre como una flor.

Jesús es ese brote del que

surgirá algo totalmente nuevo

Cuando Jesús vuelve de Egipto y se instala en Nazaret, Mateo dice que por eso se le llamó “nazareno”. Y muchos han visto aquí un juego de resonancias con el hebreo נֵצֶר (né·tser), que significa “brote” o “retoño”. Si es así, el pensamiento se nos va enseguida a Isaías, que anunciaba que del tronco casi apagado de la dinastía de David volvería a nacer vida, como un retoño que sale de sus raíces (cfr. Is 11, 1). Mateo, al sugerir este eco, nos invita a mirar a Jesús como el comienzo de algo nuevo que Dios hace germinar desde lo pequeño. Es el inicio del verdadero Reino, el que no tendrá fin, nacido como un brote humilde en la familia de David.

José no “parece” padre,

es padre de verdad.

Quisiera terminar con una última reflexión sobre José. Yo he usado para él la palabra “padre”, sin añadir “putativo”. En esta tierra, él es verdaderamente el padre de Jesús. Porque, junto con María, fue él quien hizo “humano” a Jesús. Fue él quien lo ayudó a crecer, comunicándole los valores que caracterizan al verdadero hombre.

No identifiquemos la paternidad solo con la transmisión biológica de la vida. Padre es quien hace crecer a un niño como hombre, aunque no le haya dado la vida biológica.

Padre es quien enseña a vivir como persona, quien transmite lo humano, los valores con los que un hijo aprende a ser hombre de verdad. Ese es el verdadero padre

José precisamente sembró en Jesús esos valores que lo caracterizan. La capacidad de amar, la atención al otro, el olvido de uno mismo por el bien de los demás, la honestidad, la rectitud, la sensibilidad hacia el pobre. Eso es lo que dibuja al verdadero hombre.


José le educó en los auténticos valores

de la Alianza de Dios

con el Pueblo de Israel

Recordemos, además, que Jesús era “alérgico” a toda hipocresía. ¿Dónde aprendió todo esto? ¿Quién le ayudó a interiorizar esos valores, si no el padre? Jesús creció educado en la atención a los últimos, en ser amigo de quien se ha equivocado en la vida, en amar y valorar a los extranjeros, a los samaritanos.

José no llegó a escuchar a Jesús predicar. Pero en las palabras de Jesús, en el mensaje de amor que anunció, podemos leer como en filigrana los valores que aprendió observando la vida de sus padres. Ese padre y esa madre que el Padre del cielo puso a su lado para que creciera con valores capaces de reflejar el rostro del Padre celestial.

Si el Padre quiso mostrar en Jesús de Nazaret su propio rostro, dispuso que fuera esta pareja de esposos la que educara a su Hijo unigénito, para que pudiera parecerse plenamente a Él. Y mirando cómo hicieron crecer a este hombre, Jesús de Nazaret, podemos decir que el Padre del Cielo eligió a las personas adecuadas.


jueves, 25 de diciembre de 2025

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