martes, 13 de enero de 2026

Las pantallas, el veneno que se instala en nuestros hijos sin que lo notemos

                   


                                                         Las pantallas,

el veneno que se instala en nuestros hijos

sin que lo notemos

La mesa está puesta, huele a cena y, sin que nadie lo convoque, aparece el móvil. A veces ni lo miramos. Solo lo dejamos cerca, como quien deja el salero por si acaso. Y entonces pasa lo de siempre. Alguien intenta contar algo del cole, alguien asiente con media cara, y el silencio se llena de notificaciones que no han sido invitadas pero se creen familia.

Cuando aquí decimos pantallas no hablamos solo del móvil. Hablamos también de la tablet, del televisor, de la consola, de los videojuegos y de cualquier dispositivo que nos mete un mundo entero en los ojos con un solo clic. Cambia el formato, pero el efecto se parece más de lo que nos gusta reconocer.

Nos reímos, porque es verdad. Y también nos incomoda, porque es verdad.

Con los adultos ya es difícil. Ahora imaginemos a un niño o a un adolescente. No solo viven rodeados de pantallas. Viven con un cerebro que aún está creciendo, construyéndose, afinando frenos y brújula interior. Y ahí la pantalla no es un juguete sin consecuencias. Puede ser un atajo que parece inofensivo y que, repetido, acaba cambiando el terreno.

No hace falta ponerse apocalípticos. Tampoco hace falta hacerse el sueco. La cuestión es sencilla y delicada a la vez. Las pantallas, cuando entran demasiado pronto, demasiado tiempo y demasiado a menudo, pueden ser un peligro para el correcto funcionamiento neuronal de niños y adolescentes. Y además pueden dejarles solos ante cosas que no saben digerir.

Y lo peor es que todo esto suele empezar con buenas intenciones.

 

El ratito que nos salva y luego nos gobierna

Escena real. Noche cualquiera. Llegamos cansados, el niño está nervioso, protesta, se revuelve como si tuviera una tormenta dentro y no supiera cómo llamarla. Nosotros pensamos en silencio. Necesito cinco minutos de paz. Y aparece la pantalla, da igual si es móvil, tablet, tele o consola. Un ratito.

Funciona. Milagro. El salón se queda quieto, el llanto se apaga, nosotros respiramos como si acabáramos de salir de un túnel. Y ahí está la letra pequeña.

Los niños aprenden por repetición, igual que nosotros. Si cada vez que aparece el aburrimiento, la frustración o la inquietud entra la pantalla, el cerebro aprende una lección sin palabras. Cuando me siento mal, algo de fuera me arregla por dentro. Rápido. Luminoso. Sin espera.

La pantalla no solo entretiene. Puede convertirse en el regulador emocional principal. Y cuando eso pasa, el día que apagamos el dispositivo no se apaga solo un vídeo. Se cae una muleta. Lo que sale entonces no siempre es maldad ni manipulación. A menudo es un desborde muy humano.

Lo que calma, educa. Y si lo que calma casi siempre es una pantalla, la pantalla termina enseñando el camino.

Un cambio pequeño que cabe en una casa real es reservar un rato diario cortito en el que no hay pantalla que valga. No para hacer actividades maravillosas, que bastante tenemos. Solo para estar. Sofá, cocina, cama, lo que toque. Un adulto que no se va con la mirada. Una frase simple. Estoy contigo. Eso, repetido, construye por dentro algo que ninguna aplicación puede regalar.

 

Un dedo, un corazón, un chispazo y luego el bajón

Hay otra pieza del puzzle que conviene mirar sin fantasías. Mucho de lo que consumimos está diseñado para enganchar. No por maldad de cómic. Por negocio. La atención vale oro y se invierte muchísimo en aprender a retenerla. Hay empresas que pagan millones a neurocientíficos para entender cómo mantenernos pegados a una pantalla el mayor tiempo posible. La pelea no es por nuestro bienestar, es por nuestros minutos.

Ahí entra la dopamina. Es una hormona maravillosa que regula el placer. Dicho en sencillo, es una de las cosas que el cerebro usa para decirnos “esto me gusta” y “quiero más”.

Un “like”, un vídeo nuevo, un nivel superado, una recompensa rápida. Todo eso puede dar pequeños chispazos. Nos sentimos bien al instante y, después, llega el bajón. Y el bajón empuja a buscar otro estímulo. Más.

