sábado, 4 de abril de 2026

“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)

 


“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)

        Mirad, cuando yo hablo de la venida final del Señor, no me sale hacerlo desde el miedo. Me sale hacerlo desde la esperanza. Porque nosotros, en el fondo, no esperamos una catástrofe: esperamos a Jesucristo. Y eso cambia completamente la manera de mirar el final de la historia.

A veces, cuando se oye hablar del fin de los tiempos, parece que todo se llena de sombras, de inquietud, de preguntas raras, de imágenes que asustan. Pero yo quisiera decírselo a los niños, a los jóvenes, a los mayores, con toda sencillez: al final no viene el caos; al final viene Él. Viene el Señor resucitado. Viene el que pasó por la cruz, sí, pero la cruz no tuvo la última palabra. Viene el que venció a la muerte. Viene el que salió vivo del sepulcro. Viene el que nos ama hasta el extremo.

Y por eso, cuando yo pienso en su regreso, no pienso primero en el susto. Pienso en una alegría inmensa. Pienso en la hora en que por fin quedará claro, para siempre, que la vida ha triunfado y que el amor ha vencido. Pienso en el momento en que toda lágrima encontrará consuelo, en que toda fidelidad escondida será iluminada, en que todo lo que aquí vivimos con fe llegará a su plenitud.

A mí me gusta mucho decir una cosa muy sencilla: nosotros no esperamos “algo”; esperamos a Alguien. Esperamos a Jesús. No esperamos una fuerza anónima. No esperamos un destino ciego. No esperamos una especie de final impersonal. Esperamos al Señor. Al mismo Jesús del Evangelio. Al mismo que abrazaba a los pequeños. Al mismo que tocaba a los enfermos. Al mismo que levantaba a los caídos. Al mismo que miraba con ternura. Al mismo que, resucitado, mostró sus llagas y regaló la paz.

Por eso la esperanza cristiana no es una teoría. La esperanza cristiana tiene rostro. Y ese rostro es el de Cristo resucitado.

Y esto, cuando uno lo explica a los niños, es precioso. Porque los niños entienden muy bien lo que significa esperar a alguien amado. Entienden lo que es mirar una puerta con ilusión. Entienden lo que es preparar algo con cariño porque va a venir alguien importante. Entienden lo que es ponerse contentos antes de tiempo. Y yo creo que ahí hay una clave muy honda para la catequesis: esperar al Señor no es vivir asustados, sino vivir deseándolo.

A mí me conmueve pensar que el corazón cristiano debería parecerse un poco al corazón de un niño que está pendiente de la puerta. Un niño que no calcula, sino que espera. Un niño que no se encierra en sus miedos, sino que se abre a la alegría. Un niño que no dice: “Ojalá no venga”, sino que dice: “¡Ojalá llegue ya!”. Eso, llevado al alma creyente, es una maravilla. Eso es lo que la Iglesia ha rezado desde el principio con esa invocación tan breve y tan ardiente: “¡Ven, Señor Jesús!”. מָרָנָא תָא. Maranathá.

Qué oración tan pequeña y qué grande es por dentro. Porque cuando yo digo: “Ven, Señor Jesús”, estoy diciendo mucho más de lo que parece. Estoy diciendo: “Señor, te necesito”. Estoy diciendo: “Señor, no quiero vivir lejos de Ti”. Estoy diciendo: “Señor, creo que Tú eres la meta de la historia”. Estoy diciendo: “Señor, sólo en Ti se cumple del todo mi esperanza”.

Y aquí hay algo que me parece muy importante subrayar: nosotros no sabemos cuándo va a venir el Señor. No se nos ha dado esa fecha. No vivimos pendientes de cálculos, ni de curiosidades, ni de especulaciones. Pero eso no enfría nuestra espera. Al contrario. No saber el día no apaga el deseo; lo purifica. Nos enseña a vivir siempre preparados, siempre despiertos, siempre con el corazón en vela.

Por eso yo diría que la esperanza cristiana no consiste en adivinar el calendario de Dios. La esperanza cristiana consiste en vivir orientados hacia Cristo. Consiste en levantarse por la mañana y, en medio de las tareas más normales, seguir teniendo dentro del alma esa certeza: “Mi vida camina hacia un encuentro”. Consiste en amar sabiendo que el amor no se pierde. Consiste en sufrir sin desesperar. Consiste en trabajar, en servir, en cuidar, en rezar, en educar, en acompañar, en luchar por el bien, y al mismo tiempo seguir diciendo por dentro: “Señor, cuando quieras, ven”.

Y ahí entra la Pascua de una manera bellísima. Porque yo no sé cuándo volverá el Señor, pero sí sé desde dónde lo espero. Yo lo espero desde la Pascua. Lo espero como Resucitado. Lo espero con luz de Pascua. Lo espero sabiendo que la última palabra ya empezó a resonar en la mañana de la Resurrección. La piedra removida, el sepulcro vacío, la victoria sobre la muerte… todo eso no es sólo un recuerdo del pasado. Es el comienzo del futuro definitivo.

