viernes, 3 de abril de 2026

Homilía del Viernes Santo - Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42


 Homilía del Viernes Santo

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 1 — 19, 42

 

La pasión según san Juan

El rostro de Dios revelado en Jesús

Qué hermoso y qué serio es detenernos una y otra vez en el relato de la pasión de Jesús según san Juan.

El cuarto evangelio se abre con una afirmación decisiva: “A Dios nadie lo ha visto jamás; solo el Hijo lo ha revelado” (cfr. Jn 1, 18). Ahí está la clave de lectura de todo el Evangelio. Juan invita al lector, y con él a la comunidad creyente, a poner la mirada en Jesús y a revisar allí, a la luz de su vida, de sus gestos y de su palabra, la imagen que nos hemos hecho de Dios.

No Jesús como Dios, sino Dios como Jesús

Aquí conviene afinar mucho. No se trata simplemente de decir que Jesús se parece a Dios. La novedad del Evangelio de Juan es mucho más radical: no es Jesús el que se parece a Dios; es Dios el que se parece a Jesús. Y la diferencia no es pequeña. Porque si yo digo que Jesús es “como Dios”, corro el riesgo de suponer que ya sé quién es Dios, de dar por buena una idea previa nacida de la tradición, de la costumbre religiosa, de ciertos esquemas heredados, o incluso de alguna superstición piadosa que se nos ha pegado sin pedir permiso.

Juan, en cambio, nos obliga a una especie de ayuno interior: suspender durante un momento todo lo que creemos saber sobre Dios y verificarlo todo en Jesús. Lo que coincide con él, permanece. Lo que no coincide, lo que se aleja de él o lo contradice, sobra.

El Evangelio entero mira hacia esta revelación

Todo el Evangelio de Juan camina en esa dirección. Quiere hacernos comprender quién es Dios mirando a Jesús. Y el Dios que aparece en Jesús no es un soberano que aplasta, ni un juez que disfruta condenando, ni una divinidad necesitada de homenajes. Es un Dios-amor, un Dios que se pone al servicio del ser humano, un Dios que no domina, sino que sirve; un Dios que no condena, sino que perdona.

Por eso la pasión, en Juan, no es solo la narración dolorosa de unos hechos ocurridos hace dos mil años. No es una simple crónica. Es una revelación teológica, una palabra de verdad para la vida creyente de todos los tiempos. Juan no nos cuenta la pasión únicamente para que nos conmovamos; nos la cuenta para que entendamos mejor quién es Dios y qué significa ser hombre según el corazón de Dios.

Antes de la pasión

El nombre del Padre dado a conocer

Antes de entrar en la pasión, Jesús concluye la cena con unas palabras que enmarcan todo lo que vendrá después: «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer» (cfr. Jn 17, 26). En la Biblia, el nombre no es una etiqueta; es la identidad misma de la persona.

Jesús ha dado a conocer el nombre del Padre, es decir, ha revelado quién es Dios. ¿Y cómo lo ha hecho? Lavando los pies a sus discípulos. Ahí ya queda dicho todo. Jesús revela a Dios sirviendo.

La grandeza de un Dios que se inclina

Al lavar los pies, Jesús no se degrada. Levanta a los suyos. Eleva a quienes eran tratados como siervos a la dignidad de señores. Por eso, cuando afirma que seguirá dando a conocer el nombre del Padre, los capítulos 18 y 19 no son un simple descenso a la tragedia. Son todavía revelación.

También ahí, en la noche del arresto, en el tribunal, en la humillación y en la cruz, Jesús sigue diciendo quién es Dios. Y lo sigue diciendo del mismo modo: con respuestas de amor.

El arresto

Una operación desmesurada

Naturalmente, de unos capítulos tan densos solo se pueden recoger algunos momentos. Pero esos momentos bastan para dejarnos tocados por dentro.

El escenario inicial es dramático. Jesús está con sus discípulos al pie del monte de los Olivos. Desde lejos se ve venir una expedición enorme, desproporcionada, casi grotesca. Juan presenta una operación inmensa para detener a un hombre que nunca ha ejercido violencia ni ha encendido a la gente con palabras violentas. Sin embargo, avanzan antorchas, linternas, guardias del Templo y cohorte romana. La imagen es deliberadamente exagerada para subrayar una verdad: Jesús es peligrosísimo para el sistema.

