Resumen de la
CARTA ENCÍCLICA
HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI
A LOS VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD
(Parte
2 de 3)
II.
Principios
doctrinales
7 — Una
visión global del hombre
La Carta Encíclica del Papa Pablo VI abre la
parte doctrinal con una regla sencilla: el problema de la natalidad —como
cualquier otro que toque la vida humana— no puede mirarse solo desde una
perspectiva parcial (biológica, psicológica, demográfica o sociológica). Todo
eso importa, pero no basta si pretende ser el criterio último. La encíclica
pide una visión integral del hombre, y recuerda que esa vocación tiene
dos dimensiones inseparables: una natural y terrena, y otra sobrenatural
y eterna.
Y explica por qué precisa ahora dos conceptos:
amor conyugal y paternidad responsable. Muchos están intentando
justificar ciertos medios apelando precisamente a esas exigencias. Por eso,
dice Pablo VI, conviene precisar su sentido verdadero, remitiéndose de modo
especial a lo enseñado por el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes.
8 — El
amor conyugal
Aquí la Encíclica define el amor conyugal
empezando por su fuente. Su verdadera naturaleza y nobleza se comprenden cuando
se mira su origen en Dios: Dios es Amor (1 Jn 4,8) y es Padre de quien procede
toda paternidad (Ef 3,15). Con esto queda marcado el horizonte: el amor
conyugal no se entiende solo como impulso o ‘contrato’, sino como una realidad
que tiene raíz y medida más altas.
Después, Pablo VI descarta dos reducciones: el
matrimonio no es fruto del azar ni producto ciego de fuerzas naturales
inconscientes. Es presentado como sabia institución del Creador,
destinada a realizar un designio de amor. Desde ahí, la encíclica describe la
dinámica propia de los esposos:
- Donación personal recíproca,
propia y exclusiva.
- Tendencia a una comunión de vida para el perfeccionamiento
mutuo.
- Colaboración con Dios en
la generación y educación de nuevas vidas.
Y añade un matiz decisivo para los bautizados:
el matrimonio es signo sacramental de la gracia, porque representa la
unión de Cristo y la Iglesia. No es solo esfuerzo humano: hay una dimensión de
signo y de gracia.
9 — Sus
características
Pablo VI pasa de la definición a lo que esa
luz exige. Dice que, entendiendo así el amor conyugal, aparecen sus “notas” y
sus “exigencias”, y que es de suma importancia tener una idea exacta.
Primero: es
un amor plenamente humano: sensible y espiritual a la vez. No es simple
efusión del instinto o del sentimiento; es principalmente un acto de la
voluntad libre, llamado a mantenerse y crecer a través de alegrías y dolores,
hasta hacer de los esposos “un solo corazón” y “una sola alma”, y conducirlos a
la perfección humana.
Segundo: es
un amor total. Se describe como una amistad personal singular, que sabe
compartir generosamente sin reservas indebidas ni cálculos egoístas. Se ama al
cónyuge por sí mismo, con alegría de enriquecerlo mediante el don de sí.
Tercero: es
fiel y exclusivo hasta la muerte. La encíclica reconoce que puede ser
difícil, pero afirma que es posible, noble y meritorio. Señala además que el
ejemplo de numerosos esposos muestra que esta fidelidad es connatural al
matrimonio y fuente de felicidad profunda y duradera.
Cuarto: es fecundo.
No se agota en la comunión entre los esposos: está destinado a prolongarse
suscitando nuevas vidas. En este punto, la encíclica se apoya en lo afirmado
por el Concilio: el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia
naturaleza a la procreación y educación; los hijos son el don más excelente y
contribuyen al bien de los padres (Gaudium et Spes 50).
10 — La
paternidad responsable
Este número comienza con un “Por ello”: lo que
viene ahora nace directamente de lo dicho sobre el amor conyugal, especialmente
su fecundidad. Y Pablo VI hace dos precisiones: reconoce que se insiste con
razón en la paternidad responsable, pero advierte que hay que comprenderla
exactamente. No quiere negar el concepto, sino definirlo con precisión.
