Meditación de las Siete Palabras
Viernes Santo, 3 de
abril de 2026
«Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que
me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis
pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía
Inmaculada, San José mi padre y señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí».
Los
santos nos ensañan a presentarnos delante de Dios. Estamos en Semana Santa, y
durante todos estos días estamos acompañando muy de cerca a Jesús. Todos
nosotros desfallecemos muy fácilmente y con frecuencia a causa de nuestra
debilidad, por eso le suplicamos que custodie nuestros corazones, que nos lo
consagre y que bajo su protección nos podamos acoger, porque en tu compañía,
Señor Jesús, queremos estar.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Primera Palabra:
«Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)
Nuestro Señor Jesucristo nos suele decir, y te acordarás muy bien, porque cuando se lo oyes te molestas porque crees que Jesús te quita la razón, que «no hagáis frente al que os agravia» (Mt 5, 39) y «amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5, 44-45).
San
Agustín de Hipona, cuando habla del poder de la oración en el sermón 80
nos dice lo siguiente: «En primer lugar, no olvidándose ni siquiera en la cruz de
quién era, nos demostró su paciencia y nos dio un ejemplo de amor a los
enemigos; viéndolos rugir a su alrededor, Él,
que en cuanto médico estaba al tanto de su enfermedad, conocía la locura que
les había hecho perder la razón, acto seguido dijo al Padre: Padre,
perdónales, porque no saben lo que hacen. ¿O pensáis que esos judíos no eran
malvados, inhumanos, crueles, belicosos y enemigos del Hijo de Dios? ¿Pensáis
que estuvo de más o que fue inútil el grito: Padre, perdónales, porque no
saben lo que hacen? Veía a todos, pero entre ellos reconocía a quienes
iban a ser de los suyos».
Todos los que
le insultaban, escupían, se burlaban, todos los que pleno pulmón participaban
de aquel griterío de aquel ‘¡crucifícale, crucifícale!’ no eran más que simples marionetas en las manos del mismo Satanás.
Jesucristo estando clavado en la cruz sabía que era así. Era la enfermedad de
todos aquellos que le insultaban, se reían de Él…, era sus pecados los que se manifestaban con tanta agresividad.
¿Se acuerdan
ustedes de aquel oficio ya desaparecido que ejercían aquellas mujeres que
desempeñaban de telefonistas, cada cual ocupando una posición en el cuadro de
interconexiones? Que tras conectar un extremo del cable a la clavija de la luz
que se encendía, la telefonista se comunicaba con el abonado y conectaba el
otro extremo con el centro al que deseaba llamar. Pues imagínense ustedes
que uno quiere hablar con una persona que además está empecatada (es el pecado
el que habla por medio de ella). Uno
desea hablar con esa persona, pero le conectan con la soberbia y el pecado de
esa persona; a lo que uno empieza a reclamar diciendo que uno no quiere
hablar con la soberbia de esa persona, sino
que desea hablar con la persona.
Por eso hacemos
nuestras esas palabras de Jesucristo, cuando estaba clavado en el madero de la
cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Padre, perdónalos porque es Satanás el que habla por medio de ellos.
Reflexión breve:
Conviene detenerse aquí y mirar esta
palabra como una verdadera escuela del Evangelio. San Lucas presenta a Jesús
crucificado no sólo como víctima del odio humano, sino como intercesor.
Mientras los hombres descargan violencia, Cristo responde con una súplica.
La cruz empieza ya a mostrarse como lugar de mediación: el Hijo no sólo
padece, también ora por los que le hieren. Por eso esta primera palabra no
es un detalle piadoso, sino una revelación del corazón de Dios.
Además, cuando Jesús dice «no saben lo que hacen», no está diciendo
que el mal carezca de gravedad. Está mostrando que el pecado ciega,
desfigura y oscurece al hombre. La ignorancia no suprime automáticamente la
culpa, pero sí abre un horizonte de misericordia.
La
tradición de la Iglesia ha conservado esta palabra con enorme fuerza
precisamente porque armoniza con todo el Evangelio: Cristo había enseñado a
amar a los enemigos, y en la cruz cumple lo que había predicado.
