sábado, 4 de abril de 2026

“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)

 


“¡Ven, Señor Jesús!” — מָרָנָא תָא (Maranathá)

        Mirad, cuando yo hablo de la venida final del Señor, no me sale hacerlo desde el miedo. Me sale hacerlo desde la esperanza. Porque nosotros, en el fondo, no esperamos una catástrofe: esperamos a Jesucristo. Y eso cambia completamente la manera de mirar el final de la historia.

A veces, cuando se oye hablar del fin de los tiempos, parece que todo se llena de sombras, de inquietud, de preguntas raras, de imágenes que asustan. Pero yo quisiera decírselo a los niños, a los jóvenes, a los mayores, con toda sencillez: al final no viene el caos; al final viene Él. Viene el Señor resucitado. Viene el que pasó por la cruz, sí, pero la cruz no tuvo la última palabra. Viene el que venció a la muerte. Viene el que salió vivo del sepulcro. Viene el que nos ama hasta el extremo.

Y por eso, cuando yo pienso en su regreso, no pienso primero en el susto. Pienso en una alegría inmensa. Pienso en la hora en que por fin quedará claro, para siempre, que la vida ha triunfado y que el amor ha vencido. Pienso en el momento en que toda lágrima encontrará consuelo, en que toda fidelidad escondida será iluminada, en que todo lo que aquí vivimos con fe llegará a su plenitud.

A mí me gusta mucho decir una cosa muy sencilla: nosotros no esperamos “algo”; esperamos a Alguien. Esperamos a Jesús. No esperamos una fuerza anónima. No esperamos un destino ciego. No esperamos una especie de final impersonal. Esperamos al Señor. Al mismo Jesús del Evangelio. Al mismo que abrazaba a los pequeños. Al mismo que tocaba a los enfermos. Al mismo que levantaba a los caídos. Al mismo que miraba con ternura. Al mismo que, resucitado, mostró sus llagas y regaló la paz.

Por eso la esperanza cristiana no es una teoría. La esperanza cristiana tiene rostro. Y ese rostro es el de Cristo resucitado.

Y esto, cuando uno lo explica a los niños, es precioso. Porque los niños entienden muy bien lo que significa esperar a alguien amado. Entienden lo que es mirar una puerta con ilusión. Entienden lo que es preparar algo con cariño porque va a venir alguien importante. Entienden lo que es ponerse contentos antes de tiempo. Y yo creo que ahí hay una clave muy honda para la catequesis: esperar al Señor no es vivir asustados, sino vivir deseándolo.

A mí me conmueve pensar que el corazón cristiano debería parecerse un poco al corazón de un niño que está pendiente de la puerta. Un niño que no calcula, sino que espera. Un niño que no se encierra en sus miedos, sino que se abre a la alegría. Un niño que no dice: “Ojalá no venga”, sino que dice: “¡Ojalá llegue ya!”. Eso, llevado al alma creyente, es una maravilla. Eso es lo que la Iglesia ha rezado desde el principio con esa invocación tan breve y tan ardiente: “¡Ven, Señor Jesús!”. מָרָנָא תָא. Maranathá.

Qué oración tan pequeña y qué grande es por dentro. Porque cuando yo digo: “Ven, Señor Jesús”, estoy diciendo mucho más de lo que parece. Estoy diciendo: “Señor, te necesito”. Estoy diciendo: “Señor, no quiero vivir lejos de Ti”. Estoy diciendo: “Señor, creo que Tú eres la meta de la historia”. Estoy diciendo: “Señor, sólo en Ti se cumple del todo mi esperanza”.

Y aquí hay algo que me parece muy importante subrayar: nosotros no sabemos cuándo va a venir el Señor. No se nos ha dado esa fecha. No vivimos pendientes de cálculos, ni de curiosidades, ni de especulaciones. Pero eso no enfría nuestra espera. Al contrario. No saber el día no apaga el deseo; lo purifica. Nos enseña a vivir siempre preparados, siempre despiertos, siempre con el corazón en vela.

Por eso yo diría que la esperanza cristiana no consiste en adivinar el calendario de Dios. La esperanza cristiana consiste en vivir orientados hacia Cristo. Consiste en levantarse por la mañana y, en medio de las tareas más normales, seguir teniendo dentro del alma esa certeza: “Mi vida camina hacia un encuentro”. Consiste en amar sabiendo que el amor no se pierde. Consiste en sufrir sin desesperar. Consiste en trabajar, en servir, en cuidar, en rezar, en educar, en acompañar, en luchar por el bien, y al mismo tiempo seguir diciendo por dentro: “Señor, cuando quieras, ven”.

Y ahí entra la Pascua de una manera bellísima. Porque yo no sé cuándo volverá el Señor, pero sí sé desde dónde lo espero. Yo lo espero desde la Pascua. Lo espero como Resucitado. Lo espero con luz de Pascua. Lo espero sabiendo que la última palabra ya empezó a resonar en la mañana de la Resurrección. La piedra removida, el sepulcro vacío, la victoria sobre la muerte… todo eso no es sólo un recuerdo del pasado. Es el comienzo del futuro definitivo.

