viernes, 3 de abril de 2026

Homilía de la Vigilia Pascual - Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

 

Homilía de la Vigilia Pascual

Mt 28, 1-10 «id a comunicar a mis hermanos

que vayan a Galilea; allí me verán».

 

Durante estos días estamos rezando y meditando sobre la pasión de amor de Jesús, tal como nos la narró el evangelista Mateo. Allí aparecía el procurador romano, Poncio Pilato, que en dos ocasiones hizo salir a Jesús del palacio y lo presentó ante los sumos sacerdotes y ante la multitud de judíos, azuzada por ellos para pedir su condena a muerte.

He aquí el hombre:

y nadie quiere mirarlo.

Pilato sacó fuera a Jesús vestido con un manto escarlata y con la corona de espinas sobre la cabeza, y exclamó: «Aquí tenéis al hombre». Era como si dijera: aquí está una manera de ser hombre; decidme, ¿os gusta este hombre? Pero aparece como un derrotado, humillado, ridiculizado, como un rey de burla. Y todos, al verlo, gritan: «¡Quitadlo de en medio! ¡No queremos verlo! ¡Crucifícalo!».

He aquí vuestro rey:

y preferimos otro reino.

La misma reacción tuvo la multitud cuando Pilato dijo: «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la gente respondió: «No lo queremos ver. Nosotros ya tenemos un rey, y es el César». Querían ese reino construido según los criterios de este mundo. ¿Qué clase de rey es este? Les parecía ridículo. Y conviene notarlo bien.

Se puede ser muy religioso

y no acoger a Jesús.

Los que piden la condena a muerte de Jesús son personas muy religiosas; todos son creyentes. Están los sumos sacerdotes y están también esos judíos que frecuentan el Templo. Uno puede ser muy religioso y, sin embargo, rechazar la propuesta del hombre nuevo que trae Jesús y el reino nuevo que él inaugura: un reino de amor y de paz.

Lo rechazaron porque no les agradaba alguien que, según sus criterios, era un fracasado, un vencido. Y, en cierto sentido, era verdad: según los criterios de este mundo, Jesús no es un hombre de éxito, no es uno que domina; es un siervo por amor.

Lo que el mundo llama fracaso,

Dios lo llama verdad.

Y este hombre, y este reino, no agradan a quien piensa con la lógica de este mundo. La pregunta entonces es inevitable: ¿Dios estaba de acuerdo con ese juicio de los hombres? La respuesta la dio en la mañana de Pascua.

El octavo día:

la Pascua que inaugura la vida nueva

«Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro»

El relato comienza con una indicación de tiempo muy precisa; «al alborear el primer día de la semana», es decir, el día siguiente al sábado. Aquel año, además, la Pascua judía coincidía con el sábado; por eso ese día había quedado revestido de una santidad especial: era sábado y era Pascua. Todos habían guardado escrupulosamente el descanso. Pero ese primer día, que llega después del séptimo, para los cristianos se convertirá en el octavo día: el día nuevo, el día de Pascua.

La Pascua inaugura un tiempo nuevo.

Por eso, en la tradición cristiana, el número ocho adquirió un valor singular. Muchos baptisterios antiguos eran octogonales: quien descendía a aquellas aguas renacía a una vida nueva, a la vida inmortal manifestada en la Pascua. También hoy encontramos iglesias con cúpula octogonal. No es un capricho arquitectónico; es una confesión de fe. El pueblo que allí se reúne es el pueblo de los bautizados, el pueblo de los resucitados. Para Israel, el ocho no tenía este significado; para los cristianos, en cambio, se volvió un número cargado de esperanza.

Las primeras en ponerse en camino son dos mujeres. Sabemos incluso sus nombres: las dos se llaman María. Una es María Magdalena; la otra, probablemente, María, la madre de Santiago y de José, parientes de Jesús. Ellas habían asistido a la crucifixión desde lejos. Mateo lo recuerda con sobriedad; estaban allí, pero a distancia. No les permitían acercarse. Después de la muerte de Jesús sí pudieron aproximarse, cuando José de Arimatea lo bajó de la cruz. Y ahora vuelven de nuevo. ¿A qué? A ver el sepulcro. Es el afecto el que las mueve. El amor, aun cuando ya no sabe qué hacer, sigue yendo al lugar donde descansan los restos del amado.

El amor vuelve incluso

donde ya no espera nada.

