Cuando la pornografía llega sin
buscarla:
cómo hablarlo en casa
A
veces la pornografía entra en la vida de un adolescente como entran tantas
cosas hoy: sin pedir permiso y sin que nadie la haya invitado. Puede llegar por
el móvil de un amigo, por un enlace en un grupo, por una escena de serie que va
demasiado lejos, por una conversación subida de tono en un vestuario. Y, cuando
llega, en casa solemos movernos entre dos extremos: o lo convertimos en una
bronca, o fingimos que no existe. Ninguno de los dos caminos suele ayudar.
Lo que de verdad marca la diferencia suele ser
más sencillo y más difícil a la vez: crear un clima donde se pueda hablar sin
miedo y, al mismo tiempo, poner apoyos concretos para los días flojos. Porque,
a estas edades, el “freno” aún está madurando; el impulso gana más fácilmente,
sobre todo de noche y a solas. No es excusa. Es contexto. Y el contexto
importa.
Cuando el tema entra por la puerta de atrás
Imagina
una escena sencilla. La madre está fregando. Verónica entra a por un vaso de
agua, deja la bolsa del entrenamiento en el suelo y rebusca algo en la nevera.
—Vero… ¿han reformado las
duchas del vestuario o sigue aquello igual?
No parece una pregunta
“sobre pornografía”. Y precisamente por eso funciona. Porque es normal. Porque
no la pone contra la pared. Y porque, si ella quiere, puede contestar con una
frase corta que ya te da una pista: “igual”, “mejor”, “un asco”, “pasan de
todo”.
La madre no sigue con un
interrogatorio. Solo añade, como quien sigue con lo suyo:
—¿Y se está a gusto allí
o es de mucho jaleo?
A
veces esa es la puerta. En esa respuesta viene el clima: si se cuida la
intimidad o si se comenta todo, si se respeta o si se ridiculiza, si una sale
de allí tranquila o con ruido por dentro. No hace falta pedir detalles. La
clave es que ella note que puede decir “me incomoda” sin sentirse rara.
El espejo, el vestuario y la presión que nadie firma
Verónica
tiene quince años, juega en un equipo de baloncesto, se esfuerza. Pero la
adolescencia trae un ingrediente que no se entrena con series: el espejo, a
ratos, se vuelve juez. Y el mundo, además, pone el listón altísimo y te lo
cobra caro.
Un
día sale en el telediario una pieza sobre anorexia y bulimia. El padre está
recogiendo la mesa, sin mirar a nadie como quien va a “dar lección”.
—Qué duro… A vuestra edad
la cabeza puede ser cruel. ¿En tu clase o en el equipo se habla mucho del
cuerpo o pasan del tema?
Si
ella responde con un “bah, normal”, él no corrige. No moraliza. Solo deja caer
una frase que suena a vida, no a sermón:
—Ya… es que lo normal a
veces viene con mucha presión escondida.
Y
ahí el padre puede hacer algo fino: no preguntar “qué te pasa”, sino preguntar
“qué te deja”.
—Tú, cuando te miras, ¿te
dejas en paz… o te das caña?
A
veces ella se encoge de hombros. A veces suelta un “me agobio”. Y ese “me
agobio” vale oro, porque ya no está sola con ello.
Luego
están las redes. La madre dobla ropa; Verónica pasa con la toalla.
—Madre mía, estos
filtros… ¿tú crees que alguien se ve así en la vida real?
Verónica
se ríe. Y en esa risa hay un alivio pequeño: por fin alguien nombra la trampa
sin señalarla.
—Es que luego nos miramos
a nosotros y parece que estamos mal hechos —dice la madre, como quien comenta
el tiempo.
Y, si el momento lo
permite:
—¿A ti te salen muchas
cosas así… o lo tienes más o menos controlado?
No
hace falta más. La conversación se queda flotando. A veces vuelve dos días
después, cuando ella se enfada por una tontería y, sin querer, se le escapa lo
de siempre: “me veo fatal”. Por eso importa el tono: que sea una oferta, no una
revisión.
