Homilía
del Domingo de Resurrección del Señor
Jn 20, 1-9
Si María Magdalena
hubiera ido al sepulcro un día antes, también habríamos celebrado la Pascua un
día antes.
Juan sitúa la
escena con un detalle que no es simplemente cronológico: «el primer día de
la semana», literalmente, el primero después del sábado, María Magdalena
fue al sepulcro (cfr. Jn 20,1). Ese apunte, en realidad, ya está diciendo
mucho. María no va enseguida, no corre inmediatamente después de la sepultura
de Jesús. Espera a que pase el sábado. Espera porque todavía está dentro del
horizonte de la observancia, todavía marcada por la ley, por el descanso
sabático, por una forma de fidelidad religiosa que aún no ha dado el paso hacia
la novedad plena.
La observancia puede retrasar
lo que Dios ya está haciendo nacer.
Eso es lo que el
evangelista quiere hacer percibir. La observancia de la ley retrasa la
experiencia de la nueva creación inaugurada por Jesús. No la anula, pero sí
puede demorarnos. Y aquí el texto toca algo muy nuestro. También nosotros
podemos permanecer aferrados a formas correctas, a costumbres buenas, a
seguridades respetables, y sin embargo llegar tarde a la vida. Porque la
novedad de Dios no siempre entra por los caminos que nosotros habíamos dejado
bien ordenados.
Cuando Juan habla
del «primer día de la semana», no se limita a señalar una fecha. Está
evocando el primer día de la creación. Está diciendo que, en Jesús,
comienza una creación nueva. Y lo que verdaderamente nace de Dios no conoce la
muerte ni tiene en la muerte su última palabra. Pero la comunidad, representada
aquí por María Magdalena, sigue todavía condicionada por la lógica antigua y
por eso tarda en entrar en la experiencia de la resurrección.
María llega al
sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Y en Juan la oscuridad
nunca es un mero detalle ambiental. Es imagen de la incomprensión de la
comunidad, que aún no ha comprendido de verdad a Jesús, el que se había
presentado como «luz del mundo» (cfr. Jn 8,12), ni ha dejado que su
palabra ilumine hasta el fondo la mirada. A veces no estamos en tinieblas
porque falte luz, sino porque seguimos mirando con los ojos de antes.
Ve que la piedra
ha sido quitada del sepulcro. Y su primera reacción es correr adonde están
Simón Pedro y el otro discípulo. Jesús había dicho que llegaría la hora en que
cada uno se dispersaría por su lado (cfr. Jn 16,32). Pues bien, ahora el
evangelista le confía precisamente a esta mujer una tarea hermosa: María
Magdalena aparece como la que vuelve a reunir a los dispersos, la que pone de
nuevo en movimiento a las ovejas que se habían desperdigado.
Y el anuncio que lleva tiene un peso
particular: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han
puesto” (cfr. Jn 20,2). No dice “el cuerpo”, sino “el Señor”. Incluso en
medio de su desconcierto, sus palabras dejan asomar algo más hondo. Jesús no es
nombrado como un simple cadáver ausente. Hay ya, incluso sin saberlo, una
rendija abierta hacia la fe.
Al Viviente no se le encuentra
en el lugar de la muerte.
Pedro y el otro
discípulo salen corriendo hacia el sepulcro. Pero van justamente al único lugar
donde no debían buscarlo. Lucas lo expresará con una claridad luminosa: “¿Por
qué buscáis entre los muertos al que vive?” (cfr. Lc 24,5). La pregunta no
vale solo para aquellas mujeres ni solo para aquellos discípulos. Vale también
para nosotros.
Porque nosotros
también buscamos al Señor donde ya no está. Lo buscamos en lo acabado, en lo
cerrado, en aquello que ya hemos dado por perdido. Lo buscamos en nuestras
nostalgias, en nuestras heridas, en nuestras culpas, en nuestros pequeños
sepulcros interiores. Y el sepulcro puede guardar un recuerdo, pero no puede
retener al Resucitado. Jesús no puede ser aprisionado en el lugar de la
muerte. Él es el Viviente.
