Homilía
del Domingo III del Tiempo Ordinario, ciclo a
Mt 4, 12-23 «Venid
en pos de mí y os haré pescadores de hombres»
El domingo pasado,
en el Evangelio, nos encontrábamos con Jesús en Bethábara: aquel lugar a
orillas del Jordán donde decidió iniciar su vida pública y fue a recibir el
bautismo de Juan. Allí Juan el Bautista lo reconoció como el Mesías y lo señaló
como el Cordero de Dios, venido a barrer, a arrancar de raíz el pecado del
mundo.
El evangelista Juan cuenta además un detalle muy humano: dos discípulos del Bautista, al oír a su maestro presentar así a Jesús, se fueron detrás de Él. Y uno de esos dos se llamaba Andrés, el hermano de Pedro.
Dios se sirve de nombres concretos
para abrir caminos.
Guardemos ese nombre, Andrés, porque enseguida lo volveremos a encontrar en el pasaje de hoy. No es un dato de relleno: el Evangelio se teje con rostros y con historias reales, con personas que escuchan una palabra y se atreven a dar un paso.
Cuando Jesús empieza,
también nosotros tenemos que movernos.
Después de lo del Jordán, Jesús regresó a Nazaret… pero no se quedó allí con su madre, ni continuó con el trabajo de carpintero que hasta entonces había ocupado sus días. Jesús vuelve y, casi de inmediato, vuelve a partir: se pone en camino.
«Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se
retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en
el territorio de Zabulón y Neftalí».
Jesús tenía 34
años cuando decidió dejar Nazaret (נצרת, Natzrát) y cambiar de residencia.
Hemos escuchado en el pasaje evangélico que se fue a vivir a Cafarnaún (כפר נחום,
Kfar Najúm); prácticamente se nos sitúa la casa junto a la orilla del lago de
Tiberíades (טבריה, Tveriá).
Para ubicarnos: en aquella región se alzaba una ciudad de la Decápolis, Hippos, conocida en hebreo como Susita, סוסיתא (Susitá). Desde esa zona se domina la parte norte del lago y podemos señalar tres ciudades muy importantes que vieron tantos signos de Jesús y escucharon de cerca el anuncio del Evangelio: Betsaida (בית צידה, Beit Tzaidá), en el extremo norte, la ciudad que nos dio cinco apóstoles —Pedro, Andrés, Santiago, Juan y Felipe—; Corazín (כורזין, Korazín); y, sobre todo, Cafarnaún, en la ribera occidental del lago.
Dios elige lugares concretos
para empezar algo grande.
Cafarnaún era un poblado de pescadores y
agricultores. Se extendía unos 300 metros a lo largo de la orilla y unos 200
metros hacia el interior. ¿Cómo han podido determinar con bastante precisión el
perímetro del asentamiento? Muy sencillo: a partir de cierto punto comenzaban
las sepulturas y, donde había tumbas, el lugar se consideraba impuro; por eso
la gente no podía vivir allí.
No era una ciudad famosa como Tiberíades, la nueva capital mandada construir por Herodes Antipas e inaugurada unos diez años antes. Tampoco era rica y próspera como Magdala, conocida por sus florecientes industrias del pescado en salazón, los tintes y los perfumes. Y, sin embargo, Cafarnaún gozaba de un cierto prestigio.
Cafarnaún no era “la gran ciudad”,
pero sí un cruce de caminos.
¿Por qué? Porque estaba situada junto a la famosa “Vía del Mar”, la gran ruta imperial que partía de Egipto, subía hacia Damasco y seguía hacia Oriente. Además, era ciudad fronteriza entre Galilea y el Golán (גולן, Golán). Era, por tanto, un lugar de frontera con aduana, donde se cobraban tasas sobre todas las mercancías. Un ir y venir constante de personas muy distintas, contacto con culturas diversas: una mentalidad, por así decir, más abierta que la de Nazaret (נצרת, Natzrát). Probablemente tendría alrededor de un millar de habitantes.
Donde hay mezcla y preguntas,
el Evangelio encuentra rendijas.
Cafarnaún tenía un
pequeño puerto donde cada mañana atracaban las barcas de quienes habían pescado
durante la noche: allí llegarían, ciertamente, las barcas de Pedro y de Andrés.