La encíclica dice que la paternidad
responsable tiene diversos aspectos legítimos, y que están relacionados
entre sí. No se puede aislar un solo criterio.
Primer aspecto: en relación con los procesos biológicos, se pide conocimiento y
respeto de sus funciones. La inteligencia descubre leyes biológicas que
forman parte de la persona humana; en esta línea se apoya en una referencia a
Santo Tomás para sostener que el orden natural no es algo exterior o
indiferente a lo humano, sino que toca a la persona.
Segundo aspecto: en relación con instinto y pasiones, se afirma la necesidad de un dominio
por la razón y la voluntad. La responsabilidad no queda definida como dominar
técnicamente la fecundidad, sino como dominarse a sí mismo.
Tercer aspecto: en relación con condiciones físicas, económicas, psicológicas y
sociales, la encíclica contempla dos modos:
- una deliberación ponderada y generosa de tener una familia
numerosa;
- o la decisión, por graves motivos y respetando la ley
moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o incluso por
tiempo indefinido.
Y llega el centro: “sobre todo”, la paternidad
responsable implica una vinculación más profunda con un orden moral objetivo
establecido por Dios, del que la recta conciencia es fiel intérprete.
Esto exige reconocer deberes hacia Dios, hacia uno mismo, hacia la familia y la
sociedad, con una justa jerarquía de valores.
De ahí se deduce una consecuencia clara: en la
misión de transmitir la vida, los esposos no quedan libres para proceder
arbitrariamente, como si pudieran determinar de manera autónoma los caminos
lícitos. Deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios,
manifestada en la naturaleza del matrimonio y de sus actos, y enseñada
constantemente por la Iglesia; y aquí la encíclica se apoya en la enseñanza
conciliar sobre el matrimonio y la transmisión de la vida (Gaudium et Spes
50–51).
La carta encíclica del papa Pablo VI dice que,
después de hablar del amor conyugal y de su apertura a la vida, es lógico
precisar qué significa “paternidad responsable”. Reconoce que se insiste
en ella con razón, pero advierte: hay que entenderla bien, no usarla
como una palabra que lo justifique todo.
Lo explica así, de forma muy sencilla: la
paternidad responsable no es una sola cosa, sino varios aspectos que van
unidos:
- Conocer y respetar el propio cuerpo. Los esposos han de conocer cómo funciona la fertilidad y
respetar que el cuerpo tiene su orden.
- Aprender a dominarse. Ser
responsable no es solo “controlar” desde fuera, sino gobernar impulsos
con la razón y la voluntad: saber esperar, saber renunciar cuando toca.
- Mirar las circunstancias reales. La encíclica habla de condiciones físicas, económicas,
psicológicas y sociales. Por eso contempla dos posibilidades: que un
matrimonio, tras pensarlo bien y con generosidad, se abra a una familia
numerosa; o que, por motivos graves y respetando la ley moral,
decida evitar un nuevo nacimiento durante un tiempo, incluso sin fijar
fecha.
Para Pablo VI, la paternidad responsable se
vive unida a un orden moral objetivo establecido por Dios, que la
conciencia recta interpreta fielmente. Eso implica mirar también los deberes
hacia Dios, hacia uno mismo, hacia la familia y hacia la sociedad, con una
jerarquía justa de valores. Por eso concluye que los esposos no proceden
arbitrariamente, como si ellos decidieran por su cuenta qué caminos son
lícitos: deben orientar su conducta según la intención creadora de Dios,
manifestada en la naturaleza del matrimonio y de sus actos, y enseñada
constantemente por la Iglesia.
