sábado, 31 de enero de 2026

Homilía del Domingo IV del Tiempo Ordinario, ciclo a - Mt 5, 1-12a «…subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos».

 

Homilía del Domingo IV del Tiempo Ordinario, ciclo a

Mt 5, 1-12a «…subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos».

 

 

Incluso quien está poco familiarizado con el cristianismo ha oído hablar del “sermón del monte”: el primero y el más conocido de los cinco grandes discursos de Jesús que se leen en el Evangelio según san Mateo. En esas palabras se concentran algunos de los mensajes más bellos y más propios de la vida cristiana: las bienaventuranzas, el amor a los enemigos, la justicia nueva del reino de Dios, la oración del Padrenuestro.

 

Hoy se abre el camino:

Las bienaventuranzas.

Durante varias semanas iremos escuchando este discurso, que comienza precisamente hoy con las bienaventuranzas que Jesús dirige a quienes desean formar parte de su reino.

Y aquí conviene detenernos: ¿qué tipo de expresión es una “bienaventuranza”? Jesús no la inventó. La exclamación “Dichoso…” era un modo habitual de hablar en la antigüedad. Ya la encontramos en la Odisea de Homero, donde se dice: “Dichoso el hombre que ha tenido la fortuna de contar con una esposa excelente”. Más tarde, en los poetas griegos, aparecen muchas: se llama dichosos, sobre todo, a aquellos a quienes los dioses han concedido abundantes bienes y una vida cómoda. Dichoso el rico, dichoso el inteligente.

 

El mundo aplaude una dicha;

la Biblia propone otra.

En la Biblia esta forma literaria entró bastante después. Y, sin embargo, también allí se multiplican las bienaventuranzas, aunque con un matiz distinto de las que leemos en la literatura griega. En el libro de los Salmos, por ejemplo, hay muchas. De hecho, el Salmo primero arranca con una bienaventuranza: “Dichoso el hombre que no sigue el camino de los impíos”. Y en otro pasaje se proclama: “Dichoso el hombre que teme al Señor”. Son bienaventuranzas muy distintas de las paganas.

En el Antiguo Testamento se cuentan cuarenta y cuatro, y por eso no extraña que Jesús recurra también a este género para transmitir su mensaje.

         ¿Y nosotros? ¿Cuándo, en nuestro mundo, decimos de alguien: “Dichoso él” o “Dichosa ella”? Cuando pensamos que es feliz porque es joven, guapa, está sana, le va bien, y, sobre todo, porque tiene mucho dinero. Entonces sale la frase: “¡Dichosa ella!”. Pero, ¿es realmente así? ¿Basta todo eso para ser dichosos?

 

La pregunta decisiva:

Quién te dice “has acertado”.

Jesús, decía, utilizó esta forma para comunicar su mensaje. En la Biblia, llamar dichosa a una persona es hacerle un elogio: es como decirle “te felicito”, “eres alguien realizado”, “has acertado”. El asunto, entonces, es dejar claro de quién queremos recibir ese elogio.

¿De quién quieres que, al final de tu vida, te llegue ese “bienaventurado”: “has vivido bien, has acertado tu vida”? ¿Quién quieres que te lo diga? Si buscas el aplauso de la gente de este mundo —que piensa con los criterios de este mundo y con ideales paganos que todos suelen aceptar y admirar: bienestar, riqueza, éxito, carrera—, entonces es sencillo: haz lo contrario de lo que te propone Jesús y te admirarán; más aún, te envidiarán.

Pero si, al final, lo que deseas es que sea Dios quien te estreche la mano, te felicite y te diga “bravo, has acertado”, entonces escucha y acoge las bienaventuranzas que hoy vamos a oír juntos de labios de Jesús.

 

 

El pecado es fallar en el blanco,

errar el tiro

«En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo»

Todos los seres humanos, a lo largo de la vida, buscan una sola cosa: la alegría. Todo lo que hacemos, en el fondo, es para ser felices. El problema es que podemos equivocarnos de objetivo. De hecho, en hebreo “pecado” se dice חַטָּאת (hattat; jatát), y significa precisamente eso: fallar el blanco, errar el tiro. El ser humano apunta a la alegría y, por ejemplo, se queda solo con el placer; y entonces permanece insatisfecho.

 

El pecado no siempre nace de maldad,

sino de extravío.

El pecado no brota necesariamente de la malicia, sino de la ignorancia. Por eso Dios no castigará nunca al pecador, porque es un pobre infeliz que se ha confundido de meta. Lo que el Señor quiere es una sola cosa: que ese hijo suyo recupere cuanto antes el camino de la alegría.

 

Jesús hoy nos desvela el secreto de la alegría.

Hoy Jesús nos revela el secreto de la alegría. Al final se verá si nos fiamos de su propuesta o si preferimos seguir con nuestras “astucias” para alcanzar la alegría… y así pecar: es decir, volver a fallar el blanco.

Según el evangelista Mateo, Jesús presenta esta propuesta “en el monte”. La devoción cristiana ha identificado ese monte con la colina que domina Cafarnaúm: la que se ve al fondo, entre aquellos árboles; allí está también la iglesia de las Bienaventuranzas. Es un lugar realmente sugerente, pero el monte del que habla Mateo no es un monte material, no es simplemente “ese” de allí.

 

Subir al monte es aprender a pensar como Dios.

¿Por qué esta imagen, tan frecuente en la Biblia? En las culturas antiguas se imaginaba que la morada de los dioses estaba en la cima de las montañas. Pensemos, por ejemplo, en el Olimpo de los griegos. El monte se eleva sobre la llanura, como si se adentrara en el cielo. Por eso subir al monte significa acercarse a Dios, encontrarse con lo divino. En la Biblia vemos que Moisés, cuando quiere encontrarse con Dios, sube al monte; Elías sube al monte. Y Jesús lleva también a Pedro, Santiago y Juan al monte, porque es allí donde se vive una cierta experiencia de Dios: se van asimilando sus pensamientos, sus sentimientos, sus criterios, sus juicios.

El monte y la llanura

Desarrollemos este simbolismo tan valioso del monte, que se separa de la llanura. En la llanura transcurre la vida de los hombres, que se rigen por los criterios de una “sabiduría” que se han fabricado ellos mismos, y que para Dios es necedad. Son criterios fáciles de enumerar; los conocemos de sobra.

¿Qué opiniones circulan “en la llanura” para alcanzar la alegría? Lo importante es la salud; más aún: la salud lo es todo; lo que cuenta es el éxito; dichoso quien tiene una gran cuenta en el banco; dichoso quien puede viajar y divertirse, quien no se priva de ningún placer; a mí solo me interesa el sexo. Sacrificarme por los demás, ni pensarlo. Estos son los consejos que se oyen en la llanura: es la manera común de razonar, la sabiduría de los hombres.

Entonces, ¿alcanzará la alegría quien se ajusta a esos ideales, por miedo a jugársela apostando la vida por valores equivocados y perder así la oportunidad de ser feliz? Es sensato separarse, al menos por un momento, de la llanura: subir al monte para saber cómo piensa Dios, cuáles son sus bienaventuranzas.