Para nuestra vida espiritual, esta
palabra enseña a distinguir a la persona de su pecado, a no responder al mal
con más mal y a comprender que el perdón cristiano no es debilidad, sino
victoria interior. Perdonar no es llamar bueno a lo malo; es negarse a que
el odio ocupe el centro del corazón.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Segunda Palabra:
«Hoy
estarás conmigo en el Paraíso»
(Lc 23, 43)
«39 Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres
tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!» 40 Pero el
otro le increpó: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma
condena? 41 Y nosotros con razón, porque nos lo hemos
merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho.» 42 Y
le pedía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.» 43 Jesús
le contestó: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». (Lc 23- 39-43)».
Nuestro Señor
Jesucristo defiende siempre a los sencillos y protege
continuamente a los que confían en su misericordia.
San
Roberto Belarmino, en su Explicación literal de la segunda palabra dice lo
siguiente: «San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera
con San Cipriano que el ladrón puede ser
considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar
por el Purgatorio. El buen ladrón puede
ser llamado mártir porque confesó
públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir
una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la
muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premió tan grande ante Dios
como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo».
Jesucristo
estando crucificado no contestó una palabra a las maldiciones y reproches de
los sacerdotes y soldados, pero ante el
clamor de un pecador confesándose rompió el silencio para poner sobre sus
hombros a esa oveja extraviada que se le había perdido. Cuando es
injuriado no abre su boca, porque Él es paciente; cuando un pecador confiesa su
culpa, habla, porque Él es benigno.
El
príncipe del Mal, Satanás en estos
días está muy estresado. Está haciendo miles de horas extraordinarias para
conseguir doblar la voluntad de Jesucristo y desea
que Jesucristo desobedezca al Padre y quiere que no muera en la cruz. Satanás
constantemente está tentando a Jesucristo y además ha puesto a todos en su
contra: uno le traiciona por treinta monedas de plata (Mt 26, 15); el otro
diciéndole que jamás le traicionará y le traicionó tres veces antes de cantar
el gallo; los otros que estaban con él desaparecieron, menos Juan, su Santa
Madre y unas pocas mujeres que permanecieron fieles; los miembros del Sanedrín que
estaban fuera de sí y esa multitud enfurecida pidiéndole a gritos la
crucifixión; los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban
de él diciéndole: 42 «A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. ¡Es rey de
Israel!; pues que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. 43 Ha
puesto su confianza en Dios; pues que le salve ahora, si es que de verdad le
quiere. De hecho dijo: ‘Soy hijo de Dios’». (Mt 27, 42-44). Satanás había preparado muy bien el
terreno para que Jesús mordiera el
anzuelo y desobedeciera al Padre. Había pervertido, envenenado,
intoxicado todo. Satanás sabía que si
Cristo moría en la cruz únicamente tendría que conformarse con ganar algunas
batallas aisladas pero que la guerra definitiva y decisiva la iba a perder de
un modo estrepitoso. Satanás es tan ruin y miserable que hizo que
incluso uno de los malhechores crucificados con Él le insultaba y le increpaba
diciéndole: «¿No
eres tú el Cristo? ¡Pues sálvate a ti y a nosotros!» (Lc 23, 39). En cambio, el otro dio la
cara por Jesús, se arrepintió de su
pecado e hizo una profesión de fe en Jesús reconociéndole como su salvador.
Reflexión breve:
Esta segunda palabra es una de las más
consoladoras de toda la Pasión. El buen ladrón no tiene tiempo para rehacer su
historia, ni para reparar externamente el daño que hizo, ni para presentar
méritos. Sólo tiene una súplica humilde y verdadera: «Jesús, acuérdate de mí». Y eso basta para que
se abra para él la promesa. La salvación aparece aquí con toda claridad como
gracia ofrecida al que se reconoce necesitado.
Conviene fijarse en que el centro de la
respuesta de Cristo no es sólo el «paraíso», sino sobre todo el «conmigo». La
bienaventuranza no consiste primero en un lugar, sino en estar con Jesús. Y
el «hoy» de san Lucas no es un simple dato de calendario: es el hoy de la
salvación, el momento en que Dios irrumpe y cambia definitivamente el destino
del hombre. En la cruz, cuando todo parece acabarse, Jesús sigue salvando.