Entonces, ¿qué entiende por “motivos graves”? La carta encíclica no ofrece una lista cerrada de casos
concretos. Lo que hace es señalar de dónde pueden venir esos motivos: de
las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, y también
—cuando vuelve a hablar del tema— de condiciones físicas o psicológicas de
los cónyuges o de circunstancias externas. En todo caso, insiste en
que la decisión se tome respetando la ley moral. Más allá de esos
criterios generales, el detalle fino de qué situaciones concretas entran o
no en “motivos graves” no queda especificado. Ejemplo cotidiano
para entenderlo:
Imagina un matrimonio joven que atraviesa una
etapa realmente difícil: por ejemplo, uno de los dos está en una situación
física o psicológica delicada, o hay una carga económica seria, o
circunstancias externas que pesan mucho. La carta encíclica admite que, si
hay motivos graves, pueden decidir posponer un nuevo nacimiento un
tiempo. Pero subraya que esa decisión no sea caprichosa y que se haga dentro
del respeto a la ley moral.
11 —
Respetar la naturaleza
y la
finalidad del acto matrimonial
La Carta Encíclica del Papa Pablo VI baja
ahora a un punto muy concreto: el acto conyugal. Habla de esos actos “con
los cuales los esposos se unen en casta intimidad” y “a través de los
cuales se transmite la vida humana”. En una sola frase queda claro que no
se trata de un gesto neutro: es un acto de unión y, a la vez, un acto ligado a
la transmisión de la vida.
Recuerda, además —con palabras del Concilio
Vaticano II— que estos actos son “honestos y dignos”. Esto es
importante: antes de exigir nada, se afirma su dignidad.
Y añade un matiz decisivo: los actos
conyugales no dejan de ser legítimos si se prevé que serán infecundos por
causas independientes de la voluntad de los cónyuges. En ese caso, siguen
ordenados a expresar y consolidar la unión. La encíclica apela también a una
constatación sencilla: de hecho, no de cada acto conyugal nace una nueva vida.
La carta encíclica del papa Pablo VI viene a
decirlo así, en lenguaje llano: Aunque un matrimonio sepa de antemano
que de esa relación no va a venir un embarazo, el acto conyugal sigue
siendo bueno y legítimo, si esa infecundidad no la han buscado ni
provocado ellos, sino que se debe a algo independiente de su voluntad.
Y en ese caso, ese acto sigue teniendo sentido: sirve para expresar
el amor y fortalecer la unión entre los dos.
Y añade una cosa muy de sentido común: no
de cada relación conyugal nace un hijo. Eso es un hecho de la experiencia.
Ejemplo cotidiano, en la línea de la
encíclica: Un matrimonio conoce que hay ritmos
naturales y que hay momentos en los que, por cómo funciona el cuerpo, es
previsible que no haya concepción. Si se unen en uno de esos momentos, la
encíclica dice que ese acto no pierde su valor: sigue siendo una manera
real de quererse, de cuidarse, de consolidar su vínculo, aunque no venga un
embarazo.
Luego introduce una idea que abre el camino de
lo que viene: Dios ha dispuesto “con sabiduría” leyes y ritmos naturales de
fecundidad que, por sí mismos, distancian los nacimientos. Y, en ese marco,
se enuncia una norma que la Iglesia enseña de modo constante: todo acto
matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida. Esta enseñanza
se presenta además en continuidad con lo ya afirmado por Pío XI y Pío XII.
12 —
Inseparables los dos aspectos:
unión y
procreación
Después de la norma, la encíclica explica su
fundamento: lo que se enseña está fundado en una conexión inseparable
entre dos significados del acto conyugal: el unitivo y el procreador.
La idea central se dice sin rodeos: es una
conexión querida por Dios, y el hombre no puede romperla por
propia iniciativa.
La razón que ofrece es interna al acto: por su
íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos
para la generación. Y esto ocurre según leyes inscritas en el ser mismo del
hombre y de la mujer. Por eso, salvaguardando ambos aspectos esenciales, el
acto conyugal conserva íntegro su sentido de amor mutuo y verdadero, y su
ordenación a la alta vocación a la paternidad.
