Homosexualidad e ideología de
género, una
casa abierta y una palabra clara
Esta es tu casa, y también podemos hablar claro
Suele empezar con una pregunta que llega con prisa y sin manual de
instrucciones. ¿Por qué la Iglesia no acepta, o parece rechazar, a las personas
homosexuales? ¿Por qué esa insistencia en hablar de pecado, como si fuera una
manía de cortar la libertad? ¿Qué problema hay en que una persona sea
homosexual? Y nosotros, ¿cómo andamos? Y entonces, casi siempre, aparece la que
muchos tienen en la punta de la lengua y no saben cómo decir sin que todo se
enrede.
¿Es pecado tener atracción al mismo sexo?
Antes de levantar muros, conviene hacer una distinción sencilla que ordena
el terreno. No es lo mismo pecado que delito. Y conviene recordar algo que
también duele reconocer. La falta de caridad con el prójimo también es pecado.
Y nosotros, ¿cómo andamos?
Somos hijos de Dios. Dios nos ama. Y, al mismo tiempo, caminamos como
pecadores. Si Dios acoge a pecadores, ¿cómo no va a acoger con cariño y
misericordia a una persona con tendencia homosexual? No tenemos derecho a
echar a nadie. Más aún, se nos pide recibir. La Iglesia no puede cerrarle la
puerta a nadie.
Conversaciones de respeto, sin condenar
A veces se piensa que aquí hay rechazo o prejuicio. Es fácil pensarlo
cuando el ambiente está cargado. Pero también es verdad que la Iglesia está
llamada a ejercer su pastoreo y acercar a Jesucristo a todos los hombres y
mujeres, también a quienes experimentan en distintos grados y formas
atracciones de tipo homosexual.
Podemos hablar de esto con respeto y cariño. Se puede exponer la forma de
pensar sobre el ser humano y la sexualidad sin enjuiciar ni condenar. Se puede
dejar libertad, una libertad sagrada que nos ha dado Dios. Se puede respetar
que unos vivan la sexualidad desde la virginidad o castidad por el Reino,
y que otros tengan otra forma de pensar sobre la sexualidad. Y se puede
agradecer que el otro comparta su vida e inquietudes, porque eso ayuda a
comprender y a convivir con todos.
Imaginemos una escena sencilla. Dos personas quedan para tomar un café
después de una conversación que, con un par de frases mal puestas, habría
terminado en bronca. Llegan con el gesto contenido, como quien trae un tema
delicado en el bolsillo y no sabe bien si sacarlo. Se sientan. Piden. Y, antes
de hablar, hacen algo que hoy cuesta mucho. Se escuchan.
Uno explica, sin ponerse por encima, cómo vive la virginidad o castidad
por el Reino. No como una rareza ni como una medalla, sino como una forma
concreta de amar con el corazón sin repartirlo, una dedicación más libre para
Dios y para los demás, con la esperanza puesta en el Reino que viene. El otro
comparte su experiencia sin dramatismos ni consignas, lo que le pasa por
dentro, sus preguntas, su deseo de ser feliz. Y ahí, casi sin darse cuenta,
descubren una coincidencia que no borra las diferencias. La castidad no es una
palabra reservada a unos pocos. Se vive según el estado de vida, y a todos nos
toca aprender a ordenar afectos, decisiones y deseos, estemos casados o no, con
nuestras fragilidades y con libertad.
No se lanzan etiquetas. Si algo suena duro, lo vuelven a decir con más
delicadeza. Si algo se entiende mal, lo aclaran. El café se enfría, que suele
ser buena señal. Y al despedirse, el que venía con más recelo suelta una frase
que desarma porque no es un halago, es un descubrimiento. No sabía lo que
enseña la Iglesia sobre estos temas. Pensaba que era rechazo, y me encuentro
con más respeto, más caridad y más equilibrio de lo que imaginaba. No siempre
se sale con todo resuelto, pero a veces se sale con algo decisivo, que se puede
hablar sin perder la dignidad ni la libertad. Y eso cambia el aire.