Cuando el poder se siente amenazado

No solo es un problema para el sistema religioso, que él desmonta desde la raíz; también es una amenaza para el sistema político. Cuando el poder detecta un peligro verdadero, las diferencias se olvidan pronto y las fuerzas se alían. En ese sentido, el Evangelio es de una lucidez incómoda: cuando hay que defender el poder, los adversarios saben colaborar admirablemente.

Jesús ve venir a esa multitud desde lejos. Habría tenido tiempo de sobra para escapar. Bastaba internarse en el monte, perderse entre las hendiduras del terreno y desaparecer. Además, los discípulos estaban dispuestos a defenderlo. Pedro lo había dicho con una mezcla de valentía y de inconsciencia: estaba dispuesto a dar la vida por él.

El pastor no huye

Pero Jesús no acepta ese juego. Él no quiere que los suyos mueran por él; quiere, si llega el caso, que aprendan a vivir y a darse con él y como él.

Y entonces hace un gesto de pastor verdadero. No huye. Se queda. Sale al encuentro de quienes vienen a prenderlo y, en el fondo, realiza un intercambio: «Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos» (cfr. Jn 18, 8). El buen pastor pone por delante la vida de los suyos.

No solo persiguen a Jesús, persiguen su mensaje

Aquí Juan deja entrever algo más. La orden de captura no iba dirigida solo contra Jesús en sentido aislado. También su mensaje es peligroso. Por eso, cuando lo llevan ante el sumo sacerdote, no le preguntan solamente por él, sino «por sus discípulos y por su doctrina» (cfr. Jn 18, 19). Lo que molesta no es una persona privada; lo que resulta insoportable es una palabra que libera.

El conflicto de fondo

La religión como sistema de control

Y ahí entramos en un punto decisivo del evangelista. El mensaje de Jesús desmantela la religión entendida como sistema de control. No la fe viva, no la alianza con Dios, no la escucha de la Palabra, sino ese entramado de mediaciones, dependencias y miedos que termina colocando a Dios lejos del hombre y al hombre lejos de Dios.

Jesús presenta una imagen de Dios completamente distinta. No un Dios que pide, sino un Dios que da. No un Dios que absorbe las energías del hombre, sino un Dios que le comunica su propia vida. No un Dios sentado en el trono esperando homenajes, sino un Dios que se pone de rodillas para servir. Y esto, ayer como hoy, tiene una fuerza explosiva.

Un Dios que habita en el hombre

La religión había situado a Dios en la distancia: inaccesible, remoto, casi administrado por especialistas. Para acercarse a él parecía indispensable pasar por mediadores, lugares sagrados, tiempos sagrados, ritos sagrados, ofrendas, normas, purificaciones.

Pero en el mismo Evangelio Jesús dice: «Vendremos a él y haremos morada en él» (cfr. Jn 14, 23). Eso no es un pequeño matiz espiritual. Eso es un terremoto.

Cuando el puente se vuelve barrera

Si Dios no está simplemente fuera de nosotros, sino que quiere habitar en nosotros; si la persona humana es llamada a ser morada de Dios, entonces muchas de las mediaciones que el sistema religioso había absolutizado quedan radicalmente cuestionadas. Lo que se presentaba como puente puede convertirse en barrera.

Y por eso Jesús resulta tan peligroso: porque devuelve al hombre una dignidad y una cercanía de Dios que ya no pueden ser administradas desde arriba.

Ante el sumo sacerdote

Atado, pero libre

Cuando lo llevan ante el sumo sacerdote, Jesús aparece atado, pero sigue siendo libre. Ni siquiera atado deja de ser peligroso. Basta una respuesta suya para que una guardia lo abofetee.

Y la reacción de Jesús no es ni resentimiento ni sumisión servil. Responde con una serenidad que desconcierta: «Si he hablado mal, muestra en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (cfr. Jn 18, 23). Es una frase inmensa.

El amor que hace pensar

Jesús no busca humillar al guardia, sino despertarlo. El amor verdadero no aplasta a la persona; trata de hacerla pensar.

Eso aterra al sumo sacerdote. Porque si Jesús logra que una guardia piense con cabeza propia, el sistema entero tiembla. Ya había pasado antes: enviaron guardias a detenerlo y regresaron sin cumplir la orden, diciendo: «Jamás ha hablado nadie como este hombre» (cfr. Jn 7, 46). Ahí está el verdadero miedo del poder. No teme solo al rebelde. Teme mucho más al que despierta conciencias.