Después siempre seremos libres de volver a la llanura: seguir confiando en la manera de pensar de los hombres, o creer un poco en el camino que propone Jesús y, aun así, por no tener remordimientos, regresar de nuevo a la llanura. Podríamos hacerlo. Pero, puesto que queremos ser personas sensatas, al menos subamos a este monte para escuchar de labios de Jesús cómo piensa Dios.

 

Dichoso porque compartes en vez de acumular:

así ya perteneces al Reino.

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».

Pongamos atención, porque esta bienaventuranza se ha explicado de muchas formas. A veces se dice: “Uno puede ser muy rico, acumular bienes, y aun así tener el corazón desprendido; hace el bien, ayuda a los pobres… y entonces sería un ‘rico bueno’”. Pero no. Jesús no proclama dichoso al rico desprendido. Jesús llama dichoso al pobre.

 

No es la pobreza por desgracia lo que Jesús aplaude.

¿Y quién es el pobre? En sentido simple, el que no tiene nada. Pero hay dos situaciones distintas. Está quien se vuelve pobre por una desgracia: un terremoto, una enfermedad, la guerra, una inundación que le arrasa la casa y los campos… y se queda sin nada. ¿Es ese el pobre que Jesús declara bienaventurado? No. Esa lectura sería absurda y contraria al Evangelio y al Antiguo Testamento.

Dios promete a su pueblo: “Nadie entre vosotros será pobre”. (cfr. Dt 15, 4) Y en los Hechos de los Apóstoles se cuenta que, en la Iglesia primitiva, como compartían los bienes, nadie pasaba necesidad. (cfr. Hch 4, 34) El mundo que Dios quiere no es un mundo de miserables, sino un mundo donde todos sus hijos puedan vivir felices.

         Por eso Jesús no está hablando a los mendigos y desamparados de Cafarnaúm, sino a sus discípulos. Dice: «Bienaventurados los pobres», pero añade algo decisivo: «los pobres en el espíritu».

 

“Pobres en espíritu”

es soltar lo que el ego aprieta.

¿Qué significa «en el espíritu»? Pensemos en lo que nos sale de dentro, casi sin darnos cuenta: no solemos inclinarnos a desprendernos de lo nuestro, sino a retenerlo; incluso a acumular cada vez más. Y nunca parece suficiente: para nosotros, para los hijos, para los nietos, para los bisnietos…

El Espíritu nos empuja en la dirección contraria: a no quedarnos con todo, a no guardarlo para nosotros, sino a ponerlo al servicio de quienes lo necesitan. Dichoso el pobre en espíritu: el que se deja guiar por el Espíritu y no se reserva los dones que Dios ha puesto en sus manos. (cfr. Mt 5, 3)

Dichoso quien, al final de su vida, “se queda sin nada” porque lo ha puesto todo a disposición del pobre; lo que tenía lo convirtió en don.

 

Lo que no se transforma en amor se pierde;

el amor permanece.

Lo que uno no entrega… cuando llega el momento decisivo, se le “requisa” y se pierde para siempre, porque no se transformó en amor. Y lo que permanece es el amor.

¿Quién es, entonces, el verdaderamente bienaventurado? Jesús de Nazaret. Él se quedó sin nada porque entregó toda su vida. No se guardó ni un instante para sí: todo fue don. Ese es el bienaventurado al que el Padre del cielo le dice: “Tú eres realmente mi Hijo. Tú has construido el reino de Dios”.

Y la promesa hecha a estos pobres en espíritu —repito: no a quien ha sido golpeado por una desgracia— es esta: «porque de ellos es el reino de los cielos». No se trata solo del paraíso al final. Cuando uno se hace pobre por amor, movido por el Espíritu, ya hoy pertenece al reino de Dios.

Esta es la primera propuesta de alegría que Jesús nos hace. Ahora abramos nuestra mente y corazón a la segunda.

 

Dichoso porque luchas

por la justicia sin hacer daño.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra».

Manso no es “apagado”:

es fuerte sin violencia.

Cuando oímos la palabra “manso”, a veces pensamos en alguien tranquilo que no responde, que se lo traga todo y acepta las injusticias sin decir nada. Pero esa imagen describe más a un resignado que a un bienaventurado. Por eso conviene preguntarnos: ¿qué entiende Jesús por “mansedumbre”?

Jesús no inventa esta bienaventuranza: la toma del Salmo 37, un texto que él conocía muy bien y cuya espiritualidad ha hecho suya.  Allí se retrata a una persona que sufre abusos y atropellos, pero no cae en la tentación de responder con violencia.

 

La mansedumbre es saber reaccionar

sin multiplicar el mal.

El salmo lo expresa con una advertencia muy concreta: “Deja la ira, depón el enojo… no te irrites, porque acabarías haciendo el mal; aumentarías el mal en vez de ponerle remedio”. (cfr. Sal 37, 8) Es decir: no se te pide que no veas la injusticia, sino que no dejes que tu reacción se vuelva destructiva.

La Biblia habla a menudo de la “ira” de Dios como lenguaje para expresar su amor que no es indiferente. Y también habla de la ira del ser humano. Esta, en sí misma, puede ser un impulso necesario: si ante una injusticia contra un pobre no sentimos ninguna indignación, algo se ha estropeado por dentro. El problema aparece cuando perdemos el control: la ira, en vez de empujarnos a intervenir con justicia, nos empuja a agredir… y terminamos añadiendo más mal al mal que ya había.

 

 

Del llanto comprometido

a la respuesta justa.

Por eso la mansedumbre no es resignación. Es el modo correcto de reaccionar cuando vemos que las cosas no van según Dios. Y tiene sentido que esta bienaventuranza venga después de la de los afligidos: primero, al ver el mal, podemos caer en la tentación de desentendernos (“yo paso, así no sufro”). Y si no nos desentendemos, podemos caer en otra tentación: endurecernos y pensar que los conflictos se resuelven con agresividad y violencia, es decir, echando leña al fuego.

Jesús es el manso. Él mismo se describe así: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. (cfr. Mt 11, 29) Vivió conflictos muy duros con el poder político y con el poder religioso, pero los afrontó con el estilo de los mansos: buscando justicia sin sembrar más mal, sin convertir la lucha por el bien en una fábrica de violencia.

 

La promesa no es evasión:

es tierra transformada.

A los mansos se les promete: «porque ellos heredarán la tierra». No se habla del paraíso como una huida, sino de la tierra: con Dios, los mansos se convierten en constructores de una tierra nueva.

Hoy parece muchas veces que la “tierra” la dominan los violentos, los prepotentes, los arrogantes, los egoístas, los que imponen una cultura de puro placer. Pero la promesa de Jesús va en sentido contrario: Dios construye con los mansos, con quienes no se resignan y tampoco responden con violencia.

Y para nosotros queda una pregunta muy concreta: cuando vemos una injusticia, ¿nos refugiamos en la indiferencia para no sufrir, o respondemos con mansedumbre, buscando justicia sin aumentar el mal?