Por eso, cuando hablo con niños y con familias, me gusta decir: nuestra espera tiene sabor de Pascua. No es una espera gris. No es una espera tensa. No es una espera triste. Es una espera luminosa. La Iglesia espera al Señor como una esposa espera al esposo, como una familia espera a quien ama, como unos hijos esperan a quien saben que les traerá la plenitud de la alegría.

Y entonces la catequesis cambia de tono. Ya no se trata de meter miedo. Se trata de ensanchar el corazón. Ya no se trata de decir: “Cuidado, que viene”. Se trata de decir: “Qué alegría: el Señor vendrá”. Ya no se trata de vivir encogidos, sino de vivir despiertos. Ya no se trata de una amenaza, sino de una promesa.

A mí me gustaría mucho que los niños crecieran con esta convicción: “Jesús puede venir, y yo quiero que me encuentre queriéndolo”. Me parece una idea preciosa. Muy sencilla, muy profunda y muy verdadera. Esperar al Señor es vivir de tal manera que, si hoy llamara a la puerta, yo pudiera abrirle con alegría. Eso es lo importante. Que nos encuentre con el corazón encendido. Que nos encuentre amando. Que nos encuentre con ganas de correr hacia Él.

Porque, en el fondo, esa es la gran pregunta: si el Señor llamara hoy, ¿cómo querría encontrarme? Y la respuesta no tiene que ver con cosas espectaculares. Tiene que ver con lo esencial. Querría que me encontrara rezando. Querría que me encontrara perdonando. Querría que me encontrara sirviendo. Querría que me encontrara sin haber endurecido el corazón. Querría que me encontrara con esa alegría humilde de quien sabe que todo lo espera de Él.

Y aquí, otra vez, los niños nos enseñan muchísimo. Porque ellos tienen una manera limpia de desear. Tienen una manera limpia de esperar. Tienen una manera limpia de alegrarse. Y quizá por eso me parece tan bonito pensar en ellos expectantes, atentos, casi mirando si Jesús llama. No por nerviosismo, sino por amor. No por angustia, sino por ansias santas. Qué expresión tan bonita: ansias santas. El corazón que desea a Cristo. El corazón que dice: “Ven, Señor, porque contigo todo será plenamente verdad, plenamente bueno, plenamente hermoso”.

Yo creo que eso hay que enseñarlo mucho: desear a Cristo. No sólo obedecerle. No sólo saber cosas sobre Él. No sólo repetir fórmulas. También desearlo. También echarlo de menos. También querer su presencia. También decirle con verdad: “Señor, yo quiero estar contigo”. Porque un cristiano maduro no es sólo el que conoce la doctrina; es también el que ha aprendido a amar la venida del Señor.

Y por eso la historia, para nosotros, no termina en un abismo. La historia termina en Cristo. No termina en la derrota del bien. No termina en la victoria de la muerte. No termina en la nada. Termina en el Señor. Termina en la plenitud de su Reino. Termina en la manifestación definitiva de su amor. Termina en la Pascua llevada a su cumplimiento total.

Qué consuelo da pensar esto. Qué fuerza da. Qué paz da. Porque entonces uno entiende que ninguna fidelidad es inútil, que ninguna lágrima ofrecida se pierde, que ninguna obra de amor cae en el vacío. Todo camina hacia Él. Todo encuentra en Él su sentido último. Todo espera su luz definitiva.

Por eso yo hoy querría dejar en el corazón de todos, de los niños y de los mayores, esta certeza tan sencilla y tan grande: nosotros vivimos esperando a Jesús. Y lo esperamos con alegría. Lo esperamos con esperanza. Lo esperamos con el corazón despierto. Lo esperamos con deseo. Lo esperamos como se espera la plenitud de una promesa largamente amada.

Y por eso rezamos así, con toda el alma:

¡Ven, Señor Jesús!  מָרָנָא תָא Maranathá. Ven, Señor Jesús, porque esta humanidad te necesita. Ven, Señor Jesús, porque hay muchos corazones cansados esperando consuelo. Ven, Señor Jesús, porque los niños te esperan con alegría limpia. Ven, Señor Jesús, porque queremos vivir preparados para Ti. Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado la vida.

Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado el amor.
Ven, Señor Jesús, porque nuestra esperanza tiene tu nombre.

Y ojalá, cuando Él venga, nos encuentre así: no paralizados por el miedo, sino ensanchados por la esperanza; no escondidos, sino esperándolo; no distraídos, sino vigilantes; no fríos, sino enamorados.

Porque, al final, eso es ser cristiano: vivir con el corazón vuelto hacia Cristo.

Homilía del Domingo de Resurrección del Señor - Homilía del Domingo de Resurrección del Señor

 

Homilía del Domingo de Resurrección del Señor

Jn 20, 1-9

 

Si María Magdalena hubiera ido al sepulcro un día antes, también habríamos celebrado la Pascua un día antes.

Juan sitúa la escena con un detalle que no es simplemente cronológico: «el primer día de la semana», literalmente, el primero después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro (cfr. Jn 20,1). Ese apunte, en realidad, ya está diciendo mucho. María no va enseguida, no corre inmediatamente después de la sepultura de Jesús. Espera a que pase el sábado. Espera porque todavía está dentro del horizonte de la observancia, todavía marcada por la ley, por el descanso sabático, por una forma de fidelidad religiosa que aún no ha dado el paso hacia la novedad plena.