El amanecer del último día

Una pureza que ya no reconoce al inocente

Juan presenta el último día de la vida de Jesús con una lentitud deliberada. Todo adquiere densidad. Todo pesa.

Los jefes religiosos lo llevan al pretorio, pero ellos no entran. No quieren contaminarse entrando en casa de un pagano, para poder comer la Pascua. La escena tiene una ironía que corta como cuchillo. Van a hacer matar a un inocente y, al mismo tiempo, se preocupan por no rozar una impureza legal.

Filtrar el mosquito y tragar el camello

Eso ya lo había desenmascarado Jesús en otro evangelio: filtran el mosquito y se tragan el camello (cfr. Mt 23, 24). Hay escrúpulos que no nacen del amor a Dios, sino del miedo a manchar la propia imagen religiosa.

Pilato sale y pregunta qué acusación traen contra ese hombre. La pregunta les molesta. No soportan que se les pida razón de sus actos.

El desprecio que borra el nombre

Contestan con desprecio: «Si este no fuera un malhechor, no te lo habríamos entregado» (cfr. Jn 18, 30). Ni siquiera pronuncian su nombre. En el relato se percibe un odio tan ácido que evita hasta el nombre de Jesús. No es un detalle menor. Cuando alguien se vuelve insoportable para el poder, primero se le niega el nombre y luego se le niega la dignidad.

El delito de Jesús

Haber hecho crecer a los demás

Y lo llaman malhechor. Aquí el relato se vuelve particularmente duro y luminoso a la vez. Jesús, que ha pasado haciendo el bien, es declarado malhechor por quienes viven del mal disfrazado de bien.

¿Qué ha hecho Jesús para merecer ese título? Ha hecho crecer a las personas. Les ha devuelto la capacidad de pensar, de caminar, de decidir, de escuchar la propia conciencia. Y eso es intolerable para un poder religioso que necesita súbditos infantiles, dependientes, permanentemente autorizados desde fuera.

El proyecto de Dios convertido en blasfemia

Por eso la acción de Jesús aparece como una amenaza. Ya en el capítulo 10, en pleno conflicto con las autoridades, se escucha la acusación: «No te apedreamos por una obra buena, sino por blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (cfr. Jn 10, 33). La paradoja es brutal. Lo que para el Evangelio es el gran proyecto de Dios, para el sistema religioso resulta un crimen.

Hijos de Dios: lo insoportable para el poder

Porque Juan lo ha dicho desde el prólogo: «A cuantos lo recibieron, les dio poder para llegar a ser hijos de Dios» (cfr. Jn 1, 12). Eso quiere Dios para la humanidad: que el hombre llegue a ser hijo en el Hijo, que entre en su intimidad, que viva de su misma vida.

Pero precisamente eso es lo que vuelve insoportable a Jesús para quienes han construido su poder sobre la distancia entre Dios y el pueblo. Si el hombre puede ser hijo, el mediador absoluto se queda sin trono. 

La ley y su manipulación

Un pagano recordando la ley

Pilato, con una ironía involuntaria, les responde: «Tomadlo vosotros y juzgadlo según vuestra ley» (cfr. Jn 18, 31). Resulta casi cómico, si no fuera trágico, que un pagano termine recordando a los jefes religiosos el valor de la ley que ellos invocan constantemente.

Porque su propia ley no permitía condenar a nadie sin escucharlo. Pero ya se sabe: cuando la ley sirve al poder, se la invoca; cuando lo incomoda, se la acomoda.

No basta matarlo: hay que desacreditarlo

Entonces responden: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie» (cfr. Jn 18, 31). La frase tiene algo de máscara. No es que no quieran la muerte de Jesús. La quieren. Lo que buscan ahora es otra cosa: una muerte políticamente útil, una ejecución que desacredite para siempre a Jesús ante el pueblo.

No basta con quitarlo de en medio. Hay que evitar que se convierta en mártir. Hay que manchar su memoria.

El primer interrogatorio de Pilato

“¿Eres tú el rey de los judíos?”

Pilato vuelve a entrar en el pretorio y pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (cfr. Jn 18, 33). La acusación, ahora, es política. “Rey de los judíos” significa agitador, aspirante mesiánico, amenaza contra Roma.

