lunes, 26 de enero de 2026

Homosexualidad e ideología de género, una casa abierta y una palabra clara

 


Homosexualidad e ideología de género,                                                                                                        una casa abierta y una palabra clara

Esta es tu casa, y también podemos hablar claro

Suele empezar con una pregunta que llega con prisa y sin manual de instrucciones. ¿Por qué la Iglesia no acepta, o parece rechazar, a las personas homosexuales? ¿Por qué esa insistencia en hablar de pecado, como si fuera una manía de cortar la libertad? ¿Qué problema hay en que una persona sea homosexual? Y nosotros, ¿cómo andamos? Y entonces, casi siempre, aparece la que muchos tienen en la punta de la lengua y no saben cómo decir sin que todo se enrede.

¿Es pecado tener atracción al mismo sexo?

Antes de levantar muros, conviene hacer una distinción sencilla que ordena el terreno. No es lo mismo pecado que delito. Y conviene recordar algo que también duele reconocer. La falta de caridad con el prójimo también es pecado. Y nosotros, ¿cómo andamos?

Somos hijos de Dios. Dios nos ama. Y, al mismo tiempo, caminamos como pecadores. Si Dios acoge a pecadores, ¿cómo no va a acoger con cariño y misericordia a una persona con tendencia homosexual? No tenemos derecho a echar a nadie. Más aún, se nos pide recibir. La Iglesia no puede cerrarle la puerta a nadie.

Conversaciones de respeto, sin condenar

A veces se piensa que aquí hay rechazo o prejuicio. Es fácil pensarlo cuando el ambiente está cargado. Pero también es verdad que la Iglesia está llamada a ejercer su pastoreo y acercar a Jesucristo a todos los hombres y mujeres, también a quienes experimentan en distintos grados y formas atracciones de tipo homosexual.

Podemos hablar de esto con respeto y cariño. Se puede exponer la forma de pensar sobre el ser humano y la sexualidad sin enjuiciar ni condenar. Se puede dejar libertad, una libertad sagrada que nos ha dado Dios. Se puede respetar que unos vivan la sexualidad desde la virginidad o castidad por el Reino, y que otros tengan otra forma de pensar sobre la sexualidad. Y se puede agradecer que el otro comparta su vida e inquietudes, porque eso ayuda a comprender y a convivir con todos.

Imaginemos una escena sencilla. Dos personas quedan para tomar un café después de una conversación que, con un par de frases mal puestas, habría terminado en bronca. Llegan con el gesto contenido, como quien trae un tema delicado en el bolsillo y no sabe bien si sacarlo. Se sientan. Piden. Y, antes de hablar, hacen algo que hoy cuesta mucho. Se escuchan.

Uno explica, sin ponerse por encima, cómo vive la virginidad o castidad por el Reino. No como una rareza ni como una medalla, sino como una forma concreta de amar con el corazón sin repartirlo, una dedicación más libre para Dios y para los demás, con la esperanza puesta en el Reino que viene. El otro comparte su experiencia sin dramatismos ni consignas, lo que le pasa por dentro, sus preguntas, su deseo de ser feliz. Y ahí, casi sin darse cuenta, descubren una coincidencia que no borra las diferencias. La castidad no es una palabra reservada a unos pocos. Se vive según el estado de vida, y a todos nos toca aprender a ordenar afectos, decisiones y deseos, estemos casados o no, con nuestras fragilidades y con libertad.

No se lanzan etiquetas. Si algo suena duro, lo vuelven a decir con más delicadeza. Si algo se entiende mal, lo aclaran. El café se enfría, que suele ser buena señal. Y al despedirse, el que venía con más recelo suelta una frase que desarma porque no es un halago, es un descubrimiento. No sabía lo que enseña la Iglesia sobre estos temas. Pensaba que era rechazo, y me encuentro con más respeto, más caridad y más equilibrio de lo que imaginaba. No siempre se sale con todo resuelto, pero a veces se sale con algo decisivo, que se puede hablar sin perder la dignidad ni la libertad. Y eso cambia el aire.

Acoger de verdad, sin condiciones de entrada

Lo primero es la dignidad de toda persona, por encima de cualquier otra consideración. Por eso se nos pide acoger con respeto, compasión y delicadeza, y evitar todo signo de discriminación injusta.

Cuando alguien con atracción al mismo sexo llega, lo primero que se le debe decir es esta es tu casa. Puedes venir cuando quieras. Y recordarle cuánto le ama Dios, especialmente si es católico. Misa, catequesis, grupos de oración, peregrinaciones, excursiones. La Iglesia es para todos.

Puede ocurrir de forma muy simple. Al terminar la misa, alguien se queda un poco atrás, esperando a que pase la gente. Cuando por fin se acerca, no trae una tesis. Trae una pregunta y un nudo en la garganta. No sé si puedo venir. No sé si me mirarán raro. Y ahí se decide mucho. Lo primero no es interrogar, ni exigir un currículum moral, ni hacer de guardia en la puerta. Lo primero es decir con hechos y con palabras que esta es tu casa.

