Resumen de la
CARTA ENCÍCLICA
HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI
A LOS VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD
(Parte
3 de 3)
III. Directivas pastorales
19
— La Iglesia, Madre y Maestra
En este número, el Papa Pablo VI hace un
cambio de tono. Después de enseñar con claridad la ley moral sobre el
matrimonio, dice que su palabra quedaría incompleta si no ayudara también a
vivirla. Reconoce el contexto real: muchas familias y pueblos atraviesan
condiciones difíciles. Por eso, tras invitar a respetar la ley divina, la
Iglesia no puede limitarse a “decir lo correcto”; tiene que confortar y
sostener a las personas en el camino de una regulación honesta de la
natalidad.
Y lo resume con una imagen que no permite
recortes: la Iglesia es Madre y Maestra a la vez. Madre, porque conoce
la fragilidad, acompaña, comprende, no mira desde una torre. Maestra, porque
enseña una verdad que no puede borrar para evitar el conflicto. Si se quita una
de las dos, se estropea la otra: sin Madre, la enseñanza se vuelve dureza; sin
Maestra, la compasión se vuelve confusión y al final no cura.
El modelo que pone es Cristo mismo: la Iglesia no puede tener otra actitud que la del Redentor, que conoce la debilidad, tiene compasión y acoge al pecador. Pero añade el “pero” decisivo: no puede renunciar a enseñar la ley, porque esa ley no se presenta como un peso caprichoso, sino como lo propio de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios (cfr. Rom 8). Aquí está el nervio del número: no es “o verdad o misericordia”, sino las dos unidas, como en Cristo.
20 — Posibilidad de observar la ley divina
Pablo VI se pone en la piel de quien lo
escucha y reconoce algo muy humano: a muchos les va a parecer que esto
es dificilísimo, incluso imposible de vivir. Fíjate en el matiz: no dice “es
imposible”, sino “aparecerá imposible”. O sea: acepta la sensación, pero
no la convierte en la verdad final.
Y enseguida reencuadra la dificultad: cuando
algo es grande y hace bien, normalmente pide esfuerzo. No disimula el precio:
habla de serio empeño y de muchos esfuerzos, y además deja caer
algo realista: no es solo “cosa de la pareja”, porque el ambiente también
empuja o complica.
Luego suelta el punto decisivo: esto no se
puede vivir sin la ayuda de Dios, que sostiene y fortalece la buena
voluntad. No es “apretad los dientes y ya”, sino un camino que necesita gracia.
Y termina con una promesa sobria, pero esperanzadora: estos esfuerzos, cuando uno los mira con verdad, ennoblecen a la persona y hacen bien a la comunidad. No solo “cumplen una norma”: construyen por dentro y por fuera.
21 — Dominio de sí mismo
Pablo VI aterriza ahora en algo muy concreto:
una regulación honesta de la natalidad no se sostiene solo con un “método”,
sino con un tipo de persona y de amor. Por eso dice “sobre todo”: lo primero es
adquirir convicciones sólidas sobre los verdaderos valores de la vida y
de la familia, y también tender a un dominio auténtico de sí mismo.
Luego lo explica con realismo: si el instinto
y las pasiones han de estar gobernados por la razón y la voluntad, eso impone
una ascética, una disciplina interior. No habla de teorías: habla de una
vida concreta donde las manifestaciones afectivas se ordenan rectamente y, en
particular, donde se puede vivir la continencia periódica.
Y aquí da la vuelta a un prejuicio muy común:
esa disciplina, dice, lejos de perjudicar el amor conyugal, le da un
valor humano más alto. No porque “enfríe” el amor, sino porque lo integra y lo
vuelve más libre.
El Papa añade consecuencias muy prácticas:
este esfuerzo continuo ayuda a los esposos a desarrollarse mejor por dentro, a
enriquecerse con valores espirituales, a traer serenidad y paz a la familia, a
resolver otros problemas con más madurez, a estar más atentos al otro, a
superar el egoísmo que es enemigo del verdadero amor, y a enraizar el sentido
de responsabilidad.