No muy lejos estaba Tiberíades, la ciudad que —al parecer— Jesús nunca visitó:
en los Evangelios no se menciona un viaje suyo a Tiberíades. Sabemos, en
cambio, que Herodes Antipas quería ver a Jesús; la distancia en barca no sería
enorme. Pero Jesús nunca quiso encontrarse con “la zorra”, como Él mismo lo
llama.
En Cafarnaún se conservan también los restos de lo que se identifica como la casa de Pedro, hoy protegidos por una iglesia construida precisamente para custodiar aquellas ruinas. Por curiosidad, se ha propuesto incluso una reconstrucción realizada por arqueólogos franciscanos. ¿Cómo llegaron a imaginar la disposición de aquella vivienda y del pequeño sector donde vivían las familias de Pedro y de Andrés? Porque en el siglo V los cristianos bizantinos, al construir sobre esa casa una espléndida basílica octogonal, respetaron los cimientos: eran los cimientos de una casa querida, venerada, cuidadosamente protegida. Después, cuando aquella basílica fue derribada y se realizaron excavaciones, los arqueólogos encontraron esas bases y pudieron reconstruir lo que debió de ser la casa donde Jesús se alojó.
La novedad de Jesús no entra a golpes:
pide apertura.
Podemos
preguntarnos ahora por qué Jesús cambió de residencia. La explicación parece
fácil de intuir: la gente de Nazaret, en las montañas de la baja Galilea, no
tenía la apertura cultural y mental que se respiraba en Cafarnaún.
En la montaña, al
haber menos contacto con modos de pensar distintos, las comunidades tienden a
ser más tradicionalistas; personas muy aferradas a sus convicciones religiosas.
Y sabemos que, cuando al cabo de unos meses o quizá de un año Jesús volvió a los
suyos, al escuchar lo que anunciaba lo echaron fuera. Era demasiado difícil
hacer penetrar en la mente de sus paisanos la novedad del Evangelio. Por
eso pensó que era mejor desarrollar su vida pública en Cafarnaún.
Estas son las suposiciones que se han planteado, y parecen verosímiles. Pero Mateo siente la necesidad de explicar de manera teológica la decisión de Jesús y la presenta como cumplimiento de una profecía del Antiguo Testamento.
A veces la periferia parece invisible…
hasta que Dios la elige.
«Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar,
en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio
del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al
otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El
pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en
tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
En el Antiguo
Testamento, Galilea no aparece casi nunca: se la menciona solo seis veces y
siempre de pasada (cfr. Jos 20, 7; Jos 21, 32; 1 Re 9, 11; 2 Re 15, 29; 1 Cr 6,
76; Is 9, 1 [en algunas numeraciones: Is 8, 23])
¿Por qué? Porque los galileos no gozaban precisamente de la simpatía de los judíos: vivían en un territorio ocupado en buena parte por paganos, y se consideraba que su religiosidad no era tan “pura” como la que se practicaba en Jerusalén. Dicho con una sonrisa: Galilea quedaba casi como en letra pequeña… pero Dios también lee la letra pequeña.
Dios enciende luz justo
cuando todo parece negro.
El evangelista
Mateo se revela como un biblista excelente. Logra encontrar en los profetas el
único oráculo referido a Galilea. Es un oráculo pronunciado por el profeta
Isaías en un momento dramático de la historia de Israel. Estamos en la segunda
mitad del siglo VIII a. C., cuando los asirios están conquistando todo el
antiguo Oriente Próximo.
De hecho, en el año 733 llegaron también a Galilea y la devastaron, como solían hacer allí donde entraban: deportaron a los habitantes e impusieron tributos pesadísimos. En ese tiempo oscuro, cuando todos perciben su tierra como envuelta en tinieblas, como bajo una oscuridad impenetrable, Isaías anuncia un oráculo de alegría y esperanza: «El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande».
La esperanza humana buscaba un rey;
Dios envía a su Hijo.
¿De qué luz
hablaba Isaías? ¿Qué luz esperaba él que despuntara? Esperaba al gran rey de la
dinastía de David, anunciado por el profeta Natán. Ese rey liberaría las
provincias ocupadas por los asirios. Esa era la expectativa de Isaías: una
liberación histórica, visible, casi inmediata.
El Evangelio disuelve la noche
desde un lugar pequeño.