Y aquí hay una palabra que no se puede esquivar. A lo largo de la historia, muchas veces se ha faltado a la dignidad de las personas con atracción al mismo sexo, con malas formas, apartándolas de la sociedad, incluso con violencia. Eso es una gran tristeza. Va contra lo principal de la religión católica, el amor y la misericordia de Dios revelado en Jesucristo, que acogía y amaba a todos. Si alguna vez esto ha sucedido, hay que pedir perdón, corregirse y rectificar para acoger siempre a todos.

Dios ama incondicionalmente. El hecho de experimentar esos sentimientos de atracción no excluye en absoluto del designio de Dios. Dios es Padre. Y al mismo tiempo, ese amor incondicional llama a la plenitud, a la santidad, hacia la cual tenemos que caminar.

Acoger no es cerrar los ojos, es abrir la puerta.

Dos miradas sobre la persona, y una que hace daño

Se proponen dos formas de entender al ser humano, dos antropologías. Una se llama ideología de género. La otra es la antropología cristiana de la unidad de la persona.

Según la ideología de género, el hombre o la mujer no nacen, sino que se hacen. Uno no nacería con una sexualidad determinada, sino sexualmente neutro, y elegiría orientación sexual según lo que siente de manera subjetiva. Ya no se hablaría de sexo, sino de género y roles en relación con la conducta sexual. Dependería de la libre elección. Se presenta como una antropología dualista donde el sexo sería un mero dato y no configuraría la realidad de la persona. La diferencia sexual no tendría significado para realizar la vocación al amor. La identidad sexual no tendría base en la naturaleza humana. Lo decisivo sería elegir orientación a partir de afectos o preferencias.

Se reconoce que hay algo que resulta atractivo de esa postura. Valora lo subjetivo, lo que uno siente interiormente, porque a veces se ha reprimido y eso provoca daño. Pero se señala un peligro, absolutizar lo que siento en cada momento. Los sentimientos son buenos y a la vez muy variables. No estamos llamados a reprimirlos, sino a ordenarlos en el amor.

Y aquí sirve lo cotidiano, porque lo cotidiano nos pone en nuestro sitio. Uno se levanta y no siente ganas de ir al trabajo. Si bastara con sentir, llamaríamos al jefe y diríamos que ir sería ir contra uno mismo. Nadie lo entendería. Se trata de ordenar los sentimientos y, con fortaleza, hacer lo que toca para realizarnos como persona y ser felices.

Desde ahí se afirma que hay que desenmascarar una ideología que pretenda presentar la homosexualidad como una alternativa a la heterosexualidad, o afirmar género no binario y otros géneros, llamándolo falsas ideologías. Y conviene decirlo claro, sin gritar. La ideología de género destroza a la persona cuando absolutiza lo subjetivo, convierte el sexo en un mero dato y rompe la unidad con la que estamos llamados a vivir.

Se afirma también que la persona homosexual está llamada a identificarse con su propia naturaleza y a conocer su propia historia, quizá la que explique sus tendencias o esa experiencia que vive.

La antropología cristiana sostiene que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Es una persona con cuerpo y alma unidos. El cuerpo está espiritualizado y el alma está encarnada. Todo en unidad, todo para integrar.

Se afirma que toda persona nace con una naturaleza, y que nace con una naturaleza sexuada, varón o mujer. Se recuerda el Génesis, Dios creó al hombre a su imagen, hombre y mujer los creó. Se sostiene que hombre y mujer son iguales en dignidad y distintos en su sexualidad, por ser complementarios, con una complementariedad que permite formar la comunión del matrimonio abierta a la transmisión de la vida.

Castidad, integración y un realismo que nos incluye

Vivimos en una sociedad pansexualizada. Muchas veces se promete felicidad reduciéndola al placer, separándolo del amor. Se señala que la pornografía hace mucho daño porque desvirtúa la sexualidad, muestra algo que no es verdad e instrumentaliza a la persona.

Por eso se propone recordar el valor de la virtud de la castidad. Ayuda a ser dueños y señores de nosotros mismos, a tener una mirada limpia, a no utilizar a los demás, a amar con un corazón libre. Bienaventurados los limpios del corazón porque ellos verán a Dios.

No se trata de suprimir ni de reprimir, se trata de ordenar. Ordenar cuerpo, alma, afectos, inteligencia, voluntad, y hacerlo con la gracia de Dios. Se recuerda que todos tenemos desórdenes en distintas dimensiones, en la comida, en el sueño, en el uso de internet y redes sociales, en los afectos, en la voluntad, también en la sexualidad. Se recuerda esa experiencia descrita por san Pablo, querer hacer el bien y no hacerlo, hacer lo que uno detesta. Por eso se invita a afrontar y ordenar esa realidad.

No se trata de reprimir, se trata de integrar y ordenar.

