Homilía del Viernes Santo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
según san Juan 18, 1 — 19, 42
La pasión según san Juan
El rostro de Dios revelado en Jesús
Qué hermoso y qué
serio es detenernos una y otra vez en el relato de la pasión de Jesús según san
Juan.
El cuarto
evangelio se abre con una afirmación decisiva: “A Dios nadie lo ha visto
jamás; solo el Hijo lo ha revelado” (cfr. Jn 1, 18). Ahí está la clave de
lectura de todo el Evangelio. Juan invita al lector, y con él a la comunidad
creyente, a poner la mirada en Jesús y a revisar allí, a la luz de su
vida, de sus gestos y de su palabra, la imagen que nos hemos hecho de Dios.
No Jesús como Dios, sino Dios como Jesús
Aquí conviene
afinar mucho. No se trata simplemente de decir que Jesús se parece a Dios. La
novedad del Evangelio de Juan es mucho más radical: no es Jesús el que se
parece a Dios; es Dios el que se parece a Jesús. Y la diferencia no es
pequeña. Porque si yo digo que Jesús es “como Dios”, corro el riesgo de suponer
que ya sé quién es Dios, de dar por buena una idea previa nacida de la
tradición, de la costumbre religiosa, de ciertos esquemas heredados, o incluso
de alguna superstición piadosa que se nos ha pegado sin pedir permiso.
Juan, en cambio,
nos obliga a una especie de ayuno interior: suspender durante un momento todo
lo que creemos saber sobre Dios y verificarlo todo en Jesús. Lo que
coincide con él, permanece. Lo que no coincide, lo que se aleja de él o lo
contradice, sobra.
El Evangelio entero mira hacia esta revelación
Todo el Evangelio
de Juan camina en esa dirección. Quiere hacernos comprender quién es Dios
mirando a Jesús. Y el Dios que aparece en Jesús no es un soberano que
aplasta, ni un juez que disfruta condenando, ni una divinidad necesitada de
homenajes. Es un Dios-amor, un Dios que se pone al servicio del ser
humano, un Dios que no domina, sino que sirve; un Dios que no condena, sino que
perdona.
Por eso la pasión,
en Juan, no es solo la narración dolorosa de unos hechos ocurridos hace dos mil
años. No es una simple crónica. Es una revelación teológica, una palabra
de verdad para la vida creyente de todos los tiempos. Juan no nos cuenta la
pasión únicamente para que nos conmovamos; nos la cuenta para que entendamos
mejor quién es Dios y qué significa ser hombre según el corazón de Dios.
Antes de la pasión
El nombre del Padre dado a conocer
Antes de entrar en la pasión, Jesús
concluye la cena con unas palabras que enmarcan todo lo que vendrá después: «Yo
les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer» (cfr. Jn
17, 26). En la Biblia, el nombre no es una etiqueta; es la identidad misma
de la persona.
Jesús ha dado a
conocer el nombre del Padre, es decir, ha revelado quién es Dios. ¿Y cómo lo ha
hecho? Lavando los pies a sus discípulos. Ahí ya queda dicho todo. Jesús
revela a Dios sirviendo.
La grandeza de un Dios que se inclina
Al lavar los pies,
Jesús no se degrada.
Levanta a los suyos. Eleva a quienes eran tratados como siervos a la
dignidad de señores. Por eso, cuando afirma que seguirá dando a conocer el
nombre del Padre, los capítulos 18 y 19 no son un simple descenso a la
tragedia. Son todavía revelación.
También ahí, en la
noche del arresto, en el tribunal, en la humillación y en la cruz, Jesús sigue
diciendo quién es Dios. Y lo sigue diciendo del mismo modo: con respuestas
de amor.
El arresto
Una operación desmesurada
Naturalmente, de
unos capítulos tan densos solo se pueden recoger algunos momentos. Pero esos
momentos bastan para dejarnos tocados por dentro.