A los adultos nos pasa. Abrimos una red social y pensamos “solo miro un momento” y, cuando levantamos la cabeza, ha pasado media vida y se ha enfriado la cena. A veces la única medición exacta de la realidad es el “¿pero qué hora es?”. Ahí ya sabemos que hemos caído.

Y en casa ocurre algo parecido con los niños. El problema no es solo lo que miran. El problema es el entrenamiento invisible. Si su cerebro se acostumbra a que la recompensa sea inmediata, lo lento empieza a dar alergia. Leer, escuchar, jugar sin estímulos constantes, sostener una tarea sin premio rápido, todo eso se vuelve cuesta arriba.

Lo que se repite, se instala. Y si lo que se instala es el ritmo de la gratificación instantánea, la paciencia se queda sin gimnasio.


 

La corteza prefrontal y

el freno que todavía no está montado

Aquí conviene hablar claro, sin esconder lo importante. En la corteza prefrontal están funciones clave. Ahí se trabaja la atención, la concentración, el control de impulsos y la toma de decisiones. Y esa parte del cerebro en los niños está inmadura. Mucho.

El cerebro, además, se va desarrollando de atrás hacia delante. Con el tiempo va avanzando hasta llegar a esa zona frontal. Por eso la adolescencia es un momento crítico. Esa parte todavía no está completamente desarrollada.

De hecho, el cerebro no termina de madurar hasta los 18, 20, 22 o incluso 24 años. Y en algunas personas, nunca llega a hacerlo del todo.

Dicho en versión doméstica. Les pedimos autocontrol con un freno que todavía se está fabricando.

Si llenamos el día de estímulos rápidos, luces, sonidos, movimiento constante y recompensas inmediatas, el cerebro se acostumbra a vivir acelerado. Y cuando llega la vida real, que va más despacio, al niño le cuesta. Se irrita. Se desconecta. Salta de una cosa a otra. Le cuesta el aburrimiento. Le cuesta la espera.

No es una excusa para todo. Pero es una explicación que nos ayuda a no etiquetar y, sobre todo, a intervenir con más inteligencia.

Aquí el peligro no es una palabra dramática. Peligro es alterar una maduración que necesita tiempo y calma. Peligro es entrenar la atención para que solo funcione con estímulos externos. Peligro es convertir la pantalla en la muleta habitual de la calma.

 

La habitación cerrada y

el problema que nadie ve

Y ahora el asunto que más preocupa cuando lo pensamos en serio. Hay cosas que un niño o un adolescente vive detrás de una pantalla y que no cuenta. No porque sea malo. Porque no sabe cómo. O porque le da vergüenza. O porque teme que le quitemos el móvil y ya está, como si eso arreglara lo que lleva dentro.

Puerta cerrada. Luz baja. La pantalla como refugio. Desde fuera parece tranquilidad. Dentro puede estar pasando de todo. Un comentario cruel. Un rechazo. Una presión del grupo. Un contenido desagradable. Un susto. Una comparación que muerde.

La herida no siempre está en lo que ven. Está en vivirlo solos. Antes muchas experiencias difíciles ocurrían en el patio y alguien podía notar la cara o el temblor. Ahora pueden ocurrir en silencio, en la intimidad de la habitación. Sin un adulto al lado que sostenga, nombre, traduzca.

Lo que se vive en secreto crece. No por misterio, por falta de aire. Aquí conviene marcar una diferencia sencilla entre edades. En los niños pequeños suele enganchar más el estímulo rápido, luces, sonidos, cambio constante. En los adolescentes se añade con fuerza la pertenencia, la presión del grupo y el miedo a quedarse fuera.

En la adolescencia se añade además el peso del grupo. Un pasillo, susurros, una risa que parece inocente pero no lo es, un “¿has visto lo que han puesto?” dicho como si fuera contraseña. La pantalla deja de ser aparato, se convierte en pertenencia. Y la pertenencia, cuando aprieta, manda.

El grupo escribe guiones y a veces nuestros hijos sienten que tienen que interpretarlos para no desaparecer.

Aquí la clave no suele ser el control total, que rompe puentes. La clave suele ser la conversación que llega antes que el miedo. Preguntas sencillas, de sofá, sin modo interrogatorio.