Pero Jesús no entra en el juego del poder. No responde de inmediato. Devuelve la pregunta: «¿Dices eso por tu cuenta, o te lo han dicho otros de mí?» (cfr. Jn 18, 34).

Jesús no solo responde: despierta

Ese gesto es muy característico de Jesús en este relato. No se limita a defenderse; intenta despertar a quien lo interroga. Lo había hecho con el guardia. Lo hace ahora con Pilato. Jesús no quiere solo salvarse; quiere, incluso en ese momento, liberar.

Pilato responde con fastidio: «¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?» (cfr. Jn 18, 35). La frase es gravísima.

No solo lo rechazan los que mandan

No solo las autoridades religiosas están contra Jesús; aparece también “su nación”. Todos parecen alineados contra él. Es la imagen de una victoria del poder.

Y aquí el Evangelio toca una fibra muy humana. No solo detestan a Jesús los que mandan; también les incomoda a veces a los que obedecen. ¿Por qué? Porque Jesús hace libres, y la libertad no seduce siempre.

La tentación de cambiar libertad por seguridad

La religión, cuando degenera en sistema, ofrece una ventaja inquietante: te quita libertad, pero te da seguridad. Basta obedecer. Basta no pensar demasiado. Basta dejar la conciencia en consigna. Es cómodo. Asusta menos. La libertad es hermosa, sí, pero no viene con barandillas.

La verdadera realeza

“Mi reino no es de este mundo”

Entonces Jesús responde con una de las frases más mal entendidas del Evangelio: «Mi reino no es de este mundo» (cfr. Jn 18, 36). No está hablando de un reino celeste, etéreo, de otro planeta o reservado para después de la muerte. Está diciendo algo mucho más exigente: su modo de reinar no nace de la lógica de este mundo. No se sostiene en la fuerza, ni en la imposición, ni en el miedo, ni en la violencia. Es otro origen y, por eso, otra práctica.

Tener, subir, mandar… o compartir, bajar, servir

Si su reino fuera de este mundo, sus servidores habrían combatido para impedir su entrega. Pero no. Su reino no se defiende golpeando.

El reino de Dios no es un decorado piadoso añadido al mundo; es una sociedad alternativa, donde los verbos que rigen la vida dejan de ser tener, subir y mandar, y pasan a ser compartir, bajar y servir. Son dos universos incompatibles. De un lado, dominio, mentira y violencia. Del otro, servicio, verdad y amor.

La verdad

“Para esto he venido al mundo”

Pilato, perplejo, insiste: «Entonces, ¿tú eres rey?» (cfr. Jn 18, 37). Pero a Jesús no le interesa quedar atrapado en el vocabulario del poder. Corta por lo esencial: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (cfr. Jn 18, 37).

Aquí el Evangelio pide una escucha muy fina. Nosotros esperaríamos lo contrario: que Jesús dijera “quien escucha mi voz está en la verdad”. Pero no.

Antes de escuchar a Jesús, hay que elegir la verdad

Jesús dice: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz». Eso significa que, para escuchar de verdad a Jesús, no basta con oír palabras religiosas. Hace falta una disposición previa del corazón y de la vida. Hay que ponerse de parte de la verdad.

La verdad no se posee

Y en san Juan la verdad no es, ante todo, una doctrina que uno posee. Es una manera de estar en la vida. Más adelante Jesús dirá: «Yo soy la verdad» (cfr. Jn 14, 6). No dirá: “yo tengo la verdad”. Y eso es importantísimo.

Las personas más peligrosas no son siempre las más malvadas; a veces son las que creen poseer la verdad. Porque quien cree tenerla se siente con derecho a juzgar, a condenar, a separar, a mirar como enemigo al que no coincide con su idea.

Hacer la verdad

Quien “tiene” la verdad se distancia. Quien “hace” la verdad se acerca. Por eso, en el diálogo con Nicodemo, Jesús no contrapone hacer el mal a hacer el bien, sino hacer el mal a “hacer la verdad” (cfr. Jn 3, 21).

La verdad, en Juan, no es un objeto que uno guarda en el bolsillo ni una doctrina que uno blandiera como espada. La verdad es algo que se vive. Se camina en la verdad. Se hace la verdad. Y hacer la verdad significa hacer el bien.

