Homilía
del Bautismo del Señor, Ciclo A
Mt 3, 13-17 «se
presentó a Juan para que lo bautizara»
Los lugares también predican:
En la Biblia, la geografía es teología.
Antes de entrar de
lleno en el Evangelio de hoy, nos va a venir bien hacer una breve “radiografía”
de los lugares a los que el texto hace referencia, porque en la Biblia los
nombres y los escenarios no están puestos para rellenar: llevan mensaje. Dios,
a veces, también habla con mapas… y nosotros, si no miramos el mapa, nos
perdemos la mitad del sentido.
La tradición sitúa
el bautismo de Jesús en Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)—, en la
actual Jordania.
No es un punto en el mapa:
Es un “umbral” para cruzar y cambiar.
Betábara no es un
nombre cualquiera. Se asocia a בֵּית עֲבָרָה (Bet avará), que significa
algo así como “casa del cruce” o “casa del vado”; el lugar donde
se atraviesa el río. Y en la Biblia, cuando se cruza un río, casi siempre se
está cruzando también de una etapa de vida a otra. No es solo pasar de una
orilla a otra: es pasar de una condición a otra.
En el libro de los
Jueces aparece incluso un nombre muy parecido, בֵּית בָּרָה (Bet bará),
cuando se cuenta que los hombres de Efraín “tomaron las aguas” hasta
Bet-barah y el Jordán tras la victoria de Gedeón (cfr. Jue 7,24). Era un vado,
un paso estratégico. Y precisamente en esa zona, según la tradición, se sitúa
el entorno de בֵּית עֲבָרָה (Bet avará), donde siglos después resonará
la llamada de Juan el Bautista; volver a cruzar, dejar atrás la vieja
esclavitud y entrar, de verdad, en la tierra de la libertad.
El Jordán no impresiona por “tamaño”,
sino por lo que separa y lo que abre.
El Jordán aparece
una y otra vez en la Sagrada Escritura; y no es porque fuera el río más
rentable del mundo, sino porque era el río que te obligaba a decidir. No
veréis a los grandes imperios presumiendo de él: junto a sus orillas no nació
ninguna gran ciudad como en el Nilo, o como en el Tigris y el Éufrates. El
Jordán, por decirlo con una sonrisa, no era un río “de escaparate”; era
un río que marcaba frontera y futuro (cfr. Jos 3,14-17; Jos 4,1-7; Jue
7,24; 2 Re 2,6-14; 2 Re 5,10-14; Sal 42,7; Mt 3,5-6; Mc 1,5; Lc 3,3; Mt 3,13;
Jn 1,28; Jn 10,40; Jn 3,23).
Entonces, ¿qué
significaba el Jordán en la Biblia? Tenía el valor de marcar un límite: la
frontera entre la tierra pagana e idolátrica y la tierra de la libertad.
Bautizarse es decir:
“muere lo viejo, nace lo nuevo”.
¿Qué hacía Juan el
Bautista? Predicaba la conversión, invitaba a reconocerse pecadores y luego
bautizaba a quienes acudían a él. Los judíos, sobre todo los más
observantes de las tradiciones —como los monjes de Qumrán o los fariseos—
realizaban muchas inmersiones en agua para purificarse.
Los arqueólogos
han encontrado por todas partes esas piscinas rituales. No eran “piscinas para
nadar”, sino baños de inmersión, con sus escalones, pensados para entrar y
salir con un gesto que hablaba de limpieza y de paso. Se suelen llamar מִקְוָאוֹת
(mikva’ót): espacios destinados a la purificación ritual mediante la
inmersión (singular: מִקְוֶה (mikvé)) (cfr. Lv 11,36; Ex 30,18-21).