Catequéticamente, esta palabra corrige
dos errores frecuentes: pensar que Dios ama sólo a los que llegan presentables,
y pensar que la conversión consiste en exhibir méritos. El buen ladrón no
ofrece méritos; ofrece verdad. Reconoce su culpa, defiende la inocencia de
Cristo y se abandona a su misericordia. Por eso esta palabra enseña que
nunca es tarde para volver y que el verdadero paraíso es Cristo mismo.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Tercera Palabra:
«He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre» (Jn 19, 26)
Jesús sigue sin pensar en Él mismo a pesar de todo lo que está sufriendo, y es que le falta aún el mejor de todos sus regalos a la humanidad: Su Madre, que es lo único que le queda al que ya nada tiene.
San
Ireneo de Lyon nos dice, «el nudo de la
desobediencia de Eva lo desató la obediencia de María. Lo que ató la virgen Eva
por su falta de fe lo desató la Virgen María por su fe». Comparándola con
Eva, llaman a María `Madre de los vivientes’ y afirman con mayor frecuencia: «la
muerte vino por Eva, la vida por María» (LG. 56).
La
Virgen María obedeció aun sin entender. Ella se fio totalmente de Dios aun
cuanto todo le era contrario. Ella
mantuvo la obediencia a la fe. La Virgen María sabía que la voluntad de
Dios es, sin lugar a dudas, la mejor. Es cierto que a corto plazo uno puede
llegar a pensar que Dios a uno le ha abandonado. Y el Demonio que está siempre
molestando y catequizando, envenenándote con frases como ‘Dios no te quiere,
porque de quererte no te hubiera pasado esto o lo otro’.
Ahora mismo está
de pie ante la cruz, viendo cómo agoniza el hijo de sus amores. Ella no
profiere palabras de amenazas contra los romanos ni contra los que de Él se
burlan. Ella se acuerda del anuncio del arcángel San Gabriel que le dijo
que iba a ser la madre de Dios y ahora su Hijo desea que sea la madre de la
Iglesia. La Virgen medita en el silencio de su corazón cómo Dios ha estado
grande con Ella y cómo lo seguirá estando, aunque
ahora vea dolor por todos lados.
El Templo es como
si fuera el seno materno donde la Iglesia va gestando a nuevos cristianos. Nos alimenta
con la Palabra, con los sacramentos y vamos creciendo en la fe. Una fe que
creemos tener conseguida, pero que en realidad es muy tímida y pequeñita. Una
fe tan pequeña que no nos movería para dejarlo todo ni cometer una locura de
amor por Cristo. Una fe que creemos tener
pero no tenemos, porque de tenerla
los signos de la fe que son la caridad y la comunión no pasarían desapercibidos.
La Virgen, como Madre Nuestra que es, como Discípula predilecta de Cristo, nos
coge de la mano y nos enseña a vivir desde la fe en su Hijo y Nuestro único
Redentor.
Reflexión breve:
Esta tercera palabra tiene un alcance
más hondo que un simple gesto de previsión doméstica. San Juan la sitúa en la
«hora» de Jesús, es decir, en el momento decisivo de su glorificación en la
cruz. Allí no sólo se atiende a María; allí nace una relación nueva. El
discípulo amado aparece como figura del discípulo verdadero, y María es
entregada como madre a esa comunidad naciente de los redimidos.
La intuición de san Ireneo ayuda mucho
a leer este pasaje: María es contemplada como nueva Eva. Si en la historia
primera la desobediencia abrió una herida, en María la obediencia de la fe se
convierte en camino por donde Dios empieza a desatar lo que el pecado había
anudado. Por eso, junto a la cruz, María no es sólo la madre que sufre; es
también la creyente que permanece y la madre que acompaña el nacimiento del
pueblo nuevo.