Existía la costumbre de visitar la tumba durante tres días, porque se pensaba que quizá aún podía quedar algún signo de vida. Pero si en ese tiempo no ocurría nada, entonces se aceptaba que la muerte había sellado definitivamente su victoria. Estas mujeres llevan todavía dentro la escena de la sepultura: el cuerpo de Jesús envuelto por José de Arimatea en una sábana limpia, depositado en el sepulcro, la gran piedra rodada a la entrada, y después el silencio. Todo parecía cerrado. Todo concluido.

El evangelista dice que fueron a ver la tumba. En griego se expresa así: «ἦλθεν Μαριὰμ ἡ Μαγδαληνὴ καὶ ἡ ἄλλη Μαρία θεωρῆσαι τὸν τάφον»; que traducido es; «Vino María Magdalena y la otra María a contemplar / observar atentamente (incluso con el matiz de ponerse ante algo para mirarlo con detenimiento) el sepulcro». Pero aquí Mateo no emplea el verbo griego más común para indicar una simple mirada. En griego hay una diferencia muy hermosa. No se dice βλέπειν (blépein), que sería “mirar” en el sentido más inmediato, como quien ve algo y sigue de largo. Mateo usa θεωρεῖν (theoreîn), aquí θεωρῆσαι (theorêsai): una mirada que permanece, que contempla, que piensa, que busca sentido. Es decir, aquellas mujeres no llegan al sepulcro como turistas del dolor; llegan con el corazón herido, intentando comprender qué ha sucedido. No van solo a constatar un hecho. Van a quedarse ante un misterio que todavía no saben nombrar.

No miran solo una tumba;

intentan entender una derrota.

Están dolidas, sin duda. Pero también necesitan hacer lo que hacemos todos cuando la vida nos hiere: hablar, volver sobre lo ocurrido, intentar recoger los pedazos. Quizá se dijeron cosas muy parecidas a las que nosotros mismos decimos cuando nos topamos con un sufrimiento incomprensible: esto no tenía que pasar; ¿cómo ha podido Dios permitir algo así? El justo ha sido eliminado. El santo ha sido apartado. Los violentos se han impuesto. No era este el final que esperábamos.

Y poco a poco, conversando entre ellas, tal vez fueron llegando a una conclusión amarga: ha vencido lo de siempre. El poder, el dinero, el interés, la mentira. Lo que tantas veces aplasta al débil también ha aplastado a Jesús. ¿Qué queda entonces? Bajar los brazos. Resignarse. Aceptar que el mal tiene la última palabra. El justo ha sido vencido. El liberador ha sido silenciado. El sepulcro se ha convertido en su última morada.

Entonces el hombre nuevo habría perdido. Y el mundo nuevo, el reino de Dios del que Jesús hablaba, no habría pasado de ser un hermoso sueño. Porque, claro, si no ha conseguido realizarlo él, ¿quién lo va a realizar? Es la lógica más inmediata. Y también la más triste.

Sin la Pascua,

la vida termina en una piedra cerrada.

Quien no ha recibido todavía la luz de la Pascua sigue yendo al sepulcro como aquellas dos mujeres: con amor, sí, pero sin esperanza. Y cuando uno llega a la tumba sin esa luz, solo le queda llorar. Nada más. Porque, si todo termina ahí, tarde o temprano aparece una pregunta que no es irreverente, sino profundamente humana: ¿vale la pena nacer, si al final nuestro destino es una tumba?

La piedra removida:

el lenguaje pascual de Mateo

«Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve».

El evangelista Mateo cuenta de un modo distinto a Marcos, a Lucas y a Juan lo que las mujeres encontraron al llegar al sepulcro. Los otros evangelistas coinciden en decir que, cuando llegaron, hallaron la piedra ya removida y la entrada del sepulcro abierta de par en par. Mateo, en cambio, dice que las mujeres asistieron a una escena grandiosa: un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, removió la piedra y luego se sentó sobre ella. Ahora bien, quien toma al pie de la letra lo que Mateo está narrando se pregunta enseguida: entonces, ¿qué nos han contado los otros evangelistas? La respuesta es sencilla. Solo quien no comprende el lenguaje y las imágenes bíblicas que emplea Mateo puede pensar que está describiendo un hecho material. Lo que las mujeres encontraron al llegar ya lo han contado los otros tres evangelistas. Mateo quiere ayudarnos a captar el sentido de esa piedra removida. Dios había vencido a la muerte, y para expresar esta verdad recurrió al lenguaje y a las imágenes que tenía a su alcance, las mismas que sus lectores conocían bien porque las encontraban en la Escritura.

El terremoto;

Irrupción de la potencia divina en el mundo.