Basta pensar que alrededor del templo de Jerusalén había muchísimas y que, en
el mismo ámbito del culto, el agua para lavarse tenía un lugar muy visible —el
gran recipiente conocido como el “Mar” de bronce y los lavatorios— (cfr. 1 Re
7,23-26; 2 Cr 4,2-6); y, en la Jerusalén bíblica, se recuerdan también
estanques con nombre propio, como Betesda y Siloé (cfr. Jn 5,2; Jn 9,7; Neh
3,15; Is 8,6).
Pero el rito
del bautismo que predicaba Juan tenía algo todavía más radical. Era una
inmersión con un significado simbólico muy fuerte, como si la persona
anterior desapareciera. Era como si hubiera muerto, y del agua naciera
alguien nuevo. Este rito, por ejemplo, se realizaba cuando un pagano se hacía
judío: renunciaba al culto de las divinidades paganas, profesaba la fe en el
único Dios y, si era varón, también era circuncidado; después era bautizado. Era
como decir: el hombre de antes, el pagano, como si nunca hubiera existido, y
del agua nacía un judío.
Lo más incómodo:
A veces creemos que ya hemos llegado…
y todavía estamos en camino.
Lo sorprendente es que Juan llamaba a bautizarse no a los paganos, sino a los de su propio pueblo; a los que, por ser hijos de Abrahán, pensaban que ya tenían asegurada la salvación, se veían “en regla”, libres, como si ya hubieran llegado a la tierra prometida. Y el Bautista les sacudía esas seguridades y era como si les dijese: “Todavía no habéis llegado a la tierra prometida; todavía estáis en el mundo pagano”.
Por eso les hacía
realizar este gesto: “Volved a la tierra pagana, porque tenéis que hacer un
nuevo éxodo; debéis cruzar de nuevo el Jordán antes de entrar en la tierra de
la verdadera libertad”.
Aquel gesto servía
para tomar conciencia porque necesitaban esperar otra tierra prometida, aquella
en la que el Mesías —al que el Bautista había señalado— introduciría al pueblo.
Por eso, cuando se
presentan ante el Bautista fariseos y saduceos —que no querían bautizarse,
porque no sentían esa necesidad y no eran conscientes de seguir siendo
esclavos—, Juan los increpa con dureza: «Raza de víboras…». Y añade: «No
digáis: ‘Tenemos a Abrahán por padre’, porque Dios puede suscitar hijos de
Abrahán hasta de estas piedras» (cfr. Mt 3,7-9).
La esclavitud de las propias pasiones,
de las infidelidades a la Torá
Tenían que
reconocer su condición de esclavitud. No una esclavitud material —aunque
estuvieran sometidos al Imperio romano—, sino una esclavitud que impide ser
realmente hombres; esclavos de las propias pasiones, del propio orgullo, de
las propias maldades, de las infidelidades a la Torá y a la palabra de los
profetas. Todo eso esclaviza, y es necesario tomar conciencia de esta realidad.
La vida pública empieza cuando uno “baja al Jordán”:
Ahí se revela quién es Jesús.
En este contexto
cultural y religioso, Jesús deja Nazaret y baja a Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)— para ser bautizado
por Juan. Es el inicio de la vida pública que el Evangelio de Mateo narra a
partir del capítulo tercero. En realidad, todos los evangelistas comienzan su
relato con el bautismo de Jesús: la vida pública empieza cuando Jesús va a
recibir el bautismo de Juan.
El evangelista Mateo,
al final del capítulo segundo, nos presenta a Jesús yendo a Nazaret con sus
padres cuando tenía unos dos años; y al comienzo del capítulo tercero, Jesús
aparece ya con treinta y cuatro años. Han pasado, pues, treinta y uno o treinta
y dos años entre el final del capítulo segundo y el inicio del capítulo
tercero. ¿Qué ocurrió en esos años? No lo sabremos nunca.
A nuestra
curiosidad han intentado responder los evangelios apócrifos, inventando muchos
episodios que también nosotros conocemos, pero que no interesan en absoluto
para la fe. Lo que importa es ese tiempo en el que Jesús se presentó
públicamente al mundo para proponernos la verdadera imagen de Dios y la del
hombre pleno, el hombre logrado.