Hugo, el recreo y el móvil ajeno
Hugo
tiene dieciséis, aún no ha pegado del todo el estirón y es pelirrojo intenso.
En clase algunos le llaman “la hoguera”. Lo dicen riéndose, como si no pasara
nada. Pero cuando un mote se repite, deja de ser broma; se convierte en
etiqueta. Y las etiquetas se clavan por dentro.
No
hace falta montar una escena solemne para tocarlo. El padre está sacando la
basura y lo dice como quien comenta el día:
—Oye, ¿qué tal lo de “la
hoguera” hoy?
Hugo responde lo que
responden muchos:
—Nada. Es broma.
El padre no discute con
un “no, no es broma”. No le da una conferencia. Solo comparte una verdad
pequeña, de esas que no humillan:
—Ya… a mí también me
dijeron un mote una temporada. Yo decía “me da igual”, pero por dentro cansaba.
Y lo deja ahí. Porque esa
frase le da a Hugo permiso para una cosa muy simple y muy difícil: que le pueda
doler sin sentirse menos.
Luego está lo otro. Hugo
no tiene por qué ser “el que busca”, pero algunos amigos ya tienen smartphone
y, en algún recreo, circulan fotos y vídeos pornográficos explícitos. A veces
te lo enseñan como quien enseña un meme. Y ahí, si no estás muy firme por
dentro, te dejas llevar por el grupo.
El padre barre el
pasillo. Hugo cruza con la mochila. No se miran fijo. Mejor así.
—He leído que en los
recreos circulan vídeos fuertes por los móviles. ¿Eso pasa de verdad… o es
cuento de mayores?
Hugo minimiza, se ríe,
dice “depende”. El padre no remata con “pues te reviso el móvil”. Al revés:
deja claro que la conversación no viene con un interrogatorio de regalo.
—Vale. Te lo pregunto
porque, si un día te enseñan algo que te deja raro, prefiero que lo puedas
soltar aquí. Sin detalles, sin líos.
A
muchos chicos les cuesta hablar no porque no tengan nada que decir, sino porque
temen la segunda parte: el informe completo, la bronca, la cara de susto. Si
quitamos ese miedo, a veces aparece lo que de verdad pasa.
Noticias que ponen palabras donde antes había silencio
Hay
conversaciones que nacen solas porque la realidad entra por la tele. Un día
aparece una noticia: la Guardia Civil y la Policía Nacional han desarticulado
una red mafiosa de pornografía. Explotación. Menores. Dinero. Una parte fea del
mundo.
El adulto, si es listo,
no hace un comentario moralista. Hace uno humano:
—Qué asco… y qué pena. Es
que detrás de muchas cosas hay gente destrozada.
Esa frase cambia el
enfoque. No va de “prohibido”. Va de personas. Y luego, casi sin querer:
—¿De esto se habla en el
instituto… o ni se toca?
A veces la respuesta
sorprende: muchos jóvenes no lo han pensado nunca. Han visto contenido, pero no
han pensado en historias reales, en daños reales, en gente real. Nombrarlo con
sobriedad despierta empatía. Y la empatía es, en el fondo, lo contrario de
consumir.
Otro
día ponen un documental sobre un joven que se quedó atrapado. Empezó por
curiosidad. Terminó aislado, con vergüenza y con una vida que se iba apagando
fuera de la pantalla. Hugo pasa por el salón y hace como que no mira. El padre
no lo llama a filas. Solo deja caer una pregunta, como quien piensa en voz
alta:
—¿Tú crees que hoy es
fácil parar cuando algo engancha?
Hablar así permite que el
adolescente responda como observador, sin sentirse acusado. Y eso, en temas
delicados, es medio camino.
El amor como examen y la presión de “dar la talla”
Hay
otra trampa silenciosa: la presión de “dar la talla”. Muchos adolescentes
sienten que todo es un examen: el cuerpo, la popularidad, la obligación de
opinar de todo, y también la intimidad, como si el amor fuera una actuación que
hay que hacer bien.
