sábado, 17 de enero de 2026

Resumen de la Carta Encíclica Humanae vitae (Parte 3 de 3)


                                                                  Resumen de la

CARTA ENCÍCLICA

HUMANAE VITAE

DE S. S. PABLO VI


A LOS  VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR 
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD

 

(Parte 3 de 3)

 

III.           Directivas pastorales  

19 — La Iglesia, Madre y Maestra

En este número, el Papa Pablo VI hace un cambio de tono. Después de enseñar con claridad la ley moral sobre el matrimonio, dice que su palabra quedaría incompleta si no ayudara también a vivirla. Reconoce el contexto real: muchas familias y pueblos atraviesan condiciones difíciles. Por eso, tras invitar a respetar la ley divina, la Iglesia no puede limitarse a “decir lo correcto”; tiene que confortar y sostener a las personas en el camino de una regulación honesta de la natalidad.

Y lo resume con una imagen que no permite recortes: la Iglesia es Madre y Maestra a la vez. Madre, porque conoce la fragilidad, acompaña, comprende, no mira desde una torre. Maestra, porque enseña una verdad que no puede borrar para evitar el conflicto. Si se quita una de las dos, se estropea la otra: sin Madre, la enseñanza se vuelve dureza; sin Maestra, la compasión se vuelve confusión y al final no cura.

El modelo que pone es Cristo mismo: la Iglesia no puede tener otra actitud que la del Redentor, que conoce la debilidad, tiene compasión y acoge al pecador. Pero añade el “pero” decisivo: no puede renunciar a enseñar la ley, porque esa ley no se presenta como un peso caprichoso, sino como lo propio de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios (cfr. Rom 8). Aquí está el nervio del número: no es “o verdad o misericordia”, sino las dos unidas, como en Cristo.  

20 — Posibilidad de observar la ley divina

Pablo VI se pone en la piel de quien lo escucha y reconoce algo muy humano: a muchos les va a parecer que esto es dificilísimo, incluso imposible de vivir. Fíjate en el matiz: no dice “es imposible”, sino “aparecerá imposible”. O sea: acepta la sensación, pero no la convierte en la verdad final.

Y enseguida reencuadra la dificultad: cuando algo es grande y hace bien, normalmente pide esfuerzo. No disimula el precio: habla de serio empeño y de muchos esfuerzos, y además deja caer algo realista: no es solo “cosa de la pareja”, porque el ambiente también empuja o complica.

Luego suelta el punto decisivo: esto no se puede vivir sin la ayuda de Dios, que sostiene y fortalece la buena voluntad. No es “apretad los dientes y ya”, sino un camino que necesita gracia.

Y termina con una promesa sobria, pero esperanzadora: estos esfuerzos, cuando uno los mira con verdad, ennoblecen a la persona y hacen bien a la comunidad. No solo “cumplen una norma”: construyen por dentro y por fuera.  

21 — Dominio de sí mismo

Pablo VI aterriza ahora en algo muy concreto: una regulación honesta de la natalidad no se sostiene solo con un “método”, sino con un tipo de persona y de amor. Por eso dice “sobre todo”: lo primero es adquirir convicciones sólidas sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también tender a un dominio auténtico de sí mismo.

Luego lo explica con realismo: si el instinto y las pasiones han de estar gobernados por la razón y la voluntad, eso impone una ascética, una disciplina interior. No habla de teorías: habla de una vida concreta donde las manifestaciones afectivas se ordenan rectamente y, en particular, donde se puede vivir la continencia periódica.

Y aquí da la vuelta a un prejuicio muy común: esa disciplina, dice, lejos de perjudicar el amor conyugal, le da un valor humano más alto. No porque “enfríe” el amor, sino porque lo integra y lo vuelve más libre.

El Papa añade consecuencias muy prácticas: este esfuerzo continuo ayuda a los esposos a desarrollarse mejor por dentro, a enriquecerse con valores espirituales, a traer serenidad y paz a la familia, a resolver otros problemas con más madurez, a estar más atentos al otro, a superar el egoísmo que es enemigo del verdadero amor, y a enraizar el sentido de responsabilidad.

Y concluye con una mirada educativa: cuando los padres viven así, ganan un influjo más profundo para educar a los hijos; y los niños y jóvenes pueden crecer con una estima justa de los valores humanos y con un desarrollo más sereno y armónico de sus facultades, tanto sensibles como espirituales.  

22 — Crear un ambiente favorable a la castidad

Aquí Pablo VI ensancha el foco. Ya no habla solo a los esposos: se dirige también a los educadores y a todos los que tienen responsabilidades en la vida social, pensando en el bien común. La idea es sencilla; si se pide dominio de sí, hace falta un clima que lo ayude, no un ambiente que lo sabotee.

Por eso define el objetivo con palabras fuertes: crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral. La castidad no aparece como represión, sino como libertad educada y fiel al bien.

Luego señala un frente concreto. Todo lo que en los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación de los sentidos y al desenfreno de las costumbres —como la pornografía y los espectáculos licenciosos— debe suscitar una reacción franca y unánime de quienes se sienten responsables del progreso de la civilización y de los bienes superiores del espíritu humano.