El escenario
inicial es dramático. Jesús está con sus discípulos al pie del monte de los
Olivos. Desde lejos se ve venir una expedición enorme, desproporcionada, casi
grotesca. Juan presenta una operación inmensa para detener a un hombre que
nunca ha ejercido violencia ni ha encendido a la gente con palabras
violentas. Sin embargo, avanzan antorchas, linternas, guardias del Templo y
cohorte romana. La imagen es deliberadamente exagerada para subrayar una
verdad: Jesús es peligrosísimo para el sistema.
Cuando el poder se siente amenazado
No solo es un
problema para el sistema religioso, que él desmonta desde la raíz; también es
una amenaza para el sistema político. Cuando el poder detecta un peligro
verdadero, las diferencias se olvidan pronto y las fuerzas se alían. En ese
sentido, el Evangelio es de una lucidez incómoda: cuando hay que defender el
poder, los adversarios saben colaborar admirablemente.
Jesús ve venir a
esa multitud desde lejos. Habría tenido tiempo de sobra para escapar. Bastaba
internarse en el monte, perderse entre las hendiduras del terreno y
desaparecer. Además, los discípulos estaban dispuestos a defenderlo. Pedro lo
había dicho con una mezcla de valentía y de inconsciencia: estaba dispuesto a
dar la vida por él.
El pastor no huye
Pero Jesús no
acepta ese juego. Él no quiere que los suyos mueran por él; quiere, si llega
el caso, que aprendan a vivir y a darse con él y como él.
Y entonces hace un
gesto de pastor verdadero. No huye. Se queda. Sale al encuentro de quienes
vienen a prenderlo y, en el fondo, realiza un intercambio: «Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos»
(cfr. Jn 18, 8). El buen pastor pone por delante la vida de los suyos.
No solo persiguen a Jesús, persiguen su mensaje
Aquí Juan deja
entrever algo más. La orden de captura no iba dirigida solo contra Jesús en
sentido aislado. También su mensaje es peligroso. Por eso, cuando lo llevan
ante el sumo sacerdote, no le preguntan solamente por él, sino «por sus discípulos y por su doctrina»
(cfr. Jn 18, 19). Lo que molesta no es una persona privada; lo que resulta
insoportable es una palabra que libera.
El conflicto de fondo
La religión como sistema de control
Y ahí entramos en
un punto decisivo del evangelista. El mensaje de Jesús desmantela la
religión entendida como sistema de control. No la fe viva, no la alianza
con Dios, no la escucha de la Palabra, sino ese entramado de mediaciones,
dependencias y miedos que termina colocando a Dios lejos del hombre y al hombre
lejos de Dios.
Jesús presenta una
imagen de Dios completamente distinta. No un Dios que pide, sino un Dios que
da. No un Dios que absorbe las energías del hombre, sino un Dios que le
comunica su propia vida. No un Dios sentado en el trono esperando
homenajes, sino un Dios que se pone de rodillas para servir. Y esto, ayer como
hoy, tiene una fuerza explosiva.
Un Dios que habita en el hombre
La religión había
situado a Dios en la distancia: inaccesible, remoto, casi administrado por
especialistas. Para acercarse a él parecía indispensable pasar por mediadores,
lugares sagrados, tiempos sagrados, ritos sagrados, ofrendas, normas,
purificaciones.
Pero en el mismo
Evangelio Jesús dice: «Vendremos a él y haremos morada en él» (cfr. Jn
14, 23). Eso no es un pequeño matiz espiritual. Eso es un terremoto.
Cuando el puente se vuelve barrera
Si Dios no está
simplemente fuera de nosotros, sino que quiere habitar en nosotros; si la
persona humana es llamada a ser morada de Dios, entonces muchas de las
mediaciones que el sistema religioso había absolutizado quedan radicalmente
cuestionadas. Lo que se presentaba como puente puede convertirse en
barrera.