La carta encíclica concluye con una afirmación
de inteligibilidad: piensa que los hombres —también los de su tiempo— pueden
comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio
fundamental.
13 —
Fidelidad al plan de Dios
Aquí el Papa Pablo VI empieza por un punto de
justicia dentro del amor: se hace notar como algo justo que un acto conyugal
impuesto al cónyuge, sin considerar su condición y sus legítimos deseos, no es
un verdadero acto de amor. Falta algo del recto orden moral entre los esposos.
La moral conyugal, por tanto, no se reduce a biología: incluye la verdad del
amor en la relación personal.
Desde ahí se da el paso fuerte: quien
reflexiona rectamente reconocerá que un acto de amor recíproco que “prejuzgue”
la disponibilidad a transmitir la vida —según las leyes propias que Dios
Creador ha puesto en él— entra en contradicción con el designio constitutivo
del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida.
La carta encíclica lo formula con una frase de
gran peso: «usar este don del amor conyugal destruyendo su significado y su
finalidad, aunque sea solo parcialmente, es contradecir también el plan de
Dios y su voluntad».
Aparece entonces un contraste: respetar las
leyes del proceso generador al “usufructuar” este don significa reconocerse no
árbitros de las fuentes de la vida humana, sino administradores de un
plan establecido por el Creador.
Y se añade un argumento de límites: así como
el hombre no tiene dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, con más razón
no lo tiene sobre las facultades generadoras en cuanto tales, por su ordenación
intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. Para corroborar
esta afirmación, se recuerda la enseñanza de Juan XXIII: la vida humana es
sagrada desde su comienzo y compromete directamente la acción creadora de Dios.
14 —
Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos
Con lo anterior, la carta encíclica pasa a una
deducción explícita: “en conformidad con estos principios fundamentales”,
declara que hay que excluir absolutamente ciertas acciones.
Primero, se excluye la interrupción directa
del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente
querido y procurado, incluso por razones terapéuticas. Esta exclusión se
presenta en continuidad con enseñanzas reiteradas y con referencias amplias
(catecismo, magisterio pontificio y Concilio).
Segundo, se excluye igualmente la esterilización
directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer, apoyándose
también en intervenciones previas de autoridad.
Tercero, se formula una cláusula general:
queda excluida toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su
realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como
fin o como medio hacer imposible la procreación. La norma se formula así
para no depender de una técnica concreta, sino de la estructura moral del acto.
Luego la carta encíclica responde a dos
intentos de justificación: invocar el mal menor, o decir que actos
intencionalmente infecundos formarían un “todo” con actos fecundos anteriores o
posteriores y, por eso, compartirían una misma bondad moral. La respuesta es un
candado moral: aun si alguna vez es lícito tolerar un mal moral menor, no es
lícito hacer el mal para conseguir el bien. Y se apoya en la enseñanza
paulina: no se debe “hacer el mal para que venga el bien”.
Con otras palabras: La carta encíclica del
papa Pablo VI dice que hay dos formas de intentar justificar ciertos actos, y
las responde con claridad:
1.
Primera justificación: “Si la situación es complicada, elijamos lo menos malo. “La encíclica
admite que, en algunas circunstancias, puede ocurrir que uno tolere un
mal menor. Pero inmediatamente pone un límite: una cosa es tolerar algo
malo, y otra muy distinta es hacerlo.
2.
Segunda justificación: “Si en general el matrimonio está abierto a la vida, entonces un acto
concreto que se hace voluntariamente infecundo podría quedar ‘compensado’ por
otros actos fecundos antes o después.” La encíclica rechaza esta idea: dice que
un acto que se hace intencionalmente infecundo no se vuelve bueno solo
por estar dentro de un conjunto de actos distintos.