Por eso, cuando hablo con niños y con familias, me gusta decir: nuestra espera tiene sabor de Pascua. No es una espera gris. No es una espera tensa. No es una espera triste. Es una espera luminosa. La Iglesia espera al Señor como una esposa espera al esposo, como una familia espera a quien ama, como unos hijos esperan a quien saben que les traerá la plenitud de la alegría.

Y entonces la catequesis cambia de tono. Ya no se trata de meter miedo. Se trata de ensanchar el corazón. Ya no se trata de decir: “Cuidado, que viene”. Se trata de decir: “Qué alegría: el Señor vendrá”. Ya no se trata de vivir encogidos, sino de vivir despiertos. Ya no se trata de una amenaza, sino de una promesa.

A mí me gustaría mucho que los niños crecieran con esta convicción: “Jesús puede venir, y yo quiero que me encuentre queriéndolo”. Me parece una idea preciosa. Muy sencilla, muy profunda y muy verdadera. Esperar al Señor es vivir de tal manera que, si hoy llamara a la puerta, yo pudiera abrirle con alegría. Eso es lo importante. Que nos encuentre con el corazón encendido. Que nos encuentre amando. Que nos encuentre con ganas de correr hacia Él.

Porque, en el fondo, esa es la gran pregunta: si el Señor llamara hoy, ¿cómo querría encontrarme? Y la respuesta no tiene que ver con cosas espectaculares. Tiene que ver con lo esencial. Querría que me encontrara rezando. Querría que me encontrara perdonando. Querría que me encontrara sirviendo. Querría que me encontrara sin haber endurecido el corazón. Querría que me encontrara con esa alegría humilde de quien sabe que todo lo espera de Él.

Y aquí, otra vez, los niños nos enseñan muchísimo. Porque ellos tienen una manera limpia de desear. Tienen una manera limpia de esperar. Tienen una manera limpia de alegrarse. Y quizá por eso me parece tan bonito pensar en ellos expectantes, atentos, casi mirando si Jesús llama. No por nerviosismo, sino por amor. No por angustia, sino por ansias santas. Qué expresión tan bonita: ansias santas. El corazón que desea a Cristo. El corazón que dice: “Ven, Señor, porque contigo todo será plenamente verdad, plenamente bueno, plenamente hermoso”.

Yo creo que eso hay que enseñarlo mucho: desear a Cristo. No sólo obedecerle. No sólo saber cosas sobre Él. No sólo repetir fórmulas. También desearlo. También echarlo de menos. También querer su presencia. También decirle con verdad: “Señor, yo quiero estar contigo”. Porque un cristiano maduro no es sólo el que conoce la doctrina; es también el que ha aprendido a amar la venida del Señor.

Y por eso la historia, para nosotros, no termina en un abismo. La historia termina en Cristo. No termina en la derrota del bien. No termina en la victoria de la muerte. No termina en la nada. Termina en el Señor. Termina en la plenitud de su Reino. Termina en la manifestación definitiva de su amor. Termina en la Pascua llevada a su cumplimiento total.

Qué consuelo da pensar esto. Qué fuerza da. Qué paz da. Porque entonces uno entiende que ninguna fidelidad es inútil, que ninguna lágrima ofrecida se pierde, que ninguna obra de amor cae en el vacío. Todo camina hacia Él. Todo encuentra en Él su sentido último. Todo espera su luz definitiva.

Por eso yo hoy querría dejar en el corazón de todos, de los niños y de los mayores, esta certeza tan sencilla y tan grande: nosotros vivimos esperando a Jesús. Y lo esperamos con alegría. Lo esperamos con esperanza. Lo esperamos con el corazón despierto. Lo esperamos con deseo. Lo esperamos como se espera la plenitud de una promesa largamente amada.

Y por eso rezamos así, con toda el alma:

¡Ven, Señor Jesús!  מָרָנָא תָא Maranathá. Ven, Señor Jesús, porque esta humanidad te necesita. Ven, Señor Jesús, porque hay muchos corazones cansados esperando consuelo. Ven, Señor Jesús, porque los niños te esperan con alegría limpia. Ven, Señor Jesús, porque queremos vivir preparados para Ti. Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado la vida.

Ven, Señor Jesús, porque en Ti ha triunfado el amor.
Ven, Señor Jesús, porque nuestra esperanza tiene tu nombre.

Y ojalá, cuando Él venga, nos encuentre así: no paralizados por el miedo, sino ensanchados por la esperanza; no escondidos, sino esperándolo; no distraídos, sino vigilantes; no fríos, sino enamorados.

Porque, al final, eso es ser cristiano: vivir con el corazón vuelto hacia Cristo.

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