El Mesías en la fila de los pecadores:
Lo que nadie habría imaginado.
Y aquí viene lo
llamativo: Jesús va a Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)— para
bautizarse. Después de ese bautismo ya no volverá a Nazaret; iniciará su vida
pública en Cafarnaúm. Pero ahora va a recibir el bautismo de Juan. Y esto
resulta extraño, porque nadie habría esperado un Mesías que, como si fuera
un pecador, se une a los demás pecadores y va al Bautista para convertirse.
El Mesías no podía hacer este gesto… al menos, eso pensaban muchos.
De hecho, a los
primeros cristianos les costó siempre aceptar que Jesús hubiera ido a
bautizarse junto con los pecadores, él que no era pecador.
Betábara: Cuando Dios te pone delante un “cruce”,
es que te está invitando a cambiar.
«En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se
presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo
diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le
contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces
Juan se lo permitió».
La tradición
cristiana señala un lugar muy concreto, en la orilla oriental del Jordán, como
el punto donde predicaba Juan el Bautista y donde Jesús fue a recibir el
bautismo. Y no es un detalle sin más: ese río debía cruzarse para iniciar un
nuevo Éxodo, con Jesús guiando al pueblo hacia la tierra de la verdadera
libertad.
Aquel lugar se
llamaba Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)—. Esta expresión hebrea
viene de Bet, “casa”, y de Avar, “atravesar”. Es decir: el lugar
del vado, el lugar del cruce.
Es el sitio donde
el pueblo de Israel, viniendo de la tierra de la esclavitud de Egipto, después
de atravesar el desierto, cruzó el Jordán precisamente allí, en Betábara, y
entró en la tierra prometida (cfr. Jos 3,14-17; 4,1-7). Por eso el Bautista
propone un “contra éxodo”: como si dijera al pueblo “volvamos atrás para
volver a cruzar”, porque todavía no habéis llegado. Y después vendrá el
verdadero Éxodo, el que debe introducirnos en el reino de Dios.
Cuando Jesús llega, Juan se desconcierta:
“Esto no encaja en mi idea de Mesías”.
¿Qué hace el
Bautista cuando llega Jesús para bautizarse? Intenta impedírselo. Es como si le
dijera: “Jesús, aquí estás fuera de lugar… no entiendo qué has venido a
hacer”. Y, sinceramente, no podía entenderlo ya que Juan tenía en mente su
imagen del Mesías, un Mesías justo, que no podía mezclarse con los pecadores.
Juan
el Bautista entre en crisis
Y enseguida el
Bautista entrará en crisis, porque su idea de Dios se parecía a un Señor que se
mantiene lejos de los pecadores, de los leprosos. En cambio, el Dios que se
revela en el rostro de Jesús es completamente distinto: Él se queda con los
pecadores, con los que han metido la pata, con los publicanos. Jesús, según los
criterios del Bautista, “empieza mal”. Y claro… cuando Dios no entra en
nuestros criterios, la primera tentación es intentar recolocarlo, como
quien mueve un mueble para que le encaje en el salón.
Ese gesto del
Bautista se parece mucho a lo que hará después Pedro: también Pedro querrá
impedir que Jesús recorra un camino que no entra en sus esquemas mesiánicos
(cfr. Mt 16,22-23). Y a Pedro Jesús le dirá: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!»
(cfr. Mt 16,23). El Bautista hace lo mismo: quiere frenar a Jesús, porque no
entiende lo que Jesús está haciendo.
“Deja ahora”:
La fe madura cuando soltamos el control
y dejamos actuar a Jesús.