Y aquí está el “candado” que pone: no es
lícito hacer el mal para conseguir un bien, aunque el bien que se busque
parezca importante. La encíclica apoya esto en san Pablo: no se debe “hacer
el mal para que venga el bien”.
15 —
Licitud de los medios terapéuticos
La carta encíclica introduce un matiz
importante: se admite la licitud de medios terapéuticos necesarios para
curar enfermedades del organismo, aunque de ellos se siga un impedimento a la
procreación previsto, con tal de que ese impedimento no sea
directamente querido. Se apoya esta precisión en una intervención de Pío
XII.
16 — Licitud del recurso a los períodos infecundos
La carta encíclica plantea una objeción con
respeto: si la inteligencia humana domina energías irracionales para el bien
del hombre, ¿por qué no extender ese dominio también a la vida conyugal y
admitir un control artificial de la natalidad?
Responde con una distinción clara: la Iglesia
está lejos de condenar la intervención de la inteligencia; la alaba, pero
siempre que se ejerza dentro de los límites del orden establecido por Dios.
Y entra en el caso concreto: si hay serios
motivos para espaciar los nacimientos —por condiciones físicas o
psicológicas de los cónyuges o por circunstancias externas—, entonces es lícito
tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones
generadoras, usar del matrimonio solo en los períodos infecundos y regular así
la natalidad sin ofender los principios morales. Esta vía se presenta en
continuidad con lo enseñado por Pío XII.
La encíclica reconoce que, en dos caminos
distintos, la intención puede ser parecida: evitar un nacimiento por razones
plausibles. Pero afirma que existe una diferencia esencial en el modo de
actuar: en un caso se sirve legítimamente de una disposición natural; en el
otro se impide el desarrollo de los procesos naturales.
Y describe lo que implica el primer camino:
renunciar conscientemente al uso del matrimonio en los períodos fecundos y
usarlo en los períodos infecundos para manifestar el afecto y salvaguardar la
mutua fidelidad. Concluye con una valoración positiva: obrando así, los esposos
dan prueba de un amor verdadero e integralmente honesto.
Si ahora mismo un matrimonio ve que no es
buen momento para un nuevo embarazo por motivos graves/serios (por
ejemplo, por condiciones físicas o psicológicas, o por circunstancias
externas), la carta encíclica del papa Pablo VI dice que sí es posible
espaciar los nacimientos.
¿Y cómo? Propone hacerlo contando con los
ritmos naturales: es decir, uniéndose en los períodos infecundos.
Eso, según la encíclica, suele implicar algo concreto: renunciar a
unirse en los períodos fecundos.
Y aquí está la idea clave que quiere dejar
clara: aunque la intención sea parecida (evitar un nacimiento por razones
plausibles), no da igual el modo. Una cosa es servirse de una
disposición natural; otra distinta es impedir el desarrollo de los
procesos naturales. “Impedir” es una palabra moral, no solo biológica.
“Impedir” no significa simplemente “que no
ocurra” un embarazo. La encíclica ya había admitido que puede no ocurrir por
causas no queridas, y que no de cada acto conyugal nace una nueva vida. Aquí
“impedir” apunta a otra cosa: introducir una acción que bloquea
deliberadamente el curso propio de la fecundidad. Por eso la frase tiene
peso: no describe un resultado, describe un acto humano que se coloca como
freno del proceso.
Ejemplo muy simple:
- Si una pareja, estando en un momento fértil, decide hacer algo
expresamente para que no pueda haber concepción, eso es lo que la
encíclica entiende como “impedir el desarrollo de los procesos naturales”
/ “hacer imposible”.
- Si una pareja, por motivos graves o serios, decide esperar
y unirse en períodos infecundos, eso entra en lo que llama servirse de
una disposición natural, no “impedir”.
Más claro aún: Imagina que una semilla quiere crecer y hacerse planta.
- Esperar el momento: si
hoy hace frío y no es buen día, tú esperas a que haga mejor tiempo
para plantar. No haces nada contra la semilla; solo eliges el momento.
