Homilía
del Domingo IV del Tiempo Ordinario, ciclo a
Mt 5, 1-12a «…subió
al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos».
Incluso quien está
poco familiarizado con el cristianismo ha oído hablar del “sermón del monte”:
el primero y el más conocido de los cinco grandes discursos de Jesús que se
leen en el Evangelio según san Mateo. En esas palabras se concentran algunos de
los mensajes más bellos y más propios de la vida cristiana: las
bienaventuranzas, el amor a los enemigos, la justicia nueva del reino de Dios,
la oración del Padrenuestro.
Hoy se abre el
camino:
Las
bienaventuranzas.
Durante varias
semanas iremos escuchando este discurso, que comienza precisamente hoy con las
bienaventuranzas que Jesús dirige a quienes desean formar parte de su reino.
Y aquí conviene
detenernos: ¿qué tipo de expresión es una “bienaventuranza”? Jesús no la
inventó. La exclamación “Dichoso…” era un modo habitual de hablar en la
antigüedad. Ya la encontramos en la Odisea de Homero, donde se dice: “Dichoso
el hombre que ha tenido la fortuna de contar con una esposa excelente”. Más
tarde, en los poetas griegos, aparecen muchas: se llama dichosos, sobre todo, a
aquellos a quienes los dioses han concedido abundantes bienes y una vida
cómoda. Dichoso el rico, dichoso el inteligente.
El mundo aplaude
una dicha;
la Biblia
propone otra.
En la Biblia esta
forma literaria entró bastante después. Y, sin embargo, también allí se
multiplican las bienaventuranzas, aunque con un matiz distinto de las que
leemos en la literatura griega. En el libro de los Salmos, por ejemplo, hay
muchas. De hecho, el Salmo primero arranca con una bienaventuranza: “Dichoso
el hombre que no sigue el camino de los impíos”. Y en otro pasaje se
proclama: “Dichoso el hombre que teme al Señor”. Son bienaventuranzas
muy distintas de las paganas.
En el Antiguo
Testamento se cuentan cuarenta y cuatro, y por eso no extraña que Jesús recurra
también a este género para transmitir su mensaje.
¿Y nosotros? ¿Cuándo, en nuestro mundo,
decimos de alguien: “Dichoso él” o “Dichosa ella”? Cuando pensamos que es feliz
porque es joven, guapa, está sana, le va bien, y, sobre todo, porque tiene
mucho dinero. Entonces sale la frase: “¡Dichosa ella!”. Pero, ¿es realmente
así? ¿Basta todo eso para ser dichosos?
La pregunta
decisiva:
Quién te dice
“has acertado”.
Jesús, decía,
utilizó esta forma para comunicar su mensaje. En la Biblia, llamar dichosa a
una persona es hacerle un elogio: es como decirle “te felicito”, “eres
alguien realizado”, “has acertado”. El asunto, entonces, es dejar
claro de quién queremos recibir ese elogio.
¿De quién quieres
que, al final de tu vida, te llegue ese “bienaventurado”: “has vivido bien,
has acertado tu vida”? ¿Quién quieres que te lo diga? Si buscas el aplauso
de la gente de este mundo —que piensa con los criterios de este mundo y con
ideales paganos que todos suelen aceptar y admirar: bienestar, riqueza, éxito,
carrera—, entonces es sencillo: haz lo contrario de lo que te propone Jesús y
te admirarán; más aún, te envidiarán.
Pero si, al final,
lo que deseas es que sea Dios quien te estreche la mano, te felicite y te diga
“bravo, has acertado”, entonces escucha y acoge las bienaventuranzas que
hoy vamos a oír juntos de labios de Jesús.
El pecado es fallar en el blanco,
errar el tiro
«En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte,
se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba
diciendo»
Todos los seres
humanos, a lo largo de la vida, buscan una sola cosa: la alegría. Todo lo que
hacemos, en el fondo, es para ser felices. El problema es que podemos
equivocarnos de objetivo. De hecho, en hebreo “pecado” se dice חַטָּאת
(hattat; jatát), y significa precisamente eso: fallar el blanco, errar el
tiro. El ser humano apunta a la alegría y, por ejemplo, se queda solo con
el placer; y entonces permanece insatisfecho.