La primera imagen es esta: hubo un gran terremoto en la Pascua. El mayor terremoto de la historia del mundo. El terremoto es una explosión impresionante de las fuerzas de la naturaleza. Cuando hay un terremoto, nada queda como antes: todo se sacude. Y esta es una imagen muy eficaz para expresar lo que sucede cuando Dios interviene en la historia. Siempre hay un terremoto. De hecho, en la Biblia esta imagen aparece muchas veces. Cuando Dios comunica su palabra a Moisés, el monte Sinaí tiembla con fuerza (cfr. Ex 19, 18). También Elías, en el monte, antes de la revelación del Señor, asiste a un terremoto (cfr. 1 Re 19, 11-12). Y cuando Dios decide intervenir para cambiar la historia, emplea esa misma imagen: «Yo haré temblar la tierra y el cielo» (cfr. Ag 2, 6-7). Si además nos acercamos al Apocalipsis, vemos que esta imagen vuelve una y otra vez (cfr. Ap 6, 12-14; 8, 5; 11, 13; 11, 19; 16, 18)».

Nadie, al leer esos textos, pensaba en terremotos materiales. Y también quienes escuchaban este pasaje del Evangelio de Mateo comprendían muy bien de qué terremoto estaba hablando. Se trataba de la irrupción de la potencia de vida divina en el mundo. Una fuerza de vida inmortal había entrado en los abismos de la tierra, en el שְׁאוֹל (Sheol), en los infiernos, en el mundo de los muertos, y allí había provocado el terremoto; lo había sacudido todo.

Esta verdad aparece expresada de un modo muy bello en los iconos. Cristo, al concluir su vida en este mundo, entró en el mundo de los muertos. Derribó las puertas de la prisión en la que la muerte retenía a sus víctimas. Entró y los liberó a todos. Los llevó a la casa del Padre, al mundo de la vida eterna. Y ved también la otra imagen: ha roto las cadenas, los cerrojos de la muerte, los de aquella prisión; y ha puesto en fuga para siempre a la muerte, nuestro gran enemigo. La muerte aparece acorralada, despojada de todo poder. Fue precisamente en los abismos de la tierra, en los infiernos, donde tuvo lugar el mayor terremoto de la historia de la humanidad.

Antes de Jesús habían entrado allí los patriarcas, David, Moisés, los profetas, el Bautista. ¿Y qué había sucedido? Nada. Todos habían quedado prisioneros de la muerte. Pero cuando Jesús de Nazaret entró en el mundo de los muertos, entonces sí se produjo el terremoto. Allí entró la vida que venció para siempre a la muerte.

El ángel del Señor:

Dios mismo interviene.

La segunda imagen es la del ángel del Señor aparece con frecuencia en la Biblia, pero no se trata del ángel tal como nosotros solemos imaginarlo. Es una expresión que los autores sagrados emplean cuando quieren presentar una intervención del Señor. En vez de decir «el Señor hizo» o «el Señor dijo», dicen «el ángel del Señor hizo» o «el ángel del Señor dijo». Por ejemplo: es el Señor quien habla a Moisés en la zarza ardiente, pero el autor sagrado dice que el ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego en medio de la zarza. En nuestro pasaje, ese ángel que desciende y hace rodar la piedra es Dios mismo que ha intervenido.

Ha retirado para siempre esa piedra que separaba el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Ya no existen los muertos. Se pasa de la vida a la vida. «Quien cree en mí no muere, no puede morir», porque a cada hombre le ha sido dada la vida del Dios inmortal. Esta es la victoria sobre la muerte.

A veces los médicos vencen a la muerte, pero no es una victoria definitiva; es aplazar la derrota, porque al final la muerte vuelve a reclamar su presa. El verdadero terremoto ocurrió cuando Dios entró en el mundo de los muertos y llevó allí su vida en Jesús de Nazaret.

El ángel removió la piedra

Después de decirnos que el ángel removió la piedra, quizá nosotros esperaríamos que el evangelista contara que Jesús salió del sepulcro. Pero eso no podía narrarse así, porque Jesús no volvió de allí. Hay un evangelio apócrifo del siglo II, el llamado Evangelio de Pedro, que dice que Jesús salió del sepulcro. No. No podía salir, porque él no regresó a esta vida: entró en la casa del Padre. Esa es la resurrección. Resucitó en el mismo momento en que, en el Calvario, exhaló el último aliento y nos entregó su Espíritu.

Los hombres habían puesto la piedra como signo definitivo de su victoria. También nosotros lo decimos: «poner una piedra encima», como diciendo: aquí ya no cambia nada. Parecía que la muerte había pronunciado la última palabra. Y, sin embargo, la que venció fue la vida.

El ángel sentado sobre la piedra.