Espiritualmente, esta tercera palabra
enseña que la fe no se vive en solitario. Cristo no salva individuos
aislados, sino que reúne hijos. Nos da una Madre y nos introduce en una
comunión. Y María nos enseña un modo muy concreto de creer: permanecer
cuando no se entiende todo, guardar silencio sin dejar de fiarse y sostenerse
en la voluntad de Dios incluso cuando alrededor todo parece oscuro.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Cuarta Palabra:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?» (Mt 27, 46)
San Agustín cuando hace la exposición del salmo 49 nos dice: «Cuando el Señor vino, lo hizo ocultamente, puesto que venía a padecer; y aun siendo fuerte por sí mismo, se manifestó débil en la carne. Era necesario verlo sin comprenderlo; ser despreciado y hasta ser matado. La hermosura de su gloria estaba en su divinidad, pero está oculta bajo su ser corporal. Porque si lo hubieran conocido, jamás habrían crucificado al Señor de la gloria». Hay muchos que me dicen que si ellos hubieran conocido a Jesús caminando por Galilea, hubieran dejado todo por seguirle hasta la muerte. Sin embargo muchos judíos habían en tiempo de Jesús, muchos le conocían y otros le odiaban y otros casi no le hicieron ni caso, no reconociendo en Él al Verbo encarnado. ¿Por qué iba a ser contigo distinto?
Jesús, el Hijo de Dios, caminó entre nosotros, tuvo hambre y sed, y cuando estuvo cansado, se sentó; cuando estaba rendido en su cuerpo, se durmió. Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Jesús, en la debilidad de su carne gritó «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», no fue un grito de desesperación, sino que grita desde la certeza de la fe de que Dios Padre está con Él.
Cristo no profería
amenazas ni insultos. Cristo sabe
distinguir entre las personas y lo que las personas opinan, sienten o su
ideología. No lo mezcla, lo distingue porque la dignidad de la persona
queda siempre intacta. Nosotros enseguida clasificamos a los demás por lo
que piensan, por sus tendencias políticas o ideológicas condicionando todo a
ello. ¡Cuántas veces he oído desear el mal a una persona por ser de otro
partido político o por pensar de modo diferente!
Nuestra guerra no
la tenemos que afrontar contra mi hermano, sino
que la tenemos dentro de nosotros mismos, porque es mi pecado
personal el que se manifiesta en el exterior. ¿Por qué actuó como actuó
Caín al matar a Abel? ¿Por qué David quería acabar con Saúl? (1 Sam 24)? ¿Por
qué Esaú quería matar a su hermano Jacob? ( Gn 27, 41). Era el pecado que
anida en el corazón del hombre el que irradia rayos de maldad.
Jesús
en la cruz sabía que su único enemigo es Satanás, el mismo Satanás que expulsó de
muchos poseídos con sus palabras, miradas y con sus manos. Satanás está usando
del pecado de esos corazones para proferir un gran ataque contra Jesús. Ante el
ataque feroz de Satanás contra Jesús en la Cruz tentándole de que bajase de la
Cruz y que así no sufriera, ante este cruel ataque del Maligno, Cristo hace uso
del arma más potente contra Satanás, proclama un versículo de la Palabra de
Dios. El Demonio no soporta la Palabra de Dios, le quema por dentro. Es
como si fuera para él una lluvia radiactiva que le abrasa. Jesús tiene los pies
y las manos clavadas en el madero de la cruz. Casi no puede respirar a causa de
tan gran tortura. Le cuesta ver porque tiene la frente ensangrentada y los
párpados hinchados por los puñetazos y latigazos. Lo único que le queda al Verbo Encarnado es la Palabra de Dios para
defenderse de Satanás.
Reflexión breve:
Para comprender bien esta cuarta palabra
hay que recordar que Jesús está pronunciando el comienzo del Salmo 22.
No se trata, por tanto, de un grito arrancado al vacío, ni de una simple
desesperación psicológica. Es una oración bíblica. Cristo entra
verdaderamente en la noche del sufrimiento y del desamparo humano, pero entra
en ella rezando. Incluso desde el abismo sigue diciendo: «Dios mío».
Esto evita dos errores. El primero
sería pensar que la Trinidad se rompe; el segundo, rebajar el dramatismo del
sufrimiento de Cristo. El Hijo no deja de estar unido al Padre, pero en su
humanidad santa asume hasta el fondo la experiencia humana de la oscuridad, del
silencio y de la prueba. Además, el salmo 22 no termina en el abandono, sino
que desemboca en la confianza y en la alabanza. La palabra del clamor lleva
ya escondido un horizonte pascual.