El pecado no
siempre nace de maldad,
sino de
extravío.
El pecado no brota
necesariamente de la malicia, sino de la ignorancia. Por eso Dios no castigará
nunca al pecador, porque es un pobre infeliz que se ha confundido de meta.
Lo que el Señor quiere es una sola cosa: que ese hijo suyo recupere cuanto
antes el camino de la alegría.
Jesús hoy nos
desvela el secreto de la alegría.
Hoy Jesús nos
revela el secreto de la alegría. Al final se verá si nos fiamos de su propuesta
o si preferimos seguir con nuestras “astucias” para alcanzar la alegría… y así
pecar: es decir, volver a fallar el blanco.
Según el
evangelista Mateo, Jesús presenta esta propuesta “en el monte”. La devoción
cristiana ha identificado ese monte con la colina que domina Cafarnaúm: la que
se ve al fondo, entre aquellos árboles; allí está también la iglesia de las
Bienaventuranzas. Es un lugar realmente sugerente, pero el monte del que habla
Mateo no es un monte material, no es simplemente “ese” de allí.
Subir al monte
es aprender a pensar como Dios.
¿Por qué esta
imagen, tan frecuente en la Biblia? En las culturas antiguas se imaginaba que
la morada de los dioses estaba en la cima de las montañas. Pensemos, por
ejemplo, en el Olimpo de los griegos. El monte se eleva sobre la llanura, como
si se adentrara en el cielo. Por eso subir al monte significa acercarse a Dios,
encontrarse con lo divino. En la Biblia vemos que Moisés, cuando quiere
encontrarse con Dios, sube al monte; Elías sube al monte. Y Jesús lleva también
a Pedro, Santiago y Juan al monte, porque es allí donde se vive una cierta
experiencia de Dios: se van asimilando sus pensamientos, sus sentimientos, sus
criterios, sus juicios.
El monte y la llanura
Desarrollemos este
simbolismo tan valioso del monte, que se separa de la llanura. En la llanura
transcurre la vida de los hombres, que se rigen por los criterios de una
“sabiduría” que se han fabricado ellos mismos, y que para Dios es necedad.
Son criterios fáciles de enumerar; los conocemos de sobra.
¿Qué opiniones
circulan “en la llanura” para alcanzar la alegría? Lo importante es
la salud; más aún: la salud lo es todo; lo que cuenta es el éxito; dichoso
quien tiene una gran cuenta en el banco; dichoso quien puede viajar y
divertirse, quien no se priva de ningún placer; a mí solo me interesa el sexo.
Sacrificarme por los demás, ni pensarlo. Estos son los consejos que se oyen en
la llanura: es la manera común de razonar, la sabiduría de los hombres.
Entonces,
¿alcanzará la alegría quien se ajusta a esos ideales, por miedo a jugársela
apostando la vida por valores equivocados y perder así la oportunidad de ser
feliz? Es sensato separarse, al menos por un momento, de la llanura: subir
al monte para saber cómo piensa Dios, cuáles son sus bienaventuranzas.
Después siempre
seremos libres de volver a la llanura: seguir confiando en la manera de pensar
de los hombres, o creer un poco en el camino que propone Jesús y, aun así, por
no tener remordimientos, regresar de nuevo a la llanura. Podríamos hacerlo.
Pero, puesto que queremos ser personas sensatas, al menos subamos a este
monte para escuchar de labios de Jesús cómo piensa Dios.
Dichoso porque compartes en vez de acumular:
así ya perteneces al Reino.
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».
Pongamos atención,
porque esta bienaventuranza se ha explicado de muchas formas. A veces se dice:
“Uno puede ser muy rico, acumular bienes, y aun así tener el corazón
desprendido; hace el bien, ayuda a los pobres… y entonces sería un ‘rico bueno’”.
Pero no. Jesús no proclama dichoso al rico desprendido. Jesús llama dichoso al
pobre.
No
es la pobreza por desgracia lo que Jesús aplaude.