La observancia puede retrasar

lo que Dios ya está haciendo nacer.

Eso es lo que el evangelista quiere hacer percibir. La observancia de la ley retrasa la experiencia de la nueva creación inaugurada por Jesús. No la anula, pero sí puede demorarnos. Y aquí el texto toca algo muy nuestro. También nosotros podemos permanecer aferrados a formas correctas, a costumbres buenas, a seguridades respetables, y sin embargo llegar tarde a la vida. Porque la novedad de Dios no siempre entra por los caminos que nosotros habíamos dejado bien ordenados.

Cuando Juan habla del «primer día de la semana», no se limita a señalar una fecha. Está evocando el primer día de la creación. Está diciendo que, en Jesús, comienza una creación nueva. Y lo que verdaderamente nace de Dios no conoce la muerte ni tiene en la muerte su última palabra. Pero la comunidad, representada aquí por María Magdalena, sigue todavía condicionada por la lógica antigua y por eso tarda en entrar en la experiencia de la resurrección.

María llega al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Y en Juan la oscuridad nunca es un mero detalle ambiental. Es imagen de la incomprensión de la comunidad, que aún no ha comprendido de verdad a Jesús, el que se había presentado como «luz del mundo» (cfr. Jn 8,12), ni ha dejado que su palabra ilumine hasta el fondo la mirada. A veces no estamos en tinieblas porque falte luz, sino porque seguimos mirando con los ojos de antes.

Ve que la piedra ha sido quitada del sepulcro. Y su primera reacción es correr adonde están Simón Pedro y el otro discípulo. Jesús había dicho que llegaría la hora en que cada uno se dispersaría por su lado (cfr. Jn 16,32). Pues bien, ahora el evangelista le confía precisamente a esta mujer una tarea hermosa: María Magdalena aparece como la que vuelve a reunir a los dispersos, la que pone de nuevo en movimiento a las ovejas que se habían desperdigado.

Y el anuncio que lleva tiene un peso particular: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (cfr. Jn 20,2). No dice “el cuerpo”, sino “el Señor”. Incluso en medio de su desconcierto, sus palabras dejan asomar algo más hondo. Jesús no es nombrado como un simple cadáver ausente. Hay ya, incluso sin saberlo, una rendija abierta hacia la fe.

Al Viviente no se le encuentra

en el lugar de la muerte.

Pedro y el otro discípulo salen corriendo hacia el sepulcro. Pero van justamente al único lugar donde no debían buscarlo. Lucas lo expresará con una claridad luminosa: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (cfr. Lc 24,5). La pregunta no vale solo para aquellas mujeres ni solo para aquellos discípulos. Vale también para nosotros.

Porque nosotros también buscamos al Señor donde ya no está. Lo buscamos en lo acabado, en lo cerrado, en aquello que ya hemos dado por perdido. Lo buscamos en nuestras nostalgias, en nuestras heridas, en nuestras culpas, en nuestros pequeños sepulcros interiores. Y el sepulcro puede guardar un recuerdo, pero no puede retener al Resucitado. Jesús no puede ser aprisionado en el lugar de la muerte. Él es el Viviente.

Por eso, cuando uno se relaciona con alguien o con algo solo desde la pérdida, solo desde la ausencia, solo desde lo que terminó, acaba sin poder experimentar una presencia viva y vivificante. Es una observación muy sencilla y, al mismo tiempo, muy seria. Si seguimos mirando solo la tumba, no aprenderemos a reconocer la vida nueva. Dicho de otro modo: el sepulcro vacío no sirve para instalarnos allí, sino para obligarnos a salir de allí

Corren los dos discípulos. Llega primero el discípulo amado, el que ha hecho experiencia del amor de Jesús. Pedro llega más tarde. Y tampoco este detalle parece casual. Pedro había rechazado dejarse lavar los pies; no había aceptado del todo el amor de Jesús expresado en el servicio. No había comprendido todavía que el Señor se revela precisamente abajándose. Y a veces uno llega más tarde no porque tenga menos fuerza, sino porque le ha costado más dejarse amar.

Sin embargo, el otro discípulo no entra enseguida. Se detiene y deja que Pedro pase primero. Y este gesto tiene una profundidad muy grande. Es importante que el discípulo que traicionó a Jesús, el discípulo para quien la muerte parecía el final de todo, sea el primero en asomarse a la experiencia de una vida que va más allá de la muerte. El Evangelio tiene esta delicadeza: no humilla al que cayó, sino que le abre camino para que vuelva a empezar.

Luego entra también el otro discípulo. Y Juan lo dice con una sobriedad inmensa: «vio y creyó» (cfr. Jn 20,8).

La Pascua no se entiende

solo mirando un sepulcro vacío.

Pero el evangelista añade enseguida una advertencia decisiva: «todavía no habían comprendido la Escritura», es decir, «que él debía resucitar de entre los muertos» (cfr. Jn 20,9). Y aquí está uno de los centros del pasaje. La fe en la resurrección no nace simplemente de constatar una ausencia dentro de la tumba. No basta ver un signo. No basta comprobar que la piedra ha sido corrida o que el sepulcro está vacío. Todo eso puede sacudir, puede inquietar, puede abrir preguntas. Pero no basta para creer de verdad.