Y por eso Jesús
resulta tan peligroso: porque devuelve al hombre una dignidad y una cercanía de
Dios que ya no pueden ser administradas desde arriba.
Ante el sumo sacerdote
Atado, pero libre
Cuando lo llevan
ante el sumo sacerdote, Jesús aparece atado, pero sigue siendo libre. Ni
siquiera atado deja de ser peligroso. Basta una respuesta suya para que una
guardia lo abofetee.
Y la reacción de
Jesús no es ni resentimiento ni sumisión servil. Responde con una
serenidad que desconcierta: «Si he hablado
mal, muestra en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?»
(cfr. Jn 18, 23). Es una frase inmensa.
El amor que hace pensar
Jesús no busca
humillar al guardia, sino despertarlo. El amor verdadero no aplasta a la
persona; trata de hacerla pensar.
Eso aterra al sumo
sacerdote. Porque si Jesús logra que una guardia piense con cabeza propia,
el sistema entero tiembla. Ya había pasado antes: enviaron guardias a
detenerlo y regresaron sin cumplir la orden, diciendo: «Jamás ha hablado
nadie como este hombre» (cfr. Jn 7, 46). Ahí está el verdadero miedo del
poder. No teme solo al rebelde. Teme mucho más al que despierta
conciencias.
El amanecer del último día
Una pureza que ya no reconoce al inocente
Juan presenta el
último día de la vida de Jesús con una lentitud deliberada. Todo adquiere
densidad. Todo pesa.
Los jefes
religiosos lo llevan al pretorio, pero ellos no entran. No quieren contaminarse
entrando en casa de un pagano, para poder comer la Pascua. La escena tiene una
ironía que corta como cuchillo. Van a hacer matar a un inocente y, al mismo
tiempo, se preocupan por no rozar una impureza legal.
Filtrar el mosquito y tragar el camello
Eso ya lo había
desenmascarado Jesús en otro evangelio: filtran el mosquito y se tragan el
camello (cfr. Mt 23, 24). Hay escrúpulos que no nacen del amor a Dios, sino del
miedo a manchar la propia imagen religiosa.
Pilato sale y pregunta qué acusación traen
contra ese hombre. La pregunta les molesta. No soportan que se les pida
razón de sus actos.
El desprecio que borra el nombre
Contestan con
desprecio: «Si este no fuera un malhechor, no
te lo habríamos entregado» (cfr. Jn 18, 30). Ni siquiera
pronuncian su nombre. En el relato se percibe un odio tan ácido que evita
hasta el nombre de Jesús. No es un detalle menor. Cuando alguien se
vuelve insoportable para el poder, primero se le niega el nombre y luego se le
niega la dignidad.
El delito de Jesús
Haber hecho crecer a los demás
Y lo llaman
malhechor.
Aquí el relato se vuelve particularmente duro y luminoso a la vez. Jesús,
que ha pasado haciendo el bien, es declarado malhechor por quienes viven del
mal disfrazado de bien.
¿Qué ha hecho Jesús
para merecer ese título? Ha hecho crecer a las personas. Les ha devuelto la
capacidad de pensar, de caminar, de decidir, de escuchar la propia conciencia.
Y eso es intolerable para un poder religioso que necesita súbditos infantiles,
dependientes, permanentemente autorizados desde fuera.
El proyecto de Dios convertido en blasfemia
Por eso la acción
de Jesús aparece como una amenaza. Ya en el capítulo 10, en pleno conflicto con
las autoridades, se escucha la acusación: «No te apedreamos por una obra
buena, sino por blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (cfr.
Jn 10, 33). La paradoja es brutal. Lo que para el Evangelio es el gran
proyecto de Dios, para el sistema religioso resulta un crimen.
Hijos de Dios: lo insoportable para el poder
Porque Juan lo ha
dicho desde el prólogo: «A cuantos lo recibieron, les dio poder para llegar
a ser hijos de Dios» (cfr. Jn 1, 12). Eso quiere Dios para la humanidad: que
el hombre llegue a ser hijo en el Hijo, que entre en su intimidad, que viva de
su misma vida.