¿Y quién es el
pobre? En sentido simple, el que no tiene nada. Pero hay dos situaciones
distintas. Está quien se vuelve pobre por una desgracia: un terremoto, una
enfermedad, la guerra, una inundación que le arrasa la casa y los campos… y se
queda sin nada. ¿Es ese el pobre que Jesús declara bienaventurado? No. Esa
lectura sería absurda y contraria al Evangelio y al Antiguo Testamento.
Dios promete a su
pueblo: “Nadie entre vosotros será pobre”. (cfr. Dt 15, 4) Y en los
Hechos de los Apóstoles se cuenta que, en la Iglesia primitiva, como compartían
los bienes, nadie pasaba necesidad. (cfr. Hch 4, 34) El mundo que Dios quiere
no es un mundo de miserables, sino un mundo donde todos sus hijos puedan vivir
felices.
Por eso Jesús no está hablando a los
mendigos y desamparados de Cafarnaúm, sino a sus discípulos. Dice: «Bienaventurados los pobres», pero añade
algo decisivo: «los pobres en el espíritu».
“Pobres
en espíritu”
es
soltar lo que el ego aprieta.
¿Qué significa «en el espíritu»? Pensemos en lo que nos
sale de dentro, casi sin darnos cuenta: no solemos inclinarnos a desprendernos
de lo nuestro, sino a retenerlo; incluso a acumular cada vez más. Y nunca
parece suficiente: para nosotros, para los hijos, para los nietos, para los bisnietos…
El Espíritu nos empuja en la dirección
contraria: a no quedarnos con todo, a no guardarlo para nosotros, sino a
ponerlo al servicio de quienes lo necesitan. Dichoso el pobre en
espíritu: el que se deja guiar por el Espíritu y no se reserva los dones que
Dios ha puesto en sus manos. (cfr. Mt 5, 3)
Dichoso quien, al final de su vida, “se
queda sin nada” porque lo ha puesto todo a disposición del pobre; lo que tenía
lo convirtió en don.
Lo
que no se transforma en amor se pierde;
el
amor permanece.
Lo que uno no
entrega… cuando llega el momento decisivo, se le “requisa” y se pierde para
siempre, porque no se transformó en amor. Y lo que permanece es el amor.
¿Quién es,
entonces, el verdaderamente bienaventurado? Jesús de Nazaret. Él se quedó sin
nada porque entregó toda su vida. No se guardó ni un instante para sí: todo fue
don. Ese es el bienaventurado al que el Padre del cielo le dice: “Tú eres
realmente mi Hijo. Tú has construido el reino de Dios”.
Y la promesa hecha
a estos pobres en espíritu —repito: no a quien ha sido golpeado por una
desgracia— es esta: «porque de ellos es el
reino de los cielos». No se trata solo del paraíso al final.
Cuando uno se hace pobre por amor, movido por el Espíritu, ya hoy pertenece al
reino de Dios.
Esta es la primera
propuesta de alegría que Jesús nos hace. Ahora abramos nuestra mente y corazón
a la segunda.
Dichoso porque luchas
por la justicia sin hacer daño.
«Bienaventurados los mansos, porque
ellos heredarán la tierra».
Manso
no es “apagado”:
es
fuerte sin violencia.
Cuando oímos la
palabra “manso”, a veces pensamos en alguien tranquilo que no responde, que se
lo traga todo y acepta las injusticias sin decir nada. Pero esa imagen describe
más a un resignado que a un bienaventurado. Por eso conviene preguntarnos: ¿qué
entiende Jesús por “mansedumbre”?
Jesús no inventa
esta bienaventuranza: la toma del Salmo 37, un texto que él conocía muy bien y
cuya espiritualidad ha hecho suya. Allí
se retrata a una persona que sufre abusos y atropellos, pero no cae en la
tentación de responder con violencia.
La
mansedumbre es saber reaccionar
sin
multiplicar el mal.
El salmo lo
expresa con una advertencia muy concreta: “Deja la ira, depón el enojo… no
te irrites, porque acabarías haciendo el mal; aumentarías el mal en vez de
ponerle remedio”. (cfr. Sal 37, 8) Es decir: no se te pide que no veas la
injusticia, sino que no dejes que tu reacción se vuelva destructiva.