Juan quiere impedir una comprensión superficial de la Pascua. La resurrección de Jesús no es un privilegio concedido a un personaje admirable de hace dos mil años. No es un recuerdo extraordinario que contemplamos desde lejos. Es una posibilidad abierta a los creyentes. Es la irrupción de una vida nueva que empieza ya ahora allí donde la Palabra es acogida de verdad.

La Escritura, recibida en el corazón del discípulo, no sirve solo para informar ni para adornar una idea religiosa. La Palabra del Señor, cuando encuentra espacio en nosotros y se vuelve carne en nuestra vida, transforma. Y esa transformación hace nacer una calidad nueva de existencia. Es ahí, en una vida tocada y renovada por la Palabra, donde el Resucitado se deja reconocer.

No creemos que Jesús ha resucitado solo porque haya un sepulcro vacío. Creemos cuando lo encontramos vivo y vivificante en nuestra propia vida. Cuando algo que estaba apagado vuelve a encenderse. Cuando una herida deja de ser solo herida y comienza a convertirse en lugar de compasión. Cuando donde veíamos cierre empieza a abrirse un camino. Cuando la oscuridad no desaparece de golpe, pero ya no tiene la última palabra.

Quizá ahí se nos abre hoy una pregunta sencilla y verdadera: ¿seguimos buscando al Señor en nuestros sepulcros, o nos atrevemos a reconocerlo allí donde ya está haciendo nueva la vida?

miércoles, 1 de abril de 2026

Sermón o Meditación de las Siete Palabras

 

Meditación de las Siete Palabras

Viernes Santo, 3 de abril de 2026

         

         «Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía Inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí».

        

         Los santos nos enseñan a presentarnos delante de Dios. Estamos en Semana Santa, y durante todos estos días estamos acompañando muy de cerca a Jesús. Todos nosotros desfallecemos muy fácilmente y con frecuencia a causa de nuestra debilidad, por eso le suplicamos que custodie nuestros corazones, que nos lo consagre y que bajo su protección nos podamos acoger, porque en tu compañía, Señor Jesús, queremos estar.

 

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!   

Primera Palabra:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)

        Nuestro Señor Jesucristo nos suele decir, y te acordarás muy bien, porque cuando se lo oyes te molestas porque crees que Jesús te quita la razón, que «no hagáis frente al que os agravia» (Mt 5, 39) y «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5, 44-45).

 

         San Agustín de Hipona, cuando habla del poder de la oración en el sermón 80 nos dice lo siguiente: «En primer lugar, no olvidándose ni siquiera en la cruz de quién era, nos demostró su paciencia y nos dio un ejemplo de amor a los enemigos; viéndolos rugir a su alrededor, Él, que en cuanto médico estaba al tanto de su enfermedad, conocía la locura que les había hecho perder la razón, acto seguido dijo al Padre: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen. ¿O pensáis que esos judíos no eran malvados, inhumanos, crueles, belicosos y enemigos del Hijo de Dios? ¿Pensáis que estuvo de más o que fue inútil el grito: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen? Veía a todos, pero entre ellos reconocía a quienes iban a ser de los suyos».

 

         Todos los que le insultaban, escupían, se burlaban, todos los que pleno pulmón participaban de aquel griterío de aquel ‘¡crucifícale, crucifícale!’ no eran más que simples marionetas en las manos del mismo Satanás. Jesucristo estando clavado en la cruz sabía que era así. Era la enfermedad de todos aquellos que le insultaban, se reían de Él…, era sus pecados los que se manifestaban con tanta agresividad.

         ¿Se acuerdan ustedes de aquel oficio ya desaparecido que ejercían aquellas mujeres que desempeñaban de telefonistas, cada cual ocupando una posición en el cuadro de interconexiones? Que tras conectar un extremo del cable a la clavija de la luz que se encendía, la telefonista se comunicaba con el abonado y conectaba el otro extremo con el centro al que deseaba llamar. Pues imagínense ustedes que uno quiere hablar con una persona que además está empecatada (es el pecado el que habla por medio de ella). Uno desea hablar con esa persona, pero le conectan con la soberbia y el pecado de esa persona; a lo que uno empieza a reclamar diciendo que uno no quiere hablar con la soberbia de esa persona, sino que desea hablar con la persona.

         Por eso hacemos nuestras esas palabras de Jesucristo, cuando estaba clavado en el madero de la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Padre, perdónalos porque es Satanás el que habla por medio de ellos.

 

Reflexión breve:

         Conviene detenerse aquí y mirar esta palabra como una verdadera escuela del Evangelio. San Lucas presenta a Jesús crucificado no sólo como víctima del odio humano, sino como intercesor. Mientras los hombres descargan violencia, Cristo responde con una súplica. La cruz empieza ya a mostrarse como lugar de mediación: el Hijo no sólo padece, también ora por los que le hieren. Por eso esta primera palabra no es un detalle piadoso, sino una revelación del corazón de Dios.