Pero precisamente eso es lo que vuelve insoportable a Jesús para quienes han construido su poder sobre la distancia entre Dios y el pueblo. Si el hombre puede ser hijo, el mediador absoluto se queda sin trono.
La ley y su manipulación
Un pagano recordando la ley
Pilato, con una
ironía involuntaria, les responde: «Tomadlo
vosotros y juzgadlo según vuestra ley» (cfr. Jn 18, 31). Resulta
casi cómico, si no fuera trágico, que un pagano termine recordando a los jefes
religiosos el valor de la ley que ellos invocan constantemente.
Porque su propia
ley no permitía condenar a nadie sin escucharlo. Pero ya se sabe: cuando la
ley sirve al poder, se la invoca; cuando lo incomoda, se la acomoda.
No basta matarlo: hay que desacreditarlo
Entonces
responden: «A nosotros no nos está permitido
dar muerte a nadie» (cfr. Jn 18, 31). La frase tiene algo de
máscara. No es que no quieran la muerte de Jesús. La quieren. Lo que buscan
ahora es otra cosa: una muerte políticamente útil, una ejecución que
desacredite para siempre a Jesús ante el pueblo.
No basta con
quitarlo de en medio. Hay que evitar que se convierta en mártir. Hay que
manchar su memoria.
El primer interrogatorio de Pilato
“¿Eres tú el rey de los judíos?”
Pilato vuelve a
entrar en el pretorio y pregunta: «¿Eres tú
el rey de los judíos?» (cfr. Jn 18, 33). La acusación, ahora,
es política. “Rey de los judíos” significa agitador, aspirante mesiánico,
amenaza contra Roma.
Pero Jesús no entra en el juego del poder.
No responde de inmediato. Devuelve la pregunta: «¿Dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?»
(cfr. Jn 18, 34).
Jesús no solo responde: despierta
Ese gesto es muy
característico de Jesús en este relato. No se limita a defenderse; intenta
despertar a quien lo interroga. Lo había hecho con el guardia. Lo hace
ahora con Pilato. Jesús no quiere solo salvarse; quiere, incluso en ese
momento, liberar.
Pilato responde
con fastidio: «¿Acaso soy yo judío? Tu nación
y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?»
(cfr. Jn 18, 35). La frase es gravísima.
No solo lo rechazan los que mandan
No solo las
autoridades religiosas están contra Jesús; aparece también “su nación”. Todos
parecen alineados contra él. Es la imagen de una victoria del poder.
Y aquí el
Evangelio toca una fibra muy humana. No solo detestan a Jesús los que
mandan; también les incomoda a veces a los que obedecen. ¿Por qué? Porque
Jesús hace libres, y la libertad no seduce siempre.
La tentación de cambiar libertad por seguridad
La religión,
cuando degenera en sistema, ofrece una ventaja inquietante: te quita libertad,
pero te da seguridad.
Basta obedecer. Basta no pensar demasiado. Basta dejar la conciencia en
consigna. Es cómodo. Asusta menos. La libertad es hermosa, sí, pero no viene
con barandillas.
La verdadera realeza
“Mi reino no es de este mundo”
Entonces Jesús
responde con una de las frases más mal entendidas del Evangelio: «Mi reino no es de este mundo» (cfr. Jn 18,
36). No está hablando de un reino celeste, etéreo, de otro planeta o reservado
para después de la muerte. Está diciendo algo mucho más exigente: su modo de
reinar no nace de la lógica de este mundo. No se sostiene en la fuerza, ni
en la imposición, ni en el miedo, ni en la violencia. Es otro origen y, por
eso, otra práctica.
Tener, subir, mandar… o compartir, bajar, servir
Si su reino fuera
de este mundo, sus servidores habrían combatido para impedir su entrega. Pero
no. Su reino no se defiende golpeando.