A veces esta idea entra
por series. Están viendo una escena rápida, perfecta, sin ternura, sin
conversación, sin cuidado. El padre no se pone a predicar. Solo pregunta, como
quien comenta un guion:
—¿Tú crees que eso es lo
normal?
Y si se ríen, él no se
ofende. Solo añade, sin dramatismo:
—Es que a veces lo que se
ve parece que es “lo que hay que hacer” … y luego la gente va con presión, como
si el amor fuera un examen.
Decirlo así no arregla la
vida, pero afloja el nudo. Les da permiso para pensar: “igual no tengo que
demostrar nada”.
Una brújula sencilla para la dignidad
En
medio de tantas voces, ayuda una frase breve que sirva para todo. No un
discurso. Una brújula.
Surge de cualquier
historia: un amigo que presiona, un comentario que incomoda, una escena que
normaliza lo que no debería normalizarse. El adulto lo suelta como quien habla
desde experiencia, no desde superioridad:
—A mí hay algo que me
ayuda a discernir: cuando alguien te quiere de verdad, no te empuja. Te cuida.
Esa frase vale para la
pareja, para los amigos, para el grupo, para el mundo digital. Y vale también
para uno mismo: tratarnos con cuidado, no como un objeto que tiene que rendir.
Si
te cae encima algo explícito:
que
no se convierta en una habitación cerrada
Aquí
conviene ser prácticos sin volvernos fríos. Porque, cuando aparece una imagen o
un vídeo explícito, lo difícil no es solo “lo vi”; lo difícil es lo que se
queda luego dando vueltas. Y el riesgo grande es que eso se convierta en una
habitación cerrada: curiosidad, vergüenza y repetición a solas.
Un padre puede decirlo en
el coche, sin mirarlo fijo, casi como quien deja una herramienta encima de la
mesa:
—Si un día te enseñan
algo y te quedas mal, lo primero es quitarlo de delante y salir de ahí. Y si
luego se te queda pegado en la cabeza, no te quedes peleando solo con eso.
Dímelo como te salga. Con que me digas “me han enseñado algo” ya sé por dónde
empezar a ayudarte.
Y aquí una honestidad que
ayuda mucho:
—Si algún día me lo
cuentas y yo al principio me pongo torpe, ayúdame. No estoy contra ti. Estoy
contigo.
Decir esto desactiva el
miedo a “si lo cuento, se monta un incendio”. Porque lo que más aísla no es el
contenido; es el terror a la reacción.
Barandillas: apoyos para los días flojos
Hay
decisiones domésticas que, bien explicadas, ayudan mucho. No como castigo, sino
como apoyo. Hay días en que la voluntad flaquea, sobre todo de noche, y el
teléfono a un metro de la cama es una tentación innecesaria. Lo mismo en el
baño, o cuando uno se encierra y se queda pasando pantalla tras pantalla.
Aquí, lo que funciona es
que no parezca un control “sobre ti”, sino un cuidado “de todos”. Imagina una
escena breve: la familia en la cocina, diez minutos. El padre deja un cargador
en la entrada y dice, sin solemnidad:
—En esta casa vamos a
probar una cosa. Los móviles duermen aquí. También el mío. No porque no
confiemos, sino porque a estas horas todos estamos más flojos y el descanso lo
paga caro.
Y se añaden dos
barandillas más, con la misma lógica: el baño sin pantallas, y el ordenador en
un lugar común o con la puerta abierta cuando se usa. No por vigilancia, sino
por amor y ayuda. En algunas salidas con amigos, un teléfono sin internet puede
ser un descanso real: no para infantilizar, sino para darle al chico un poco de
aire cuando sabe que está más vulnerable.
Cuando el marco es este,
cambia la conversación. Ya no es “te vigilo”. Es “te cuido; nos cuidamos”.