El bien del hombre como criterio

Esa distinción cambia muchas cosas. Quien se cree dueño de la verdad termina separándose de los demás. Quien vive en la verdad se acerca a todos para hacer el bien. No pregunta primero qué piensa el otro, qué cree, qué vota, en qué tradición se sitúa. El bien se vuelve prioritario.

Cuando una doctrina se coloca por encima del bien concreto de la persona, tarde o temprano se hace sufrir en nombre de esa doctrina. Jesús no acepta eso. El bien del hombre es el valor absoluto. 

«¿Qué es la verdad?»

Pilato entonces formula la pregunta que atraviesa los siglos: «¿Qué es la verdad?» (cfr. Jn 18, 38). No es una pregunta filosófica serena; suena más bien a cansancio, a escepticismo, a incapacidad de comprender. Y Juan la coloca en labios del hombre del poder.

Es muy significativo. Quien vive dentro de la lógica del poder rara vez entiende la verdad, porque la verdad no se domina.

La inocencia de Jesús y la cobardía de Pilato

“Yo no encuentro en él ninguna culpa”

Pilato sale otra vez y declara: «Yo no encuentro en él ninguna culpa» (cfr. Jn 18, 38). Lo dirá tres veces en total. Y precisamente ahí queda retratado. Porque la triple afirmación de la inocencia de Jesús no absuelve a Pilato; lo desenmascara. Sabe que es inocente, y aun así lo dejará condenar.

Barrabás o Jesús

La elección del sistema

Pilato intenta una salida política: aprovechar la costumbre de soltar a un preso por Pascua. Les propone liberar al «rey de los judíos» (cfr. Jn 18, 39). La respuesta es inmediata: «No a este, sino a Barrabás» (cfr. Jn 18, 40). Y Juan añade: «Barrabás era un bandido» (cfr. Jn 18, 40).

Más peligroso que un bandido

El contraste es estremecedor. Barrabás, “hijo del padre”, aparece como la figura de la violencia, de la muerte, del desorden. Jesús, en cambio, es el Hijo que comunica vida. Y, sin embargo, el sistema prefiere al bandido. ¿Por qué? Porque para los bandidos del poder resulta más peligroso uno que hace libres a las personas que uno que simplemente ejerce violencia. La violencia se puede usar; la libertad no se deja domesticar.

La burla de los soldados

Una falsa entronización

Entonces Pilato manda azotar a Jesús. La escena es espantosa. Los soldados le ponen una corona de espinas, lo envuelven con un manto de púrpura, se acercan a él diciendo: «Salve, rey de los judíos» (cfr. Jn 19, 3), y lo abofetean.

Hacen una parodia de entronización. Se burlan del rey precisamente como lo hacen los poderes cuando se sienten amenazados: ridiculizando.

La humillación convertida en revelación

Y, sin embargo, aquí Juan introduce uno de esos giros que solo él sabe hacer. Lo que parece humillación empieza a convertirse en revelación. Pilato sale otra vez y declara por segunda vez que no encuentra en Jesús culpa alguna. Dice que lo saca para que lo vean. Pero el evangelista deja sentir que, en realidad, no es Pilato quien domina la escena.

«Aquí tenéis al hombre»

El hombre según Dios

Entonces Jesús sale. No aparece como una víctima arrastrada sin conciencia. Sale llevando la corona de espinas y el manto de púrpura, signos pensados para humillarlo, pero que Juan transforma en signos de una realeza paradójica. Y resuena la frase: «Aquí tenéis al hombre» (cfr. Jn 19, 5).

La verdadera gloria del hombre

Esta palabra es una cumbre del relato. «Aquí tenéis al hombre».  No es una invitación a la lástima barata. No es una escena construida para enternecernos. Es una proclamación.

Cuando la gloria humana ha sido triturada, cuando el cuerpo está llagado y el poder parece haber vencido, ahí mismo brilla otra gloria. Brilla el hombre verdadero, el hombre según Dios.

Amar hasta el extremo

Jesús aparece como el proyecto realizado de la creación: el hombre capaz de responder con amor incluso en medio del odio, el hombre que no devuelve violencia, el hombre que no pierde su verdad cuando todo alrededor se ha vuelto mentira.

Por eso esta escena no es, en el fondo, de derrota. Es de revelación. La grandeza del hombre no consiste en dominar, sino en amar hasta el extremo.

El grito de las autoridades

«¡Crucifícalo, crucifícalo!»