Y anticipa dos excusas habituales para descartarlas: no basta invocar “exigencias artísticas o científicas” para justificar lo que degrada, ni basta decir que el Estado lo permite. En esta línea, remite al Concilio sobre los medios de comunicación social (cfr. Inter Mirifica 6–7): lo moral no queda decidido por lo permitido, sino por lo verdadero y lo digno del hombre.

23 — Llamamiento a las autoridades públicas

Pablo VI se dirige directamente a los gobernantes, a quienes llama primeros responsables del bien común. Les recuerda que pueden hacer mucho para salvaguardar las costumbres, y les pone dos límites muy claros: no permitir que se degrade la moralidad del pueblo, y no aceptar que se introduzcan legalmente en la familia —célula fundamental de la sociedad— prácticas contrarias a la ley natural y divina.

No se queda en el “no”. Propone una alternativa: el camino justo para afrontar dificultades sociales, también las demográficas, pasa por una política familiar cuidadosa y una educación sabia de los pueblos, respetando a la vez la ley moral y la libertad de los ciudadanos.

Reconoce que hay dificultades graves, especialmente en los pueblos en vía de desarrollo, y enlaza esta preocupación con lo que ya había enseñado sobre el desarrollo de los pueblos (cfr. Populorum Progressio). Y cita la línea de Juan XXIII: las dificultades no se superan con métodos y medios indignos del hombre, nacidos de una visión estrechamente materialista, sino con desarrollo económico y progreso social que respeten y promuevan los verdaderos valores humanos (cfr. Mater et Magistra).

Luego añade un golpe de realismo moral: no se puede culpar a la Providencia de lo que depende —en parte— de menor sagacidad en el gobierno, de escaso sentido de justicia social, de monopolios egoístas o de una indolencia reprobable para emprender los esfuerzos y sacrificios necesarios. También aquí se apoya en su magisterio sobre el desarrollo y la justicia (cfr. Populorum Progressio 48–55).

Termina con una llamada amplia: reavivar generosamente los esfuerzos de los poderes responsables, fomentar la cooperación internacional y reconocer el campo inmenso de acción de las grandes organizaciones internacionales.  

24 — A los hombres de ciencia

El tono aquí no es de reproche, sino de convocatoria. Pablo VI anima a los hombres de ciencia a contribuir al bien del matrimonio y de la familia, y también a la paz de las conciencias, aclarando más profundamente las condiciones favorables para una regulación honesta de la procreación humana (cfr. Gaudium et Spes 52).

Y concreta un deseo particular: que la ciencia médica logre dar una base suficientemente segura para una regulación de los nacimientos fundada en la observancia de los ritmos naturales, según un augurio ya expresado por Pío XII.

Concluye con una intención muy precisa: que, con los hechos —y de modo especial los científicos católicos—, se muestre que no hay verdadera contradicción entre las leyes divinas que regulan la transmisión de la vida y aquellas que favorecen un amor conyugal auténtico (cfr. Gaudium et Spes 51).  

25 — A los esposos cristianos

Ahora el Papa se dirige más directamente a los esposos cristianos, a quienes llama “nuestros hijos”, y los sitúa en clave de vocación: han sido llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. Desde ahí, recuerda dos realidades inseparables: la Iglesia enseña exigencias imprescriptibles de la ley divina, y al mismo tiempo anuncia la salvación y abre, con los sacramentos, los caminos de la gracia.

La gracia —dice— hace al hombre capaz de corresponder con amor y con verdadera libertad al designio del Creador y Salvador, y de encontrar suave el yugo de Cristo (cfr. Mt 11,30). Por eso pide recordar que la vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido con el sacramento del matrimonio: los cónyuges quedan corroborados y como consagrados para cumplir sus deberes, alcanzar la perfección propia de su estado y dar un testimonio delante del mundo (cfr. Gaudium et Spes 48; Lumen Gentium 35).

Luego define una misión preciosa: hacer visible la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana.

No oculta dificultades, a veces graves: recuerda que la puerta es estrecha y el camino angosto (cfr. Mt 7,14), invita a vivir con prudencia, justicia y piedad (cfr. Tit 2,12) y recuerda que la forma de este mundo pasa (cfr. 1 Cor 7,31). Por eso pide afrontar los esfuerzos necesarios sostenidos por la fe y por una esperanza que no engaña, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cfr. Rom 5,5).

Y baja a medios concretos: oración perseverante, acudir sobre todo a la Eucaristía como fuente de gracia y caridad, y si el pecado sorprende, recurrir con humilde perseverancia a la misericordia de Dios en la Penitencia.

Cierra con un gran icono bíblico del matrimonio: el amor del esposo a la esposa como Cristo amó a la Iglesia, amando como al propio cuerpo, en ese “misterio grande” referido a Cristo y la Iglesia (cfr. Ef 5,25.28–29.32–33).  