Aquí hay un matiz
precioso que a veces se pierde en la traducción. El texto griego lo dice así: «ἀποκριθεὶς
δὲ ὁ Ἰησοῦς εἶπεν πρὸς αὐτόν, ἄφες ἄρτι, οὕτως γὰρ πρέπον ἐστὶν ἡμῖν πληρῶσαι
πᾶσαν δικαιοσύνην. Τότε ἀφίησιν αὐτόν»; que traducido
es: «Pero Jesús, respondiendo, le dijo: “Déjalo ahora; pues así es lo
conveniente para nosotros: llevar a cumplimiento toda justicia”. Entonces lo
deja».
Mateo repite un
detalle finísimo: usa el mismo verbo, ἀφίησιν (aphíēsin) (dejar),
en dos momentos decisivos.
En el Jordán,
Jesús le dice al Bautista: «Déjalo ahora…» y el Evangelio remata con un
presente que suena a escena en directo: “Entonces lo deja” (cfr. Mt
3,15). Es decir, el Bautista suelta el freno, deja de imponerle a Jesús su idea
de “lo que debería hacer” y le permite seguir el camino del Padre.
Y en el desierto,
después de la tercera tentación, Mateo vuelve a escribir lo mismo: “Entonces
el diablo lo deja” (cfr. Mt 4,11). Aquí “deja” significa que se retira,
porque no ha conseguido desviar a Jesús.
En otras palabras:
ni el Bautista ni el Tentador consiguen desviar a Jesús de su camino (cfr. Mt 3,15;
4,11). Y a nosotros nos queda la pregunta, sencilla y muy seria: ¿yo dejo a
Jesús ser Jesús, o intento llevarlo de la mano para que haga lo que a mí me
encaja?
Es como si el Bautista quisiera “tirar”
de Jesús para llevarlo a sus criterios de justicia. Pero luego lo suelta: deja
que Jesús cumpla su justicia, que no es la justicia de los justicieros. Juan
tenía en mente cortar los árboles que no dan fruto y quemar la paja en el fuego
inextinguible: separar buenos y malos, sin medias tintas (cfr. Mt 3,10-12). Y
ahora entra una justicia nueva: la gratuidad total del amor de Dios, la que
Jesús revelará durante toda su vida pública.
Dios no se queda en su “cielo”:
Camina con su pueblo,
incluso cuando el pueblo se pierde.
¿Qué es lo que no
comprendía el Bautista? No comprendía lo que ya el Antiguo Testamento había
empezado a revelar: que Dios está con su pueblo siempre, de modo
incondicional. Esto se manifestará en plenitud en Jesús, que es el Emanuel,
Dios-con-nosotros (cfr. Mt 1,23).
Pero ya el Antiguo
Testamento lo insinuaba con fuerza: la columna de nube y de fuego que
acompañaba a Israel en el desierto (cfr. Ex 13,21-22); la tienda donde
se colocaba el signo de la presencia de Dios, en medio de las tiendas del
pueblo en camino (cfr. Ex 40,34-38); y el Templo de Jerusalén, como
señal de que Dios está en medio de Israel (cfr. 1 Re 8,10-13).
Y cuando el pueblo
es deportado a Mesopotamia, el profeta Ezequiel contempla cómo la presencia de
Dios no se desentiende: se dirige hacia el monte de los Olivos y parte hacia
Oriente, porque Dios no puede estar lejos de su pueblo; si el pueblo se va, Dios
“sale” con él (cfr. Ez 11,22-23). Y el mismo Ezequiel verá después esa
presencia que vuelve a Jerusalén junto con su pueblo (cfr. Ez 43,1-5).
Atendamos ahora
qué sucede cuando Jesús sale del agua del río Jordán.
Tres imágenes para entender el bautismo:
Dios no solo habla…
también “abre”, “desciende” y “nombra”.
«Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los
cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre
él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi
Hijo amado, en
quien me complazco».
Para explicar lo
que sucede en el bautismo de Jesús, el evangelista Mateo utiliza tres imágenes
bíblicas. La primera es contundente: «se
abrieron los cielos».
La Primera Imagen
Cuando
el cielo se abre,
el
silencio de Dios se termina de verdad.