Aquí hay una catequesis muy necesaria
para tantos creyentes: hay momentos en que la fe no se vive con consuelos, sino
con fidelidad desnuda. La cruz enseña que también la noche puede ser lugar
de oración. Cristo no finge nuestra oscuridad; la atraviesa. Y por eso ya
no hay sufrimiento humano donde el Hijo de Dios no haya entrado antes.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Quinta Palabra:
«Tengo
sed» (Jn 19, 28)
San Roberto
Berlarmino en su escrito «Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en
la Cruz» [«De septem Verbis a Christo in cruce prolatis.»] nos dice que «Nuestro
Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y
esta sed siguió creciendo, de tal forma que se
convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz,
pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona,
produciendo una violenta sed». Además nos sigue diciendo San Roberto
Berlarmino que los soldados sujetaron una esponja a una rama de hisopo empapada
en vinagre y se la acercaron a la boca. El
vinagre, una bebida que tiende a hacer que las heridas duelan y que se
lo daban a los crucificados para hacer que murieran más rápidamente. Por eso
San Cirilo dice con razón, «en vez
de algo refrescante y aliviante, le ofrecieron algo que era doloroso y amargo».
Jesucristo al exclamar en la cruz «tengo sed» manifiesta que Él acepta libremente los dolores de su
muerte y lo hace porque te ama personalmente e incondicionalmente,
aunque nosotros seamos más traidores que el mismo Judas.
Nosotros
enseguida murmuramos cuando nuestra vida es frágil y sin seguridades;
cuando nuestro esposo o esposa no nos corresponde como uno desearía, cuando
nuestros hijos no nos obedecen, cuando algunos hermanos de comunidad se
comportan manifestando que están fríos en la fe, cuando me siento estresado en
el trabajo, cuando no me llega el dinero a fin de mes, cuando la enfermedad
hace acto de presencia en la familia… Nosotros
ante la fragilidad y la inseguridad, murmuramos contra Dios y contra
todos los que tenemos alrededor.
Incluso Abrahán, por el hambre y no
aceptar la precariedad hace pasar a su esposa como hermana para ser tratado
bien por los egipcios (Gn 12, 10-20). O el mismo Esaú que vendió su
primogenitura a su hermano Jacob por el hecho de un placer inmediato de comer
un plato de lentejas (Gn 25, 29-34). Algunos dicen que lo primero es llenar el
estómago, primero asegúrate las cosas y luego va Dios. Pero una vez que estás
satisfecho ni te tomas la molestia de preguntar por Dios. Satanás te dice
que busques la gratificación en la droga, en el alcohol, en el juego, en los
afectos desordenados…ya que no puedes soportar la precariedad en tu vida.
Satanás te engaña porque te quiere apresar. En cambio Cristo, aun estando
clavado en la cruz, acepta las incomodidades y sufrimientos por amor y porque
quiere que tú y yo podamos atravesar por esa puerta que hasta ese momento ha
estado cerrada. Una puerta con la que se accede a la Vida Eterna.
Reflexión breve:
No conviene espiritualizar demasiado
deprisa esta palabra. Jesús tiene sed de verdad. Su cuerpo está
exhausto, su sangre ha sido derramada y su humanidad sufre hasta el extremo. El
Evangelio protege así la verdad de la encarnación: el Hijo de Dios no aparenta
padecer, padece realmente. Sólo una carne verdadera puede cargar de verdad con
el dolor del mundo.
Pero san Juan nos obliga también a
mirar más adentro, porque sitúa esta palabra bajo la luz del cumplimiento de la
Escritura. El vinagre, el hisopo y la cercanía del «todo está cumplido» muestran que no
estamos sólo ante un dato fisiológico. Cristo bebe hasta el fondo el cáliz
de la misión recibida del Padre. La tradición espiritual ha hablado, con
razón, de la sed de almas; esa lectura contemplativa puede mantenerse, con tal
de no perder el sentido primero del texto: el Hijo encarnado lleva a
cumplimiento la Pascua en su propia carne.
Para nosotros, esta quinta palabra
tiene un gran valor pedagógico. Muchas veces buscamos apagar la sed del
corazón con gratificaciones inmediatas, con compensaciones o con huídas.
Cristo, en cambio, atraviesa la sed por amor. Y así nos enseña que sólo Dios
puede saciar la sed más profunda del hombre y que la precariedad, vivida con
Él, no tiene por qué convertirse en esclavitud.