Los sumos sacerdotes y los guardias gritan: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» (cfr. Jn 19, 6). El odio llega a su desnudez completa.

Al ver a Jesús no ven simplemente a un reo. Ven el proyecto de Dios realizado en un hombre. Y ese proyecto los descoloca, porque si se impone, ellos pierden prestigio, control, dominio.

No solo matarlo: desacreditarlo para siempre

Y aquí se entiende por qué la muerte de Jesús debe ser una crucifixión. No cualquier muerte. No basta matarlo. Hace falta una muerte infamante, deshonrosa, inequívoca.

La cruz, en aquel mundo, era una ejecución abyecta. Además, el libro del Deuteronomio decía que «maldito el que cuelga de un madero» (cfr. Dt 21, 23). Ahí está la operación completa: si Jesús muere así, podrán presentarlo como alguien rechazado por Dios. No quieren solo acabar con él; quieren que su final sirva como argumento contra él. 

La ley contra el Hijo

«Nosotros tenemos una ley»

Pilato responde: «Tomadlo vosotros y crucificadlo; yo no encuentro en él ninguna culpa» (cfr. Jn 19, 6). Es la tercera vez. Entonces las autoridades se descubren del todo: «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios» (cfr. Jn 19, 7).

Cuando la ley mata

La frase es tremenda. La ley aparece aquí enfrentada a la voluntad de Dios. Lo que Dios quiere para el hombre —que llegue a ser hijo— es declarado crimen por el sistema religioso.

En nombre de la ley se mata. En nombre de Dios se condena al inocente. Y así se verifica lo que Jesús había advertido: «Llega la hora en que quien os dé muerte pensará que da culto a Dios» (cfr. Jn 16, 2).

El miedo del juez

Pilato empieza a temer a Jesús

Al oír esto, Pilato «tuvo todavía más miedo» (cfr. Jn 19, 8). Es un proceso extrañísimo: el juez tiene miedo del acusado. Primero le habían hablado de un rey. Ahora le hablan de alguien que se ha hecho Hijo de Dios.

Y en la mentalidad de la época no era raro pensar en seres semidivinos, hijos de un dios y de una mujer. Pilato empieza a sospechar que tal vez tiene delante a alguien cuyo origen lo supera.

“¿De dónde eres tú?”

Vuelve a entrar y pregunta: «¿De dónde eres tú?» (cfr. Jn 19, 9). Jesús no responde. Y su silencio no es vacío. Es un silencio cargado de sentido. Podría salvarse usando el miedo de Pilato, pero no lo hace. No va a ganar el juicio jugando la carta del prodigio o del misterio divino. Pilato debe enfrentarse al hombre que tiene delante. Ahí está la verdad del juicio.

El poder desnudo

«Tengo poder para soltarte y poder para crucificarte»

Pilato se irrita: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?» (cfr. Jn 19, 10). Es la confesión desnuda del poder. La inocencia ya no cuenta. La vida y la muerte dependen del que manda. No de la justicia, sino del poder.

La libertad respetada por Dios

Y Jesús le responde con una claridad impresionante: «No tendrías ningún poder sobre mí si no te lo hubieran dado de lo alto» (cfr. Jn 19, 11). No significa que Dios conceda a Pilato permiso para la injusticia. Significa algo más serio: Dios respeta hasta el fondo la libertad humana, incluso cuando esa libertad se vuelve contra el justo.

Dios no maneja marionetas sino que deja al hombre la gravedad de sus decisiones.

Mayor pecado en quien debía reconocerlo

Y añade Jesús: «Por eso, el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor» (cfr. Jn 19, 11). Aquí el evangelista contrapone dos figuras: el pagano, considerado lejano de Dios, y el sumo sacerdote, considerado el más cercano. ¿Quién tiene mayor responsabilidad? No el que estaba más lejos, sino el que debía reconocer mejor la verdad y no quiso hacerlo.

Lo mata la alianza entre interés y miedo

Esto obliga a decir algo con claridad. Muere por la conveniencia del poder religioso y por la cobardía del poder político. La voluntad de Dios es la plenitud del hombre. Lo que mata a Jesús no es un plan cruel de Dios, sino la alianza entre interés, miedo y cálculo.

La última carta

«Si sueltas a este, no eres amigo del César»

Desde ese momento, Pilato busca soltarlo. Pero las autoridades juegan su última carta, la decisiva: «Si sueltas a este, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César» (cfr. Jn 19, 12). Ahí tocan la fibra más vulnerable del procurador: su carrera, su futuro, su posición.

