Mostrando entradas con la etiqueta tiempo pascual. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tiempo pascual. Mostrar todas las entradas

sábado, 23 de mayo de 2026

Homilía del Domingo de Pentecostés - Juan 20, 19-23 «Recibid el Espíritu Santo»

 


Homilía del Domingo de Pentecostés

Juan 20, 19-23 «Recibid el Espíritu Santo»

 

Pentecostés:

Del don de la Torá al don del Espíritu

Jesús ha inaugurado una forma nueva de relacionarnos con Dios. Ya no se trata solo de escuchar una Ley que viene de fuera, sino de recibir una Vida que transforma por dentro. Esa es la gran novedad de la Nueva Alianza: Dios no se limita a señalar el camino; Dios mismo viene a caminar con nosotros, dentro de nosotros, por medio de su Espíritu.

San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, presenta el acontecimiento de Pentecostés con una intención muy cuidada (cfr. Hch 2, 1-11). No coloca la venida del Espíritu Santo en cualquier fecha, como quien busca un hueco libre en el calendario parroquial. Lo sitúa precisamente en una fiesta judía cargada de memoria, de alianza y de promesa. Pentecostés no es un episodio aislado: es una página nueva escrita sobre una historia antigua.

Pentecostés correspondía a la fiesta judía de שָׁבוּעוֹת (Shavuot), la fiesta de las semanas. Con el tiempo, esta celebración quedó vinculada a la memoria del don de la תּוֹרָה (Torá), la Ley entregada por Dios a Moisés en el monte Sinaí, cincuenta días —siete semanas— después de la salida de Egipto, פֶּסַח (Pésaj). Israel celebraba así que no había sido liberado para vivir perdido, a la deriva, “a ver qué sale”, sino para caminar como pueblo de Dios bajo la luz de su Palabra.

En el Sinaí, Dios no entrega simplemente unas normas. Sella una alianza. Aquel pueblo, arrancado de la esclavitud de Egipto, recibe una identidad nueva: ya no es una masa de fugitivos, sino una nación convocada por Dios, educada por Dios y guiada por su Ley. La תּוֹרָה (Torá) no era una carga pesada, sino el signo de una pertenencia: Israel pertenecía al Señor, y el Señor se comprometía con Israel.

Y es precisamente en esa misma fiesta, cuando Israel celebraba el don de la תּוֹרָה (Torá), cuando desciende sobre los discípulos de Jesús el don del Espíritu Santo. La escena es de una belleza teológica enorme: donde antes se recordaba la Ley escrita para guiar al pueblo, ahora se derrama el Espíritu que escribe la voluntad de Dios en el corazón. El Sinaí no desaparece; queda llevado a plenitud. La Ley no se desprecia; se interioriza, se vivifica, se enciende desde dentro.

Así, el Pentecostés cristiano nos revela que la Nueva Alianza no consiste simplemente en obedecer mejor, apretar los dientes y portarnos todos un poquito más decentemente —que tampoco vendría mal, dicho sea de paso—. La novedad es mucho más profunda: el Espíritu Santo hace posible una relación filial, viva y confiada con Dios. Ya no somos solo destinatarios de un mandamiento; somos templos habitados por una Presencia. Ya no estamos únicamente ante la Ley; estamos dentro del amor de Dios derramado en nuestros corazones.

Un fuego interior

que despierta el amor.

Con Jesús no hay una ley externa al hombre que uno tenga que observar, sino que estamos llamados a dar la bienvenida a una dinámica, a una fuerza interna que libera energía de amor; se trata del don del Espíritu.

El Génesis de

una nueva creación

San Juan narra este acontecimiento desde una perspectiva distinta a la de san Lucas. Mientras Lucas sitúa la venida del Espíritu Santo en el marco solemne del Pentecostés judío, שָׁבוּעוֹת (Shavuot), Juan concentra la escena en el pequeño grupo de discípulos reunidos tras la resurrección, cuando Jesús se presenta en medio de ellos y les comunica su Espíritu (cfr. Jn 20, 19-23).

Lucas coloca el acontecimiento en Jerusalén, durante la fiesta de שָׁבוּעוֹת (Shavuot), una de las grandes fiestas de peregrinación de Israel. Aquello no es un detalle decorativo. En la ciudad había judíos piadosos venidos de muchas naciones, reunidos para celebrar la memoria del don de la Ley. Por eso, en Lucas, Pentecostés tiene una dimensión pública, universal, expansiva: el Espíritu desciende y la Buena Noticia empieza a resonar en todas las lenguas.

Juan, en cambio, lo presenta de otro modo. No nos lleva primero a la plaza, ni a la multitud, ni al ruido de los pueblos reunidos en Jerusalén. Nos introduce en una estancia cerrada, en una comunidad pequeña, frágil, asustada, todavía con el corazón encogido. Es una escena mucho más íntima. Antes de enviar a la Iglesia hacia fuera, Jesús sana por dentro a los discípulos.

Y ahí está la belleza del relato joánico; el Resucitado no llega haciendo reproches, pasando lista de cobardías o diciendo: “Vamos a ver, ¿dónde estabais todos el viernes?”. Entra en medio de ellos y les ofrece la paz. Después sopla sobre ellos y les entrega el Espíritu. Juan quiere que entendamos que estamos ante el comienzo de una creación nueva: como Dios sopló vida sobre el primer hombre, ahora Cristo resucitado sopla su Espíritu sobre la humanidad renovada.

Así, mientras Lucas subraya el Pentecostés como fiesta del cumplimiento y de la misión universal, Juan nos muestra el nacimiento interior de la comunidad pascual. El Espíritu no solo empuja a anunciar; primero recrea, pacifica, perdona y devuelve la vida. Porque nadie puede salir a evangelizar el mundo si antes no ha dejado que Cristo resucitado entre en sus propias puertas cerradas.

 

El soplo del Resucitado

y la herencia de los profetas

«Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».

El evangelista Juan sitúa este acontecimiento de Pentecostés en un momento muy preciso: el mismo día de la Resurrección, al atardecer. No lo narra como san Lucas, que lo coloca cincuenta días después, en Jerusalén, durante la fiesta judía de שָׁבוּעוֹת (Shavuot). Juan, en cambio, nos introduce en una escena más íntima: los discípulos están reunidos, encerrados por miedo, y Jesús resucitado se presenta en medio de ellos, les da la paz y sopla sobre ellos su Espíritu (cfr. Jn 20, 19-23).

El Evangelio de Juan está profundamente entrelazado con las grandes tradiciones proféticas del Antiguo Testamento. Por eso, cuando Jesús exhala su aliento sobre los discípulos, no está realizando un gesto simplemente simbólico o emotivo. Está comunicando su רוּחַ (rúaj), su πνεῦμα (pneuma): el aliento vivo de Dios, el Espíritu que recrea, fortalece y envía.

En este gesto resuena, de manera especial, la relación entre Elías y Eliseo. Cuando Elías está a punto de ser arrebatado, Eliseo le pide: «Que pase a mí una doble porción de tu espíritu» (cfr. 2 Re 2, 9). El texto hebreo utiliza la expresión פִּי־שְׁנַיִם בְּרוּחֲךָ (pí-shenáyim berujajá), que significa literalmente doble porción de tu espíritu. Es una expresión vinculada al lenguaje de la herencia; el primogénito recibía una doble porción de los bienes paternos (cfr. Dt 21, 17). Por tanto, Eliseo no está pidiendo “más cantidad” de espíritu, como quien pide una ración doble porque viene con hambre. Está pidiendo ser reconocido como el heredero principal de la misión profética de Elías.

Y el relato confirma que esa petición no queda en una frase bonita. Después de la partida de Elías, Eliseo comienza a realizar signos semejantes a los de su maestro. Los hijos de los profetas reconocen lo sucedido y afirman: «El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo» (cfr. 2 Re 2, 15). El espíritu recibido capacita para continuar la obra del maestro. No es un adorno piadoso; es transmisión de misión, de autoridad y de vida.

Desde esta clave se entiende mejor la promesa de Jesús en el Evangelio de Juan: «En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores» (cfr. Jn 14, 12). Los discípulos no reciben el Espíritu para conservar un recuerdo entrañable de Jesús, sino para prolongar su obra en la historia. Como Eliseo respecto de Elías, la comunidad cristiana queda constituida como heredera de la misión del Maestro.

Por eso, Juan no rompe con la espiritualidad de Israel, sino que la lleva a su cumplimiento más profundo. El Dios que habló por los profetas, el Dios que hizo reposar su espíritu sobre sus enviados, comunica ahora el Espíritu de Cristo a la Iglesia naciente. El soplo del Resucitado recoge toda la riqueza de la tradición bíblica y la conduce a su plenitud.