La Biblia habla a
menudo de la “ira” de Dios como lenguaje para expresar su amor que no es
indiferente. Y también habla de la ira del ser humano. Esta, en sí misma, puede
ser un impulso necesario: si ante una injusticia contra un pobre no sentimos
ninguna indignación, algo se ha estropeado por dentro. El problema aparece
cuando perdemos el control: la ira, en vez de empujarnos a intervenir con
justicia, nos empuja a agredir… y terminamos añadiendo más mal al mal que ya
había.
Del
llanto comprometido
a la
respuesta justa.
Por eso la
mansedumbre no es resignación. Es el modo correcto de reaccionar cuando vemos
que las cosas no van según Dios. Y tiene sentido que esta bienaventuranza venga
después de la de los afligidos: primero, al ver el mal, podemos caer en la
tentación de desentendernos (“yo paso, así no sufro”). Y si no nos
desentendemos, podemos caer en otra tentación: endurecernos y pensar que los
conflictos se resuelven con agresividad y violencia, es decir, echando leña al
fuego.
Jesús es el manso.
Él mismo se describe así: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón”. (cfr. Mt 11, 29) Vivió conflictos muy duros con el poder político
y con el poder religioso, pero los afrontó con el estilo de los mansos:
buscando justicia sin sembrar más mal, sin convertir la lucha por el bien en
una fábrica de violencia.
La
promesa no es evasión:
es
tierra transformada.
A los mansos se
les promete: «porque ellos heredarán la
tierra». No se habla del paraíso como una huida, sino de la
tierra: con Dios, los mansos se convierten en constructores de una tierra
nueva.
Hoy parece muchas
veces que la “tierra” la dominan los violentos, los prepotentes, los
arrogantes, los egoístas, los que imponen una cultura de puro placer. Pero la
promesa de Jesús va en sentido contrario: Dios construye con los mansos, con
quienes no se resignan y tampoco responden con violencia.
Y para nosotros queda una pregunta muy
concreta: cuando vemos una injusticia, ¿nos refugiamos en la indiferencia para
no sufrir, o respondemos con mansedumbre, buscando justicia sin aumentar el
mal?
Eres dichoso porque lloras por amor:
te duele el mal del mundo y Dios te sostiene.
«Bienaventurados
los que lloran, porque ellos serán consolados».
A muchos
cristianos, todavía hoy, les resulta más fácil asociar a Dios con el
sufrimiento y el dolor que con la alegría y la felicidad. Ha existido toda una
espiritualidad del pasado que invitaba a ofrecer sacrificios a Dios, a soportar
con paciencia las propias penas, “las cruces” que el Señor enviaría. Y entonces
esta bienaventuranza se entendía así: “Bienaventurados los afligidos”, como si
fueran dichosos quienes tienen sufrimientos para ofrecer a Dios.
Dios no se complace en el dolor:
el Evangelio es alegría.
Esa manera de
presentar las cosas ha llevado a muchas personas a alejarse de la Iglesia y a
considerar el cristianismo enemigo de la alegría, cuando el Evangelio es
exactamente lo contrario: anuncio de gozo y de felicidad. Por eso la pregunta
es decisiva: ¿de qué aflicción está hablando Jesús?
No se trata de la
aflicción debida a una desgracia o una calamidad, como si Dios quisiera el
dolor o mandara desdichas. No: Dios no quiere el dolor, no quiere la desgracia.
La aflicción de la que habla Jesús es la que él mismo experimentó: un dolor tan
fuerte que se manifestó en el llanto cuando comprendió que su pueblo —al que
amaba con toda el alma— rechazaba su propuesta de un mundo nuevo y, por eso,
caminaba inevitablemente hacia la ruina. Y rompió a llorar.
Dichoso no por sufrir,
sino por amar.