 

Eres dichoso porque lloras por amor:

te duele el mal del mundo y Dios te sostiene.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

A muchos cristianos, todavía hoy, les resulta más fácil asociar a Dios con el sufrimiento y el dolor que con la alegría y la felicidad. Ha existido toda una espiritualidad del pasado que invitaba a ofrecer sacrificios a Dios, a soportar con paciencia las propias penas, “las cruces” que el Señor enviaría. Y entonces esta bienaventuranza se entendía así: “Bienaventurados los afligidos”, como si fueran dichosos quienes tienen sufrimientos para ofrecer a Dios.

Dios no se complace en el dolor:

el Evangelio es alegría.

Esa manera de presentar las cosas ha llevado a muchas personas a alejarse de la Iglesia y a considerar el cristianismo enemigo de la alegría, cuando el Evangelio es exactamente lo contrario: anuncio de gozo y de felicidad. Por eso la pregunta es decisiva: ¿de qué aflicción está hablando Jesús?

No se trata de la aflicción debida a una desgracia o una calamidad, como si Dios quisiera el dolor o mandara desdichas. No: Dios no quiere el dolor, no quiere la desgracia. La aflicción de la que habla Jesús es la que él mismo experimentó: un dolor tan fuerte que se manifestó en el llanto cuando comprendió que su pueblo —al que amaba con toda el alma— rechazaba su propuesta de un mundo nuevo y, por eso, caminaba inevitablemente hacia la ruina. Y rompió a llorar.

 

Dichoso no por sufrir,

sino por amar.

Aquí está el punto; la bienaventuranza no dice que uno sea dichoso “porque sufre”, como si el sufrimiento fuera un mérito en sí mismo. Lo dichoso es otra cosa; que ese dolor nazca del amor. Jesús llama bienaventurado al que ama tanto que llega a llorar cuando se rechaza la alegría del reino de Dios, cuando se rechaza el camino de una vida nueva. (cfr. Mt 5, 4)

Si hoy miramos a nuestro alrededor, ¿qué vemos? Guerras, violencias de todo tipo, injusticias, mentiras, hipocresías. Vemos un mundo en el que incluso se presume de haber excluido a Dios de la convivencia humana. Ante esta realidad, uno podría desentenderse: ocuparse solo de lo suyo, “hacer su vida”, buscar estar bien y así no sufrir, no llorar, no sentirse afligido. Pero entonces no sería dichoso, porque no mostraría amor: sería, más bien, una vida anestesiada, protegida a fuerza de indiferencia.

 

El llanto del justo no es derrota:

es amor que no se rinde.

Bienaventurado es el afligido porque vive con pasión el compromiso de construir el reino de Dios, de construir una humanidad donde todos se reconozcan hijos del único Padre y vivan como hermanos. Su tristeza no nace de que él “esté mal”, sino de que en el mundo las cosas van mal. Y eso le duele precisamente porque ama.

A este punto aparece la tentación para no sufrir: resignarse, desinteresarse de los demás, encerrarse en el propio pequeño mundo y bajar los brazos. Si el maligno consigue convencerte de que el mundo nuevo es solo un sueño, entonces ha vencido: te apaga la esperanza y te enfría el corazón.

 

Dios consuela al que ama

y hace fecundo su amor.

La promesa para quienes continúan amando, aunque haya motivos para llorar, es esta: «porque ellos serán consolados». Es decir, Dios está de su parte, del lado de quien ama, aunque le duela. Dios los consolará: no porque “premie” el sufrimiento, sino porque no abandona al que se entrega por amor. Y el mundo nuevo nacerá también con su colaboración.

 

Dichoso porque tienes hambre de un mundo fraterno:

Dios colmará ese deseo.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados
».

La justicia que Jesús bendice

no es castigo ni venganza.

¿De qué “justicia” está hablando Jesús? Conviene tener cuidado, porque la palabra justicia puede ser peligrosa: es ambigua. Recordemos que a la guillotina la llamaban “el madero de la justicia”, porque “ajusticiaba”. Para muchos, eso era “hacer justicia”. Cuando un criminal entra en prisión, o incluso es enviado al patíbulo, se oye decir: “Ahora sí, se ha hecho justicia”.

Recuerdo el caso de un gobernador que firmó la condena a muerte de un criminal que había matado a dos policías. Firmó con la pluma estilográfica que había pertenecido a uno de ellos; dejó la pluma y dijo: “Ahora se ha hecho justicia”. ¿Es esa la justicia que Jesús quiere que deseemos con la misma fuerza con que el sediento busca agua o el hambriento busca pan? La respuesta es claramente no.

 

No pongamos en Dios

una justicia que “hace pagar”.

Y aquí hay un riesgo serio: como para muchos “justicia” significa eso, terminan atribuyéndoselo también a Dios, como si él ejerciera una justicia vengativa, de “hacer pagar” al que se equivoca o al que ha hecho daño. Pero Jesús está hablando de otra cosa.

 

La justicia de Dios es

su plan de amor para este mundo.

La justicia de la que habla Jesús es el proyecto de amor que Dios quiere realizar en la historia. Esa es la justicia que él desea establecer; que todos tomemos conciencia de que somos sus hijos y, por tanto, hermanos entre nosotros; que vivamos compartiendo los bienes; que sintamos como propio el dolor y la necesidad del que está a nuestro lado; que seamos capaces de perdonar; que sepamos transformar a los enemigos en hermanos. Esa es la justicia que debemos anhelar.

 

Hambre y sed de justicia

es querer ese mundo con urgencia.

Dichoso quien quiere que esa justicia se haga realidad y la desea con la urgencia del que camina por el desierto y necesita agua, o del que tiene hambre y busca pan. (cfr. Mt 5, 6) Jesús toma precisamente esas necesidades básicas como ejemplo: así desean, así buscan, así se empeñan quienes quieren que la justicia de Dios se abra paso en el mundo.

 

No es un sueño:

Dios promete saciedad.

¿Y cuál es la promesa? «porque ellos quedarán saciados». También aquí existe el peligro de pensar que esta justicia es solo un sueño de Jesús de Nazaret. No, dice Jesús; serán saciados.

 

 

Dichoso porque ayudas al que sufre:

Dios tendrá misericordia contigo.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia»

En nuestro lenguaje solemos identificar la misericordia con la compasión. Decimos que alguien es misericordioso porque sabe perdonar: no se deja arrastrar por ese impulso que le pide “hacer pagar” a quien le ha hecho daño, sino que es paciente, sabe esperar, no se cierra.

 

Si Dios fuera “nuestro juez”,

su misericordia sería imposible.

Y esa misericordia la aplicamos también a Dios: pensamos en un Dios que, frente al mal que cometemos, siempre sabe perdonar. Pero aquí aparece una dificultad: a muchos les parece que esa misericordia no encaja con la justicia. Si Dios es un juez “justo” al modo humano, entonces —dicen— no puede ser misericordioso. Esto lo habían visto ya los rabinos: les costaba armonizar esos dos rasgos, justicia y misericordia. Parecía que una tenía que borrar a la otra.

La solución es reconocer que debe desaparecer de Dios esa “justicia” que copia nuestra manera de juzgar. Dios no es “justicia vengativa”: Dios es misericordia, y punto. En hebreo se dice חֶסֶד (jésed): amor incondicional y fiel. Ningún pecado, ningún rechazo del ser humano consigue apartar a Dios de esa pasión de amor. Dicho con una imagen fuerte: el “oro” del que Dios está hecho es el amor, y es oro puro; no hay otra cosa en Él.