Y concluye con una mirada educativa: cuando los padres viven así, ganan un influjo más profundo para educar a los hijos; y los niños y jóvenes pueden crecer con una estima justa de los valores humanos y con un desarrollo más sereno y armónico de sus facultades, tanto sensibles como espirituales.
22 — Crear un ambiente favorable a la castidad
Aquí Pablo VI ensancha el foco. Ya no habla
solo a los esposos: se dirige también a los educadores y a todos los que tienen
responsabilidades en la vida social, pensando en el bien común. La idea es
sencilla; si se pide dominio de sí, hace falta un clima que lo ayude, no
un ambiente que lo sabotee.
Por eso define el objetivo con palabras
fuertes: crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo
de la libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral. La
castidad no aparece como represión, sino como libertad educada y fiel al
bien.
Luego señala un frente concreto. Todo lo que
en los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación de los
sentidos y al desenfreno de las costumbres —como la pornografía y los
espectáculos licenciosos— debe suscitar una reacción franca y unánime de
quienes se sienten responsables del progreso de la civilización y de los bienes
superiores del espíritu humano.
Y anticipa dos excusas habituales para descartarlas: no basta invocar “exigencias artísticas o científicas” para justificar lo que degrada, ni basta decir que el Estado lo permite. En esta línea, remite al Concilio sobre los medios de comunicación social (cfr. Inter Mirifica 6–7): lo moral no queda decidido por lo permitido, sino por lo verdadero y lo digno del hombre.
23 — Llamamiento a las autoridades públicas
Pablo VI se dirige directamente a los
gobernantes, a quienes llama primeros responsables del bien común. Les recuerda
que pueden hacer mucho para salvaguardar las costumbres, y les pone dos límites
muy claros: no permitir que se degrade la moralidad del pueblo, y no aceptar
que se introduzcan legalmente en la familia —célula fundamental de la sociedad—
prácticas contrarias a la ley natural y divina.
No se queda en el “no”. Propone una
alternativa: el camino justo para afrontar dificultades sociales, también las
demográficas, pasa por una política familiar cuidadosa y una educación
sabia de los pueblos, respetando a la vez la ley moral y la libertad de los
ciudadanos.
Reconoce que hay dificultades graves,
especialmente en los pueblos en vía de desarrollo, y enlaza esta preocupación
con lo que ya había enseñado sobre el desarrollo de los pueblos (cfr. Populorum
Progressio). Y cita la línea de Juan XXIII: las dificultades no se superan
con métodos y medios indignos del hombre, nacidos de una visión estrechamente
materialista, sino con desarrollo económico y progreso social que respeten y
promuevan los verdaderos valores humanos (cfr. Mater et Magistra).
Luego añade un golpe de realismo moral: no se
puede culpar a la Providencia de lo que depende —en parte— de menor sagacidad
en el gobierno, de escaso sentido de justicia social, de monopolios egoístas o
de una indolencia reprobable para emprender los esfuerzos y sacrificios
necesarios. También aquí se apoya en su magisterio sobre el desarrollo y la
justicia (cfr. Populorum Progressio 48–55).
Termina con una llamada amplia: reavivar generosamente los esfuerzos de los poderes responsables, fomentar la cooperación internacional y reconocer el campo inmenso de acción de las grandes organizaciones internacionales.
24 — A los hombres de ciencia
El tono aquí no es de reproche, sino de
convocatoria. Pablo VI anima a los hombres de ciencia a contribuir al bien del
matrimonio y de la familia, y también a la paz de las conciencias, aclarando
más profundamente las condiciones favorables para una regulación honesta de la
procreación humana (cfr. Gaudium et Spes 52).