Aquí está el punto;
la bienaventuranza no dice que uno sea dichoso “porque sufre”, como si el
sufrimiento fuera un mérito en sí mismo. Lo dichoso es otra cosa; que ese dolor
nazca del amor. Jesús llama bienaventurado al que ama tanto que llega a llorar
cuando se rechaza la alegría del reino de Dios, cuando se rechaza el camino de
una vida nueva. (cfr. Mt 5, 4)
Si hoy miramos a
nuestro alrededor, ¿qué vemos? Guerras, violencias de todo tipo, injusticias,
mentiras, hipocresías. Vemos un mundo en el que incluso se presume de haber
excluido a Dios de la convivencia humana. Ante esta realidad, uno podría
desentenderse: ocuparse solo de lo suyo, “hacer su vida”, buscar estar
bien y así no sufrir, no llorar, no sentirse afligido. Pero entonces no sería
dichoso, porque no mostraría amor: sería, más bien, una vida anestesiada,
protegida a fuerza de indiferencia.
El llanto del
justo no es derrota:
es amor que no
se rinde.
Bienaventurado es
el afligido porque vive con pasión el compromiso de construir el reino de Dios,
de construir una humanidad donde todos se reconozcan hijos del único Padre y
vivan como hermanos. Su tristeza no nace de que él “esté mal”, sino de que en el
mundo las cosas van mal. Y eso le duele precisamente porque ama.
A este punto
aparece la tentación para no sufrir: resignarse, desinteresarse de los demás,
encerrarse en el propio pequeño mundo y bajar los brazos. Si el maligno
consigue convencerte de que el mundo nuevo es solo un sueño, entonces ha
vencido: te apaga la esperanza y te enfría el corazón.
Dios consuela al que ama
y hace fecundo su amor.
La promesa para
quienes continúan amando, aunque haya motivos para llorar, es esta: «porque ellos serán consolados». Es decir,
Dios está de su parte, del lado de quien ama, aunque le duela. Dios los
consolará: no porque “premie” el sufrimiento, sino porque no abandona al que se
entrega por amor. Y el mundo nuevo nacerá también con su colaboración.
Dichoso porque tienes hambre de un mundo fraterno:
Dios colmará ese deseo.
«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la
justicia,
porque ellos quedarán saciados».
La
justicia que Jesús bendice
no
es castigo ni venganza.
¿De qué “justicia”
está hablando Jesús? Conviene tener cuidado, porque la palabra justicia puede
ser peligrosa: es ambigua. Recordemos que a la guillotina la llamaban “el
madero de la justicia”, porque “ajusticiaba”. Para muchos, eso era “hacer
justicia”. Cuando un criminal entra en prisión, o incluso es enviado al
patíbulo, se oye decir: “Ahora sí, se ha hecho justicia”.
Recuerdo el caso
de un gobernador que firmó la condena a muerte de un criminal que había matado
a dos policías. Firmó con la pluma estilográfica que había pertenecido a uno de
ellos; dejó la pluma y dijo: “Ahora se ha hecho justicia”. ¿Es esa la
justicia que Jesús quiere que deseemos con la misma fuerza con que el sediento
busca agua o el hambriento busca pan? La respuesta es claramente no.
No
pongamos en Dios
una
justicia que “hace pagar”.
Y aquí hay un
riesgo serio: como para muchos “justicia” significa eso, terminan
atribuyéndoselo también a Dios, como si él ejerciera una justicia vengativa, de
“hacer pagar” al que se equivoca o al que ha hecho daño. Pero Jesús está
hablando de otra cosa.
La
justicia de Dios es
su
plan de amor para este mundo.
La justicia de la
que habla Jesús es el proyecto de amor que Dios quiere realizar en la historia.
Esa es la justicia que él desea establecer; que todos tomemos conciencia de que
somos sus hijos y, por tanto, hermanos entre nosotros; que vivamos compartiendo
los bienes; que sintamos como propio el dolor y la necesidad del que está a
nuestro lado; que seamos capaces de perdonar; que sepamos transformar a los
enemigos en hermanos. Esa es la justicia que debemos anhelar.
Hambre
y sed de justicia
es
querer ese mundo con urgencia.
Dichoso quien
quiere que esa justicia se haga realidad y la desea con la urgencia del que
camina por el desierto y necesita agua, o del que tiene hambre y busca pan.
(cfr. Mt 5, 6) Jesús toma precisamente esas necesidades básicas como ejemplo:
así desean, así buscan, así se empeñan quienes quieren que la justicia de Dios
se abra paso en el mundo.
No
es un sueño:
Dios
promete saciedad.