 

La misericordia se ve en Jesús:

el Buen Samaritano.

¿Y cómo se nos hace visible esa misericordia? La vemos en Jesús de Nazaret, y la comprendemos muy bien en la parábola del samaritano: ese samaritano es Jesús. Es Él quien sale al encuentro de una humanidad caída en manos de los bandidos, dejada medio muerta. Y, al mismo tiempo, en ese samaritano se refleja también cómo actúa la persona misericordiosa, la que se parece al Padre del cielo.

 

Tres señales claras de un corazón misericordioso.

¿En qué momentos se nota si alguien es misericordioso, como Dios? Hay tres.

Primero: ve. Se da cuenta de que el otro está en necesidad. No es insensible, no aparta la mirada, no se distrae para no complicarse la vida con el típico “mientras yo esté bien, ¿qué me importa?”. El misericordioso tiene los ojos abiertos: no hace falta que el otro grite pidiendo ayuda; él percibe la necesidad del hermano.

Segundo: se conmueve. Es decir, no solo “entiende” lo que pasa: lo siente por dentro, lo lleva como propio. El texto lo expresa con una palabra muy intensa: σπλαγχνίζομαι (splanjnízomai), que indica ese estremecimiento interior por el que uno “padece con” el otro, como si lo suyo fuese también mío.

Tercero: actúa. Esa compasión no se queda en emoción. Cuando ha visto al hermano en necesidad, y lo ha sentido por dentro, entonces interviene; hace lo que puede, pero lo hace.

 

Dios no “hace la vista gorda”:

te hace sintonizar con su corazón.

Y por eso la promesa es: «porque ellos alcanzarán misericordia». No significa que Dios cierre un ojo ante sus pecados, no. Significa que estas personas viven en sintonía con el corazón de Dios, que es amor y solo amor.

 

Dichoso porque dejas que solo Dios guíe tus decisiones:

así puedes ver a Dios.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

Para nosotros, el “corazón” es sobre todo la sede de las emociones y los sentimientos. Para los semitas, en cambio, el corazón no se entiende tanto como el lugar de las emociones, sino como el centro de las decisiones: el lugar desde donde uno elige, decide, se orienta.

 

Corazón puro es decidir

con un solo Señor.

Ellos “deciden con el corazón”, y ese corazón puede ser puro o impuro. ¿Qué entendemos nosotros por “oro puro”? Que no está mezclado con otros metales. Decimos también “café puro”, frente a los sucedáneos. “La pura verdad” significa que no hay mentira. “Pura fantasía” significa que no tiene conexión con la realidad. Pues bien: ¿cuándo es “puro” el corazón? Cuando es Dios quien marca las decisiones, quien orienta de verdad todas las elecciones que se hacen.

En cambio, el corazón es impuro cuando dentro hay un batiburrillo de “dioses”, un revoltijo de ídolos que van dando órdenes. Puede estar Dios… sí, pero luego muchas decisiones las termina mandando el dinero, o el orgullo, o la codicia, o el desenfreno moral. Y entonces el corazón ya no es “puro”: está mezclado.

 

Ver a Dios no es un argumento:

es una experiencia.

A los de corazón puro se les hace esta promesa: «porque ellos verán a Dios». Es decir; harán experiencia de Dios. A veces escuchamos a personas no creyentes decir: “¿Cómo voy a creer yo en Dios?”. Y piensan que hay que convencerlas con razonamientos.

Pero el problema —dice el predicador— es que no pueden “ver” a Dios mientras tengan ese batiburrillo dentro. Antes hay que purificar el corazón; solo entonces podrán hacer experiencia de Dios.

Y aquí podemos preguntarnos con sencillez: ¿quién manda de verdad en nuestras decisiones? ¿Dios… o los ídolos que, sin hacer ruido, se nos cuelan dentro?

 

Dichoso porque no solo “pones el huevo”:

te implicas hasta el jamón para construir la paz

que da vida, y por eso Dios te llama hijo.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios
».

La paz de Jesús no es “quedar bien”:

Es construir vida.

Durante mucho tiempo esta bienaventuranza se tradujo como “bienaventurados los pacíficos”, entendiendo por “pacífico” a quien procura llevarse bien con todos y, si puede, poner paz entre personas enfrentadas. En tiempos de Jesús, los rabinos decían que לַעֲשׂוֹת שָׁלוֹם (la’asót shalóm), es decir, “hacer la paz” entre familias y personas, era una obra muy meritoria ante Dios. Es verdad; eso es bueno… pero se queda corto. La bienaventuranza de Jesús es más amplia.

Jesús llama dichosos a los que se implican de verdad para construir la paz. El Evangelio usa un término muy expresivo: εἰρηνοποιοί (eirēnopoioí), formado por εἰρήνη (eirḗnē, “paz”) y ποιέω (poiéō, “hacer”). Es decir: no se trata de gente que evita conflictos para vivir tranquila, sino de personas que hacen la paz con las manos, con decisiones y con compromiso.

Aquí ayuda una imagen sencilla. La gallina, al ver el menú de Navidad “huevos con jamón”, se queda aliviada: ella “pone el huevo”, colabora. El cerdo, en cambio, no puede relajarse: para poner el jamón tiene que implicarse por completo. Pues bien, en esta bienaventuranza Jesús no felicita al que solo desea la paz o pone buenas palabras; felicita al que se remanga y se implica para que exista una paz real.

Porque la paz bíblica, שָׁלוֹם (shalóm), no es solo ausencia de peleas: es plenitud de vida, condiciones para que todos puedan vivir con dignidad, con alegría, como hermanos. Y por eso la promesa tiene todo el sentido: “serán llamados hijos de Dios”. (cfr. Mt 5, 9) Dios los reconoce como suyos, porque están trabajando —en serio— por lo que él quiere para todos sus hijos.

 

No es la “paz” de los imperios:

No se impone con miedo.

Este término era conocido en el mundo clásico. De hecho, a los emperadores les encantaba ponerse ese título: “constructores de paz”. Presentaban como “paz” lo que en realidad era control, dominio, silencio impuesto. Augusto, por ejemplo, podía presentarse como pacificador del imperio después de campañas militares y mucha violencia. También la literatura latina llega a hablar de “imponer la paz” como tarea del poder.

Pero, ¿son esos los “pacificadores” que Jesús declara bienaventurados? No.

 

Shalom:

Paz es plenitud de vida para todos.

La Biblia usa una palabra que conocemos bien: שָׁלוֹם (shalóm). No significa solo ausencia de guerras o de peleas. La paz de la que habla Jesús es más grande: es plenitud de vida. Es la presencia de aquellos bienes que permiten a las personas vivir con dignidad y alegría. Ese es el orden del mundo querido por Dios: una paz que se nota porque la vida florece.

Por eso, el “constructor de paz” no es solo el que apaga discusiones. Es el que crea —con su compromiso— condiciones económicas, sociales, culturales y también políticas que favorecen esa paz verdadera: que todos puedan vivir como hijos y hermanos, con lo necesario para ser felices.