         Además, cuando Jesús dice «no saben lo que hacen», no está diciendo que el mal carezca de gravedad. Está mostrando que el pecado ciega, desfigura y oscurece al hombre. La ignorancia no suprime automáticamente la culpa, pero sí abre un horizonte de misericordia.

La tradición de la Iglesia ha conservado esta palabra con enorme fuerza precisamente porque armoniza con todo el Evangelio: Cristo había enseñado a amar a los enemigos, y en la cruz cumple lo que había predicado.

         Para nuestra vida espiritual, esta palabra enseña a distinguir a la persona de su pecado, a no responder al mal con más mal y a comprender que el perdón cristiano no es debilidad, sino victoria interior. Perdonar no es llamar bueno a lo malo; es negarse a que el odio ocupe el centro del corazón.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!  

Segunda Palabra:

«Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23, 43)

        

         «39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!» 40 Pero el otro le increpó: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» 42 Y le pedía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» 43 Jesús le contestó: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23- 39-43)».

 

Nuestro Señor Jesucristo defiende siempre a los sencillos y protege continuamente a los que confían en su misericordia.

         San Roberto Belarmino, en su Explicación literal de la segunda palabra dice lo siguiente: «San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premió tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo».

         Jesucristo estando crucificado no contestó una palabra a las maldiciones y reproches de los sacerdotes y soldados, pero ante el clamor de un pecador confesándose rompió el silencio para poner sobre sus hombros a esa oveja extraviada que se le había perdido. Cuando es injuriado no abre su boca, porque Él es paciente; cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque Él es benigno.

         El príncipe del Mal, Satanás en estos días está muy estresado. Está haciendo miles de horas extraordinarias para conseguir doblar la voluntad de Jesucristo y desea que Jesucristo desobedezca al Padre y quiere que no muera en la cruz. Satanás constantemente está tentando a Jesucristo y además ha puesto a todos en su contra: uno le traiciona por treinta monedas de plata (Mt 26, 15); el otro diciéndole que jamás le traicionará y le traicionó tres veces antes de cantar el gallo; los otros que estaban con él desaparecieron, menos Juan, su Santa Madre y unas pocas mujeres que permanecieron fieles; los miembros del Sanedrín que estaban fuera de sí y esa multitud enfurecida pidiéndole a gritos la crucifixión; los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban de él diciéndole: 42 «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡Es rey de Israel!; pues que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha puesto su confianza en Dios; pues que le salve ahora, si es que de verdad le quiere. De hecho dijo: ‘Soy hijo de Dios’». (Mt 27, 42-44). Satanás había preparado muy bien el terreno para que Jesús mordiera el anzuelo y desobedeciera al Padre. Había pervertido, envenenado, intoxicado todo. Satanás sabía que si Cristo moría en la cruz únicamente tendría que conformarse con ganar algunas batallas aisladas pero que la guerra definitiva y decisiva la iba a perder de un modo estrepitoso. Satanás es tan ruin y miserable que hizo que incluso uno de los malhechores crucificados con Él le insultaba y le increpaba diciéndole: «¿No eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!» (Lc 23, 39). En cambio, el otro dio la cara por Jesús, se arrepintió de su pecado e hizo una profesión de fe en Jesús reconociéndole como su salvador.

 

Reflexión breve:

         Esta segunda palabra es una de las más consoladoras de toda la Pasión. El buen ladrón no tiene tiempo para rehacer su historia, ni para reparar externamente el daño que hizo, ni para presentar méritos. Sólo tiene una súplica humilde y verdadera: «Jesús, acuérdate de mí». Y eso basta para que se abra para él la promesa. La salvación aparece aquí con toda claridad como gracia ofrecida al que se reconoce necesitado.

         Conviene fijarse en que el centro de la respuesta de Cristo no es sólo el «paraíso», sino sobre todo el «conmigo». La bienaventuranza no consiste primero en un lugar, sino en estar con Jesús. Y el «hoy» de san Lucas no es un simple dato de calendario: es el hoy de la salvación, el momento en que Dios irrumpe y cambia definitivamente el destino del hombre. En la cruz, cuando todo parece acabarse, Jesús sigue salvando.

         Catequéticamente, esta palabra corrige dos errores frecuentes: pensar que Dios ama sólo a los que llegan presentables, y pensar que la conversión consiste en exhibir méritos. El buen ladrón no ofrece méritos; ofrece verdad. Reconoce su culpa, defiende la inocencia de Cristo y se abandona a su misericordia. Por eso esta palabra enseña que nunca es tarde para volver y que el verdadero paraíso es Cristo mismo.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!  

Tercera Palabra:

«He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre» (Jn 19, 26)

        


           
             Jesús sigue sin pensar en Él mismo a pesar de todo lo que está sufriendo, y es que le falta aún el mejor de todos sus regalos a la humanidad: Su Madre, que es lo único que le queda al que ya nada tiene.

         San Ireneo de Lyon nos dice, «el nudo de la desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con Eva, llaman a María `Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: «la muerte vino por Eva, la vida por María» (LG. 56).