El reino de Dios
no es un decorado piadoso añadido al mundo; es una sociedad
alternativa, donde los verbos que rigen la vida dejan de ser tener, subir y
mandar, y pasan a ser compartir, bajar y servir. Son dos universos
incompatibles. De un lado, dominio, mentira y violencia. Del otro, servicio,
verdad y amor.
La verdad
“Para esto he venido al mundo”
Pilato, perplejo,
insiste: «Entonces, ¿tú eres rey?»
(cfr. Jn 18, 37). Pero a Jesús no le interesa quedar atrapado en el vocabulario
del poder. Corta por lo esencial: «Yo para
esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la
verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (cfr. Jn 18,
37).
Aquí el Evangelio
pide una escucha muy fina. Nosotros esperaríamos lo contrario: que Jesús dijera
“quien escucha mi voz está en la verdad”. Pero no.
Antes de escuchar a Jesús, hay que elegir la verdad
Jesús dice: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
Eso significa que, para escuchar de verdad a Jesús, no basta con oír
palabras religiosas. Hace falta una disposición previa del corazón y de la vida.
Hay que ponerse de parte de la verdad.
La verdad no se posee
Y en san Juan la
verdad no es, ante todo, una doctrina que uno posee. Es una manera de estar
en la vida. Más adelante Jesús dirá: «Yo soy la verdad» (cfr. Jn 14,
6). No dirá: “yo tengo la verdad”. Y eso es importantísimo.
Las personas más
peligrosas no son siempre las más malvadas; a veces son las que creen poseer la
verdad.
Porque quien cree tenerla se siente con derecho a juzgar, a condenar, a
separar, a mirar como enemigo al que no coincide con su idea.
Hacer la verdad
Quien “tiene” la
verdad se distancia. Quien “hace” la verdad se acerca. Por eso, en el diálogo
con Nicodemo, Jesús no contrapone hacer el mal a hacer el bien, sino hacer el
mal a “hacer la verdad” (cfr. Jn 3, 21).
La verdad, en
Juan, no es un objeto que uno guarda en el bolsillo ni una doctrina que uno
blandiera como espada. La verdad es algo que se vive. Se camina en la
verdad. Se hace la verdad. Y hacer la verdad significa hacer el bien.
El bien del hombre como criterio
Esa distinción
cambia muchas cosas. Quien se cree dueño de la verdad termina separándose de
los demás. Quien vive en la verdad se acerca a todos para hacer el bien. No
pregunta primero qué piensa el otro, qué cree, qué vota, en qué tradición se
sitúa. El bien se vuelve prioritario.
Cuando una doctrina se coloca por encima del bien concreto de la persona, tarde o temprano se hace sufrir en nombre de esa doctrina. Jesús no acepta eso. El bien del hombre es el valor absoluto.
«¿Qué es la verdad?»
Pilato entonces
formula la pregunta que atraviesa los siglos: «¿Qué
es la verdad?» (cfr. Jn 18, 38). No es una pregunta filosófica
serena; suena más bien a cansancio, a escepticismo, a incapacidad de
comprender. Y Juan la coloca en labios del hombre del poder.
Es muy
significativo. Quien vive dentro de la lógica del poder rara vez entiende la
verdad, porque la verdad no se domina.
La inocencia de Jesús y la cobardía de Pilato
“Yo no encuentro en él ninguna culpa”
Pilato sale otra
vez y declara: «Yo no encuentro en él ninguna
culpa» (cfr. Jn 18, 38). Lo dirá tres veces en total. Y
precisamente ahí queda retratado. Porque la triple afirmación de la inocencia
de Jesús no absuelve a Pilato; lo desenmascara. Sabe que es inocente, y aun
así lo dejará condenar.