Así, el “Pentecostés joánico” revela algo decisivo: la Resurrección no solo devuelve la vida a Jesús; inaugura una humanidad nueva, animada por el Espíritu. Los discípulos, todavía encerrados y temblorosos, reciben el aliento del Resucitado para convertirse en testigos. Porque cuando Cristo sopla su Espíritu, no solo consuela: recrea, envía y hace posible continuar sus obras en el mundo.

El Resucitado en medio:

Del miedo a la paz

Los discípulos estaban reunidos «con las puertas cerradas por miedo a los judíos». Conviene precisar bien esta expresión para no caer en lecturas injustas o superficiales. En el Evangelio de Juan, cuando aparece esta fórmula, muchas veces no se refiere al pueblo judío en su conjunto, sino a las autoridades religiosas que se habían opuesto a Jesús. Los discípulos no tienen miedo porque Jesús sea peligroso; tienen miedo porque su doctrina había sido considerada peligrosa por quienes querían controlar la fe, la Ley y el pueblo.

De hecho, durante el proceso, el sumo sacerdote interroga a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina (cfr. Jn 18, 19). No le pregunta solo por lo que ha hecho, sino por lo que ha enseñado y por aquellos que lo han seguido. La preocupación no era únicamente Jesús como individuo, sino la posibilidad de que su palabra siguiera viva en sus discípulos. Porque hay doctrinas que incomodan, y la de Jesús incomodaba mucho: no porque destruyera la fe de Israel, sino porque desenmascaraba sus deformaciones.

Entonces dice el Evangelio: «Entró Jesús, se puso en medio». Este detalle es precioso, y san Juan no lo recoge por casualidad. Cuando el Resucitado se manifiesta, no se coloca delante, como si solo pudieran verlo los más cercanos, los de primera fila, los de siempre. Tampoco se pone por encima, como quien marca distancia o reclama privilegios. Jesús se pone en medio.

Y eso lo cambia todo. El centro de la comunidad no es el miedo, ni la culpa, ni el recuerdo del fracaso, sino Cristo vivo. Jesús está en medio para que todos tengan acceso a Él. Nadie queda más lejos por haber sido más débil, nadie queda relegado por haber tenido más miedo. Al ponerse en medio, el Resucitado crea una comunidad nueva: todos están alrededor de Él, todos reciben de Él la misma paz, la misma presencia, la misma misericordia.

Y les dice: «Paz a vosotros». No es simplemente un saludo bonito, ni una fórmula educada para entrar en casa sin sobresaltar al personal, que bastante sobresaltados estaban ya. Jesús no les desea la paz como quien dice: “Espero que os vaya bien”. Jesús les entrega la paz como un don.

El término hebreo שָׁלוֹם (shalom) significa mucho más que ausencia de guerra o tranquilidad psicológica. שָׁלוֹם (shalom) es plenitud, vida reconciliada, armonía, bienestar profundo, todo aquello que permite al ser humano vivir según el proyecto de Dios. Cuando Jesús dice «Paz a vosotros», no está tapando las heridas; está regalando una vida nueva en medio de ellas.  

Las manos heridas

que revelan la obra de Dios

«Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor».

En las manos de Jesús contemplamos la revelación definitiva y perfecta de la mano de Dios, es decir, de la obra que Dios realiza en favor de los hombres. Si abrimos los Evangelios, vemos continuamente qué hacen esas manos: devuelven la vista al ciego de nacimiento, tocan a los leprosos a los que nadie se atrevía a acercarse, parten el pan y lo comparten, levantan al paralítico que no podía moverse por sí mismo.

Son manos que bendicen a los niños, después de haberlos tomado en brazos. Son manos que, en la última cena, lavan los pies de los discípulos en el gesto más humilde del servicio. Las manos de Jesús son siempre manos al servicio de la vida. No retienen, no golpean, no aplastan, no señalan para condenar. Hacen vivir.

Por eso Jesús las muestra a los discípulos. No enseña sus manos como quien presenta una prueba fría de identidad: “Mirad, soy yo, expediente cerrado”. Las muestra porque en ellas está resumida toda su propuesta. Una vida gastada entera y solamente por amor. Esas son las manos del Hijo de Dios, y esas mismas manos se ofrecen como camino a todo el que quiera vivir como hijo de Dios.

El mundo viejo

clava las manos que aman

Y esas manos están heridas, porque han sido traspasadas por los clavos. La pregunta nace sola: ¿quién ha clavado esas manos? Las clavan quienes quieren perpetuar la lógica del mundo viejo: las manos que destruyen, las manos que ejercen violencia, las manos que agreden, las manos que hacen la guerra, las manos que toman en vez de dar.

Ese es el modo de funcionar del mundo viejo. En ese mundo, las manos se mueven para dominar, no para servir; para poseer, no para compartir; para defender lo propio, aunque el otro quede tirado en la cuneta. Y, claro, cuando aparecen unas manos que solo saben amar, bendecir, levantar y curar, el mundo viejo se pone nervioso. Mucho. Porque unas manos así desenmascaran demasiadas cosas.

Por eso, quienes no querían el mundo nuevo clavaron precisamente esta propuesta que el Hijo de Dios había venido a traer: usar las manos solo para amar, incluso al enemigo. Ahí está la revolución cristiana. No una revolución de puños cerrados, sino de manos abiertas. No una revolución que aplasta al adversario, sino que se atreve a amar donde otros solo saben devolver golpe por golpe.

Y aquí podemos preguntarnos, sin dramatismos, pero con mucha sinceridad: nuestras manos, en lo concreto de cada día, ¿se parecen más a las manos del Reino o a las manos del mundo viejo? Porque no hace falta empuñar una espada para herir. A veces basta con cerrarse, retener, negar ayuda, endurecerse, no acariciar, no levantar, no compartir. También nuestras manos hablan. Y a veces predican mejor que nuestras palabras… para bien o para mal.

Del costado de Cristo

brota la fuerza para amar

Pero Jesús no muestra solo las manos. Muestra también el costado. Y esto es decisivo. Porque para emplear las manos como Él las empleó hace falta una fuerza nueva, una vida nueva, una fuente interior que no nace simplemente de nuestra buena voluntad. Para amar como Cristo no basta con proponérselo muy fuerte un lunes por la mañana. Hace falta recibir su Espíritu.

Por eso Juan nos conduce al costado abierto, del que brotaron sangre y agua. En la Escritura, la sangre y el agua hablan de vida: vida entregada, vida derramada, vida comunicada. Por eso Juan nos conduce al costado abierto, del que brotaron sangre y agua (cfr. Jn 19, 34). En la Escritura, la sangre está vinculada a la vida entregada —«la vida de la carne está en la sangre»— (cfr. Lv 17, 11), y el agua aparece como signo de vida que brota de Dios y fecunda lo que parecía estéril (cfr. Ez 47, 1-12; Jn 7, 37-39). Así, del costado de Cristo no brota simplemente el recuerdo de una muerte, sino la vida nueva que Él comunica a los suyos (cfr. 1 Jn 5, 6-8). Del costado de Cristo brota la vida nueva que hace posible el mundo nuevo.

De ese costado abierto nace el Espíritu que nos capacita para mover nuestras manos como las movió Jesús. Porque solos, seamos honestos, enseguida volvemos al instinto de agarrar, defendernos, imponernos o reservarnos. Pero cuando el Espíritu del Resucitado nos habita, nuestras manos empiezan a aprender otro lenguaje: el lenguaje del servicio, de la ternura, del perdón, de la entrega.

Las manos heridas de Jesús nos muestran qué es amar; su costado abierto nos da la fuerza para hacerlo. Ahí está el corazón del Evangelio: Cristo no solo nos deja un ejemplo admirable, sino que nos comunica su propia vida para que podamos vivir como hijos en el Hijo.

Les muestra los signos de la pasión. El Resucitado no es un fantasma sin historia ni un vencedor que oculta sus heridas; es el Crucificado vivo, el Pastor que ha protegido a los suyos con sus manos y con su costado. Sus heridas no son un reproche, sino la prueba de su amor.

En el momento de su prendimiento, Jesús había dicho: «Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos» (cfr. Jn 18, 8-9). El Buen Pastor se puso delante para defender a sus discípulos. Ahora, resucitado, se pone en medio para devolverles la paz. Las mismas manos que fueron clavadas son las manos que protegieron; el mismo costado traspasado es el lugar desde donde brota la vida.

Cuando Jesús está en medio,

los miedos huyen.