         La Virgen María obedeció aun sin entender. Ella se fio totalmente de Dios aun cuanto todo le era contrario. Ella mantuvo la obediencia a la fe. La Virgen María sabía que la voluntad de Dios es, sin lugar a dudas, la mejor. Es cierto que a corto plazo uno puede llegar a pensar que Dios a uno le ha abandonado. Y el Demonio que está siempre molestando y catequizando, envenenándote con frases como ‘Dios no te quiere, porque de quererte no te hubiera pasado esto o lo otro’.

Ahora mismo está de pie ante la cruz, viendo cómo agoniza el hijo de sus amores. Ella no profiere palabras de amenazas contra los romanos ni contra los que de Él se burlan. Ella se acuerda del anuncio del arcángel San Gabriel que le dijo que iba a ser la madre de Dios y ahora su Hijo desea que sea la madre de la Iglesia. La Virgen medita en el silencio de su corazón cómo Dios ha estado grande con Ella y cómo lo seguirá estando, aunque ahora vea dolor por todos lados.

El Templo es como si fuera el seno materno donde la Iglesia va gestando a nuevos cristianos. Nos alimenta con la Palabra, con los sacramentos y vamos creciendo en la fe. Una fe que creemos tener conseguida, pero que en realidad es muy tímida y pequeñita. Una fe tan pequeña que no nos movería para dejarlo todo ni cometer una locura de amor por Cristo. Una fe que creemos tener pero no tenemos, porque de tenerla los signos de la fe que son la caridad y la comunión no pasarían desapercibidos. La Virgen, como Madre Nuestra que es, como Discípula predilecta de Cristo, nos coge de la mano y nos enseña a vivir desde la fe en su Hijo y Nuestro único Redentor.

 

Reflexión breve:

         Esta tercera palabra tiene un alcance más hondo que un simple gesto de previsión doméstica. San Juan la sitúa en la «hora» de Jesús, es decir, en el momento decisivo de su glorificación en la cruz. Allí no sólo se atiende a María; allí nace una relación nueva. El discípulo amado aparece como figura del discípulo verdadero, y María es entregada como madre a esa comunidad naciente de los redimidos.

         La intuición de san Ireneo ayuda mucho a leer este pasaje: María es contemplada como nueva Eva. Si en la historia primera la desobediencia abrió una herida, en María la obediencia de la fe se convierte en camino por donde Dios empieza a desatar lo que el pecado había anudado. Por eso, junto a la cruz, María no es sólo la madre que sufre; es también la creyente que permanece y la madre que acompaña el nacimiento del pueblo nuevo.

         Espiritualmente, esta tercera palabra enseña que la fe no se vive en solitario. Cristo no salva individuos aislados, sino que reúne hijos. Nos da una Madre y nos introduce en una comunión. Y María nos enseña un modo muy concreto de creer: permanecer cuando no se entiende todo, guardar silencio sin dejar de fiarse y sostenerse en la voluntad de Dios incluso cuando alrededor todo parece oscuro.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!  

Cuarta Palabra:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46)

        

         San Agustín cuando hace la exposición del salmo 49 nos dice: «Cuando el Señor vino, lo hizo ocultamente, puesto que venía a padecer; y aun siendo fuerte por sí mismo, se manifestó débil en la carne. Era necesario verlo sin comprenderlo; ser despreciado y hasta ser matado. La hermosura de su gloria estaba en su divinidad, pero está oculta bajo su ser corporal. Porque si lo hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de la gloria». Hay muchos que me dicen que si ellos hubieran conocido a Jesús caminando por Galilea, hubieran dejado todo por seguirle hasta la muerte. Sin embargo muchos judíos habían en tiempo de Jesús, muchos le conocían y otros le odiaban y otros casi no le hicieron ni caso, no reconociendo en Él al Verbo encarnado. ¿Por qué iba a ser contigo distinto?         


          Jesús, el Hijo de Dios, caminó entre nosotros, tuvo hambre y sed, y cuando estuvo cansado, se sentó; cuando estaba rendido en su cuerpo, se durmió. Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Jesús, en la debilidad de su carne gritó «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», no fue un grito de desesperación, sino que grita desde la certeza de la fe de que Dios Padre está con Él

Cristo no profería amenazas ni insultos. Cristo sabe distinguir entre las personas y lo que las personas opinan, sienten o su ideología. No lo mezcla, lo distingue porque la dignidad de la persona queda siempre intacta. Nosotros enseguida clasificamos a los demás por lo que piensan, por sus tendencias políticas o ideológicas condicionando todo a ello. ¡Cuántas veces he oído desear el mal a una persona por ser de otro partido político o por pensar de modo diferente!

Nuestra guerra no la tenemos que afrontar contra mi hermano, sino que la tenemos dentro de nosotros mismos, porque es mi pecado personal el que se manifiesta en el exterior. ¿Por qué actuó como actuó Caín al matar a Abel? ¿Por qué David quería acabar con Saúl? (1 Sam 24)? ¿Por qué Esaú quería matar a su hermano Jacob? ( Gn 27, 41). Era el pecado que anida en el corazón del hombre el que irradia rayos de maldad.