Mateo ve el cumplimiento verdadero de esa profecía que Dios puso en labios de Isaías cuando, desde aquel villaje de pescadores (no era una gran ciudad ni un centro cultural, sino un lugar “normal”, de gente trabajadora; y precisamente desde ahí Jesús empieza a anunciar el Evangelio) que era Cafarnaún, Jesús comenzó a anunciar la luz de su Evangelio. Y es entonces cuando se disipa la oscuridad y la tiniebla del mal que desde siempre había envuelto a la humanidad.
Cuando llega el reino de Dios,
cambia el mapa del corazón.
«Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Jesús no comenzó
su vida pública con un sermón larguísimo: fueron pocas palabras. Es como si
hubiera dicho a todos: «Abrid bien los oídos. Escuchad lo que voy a
anunciaros: ha llegado el reino de Dios; ha empezado el cambio de la historia
del mundo».
Ahora cambia todo. La manera de pensar, de hablar, de razonar, de vivir. Atentos, porque todo queda puesto del revés. Sabemos lo que sucede cuando cambia un régimen: quienes mandaban y han hecho fechorías, o huyen o acaban en la cárcel; y quienes estaban en la cárcel pasan a ocupar el poder. Lo que antes “tenía razón”, de pronto deja de tenerla; y lo que antes parecía “no valer”, empieza a valer.
La justicia del mundo compite;
la justicia de Dios levanta.
En el reino
viejo —dice Jesús— uno se regía por criterios de justicia inventados por
los hombres. Y sabemos cuál es el criterio fundamental de esa justicia: la
competencia. El más fuerte consigue mandar y hacerse servir por el más
débil, que termina resignándose a vivir como esclavo. Pero ahora —dice Jesús— ha
llegado el reino nuevo, el reino de Dios, donde entra su justicia, y todo se
invierte.
Entonces, lo que antes valía muchísimo —la fuerza, el dinero acumulado, la victoria en las batallas, el triunfo glorioso en Roma desde el Campo de Marte hasta el Capitolio, con el rey vencido llevado como trofeo, y luego recibir el título de “Magno”—, todo eso, dice Jesús, ya no cuenta nada. Ha cambiado el reino. Y, puesto que ha llegado el reino de Dios, esas cosas, delante de Dios, valen cero.
Lo pequeño del Evangelio
resulta ser lo grande de Dios.
En cambio, lo que
antes no valía nada —por ejemplo, la bondad, la mansedumbre, la rectitud, la
honradez, la atención al otro, el perdón, compartir los bienes con los pobres,
ser servidores de los hermanos—, eso ahora es lo que cuenta; eso tiene un valor
grande.
Esto es lo que
proclama Jesús: el mundo cambia. Si nos quedamos agarrados a la justicia del
“mundo viejo”, cuidado, porque vamos hacia el fracaso de nuestra vida.
Por eso su
invitación es clara: convertíos. El verbo griego es μετανοεῖν (metanoeîn),
es decir, cambiad la manera de pensar; dejad la lógica vieja y acoged mis
bienaventuranzas. Algunos comienzan a creer que Jesús tiene razón, que
merece la pena escucharlo y seguirlo.
Y ahora,
descubriremos quiénes son esos primeros que empiezan a ir tras Jesús.
La conversión no es para “unos pocos”:
es para todos.
«Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a
Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando
la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de
mí y os
haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y pasando adelante vio a otros dos
hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con
Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron
la barca y a su padre y lo siguieron».
Tenemos presente
el relato de la vocación de los primeros cuatro apóstoles. Ellos han escuchado
la llamada de Jesús a la conversión y han empezado a fiarse de su propuesta.
Pero atención hay que tener muy en cuenta de que no se trata de la vocación a
ser sacerdotes o religiosas. Esta llamada es para cada uno de nosotros,
personalmente.
«Conviértete»,
nos dice Jesús a cada uno; con otras palabras, deja de pensar, vivir y
juzgar según los criterios de este mundo, aunque los comparta la gran mayoría
de los que tienes alrededor.
Acoge el modo de ser hombre que Jesús te plantea.
Acoge el modo de ser hombre que te propongo yo, y acertarás con la vida. Por eso, el relato de la llamada de los primeros discípulos se vuelve una parábola del convite que Jesús dirige a todos: seguirlo, es decir, acoger su Evangelio. Vamos a mirarla de cerca.
Jesús camina junto al “mar”:
Empieza un éxodo para nosotros.