Acoger de verdad, sin condiciones de entrada
Lo primero es la dignidad de toda persona, por encima de cualquier otra
consideración. Por eso se nos pide acoger con respeto, compasión y delicadeza,
y evitar todo signo de discriminación injusta.
Cuando alguien con atracción al mismo sexo llega, lo primero que se le debe
decir es esta es tu casa. Puedes venir cuando quieras. Y recordarle
cuánto le ama Dios, especialmente si es católico. Misa, catequesis, grupos de
oración, peregrinaciones, excursiones. La Iglesia es para todos.
Puede ocurrir de forma muy simple. Al terminar la misa, alguien se queda un
poco atrás, esperando a que pase la gente. Cuando por fin se acerca, no trae
una tesis. Trae una pregunta y un nudo en la garganta. No sé si puedo venir. No
sé si me mirarán raro. Y ahí se decide mucho. Lo primero no es interrogar, ni
exigir un currículum moral, ni hacer de guardia en la puerta. Lo primero es
decir con hechos y con palabras que esta es tu casa.
Y aquí hay una palabra que no se puede esquivar. A lo largo de la historia,
muchas veces se ha faltado a la dignidad de las personas con atracción al mismo
sexo, con malas formas, apartándolas de la sociedad, incluso con violencia. Eso
es una gran tristeza. Va contra lo principal de la religión católica, el amor y
la misericordia de Dios revelado en Jesucristo, que acogía y amaba a todos. Si
alguna vez esto ha sucedido, hay que pedir perdón, corregirse y rectificar para
acoger siempre a todos.
Dios ama incondicionalmente. El hecho de experimentar esos sentimientos de
atracción no excluye en absoluto del designio de Dios. Dios es Padre. Y al
mismo tiempo, ese amor incondicional llama a la plenitud, a la santidad, hacia
la cual tenemos que caminar.
Acoger no es cerrar los ojos, es abrir la puerta.
Dos miradas sobre la persona, y una que hace daño
Se proponen dos formas de entender al ser humano, dos antropologías. Una se
llama ideología de género. La otra es la antropología cristiana de la unidad de
la persona.
Según la ideología de género, el hombre o la mujer no nacen, sino que se
hacen. Uno no nacería con una sexualidad determinada, sino sexualmente neutro,
y elegiría orientación sexual según lo que siente de manera subjetiva. Ya no se
hablaría de sexo, sino de género y roles en relación con la conducta sexual.
Dependería de la libre elección. Se presenta como una antropología dualista
donde el sexo sería un mero dato y no configuraría la realidad de la persona.
La diferencia sexual no tendría significado para realizar la vocación al amor.
La identidad sexual no tendría base en la naturaleza humana. Lo decisivo sería
elegir orientación a partir de afectos o preferencias.
Se reconoce que hay algo que resulta atractivo de esa postura. Valora lo
subjetivo, lo que uno siente interiormente, porque a veces se ha reprimido y
eso provoca daño. Pero se señala un peligro, absolutizar lo que siento en cada
momento. Los sentimientos son buenos y a la vez muy variables. No estamos
llamados a reprimirlos, sino a ordenarlos en el amor.
Y aquí sirve lo cotidiano, porque lo cotidiano nos pone en nuestro sitio.
Uno se levanta y no siente ganas de ir al trabajo. Si bastara con sentir,
llamaríamos al jefe y diríamos que ir sería ir contra uno mismo. Nadie lo
entendería. Se trata de ordenar los sentimientos y, con fortaleza, hacer lo que
toca para realizarnos como persona y ser felices.