Jesús en la cruz sabía que su único enemigo es Satanás, el mismo Satanás que expulsó de muchos poseídos con sus palabras, miradas y con sus manos. Satanás está usando del pecado de esos corazones para proferir un gran ataque contra Jesús. Ante el ataque feroz de Satanás contra Jesús en la Cruz tentándole de que bajase de la Cruz y que así no sufriera, ante este cruel ataque del Maligno, Cristo hace uso del arma más potente contra Satanás, proclama un versículo de la Palabra de Dios. El Demonio no soporta la Palabra de Dios, le quema por dentro. Es como si fuera para él una lluvia radiactiva que le abrasa. Jesús tiene los pies y las manos clavadas en el madero de la cruz. Casi no puede respirar a causa de tan gran tortura. Le cuesta ver porque tiene la frente ensangrentada y los párpados hinchados por los puñetazos y latigazos. Lo único que le queda al Verbo Encarnado es la Palabra de Dios para defenderse de Satanás.

 

Reflexión breve:

         Para comprender bien esta cuarta palabra hay que recordar que Jesús está pronunciando el comienzo del Salmo 22. No se trata, por tanto, de un grito arrancado al vacío, ni de una simple desesperación psicológica. Es una oración bíblica. Cristo entra verdaderamente en la noche del sufrimiento y del desamparo humano, pero entra en ella rezando. Incluso desde el abismo sigue diciendo: «Dios mío».

         Esto evita dos errores. El primero sería pensar que la Trinidad se rompe; el segundo, rebajar el dramatismo del sufrimiento de Cristo. El Hijo no deja de estar unido al Padre, pero en su humanidad santa asume hasta el fondo la experiencia humana de la oscuridad, del silencio y de la prueba. Además, el salmo 22 no termina en el abandono, sino que desemboca en la confianza y en la alabanza. La palabra del clamor lleva ya escondido un horizonte pascual.

         Aquí hay una catequesis muy necesaria para tantos creyentes: hay momentos en que la fe no se vive con consuelos, sino con fidelidad desnuda. La cruz enseña que también la noche puede ser lugar de oración. Cristo no finge nuestra oscuridad; la atraviesa. Y por eso ya no hay sufrimiento humano donde el Hijo de Dios no haya entrado antes.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!   

Quinta Palabra:

«Tengo sed» (Jn 19, 28)

        

         San Roberto Berlarmino en su escrito «Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz» [«De septem Verbis a Christo in cruce prolatis.»] nos dice que «Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz, pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona, produciendo una violenta sed». Además nos sigue diciendo San Roberto Berlarmino que los soldados sujetaron una esponja a una rama de hisopo empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. El vinagre, una bebida que tiende a hacer que las heridas duelan y que se lo daban a los crucificados para hacer que murieran más rápidamente. Por eso San Cirilo dice con razón, «en vez de algo refrescante y aliviante, le ofrecieron algo que era doloroso y amargo».

         Jesucristo al exclamar en la cruz «tengo sed» manifiesta que Él acepta libremente los dolores de su muerte y lo hace porque te ama personalmente e incondicionalmente, aunque nosotros seamos más traidores que el mismo Judas.

         Nosotros enseguida murmuramos cuando nuestra vida es frágil y sin seguridades; cuando nuestro esposo o esposa no nos corresponde como uno desearía, cuando nuestros hijos no nos obedecen, cuando algunos hermanos de comunidad se comportan manifestando que están fríos en la fe, cuando me siento estresado en el trabajo, cuando no me llega el dinero a fin de mes, cuando la enfermedad hace acto de presencia en la familia… Nosotros ante la fragilidad y la inseguridad, murmuramos contra Dios y contra todos los que tenemos alrededor. 

Incluso Abrahán, por el hambre y no aceptar la precariedad hace pasar a su esposa como hermana para ser tratado bien por los egipcios (Gn 12, 10-20). O el mismo Esaú que vendió su primogenitura a su hermano Jacob por el hecho de un placer inmediato de comer un plato de lentejas (Gn 25, 29-34). Algunos dicen que lo primero es llenar el estómago, primero asegúrate las cosas y luego va Dios. Pero una vez que estás satisfecho ni te tomas la molestia de preguntar por Dios. Satanás te dice que busques la gratificación en la droga, en el alcohol, en el juego, en los afectos desordenados…ya que no puedes soportar la precariedad en tu vida. Satanás te engaña porque te quiere apresar. En cambio Cristo, aun estando clavado en la cruz, acepta las incomodidades y sufrimientos por amor y porque quiere que tú y yo podamos atravesar por esa puerta que hasta ese momento ha estado cerrada. Una puerta con la que se accede a la Vida Eterna.

 

Reflexión breve:

         No conviene espiritualizar demasiado deprisa esta palabra. Jesús tiene sed de verdad. Su cuerpo está exhausto, su sangre ha sido derramada y su humanidad sufre hasta el extremo. El Evangelio protege así la verdad de la encarnación: el Hijo de Dios no aparenta padecer, padece realmente. Sólo una carne verdadera puede cargar de verdad con el dolor del mundo.