 

Dichoso porque haces posible la vida:

Dios te llama hijo suyo.

Y la promesa es preciosa; «porque ellos serán llamados hijos de Dios». Es decir, Dios se reconoce en ellos y les dice, de verdad: “Sois mis hijos”. Porque lo que Dios quiere es esta paz: el bienestar, la alegría, la vida de todos sus hijos. Cuando ayudamos a levantar condiciones para que todos puedan vivir con dignidad, Dios mira a esos constructores de paz y les dice: “Sois realmente mis hijos”.

 

Dichoso porque la oposición

confirma que ya vives el Reino.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo
».

Hemos subido al monte para escuchar la propuesta de una vida feliz, bienaventurada, que nos hace Jesús. Nos alegra haberla escuchado y también haberla comprendido. Pero ahora no podemos quedarnos siempre en el monte, sino que tenemos que bajar, de nuevo, a la llanura.

Del monte a la llanura:

Ahí se ve si lo creemos de verdad.

Tenemos que volver entre la gente, entre personas que piensan de otro modo, siguen otros criterios, otros valores, eligen otras “bienaventuranzas”. Y entonces queremos preguntarle a Jesús: cuando bajemos a la llanura, ¿cómo nos recibirán? ¿Cómo nos encontraremos en medio de la gente si de verdad vivimos con coherencia lo que tú nos has enseñado?

Jesús nos responde con la octava bienaventuranza: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia», es decir, perseguidos porque desean que se instaure en el mundo la justicia nueva del reino de Dios. Y lo dice sin rodeos: “No tendréis una vida fácil, contad con ello: os insultarán, os perseguirán y dirán toda clase de cosas malas contra vosotros por mi causa”.

 

Elegir las bienaventuranzas tiene un precio…

y una dicha.

Hay un precio que pagar si uno elige las bienaventuranzas de Jesús. Es como si nos dijera; contad con que, cuando vean vuestra vida tan distinta de la suya, cuando os oigan hablar de gratuidad, de compartir los bienes, de atención a los últimos y a los pobres, y de un amor de pareja fiel, definitivo e incondicional, os harán frente o, como mínimo, se burlarán. Pero os lo aseguro: seréis dichosos.

Jesús da dos razones para esta bienaventuranza. La primera es «porque de ellos es el reino de los cielos». La segunda es «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

Cuando oímos la palabra “cielos”, solemos pensar enseguida en un premio futuro, en el paraíso del más allá. Pero fijémonos bien: las dos promesas están formuladas en presente; «de ellos es el reino de los cielos», o sea, el Reino les pertenece ya ahora. Y esa “recompensa en los cielos” no se refiere simplemente a un mañana lejano: “los cielos” son el reino de Dios, el mundo nuevo que ya ha comenzado aquí y que está presente en quienes viven las bienaventuranzas de Jesús.

 

La persecución no destruye la alegría:

La confirma.

El perseguido no es dichoso a pesar de la persecución, sino —en un sentido profundo— precisamente por ella. Se le invita a alegrarse y a exultar, no porque algún día terminarán los insultos y las dificultades, sino porque hoy, al ser perseguido, tienes la prueba de que estás viviendo de otra manera: no según los criterios del mundo viejo, sino según la justicia nueva.

De esa convicción íntima y firme brotan en el creyente la alegría y la paz prometidas por Jesús.

Una campana suena en Sanremo: Campana dei Bimbi non Nati.

 

viernes, 30 de enero de 2026

Cuando la pornografía llega sin buscarla: cómo hablarlo en casa

 


Cuando la pornografía llega sin buscarla:

cómo hablarlo en casa

 

A veces la pornografía entra en la vida de un adolescente como entran tantas cosas hoy: sin pedir permiso y sin que nadie la haya invitado. Puede llegar por el móvil de un amigo, por un enlace en un grupo, por una escena de serie que va demasiado lejos, por una conversación subida de tono en un vestuario. Y, cuando llega, en casa solemos movernos entre dos extremos: o lo convertimos en una bronca, o fingimos que no existe. Ninguno de los dos caminos suele ayudar.

 Lo que de verdad marca la diferencia suele ser más sencillo y más difícil a la vez: crear un clima donde se pueda hablar sin miedo y, al mismo tiempo, poner apoyos concretos para los días flojos. Porque, a estas edades, el “freno” aún está madurando; el impulso gana más fácilmente, sobre todo de noche y a solas. No es excusa. Es contexto. Y el contexto importa.

Cuando el tema entra por la puerta de atrás

Imagina una escena sencilla. La madre está fregando. Verónica entra a por un vaso de agua, deja la bolsa del entrenamiento en el suelo y rebusca algo en la nevera.

—Vero… ¿han reformado las duchas del vestuario o sigue aquello igual?

No parece una pregunta “sobre pornografía”. Y precisamente por eso funciona. Porque es normal. Porque no la pone contra la pared. Y porque, si ella quiere, puede contestar con una frase corta que ya te da una pista: “igual”, “mejor”, “un asco”, “pasan de todo”.

La madre no sigue con un interrogatorio. Solo añade, como quien sigue con lo suyo:

—¿Y se está a gusto allí o es de mucho jaleo?

A veces esa es la puerta. En esa respuesta viene el clima: si se cuida la intimidad o si se comenta todo, si se respeta o si se ridiculiza, si una sale de allí tranquila o con ruido por dentro. No hace falta pedir detalles. La clave es que ella note que puede decir “me incomoda” sin sentirse rara.

El espejo, el vestuario y la presión que nadie firma

Verónica tiene quince años, juega en un equipo de baloncesto, se esfuerza. Pero la adolescencia trae un ingrediente que no se entrena con series: el espejo, a ratos, se vuelve juez. Y el mundo, además, pone el listón altísimo y te lo cobra caro.

Un día sale en el telediario una pieza sobre anorexia y bulimia. El padre está recogiendo la mesa, sin mirar a nadie como quien va a “dar lección”.

—Qué duro… A vuestra edad la cabeza puede ser cruel. ¿En tu clase o en el equipo se habla mucho del cuerpo o pasan del tema?

Si ella responde con un “bah, normal”, él no corrige. No moraliza. Solo deja caer una frase que suena a vida, no a sermón:

—Ya… es que lo normal a veces viene con mucha presión escondida.

Y ahí el padre puede hacer algo fino: no preguntar “qué te pasa”, sino preguntar “qué te deja”.

—Tú, cuando te miras, ¿te dejas en paz… o te das caña?

A veces ella se encoge de hombros. A veces suelta un “me agobio”. Y ese “me agobio” vale oro, porque ya no está sola con ello.

Luego están las redes. La madre dobla ropa; Verónica pasa con la toalla.

—Madre mía, estos filtros… ¿tú crees que alguien se ve así en la vida real?

Verónica se ríe. Y en esa risa hay un alivio pequeño: por fin alguien nombra la trampa sin señalarla.

—Es que luego nos miramos a nosotros y parece que estamos mal hechos —dice la madre, como quien comenta el tiempo.

Y, si el momento lo permite:

—¿A ti te salen muchas cosas así… o lo tienes más o menos controlado?