Y concreta un deseo particular: que la ciencia
médica logre dar una base suficientemente segura para una regulación de los
nacimientos fundada en la observancia de los ritmos naturales, según un augurio
ya expresado por Pío XII.
Concluye con una intención muy precisa: que, con los hechos —y de modo especial los científicos católicos—, se muestre que no hay verdadera contradicción entre las leyes divinas que regulan la transmisión de la vida y aquellas que favorecen un amor conyugal auténtico (cfr. Gaudium et Spes 51).
25 — A los esposos cristianos
Ahora el Papa se dirige más directamente a los
esposos cristianos, a quienes llama “nuestros hijos”, y los sitúa en clave de
vocación: han sido llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. Desde ahí,
recuerda dos realidades inseparables: la Iglesia enseña exigencias
imprescriptibles de la ley divina, y al mismo tiempo anuncia la salvación y
abre, con los sacramentos, los caminos de la gracia.
La gracia —dice— hace al hombre capaz de
corresponder con amor y con verdadera libertad al designio del Creador y
Salvador, y de encontrar suave el yugo de Cristo (cfr. Mt 11,30). Por eso pide
recordar que la vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado
y fortalecido con el sacramento del matrimonio: los cónyuges quedan
corroborados y como consagrados para cumplir sus deberes, alcanzar la
perfección propia de su estado y dar un testimonio delante del mundo (cfr. Gaudium
et Spes 48; Lumen Gentium 35).
Luego define una misión preciosa: hacer
visible la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana.
No oculta dificultades, a veces graves:
recuerda que la puerta es estrecha y el camino angosto (cfr. Mt 7,14), invita a
vivir con prudencia, justicia y piedad (cfr. Tit 2,12) y recuerda que la forma
de este mundo pasa (cfr. 1 Cor 7,31). Por eso pide afrontar los esfuerzos
necesarios sostenidos por la fe y por una esperanza que no engaña, porque el
amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
(cfr. Rom 5,5).
Y baja a medios concretos: oración
perseverante, acudir sobre todo a la Eucaristía como fuente de gracia y
caridad, y si el pecado sorprende, recurrir con humilde perseverancia a la
misericordia de Dios en la Penitencia.
Cierra con un gran icono bíblico del matrimonio: el amor del esposo a la esposa como Cristo amó a la Iglesia, amando como al propio cuerpo, en ese “misterio grande” referido a Cristo y la Iglesia (cfr. Ef 5,25.28–29.32–33).
26 — Apostolado entre los hogares
Pablo VI llama “fruto precioso” del esfuerzo
generoso por ser fieles a la ley divina el hecho de que muchos esposos sientan
el deseo de comunicar a otros su experiencia. No habla solo de explicar ideas: habla
de compartir vida vivida.
A esto lo llama una nueva e importantísima forma de apostolado “entre semejantes”: los mismos esposos se convierten en guía de otros esposos. Y lo inserta en la vocación de los laicos, en continuidad con el Concilio (cfr. Lumen Gentium 35 y 41; Gaudium et Spes 48–49; Apostolicam Actuositatem 11). Concluye diciendo que, entre tantas formas de apostolado, esta es sin duda una de las más oportunas hoy.
27 — A los médicos y al personal sanitario
El Papa expresa estima por médicos y personal
sanitario, y reconoce que muchos sienten entrañablemente las exigencias
superiores de su vocación cristiana por encima de todo interés humano. Por eso
les pide perseverar en promover soluciones inspiradas en la fe y en la recta
razón, y esforzarse en fomentar el respeto a esas convicciones en su propio
ambiente.
Además, les marca un deber profesional muy concreto: procurarse toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado. La finalidad es clara: poder ofrecer a los esposos —que lo esperan con todo derecho— consejos sabios y directrices sanas.
28 — A los sacerdotes
El Papa Pablo VI se dirige a los sacerdotes
con confianza, recordando su papel de consejeros y directores espirituales de
personas y familias. Y les da una primera incumbencia, especialmente a quienes
enseñan teología moral: exponer sin ambigüedades la doctrina de la Iglesia
sobre el matrimonio.