Los discípulos tenían miedo. Pero al ver al Señor, pasan del temor a la alegría: «Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor». No se alegran porque de repente todos los problemas hayan desaparecido. Las autoridades siguen ahí, las amenazas siguen ahí, el mundo no se ha vuelto amable de un minuto para otro. Pero ha cambiado lo esencial: ya no están solos.

Los miedos empiezan a perder fuerza cuando los discípulos descubren que el Resucitado está en medio de ellos. La alegría cristiana no nace de tenerlo todo controlado, sino de saber que Cristo vivo está en el centro, incluso cuando las puertas siguen cerradas. Y esto, seamos sinceros, nos viene muy bien recordarlo, porque a veces también nosotros cerramos puertas con bastante habilidad: por miedo, por heridas, por cansancio, por prudencia… o por esa mezcla tan humana de “yo ya no estoy para muchos sustos”.

Reflejos del Padre

en un mundo sediento

Jesús repite por segunda vez: «Paz a vosotros». Pero ahora esa paz tiene un movimiento nuevo. La primera paz reconstruye a los discípulos por dentro; la segunda los pone en camino. La paz que Cristo regala no es para encerrarla bajo llave, sino para convertirla en misión.

Y entonces Jesús pronuncia una frase decisiva: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». La comunidad cristiana nace enviada. No nace para mirarse a sí misma, ni para instalarse cómodamente en sus seguridades, ni para convertirse en un pequeño club de supervivientes espirituales. Nace para prolongar en el mundo la misión misma de Jesús.

¿Y para qué ha enviado el Padre al Hijo? Para manifestar visiblemente su amor. Jesús es el rostro visible del amor invisible del Padre. En Él vemos cómo ama Dios, cómo se acerca Dios, cómo sirve Dios, cómo perdona Dios, cómo se inclina Dios ante la fragilidad humana.

Ese amor quedó expresado con una fuerza inmensa en el lavatorio de los pies (cfr. Jn 13, 1-15). Allí Jesús no explicó el amor con una conferencia brillante, aunque seguro que habría llenado la sala. Se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se puso a lavar los pies de sus discípulos. El amor de Dios no es una idea hermosa; es un amor que se arrodilla para servir.

Por eso, cuando Jesús dice: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo», está entregando a la comunidad cristiana su misma misión; hacer visible el amor del Padre. La tarea de la Iglesia no puede reducirse a ofrecer opiniones, estrategias o propuestas ambiguas para contentar a todos, especialmente si en ese intento se desfigura el depósito de la fe que hemos recibido para custodiar. La Iglesia no ha sido enviada para negociar la verdad, sino para transparentar el amor de Cristo en la verdad.

Esto no significa que la doctrina no importe. Al contrario, importa muchísimo. Pero en el Evangelio de Juan, la verdad de Jesús no se transmite como un bloque frío que se lanza sobre la gente, sino como una vida que se entrega, una luz que ilumina y un amor que se pone al servicio. La doctrina cristiana solo se entiende bien cuando se ve encarnada en una comunidad que ama como Jesús.

Como el Padre envió al Hijo para manifestar y demostrar su amor, así la comunidad cristiana es enviada a ser testigo visible de ese mismo amor: un amor generoso, concreto, humilde, servicial, capaz de lavar pies y de sostener heridas. En un mundo sediento de sentido, de ternura y de verdad, los discípulos están llamados a ser reflejos del Padre: no focos que deslumbran, sino lámparas que ayudan a encontrar el camino.

El soplo que recrea

la humanidad

«Y, dicho esto, sopló sobre ellos». San Juan escoge aquí un verbo de enorme densidad bíblica: ἐμφυσάω (emphysáō), “soplar”, “insuflar aliento”. No es un verbo cualquiera. Juan no está describiendo simplemente un gesto exterior de Jesús, como quien toma aire y lo deja escapar. Está evocando el gesto creador de Dios.

La referencia más clara nos lleva al libro del Génesis. Allí se dice que Dios modeló al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz el aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser viviente (cfr. Gn 2, 7). Es decir, el ser humano no vive solo porque tenga cuerpo, estructura, capacidades o movimiento. Vive porque recibe el aliento de Dios. La vida humana nace de un soplo divino.

Por eso, cuando Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos, Juan está diciendo algo inmenso; la Pascua no es solo la vuelta a la vida de Jesús; es el comienzo de una nueva creación. El Resucitado hace con sus discípulos lo que Dios hizo al principio con Adán; comunica vida, infunde aliento, recrea desde dentro a una humanidad herida por el miedo, el pecado y la muerte.

También resuena aquí la gran visión del profeta Ezequiel: El valle de los huesos secos (cfr. Ez 37, 4-6). Israel aparece como un campo de huesos, sin fuerza, sin esperanza, sin futuro. Y Dios anuncia que hará entrar en ellos su espíritu, su רוּחַ (rúaj), para que vuelvan a vivir. Donde solo había sequedad, dispersión y muerte, Dios promete restauración, resurrección y vida nueva.

Así se comprende mejor la escena joánica. Los discípulos encerrados por miedo son, en cierto modo, una humanidad reseca, paralizada, incapaz de salir, incapaz de anunciar, incapaz incluso de sostenerse por sí misma. Y entonces Cristo resucitado entra, se pone en medio y sopla. Ese soplo no maquilla la fragilidad de los discípulos; la recrea.

Estamos, por tanto, ante una verdadera recreación de la humanidad. En el Génesis, Dios sopla y nace el hombre viviente. En Ezequiel, Dios sopla y un pueblo muerto recupera la vida. En Juan, Cristo resucitado sopla y nace la comunidad nueva, habitada por el Espíritu. El Espíritu Santo es el aliento de la nueva creación: la vida de Dios comunicada a los que estaban encerrados, temblorosos y casi sin esperanza.  

Recibid el Espíritu:

El don sin medida que ensancha el corazón

Dice el Señor: «Recibid el Espíritu Santo». No dice simplemente: “Portaos mejor”, “organizaos bien”, “haced un esfuerzo razonable y ya veremos”. Jesús entrega su propio Espíritu. Y esto es decisivo, porque la vida cristiana no nace primero de nuestra capacidad, sino del don de Dios.

San Juan afirma que Dios da el Espíritu sin medida (cfr. Jn 3, 34). Dios no es tacaño con su vida, ni reparte su Espíritu con cuentagotas, como si estuviera administrando una reserva escasa. El problema nunca está en la generosidad de Dios, sino en la capacidad de acogida del corazón humano.

Por eso, el don del Espíritu, aunque procede siempre de la abundancia de Dios, se recibe según la apertura de quien lo acoge. Si una persona confía en Dios, se abre, se entrega, deja espacio, el Espíritu encuentra una casa disponible. Si, en cambio, vive instalada en la sospecha, en el cálculo, en la reserva permanente —ese “Señor, entra, pero no me toques esta habitación”—, entonces el Espíritu no deja de ser generoso, pero nosotros estrechamos la puerta.

Jesús lo expresa con una imagen muy sencilla: «Con la medida con que midáis se os medirá» (cfr. Lc 6, 38). No porque Dios sea vengativo o mezquino, sino porque el corazón humano recibe según se abre. Quien vive con el alma encogida recibe poco, no porque Dios dé poco, sino porque apenas deja sitio.

Y este Espíritu se llama Santo no solo por lo que es, sino también por lo que hace. Es Santo porque santifica. No viene simplemente a consolarnos por dentro, como una especie de manta espiritual para tardes difíciles —aunque consolar, consuela, y a veces falta nos hace—. Viene a transformar, a purificar, a levantar, a separar al hombre de la esfera del mal y a introducirlo en la vida misma de Dios.

El Espíritu Santo no decora la vida cristiana: la crea, la sostiene y la hace posible. Quien acoge al Espíritu empieza a ser separado de aquello que lo destruye y unido cada vez más a Aquel que lo hace vivir. Por eso Jesús no entrega a los discípulos una estrategia, sino una Presencia; no les da simplemente una tarea, sino la fuerza interior para realizarla.

Perdonar es abrir

un camino de vida

Jesús dice: «A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados». Esta frase no puede reducirse a una idea superficial de culpa, como si el Evangelio estuviera interesado solo en señalar fallos y pasar factura. En san Juan, el pecado aparece como una situación profunda de ruptura; una vida encerrada en la mentira, en la injusticia, en la oscuridad; un modo de existir que aparta al hombre de Dios, de los hermanos y de su propia verdad.