¡Señor
pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Sexta Palabra:
«Todo está consumado» (Jn 19,30)
Esa frase pronunciada por Jesucristo en la cruz es un grito de victoria. El Demonio ha gastado toda la monición contra Jesús para intentar doblegarle. El Demonio se ha esforzado al máximo para que Jesús desobedeciera al Padre. El Demonio ha envenenado las mentes y corazones de muchos para provocarle e irritarle. El Demonio estaba desesperado porque quería que Jesús no muriese en la cruz, no quería que muriese en la cruz porque hasta ese momento el pecado cometido no podía ser perdonado y al no poder ser perdonado todos estábamos condenados a morir eternamente siendo privados de la luz de la Gloria Eterna. pero el Demonio ha sido totalmente derrotado. A partir de ahora aquellos que vivan como Hijos de la Luz son convocados ante la Asamblea Celestial. Por eso esta frase de los labios de Cristo «todo está cumplido» es un grito de victoria. «Habéis sanado a costa de sus heridas, pues erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al que es vuestro pastor y guardián» (1 Pe 2, 24b-25).
Reflexión breve:
Aquí el cuarto evangelio emplea un
verbo decisivo: τετέλεσται, (tetélestai). No significa simplemente «ya
se terminó todo», como quien llega al final de sus fuerzas, sino «ha llegado
a su plenitud», «está consumado», «la obra se ha cumplido». La cruz no
es un accidente que destruye la misión de Jesús, sino el momento en que esa
misión alcanza su cima.
Por eso esta sexta palabra puede
llamarse, con razón, grito de victoria; pero conviene precisar bien en
qué consiste esa victoria. No es una victoria mundana, ni un triunfo de poder,
ni la humillación externa de los enemigos. Es la victoria de la obediencia,
del amor fiel, de la obra del Padre llevada hasta el extremo. Cristo no
muere como un derrotado; muere como el Hijo que ha cumplido plenamente aquello
para lo que vino.
Catequéticamente, esta palabra corrige
nuestra idea del éxito. El mundo llama triunfo a imponerse; la cruz llama
plenitud a obedecer amando. Una vida está cumplida no cuando ha dominado, sino
cuando se ha entregado. Por eso «todo está
consumado» no es un final vacío, sino la proclamación de que el
amor del Hijo ha llegado hasta el extremo.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Séptima Palabra:
«Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu» (Lc 23, 46)
Estas últimas palabras de Jesucristo tomadas del salmo 31 (versículo 6) son una expresión de confianza en Dios, que es quien tiene la palabra decisiva. El alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del libro de la Sabiduría «las almas de los justos están en las manos de Dios, y ningún tormento los alcanzará» (Sab 3, 1), tal y como nos ilustra San Roberto Berlarmino. Ese aliento, esa vida, se la confía a Dios Padre para que en breve, en el tercer día, pueda nuevamente restituirla en su cuerpo ya resucitado, ya que nada de lo que Dios guarda llega a perecer; ya que en Dios todas las cosas están vivas; ya que con una única palabra llama a la existencia lo que no existía y da la vida a aquellos que no la tenían.
Reflexión breve:
San Lucas cierra la Pasión con una cita
del Salmo 31, y eso es muy importante: Jesús muere rezando. Allí donde
Mateo y Marcos subrayan con fuerza el clamor del abandono, Lucas pone de
relieve la confianza filial. No hay contradicción entre ambas perspectivas,
sino dos acentos sobre el mismo misterio. El Hijo que atravesó la noche se
entrega ahora confiadamente al Padre.
Por eso «en
tus manos encomiendo mi espíritu» no expresa sólo el final de
la vida biológica, sino una oblación consciente. Cristo devuelve al Padre
la vida recibida. El «espíritu» aquí puede entenderse, en clave bíblica, como
el aliento, la vida entregada, la existencia confiada por entero. La muerte de
Jesús no es mera pasividad sufrida desde fuera; es también acto filial, ofrenda
y abandono obediente.
Esta última palabra tiene una fuerza
inmensa para la catequesis y para la vida espiritual. Toda la existencia
cristiana es un aprendizaje de esta confianza: poner en manos del Padre lo que
tememos, lo que sufrimos, lo que no controlamos, y también nuestra muerte.
La última palabra del creyente no está llamada a ser el miedo, sino el Padre.
¡Señor pequé!, ¡Ten piedad y misericordia de mí!
Padre Nuestro, Ave María y Gloria




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