- Poner un bloqueo o impedir (en
el sentido de la encíclica): sería plantar la semilla y luego ponerle
una tapa dura encima para que no pueda salir, aunque por dentro
tenga fuerza para crecer.
Otro ejemplo, imagina que, recién casados o siendo un matrimonio
joven, estáis hablando así: “Ahora mismo no podemos asumir un embarazo o un
nuevo embarazo: por motivos serios queremos esperar un tiempo.”
- Servirse de una disposición natural (lo que la encíclica presenta como lícito en ese caso) sería: “Entonces
nos organizamos contando con los ritmos naturales: habrá tiempos en que es
previsible que no haya concepción, y si nos unimos, lo hacemos en esos
períodos.” Aquí no estáis “forzando” nada: estáis ajustándoos a
cómo funciona el cuerpo.
- Impedir el desarrollo de los procesos naturales (lo que la encíclica distingue como otra cosa) sería: “Aunque
estemos en un momento fértil, hacemos algo a propósito para que el proceso
natural no pueda seguir adelante.” Aquí ya no es “esperar” o “contar
con el ritmo”, sino bloquear el proceso.
Eso es lo que el papa quiere que un matrimonio joven entienda: la
encíclica ve una diferencia importante entre esperar y organizarse según los
ritmos y hacer imposible la procreación mediante una acción elegida para
impedirlo.
Eso es lo que la encíclica quiere distinguir:
una cosa es ajustarse a lo que ya ocurre de forma natural (esperar), y
otra distinta es hacer algo para impedir que el proceso natural siga.
La encíclica presenta esa diferencia como
esencial.
Dicho con una frase sencilla: “Si hay
motivos serios, podéis esperar y regularos respetando el ritmo natural; pero no
convertir el acto en algo al que se le hace imposible la procreación por una
intervención que lo impida.” Y añade que, vivido así, esto puede ser signo
de un amor verdadero y honestamente integrado.
17. — Graves consecuencias de los métodos
de regulación artificial de la natalidad
En este número, la carta encíclica del Papa
Pablo VI no añade un principio nuevo; hace otra cosa: invita a mirar con calma qué
consecuencias humanas pueden seguirse si se acepta como normal el recurso a
esos métodos. Dice, en esencia: si uno reflexiona con rectitud, puede ver
que lo que se ha enseñado hasta aquí no es un capricho, sino que tiene
coherencia también cuando se observa su impacto en la vida real.
Primero advierte de un riesgo amplio: se
abriría un camino fácil y ancho hacia la infidelidad conyugal y
hacia una degradación general de la moralidad. No lo plantea como un
ataque a las personas, sino como una lectura de la debilidad humana, y subraya
especialmente a los jóvenes: precisamente porque son más vulnerables y
necesitan aliento para ser fieles, no se les debería ofrecer un “medio
fácil” para eludir la ley moral.
Después señala un segundo riesgo, muy concreto
y muy delicado: que el hombre, habituándose a esas prácticas, termine
perdiendo el respeto a la mujer, hasta llegar a verla como instrumento de
goce egoísta y no como compañera respetada y amada. Aquí la
encíclica no está discutiendo sentimientos, sino una dinámica: lo que se repite
y se normaliza puede deformar la mirada sobre el otro.
En tercer lugar, advierte de un peligro social
y político: se pondría un arma peligrosa en manos de autoridades
públicas poco preocupadas por las exigencias morales. El razonamiento que
propone es sencillo: si algo se considera lícito para resolver un problema
familiar, ¿quién impediría que un gobierno lo favorezca o incluso lo imponga
como método “más eficaz” para problemas colectivos? Y la encíclica subraya lo
que quedaría amenazado: el ámbito más personal y reservado de la intimidad
conyugal, expuesto a la intervención del poder.