No hace falta más. La conversación se queda flotando. A veces vuelve dos días después, cuando ella se enfada por una tontería y, sin querer, se le escapa lo de siempre: “me veo fatal”. Por eso importa el tono: que sea una oferta, no una revisión.

Hugo, el recreo y el móvil ajeno

Hugo tiene dieciséis, aún no ha pegado del todo el estirón y es pelirrojo intenso. En clase algunos le llaman “la hoguera”. Lo dicen riéndose, como si no pasara nada. Pero cuando un mote se repite, deja de ser broma; se convierte en etiqueta. Y las etiquetas se clavan por dentro.

No hace falta montar una escena solemne para tocarlo. El padre está sacando la basura y lo dice como quien comenta el día:

—Oye, ¿qué tal lo de “la hoguera” hoy?

Hugo responde lo que responden muchos:

—Nada. Es broma.

El padre no discute con un “no, no es broma”. No le da una conferencia. Solo comparte una verdad pequeña, de esas que no humillan:

—Ya… a mí también me dijeron un mote una temporada. Yo decía “me da igual”, pero por dentro cansaba.

Y lo deja ahí. Porque esa frase le da a Hugo permiso para una cosa muy simple y muy difícil: que le pueda doler sin sentirse menos.

Luego está lo otro. Hugo no tiene por qué ser “el que busca”, pero algunos amigos ya tienen smartphone y, en algún recreo, circulan fotos y vídeos pornográficos explícitos. A veces te lo enseñan como quien enseña un meme. Y ahí, si no estás muy firme por dentro, te dejas llevar por el grupo.

El padre barre el pasillo. Hugo cruza con la mochila. No se miran fijo. Mejor así.

—He leído que en los recreos circulan vídeos fuertes por los móviles. ¿Eso pasa de verdad… o es cuento de mayores?

Hugo minimiza, se ríe, dice “depende”. El padre no remata con “pues te reviso el móvil”. Al revés: deja claro que la conversación no viene con un interrogatorio de regalo.

—Vale. Te lo pregunto porque, si un día te enseñan algo que te deja raro, prefiero que lo puedas soltar aquí. Sin detalles, sin líos.

A muchos chicos les cuesta hablar no porque no tengan nada que decir, sino porque temen la segunda parte: el informe completo, la bronca, la cara de susto. Si quitamos ese miedo, a veces aparece lo que de verdad pasa.

Noticias que ponen palabras donde antes había silencio

Hay conversaciones que nacen solas porque la realidad entra por la tele. Un día aparece una noticia: la Guardia Civil y la Policía Nacional han desarticulado una red mafiosa de pornografía. Explotación. Menores. Dinero. Una parte fea del mundo.

El adulto, si es listo, no hace un comentario moralista. Hace uno humano:

—Qué asco… y qué pena. Es que detrás de muchas cosas hay gente destrozada.

Esa frase cambia el enfoque. No va de “prohibido”. Va de personas. Y luego, casi sin querer:

—¿De esto se habla en el instituto… o ni se toca?

A veces la respuesta sorprende: muchos jóvenes no lo han pensado nunca. Han visto contenido, pero no han pensado en historias reales, en daños reales, en gente real. Nombrarlo con sobriedad despierta empatía. Y la empatía es, en el fondo, lo contrario de consumir.

Otro día ponen un documental sobre un joven que se quedó atrapado. Empezó por curiosidad. Terminó aislado, con vergüenza y con una vida que se iba apagando fuera de la pantalla. Hugo pasa por el salón y hace como que no mira. El padre no lo llama a filas. Solo deja caer una pregunta, como quien piensa en voz alta:

—¿Tú crees que hoy es fácil parar cuando algo engancha?

Hablar así permite que el adolescente responda como observador, sin sentirse acusado. Y eso, en temas delicados, es medio camino.

El amor como examen y la presión de “dar la talla”

Hay otra trampa silenciosa: la presión de “dar la talla”. Muchos adolescentes sienten que todo es un examen: el cuerpo, la popularidad, la obligación de opinar de todo, y también la intimidad, como si el amor fuera una actuación que hay que hacer bien.

A veces esta idea entra por series. Están viendo una escena rápida, perfecta, sin ternura, sin conversación, sin cuidado. El padre no se pone a predicar. Solo pregunta, como quien comenta un guion:

—¿Tú crees que eso es lo normal?

Y si se ríen, él no se ofende. Solo añade, sin dramatismo:

—Es que a veces lo que se ve parece que es “lo que hay que hacer” … y luego la gente va con presión, como si el amor fuera un examen.

Decirlo así no arregla la vida, pero afloja el nudo. Les da permiso para pensar: “igual no tengo que demostrar nada”.

Una brújula sencilla para la dignidad

En medio de tantas voces, ayuda una frase breve que sirva para todo. No un discurso. Una brújula.

Surge de cualquier historia: un amigo que presiona, un comentario que incomoda, una escena que normaliza lo que no debería normalizarse. El adulto lo suelta como quien habla desde experiencia, no desde superioridad:

—A mí hay algo que me ayuda a discernir: cuando alguien te quiere de verdad, no te empuja. Te cuida.

Esa frase vale para la pareja, para los amigos, para el grupo, para el mundo digital. Y vale también para uno mismo: tratarnos con cuidado, no como un objeto que tiene que rendir.

Si te cae encima algo explícito:

que no se convierta en una habitación cerrada

Aquí conviene ser prácticos sin volvernos fríos. Porque, cuando aparece una imagen o un vídeo explícito, lo difícil no es solo “lo vi”; lo difícil es lo que se queda luego dando vueltas. Y el riesgo grande es que eso se convierta en una habitación cerrada: curiosidad, vergüenza y repetición a solas.

Un padre puede decirlo en el coche, sin mirarlo fijo, casi como quien deja una herramienta encima de la mesa:

—Si un día te enseñan algo y te quedas mal, lo primero es quitarlo de delante y salir de ahí. Y si luego se te queda pegado en la cabeza, no te quedes peleando solo con eso. Dímelo como te salga. Con que me digas “me han enseñado algo” ya sé por dónde empezar a ayudarte.

Y aquí una honestidad que ayuda mucho:

—Si algún día me lo cuentas y yo al principio me pongo torpe, ayúdame. No estoy contra ti. Estoy contigo.

Decir esto desactiva el miedo a “si lo cuento, se monta un incendio”. Porque lo que más aísla no es el contenido; es el terror a la reacción.

Barandillas: apoyos para los días flojos

Hay decisiones domésticas que, bien explicadas, ayudan mucho. No como castigo, sino como apoyo. Hay días en que la voluntad flaquea, sobre todo de noche, y el teléfono a un metro de la cama es una tentación innecesaria. Lo mismo en el baño, o cuando uno se encierra y se queda pasando pantalla tras pantalla.

Aquí, lo que funciona es que no parezca un control “sobre ti”, sino un cuidado “de todos”. Imagina una escena breve: la familia en la cocina, diez minutos. El padre deja un cargador en la entrada y dice, sin solemnidad:

—En esta casa vamos a probar una cosa. Los móviles duermen aquí. También el mío. No porque no confiemos, sino porque a estas horas todos estamos más flojos y el descanso lo paga caro.