         La tercera imagen es la del ángel, sentado victorioso sobre la piedra, es Dios celebrando el triunfo de la vida. Recordemos que aquella piedra había sido sellada y custodiada por soldados. Nadie debía moverla. Jesús tenía que permanecer allí para siempre: había molestado demasiado. Todas estas imágenes expresan lo que los hombres habían intentado hacer con Jesús: encerrarlo definitivamente en el sepulcro, dejarlo prisionero de la muerte. Pero Dios intervino y rompió los sellos de la muerte, esos sellos puestos por los poderosos que querían perpetuar el mundo del mal, de la injusticia y de la violencia.

Romper los sellos significaba desafiar la autoridad de quien los había puesto; en este caso, desafiar al emperador de Roma, del que Pilato era representante. Era el símbolo mismo de los poderes de este mundo. Y Dios no tuvo miedo de quebrar los sellos de la autoridad imperial. Este es el significado de la imagen. Dios rompe sus sellos, no teme a los reinos de este mundo, y nos invita también a nosotros a cultivar ese mismo valor frente a la prepotencia del mal con la que tantas veces nos encontramos en la vida.

El mal del mundo no es invencible. Es verdad que resulta invencible con las solas fuerzas naturales, pero hoy nosotros hemos recibido una fuerza que viene del cielo. El ángel, en efecto, desafía a los poderes de este mundo, a los dominadores opresores que ya no querían ni oír hablar del reino de Dios introducido por Jesús.

El ángel con aspecto como de un relámpago

y vestido blanco

La última imagen es el aspecto del ángel era como un relámpago y su vestido blanco como la nieve. El relámpago es el máximo resplandor de la luz y de la potencia. ¿Cuándo brilló la luz de Dios con toda su fuerza y toda su gloria? Cuando venció a la muerte. También el blanco es símbolo de la luz. Juan, al comienzo de su primera carta, dice: «Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna» (cfr. 1 Jn 1, 5).

Con todas estas imágenes, Mateo está diciendo que el mensaje que las mujeres han recibido, como enseguida escucharemos, viene de Dios.

Y ahora entran en escena los que se sienten incómodos ante la luz del cielo, porque se han puesto del lado de la tiniebla y de la muerte.

Quienes sirven al mal

no resisten la Pascua

«los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos»

Los guardias puestos para custodiar el sepulcro representan a todos aquellos que, por interés o por servilismo, se ponen al servicio del mal; a quienes se venden al poderoso de turno por amor al dinero. Los sorprende el terremoto. No lo esperaban. Estaban convencidos de que el reino que defendían era invencible, inamovible, pero la intervención de Dios lo ha sacudido todo. Y la consecuencia es inmediata; quedan sobrecogidos de espanto y caen en tierra como muertos.

 

Quien sirve al mal termina derribado

por su propia mentira.

¿Qué quieren decir estas imágenes? Que quien se pone del lado del mal queda desarmado ante la intervención de Dios. Ahí está también la invitación que se nos hace: no tener miedo a las fuerzas del mal. Se nos ha dado una fuerza divina que vence a la muerte.

El ángel del Señor no dirige su palabra a los guardias. Ellos tienen que darse cuenta por sí mismos de que su vida está al servicio del mal, del reino de la injusticia, de la mentira y de la muerte. Y una vida así está destinada al fracaso.

El dinero puede comprar silencios,

pero no la verdad.

Por desgracia, no aceptarán cambiar ya que seguirán pensando solo en su propio interés. De hecho, el relato continuará diciendo que aceptarán mentir por amor al dinero. Su elección es una imagen muy elocuente de lo que sucede también hoy tantas veces: que con dinero se compran con facilidad muchas conciencias.

El ángel, como decía, no habla a los guardias; habla a las mujeres

«No tengáis miedo vosotras».

Los guardias, sí; vosotras, no.

«El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado».

Cuando un ángel anuncia la palabra del cielo a una persona de este mundo, aparece siempre la imagen del temor. También cuando el ángel habla a María le dice: «No temas, María». Y en la noche de Navidad, cuando los pastores se ven envueltos por la luz del cielo, quedan llenos de un gran espanto. Entonces el ángel del Señor les dice: «No temáis; os anuncio una gran alegría».

El miedo no aleja a Dios:

revela su grandeza.

Ese temor es una imagen de la toma de conciencia, de la distancia infinita que existe entre nosotros, que vivimos en esta condición de criaturas frágiles y mortales, y el mundo de Dios, del que procede esa voz.

Después de invitar a no tener miedo, el ángel explica el significado de aquella piedra removida del sepulcro. Dice: «ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!». Ha pasado por el mundo de los muertos, pero no se ha quedado allí; al contrario, lo ha vaciado.