Jesús va caminando a la orilla del mar de Galilea. Y cuando oímos la palabra “mar” aplicada a un lago, entendemos enseguida el eco del mar bíblico, el del Éxodo: el paso de la tierra de esclavitud a la tierra de libertad. Jesús está inaugurando un éxodo en el que quiere implicarnos a todos: sacarnos de esa tierra donde uno vive esclavo de las pasiones, del orgullo, de la envidia, del apego a los bienes, de la necesidad de imponerse y dominar a los demás. Ahí no vivimos como hombres de verdad. Hay que salir. Jesús quiere arrancarnos de ahí y conducirnos a la tierra donde se vive realmente como hombres libres.
Los primeros que se adhieren
a su propuesta de empezar ese éxodo son…
¿Quiénes son los
primeros que se adhieren a esta propuesta? Dos hermanos: Pedro y Andrés.
Están echando las redes. En griego nos lo expresa así: «εἶδεν δύο ἀδελφούς
Σίμωνα τὸν λεγόμενον Πέτρον καὶ Ἀνδρέαν τὸν ἀδελφὸν αὐτοῦ, βάλλοντας ἀμφίβληστρον
εἰς τὴν θάλασσαν· ἦσαν γὰρ ἁλεεῖς», que traducido es: «Vio a dos
hermanos, a Simón, el que es llamado Pedro, y a Andrés, su hermano, mientras
echaban/echando una red de lanzamiento hacia el mar/hacia dentro del mar, pues
eran pescadores».
El término griego que se emplea es ἀμφίβληστρον (amphíblēstron), que es una red de lanzamiento, la que se arroja desde la orilla o en aguas poco profundas y cae extendida, para luego recogerla. En castellano suele equivaler a atarraya o esparavel (si queremos un término más técnico). Los dos hermanos lanzan la red desde la orilla; luego la red se cierra en el fondo y, tirando de los extremos, la arrastran hasta tierra. Es la pesca más pobre y más laboriosa. Están en su trabajo cuando llega la llamada.
Ellos como Abrahán escucharon la misma invitación…
con matices distintos
Jesús les dice: «Venid en pos de mí». En griego lo expresa
así: «καὶ λέγει αὐτοῖς, δεῦτε ὀπίσω μου», que traducido es «y les dice [a
ellos] venid en pos de mí / seguidme».
Abrahán también
escuchó una invitación a emprender un viaje: «Vete a la tierra que yo te
mostraré» (cfr. Gn 12, 1). Aquí, sin embargo, es distinto: Jesús no dice
“id”, sino “venid detrás de mí”.
Y hay un detalle precioso: cuando los Evangelios dicen que Jesús se sienta y
empieza a hablar, significa que enseña como Maestro; cuando dicen que Jesús
está en camino, significa que enseña con su vida. Hay que seguirlo y mirar
bien cómo se comporta, porque su vida nos introduce en la tierra de la libertad.
“Id” apunta a un
destino; “detrás de mí” regala una compañía.
“Id” puede sonar a tarea: “haz el camino”. “Ven detrás de mí” es relación:
“camina conmigo”. No se trata solo de cambiar de lugar o de conducta, sino de aprender
un modo de vivir mirando a Jesús, paso a paso.
Jesús nos enseña con sus palabras
y con su vida acompañándonos
Y ahí está lo decisivo; cuando los Evangelios presentan a Jesús en camino, nos están diciendo que enseña no solo con palabras, sino con su vida. Seguirlo es dejar que su manera de tratar, elegir, perdonar y amar vaya reeducando la nuestra. Así se llega a la “tierra de la libertad”; no como un punto del mapa, sino como una vida menos esclava del miedo, del ego y de la necesidad de controlar.
Para rescatar vidas de la fosa de la muerte
Notemos algo importante; a los dos que empiezan a seguirlo no les promete recompensas, no les asegura un premio. Les confía una misión: «os haré pescadores de hombres», pescar hombres. Pescar significa sacar del agua. Y esas aguas son las del mar que, en el antiguo Oriente, en el lenguaje de los mitos, simbolizaban lo que se opone a la vida, lo que impide vivir. De esas aguas, de esas situaciones, el discípulo está llamado a sacar a los hombres que están siendo arrastrados al abismo. Esa es la misión que se pide a todo discípulo.
Las redes enredan,
nos retienen.
¿Qué hacen los dos
primeros llamados? «Inmediatamente dejaron
las redes». Dejan las redes, dice la parábola. ¿Qué significan
esas redes?