El verbo griego que emplea el evangelista es ἀφίημι (afíēmi), que significa “dejar”, “soltar”, “abandonar”, “liberar”, “perdonar”. Es un verbo precioso, porque el perdón no consiste simplemente en borrar una cuenta pendiente, como quien elimina una deuda del ordenador celestial —y menos mal que Dios no trabaja con hojas de cálculo, porque algunos tendríamos varias pestañas abiertas—. Perdonar, en sentido evangélico, es liberar a la persona de aquello que la esclaviza y abrirle un camino nuevo de vida.

Por eso la misión del discípulo no consiste en mirar desde lejos a quienes viven bajo el peso del pecado, ni en etiquetarlos con frialdad, ni en confirmarles tranquilamente en una situación que los destruye. El discípulo ha de acercarse, anunciar la verdad con caridad, acompañar con paciencia y ayudar a abandonar las sendas del pecado para entrar en el camino de la vida.

Aquí conviene decirlo con claridad: en la Iglesia cabemos todos, pero no cabe todo. Caben todos los heridos, todos los cansados, todos los buscadores, todos los pecadores que desean levantarse; cabemos nosotros, que tampoco vamos precisamente sobrados de santidad. Pero no cabe llamar vida a lo que mata, ni luz a lo que oscurece, ni libertad a lo que esclaviza. Por eso el perdón no elimina la conversión: la hace posible y la exige como camino de verdad.

Si un hermano vive atrapado en el pecado y, por la gracia de Dios, mediante el testimonio, la palabra y la cercanía de la comunidad, llega a abandonar esa situación, entonces hemos recuperado al hermano. La Iglesia no existe para dejar a las personas donde están, sino para ayudarlas a volver a la casa del Padre.

Pero también hay una advertencia seria. Si por una vida poco evangélica, por cobardía, por ambigüedad, por miedo a incomodar o por una falsa misericordia que no cura nada, mantenemos al hermano en su esclavitud, entonces cargamos con una responsabilidad. No se trata de condenar a nadie; se trata de no traicionar la fuerza liberadora del Evangelio.

La misericordia cristiana no es una niebla amable donde todo queda confuso. La verdadera misericordia perdona, levanta y transforma. No humilla al pecador, pero tampoco bendice sus cadenas. No aplasta con la verdad, pero tampoco esconde la verdad. Porque Cristo no nos entrega el Espíritu para administrar medias tintas, sino para anunciar con humildad y valentía el perdón que libera y la conversión que devuelve la vida.

Retener el pecado:

Cuando la comunidad deja de ser luz

«A quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Esta palabra de Jesús no debe entenderse como un poder arbitrario para juzgar personas, condenarlas o repartir etiquetas espirituales con cara solemne —que, de eso, por desgracia, también sabemos bastante los humanos—. Es, ante todo, una responsabilidad inmensa confiada a la comunidad cristiana. Ser luz para que quien vive en la oscuridad del pecado pueda encontrar un camino de salida.

La comunidad cristiana está llamada a irradiar la luz de Cristo con la fuerza concreta de su amor. No una luz decorativa, de escaparate religioso, sino una luz que se expande, que orienta, que calienta, que permite ver. Allí donde una comunidad vive el Evangelio con verdad, humildad y caridad, quienes se encuentran atrapados en el pecado, en la injusticia o en una vida rota pueden descubrir que no están condenados a permanecer así.

Por eso, quien se acerca a la comunidad cristiana, tenga el pasado que tenga, no debería encontrarse primero con un muro, sino con una puerta. Hablo de puertas y no de puentes, porque por los puentes son lugares de transito de mercancías, de ideas, de ideologías…que se pretenden mezclar y encubrir con la doctrina sana católica; además los puentes se tienden a destruir cuando los terrenos son movedizos o inestables o quedar a medio construir. Sino una puerta, no con una complicidad que lo deje igual, pero tampoco con una dureza que lo hunda más. La Iglesia está llamada a ofrecer a cada persona la posibilidad real de recomenzar a la luz de Cristo. Y cuando una persona acoge esa luz, abandona las sendas del pecado y entra en el camino de la vida, su pasado injusto queda cancelado, desactivado, vencido por la misericordia de Dios.

Pero si la luz de la comunidad se vuelve oscuridad, entonces ocurre algo muy grave: ya no se ofrece salida. Si la comunidad vive sin amor, sin verdad, sin coherencia, sin misericordia, sin conversión; si predica una cosa y encarna otra; si se convierte en un espacio de juicio frío o de ambigüedad cómoda, entonces puede terminar reteniendo a los demás en aquello mismo de lo que Cristo quería liberarlos. Una comunidad oscura no ayuda a salir del pecado; a veces, sin darse cuenta, lo confirma, lo tapa o lo hace más pesado.

Por tanto, esta palabra de Jesús no es una autorización para mirar a nadie por encima del hombro. No se trata de juzgar personas, sino de ofrecer a cada persona una propuesta de plenitud de vida. La comunidad cristiana no existe para condenar al que cae, ni para bendecir la caída, sino para mostrar que en Cristo hay un camino nuevo, una vida nueva, una libertad nueva.

Retener el pecado es fracasar como luz; perdonarlo es abrir un camino hacia la vida. Por eso la Iglesia necesita permanecer siempre unida al Resucitado: solo una comunidad iluminada por Cristo puede ayudar a otros a salir de la oscuridad.

Del Sinaí al corazón:

la Alianza escrita por el Espíritu

Israel, mediante el don de la Alianza en el Sinaí —el Pentecostés judío, שָׁבוּעוֹת (Shavuot)—, descubre su identidad más profunda. Ya no es simplemente un pueblo liberado de Egipto, sino un pueblo que pertenece a Dios. La liberación no termina al salir de la esclavitud; alcanza su plenitud cuando Israel entra en alianza con el Señor.

Por eso, el día del don de la תּוֹרָה (Torá), el día del encuentro entre Dios y su pueblo en el Sinaí, la tradición judía lo ha contemplado con una imagen bellísima: como el día de bodas entre Dios, el Esposo, e Israel, la esposa. No se trata solo de recibir unos mandamientos, como quien recibe un reglamento para no perderse en la vida —que tampoco vendría mal tenerlo a mano—. Se trata de entrar en una relación de amor, de pertenencia, de fidelidad.

Ahora, en el Nuevo Israel, que es la Iglesia, esa Ley ya no permanece únicamente fuera del hombre, escrita en tablas de piedra. La Nueva Alianza llega más adentro; el Espíritu de Dios graba la voluntad divina en el corazón humano. Dios no solo nos señala el camino desde fuera; nos habita por dentro, nos transforma, nos convierte en templo suyo.

Para los cristianos, el fuego del Espíritu y la luz de Dios no son realidades exteriores, lejanas, reservadas para momentos solemnes. Ese fuego arde dentro; esa luz resplandece en el corazón. El creyente se convierte en lugar habitado, en espacio iluminado, en templo vivo donde Dios quiere manifestarse.

Así se entiende la palabra de san Pablo: Dios ha hecho brillar su luz en nuestros corazones, para que resplandezca en nosotros el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo (cfr. 2 Cor 4, 6). La luz que un día iluminó el Sinaí ahora quiere encenderse en lo más íntimo del discípulo. El cristiano no vive solo bajo una Ley recibida; vive habitado por un Espíritu que lo recrea desde dentro.

sábado, 16 de mayo de 2026

Homilía de la Solemnidad de la Ascensión del Señor (versión abreviada)

 

Homilía de la Solemnidad de la Ascensión del Señor (versión abreviada)

Mt 28, 16-20

 

La Ascensión: Jesús no se va, nos pone en camino

La última página de un libro nunca es una página cualquiera. En ella se recoge el sentido de todo lo anterior. Por eso, los últimos versículos del Evangelio según san Mateo merecen una atención especial: los once discípulos van a Galilea, al monte indicado por Jesús, y allí se encuentran con el Resucitado (cfr. Mt 28, 16-20). Parece el final, pero en realidad es un comienzo. La Ascensión no es Jesús marchándose lejos; es Jesús inaugurando una nueva forma de estar con nosotros. Termina su presencia visible, pero empieza la segunda parte de su historia: la que continúa con la Iglesia, con sus discípulos, con nosotros.

Mateo dice que son once. No doce. Falta Judas. La primera comunidad cristiana no nace perfecta, sino herida. Aquellos discípulos aman a Jesús, pero también han huido, han tenido miedo, han negado, han dudado. Son frágiles. Bastante parecidos a nosotros, solo que sin grupos de WhatsApp parroquiales, que a veces también tienen su pequeña cruz. Y, sin embargo, Jesús no los descarta. No les pasa factura. No dice: “Con este equipo no se puede”. Se acerca a ellos y les confía una misión.

Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Nos llama con nuestras heridas, nuestras dudas, nuestras pobrezas. Y precisamente ahí comienza la esperanza.

La cita es en Galilea. ¿Por qué Galilea? Porque allí empezó todo. Allí los discípulos escucharon por primera vez la voz de Jesús. Allí lo vieron curar enfermos, tocar leprosos, perdonar pecadores, sentarse a la mesa con publicanos, mirar a los pobres con una ternura nueva. Galilea es el lugar del primer amor, el origen de la fascinación por el Maestro.

Volver a Galilea significa volver al inicio de la fe. También nosotros podemos preguntarnos: ¿cuál es mi Galilea? ¿Dónde empezó mi historia con el Señor? ¿Dónde descubrí que Jesús no era una idea religiosa, sino una presencia viva? Porque nadie anuncia de verdad a Cristo si antes no ha estado con Él. El discípulo no es un funcionario de lo sagrado; es alguien que ha sido tocado por una presencia.

Pero Mateo añade otro detalle: suben a un monte. Y no es un monte cualquiera. En el Evangelio de Mateo, el monte nos remite al lugar de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12). Antes de ser enviados, los discípulos deben volver a la escuela del Evangelio. Allí se aprende que el mundo nuevo no nace del poder, del orgullo o de la imposición, sino de los pobres de espíritu, los mansos, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz.

El monte de las bienaventuranzas es la escuela donde se aprende a mirar como Jesús. A veces nosotros querríamos hacerlo al revés: “Señor, primero dame pruebas, garantías, seguridades, y luego quizá me arriesgo”. Nos gustaría una póliza espiritual con letra grande y devolución asegurada. Pero el Evangelio propone otro camino: primero se sube al monte, primero se acogen las bienaventuranzas, primero se empieza a vivir desde el amor. Y entonces los ojos se abren.

Mateo dice algo sorprendente: al verlo, algunos dudaron. ¡Dudan delante del Resucitado! Este detalle consuela mucho. Jesús no se escandaliza de nuestras dudas. La fe no consiste en tenerlo todo claro, como si pudiéramos meter a Dios en una carpeta bien ordenada. La fe es confiar, buscar, amar, permanecer, incluso cuando por dentro hay niebla.

Hay dudas cómodas, sí, dudas que sirven de excusa para no moverse. Pero hay también dudas honestas, dudas que nacen del deseo profundo de verdad. Benditas las dudas que no nos alejan de Dios, sino que nos obligan a buscarlo con más humildad. Los discípulos dudan, pero no se marchan. Permanecen ante Jesús. Y quizá eso ya es una forma preciosa de fe.

Entonces Jesús se acerca. No habla desde lejos. No da órdenes desde una nube, como quien dirige la obra desde un balcón celestial. Se acerca. Así había sido siempre Jesús: cercano a los enfermos, a los pecadores, a los excluidos, a los que nadie quería tocar. En Él descubrimos que Dios no es un ser distante, perdido más allá de las nubes, que baja de vez en cuando para hacer milagros o repartir castigos. Dios se ha hecho cercano en Jesús.

Y ahora, resucitado, sigue cerca. De otra manera, sí, pero no menos real. Más aún: ahora su presencia ya no está limitada por el espacio y el tiempo. Jesús no se va lejos; cambia su modo de estar cerca.

Después dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra” (cfr. Mt 28, 18). Pero no habla del poder que nosotros solemos admirar: dominar, imponerse, controlar, salvarse a uno mismo. Ese poder Jesús lo rechazó. Rechazó el poder que le ofrecía el Tentador sobre los reinos del mundo (cfr. Mt 4, 8-10). Rechazó bajar de la cruz para demostrar fuerza (cfr. Mt 27, 40-42). El poder de Jesús es otro: el amor que sirve, levanta y da vida.

Desde ahí se entienden las tres tareas que confía a sus discípulos.

La primera: hacer discípulos a todos los pueblos. Discípulo es el que aprende. Y Maestro, en sentido pleno, solo hay uno: Jesús. Evangelizar no es fabricar seguidores para nuestro grupo, sino acompañar a otros a la escuela de Cristo. No se trata de conquistar pueblos, sino de ofrecerles la bendición del Evangelio.

La segunda tarea es bautizar. En griego, βαπτίζειν (baptízein) significa “sumergir”. Bautizar es sumergir la vida en el amor de Dios: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La humanidad nueva nace cuando dejamos de vivir encerrados en nosotros mismos y entramos en esa corriente de amor que viene de Dios.

La tercera tarea es enseñar a guardar lo que Jesús ha mandado. Pero enseñar no es solo hablar. Las palabras son necesarias, claro, pero lo más convincente es una vida transformada. ¿Qué ha mandado Jesús? En el fondo, una sola cosa: dejarnos mover siempre por el amor. Cuando una persona se vuelve más humana, más libre, más misericordiosa, más servicial, entonces el Evangelio empieza a verse.

Y llega la promesa final: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (cfr. Mt 28, 20). Esa frase sostiene toda misión. En la Biblia, cuando Dios llama a alguien a una tarea grande, casi siempre aparece el miedo: Moisés se siente incapaz, Josué necesita ánimo, Gedeón se ve pequeño, Jeremías demasiado joven, Jonás directamente huye. Es muy humano: cuando Dios llama, no siempre suena música épica; a veces tiemblan las piernas.

Pero Dios repite siempre lo mismo: “Yo estaré contigo”. Eso dice ahora el Resucitado. No promete una vida fácil. No dice: “Id, que no habrá problemas”. Dice: “Yo estoy con vosotros”. Y eso basta.

La Ascensión no es quedarnos mirando al cielo sin movernos. Es volver a Galilea, subir al monte de las bienaventuranzas, acoger nuestras dudas honestas, dejarnos transformar por el amor de Jesús y bajar al mundo con Él. No somos enviados porque seamos fuertes, sino porque el Resucitado camina con nosotros todos los días.

viernes, 15 de mayo de 2026

Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos - Mt 28, 16-20 «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

 

Domingo de la Ascensión del Señor a los Cielos

Domingo VII del Tiempo Pascual, Ciclo A

Mt 28, 16-20 «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

En la última página

se descubre el sentido del camino.

La última página de un libro nunca es un simple añadido. Un buen autor la trabaja con cuidado, porque en ella se recoge el fruto de todo lo anterior; el punto de llegada, la meta hacia la que avanzaba la obra desde el comienzo. Por eso conviene escuchar con especial atención los cinco versículos del Evangelio según san Mateo que la liturgia nos propone hoy. Son, nada menos, las últimas líneas de su evangelio: el cierre de la historia visible de Jesús en este mundo (cfr. Mt 28, 16-20).

Y, sin embargo, ahí aparece una sorpresa. Estos versículos no funcionan solo como conclusión. Son también una puerta abierta. Termina una etapa de la historia de Jesús, sí; pero comienza otra. O, dicho con más precisión, empieza la segunda parte de esa misma historia: la que el Resucitado continúa realizando con sus discípulos.

La Ascensión no clausura la historia:

la pone en nuestras manos.

Esa segunda parte es nuestra historia: Es la historia de la Iglesia. La Ascensión que celebramos hoy marca el punto de paso entre ambas etapas: de la presencia visible del Maestro a la misión confiada a los discípulos. Es el momento del relevo, la entrega de una responsabilidad.

No se trata de que Jesús desaparezca y deje a los suyos arreglándoselas como puedan, como quien dice: “Ahí os quedáis, que yo ya he hecho mi parte”. No. El Resucitado inaugura una presencia nueva y, al mismo tiempo, confía a los suyos una tarea. En estos cinco versículos vamos a escuchar qué nos pide y cuál es la misión que ha puesto en manos de quienes creemos en Él.

A diferencia de Lucas y de Juan, que relatan manifestaciones del Resucitado en Jerusalén, el día de Pascua y también ocho días después, Mateo concentra todo en un único encuentro. Y ese encuentro no sucede en Jerusalén, sino en Galilea. Más aún, tiene lugar en un monte.

Así lo había indicado el Resucitado al manifestarse a las mujeres en la mañana de Pascua: ellas debían comunicar a los discípulos que fueran a Galilea, porque allí lo verían (cfr. Mt 28, 10).

Para Jesús,

el fracaso no borra la fraternidad.

Hay un detalle profundamente conmovedor en esa indicación: Jesús llama a los discípulos “sus hermanos”. No los define por su cobardía, ni por su fuga, ni por su negación. Lo habían abandonado. Habían escapado. Pedro, incluso, había jurado y maldecido para desvincularse de Él. Y, sin embargo, para Jesús siguen siendo hermanos.