Luego añade algo exigente: ser los primeros en
dar ejemplo de obsequio leal —interno y externo— al Magisterio de la Iglesia. Y
afirma que este obsequio es obligatorio no solo por razones humanas, sino sobre
todo por la luz del Espíritu Santo, por la cual los pastores están
particularmente asistidos para ilustrar la verdad (cfr. Lumen Gentium
25).
Explica también por qué pastoral. Es de suma importancia para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano que, en moral y en dogma, todos se atengan al Magisterio y hablen del mismo modo. Por eso renueva el ruego angustioso de san Pablo a la unidad: que no haya divisiones, que haya concordia (cfr. 1 Cor 1,10).
29 — Caridad eminente sin rebaja doctrinal
El Papa suelta una frase fuerte: «no
menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad
eminente hacia las almas». La caridad, aquí, no significa rebajar el
contenido, sino cuidar el bien verdadero.
Pero añade inmediatamente el equilibrio. Esto
debe ir siempre acompañado de la paciencia y la bondad que el Señor mostró con
los hombres. Y apoya esta clave en el Evangelio: Cristo vino no para juzgar,
sino para salvar (cfr. Jn 3,17). De ahí sale la fórmula que marca el estilo: intransigente
con el mal, misericordioso con las personas.
Por eso pide que, en medio de las
dificultades, los esposos encuentren en las palabras y en el corazón del
sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor. Y anima a los sacerdotes a
hablar con confianza, recordando que el Espíritu de Dios que asiste al
Magisterio ilumina también internamente los corazones de los fieles e invita a
su asentimiento.
Termina insistiendo en una pedagogía sacramental: enseñar el camino de la oración, preparar para acudir con frecuencia a la Eucaristía y a la Penitencia, y no dejar que los fieles se desalienten por su debilidad.
30 — A los Obispos
Al final de la encíclica, Pablo VI dirige una
apremiante invitación a los Obispos, con quienes comparte de cerca la solicitud
por el bien espiritual del Pueblo de Dios. Les pide trabajar, al frente de
sacerdotes y fieles, con ardor y sin descanso por la salvaguardia y la santidad
del matrimonio, para que sea vivido en toda su plenitud humana y cristiana.
Y lo llama una de las responsabilidades más
urgentes del tiempo presente. Por eso habla de una acción pastoral coordinada
en todos los campos de la actividad humana: económica, cultural y social. La
idea es clara: solo mejorando simultáneamente esos sectores se podrá lograr que
la vida familiar no solo sea tolerable, sino más fácil y feliz para padres e
hijos, y que la convivencia social sea más fraterna y pacífica.
Y pone el criterio final: todo eso debe hacerse respetando fielmente el designio de Dios sobre el mundo.
31 — Llamamiento final
Pablo VI cierra volviendo a los destinatarios
del inicio: los pastores, los fieles y también todos los hombres de buena
voluntad. Presenta lo que pide como una obra grande de educación, de progreso y
de amor. No es solo “guardar una norma”: es una tarea que afecta a la
formación de la conciencia, al desarrollo humano verdadero y al amor en su
verdad.
Afirma que esta obra se fundamenta en la
doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro, con sus hermanos en el
episcopado, es depositario e intérprete. Y la llama obra grande de verdad,
tanto para la Iglesia como para el mundo.
Concluye con una tesis antropológica muy
fuerte: el hombre no puede hallar la verdadera felicidad más que en el
respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza, leyes que deben
observarse con inteligencia y con amor.
Y, como sello final, invoca sobre esta tarea la abundancia de las gracias del Dios de santidad y de misericordia, y concede la bendición apostólica, fechando el documento en Roma, junto a San Pedro, el 25 de julio de 1968.


No hay comentarios:
Publicar un comentario