Las redes son todo
lo que te retiene,
lo que te impide ir detrás de Jesús. Si uno está enredado, no se mueve. Y quizá
las redes a las que tenemos que dar un corte sean las de una vida hecha de
compromisos, de afectos poco o nada ordenados y pequeñas trampas; o las redes
de nuestros miedos, porque no queremos entregar la vida al Evangelio; o ese
apego a nuestras seguridades y convicciones, con el temor de arrepentirnos si
dejamos de hacer lo que hace todo el mundo.
«Corta esas redes», dice Jesús. Porque si no cortas esas redes, darás dos o tres pasos detrás de Él… pero no llegarás lejos. Y esa decisión hay que tomarla enseguida. En el Evangelio a continuación nos dice que «y lo siguieron»; ellos lo siguen al momento. Cuando uno decide, decide: luego puede tener dudas o replanteárselo, sí, pero la decisión se toma ahora, no mañana.
De la orilla al mar abierto:
una llamada más profunda
Jesús sigue
caminando y ve a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo. Están
en la barca, con su padre, arreglando las redes: «que estaban en la barca repasando las redes»; aquí el
término no es «ἀμφίβληστρον» (amphíblēstron), [que es una red de
lanzamiento o atarraya], sino que es δίκτυον (díktuon), que
es muy distinto ya que significa el trasmallo, la red que se echa mar adentro. Dicho
de un modo más sencillo; la atarraya (lo usado por Simón y Andrés) es
una red circular que tú lanzas para atrapar al pez por sorpresa, mientras que
el trasmallo (lo empleado por los hijos de Zebedeo) es una
barrera fija que dejas puesta en el mar adentro para que el pez se choque y se
enrede solo. Esa ‘red’ que estaban repasando Santiago y Juan era el modo de
concebir la vida, de plantearse la existencia, de amar en la vida según lo que
ellos habían heredado de su padre, esa espiritualidad hebrea más rígida, ya que
era de una familia judía, ‘como de pura cepa’.
Jesús los llama y, al instante, dejan la barca y al padre. Ya hemos visto el simbolismo de las redes; pero ¿qué significa dejar la barca y dejar al padre?
Dejar la barca vieja para entrar
en la barca de la comunidad
La barca es símbolo de la vida que siempre habían llevado. Desde esa barca echaban las redes. Ahora la dejan, porque su vida y su trabajo se realizarán de un modo completamente distinto. Entran en otra barca, en la barca la de la comunidad. Y la barca, lo sabemos, es uno de los símbolos de la Iglesia: incluso cuando pensamos en las naves de las catedrales, ¿no evocan una nave invertida, ese lugar donde la comunidad se reúne en el día del Señor?
No cambia la profesión:
cambia el para qué
Santiago y Juan dejan la barca; esto es una imagen de abandonar el modo antiguo de vivir la propia profesión. No dejaron de ser pescadores, pero empezaron a “pescar” con objetivos distintos. Quien sube a la barca de la comunidad cristiana, es decir, quien acoge de verdad la propuesta del Evangelio, no solo porque está bautizado, ejerce su profesión de otra manera. Zaqueo no dejó de cobrar, pero empezó a hacerlo de un modo completamente distinto. Mateo continuó en la aduana, pero con un horizonte nuevo.
La barca vieja:
competencia, frialdad, “yo primero”
Pensemos en un ejemplo que puede ayudarnos. Imaginemos dos médicos, ambos excelentes profesionalmente. El primero está sentado tras su mesa, exhibiendo incluso un poco su superioridad. Del otro lado, un enfermo que escucha con angustia, lleno de ansias y miedos. Pero a ese sufrimiento el médico es indiferente: su único interés es la patología. Empatía: cero. Lee con frialdad la historia clínica; pasa un colega y le suelta: «Vaya, perdisteis el domingo pasado. Realmente que mal jugó el Madrid». Y sigue leyendo. Al final alza la vista y dice: «Bien, ahora haré el informe para su médico; ya le explicará él lo que tiene que hacer». Le entrega el papel con frialdad. Ese sigue en la barca vieja, aún sigue «repasando las redes con Zebedeo, su padre».