Y se añaden dos barandillas más, con la misma lógica: el baño sin pantallas, y el ordenador en un lugar común o con la puerta abierta cuando se usa. No por vigilancia, sino por amor y ayuda. En algunas salidas con amigos, un teléfono sin internet puede ser un descanso real: no para infantilizar, sino para darle al chico un poco de aire cuando sabe que está más vulnerable.

Cuando el marco es este, cambia la conversación. Ya no es “te vigilo”. Es “te cuido; nos cuidamos”.

Cuando retirar el móvil provoca pánico,

ya no hablamos de un enfado normal

Y ahora viene una escena distinta. Noche. Se acaba el tiempo pactado. El padre dice, sin brusquedad:

—Venga, móvil fuera, a cargar.

Y el hijo explota. No un enfado normal. Algo más feo: pánico, furia desproporcionada, desesperación real, como si le hubieras quitado el aire. Ahí es fácil que el adulto se suba al ring y lo convierta en una guerra de autoridad. Pero suele ayudar más bajar el volumen y cambiar el marco.

El padre respira y dice, despacio:

—No me preocupa que te enfades. Me preocupa lo mal que lo estás pasando. Esta reacción es demasiado grande para esto. Parece que el móvil te está haciendo sufrir.

Y aquí entra lo decisivo: el mensaje de equipo, sin etiquetas que humillen.

—Esto no te define. No eres “esto”. Pero sí te está pasando. Y no vamos a dejarte solo contra esto.

Si además hay sueño roto, irritabilidad constante, aislamiento, o una energía enorme dedicada a saltarse controles, conviene no esperar meses a ver “si se le pasa”. Ahí, pedir apoyo no es rendirse; es abrir una salida de emergencia. Limitar más no como castigo, sino como oxígeno. Y buscar ayuda profesional no como etiqueta, sino como camino.

Si eres joven y te reconoces en esto

Si tienes quince o dieciséis y alguna vez te han enseñado algo explícito, o has acabado mirando más de lo que querías, o te ha dado vergüenza reconocerlo, no estás solo ni eres raro. Te ha tocado vivir en un entorno complicado. Lo que sí suele empeorar las cosas es quedarte encerrado y pensar que “esto ya me lo arreglo yo” mientras por dentro te vas apagando.

Pedir ayuda a tiempo no te hace débil. Te hace lúcido. Y, si además hay fe en casa, esto se vive todavía con más esperanza: no desde la etiqueta, sino desde la misericordia; no desde el juicio, sino desde el cuidado.

El puerto seguro y el arte de respetar el silencio

Ser “puerto seguro” no significa tener todas las respuestas ni dar conferencias brillantes. Significa algo más humilde: estar. Ser ese adulto que aguanta la incomodidad sin convertirla en juicio.

Por eso, si lanzamos una pregunta y Hugo contesta “nada, es broma”, o Verónica se encoge de hombros, no hay que forzar. Se deja la semilla. Se sigue barriendo. Se cambia de tema. A veces lo más inteligente es no hacer nada… para que un día, cuando sí quieran hablar, no recuerden una emboscada, sino una casa tranquila.

Y, a los pocos días, sin decir “tenemos pendiente lo de la pornografía”, aparece otra ocasión. Una serie. Una noticia. Una escena. Y el adulto comenta, como observador:

—Oye, ¿tú crees que eso es lo normal… o es solo tele?

Si no responden, no pasa nada. La puerta queda visible.

A modo de conclusión: primero vínculo, luego apoyos;

y si hay pánico, salida de emergencia

Al final, todo esto no va de ganar batallas. Va de cuidar personas. Verónica está aprendiendo a mirarse en un mundo que la mide. Hugo está aprendiendo a pertenecer en un mundo que empuja. Los dos están aprendiendo a amar en un tiempo que confunde deseo con consumo y cercanía con rendimiento.

Como padres, muchas veces no necesitamos convertirnos en expertos; necesitamos ser presencia segura. Y como jóvenes, no necesitamos tenerlo todo claro; necesitamos tener a alguien con quien hablar sin máscaras.

Si una familia consigue algo, que sea esto: que en casa se pueda decir, mientras se friega o se barre: “Hoy me he quedado raro por dentro”. Y que la respuesta no sea una bronca ni un sermón, sino un “vale… cuéntame lo que quieras. Y si no quieres, aquí estoy igual”.

lunes, 26 de enero de 2026

Cuando el cura vive “como un cura”… ¿y quién decide cómo debe vivir?

 

Cuando el cura vive “como un cura”… ¿y quién decide cómo debe vivir?

La conversación que he compartido arranca con una intuición provocadora: quizá, de todo lo que se discute cuando se mezclan liberalismo, catolicismo y capitalismo, lo que más toca nervio es algo mucho más cotidiano y menos teórico: la economía diaria del sacerdote. No la economía de los grandes discursos, sino la del frigorífico, la gasolina, el seguro, el techo que gotea en la casa parroquial y ese “a ver si llego” a fin de mes.

Y aquí aparece enseguida un choque con el imaginario popular. Existe el dicho “vivir como un cura”, como sinónimo de vivir bien. Pero se sostiene que esa expresión ya no encaja con la realidad actual (al menos en España): no solo muchos sacerdotes no viven “muy bien”, sino que se sugiere que esa precariedad no es casual, que responde a dinámicas estructurales e intereses.

Cuando la supervivencia manda, la libertad se estrecha.

Una de las tesis más fuertes del texto es esta: se habría “elegido” (o permitido) que el clero viva materialmente peor para limitar su acceso a la propiedad y, con ello, limitar su libertad práctica. La idea es sencilla y dura: si un sacerdote no puede construir un mínimo colchón (una casa, un ahorro razonable, un margen de autonomía), queda más dependiente. Y la dependencia, en cualquier organización, tiende a traducirse en mayor control.

La conversación lo enmarca dentro de algo más amplio que se llama “estatalización” de la Iglesia: una forma de gobierno “estatista”, más autoritaria, más centralizada, menos propia de lo que debería ser la vida eclesial. Se llega a afirmar incluso que el estatismo, como tal, sería “claramente anticatólico”, porque sustituye la lógica de la comunión por una lógica de aparato.

No se está diciendo (al menos no necesariamente) que la Iglesia deba funcionar como una empresa o un mercado, sino que no debería funcionar como un pequeño Estado donde la libertad real de sus miembros se debilita por falta de recursos y por dependencia económica.

Dos mundos: religiosos y sacerdotes diocesanos

Aquí el texto hace una distinción importante, pedagógica y necesaria:

1.     Clero regular (religiosos): viven bajo voto de pobreza. Eso significa que, por su opción y por su promesa formal, renuncian a la propiedad personal. Sus bienes son comunitarios; su orden o congregación sostiene su vida. La pobreza, en este caso, no es miseria: la idea tradicional es tener lo necesario y vivir sobriamente, incluso con renuncias, pero sin convertir la vida en una angustia permanente.