Cuando
retirar el móvil provoca pánico,
ya
no hablamos de un enfado normal
Y
ahora viene una escena distinta. Noche. Se acaba el tiempo pactado. El padre
dice, sin brusquedad:
—Venga, móvil fuera, a
cargar.
Y el hijo explota. No un
enfado normal. Algo más feo: pánico, furia desproporcionada, desesperación
real, como si le hubieras quitado el aire. Ahí es fácil que el adulto se suba
al ring y lo convierta en una guerra de autoridad. Pero suele ayudar más bajar
el volumen y cambiar el marco.
El padre respira y dice,
despacio:
—No me preocupa que te
enfades. Me preocupa lo mal que lo estás pasando. Esta reacción es demasiado
grande para esto. Parece que el móvil te está haciendo sufrir.
Y aquí entra lo decisivo:
el mensaje de equipo, sin etiquetas que humillen.
—Esto no te define. No
eres “esto”. Pero sí te está pasando. Y no vamos a dejarte solo contra esto.
Si además hay sueño roto,
irritabilidad constante, aislamiento, o una energía enorme dedicada a saltarse
controles, conviene no esperar meses a ver “si se le pasa”. Ahí, pedir apoyo no
es rendirse; es abrir una salida de emergencia. Limitar más no como castigo,
sino como oxígeno. Y buscar ayuda profesional no como etiqueta, sino como
camino.
Si eres joven y te reconoces en esto
Si
tienes quince o dieciséis y alguna vez te han enseñado algo explícito, o has
acabado mirando más de lo que querías, o te ha dado vergüenza reconocerlo, no
estás solo ni eres raro. Te ha tocado vivir en un entorno complicado. Lo que sí
suele empeorar las cosas es quedarte encerrado y pensar que “esto ya me lo
arreglo yo” mientras por dentro te vas apagando.
Pedir ayuda a tiempo no
te hace débil. Te hace lúcido. Y, si además hay fe en casa, esto se vive
todavía con más esperanza: no desde la etiqueta, sino desde la misericordia; no
desde el juicio, sino desde el cuidado.
El puerto seguro y el arte de respetar el silencio
Ser
“puerto seguro” no significa tener todas las respuestas ni dar conferencias
brillantes. Significa algo más humilde: estar. Ser ese adulto que aguanta la
incomodidad sin convertirla en juicio.
Por eso, si lanzamos una
pregunta y Hugo contesta “nada, es broma”, o Verónica se encoge de hombros, no
hay que forzar. Se deja la semilla. Se sigue barriendo. Se cambia de tema. A
veces lo más inteligente es no hacer nada… para que un día, cuando sí quieran
hablar, no recuerden una emboscada, sino una casa tranquila.
Y, a los pocos días, sin
decir “tenemos pendiente lo de la pornografía”, aparece otra ocasión. Una
serie. Una noticia. Una escena. Y el adulto comenta, como observador:
—Oye, ¿tú crees que eso
es lo normal… o es solo tele?
Si no responden, no pasa
nada. La puerta queda visible.
A
modo de conclusión: primero vínculo, luego apoyos;
y si
hay pánico, salida de emergencia
Al
final, todo esto no va de ganar batallas. Va de cuidar personas. Verónica está
aprendiendo a mirarse en un mundo que la mide. Hugo está aprendiendo a
pertenecer en un mundo que empuja. Los dos están aprendiendo a amar en un
tiempo que confunde deseo con consumo y cercanía con rendimiento.
Como
padres, muchas veces no necesitamos convertirnos en expertos; necesitamos ser
presencia segura. Y como jóvenes, no necesitamos tenerlo todo claro;
necesitamos tener a alguien con quien hablar sin máscaras.
Si
una familia consigue algo, que sea esto: que en casa se pueda decir, mientras
se friega o se barre: “Hoy me he quedado raro por dentro”. Y que la respuesta
no sea una bronca ni un sermón, sino un “vale… cuéntame lo que quieras. Y si no
quieres, aquí estoy igual”.

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