         Pero san Juan nos obliga también a mirar más adentro, porque sitúa esta palabra bajo la luz del cumplimiento de la Escritura. El vinagre, el hisopo y la cercanía del «todo está cumplido» muestran que no estamos sólo ante un dato fisiológico. Cristo bebe hasta el fondo el cáliz de la misión recibida del Padre. La tradición espiritual ha hablado, con razón, de la sed de almas; esa lectura contemplativa puede mantenerse, con tal de no perder el sentido primero del texto: el Hijo encarnado lleva a cumplimiento la Pascua en su propia carne.

         Para nosotros, esta quinta palabra tiene un gran valor pedagógico. Muchas veces buscamos apagar la sed del corazón con gratificaciones inmediatas, con compensaciones o con huídas. Cristo, en cambio, atraviesa la sed por amor. Y así nos enseña que sólo Dios puede saciar la sed más profunda del hombre y que la precariedad, vivida con Él, no tiene por qué convertirse en esclavitud.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!

 

Sexta Palabra:

«Todo está consumado» (Jn 19,30)

         Esa frase pronunciada por Jesucristo en la cruz es un grito de victoria. El Demonio ha gastado toda la monición contra Jesús para intentar doblegarle. El Demonio se ha esforzado al máximo para que Jesús desobedeciera al Padre. El Demonio ha envenenado las mentes y corazones de muchos para provocarle e irritarle. El Demonio estaba desesperado porque quería que Jesús no muriese en la cruz, no quería que muriese en la cruz porque hasta ese momento el pecado cometido no podía ser perdonado y al no poder ser perdonado todos estábamos condenados a morir eternamente siendo privados de la luz de la Gloria Eterna. pero el Demonio ha sido totalmente derrotado. A partir de ahora aquellos que vivan como Hijos de la Luz son convocados ante la Asamblea Celestial. Por eso esta frase de los labios de Cristo «todo está cumplido» es un grito de victoria. «Habéis sanado a costa de sus heridas, pues erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al que es vuestro pastor y guardián» (1 Pe 2, 24b-25).

 

Reflexión breve:

         Aquí el cuarto evangelio emplea un verbo decisivo: τετέλεσται, (tetélestai). No significa simplemente «ya se terminó todo», como quien llega al final de sus fuerzas, sino «ha llegado a su plenitud», «está consumado», «la obra se ha cumplido». La cruz no es un accidente que destruye la misión de Jesús, sino el momento en que esa misión alcanza su cima.

         Por eso esta sexta palabra puede llamarse, con razón, grito de victoria; pero conviene precisar bien en qué consiste esa victoria. No es una victoria mundana, ni un triunfo de poder, ni la humillación externa de los enemigos. Es la victoria de la obediencia, del amor fiel, de la obra del Padre llevada hasta el extremo. Cristo no muere como un derrotado; muere como el Hijo que ha cumplido plenamente aquello para lo que vino.

         Catequéticamente, esta palabra corrige nuestra idea del éxito. El mundo llama triunfo a imponerse; la cruz llama plenitud a obedecer amando. Una vida está cumplida no cuando ha dominado, sino cuando se ha entregado. Por eso «todo está consumado» no es un final vacío, sino la proclamación de que el amor del Hijo ha llegado hasta el extremo.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!   

Séptima Palabra:

«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46)

         Estas últimas palabras de Jesucristo tomadas del salmo 31 (versículo 6) son una expresión de confianza en Dios, que es quien tiene la palabra decisiva. El alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del libro de la Sabiduría «las almas de los justos están en las manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará» (Sab 3, 1), tal y como nos ilustra San Roberto Berlarmino. Ese aliento, esa vida, se la confía a Dios Padre para que en breve, en el tercer día, pueda nuevamente restituirla en su cuerpo ya resucitado, ya que nada de lo que Dios guarda llega a perecer; ya que en Dios todas las cosas están vivas; ya que con una única palabra llama a la existencia lo que no existía y da la vida a aquellos que no la tenían 

Reflexión breve:

         San Lucas cierra la Pasión con una cita del Salmo 31, y eso es muy importante: Jesús muere rezando. Allí donde Mateo y Marcos subrayan con fuerza el clamor del abandono, Lucas pone de relieve la confianza filial. No hay contradicción entre ambas perspectivas, sino dos acentos sobre el mismo misterio. El Hijo que atravesó la noche se entrega ahora confiadamente al Padre.

         Por eso «en tus manos encomiendo mi espíritu» no expresa sólo el final de la vida biológica, sino una oblación consciente. Cristo devuelve al Padre la vida recibida. El «espíritu» aquí puede entenderse, en clave bíblica, como el aliento, la vida entregada, la existencia confiada por entero. La muerte de Jesús no es mera pasividad sufrida desde fuera; es también acto filial, ofrenda y abandono obediente.

         Esta última palabra tiene una fuerza inmensa para la catequesis y para la vida espiritual. Toda la existencia cristiana es un aprendizaje de esta confianza: poner en manos del Padre lo que tememos, lo que sufrimos, lo que no controlamos, y también nuestra muerte. La última palabra del creyente no está llamada a ser el miedo, sino el Padre.

¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!         

Padre Nuestro, Ave María y Gloria

          Jesús, enciende en esta noche oscura mi amor hacia ti y que te acompañe con todo mi amor, en comunión con tu Madre. Madre, Madre mía, desde tu corazón quiero acompañar a Jesús.