¿Y cuál es la
promesa? «porque ellos quedarán saciados».
También aquí existe el peligro de pensar que esta justicia es solo un sueño de
Jesús de Nazaret. No, dice Jesús; serán saciados.
Dichoso porque ayudas al que sufre:
Dios tendrá misericordia contigo.
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericordia»
En nuestro
lenguaje solemos identificar la misericordia con la compasión. Decimos que
alguien es misericordioso porque sabe perdonar: no se deja arrastrar por ese
impulso que le pide “hacer pagar” a quien le ha hecho daño, sino que es
paciente, sabe esperar, no se cierra.
Si
Dios fuera “nuestro juez”,
su
misericordia sería imposible.
Y esa misericordia
la aplicamos también a Dios: pensamos en un Dios que, frente al mal que
cometemos, siempre sabe perdonar. Pero aquí aparece una dificultad: a muchos
les parece que esa misericordia no encaja con la justicia. Si Dios es un juez
“justo” al modo humano, entonces —dicen— no puede ser misericordioso. Esto lo
habían visto ya los rabinos: les costaba armonizar esos dos rasgos, justicia y
misericordia. Parecía que una tenía que borrar a la otra.
La solución es
reconocer que debe desaparecer de Dios esa “justicia” que copia nuestra manera
de juzgar. Dios no es “justicia vengativa”: Dios es misericordia, y punto. En
hebreo se dice חֶסֶד (jésed): amor incondicional y fiel. Ningún pecado,
ningún rechazo del ser humano consigue apartar a Dios de esa pasión de amor.
Dicho con una imagen fuerte: el “oro” del que Dios está hecho es el amor, y es
oro puro; no hay otra cosa en Él.
La
misericordia se ve en Jesús:
el
Buen Samaritano.
¿Y cómo se nos
hace visible esa misericordia? La vemos en Jesús de Nazaret, y la comprendemos
muy bien en la parábola del samaritano: ese samaritano es Jesús. Es Él quien
sale al encuentro de una humanidad caída en manos de los bandidos, dejada medio
muerta. Y, al mismo tiempo, en ese samaritano se refleja también cómo actúa la
persona misericordiosa, la que se parece al Padre del cielo.
Tres
señales claras de un corazón misericordioso.
¿En qué momentos
se nota si alguien es misericordioso, como Dios? Hay tres.
Primero: ve. Se da
cuenta de que el otro está en necesidad. No es insensible, no aparta la mirada,
no se distrae para no complicarse la vida con el típico “mientras yo esté bien,
¿qué me importa?”. El misericordioso tiene los ojos abiertos: no hace falta que
el otro grite pidiendo ayuda; él percibe la necesidad del hermano.
Segundo: se
conmueve. Es decir, no solo “entiende” lo que pasa: lo siente por dentro, lo
lleva como propio. El texto lo expresa con una palabra muy intensa:
σπλαγχνίζομαι (splanjnízomai), que indica ese estremecimiento interior
por el que uno “padece con” el otro, como si lo suyo fuese también mío.
Tercero: actúa.
Esa compasión no se queda en emoción. Cuando ha visto al hermano en necesidad,
y lo ha sentido por dentro, entonces interviene; hace lo que puede, pero lo
hace.
Dios
no “hace la vista gorda”:
te
hace sintonizar con su corazón.
Y por eso la
promesa es: «porque ellos alcanzarán
misericordia». No significa que Dios cierre un ojo ante sus
pecados, no. Significa que estas personas viven en sintonía con el corazón de
Dios, que es amor y solo amor.
Dichoso porque dejas que solo Dios guíe tus decisiones:
así puedes ver a Dios.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».
Para nosotros, el
“corazón” es sobre todo la sede de las emociones y los sentimientos. Para los
semitas, en cambio, el corazón no se entiende tanto como el lugar de las
emociones, sino como el centro de las decisiones: el lugar desde donde uno
elige, decide, se orienta.
Corazón
puro es decidir
con
un solo Señor.
Ellos “deciden
con el corazón”, y ese corazón puede ser puro o impuro. ¿Qué entendemos
nosotros por “oro puro”? Que no está mezclado con otros metales. Decimos
también “café puro”, frente a los sucedáneos. “La pura verdad” significa que no
hay mentira. “Pura fantasía” significa que no tiene conexión con la realidad.