Los rabinos decían
que los cielos eran siete y que, por encima del séptimo, estaba por fin el
trono de Dios; y que entre un cielo y otro habría que caminar quinientos años.
Imagina la escena: no es que Dios esté “un poco lejos”; es que está… lejísimos.
Y, en los últimos siglos antes de Cristo, el pueblo tenía la sensación de que
Dios había cerrado los siete cielos con llave. Cerrados y bien cerrados. ¿Por
qué? Porque parecía que ya no quería saber nada de su pueblo: habían sido
infieles, no escucharon a los profetas y, de repente, se instaló un silencio
que duele.
El Salmo lo dice
sin anestesia: «Estamos sin bandera, no tenemos profetas, y nadie entre
nosotros sabe hasta cuando durará esta situación» (cfr. Sal 74,9). Y
también Daniel pone palabras a esa herida: «No tenemos príncipes, ni jefes,
ni profetas; estamos sin holocaustos, sin sacrificios, sin poder hacerte
ofrendas ni quemar incienso en tu honor; no tenemos un lugar donde ofrecerte
las primicias y poder así alcanzar tu favor» (cfr. Dn 3,38).
¿Cuándo terminará
este silencio de Dios? Esperaban que Dios volviera a mostrar su rostro. Y hay
una oración preciosa —de esas que uno lee y piensa: “esto lo podría haber
rezado yo en un mal día”— a la que Mateo alude cuando habla de la apertura
de los cielos. Está en Isaías: «Observa desde el cielo, mira desde tu santa
y gloriosa morada: ¿Dónde está tu ardor y tu fuerza? ¿Dónde tu entrañable
ternura? ¿Es que tus entrañas se han cerrado para mí?» (cfr. Is 63,15). En
la angustia hacemos casi siempre lo mismo: levantamos la mirada y decimos: “Mira
lo que pasa, mira en qué situación estamos… no te hagas el indiferente, porque
tú eres nuestro Padre”; el profeta Isaías lo expresa así: «Pero tú eres
nuestro Padre. Abrahán no nos reconoce como hijos, ni Israel quiere saber nada
de nosotros. Tú, Señor, eres nuestro Padre, desde siempre te invocamos como
nuestro liberador» (cfr. Is 63,16).
Y aquí hay un
detalle impresionante: es de las primeras veces que Dios es invocado
explícitamente como Padre, y no era una fórmula habitual en Israel. Los paganos
hablaban de “padre” con facilidad; ellos ya tenían a Abrahán como padre y a los
patriarcas como “nuestros padres”.
Dicho con una sonrisa humilde: es la oración de quien habla a Dios como a un Padre de verdad, de esos a los que uno les dice sin faltarle al respeto: “Padre… aquí también te necesitamos más cerca”.
Los
cielos se abren
Y entonces llega
el grito del profeta Isaías: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» cfr. Is 63,19). Y remata con una imagen
preciosa: «nosotros somos la arcilla, y tú el alfarero, somos todos obra de
tus manos» (cfr. Is 64, 7). Eso es lo que Mateo quiere decirnos: cuando
Jesús comienza su vida pública y sale del agua, los cielos se abren.
Mateo lo expresa
con el verbo ἀνεῴχθησαν (aneṓichthēsan), «se abrieron». Y Marcos,
todavía más gráfico, usa un verbo fortísimo: σχιζομένους (schizómenous),
que significa ‘rasgándose / siendo rasgados’ (cfr. Mc 1,10).
No es una
puertecita que se entreabre un instante; es como una tela que se desgarra.
Y, cuando algo se desgarra, ya no queda igual: no se vuelve a cerrar “como
si nada”.
Porque desde que
el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros, el cielo no puede cerrarse sin
dejar fuera al Hijo, que ha querido ponerse al lado de este pueblo pecador, que
se equivoca y tropieza. La puerta de la casa del Padre queda abierta para
acoger a cada hijo: nadie está destinado a quedar excluido.