Ahí se nos revela algo decisivo del corazón del Resucitado. El pecado de los discípulos es real, su miedo también, su incoherencia no queda maquillada. Pero la última palabra no la tiene su fracaso. La última palabra la tiene la fidelidad de Jesús. Él no rompe la fraternidad con los suyos, aunque ellos hayan roto, por miedo, tantas cosas.

Y ahora podemos preguntarnos: ¿por qué Mateo no nos cuenta las apariciones del Resucitado en Jerusalén y, en cambio, nos conduce a Galilea? ¿Qué tiene Galilea de decisivo? ¿Por qué los discípulos, para verlo, deben subir a un monte? Y todavía más: ¿de qué monte estamos hablando?

La primera comunidad nace herida,

no perfecta.

«En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado».

Estos cinco versículos son muy importantes; por eso conviene mirarlos despacio, casi palabra por palabra. Lo primero que llama la atención es el número: son once los discípulos que van a Galilea. Deberían ser doce, pero falta uno. Judas se ha apartado.

Judas había llegado a ver en Jesús a alguien peligroso, un agitador que desmontaba las seguridades religiosas de su pueblo. Por eso lo entregó a la autoridad religiosa, para que lo quitaran de en medio. Tal vez ese fue uno de los dolores más hondos que Jesús tuvo que cargar; no haber logrado alcanzar y transformar el corazón de Judas.

¿Y quiénes son los otros Once? Miremos bien de qué está formada la primera comunidad cristiana. Son personas, sin duda, enamoradas de Jesús de Nazaret; pero también son frágiles, muy frágiles. Gente que huye, que niega, que maldice, que cree a medias y duda a medias; personas que unas veces se fían y otras veces se repliegan. Vamos, una comunidad bastante parecida a las nuestras, solo que sin grupos de WhatsApp para complicarlo todo un poco más.

Jesús se lo había dicho más de una vez; sois gente de poca fe. Es decir: me queréis, sí; os sentís atraídos por mí; hay algo de mí que os ha conquistado. Pero todavía no me entregáis vuestra vida entera.

Cuando alguien ama de verdad, no se queda mirando desde la distancia. El amor, cuando madura, implica la vida. El esposo une su camino al de la esposa; entrega su existencia, la vincula a la del otro. Eso es lo que Jesús echa en falta en los suyos: le quieren, pero aún no se atreven a poner toda la vida en sus manos.

Galilea es volver al lugar

donde comenzó el amor.

El lugar de la cita con el Resucitado es Galilea. ¿Por qué precisamente Galilea? Porque en Galilea empezó todo. Allí encontraron los discípulos a Jesús de Nazaret; allí comenzaron a conocerlo; allí empezó a despertarse en ellos el amor por Él. Cuanto más lo trataban, más se sentían atraídos por su persona.

Galilea representa el lugar del primer encuentro, el espacio donde se descubre al Maestro. Casi toda la vida pública de Jesús se desarrolló en torno a aquel lago. Hubo, ciertamente, algunos pasos por Judea y por Samaría, pero el corazón de su misión pública latió en Galilea.

Ir a Galilea, por tanto, no significa simplemente desplazarse a un punto del mapa. Significa regresar a la experiencia fundante. No podemos comenzar la segunda parte de la historia de Jesús si antes no hemos pasado por esa primera experiencia: conocerlo, escucharlo, mirarlo actuar, descubrir en su rostro el rostro del Dios verdadero.

Y no solo eso. En Jesús contemplamos también la belleza del hombre nuevo, del bienaventurado, de aquel que vive como Dios sueña al ser humano. Si no hemos descubierto esa belleza, todavía no estamos preparados para participar en la continuación de su historia.

Esto se nos dice también hoy a nosotros. También nosotros estamos llamados a construir con Él la segunda parte de la historia de Jesús. Pero antes hemos de ir a Galilea. Es decir, hemos de pasar tiempo con Él, dejarnos educar por su palabra, entrar en su modo de mirar, hasta llegar a enamorarnos de verdad. Solo entonces podremos acoger la misión que el Resucitado confía a la comunidad de sus discípulos.

No basta conocer a Jesús:

hay que encontrarse con el Resucitado.

¿Y cómo comienza esta segunda parte? Comienza con el encuentro con el Resucitado. No basta haber conocido a Jesús de Nazaret, sino que también es necesario descubrir también hacia dónde conduce una vida entregada por amor. Es necesario contemplar qué ocurre con quien se da totalmente.

Subir a un monte

Para ver al Resucitado, nos dice Mateo, hay que subir al monte. Pero no a cualquier monte, sino al monte que Jesús había indicado. ¿Cuál es, en el Evangelio según san Mateo, el monte al que Jesús conduce a sus discípulos? Es el monte de las bienaventuranzas (cfr. Mt 5, 1-12).

Antes de ver al Resucitado, los discípulos deben pasar por las bienaventuranzas. Y esto es decisivo. Si queremos ver al Resucitado, hemos de dejarnos implicar por su propuesta de vida. Hemos de entrar en la experiencia del hombre nuevo que Él nos ofrece.

Quizá nosotros pensamos a veces de otra manera. Tal vez alguien diga: “Primero demuéstrame que Jesús ha resucitado; dame pruebas verificables de que quien entregó la vida acabó bien. Y entonces, quizá, me plantee vivir como Él”. Es una postura comprensible, muy nuestra: queremos garantías antes de arriesgar. Nos gustaría una póliza espiritual con letra grande, sello oficial y devolución asegurada.

Pero el camino del Evangelio va en sentido contrario. Primero se sube al monte. Primero se acogen las bienaventuranzas. Primero se empieza a encarnar esa forma nueva de vivir. Y solo entonces los ojos comienzan a abrirse.

Las bienaventuranzas limpian la mirada

para reconocer al Viviente.

Solo quien entra en la lógica de Jesús descubre que su camino es verdadero y hermoso. Solo entonces puede reconocer hacia dónde ha ido el Crucificado: a la gloria del Padre. Y puede comprender también cuál es el destino de quienes le entregan la vida y viven las bienaventuranzas como Él las vivió.

Si nuestros ojos están empañados por el apego a los bienes de este mundo, si retenemos para nosotros los dones que Dios ha puesto en nuestras manos y no los compartimos con los hermanos, difícilmente podremos ver al Resucitado. No porque Él se esconda, sino porque nuestra mirada queda demasiado ocupada en otras cosas.

Solo quien sube al monte

aprende a mirar.

«Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron».

Los Once han subido al monte y esto significa que son aquellos que han acogido las bienaventuranzas propuestas por Jesús. Y ahora, precisamente allí, se encuentran en condiciones de ver al Resucitado. Los ojos se abren solo a quienes han aceptado subir al monte.

Aquí aparece un detalle que nos sorprende: algunos dudan. Y uno podría preguntarse: ¿cómo es posible que duden si lo tienen delante? El Resucitado está ahí, ante sus ojos. Pero conviene prestar mucha atención: Mateo no está simplemente narrando un hecho material; nos está ofreciendo una catequesis.

La resurrección no se verifica con los sentidos. El Resucitado no puede ser visto con estos ojos materiales ni tocado con estas manos como se toca una mesa, una piedra o el banco de la iglesia que, dicho sea de paso, a veces se nota más que la fe cuando la homilía se alarga.

Al Resucitado se le reconoce

con ojos de creyente.

La mirada capaz de ver al Resucitado es la mirada del creyente, del enamorado por el Señor. Y esa mirada se concede a quien ha subido al monte, es decir, a quien ha acogido y vive las bienaventuranzas de Jesús de Nazaret.

Mateo nos está diciendo algo muy serio; quien no pone sus bienes al servicio del pobre, quien no es manso, quien no se compromete a construir la paz, nunca verá al Resucitado. No porque el Resucitado no esté vivo, sino porque esa persona todavía no ha entrado en el modo de mirar que permite reconocerlo.

Y es precisamente ante esta elección donde comienzan las dudas, las vacilaciones, los temores. Los discípulos han visto hacia dónde conduce la vida de Jesús de Nazaret: ha sido acogida en la gloria del Padre. Y, sin embargo, siguen apareciendo resistencias a entregarle la vida por completo.

También nosotros lo conocemos bien. Nos cuesta dar el paso definitivo porque tememos perder algo. Nos asalta la sospecha de que, si vivimos pensando en los demás y no solo en nosotros mismos, quizá un día nos quedemos con la sensación de no haber disfrutado bastante. Nuestro corazón, a veces, hace sus cuentas como un pequeño comerciante asustado: “¿Y si doy demasiado? ¿Y si luego me falta? ¿Y si al final los listos eran los egoístas?”. Ahí empiezan nuestras dudas.