Desde ahí se afirma que hay que desenmascarar una ideología que pretenda
presentar la homosexualidad como una alternativa a la heterosexualidad, o
afirmar género no binario y otros géneros, llamándolo falsas ideologías. Y
conviene decirlo claro, sin gritar. La ideología de género destroza a la
persona cuando absolutiza lo subjetivo, convierte el sexo en un mero dato y
rompe la unidad con la que estamos llamados a vivir.
Se afirma también que la persona homosexual está llamada a identificarse
con su propia naturaleza y a conocer su propia historia, quizá la que explique
sus tendencias o esa experiencia que vive.
La antropología cristiana sostiene que el ser humano ha sido creado a
imagen y semejanza de Dios. Es una persona con cuerpo y alma unidos. El cuerpo
está espiritualizado y el alma está encarnada. Todo en unidad, todo para
integrar.
Se afirma que toda persona nace con una naturaleza, y que nace con una
naturaleza sexuada, varón o mujer. Se recuerda el Génesis, Dios creó al hombre
a su imagen, hombre y mujer los creó. Se sostiene que hombre y mujer son
iguales en dignidad y distintos en su sexualidad, por ser complementarios, con
una complementariedad que permite formar la comunión del matrimonio abierta a
la transmisión de la vida.
Castidad, integración y un realismo que nos incluye
Vivimos en una sociedad pansexualizada. Muchas veces se promete felicidad
reduciéndola al placer, separándolo del amor. Se señala que la pornografía hace
mucho daño porque desvirtúa la sexualidad, muestra algo que no es verdad e
instrumentaliza a la persona.
Por eso se propone recordar el valor de la virtud de la castidad. Ayuda a
ser dueños y señores de nosotros mismos, a tener una mirada limpia, a no
utilizar a los demás, a amar con un corazón libre. Bienaventurados los limpios
del corazón porque ellos verán a Dios.
No se trata de suprimir ni de reprimir, se trata de ordenar. Ordenar
cuerpo, alma, afectos, inteligencia, voluntad, y hacerlo con la gracia de Dios.
Se recuerda que todos tenemos desórdenes en distintas dimensiones, en la
comida, en el sueño, en el uso de internet y redes sociales, en los afectos, en
la voluntad, también en la sexualidad. Se recuerda esa experiencia descrita por
san Pablo, querer hacer el bien y no hacerlo, hacer lo que uno detesta. Por eso
se invita a afrontar y ordenar esa realidad.
No se trata de reprimir, se trata de integrar y ordenar.
Experiencia e identidad, y el ruido que confunde
Se insiste en que no es prudente encasillar a una persona bajo unas siglas.
Se habla de lobbies que no ayudan a vivir en libertad. Se afirma que una
persona es hombre o mujer, y pueden convivir ciertas tendencias de atracción
homosexual, pero no son esas tendencias las que definen su identidad. Por eso
se pide distinguir experiencia e identidad.
Y conviene decirlo con claridad. Toda exaltación que ofrecen los lobbies
daña las conciencias y confunde cuando estrecha el horizonte, cercena la
vocación y convierte la vida en una lucha de poder que se queda corta.
También se repite una distinción que evita muchas confusiones. No es lo
mismo sentir que consentir. Sentir o tener una tendencia afectivo sexual no
es pecado en sí mismo. El pecado estaría en consentir y en los propios actos
desordenados. Esto se aplica a una persona homosexual y a una persona
heterosexual.
Se afirma, además, que los actos homosexuales se entienden, según la
doctrina católica, como intrínsecamente desordenados. Y se pide un modo de
hablar y de vivir que no maltrate. Caridad en la verdad. No desprecio,
no dureza, no maltrato, y a la vez verdad. Se afirma que hay obligación de dar
a conocer el camino que se considera verdadero para afrontar una tendencia
homosexual.
Se menciona también que puede ser muy difícil, que las tendencias
homosexuales pueden estar profundamente erradicadas incluso desde la infancia,
y que es una prueba grande. Se recuerda que el catecismo invita a unir estas
dificultades al sacrificio de la cruz de Jesucristo. Y se amplía la mirada,
también a un casado o una casada que experimenta atracción por alguien que no
es su cónyuge se le invita a ordenar esa tendencia hacia su marido o su mujer.