Barrabás o Jesús
La elección del sistema
Pilato intenta una
salida política: aprovechar la costumbre de soltar a un preso por Pascua. Les
propone liberar al «rey de los judíos»
(cfr. Jn 18, 39). La respuesta es inmediata: «No
a este, sino a Barrabás» (cfr. Jn 18, 40). Y Juan añade: «Barrabás era un bandido» (cfr. Jn 18, 40).
Más peligroso que un bandido
El contraste es
estremecedor. Barrabás, “hijo del padre”, aparece como la figura de la
violencia, de la muerte, del desorden. Jesús, en cambio, es el Hijo que
comunica vida. Y, sin embargo, el sistema prefiere al bandido. ¿Por qué?
Porque para los bandidos del poder resulta más peligroso uno que hace libres
a las personas que uno que simplemente ejerce violencia. La violencia se
puede usar; la libertad no se deja domesticar.
La burla de los soldados
Una falsa entronización
Entonces Pilato
manda azotar a Jesús. La escena es espantosa. Los soldados le ponen una corona
de espinas, lo envuelven con un manto de púrpura, se acercan a él diciendo: «Salve, rey de los judíos» (cfr. Jn 19, 3),
y lo abofetean.
Hacen una parodia
de entronización. Se burlan del rey precisamente como lo hacen los poderes
cuando se sienten amenazados: ridiculizando.
La humillación convertida en revelación
Y, sin embargo,
aquí Juan introduce uno de esos giros que solo él sabe hacer. Lo que parece
humillación empieza a convertirse en revelación. Pilato sale otra vez y
declara por segunda vez que no encuentra en Jesús culpa alguna. Dice que lo
saca para que lo vean. Pero el evangelista deja sentir que, en realidad, no
es Pilato quien domina la escena.
«Aquí tenéis al hombre»
El hombre según Dios
Entonces Jesús
sale. No aparece como una víctima arrastrada sin conciencia. Sale llevando la
corona de espinas y el manto de púrpura, signos pensados para humillarlo, pero
que Juan transforma en signos de una realeza paradójica. Y resuena la frase: «Aquí
tenéis al hombre» (cfr. Jn 19, 5).
La verdadera gloria del hombre
Esta palabra es
una cumbre del relato. «Aquí tenéis al hombre».
No es una invitación a la lástima
barata. No es una escena construida para enternecernos. Es una proclamación.
Cuando la gloria
humana ha sido triturada, cuando el cuerpo está llagado y el poder parece haber
vencido, ahí mismo brilla otra gloria. Brilla el hombre verdadero, el hombre
según Dios.
Amar hasta el extremo
Jesús aparece como
el proyecto realizado de la creación: el hombre capaz de responder con amor
incluso en medio del odio, el hombre que no devuelve violencia, el hombre
que no pierde su verdad cuando todo alrededor se ha vuelto mentira.
Por eso esta
escena no es, en el fondo, de derrota. Es de revelación. La grandeza del
hombre no consiste en dominar, sino en amar hasta el extremo.
El grito de las autoridades
«¡Crucifícalo, crucifícalo!»
Los sumos
sacerdotes y los guardias gritan: «¡Crucifícalo,
crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 6). El odio llega a su desnudez
completa.
Al ver a Jesús no
ven simplemente a un reo. Ven el proyecto de Dios realizado en un
hombre. Y ese proyecto los descoloca, porque si se impone, ellos pierden
prestigio, control, dominio.
No solo matarlo: desacreditarlo para siempre
Y aquí se entiende
por qué la muerte de Jesús debe ser una crucifixión. No cualquier muerte. No
basta matarlo. Hace falta una muerte infamante, deshonrosa, inequívoca.
La cruz, en aquel mundo, era una ejecución abyecta. Además, el libro del Deuteronomio decía que «maldito el que cuelga de un madero» (cfr. Dt 21, 23). Ahí está la operación completa: si Jesús muere así, podrán presentarlo como alguien rechazado por Dios. No quieren solo acabar con él; quieren que su final sirva como argumento contra él.