La barca nueva:
cercanía, servicio, “vamos juntos”
Veamos al segundo médico. También
impecable en lo profesional, pero ha subido a la barca nueva: ha dejado el modo
viejo de ejercer. Tiene delante al paciente; lee la historia clínica, es un
problema serio; mira al paciente a los ojos, coge la silla, rodea la mesa y se
sienta a su lado. Lo llama por su nombre: «Carlos, la cosa es seria, pero ya
verás: saldremos adelante. Yo pondré toda mi capacidad, todo lo que sé, al
servicio de tu curación. Verás, juntos podremos. Haré el informe para tu
médico; y al final te dejo también mi número de teléfono. Que me llame cuando
quiera, y tú también, si lo necesitas. Somos fuertes los dos. Confía en mí:
verás que lo lograremos». Ese es el modo nuevo de vivir la profesión: subir
a la barca nueva y dejar la barca vieja.
Trabajar para dar vida,
no para inflar el ego
El objetivo cambia al poner en juego las
propias capacidades para hacer el bien, para dar vida y alegría al hermano. Con
el trabajo ganamos lo suficiente para vivir dignamente, sí, pero el horizonte
ya no es “mi triunfo”, sino que el otro viva mejor.
La mañana cambia:
de “¿qué gano?” a “¿a quién sirvo hoy?”
Entonces también
empiezas la jornada de otro modo. Si has subido a la barca nueva y has dejado
la vieja, por la mañana, al rezar, le pedirás al Señor: “Ayúdame a descubrir
a quién puedo dar alegría hoy; a quién puedo hacer un poco más feliz. Muéstrame
cómo ser servidor del que es pobre y necesita los dones que tú has puesto en
mis manos”.
Dejar al padre:
Amar la tradición sin quedar prisioneros de ella
«…dejaron la barca y a su padre». Dejan al
padre. En la tradición semítica, el “padre” indica también la tradición a la
que uno está ligado. Si el Evangelio cuestiona lo que siempre has pensado y
creído, déjate cambiar por el Evangelio. Es como cuando uno se casa: “deja” a
su padre y a su madre; los sigue queriendo, por supuesto, pero ya no toma las
decisiones con ellos. Escucha sus consejos, sí, pero las decisiones las toma
en sintonía con lo que discierne junto a su esposa.
Los últimos
versículos del pasaje evangélico de hoy nos presentan, con tres verbos, lo
que Jesús realizó en favor de los hombres a lo largo de toda su vida pública.
«Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas,
proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en
el pueblo».
Jesús enseña:
Su luz abre camino en nuestras tinieblas
El primer verbo
es: διδάσκω (didásko), enseñar, instruir. Es decir, Jesús esa
enseñanza, esa instrucción fue la luz que despejó la oscuridad del mundo. Y esa
luz empezó a brillar —como nos recordaba precisamente el Evangelio de hoy—
cuando Jesús comenzó a predicar a orillas del lago de Galilea.
Jesús anuncia:
la gran noticia es que Dios es amor.
El
segundo verbo es: κηρύσσω (kerússo), proclamar, anunciar, predicar,
pregonar, publicar, divulgar la Buena Noticia.
¿Y cuál es esa
noticia? Que Dios es amor, y solo amor. Esto —se nos decía— ninguna
religión lo había anunciado así. Muchas religiones, incluida la judía, han
enseñado que Dios ama a los justos, a los que obedecen sus mandamientos,
decretos y disposiciones; y que, en cambio, no concede sus favores —más aún,
castiga— a quienes los transgreden. Esa imagen de Dios, dice el predicador, hay
que borrarla.
La Buena Noticia
es esta: Dios ama a todo hombre sin condiciones. Incluso cuando nos
comportamos mal, Él concede a todos su amor y solo sus bendiciones. Y esta
es una noticia tan grande que, curiosamente, hasta muchos cristianos de hoy
parecen anunciarla con pudor, porque no encaja con los criterios de justicia
que solemos llevar en la cabeza. Pero procuremos no encerrar el amor de Dios
dentro de los límites de nuestro egoísmo y de nuestra dureza.
Jesús cura:
Sus signos prometen vida en plenitud.
El tercer verbo
es: θεραπεύω (therapeúo), curar, honrar, sanar, e incluso con el matiz de
‘servir adorando a Dios (en la enfermedad)’.
Sí, curó
enfermedades materiales, pero esas curaciones eran un signo: apuntaban a la
vida en plenitud que solo su Evangelio puede dar. Lo hemos escuchado muchas
veces, quizá en confidencias muy sinceras: “mi vida no es vida”. Tenían
para comer, para beber, para divertirse, dinero… y, sin embargo, llegaban a la
conclusión de que no estaban viviendo de verdad. El Evangelio saca al hombre
de todas esas condiciones en las que no se es plenamente feliz.





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