Un modo concreto de ordenar
Se propone comenzar por la inteligencia, conocer la verdad de la
antropología cristiana y las enseñanzas sobre ideología de género y atracción
al mismo sexo. Se propone fortalecer la voluntad para seguir lo que la
inteligencia entiende como bueno y verdadero, con reciedumbre y dominio de sí,
entrenando la voluntad para grandes ideales que cuestan esfuerzo.
Se propone ordenar afectos y sentimientos, no vivir esclavo de lo que se
siente en cada momento. Acoger sentimientos cuando invitan al bien y
orientarlos cuando no. Se pone el ejemplo de una mujer casada que dice que se
ha enamorado de otro hombre, se le diría que ordene sus afectos hacia su
esposo. Se añade que el amor es más que un sentimiento. Y se sugiere que, ante
una tendencia afectiva hacia alguien del mismo sexo que empuja a intimidad y
exclusividad, se proponga un amor de amistad y ordenar las otras dimensiones,
sin dar cabida a lo que empuja a lo desordenado.
Se propone también cuidar el cuerpo, la vista y la imaginación, evitar
ocasiones que faciliten actos desordenados. Se ponen ejemplos de prudencia
semejantes a otros ámbitos, no ponerse en circunstancias que empujen a caer.
Respetarnos sin obligarnos
Se insiste en que maltratar, juzgar o no acoger a una persona con atracción
al mismo sexo es una falta grave de caridad. Y se defiende que también existe
un derecho a exponer la forma cristiana de entender la sexualidad y la
atracción al mismo sexo sin ser juzgado o maltratado socialmente por ello. Se
critica el extremo de obligar a alguien a aceptar y pensar lo que otro cree, y
si no, tacharlo de homófobo o mala persona.
Querer a un amigo con tendencia homosexual no obliga a pensar como él.
Respetarlo no obliga a compartir su forma de vivir. Y del otro lado, un amigo
con tendencia homosexual no tiene que pensar como uno para ser amigo ni
compartir la virginidad o castidad por el Reino. Se insiste en dialogar
y comprendernos, tratándonos con amor y cariño como enseñó Jesucristo, que vino
a darnos a conocer el amor de Dios y enseñarnos un camino de felicidad.
Se afirma que hay esperanza. Se habla del poder de la gracia de Dios, del
esfuerzo personal, la oración, la misericordia que levanta. Se invita a
identificar heridas, compartirlas, ponerlas en la presencia de Dios, en
acompañamiento espiritual, y también se menciona acompañamiento psicológico. Se
repite un mensaje final que sostiene el conjunto. Dios te quiere feliz y
llama a la santidad.
Se invita a leer lo que enseña el magisterio sobre este tema. Catecismo de
la Iglesia Católica, puntos 2357 a 2359. Declaración de la persona humana de la
Congregación para la Doctrina de la Fe. Carta sobre la atención a las personas
homosexuales del año 1986 de la Congregación para la Doctrina de la Fe. La
verdad sobre el amor humano de la Conferencia Episcopal Española del año 2012,
con orientaciones sobre amor conyugal, ideología de género y legislación
familiar.
Preguntas para dialogar en casa o en grupo
¿Qué cambia en
nuestra conversación cuando empezamos por la dignidad y la acogida?: ¿Qué
entendemos por libertad cuando hablamos de afectividad y sexualidad? ¿Dónde nos
cuesta distinguir entre sentir y consentir, y por qué? ¿Qué significa para
nosotros ordenar sin reprimir, y cómo lo vivimos en otras áreas? ¿Cómo cuidamos
la caridad en la verdad cuando pensamos distinto?
En la Iglesia todos caben, pero no cabe todo.

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