26 — Apostolado entre los hogares

Pablo VI llama “fruto precioso” del esfuerzo generoso por ser fieles a la ley divina el hecho de que muchos esposos sientan el deseo de comunicar a otros su experiencia. No habla solo de explicar ideas: habla de compartir vida vivida.

A esto lo llama una nueva e importantísima forma de apostolado “entre semejantes”: los mismos esposos se convierten en guía de otros esposos. Y lo inserta en la vocación de los laicos, en continuidad con el Concilio (cfr. Lumen Gentium 35 y 41; Gaudium et Spes 48–49; Apostolicam Actuositatem 11). Concluye diciendo que, entre tantas formas de apostolado, esta es sin duda una de las más oportunas hoy.  

27 — A los médicos y al personal sanitario

El Papa expresa estima por médicos y personal sanitario, y reconoce que muchos sienten entrañablemente las exigencias superiores de su vocación cristiana por encima de todo interés humano. Por eso les pide perseverar en promover soluciones inspiradas en la fe y en la recta razón, y esforzarse en fomentar el respeto a esas convicciones en su propio ambiente.

Además, les marca un deber profesional muy concreto: procurarse toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado. La finalidad es clara: poder ofrecer a los esposos —que lo esperan con todo derecho— consejos sabios y directrices sanas 

28 — A los sacerdotes

El Papa Pablo VI se dirige a los sacerdotes con confianza, recordando su papel de consejeros y directores espirituales de personas y familias. Y les da una primera incumbencia, especialmente a quienes enseñan teología moral: exponer sin ambigüedades la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio.

Luego añade algo exigente: ser los primeros en dar ejemplo de obsequio leal —interno y externo— al Magisterio de la Iglesia. Y afirma que este obsequio es obligatorio no solo por razones humanas, sino sobre todo por la luz del Espíritu Santo, por la cual los pastores están particularmente asistidos para ilustrar la verdad (cfr. Lumen Gentium 25).

Explica también por qué pastoral. Es de suma importancia para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano que, en moral y en dogma, todos se atengan al Magisterio y hablen del mismo modo. Por eso renueva el ruego angustioso de san Pablo a la unidad: que no haya divisiones, que haya concordia (cfr. 1 Cor 1,10).  

29 — Caridad eminente sin rebaja doctrinal

El Papa suelta una frase fuerte: «no menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas». La caridad, aquí, no significa rebajar el contenido, sino cuidar el bien verdadero.

Pero añade inmediatamente el equilibrio. Esto debe ir siempre acompañado de la paciencia y la bondad que el Señor mostró con los hombres. Y apoya esta clave en el Evangelio: Cristo vino no para juzgar, sino para salvar (cfr. Jn 3,17). De ahí sale la fórmula que marca el estilo: intransigente con el mal, misericordioso con las personas.

Por eso pide que, en medio de las dificultades, los esposos encuentren en las palabras y en el corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor. Y anima a los sacerdotes a hablar con confianza, recordando que el Espíritu de Dios que asiste al Magisterio ilumina también internamente los corazones de los fieles e invita a su asentimiento.

Termina insistiendo en una pedagogía sacramental: enseñar el camino de la oración, preparar para acudir con frecuencia a la Eucaristía y a la Penitencia, y no dejar que los fieles se desalienten por su debilidad.  

30 — A los Obispos

Al final de la encíclica, Pablo VI dirige una apremiante invitación a los Obispos, con quienes comparte de cerca la solicitud por el bien espiritual del Pueblo de Dios. Les pide trabajar, al frente de sacerdotes y fieles, con ardor y sin descanso por la salvaguardia y la santidad del matrimonio, para que sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana.

Y lo llama una de las responsabilidades más urgentes del tiempo presente. Por eso habla de una acción pastoral coordinada en todos los campos de la actividad humana: económica, cultural y social. La idea es clara: solo mejorando simultáneamente esos sectores se podrá lograr que la vida familiar no solo sea tolerable, sino más fácil y feliz para padres e hijos, y que la convivencia social sea más fraterna y pacífica.

Y pone el criterio final: todo eso debe hacerse respetando fielmente el designio de Dios sobre el mundo.  

31 — Llamamiento final

Pablo VI cierra volviendo a los destinatarios del inicio: los pastores, los fieles y también todos los hombres de buena voluntad. Presenta lo que pide como una obra grande de educación, de progreso y de amor. No es solo “guardar una norma”: es una tarea que afecta a la formación de la conciencia, al desarrollo humano verdadero y al amor en su verdad.

Afirma que esta obra se fundamenta en la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro, con sus hermanos en el episcopado, es depositario e intérprete. Y la llama obra grande de verdad, tanto para la Iglesia como para el mundo.

Concluye con una tesis antropológica muy fuerte: el hombre no puede hallar la verdadera felicidad más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza, leyes que deben observarse con inteligencia y con amor.

Y, como sello final, invoca sobre esta tarea la abundancia de las gracias del Dios de santidad y de misericordia, y concede la bendición apostólica, fechando el documento en Roma, junto a San Pedro, el 25 de julio de 1968. 

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