La conciencia o la carrera

Pilato sabe que Jesús es inocente. Lo sabe. Y, sin embargo, entra en el dilema que tantas veces se repite en la historia: ¿salvar la conciencia o salvar la carrera? La tragedia del poder es esta; casi nunca se presenta diciendo “quiero hacer el mal”. Se presenta diciendo: “no puedo arriesgarme”, “no me conviene”, “hay demasiado en juego”. El mal, muchas veces, llega con traje de prudencia.

“Aquí tenéis a vuestro rey”

El rechazo del rey verdadero

Pilato saca a Jesús y lo presenta de nuevo: «Aquí tenéis a vuestro rey» (cfr. Jn 19, 14). Antes había resonado «Aquí tenéis al hombre»; ahora, «Aquí tenéis a vuestro rey». Y la reacción es salvaje: «Fuera, fuera; crucifícalo» (cfr. Jn 19, 15).

El Cordero rechazado

por el pecado del mundo

Aquí aparece una ironía todavía más profunda. Al comienzo del Evangelio, Jesús había sido presentado como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (cfr. Jn 1, 29). Ahora, quienes encarnan ese pecado del mundo son los que gritan: “quítalo”. No soportan la presencia del hombre verdadero ni del rey verdadero.

La gran apostasía

«No tenemos más rey que el César»

Pilato todavía pregunta: «¿A vuestro rey voy a crucificar?» (cfr. Jn 19, 15). Y entonces cae una de las frases más terribles de todo el relato: «No tenemos más rey que el César» (cfr. Jn 19, 15). Esa frase es una apostasía en toda regla. Es el renegar del propio centro.

El poder elegido por encima de Dios

Las autoridades religiosas, con tal de conservar su poder, aceptan someterse al dominador pagano antes que perder el dominio sobre el pueblo. Prefieren el César a Jesús. Prefieren el poder a la verdad. Prefieren la seguridad del control a la libertad de los hijos de Dios.

Una denuncia que no envejece

Y aquí Juan lanza una denuncia que no envejece. Toda institución religiosa corre el riesgo de prostituirse cuando antepone su poder al proyecto de Dios. Y ese riesgo no desaparece porque llevemos lenguaje piadoso, ropajes sagrados o muchas fórmulas venerables. El problema no es el lenguaje; el problema es el corazón. Cuando lo primero pasa a ser conservar el prestigio, el espacio, la influencia, entonces el César ya ha entrado hace rato, aunque sigamos pronunciando el nombre de Dios.

Hacia la cruz

No una víctima arrastrada, sino el Hijo fiel

Entonces Pilato se lo entrega para que sea crucificado. A partir de aquí, Juan narrará la crucifixión con una sobriedad impresionante. No busca arrancar lágrimas fáciles. No quiere sentimentalismo. Quiere que entendamos el significado. Jesús no va hacia la cruz como una víctima arrastrada sin sentido; va como quien lleva hasta el extremo su fidelidad al amor.

La cruz como gloria

Por eso, en san Juan, la muerte de Jesús no es presentada como derrota. Está cargada de signos nupciales, de fecundidad, de vida. No es el hundimiento de una esperanza; es la revelación suprema del amor de Dios. La cruz no será el fracaso de Jesús, sino la manifestación de su gloria.

Para nosotros hoy la pregunta que permanece

Y quizá aquí conviene que nosotros mismos nos dejemos interrogar sin escondernos detrás de respuestas rápidas. ¿Qué imagen de Dios queda desmentida cuando miramos a Jesús? ¿Qué formas de religión seguimos prefiriendo porque nos aseguran orden, aunque nos quiten libertad? ¿Qué verdades decimos poseer, mientras nos falta la humilde verdad de hacer el bien? ¿Qué César seguimos obedeciendo por dentro, aunque por fuera pronunciemos palabras santas?

Porque el Evangelio de Juan no se contenta con contarnos una pasión. Nos pone delante a Jesús para que, mirándolo, entendamos quién es Dios y quién puede llegar a ser el hombre. 

La mirada decisiva

Entonces la pregunta ya no es solo qué hicieron con él. La pregunta es más honda, más incómoda y más limpia: cuando resuena delante de nosotros «Aquí tenéis al hombre», qué vemos realmente. 

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