La fe no elimina las dudas:

las atraviesa amando.

Lo hermoso es que Jesús no se escandaliza de nuestras dudas ni de nuestras incertidumbres. Son naturales. Más aún, si no tuviéramos ninguna duda, tal vez sería señal de que no hemos entendido bien lo que Él nos está pidiendo.

Las dudas son compatibles con la fe. La fe no es la conclusión fría de un razonamiento que presenta pruebas irrefutables y deja todo cerrado como una caja fuerte. Por supuesto, la fe necesita razonabilidad. Cuando damos nuestra adhesión a Jesús de Nazaret, necesitamos haber pensado, haber buscado, haberlo conocido de verdad.

Pero, al final, la elección pertenece siempre a la lógica del amor. Es el riesgo de todos los que aman. Quien ama llega un momento en que se decide y confía su vida a la persona amada. No lo sabe todo, no controla todo, no tiene todos los seguros firmados; pero descubre que amar significa entregarse.

Todavía hay cristianos que cultivan solo certezas, como si pudieran demostrarlo todo e imponerlo todo a los demás mediante razonamientos supuestamente invencibles. Pero no son las dudas sinceras las que deberían preocuparnos. Preocupan más esas certezas que no admiten preguntas, que no soportan la búsqueda, que se sienten amenazadas por cualquier interrogante.

Y, muchas veces, esas certezas son solo aparentes. Por desgracia, pueden desembocar fácilmente en fanatismo. Pero esto no sucede solo entre algunos creyentes. También preocupan las certezas de quienes gritan su ateísmo como si ya no quedara nada que preguntar. Porque esas certezas pueden llevar a expulsar los interrogantes, a borrar las dudas, a rechazar la búsqueda apasionada de la verdad y de un sentido más alto para la propia vida. 

Benditas las dudas honestas

que no dejan dormir al alma.

Benditas sean las dudas leales y honestas, las de los creyentes y también las de los no creyentes. No las dudas cómodas, esas que se sientan en el sofá del alma y dicen: “mejor no buscar demasiado, no sea que encontremos algo”. Hablamos de las dudas que nacen de una pasión verdadera por la verdad; de quien no se conforma con explicaciones frágiles, con frases hechas, con respuestas prefabricadas que suenan muy bien, pero no sostienen la vida cuando llega el peso de la cruz.

En Las sandalias del pescador, Morris West dibuja una figura muy sugerente: el padre Jean Télémond, jesuita, científico y teólogo, cercano al papa Kiril Lakota, el antiguo prisionero de Siberia que llegará a ser Cirilo I. Jean Télémond no es un enemigo de la fe. Tampoco es un escéptico de salón, de esos que dudan con una copa en la mano y sin que les tiemble nada por dentro. Es un hombre atravesado por preguntas, vigilado por sus ideas, probado por la Iglesia, y, sin embargo, profundamente apasionado por Dios y por la verdad. En la película se le conoce como David Telemond, y su figura recuerda claramente a Pierre Teilhard de Chardin, aquel jesuita que quiso pensar juntos la fe, la ciencia, la creación y el destino último del hombre.

Por eso su duda no es una fuga. Es una forma dolorosa de fidelidad. Hay dudas que no rompen la fe: la arrancan de la costumbre y la obligan a hacerse más humilde, más adulta, más verdadera. A veces, quien pregunta de verdad está más cerca de Dios que quien repite certezas como quien recita una contraseña para entrar tranquilo en el club de los buenos.

En la duda de aquellos primeros discípulos reconocemos también la fatiga del creyente. La fatiga de una fe que no se queda en ideas bonitas, sino que nos implica en una vida completamente nueva. Una fe que no elimina todas las preguntas, pero nos permite permanecer ante el Resucitado incluso cuando por dentro todavía hay niebla.

Y ahora Jesús dará un paso más y nos indicará cuál es la misión que el Resucitado confía precisamente a estos discípulos: tan frágiles, tan vacilantes, tan pobres de fe… y, sin embargo, elegidos por Él.

El Resucitado no se aleja:

se acerca de otra manera.

«Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra».

Sigamos examinando estos versículos con calma, palabra por palabra. Mateo dice que Jesús se acercó a los discípulos: «Acercándose a ellos». A primera vista, podría parecer un detalle innecesario. ¿Hacía falta decir que se acercó? ¿No bastaba con afirmar que les habló?

Pero ese acercamiento tiene mucho sentido ya que, durante la vida pública, los discípulos habían experimentado siempre a Jesús cerca de ellos. En Él habían contemplado a un Dios que no se mantiene a distancia de nadie. Habían visto al Dios que se acerca a los enfermos en su dolor, que se queda junto a los leprosos excluidos y marginados por todos, aquellos de quienes muchos pensaban que también Dios se había apartado. Habían visto al Dios que se sienta a la mesa y hace fiesta con publicanos y pecadores; al Dios que se deja acariciar y besar incluso por mujeres consideradas pecadoras. Este es el Dios cercano revelado en Jesús de Nazaret.

El Dios lejano, perdido más allá de las nubes, que de vez en cuando baja para hacer algún milagro o para repartir castigos a los malos, ese dios no corresponde al rostro que Jesús nos ha mostrado. Esa imagen debe quedar atrás para siempre, borrada por la cercanía del Dios que se ha revelado en Cristo. Porque Dios se ha hecho uno de nosotros, y en este Dios cercano podemos contemplar el rostro del Padre y escuchar su voz desde cerca.

Eso es lo que los discípulos habían visto durante la vida pública de Jesús. Pero ahora surge una pregunta decisiva: si Él está con el Padre, ¿seguirá estando cerca de nosotros?

Ahí está el sentido de este gesto: el Resucitado se acerca. Continúa a nuestro lado en cada momento de la vida, de un modo distinto, sí, pero no menos real que antes. Más aún, ahora su presencia es todavía más profunda, porque para Él han quedado superados los límites del espacio y del tiempo.

La oración nos enseña a percibir

una presencia que no abandona.

La oración es esa práctica espiritual que nos permite reconocer continuamente esta presencia. Nos mantiene en una relación íntima con Él, y de ahí brotan la alegría, la paz y la serenidad. No porque la vida deje de tener problemas —eso sería muy cómodo, casi como pedirle al Evangelio que funcione como un mando a distancia: “Señor, quítame esta dificultad, sube un poco la alegría y baja el volumen de los pesados”—, sino porque cuando Él está cerca, todo adquiere otro sabor y otro significado.

En cualquier circunstancia, pase lo que pase, su cercanía cambia la manera de vivirlo. No elimina mágicamente la realidad, pero la ilumina desde dentro.

El poder dado al Resucitado

Y ¿qué dice el Resucitado? «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Afirma que se le ha dado todo poder. Ahora bien, ¿de qué poder se trata?

Hay muchos poderes que nosotros querríamos que Él tuviera, pero que Él rechazó. El primero es el poder de dominar los reinos de este mundo, el poder sobre las naciones y los pueblos. Ese poder se lo ofreció el Tentador: los reinos del mundo parecen gobernarse con los criterios del egoísmo, de la imposición, del abuso, de la acumulación de bienes para uno mismo. Pero Jesús rechazó ese camino (cfr. Mt 4, 8-10). Ese poder no es divino; es diabólico.

El poder de Jesús no domina:

ama y sirve.

El poder de Dios es otro, y lo veremos enseguida. También hay otro poder que Jesús rechazó: el poder espectacular, el del milagro entendido como demostración de fuerza. En la cruz lo desafiaron: si era capaz, que bajara de allí. Pero no lo hizo. No quiso ejercer ese tipo de poder (cfr. Mt 27, 40-42).

Rechazó incluso el poder de salvarse a sí mismo. Le dijeron que había salvado a otros y que no podía salvarse a sí mismo. Y, en cierto sentido, era verdad: Jesús no posee ese poder, porque se ha despojado de todos los poderes que los hombres solemos admirar.

Lo que nosotros llamamos poder,

para Dios es debilidad.

Lo que nosotros llamamos poder, muchas veces, para Dios es debilidad: falta de amor, incapacidad de entregarse, incapacidad de servir. Por eso no pidamos a Jesús que utilice a nuestro favor esos poderes de dominio, de imposición o de autoprotección. No son los suyos.

El único poder que el Padre ha puesto en sus manos es el poder del amor, el poder del servicio a la vida.