¿Sabes a qué experiencias se está exponiendo tu hijo en redes?
¿Sabes cómo está lidiando con lo hostil o desagradable que vive, en la red o fuera de ella? No para vigilar. Para acompañar. Para que no tenga que masticarlo solo.

Límites que no humillan y

presencia que no se va

Los límites son necesarios. Y no son castigo. Son cuidado. Decir “hasta aquí” con serenidad no es quitar por capricho. Es proteger un cerebro en obras y un corazón que se está haciendo.

Pero hay un enemigo silencioso que nos desarma. La prisa. Llegamos tarde, vamos a mil, cenamos rápido, cada uno con lo suyo, y sin querer la pantalla ocupa el hueco que deja la conversación. La prisa roba conversación. Y cuando se pierde la conversación, luego nos extraña que no nos cuenten nada.

Por eso a veces no hace falta una revolución. Hace falta un par de decisiones sostenibles. Una mesa donde, al menos en una comida, no compitamos con notificaciones. Al principio nos sentiremos raros, como si faltara una mano. Buena señal. A veces lo raro es la puerta de entrada a lo sano.

Un horario razonable de apagado. No como castigo, como higiene. Igual que lavarse los dientes no es una tragedia, apagar pantallas a cierta hora tampoco debería serlo. Aunque haya protestas, claro. Protestas habrá. Y adultos incluidos. Pedir a un adolescente que deje el móvil mientras nosotros lo consultamos cada tres minutos es pedirle que aprenda a nadar mientras le llenamos los bolsillos de piedras. No hace falta ser perfectos. Hace falta ser un poco coherentes, un poco más a menudo.

La otra clave es sustituir. Si quitamos pantallas y dejamos vacío, llega la guerra. Si quitamos pantallas y abrimos vida, entra aire. Un paseo breve. Cocinar juntos. Un juego tonto. Ordenar la mochila hablando del día. Cosas pequeñas que devuelven humanidad.

Y cuando el niño se enfada porque no hay pantalla, podemos recordarlo con calma. A veces no es desafío. Es dependencia de estímulos y bajón. Ahí el adulto presta calma. Sostiene el límite sin gritar. Nombra lo que pasa. Te cuesta. Lo entiendo. Estoy aquí. La autorregulación empieza prestada y luego se vuelve propia.


 

Una imagen para cerrar,

la mesa otra vez

Volvemos a la mesa, porque ahí se juega mucho más de lo que parece. No se trata de ganar una batalla contra la tecnología. Se trata de recuperar territorio humano. Un “cuéntame” que no se rompe. Una mirada que llega entera. Un silencio que no da miedo.

El móvil apartado, el silencio raro de los primeros segundos y esa conversación que al principio sale torpe, como cuando uno arranca un coche en frío. Luego, si insistimos un poco, empieza a calentar. Y entonces pasa algo sencillo y enorme. Aparece la vida.

Esto va de proteger un cerebro que todavía se está construyendo. Y va de proteger una vida interior que, si no la cuidamos, se la comerán los estímulos rápidos y las soledades silenciosas.

No haremos esto perfecto. Menos mal. Pero podemos hacerlo mejor. Y lo mejor suele empezar con cosas pequeñas, repetidas, sostenidas, sin moralina y con un punto de humor, porque si no, no hay quien aguante la semana.

 

Para hablarlo en casa o en grupo

¿En qué momentos se nos cuela la pantalla como si fuera un miembro más de la familia? ¿Qué nos está calmando cuando la usamos para apagar un mal rato? ¿Qué siente nuestro hijo cuando se apaga, enfado, vacío, miedo a quedarse fuera, vergüenza? ¿Qué cosas difíciles podrían estar ocurriendo a solas, sin que nos enteremos, y qué señales nos lo podrían sugerir?

Dos micro decisiones para esta semana, sin perfeccionismo:

Una comida al día sin pantallas en la mesa, también las nuestras. Si nos sale regular, no pasa nada. Lo repetimos mañana.

Diez minutos de sofá por la noche sin pantallas, solo para contarnos el día. Con mirada y presencia. Si hay resistencia, la sostenemos con calma. A veces el primer minuto incómodo es justo el minuto que necesitábamos. 

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