Experiencia e identidad, y el ruido que confunde

Se insiste en que no es prudente encasillar a una persona bajo unas siglas. Se habla de lobbies que no ayudan a vivir en libertad. Se afirma que una persona es hombre o mujer, y pueden convivir ciertas tendencias de atracción homosexual, pero no son esas tendencias las que definen su identidad. Por eso se pide distinguir experiencia e identidad.

Y conviene decirlo con claridad. Toda exaltación que ofrecen los lobbies daña las conciencias y confunde cuando estrecha el horizonte, cercena la vocación y convierte la vida en una lucha de poder que se queda corta.

También se repite una distinción que evita muchas confusiones. No es lo mismo sentir que consentir. Sentir o tener una tendencia afectivo sexual no es pecado en sí mismo. El pecado estaría en consentir y en los propios actos desordenados. Esto se aplica a una persona homosexual y a una persona heterosexual.

Se afirma, además, que los actos homosexuales se entienden, según la doctrina católica, como intrínsecamente desordenados. Y se pide un modo de hablar y de vivir que no maltrate. Caridad en la verdad. No desprecio, no dureza, no maltrato, y a la vez verdad. Se afirma que hay obligación de dar a conocer el camino que se considera verdadero para afrontar una tendencia homosexual.

Se menciona también que puede ser muy difícil, que las tendencias homosexuales pueden estar profundamente erradicadas incluso desde la infancia, y que es una prueba grande. Se recuerda que el catecismo invita a unir estas dificultades al sacrificio de la cruz de Jesucristo. Y se amplía la mirada, también a un casado o una casada que experimenta atracción por alguien que no es su cónyuge se le invita a ordenar esa tendencia hacia su marido o su mujer.

Un modo concreto de ordenar

Se propone comenzar por la inteligencia, conocer la verdad de la antropología cristiana y las enseñanzas sobre ideología de género y atracción al mismo sexo. Se propone fortalecer la voluntad para seguir lo que la inteligencia entiende como bueno y verdadero, con reciedumbre y dominio de sí, entrenando la voluntad para grandes ideales que cuestan esfuerzo.

Se propone ordenar afectos y sentimientos, no vivir esclavo de lo que se siente en cada momento. Acoger sentimientos cuando invitan al bien y orientarlos cuando no. Se pone el ejemplo de una mujer casada que dice que se ha enamorado de otro hombre, se le diría que ordene sus afectos hacia su esposo. Se añade que el amor es más que un sentimiento. Y se sugiere que, ante una tendencia afectiva hacia alguien del mismo sexo que empuja a intimidad y exclusividad, se proponga un amor de amistad y ordenar las otras dimensiones, sin dar cabida a lo que empuja a lo desordenado.

Se propone también cuidar el cuerpo, la vista y la imaginación, evitar ocasiones que faciliten actos desordenados. Se ponen ejemplos de prudencia semejantes a otros ámbitos, no ponerse en circunstancias que empujen a caer.

Respetarnos sin obligarnos

Se insiste en que maltratar, juzgar o no acoger a una persona con atracción al mismo sexo es una falta grave de caridad. Y se defiende que también existe un derecho a exponer la forma cristiana de entender la sexualidad y la atracción al mismo sexo sin ser juzgado o maltratado socialmente por ello. Se critica el extremo de obligar a alguien a aceptar y pensar lo que otro cree, y si no, tacharlo de homófobo o mala persona.

Querer a un amigo con tendencia homosexual no obliga a pensar como él. Respetarlo no obliga a compartir su forma de vivir. Y del otro lado, un amigo con tendencia homosexual no tiene que pensar como uno para ser amigo ni compartir la virginidad o castidad por el Reino. Se insiste en dialogar y comprendernos, tratándonos con amor y cariño como enseñó Jesucristo, que vino a darnos a conocer el amor de Dios y enseñarnos un camino de felicidad.

Se afirma que hay esperanza. Se habla del poder de la gracia de Dios, del esfuerzo personal, la oración, la misericordia que levanta. Se invita a identificar heridas, compartirlas, ponerlas en la presencia de Dios, en acompañamiento espiritual, y también se menciona acompañamiento psicológico. Se repite un mensaje final que sostiene el conjunto. Dios te quiere feliz y llama a la santidad.

Se invita a leer lo que enseña el magisterio sobre este tema. Catecismo de la Iglesia Católica, puntos 2357 a 2359. Declaración de la persona humana de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta sobre la atención a las personas homosexuales del año 1986 de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La verdad sobre el amor humano de la Conferencia Episcopal Española del año 2012, con orientaciones sobre amor conyugal, ideología de género y legislación familiar.

Preguntas para dialogar en casa o en grupo

¿Qué cambia en nuestra conversación cuando empezamos por la dignidad y la acogida?: ¿Qué entendemos por libertad cuando hablamos de afectividad y sexualidad? ¿Dónde nos cuesta distinguir entre sentir y consentir, y por qué? ¿Qué significa para nosotros ordenar sin reprimir, y cómo lo vivimos en otras áreas? ¿Cómo cuidamos la caridad en la verdad cuando pensamos distinto?

En la Iglesia todos caben, pero no cabe todo.

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