¿Por qué el Resucitado recuerda ahora este poder que le ha sido entregado? Porque los discípulos están a punto de ser enviados al mundo. Y ellos conocen muy bien su propia fragilidad. Saben que son débiles, que han dudado, que han huido, que no tienen una fe de mármol. Y, además, sienten miedo ante la fuerza inmensa del mal, que a sus ojos parece invencible.

Entonces el Resucitado les dice, en el fondo: “Yo os entrego mi mismo poder, mi misma capacidad de amar”. Esa es la fuerza que llevará adelante el Evangelio. No la violencia, no la presión, no el prestigio, no el dominio, no el espectáculo. La fuerza del Evangelio es el amor que sirve y da vida.

Y ante esa fuerza, las puertas del abismo no podrán resistir; serán derribadas por el Evangelio (cfr. Mt 16, 18).

El Evangelio empieza con un verbo: “Id”.

«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado».

El Resucitado dice: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos». Lo primero que se nos pide para cumplir la misión confiada por Jesús es no quedarnos quietos, no instalarnos en nuestras posiciones, no vivir mirando hacia atrás como quien se sienta en la estación y deja pasar todos los trenes de la historia. El discípulo tiene que ponerse en camino; mirar hacia delante, abrirse al futuro, salir.

Las tareas dadas por el Resucitado

a sus discípulos

Y en ese envío aparecen tres tareas. La primera es hacer discípulos a todos los pueblos. La palabra “discípulo” procede del verbo latino discere (díscere), que significa aprender. Este detalle es precioso; nadie es maestro en sentido pleno. Maestro hay uno solo. Todos nosotros somos aprendices, personas que siguen acudiendo a la escuela de Jesús.

Entonces, ¿qué significa hacer discípulos a todos los pueblos? ¿Convertirnos nosotros en maestros que se colocan por encima de los demás? No. Significa acompañar a todos hacia la escuela de Aquel que ha sido nuestro Maestro; llevarlos a la escuela de quien nos ha fascinado porque nos ha enseñado una vida hermosa, no solo con sus palabras, sino con su propia existencia.

La misión no es dominar pueblos,

sino llevarlos a la escuela del Evangelio.

Esta tarea no está confiada a unos pocos especialistas, como si el Evangelio fuera cosa de un departamento reservado para profesionales de lo religioso. Está confiada a cada discípulo, es decir, a todos los que han estado en la escuela del Maestro.

¿Y quiénes deben ser hechos discípulos? Todos los pueblos, todas las naciones. En aquel tiempo, con esa expresión se aludía a los pueblos paganos. Para muchos judíos, aquella misión resultaba inaudita. ¿Por qué? Porque esperaban un Mesías que sometiera a los demás pueblos, que los dominara, que los pusiera bajo su autoridad.

Pero no habían comprendido la misión que Dios había confiado a su pueblo. La vocación de Israel no consistía en presumir de superioridad, sino en servir a las demás naciones, llevándoles las bendiciones prometidas a Abrahán y destinadas a todos los pueblos. Esta es, por tanto, la primera misión: conducir a todos a la escuela del Maestro, a la escuela del Evangelio.

La segunda tarea es bautizar. ¿Qué significa bautizar? En griego, βαπτίζειν (baptízein) significa literalmente “sumergir”. ¿Y dónde han de ser sumergidos todos los pueblos? Han se ser sumergidos en la vida divina, en el amor que une al Padre y al Hijo en el Espíritu.

Cuando la humanidad entre en esa lógica del amor, cuando se deje sumergir en ese amor, comenzará a realizarse la humanidad que Dios quiso desde el principio.

Bautizar es sumergir la vida

en el amor de Dios.

La tercera misión es enseñar a observar todo lo que Jesús ha mandado (cfr. Mt 28, 20). Pero enseñar no significa solo explicar con palabras, aunque también hagan falta palabras. Enseñar es mostrar con la vida lo que el Maestro ha enseñado.

Para resultar convincentes, lo primero es dejar ver que quien ha pasado por la escuela de este Maestro bueno se ha convertido también en una persona bella. Cuando los demás perciben que quien aprende de Jesús de Nazaret se vuelve más humano, más luminoso, más capaz de amar, entonces también ellos pueden sentirse atraídos por esa misma escuela.

¿Cuál es el temario a enseñar?

¿Y qué hay que enseñar? Todo lo que Él ha mandado. Y, en el fondo, Jesús ha mandado una sola cosa: dejarse mover siempre por el amor.

Nuestra vida debería convencer de que es hermoso ir a la escuela de este Maestro. Jesús lo dijo en el discurso de la montaña: “Vosotros sois la luz del mundo” (cfr. Mt 5, 14). Es decir: sois reflejo de mi luz, de mi vida.

¿Qué deberían ver quienes se acercan a nosotros? Deberían ver nuestras obras bellas, la belleza de una vida transformada por el Evangelio. Los primeros cristianos lo entendieron muy bien. En la primera carta de Pedro, dirigida a cristianos perseguidos en Asia Menor, se les recuerda que, aunque sean calumniados y despreciados, deben mostrar sus obras bellas, porque esas obras podrán convencer incluso a quienes los calumnian (cfr. 1 Pe 2, 12).

El mundo cambia cuando

dejamos actuar en nosotros al Espíritu.

Jesús nos dice que nos sintamos responsables de la vida de los demás. El cambio del mundo nos ha sido confiado. No podemos devolverle a Dios la tarea, como quien devuelve un paquete diciendo: “Esto venía complicado, mejor lo firma usted”. No podemos delegar en Él esperando que, a base de milagros, construya el mundo nuevo sin nosotros.

Sí, es Él quien lo realiza; pero lo realiza a través de nosotros. Nos ha dado su Espíritu. Y si dejamos que ese Espíritu actúe, realizará también en nosotros las obras que hemos contemplado en Jesús de Nazaret.

Cuando la misión supera nuestras fuerzas,

Dios no se retira.

«Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

No sorprende que los discípulos tengan miedo. Tienen miedo porque se sienten incapaces de llevar adelante la triple misión que el Maestro les ha confiado. Y por eso el Resucitado les dice: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».

En el Antiguo Testamento, cuando Dios confía a alguien una misión importante o difícil, suele ocurrir lo mismo: la persona siente temor e intenta echarse atrás. Le sucede a Moisés, que se ve incapaz de ir al faraón y además se excusa diciendo que no sabe hablar bien (cfr. Ex 3, 11-12; Ex 4, 10-13). Le sucede a Josué, que necesita ser alentado para introducir al pueblo en la tierra prometida (cfr. Jos 1, 5.9). Le sucede a Gedeón, que se considera demasiado pequeño para liberar a Israel (cfr. Jue 6, 12.15-16). Le sucede a Jeremías, que se siente demasiado joven y sin palabras para ser profeta (cfr. Jr 1, 6-8). E incluso le sucede a Jonás, que directamente huye cuando recibe la misión de ir a Nínive (cfr. Jon 1, 1-3). Es una reacción muy humana. Al fin y al cabo, cuando Dios llama, no suele entregar primero un diploma, una carpeta perfectamente ordenada y un plan de riesgos laborales. Llama, confía una misión, y el corazón empieza a temblar.

El “yo estoy contigo”

es la fuerza de los enviados.

Esa misma expresión aparece ahora en labios del Resucitado, dirigida a estos discípulos frágiles, llamados a ir al mundo entero para hacer discípulos a todos los pueblos.

El momento de la despedida de Jesús es presentado de manera distinta por los evangelistas, con imágenes diferentes. Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Jesús separándose de nuestro mundo y subiendo hacia el cielo: mientras los bendecía, se separó de ellos; fue elevado, y una nube lo ocultó a sus ojos. Pero Mateo no presenta así el momento de la separación. Para él no se trata de una subida hacia lo alto, como si Jesús se alejara de la historia. Es más bien un descenso hacia la llanura, hacia el mundo, para acompañar a los discípulos en la misión que les ha confiado

Jesús no se va lejos:

baja con nosotros al camino.

El Resucitado no abandona a los suyos mirando desde arriba, como quien supervisa la obra desde una ventana celestial. Permanece con ellos. Camina con ellos. Los sostiene en medio de su miedo y de su pequeñez.

Y ahí está la gran certeza de la misión cristiana: no somos enviados porque seamos fuertes, sino porque Él está con nosotros. No se nos confía el Evangelio porque no tengamos dudas, cansancios o límites, sino porque el Resucitado acompaña nuestra pobreza con su presencia.

Por eso la Iglesia puede ponerse en camino. No porque tenga todas las seguridades humanas, sino porque escucha de labios de su Señor la promesa que sostiene toda misión: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días».