Por eso cierra con una afirmación fuerte: si
no se quiere dejar la misión de engendrar la vida al arbitrio de los
hombres, hay que reconocer límites infranqueables al dominio del hombre
sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que no puede quebrantar nadie,
ni como particular ni como autoridad. Y añade que esos límites se determinan
por el respeto a la integridad del organismo humano y de sus funciones,
según una recta comprensión del llamado “principio de totalidad”, que la
encíclica remite a una enseñanza de Pío XII para iluminarlo (sin entrar aquí en
más desarrollos).
Sin rodeos: Si se acepta como normal la
“regulación artificial” de los nacimientos, se abre un camino fácil para
dos cosas que destruyen el amor por dentro: la infidelidad y una degradación
general de la moral. No porque “todos vayan a caer”, sino porque —dice— la
debilidad humana existe, y cuando aparece un “medio fácil” para saltarse la
ley moral, la fidelidad se vuelve más frágil, sobre todo en los jóvenes,
que necesitan ánimo para mantenerse firmes, no atajos para esquivar.
Luego lo dice todavía más directo: existe el
riesgo de que el hombre, acostumbrándose a esas prácticas, termine
perdiendo el respeto a la mujer y llegue a verla como un instrumento para su
propio goce, en vez de tratarla como lo que es: compañera, respetada
y amada. Aquí el golpe es este: cuando el otro se convierte en “algo que uso”,
el amor deja de ser amor.
Y añade un tercer aviso que no es íntimo, sino
social: si eso se presenta como lícito, se pone un arma peligrosa en
manos del poder. Porque lo que empieza como “solución privada” puede acabar
como programa público, favorecido o incluso impuesto, metiéndose en lo
más reservado de la intimidad conyugal.
Por eso remata con una idea fuerte: para que
la vida humana no quede a merced del capricho (de individuos o de
autoridades), hay que reconocer límites que no se pueden cruzar en el
dominio sobre el propio cuerpo y sus funciones, y esos límites se determinan
por el respeto a la integridad del organismo y de sus funciones.
18. — La Iglesia, garantía de los
auténticos valores humanos
En el n. 18, la carta encíclica no se hace
ilusiones: sabe que lo que está diciendo no va a gustar a todo el mundo.
Dice que es previsible que estas enseñanzas no sean aceptadas fácilmente,
porque hay muchas voces en sentido contrario, y hoy esas voces se amplifican
con los medios modernos.
Pero entonces suelta una idea clave: la
Iglesia no se sorprende de esa oposición. Afirma que, como nos advirtió
Jesucristo, está llamada a ser “signo de contradicción”. O sea: que el
rechazo no la autoriza a rebajar el mensaje.
A partir de ahí define el tono con dos
palabras que van juntas: humilde firmeza. Humilde, porque no se presenta
como dueña del bien; firme, porque no negocia la ley moral. Y añade algo
importante: habla de toda la ley moral, natural y evangélica.
Y llega al corazón del número, con una frase
decisiva: la Iglesia no ha sido la autora de estas normas, y por eso no
puede ser su árbitro. Se presenta solo como depositaria e intérprete.
Traducido sin vueltas: no se inventa lo que está bien o mal según soplen los
tiempos; custodia e interpreta una ley moral que considera ligada al bien
verdadero del hombre. Por eso afirma que no puede declarar lícito lo
que, por su oposición íntima e inmutable al bien del hombre, no lo es.
Luego explica por qué cree que esta defensa,
aunque sea incómoda, es un servicio real: al proteger la moral conyugal en su
integridad, dice que la Iglesia ayuda a construir una civilización
verdaderamente humana, y llama al hombre a no abdicar su responsabilidad
para someterse a los medios técnicos. Y añade que con eso defiende la
dignidad de los esposos.
Y remata con intención pastoral: afirma que quiere ser amiga sincera y desinteresada de los hombres. No para ganar una discusión, sino para ayudarles, en su camino humano, a participar como hijos en la vida del Dios vivo, Padre de todos.


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