Por eso, cuando uno se relaciona con alguien o con algo solo desde la pérdida, solo desde la ausencia, solo desde lo que terminó, acaba sin poder experimentar una presencia viva y vivificante. Es una observación muy sencilla y, al mismo tiempo, muy seria. Si seguimos mirando solo la tumba, no aprenderemos a reconocer la vida nueva. Dicho de otro modo: el sepulcro vacío no sirve para instalarnos allí, sino para obligarnos a salir de allí.
Corren los dos
discípulos. Llega primero el discípulo amado, el que ha hecho experiencia del
amor de Jesús. Pedro llega más tarde. Y tampoco este detalle parece casual.
Pedro había rechazado dejarse lavar los pies; no había aceptado del todo el
amor de Jesús expresado en el servicio. No había comprendido todavía que el
Señor se revela precisamente abajándose. Y a veces uno llega más tarde no
porque tenga menos fuerza, sino porque le ha costado más dejarse amar.
Sin embargo, el
otro discípulo no entra enseguida. Se detiene y deja que Pedro pase primero. Y
este gesto tiene una profundidad muy grande. Es importante que el discípulo
que traicionó a Jesús, el discípulo para quien la muerte parecía el final de
todo, sea el primero en asomarse a la experiencia de una vida que va más allá
de la muerte. El Evangelio tiene esta delicadeza: no humilla al que cayó,
sino que le abre camino para que vuelva a empezar.
Luego entra
también el otro discípulo. Y Juan lo dice con una sobriedad inmensa: «vio y
creyó» (cfr. Jn 20,8).
La Pascua no se entiende
solo mirando un sepulcro vacío.
Pero el evangelista añade enseguida una
advertencia decisiva: «todavía no habían comprendido la Escritura», es
decir, «que él debía resucitar de entre los muertos» (cfr. Jn 20,9). Y
aquí está uno de los centros del pasaje. La fe en la resurrección no nace
simplemente de constatar una ausencia dentro de la tumba. No basta ver un
signo. No basta comprobar que la piedra ha sido corrida o que el sepulcro está
vacío. Todo eso puede sacudir, puede inquietar, puede abrir preguntas. Pero no
basta para creer de verdad.
Juan quiere
impedir una comprensión superficial de la Pascua. La resurrección de Jesús no
es un privilegio concedido a un personaje admirable de hace dos mil años. No es
un recuerdo extraordinario que contemplamos desde lejos. Es una posibilidad
abierta a los creyentes. Es la irrupción de una vida nueva que empieza ya
ahora allí donde la Palabra es acogida de verdad.
La Escritura,
recibida en el corazón del discípulo, no sirve solo para informar ni para
adornar una idea religiosa. La Palabra del Señor, cuando encuentra espacio
en nosotros y se vuelve carne en nuestra vida, transforma. Y esa transformación
hace nacer una calidad nueva de existencia. Es ahí, en una vida tocada y
renovada por la Palabra, donde el Resucitado se deja reconocer.
No creemos que
Jesús ha resucitado solo porque haya un sepulcro vacío. Creemos cuando lo
encontramos vivo y vivificante en nuestra propia vida. Cuando algo que estaba
apagado vuelve a encenderse. Cuando una herida deja de ser solo herida y
comienza a convertirse en lugar de compasión. Cuando donde veíamos cierre
empieza a abrirse un camino. Cuando la oscuridad no desaparece de golpe, pero
ya no tiene la última palabra.
Quizá ahí se nos
abre hoy una pregunta sencilla y verdadera: ¿seguimos buscando al Señor en
nuestros sepulcros, o nos atrevemos a reconocerlo allí donde ya está haciendo
nueva la vida?


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