La ley contra el Hijo
«Nosotros tenemos una ley»
Pilato responde: «Tomadlo vosotros y crucificadlo; yo no encuentro en él
ninguna culpa» (cfr. Jn 19, 6). Es la tercera vez. Entonces las
autoridades se descubren del todo: «Nosotros
tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios»
(cfr. Jn 19, 7).
Cuando la ley mata
La frase es
tremenda. La ley aparece aquí enfrentada a la voluntad de Dios. Lo que
Dios quiere para el hombre —que llegue a ser hijo— es declarado crimen por el
sistema religioso.
En nombre de la
ley se mata.
En nombre de Dios se condena al inocente. Y así se verifica lo que Jesús había
advertido: «Llega la hora en que quien os dé muerte pensará que da culto a
Dios» (cfr. Jn 16, 2).
El miedo del juez
Pilato empieza a temer a Jesús
Al oír esto,
Pilato «tuvo todavía más miedo» (cfr. Jn 19, 8). Es un proceso
extrañísimo: el juez tiene miedo del acusado. Primero le habían hablado
de un rey. Ahora le hablan de alguien que se ha hecho Hijo de Dios.
Y en la mentalidad de la época no era raro
pensar en seres semidivinos, hijos de un dios y de una mujer. Pilato empieza a
sospechar que tal vez tiene delante a alguien cuyo origen lo supera.
“¿De
dónde eres tú?”
Vuelve a entrar y
pregunta: «¿De dónde eres tú?»
(cfr. Jn 19, 9). Jesús no responde. Y su silencio no es vacío. Es un silencio
cargado de sentido. Podría salvarse usando el miedo de Pilato, pero no lo
hace. No va a ganar el juicio jugando la carta del prodigio o del misterio
divino. Pilato debe enfrentarse al hombre que tiene delante. Ahí está la verdad
del juicio.
El poder desnudo
«Tengo
poder para soltarte y poder para crucificarte»
Pilato se irrita: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para
soltarte y poder para crucificarte?» (cfr. Jn 19, 10). Es la
confesión desnuda del poder. La inocencia ya no cuenta. La vida y la muerte
dependen del que manda. No de la justicia, sino del poder.
La libertad respetada por Dios
Y Jesús le
responde con una claridad impresionante: «No
tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado de lo alto»
(cfr. Jn 19, 11). No significa que Dios conceda a Pilato permiso para la
injusticia. Significa algo más serio: Dios respeta hasta el fondo la
libertad humana, incluso cuando esa libertad se vuelve contra el justo.
Dios no maneja
marionetas sino que deja al hombre la gravedad de sus decisiones.
Mayor pecado en quien debía reconocerlo
Y añade Jesús: «Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado
mayor» (cfr. Jn 19, 11). Aquí el evangelista contrapone dos
figuras: el pagano, considerado lejano de Dios, y el sumo sacerdote,
considerado el más cercano. ¿Quién tiene mayor responsabilidad? No el que
estaba más lejos, sino el que debía reconocer mejor la verdad y no quiso
hacerlo.
Lo mata la alianza entre interés y miedo
Esto obliga a
decir algo con claridad. Muere por la conveniencia del poder religioso y por la
cobardía del poder político. La voluntad de Dios es la plenitud del hombre. Lo
que mata a Jesús no es un plan cruel de Dios, sino la alianza entre interés,
miedo y cálculo.
La última carta
«Si sueltas a este, no eres amigo del César»
Desde ese momento,
Pilato busca soltarlo. Pero las autoridades juegan su última carta, la
decisiva: «Si sueltas a este, no eres amigo
del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César» (cfr.
Jn 19, 12). Ahí tocan la fibra más vulnerable del procurador: su carrera, su
futuro, su posición.