Pues bien: ¿cuándo es “puro” el corazón? Cuando es Dios quien marca las
decisiones, quien orienta de verdad todas las elecciones que se hacen.
En cambio, el
corazón es impuro cuando dentro hay un batiburrillo de “dioses”, un revoltijo
de ídolos que van dando órdenes. Puede estar Dios… sí, pero luego muchas
decisiones las termina mandando el dinero, o el orgullo, o la codicia, o el
desenfreno moral. Y entonces el corazón ya no es “puro”: está mezclado.
Ver
a Dios no es un argumento:
es
una experiencia.
A los de corazón
puro se les hace esta promesa: «porque ellos
verán a Dios». Es decir; harán experiencia de Dios. A veces
escuchamos a personas no creyentes decir: “¿Cómo voy a creer yo en Dios?”. Y
piensan que hay que convencerlas con razonamientos.
Pero el problema
—dice el predicador— es que no pueden “ver” a Dios mientras tengan ese
batiburrillo dentro. Antes hay que purificar el corazón; solo entonces podrán
hacer experiencia de Dios.
Y aquí podemos
preguntarnos con sencillez: ¿quién manda de verdad en nuestras decisiones? ¿Dios…
o los ídolos que, sin hacer ruido, se nos cuelan dentro?
Dichoso porque no solo “pones el huevo”:
te implicas hasta el jamón para construir la paz
que da vida, y por eso Dios te llama hijo.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios».
La
paz de Jesús no es “quedar bien”:
Es
construir vida.
Durante mucho
tiempo esta bienaventuranza se tradujo como “bienaventurados los pacíficos”,
entendiendo por “pacífico” a quien procura llevarse bien con todos y, si
puede, poner paz entre personas enfrentadas. En tiempos de Jesús, los rabinos
decían que לַעֲשׂוֹת שָׁלוֹם (la’asót shalóm), es decir, “hacer la
paz” entre familias y personas, era una obra muy meritoria ante Dios. Es
verdad; eso es bueno… pero se queda corto. La bienaventuranza de Jesús es más
amplia.
Jesús llama
dichosos a los que se implican de verdad para construir la paz. El
Evangelio usa un término muy expresivo: εἰρηνοποιοί (eirēnopoioí),
formado por εἰρήνη (eirḗnē, “paz”) y ποιέω (poiéō, “hacer”). Es
decir: no se trata de gente que evita conflictos para vivir tranquila, sino de
personas que hacen la paz con las manos, con decisiones y con
compromiso.
Aquí ayuda una
imagen sencilla. La gallina, al ver el menú de Navidad “huevos con jamón”,
se queda aliviada: ella “pone el huevo”, colabora. El cerdo, en cambio,
no puede relajarse: para poner el jamón tiene que implicarse por completo. Pues
bien, en esta bienaventuranza Jesús no felicita al que solo desea la paz o pone
buenas palabras; felicita al que se remanga y se implica para que exista una
paz real.
Porque la paz
bíblica, שָׁלוֹם (shalóm), no es solo ausencia de peleas: es plenitud de
vida, condiciones para que todos puedan vivir con dignidad, con alegría, como
hermanos. Y por eso la promesa tiene todo el sentido: “serán llamados hijos de
Dios”. (cfr. Mt 5, 9) Dios los reconoce como suyos, porque están trabajando —en
serio— por lo que él quiere para todos sus hijos.
No
es la “paz” de los imperios:
No
se impone con miedo.
Este término era
conocido en el mundo clásico. De hecho, a los emperadores les encantaba ponerse
ese título: “constructores de paz”. Presentaban como “paz” lo que en
realidad era control, dominio, silencio impuesto. Augusto, por ejemplo, podía
presentarse como pacificador del imperio después de campañas militares y mucha
violencia. También la literatura latina llega a hablar de “imponer la paz” como
tarea del poder.
Pero, ¿son esos
los “pacificadores” que Jesús declara bienaventurados? No.
Shalom:
Paz
es plenitud de vida para todos.