2.     Clero secular (diocesano): no hace voto de pobreza. Puede tener bienes propios, aunque con límites (por ejemplo, se subraya que no debe dedicarse a “negocios” como ocupación ordinaria, y que hay un marco canónico que pone frenos a ciertas actividades por coherencia con el estado sacerdotal).

Y aquí aparece un concepto clásico del derecho canónico: la “cóngrua sustentación”, es decir, la obligación del obispo de proveer lo necesario para que el sacerdote pueda sostenerse dignamente.

El problema, según se comenta, es que lo “necesario” puede interpretarse de forma minimalista: “estar comidos”. Y entonces surge una frase clave: la pobreza no es no pasar hambre. Que alguien no se muera de hambre no significa que viva con dignidad, ni que pueda sostenerse con serenidad, ni que tenga margen de libertad.

Pobreza no es miseria: es sobriedad con dignidad.

La situación española: salario, Estatuto y un “régimen especial”

La conversación se mete en datos concretos: se habla de sueldos “en torno a los 1.000 euros al mes en 14 pagas”, tradicionalmente por debajo del salario mínimo, aunque habría habido incrementos respecto a épocas anteriores. Se mencionan complementos para ciertos cargos y el papel de los estipendios de misa, que pueden sumar algo, pero no solucionan el fondo.

Hasta aquí podría parecer “solo” una remuneración baja. Pero el texto insiste en algo más delicado: la posición jurídica-laboral. Se afirma que en España el sacerdote no está incluido en el Estatuto de los Trabajadores por un marco derivado de acuerdos entre el Estado y la Santa Sede y su desarrollo legal. ¿Consecuencia?

  • No habría un cauce civil-laboral ordinario para reclamar derechos.
  • No existirían horarios exigibles civilmente.
  • Las vacaciones existirían como derecho canónico, pero no como derecho laboral civil.
  • La Seguridad Social operaría con un régimen particular: se pagaría pensión y asistencia sanitaria, pero no conceptos como paro, accidentes laborales o formación, lo que implicaría una aportación menor que la de un trabajador estándar.

La conversación lo remata con una comparación llamativa: empleados laicos de estructuras diocesanas (por ejemplo, limpieza) podrían tener mejor salario y más derechos laborales que un sacerdote medio.

Y aquí se abre un matiz interesante: quien habla no pide necesariamente “laboralizar” al sacerdote como si fuera un empleado más. De hecho, expresa que le parece razonable que el sacerdote no sea exactamente equiparable a cualquier trabajador (derecho a despido, etc., suena raro en clave vocacional). Pero sí subraya lo esencial: no tiene sentido que un sacerdote viva con una preocupación constante por la supervivencia. Una cosa es vivir sobrio, otra vivir haciendo encaje de bolillos.

Comparaciones internacionales: no es lo mismo en todas partes

Se traen ejemplos para mostrar que la realidad española no es universal:

  • En buena parte de Hispanoamérica se afirma que un sacerdote puede vivir como un profesional medio.
  • En Estados Unidos se describe un esquema donde el sueldo puede ser “bajo para los estándares”, pero la diócesis o la parroquia cubren vivienda, comida, seguro médico, etc. Eso cambia completamente el panorama: el sueldo ya no compite con la lista interminable de gastos básicos.

El contraste busca señalar que el problema no es “el sacerdocio” en abstracto, sino cómo se organiza materialmente.

Un cura sostiene personas… y también techos, llaves, facturas y retablos.

La carga real: pastor, presencia social y gestor patrimonial

Otra parte potente del texto es la enumeración de tareas:

1.     Labor pastoral: sacramentos, predicación, acompañamiento, catequesis, escucha… horas y horas.

2.     Labor social: especialmente en barrios y pueblos, donde el sacerdote puede ser una de las pocas figuras estables de apoyo a personas vulnerables.

3.     Gestión patrimonial: quizá la más invisibilizada. En muchos lugares, lo más valioso del pueblo (artística y culturalmente) es la iglesia: retablos, cubiertas, muros, seguridad, restauraciones, trámites, financiación, prevención de robos, mantenimiento continuo.

La idea de fondo es clara: cada vez hay menos curas para tareas que no han disminuido en la misma proporción. Esto genera presión, sobrecarga y sensación de responsabilidad constante. Y ahí vuelve el punto económico: si ya estás desbordado, y además estás al límite material, el sistema no solo te exige: te aprieta.

El efecto colateral: dificultad para entender la economía real

Aquí la conversación da un giro muy interesante. Dice, más o menos: luego nos extrañamos de que algunos sacerdotes u obispos hablen de economía de forma poco realista. ¿Por qué pasaría eso?

Porque muchos sacerdotes en España vivirían en un régimen de subsistencia administrada, sin experiencia directa de “ganar dinero” en el sentido empresarial o profesional competitivo: crear riqueza, asumir riesgos, levantar un proyecto, entender la formación de precios, lidiar con costes, sueldos, impuestos, incertidumbre. Si tu economía está estructurada y asegurada (aunque sea pobre), puedes terminar hablando de economía desde categorías morales sin haber pisado el barro de cómo funciona.

Se añade además un dato de estructura: los balances diocesanos tendrían un peso relativamente bajo de aportaciones directas de fieles (se menciona que a menudo no llegarían al 20 por ciento), mientras el resto sería “fijo” o ligado a gestión, impuestos (la casilla de la renta) y actividades como turismo. En ese marco, se lanza una crítica: es difícil denunciar la presión fiscal cuando una parte de los ingresos depende de esa misma estructura fiscal.

No se trata solo de una acusación; es casi un diagnóstico: cuando el sistema de financiación es mayoritariamente “estable” y no proviene de la donación directa, el lenguaje sobre economía puede volverse abstracto, automático o ideológico.

Una crítica concreta a un estilo de discurso eclesial

El texto termina apuntando a un caso: un documento episcopal sobre doctrina social donde se mencionaría repetidamente el “neoliberalismo” como fuente de problemas, sin mencionar socialismo, comunismo o colectivismos, pese al contexto político del país. La queja aquí no es solo “falta este término”, sino algo más profundo: un desequilibrio en el análisis, y, detrás, una posible incomprensión de lo que significa crear riqueza y sostener un tejido productivo real.

La conversación sugiere que, cuando no se conoce desde dentro el coste de levantar empresas, pagar sueldos, cumplir normativas y sobrevivir, es fácil caer en recetas del tipo “que los políticos solucionen”, “más derechos”, “subir salarios”, sin entrar en el “cómo” y en las consecuencias.

Cierre: la pregunta incómoda que queda en el aire

Lo más interesante es que el texto no acaba en una queja amarga, sino en una pregunta grande: ¿qué tipo de Iglesia se construye cuando el sacerdote vive con paz interior, sí, pero con estrechez estructural buscada o permitida? ¿Qué pasa con su libertad real, con su formación económica, con la calidad del discernimiento pastoral cuando la vida cotidiana está siempre al límite?

Y, en el fondo, la cuestión es casi evangélica en su forma, aunque aquí se exprese en clave social: si la Iglesia quiere hablar al mundo sobre justicia, dignidad y bien común, necesita que sus propios ministros vivan una sobriedad verdadera: no el lujo, pero tampoco la precariedad que convierte la vida en una cuerda floja.

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