La conciencia o la carrera
Pilato sabe que
Jesús es inocente. Lo sabe. Y, sin embargo, entra en el dilema que tantas veces
se repite en la historia: ¿salvar la conciencia o salvar la carrera? La
tragedia del poder es esta; casi nunca se presenta diciendo “quiero hacer el
mal”. Se presenta diciendo: “no puedo arriesgarme”, “no me conviene”, “hay
demasiado en juego”. El mal, muchas veces, llega con traje de prudencia.
“Aquí tenéis a vuestro rey”
El rechazo del rey verdadero
Pilato saca a
Jesús y lo presenta de nuevo: «Aquí tenéis a
vuestro rey» (cfr. Jn 19, 14). Antes había resonado «Aquí tenéis al hombre»; ahora, «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la reacción
es salvaje: «Fuera, fuera; crucifícalo»
(cfr. Jn 19, 15).
El Cordero rechazado
por el pecado del mundo
Aquí aparece una
ironía todavía más profunda. Al comienzo del Evangelio, Jesús había sido
presentado como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»
(cfr. Jn 1, 29). Ahora, quienes encarnan ese pecado del mundo son los que
gritan: “quítalo”. No soportan la presencia del hombre verdadero ni del rey
verdadero.
La gran apostasía
«No tenemos más rey que el César»
Pilato todavía
pregunta: «¿A vuestro rey voy a crucificar?»
(cfr. Jn 19, 15). Y entonces cae una de las frases más terribles de todo el
relato: «No tenemos más rey que el César»
(cfr. Jn 19, 15). Esa frase es una apostasía en toda regla. Es el renegar del
propio centro.
El poder elegido por encima de Dios
Las autoridades
religiosas, con tal de conservar su poder, aceptan someterse al dominador
pagano antes que perder el dominio sobre el pueblo. Prefieren el César a
Jesús. Prefieren el poder a la verdad. Prefieren la seguridad del control a la
libertad de los hijos de Dios.
Una denuncia que no envejece
Y aquí Juan lanza
una denuncia que no envejece. Toda institución religiosa corre el riesgo de
prostituirse cuando antepone su poder al proyecto de Dios. Y ese riesgo no
desaparece porque llevemos lenguaje piadoso, ropajes sagrados o muchas fórmulas
venerables. El problema no es el lenguaje; el problema es el corazón. Cuando
lo primero pasa a ser conservar el prestigio, el espacio, la influencia,
entonces el César ya ha entrado hace rato, aunque sigamos pronunciando el
nombre de Dios.
Hacia la cruz
No una víctima arrastrada, sino el Hijo fiel
Entonces Pilato se
lo entrega para que sea crucificado. A partir de aquí, Juan narrará la
crucifixión con una sobriedad impresionante. No busca arrancar lágrimas
fáciles. No quiere sentimentalismo. Quiere que entendamos el significado. Jesús
no va hacia la cruz como una víctima arrastrada sin sentido; va como quien
lleva hasta el extremo su fidelidad al amor.
La cruz como gloria
Por eso, en san
Juan, la muerte de Jesús no es presentada como derrota. Está cargada de signos
nupciales, de fecundidad, de vida. No es el hundimiento de una esperanza; es la
revelación suprema del amor de Dios. La cruz no será el fracaso de Jesús,
sino la manifestación de su gloria.
Para
nosotros hoy la pregunta que permanece
Y quizá aquí
conviene que nosotros mismos nos dejemos interrogar sin escondernos detrás de
respuestas rápidas. ¿Qué imagen de Dios queda desmentida cuando miramos a
Jesús? ¿Qué formas de religión seguimos prefiriendo porque nos aseguran
orden, aunque nos quiten libertad? ¿Qué verdades decimos poseer, mientras nos
falta la humilde verdad de hacer el bien? ¿Qué César seguimos obedeciendo
por dentro, aunque por fuera pronunciemos palabras santas?
Porque el Evangelio de Juan no se contenta con contarnos una pasión. Nos pone delante a Jesús para que, mirándolo, entendamos quién es Dios y quién puede llegar a ser el hombre.
La mirada decisiva





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