La Biblia usa una
palabra que conocemos bien: שָׁלוֹם (shalóm). No significa solo ausencia
de guerras o de peleas. La paz de la que habla Jesús es más grande: es plenitud
de vida. Es la presencia de aquellos bienes que permiten a las personas vivir
con dignidad y alegría. Ese es el orden del mundo querido por Dios: una paz que
se nota porque la vida florece.
Por eso, el
“constructor de paz” no es solo el que apaga discusiones. Es el que crea —con
su compromiso— condiciones económicas, sociales, culturales y también políticas
que favorecen esa paz verdadera: que todos puedan vivir como hijos y hermanos,
con lo necesario para ser felices.
Dichoso
porque haces posible la vida:
Dios
te llama hijo suyo.
Y la promesa es
preciosa; «porque ellos serán llamados hijos
de Dios». Es decir, Dios se reconoce en ellos y les dice, de
verdad: “Sois mis hijos”. Porque lo que Dios quiere es esta paz: el bienestar,
la alegría, la vida de todos sus hijos. Cuando ayudamos a levantar condiciones
para que todos puedan vivir con dignidad, Dios mira a esos constructores de paz
y les dice: “Sois realmente mis hijos”.
Dichoso porque la oposición
confirma que ya vives el Reino.
«Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados
vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por
mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el
cielo».
Hemos subido al
monte para escuchar la propuesta de una vida feliz, bienaventurada, que nos
hace Jesús. Nos alegra haberla escuchado y también haberla comprendido. Pero
ahora no podemos quedarnos siempre en el monte, sino que tenemos que bajar, de
nuevo, a la llanura.
Del
monte a la llanura:
Ahí
se ve si lo creemos de verdad.
Tenemos que volver
entre la gente, entre personas que piensan de otro modo, siguen otros
criterios, otros valores, eligen otras “bienaventuranzas”. Y entonces queremos
preguntarle a Jesús: cuando bajemos a la llanura, ¿cómo nos recibirán? ¿Cómo
nos encontraremos en medio de la gente si de verdad vivimos con coherencia lo
que tú nos has enseñado?
Jesús nos responde
con la octava bienaventuranza: «Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia», es decir, perseguidos
porque desean que se instaure en el mundo la justicia nueva del reino de Dios.
Y lo dice sin rodeos: “No tendréis una vida fácil, contad con ello: os
insultarán, os perseguirán y dirán toda clase de cosas malas contra vosotros
por mi causa”.
Elegir
las bienaventuranzas tiene un precio…
y
una dicha.
Hay un precio que
pagar si uno elige las bienaventuranzas de Jesús. Es como si nos dijera; contad
con que, cuando vean vuestra vida tan distinta de la suya, cuando os oigan
hablar de gratuidad, de compartir los bienes, de atención a los últimos y a los
pobres, y de un amor de pareja fiel, definitivo e incondicional, os harán
frente o, como mínimo, se burlarán. Pero os lo aseguro: seréis dichosos.
Jesús da dos
razones para esta bienaventuranza. La primera es «porque de ellos es el reino de los cielos». La segunda es «alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será
grande en el cielo».
Cuando oímos la
palabra “cielos”, solemos pensar enseguida en un premio futuro, en el paraíso
del más allá. Pero fijémonos bien: las dos promesas están formuladas en
presente; «de ellos es el reino de los cielos»,
o sea, el Reino les pertenece ya ahora. Y esa “recompensa en los cielos” no se
refiere simplemente a un mañana lejano: “los cielos” son el reino de Dios, el
mundo nuevo que ya ha comenzado aquí y que está presente en quienes viven las
bienaventuranzas de Jesús.
La
persecución no destruye la alegría:
La
confirma.
El perseguido no
es dichoso a pesar de la persecución, sino —en un sentido profundo—
precisamente por ella. Se le invita a alegrarse y a exultar, no porque algún
día terminarán los insultos y las dificultades, sino porque hoy, al ser
perseguido, tienes la prueba de que estás viviendo de otra manera: no según los
criterios del mundo viejo, sino según la justicia nueva.
De esa convicción
íntima y firme brotan en el creyente la alegría y la paz prometidas por Jesús.



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