El sepulcro vacío no es la meta:

es una señal.

El sepulcro vacío es solo el signo material que prepara a las mujeres para el encuentro con el Resucitado. No será un encuentro verificable con nuestros sentidos, porque el Resucitado ya no tiene un cuerpo compuesto de átomos. Es él, verdaderamente él, pero revestido de incorruptibilidad.

El encuentro con el Resucitado, que primero tendrán las mujeres y después los discípulos, será contado por los evangelistas con imágenes tomadas de nuestro mundo material: ver, tocar, abrazar al Resucitado. Lucas llegará incluso a decir que comen con el Resucitado. Son imágenes con las que los evangelistas narran una experiencia verdadera, real, aunque no material: el encuentro del hombre con el mundo de Dios.

«Ha resucitado, como había dicho», dice el ángel. Es el recuerdo de lo que Jesús había anunciado lo que abre los ojos de las mujeres y las prepara para ver al Resucitado.

Para ver al Resucitado,

hay que volver a Galilea.

Y el ángel continúa: «y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”». Esta invitación a volver a Galilea tiene algo de enigmático. Pero está dirigida también a nosotros, si queremos ver al Resucitado. El anuncio del Evangelio, lo recordamos, había comenzado en Galilea. ¿Qué está diciendo el ángel? Está invitando a recorrer de nuevo el camino que hicieron los apóstoles junto al Maestro, y promete que, al final de ese recorrido, sus ojos se abrirán de par en par y verán el destino de quien ha entregado la vida por amor: un destino que no es el sepulcro, sino la casa del Padre.

Pero Galilea tiene también otro significado. Sabemos que estaba habitada por judíos mezclados con paganos. Los habitantes de Jerusalén los consideraban casi medio paganos. En Galilea convivían con toda naturalidad judíos y paganos. Era una región donde la fidelidad religiosa y la práctica dejaban bastante que desear.

Galilea es nuestro mundo cotidiano.

Galilea es justamente la imagen de nuestro mundo. Es el mundo en el que vivimos nosotros, al lado de personas que buscan a Dios y de otras a las que Dios no les interesa en absoluto; al lado de personas que nos resultan simpáticas y de otras que quizá no soportamos demasiado. Y es precisamente en esta realidad donde se nos invita a recordar lo que él dijo. Y cuando nosotros escuchamos lo que él dijo, entonces lo vemos. Él es el Viviente.

Cuando Cristo sale al encuentro

de quienes lo buscan

«Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Las mujeres, dice el evangelista, dejaron deprisa el sepulcro y corrieron a anunciar a los hermanos la experiencia que habían vivido. Todavía no han visto al Resucitado, pero ya están preparadas para el encuentro. El ángel las había dispuesto para ello cuando les dijo: recordad lo que él había dicho. Y entonces Jesús sale a su encuentro y les dice: «Alegraos». 

Las mujeres se echan a los pies de Jesús:

el sentido de toda su vida es un camino

La alegría que trae el Resucitado al mundo es inmensa. Las mujeres se acercan y le abrazan los pies. Y este detalle sorprende, porque uno esperaría que se echaran a sus brazos. Pero el evangelio llama la atención justamente sobre los pies, ellas se echan a sus pies: «le abrazaron los pies y se postraron ante él». Las mujeres han comprendido el sentido de toda la vida de Jesús: ha sido un camino, un camino recorrido desde el Padre hasta nosotros y, atravesando la muerte, de regreso al Padre, entregando la vida. Él nos ha precedido en el reino de la inmortalidad.

Es decisivo para nosotros entender adónde conduce el camino de Jesús. El evangelista Marcos presenta toda la vida pública del Señor como un camino que avanza hasta Jerusalén, donde entrega la vida. Pero ese camino no se detiene en el Calvario. 

Recorrer los pasos de los pies de Jesús

Por eso es tan importante contemplar esos pies, porque han ido mucho más lejos. Hay que contemplar el destino último de esos pies; solo entonces tendremos también nosotros el valor de recorrer su mismo camino.

Las palabras que el Resucitado dirige a las mujeres son las mismas que había pronunciado el ángel: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». Es hermoso ese «hermanos». Después de que lo abandonaron, lo negaron y lo entregaron, él sigue llamándolos así: hermanos.

El Resucitado no reprocha:

reúne de nuevo a los suyos.

Y es a esos hermanos a quienes les confía un mensaje de alegría y de esperanza, un anuncio destinado a toda la humanidad: la victoria de la vida sobre la muerte.

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