La Segunda Imagen
El
Espíritu no baja como amenaza:
Desciende
como paloma y lo cambia todo.
Jesús ve al
Espíritu de Dios bajar «como una paloma y se
posaba sobre él» (cfr. Mt 3,16). Y esto es importante ya que el
evangelista Mateo no dice que “una paloma” bajó del cielo, como si fuera un
detalle pintoresco; dice que es el Espíritu. Esa fuerza, esa vida divina
que Jesús posee en plenitud y que lo guiará durante toda su vida.
Jesús no vive “a
base de órdenes externas”; actúa desde lo que es, desde su identidad más
profunda.
Y esa misma vida
divina que él trae al mundo se nos comunica también a nosotros: por eso estamos
llamados a vivir no solo desde el instinto, sino desde la vida de Dios que
habita en nosotros.
La
paloma
¿Y qué significa «como una paloma»? Es una imagen bíblica. El
primer gran recuerdo de la paloma en la Escritura es el diluvio: vuelve la
armonía entre cielo y tierra, renace la paz (cfr. Gn 8,8-12). Y ahora esa paz
tiene un nombre: el Emmanuel, Dios-con-nosotros (cfr. Mt 1,23).
Además, la paloma
es tierna. Y aquí se corrige una imagen dura que muchos podían tener que es la
de un Dios que desde el cielo lanza rayos y centellas y viene a arrasar
enemigos. Incluso el Bautista tenía en mente una “justicia” de hacha y de
fuego: cortar árboles, quemar paja, separar (cfr. Mt 3,10-12). Pero el Espíritu
en Jesús se manifestará con ternura, con dulzura, con amor: «no quebrará
la caña cascada, no apagará la mecha que aún humea» (cfr. Is 42,3). Jesús
distinguirá con claridad entre el error y quien se equivoca; y quien se
equivoca no dejará de ser amado por Dios. Ese es el amor incondicional que
revela el Espíritu que anima a Jesús “como paloma”.
Y todavía hay un
matiz más: la paloma vuelve siempre a su nido. El Espíritu desciende
sobre Jesús porque ahí encuentra, por decirlo así, su “morada” plena: en Jesús
habita la vida divina sin medida.
La Tercera Imagen
“Este
es mi Hijo”:
Si
miras a Jesús,
entiendes
quién es el Padre.
Tercera imagen es
la voz del cielo que dice: «Este es mi Hijo
amado, en quien me complazco».
¿Qué significa esa
“voz del cielo”? Es una imagen común en el tiempo de Jesús: no es una voz
“material” como si bajara por un altavoz; es una manera de atribuir a Dios una
afirmación para definir, en nombre de Dios, la identidad de Jesús.
Subraya
el origen y la semejanza
«Este es mi Hijo», aquí resuena el Salmo 2
(cfr. Sal 2,7): «Voy a proclamar el decreto del Señor: él me ha dicho: “Tú
eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”». En la cultura semita, decir que
alguien es “hijo” de un padre no subraya solo el origen, sino sobre todo la
semejanza: el que se parece al padre en lo que lo caracteriza como persona,
en los valores, en el modo de pensar, de hablar, de actuar. Por eso, si la voz
del cielo dice “este es mi Hijo”, es como decir: “Miradlo a él, porque
cuando lo veis a él, me veis a mí”.
«Mi Hijo amado»; “Es el amado” haciendo una
clara referencia apunta a Isaac, el hijo amado de Abrahán (cfr. Gn 22,2). Y «en quien me complazco» remite al Siervo
del Señor presentado por Isaías (cfr. Is 42,1). Es decir: en Jesús el Padre
se reconoce.
Y este es el hilo
que sostendrá todo el camino del Evangelio: Cuando escuchemos a Jesús y veamos
lo que hace, recordemos siempre este “complacimiento” del Padre. Es una
invitación a parecernos a Jesús, para que también nosotros podamos vivir con
esa paz honda de quien sabe que el Padre del cielo se goza en sus hijos.




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