sábado, 4 de abril de 2026

Homilía del Domingo de Resurrección del Señor - Homilía del Domingo de Resurrección del Señor

 

Homilía del Domingo de Resurrección del Señor

Jn 20, 1-9

 

Si María Magdalena hubiera ido al sepulcro un día antes, también habríamos celebrado la Pascua un día antes.

Juan sitúa la escena con un detalle que no es simplemente cronológico: «el primer día de la semana», literalmente, el primero después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro (cfr. Jn 20,1). Ese apunte, en realidad, ya está diciendo mucho. María no va enseguida, no corre inmediatamente después de la sepultura de Jesús. Espera a que pase el sábado. Espera porque todavía está dentro del horizonte de la observancia, todavía marcada por la ley, por el descanso sabático, por una forma de fidelidad religiosa que aún no ha dado el paso hacia la novedad plena.

La observancia puede retrasar

lo que Dios ya está haciendo nacer.

Eso es lo que el evangelista quiere hacer percibir. La observancia de la ley retrasa la experiencia de la nueva creación inaugurada por Jesús. No la anula, pero sí puede demorarnos. Y aquí el texto toca algo muy nuestro. También nosotros podemos permanecer aferrados a formas correctas, a costumbres buenas, a seguridades respetables, y sin embargo llegar tarde a la vida. Porque la novedad de Dios no siempre entra por los caminos que nosotros habíamos dejado bien ordenados.

Cuando Juan habla del «primer día de la semana», no se limita a señalar una fecha. Está evocando el primer día de la creación. Está diciendo que, en Jesús, comienza una creación nueva. Y lo que verdaderamente nace de Dios no conoce la muerte ni tiene en la muerte su última palabra. Pero la comunidad, representada aquí por María Magdalena, sigue todavía condicionada por la lógica antigua y por eso tarda en entrar en la experiencia de la resurrección.

María llega al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Y en Juan la oscuridad nunca es un mero detalle ambiental. Es imagen de la incomprensión de la comunidad, que aún no ha comprendido de verdad a Jesús, el que se había presentado como «luz del mundo» (cfr. Jn 8,12), ni ha dejado que su palabra ilumine hasta el fondo la mirada. A veces no estamos en tinieblas porque falte luz, sino porque seguimos mirando con los ojos de antes.

Ve que la piedra ha sido quitada del sepulcro. Y su primera reacción es correr adonde están Simón Pedro y el otro discípulo. Jesús había dicho que llegaría la hora en que cada uno se dispersaría por su lado (cfr. Jn 16,32). Pues bien, ahora el evangelista le confía precisamente a esta mujer una tarea hermosa: María Magdalena aparece como la que vuelve a reunir a los dispersos, la que pone de nuevo en movimiento a las ovejas que se habían desperdigado.

Y el anuncio que lleva tiene un peso particular: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (cfr. Jn 20,2). No dice “el cuerpo”, sino “el Señor”. Incluso en medio de su desconcierto, sus palabras dejan asomar algo más hondo. Jesús no es nombrado como un simple cadáver ausente. Hay ya, incluso sin saberlo, una rendija abierta hacia la fe.

Al Viviente no se le encuentra

en el lugar de la muerte.

Pedro y el otro discípulo salen corriendo hacia el sepulcro. Pero van justamente al único lugar donde no debían buscarlo. Lucas lo expresará con una claridad luminosa: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (cfr. Lc 24,5). La pregunta no vale solo para aquellas mujeres ni solo para aquellos discípulos. Vale también para nosotros.

Porque nosotros también buscamos al Señor donde ya no está. Lo buscamos en lo acabado, en lo cerrado, en aquello que ya hemos dado por perdido. Lo buscamos en nuestras nostalgias, en nuestras heridas, en nuestras culpas, en nuestros pequeños sepulcros interiores. Y el sepulcro puede guardar un recuerdo, pero no puede retener al Resucitado. Jesús no puede ser aprisionado en el lugar de la muerte. Él es el Viviente.

Por eso, cuando uno se relaciona con alguien o con algo solo desde la pérdida, solo desde la ausencia, solo desde lo que terminó, acaba sin poder experimentar una presencia viva y vivificante. Es una observación muy sencilla y, al mismo tiempo, muy seria. Si seguimos mirando solo la tumba, no aprenderemos a reconocer la vida nueva. Dicho de otro modo: el sepulcro vacío no sirve para instalarnos allí, sino para obligarnos a salir de allí

Corren los dos discípulos. Llega primero el discípulo amado, el que ha hecho experiencia del amor de Jesús. Pedro llega más tarde. Y tampoco este detalle parece casual. Pedro había rechazado dejarse lavar los pies; no había aceptado del todo el amor de Jesús expresado en el servicio. No había comprendido todavía que el Señor se revela precisamente abajándose. Y a veces uno llega más tarde no porque tenga menos fuerza, sino porque le ha costado más dejarse amar.

Sin embargo, el otro discípulo no entra enseguida. Se detiene y deja que Pedro pase primero. Y este gesto tiene una profundidad muy grande. Es importante que el discípulo que traicionó a Jesús, el discípulo para quien la muerte parecía el final de todo, sea el primero en asomarse a la experiencia de una vida que va más allá de la muerte. El Evangelio tiene esta delicadeza: no humilla al que cayó, sino que le abre camino para que vuelva a empezar.

Luego entra también el otro discípulo. Y Juan lo dice con una sobriedad inmensa: «vio y creyó» (cfr. Jn 20,8).

La Pascua no se entiende

solo mirando un sepulcro vacío.

Pero el evangelista añade enseguida una advertencia decisiva: «todavía no habían comprendido la Escritura», es decir, «que él debía resucitar de entre los muertos» (cfr. Jn 20,9). Y aquí está uno de los centros del pasaje. La fe en la resurrección no nace simplemente de constatar una ausencia dentro de la tumba. No basta ver un signo. No basta comprobar que la piedra ha sido corrida o que el sepulcro está vacío. Todo eso puede sacudir, puede inquietar, puede abrir preguntas. Pero no basta para creer de verdad.

Juan quiere impedir una comprensión superficial de la Pascua. La resurrección de Jesús no es un privilegio concedido a un personaje admirable de hace dos mil años. No es un recuerdo extraordinario que contemplamos desde lejos. Es una posibilidad abierta a los creyentes. Es la irrupción de una vida nueva que empieza ya ahora allí donde la Palabra es acogida de verdad.

La Escritura, recibida en el corazón del discípulo, no sirve solo para informar ni para adornar una idea religiosa. La Palabra del Señor, cuando encuentra espacio en nosotros y se vuelve carne en nuestra vida, transforma. Y esa transformación hace nacer una calidad nueva de existencia. Es ahí, en una vida tocada y renovada por la Palabra, donde el Resucitado se deja reconocer.

No creemos que Jesús ha resucitado solo porque haya un sepulcro vacío. Creemos cuando lo encontramos vivo y vivificante en nuestra propia vida. Cuando algo que estaba apagado vuelve a encenderse. Cuando una herida deja de ser solo herida y comienza a convertirse en lugar de compasión. Cuando donde veíamos cierre empieza a abrirse un camino. Cuando la oscuridad no desaparece de golpe, pero ya no tiene la última palabra.

Quizá ahí se nos abre hoy una pregunta sencilla y verdadera: ¿seguimos buscando al Señor en nuestros sepulcros, o nos atrevemos a reconocerlo allí donde ya está haciendo nueva la vida?

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