sábado, 10 de enero de 2026

Homilía del Bautismo del Señor, Ciclo A; Mt 3, 13-17 «se presentó a Juan para que lo bautizara».

 

Homilía del Bautismo del Señor, Ciclo A

Mt 3, 13-17 «se presentó a Juan para que lo bautizara»

 

Los lugares también predican:

En la Biblia, la geografía es teología.

Antes de entrar de lleno en el Evangelio de hoy, nos va a venir bien hacer una breve “radiografía” de los lugares a los que el texto hace referencia, porque en la Biblia los nombres y los escenarios no están puestos para rellenar: llevan mensaje. Dios, a veces, también habla con mapas… y nosotros, si no miramos el mapa, nos perdemos la mitad del sentido.

La tradición sitúa el bautismo de Jesús en Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)—, en la actual Jordania.

 

No es un punto en el mapa:

Es un “umbral” para cruzar y cambiar.

Betábara no es un nombre cualquiera. Se asocia a בֵּית עֲבָרָה (Bet avará), que significa algo así como “casa del cruce” o “casa del vado”; el lugar donde se atraviesa el río. Y en la Biblia, cuando se cruza un río, casi siempre se está cruzando también de una etapa de vida a otra. No es solo pasar de una orilla a otra: es pasar de una condición a otra.

En el libro de los Jueces aparece incluso un nombre muy parecido, בֵּית בָּרָה (Bet bará), cuando se cuenta que los hombres de Efraín “tomaron las aguas” hasta Bet-barah y el Jordán tras la victoria de Gedeón (cfr. Jue 7,24). Era un vado, un paso estratégico. Y precisamente en esa zona, según la tradición, se sitúa el entorno de בֵּית עֲבָרָה (Bet avará), donde siglos después resonará la llamada de Juan el Bautista; volver a cruzar, dejar atrás la vieja esclavitud y entrar, de verdad, en la tierra de la libertad.

 

El Jordán no impresiona por “tamaño”,

sino por lo que separa y lo que abre.

El Jordán aparece una y otra vez en la Sagrada Escritura; y no es porque fuera el río más rentable del mundo, sino porque era el río que te obligaba a decidir. No veréis a los grandes imperios presumiendo de él: junto a sus orillas no nació ninguna gran ciudad como en el Nilo, o como en el Tigris y el Éufrates. El Jordán, por decirlo con una sonrisa, no era un río “de escaparate”; era un río que marcaba frontera y futuro (cfr. Jos 3,14-17; Jos 4,1-7; Jue 7,24; 2 Re 2,6-14; 2 Re 5,10-14; Sal 42,7; Mt 3,5-6; Mc 1,5; Lc 3,3; Mt 3,13; Jn 1,28; Jn 10,40; Jn 3,23).

Entonces, ¿qué significaba el Jordán en la Biblia? Tenía el valor de marcar un límite: la frontera entre la tierra pagana e idolátrica y la tierra de la libertad.

Bautizarse es decir:

“muere lo viejo, nace lo nuevo”.

¿Qué hacía Juan el Bautista? Predicaba la conversión, invitaba a reconocerse pecadores y luego bautizaba a quienes acudían a él. Los judíos, sobre todo los más observantes de las tradiciones —como los monjes de Qumrán o los fariseos— realizaban muchas inmersiones en agua para purificarse.

Los arqueólogos han encontrado por todas partes esas piscinas rituales. No eran “piscinas para nadar”, sino baños de inmersión, con sus escalones, pensados para entrar y salir con un gesto que hablaba de limpieza y de paso. Se suelen llamar מִקְוָאוֹת (mikva’ót): espacios destinados a la purificación ritual mediante la inmersión (singular: מִקְוֶה (mikvé)) (cfr. Lv 11,36; Ex 30,18-21). Basta pensar que alrededor del templo de Jerusalén había muchísimas y que, en el mismo ámbito del culto, el agua para lavarse tenía un lugar muy visible —el gran recipiente conocido como el “Mar” de bronce y los lavatorios— (cfr. 1 Re 7,23-26; 2 Cr 4,2-6); y, en la Jerusalén bíblica, se recuerdan también estanques con nombre propio, como Betesda y Siloé (cfr. Jn 5,2; Jn 9,7; Neh 3,15; Is 8,6).

Pero el rito del bautismo que predicaba Juan tenía algo todavía más radical. Era una inmersión con un significado simbólico muy fuerte, como si la persona anterior desapareciera. Era como si hubiera muerto, y del agua naciera alguien nuevo. Este rito, por ejemplo, se realizaba cuando un pagano se hacía judío: renunciaba al culto de las divinidades paganas, profesaba la fe en el único Dios y, si era varón, también era circuncidado; después era bautizado. Era como decir: el hombre de antes, el pagano, como si nunca hubiera existido, y del agua nacía un judío.

Lo más incómodo:

A veces creemos que ya hemos llegado…

y todavía estamos en camino.


Lo sorprendente es que Juan llamaba a bautizarse no a los paganos, sino a los de su propio pueblo; a los que, por ser hijos de Abrahán, pensaban que ya tenían asegurada la salvación, se veían “en regla”, libres, como si ya hubieran llegado a la tierra prometida. Y el Bautista les sacudía esas seguridades y era como si les dijese: “Todavía no habéis llegado a la tierra prometida; todavía estáis en el mundo pagano”.

Por eso les hacía realizar este gesto: “Volved a la tierra pagana, porque tenéis que hacer un nuevo éxodo; debéis cruzar de nuevo el Jordán antes de entrar en la tierra de la verdadera libertad”.

Aquel gesto servía para tomar conciencia porque necesitaban esperar otra tierra prometida, aquella en la que el Mesías —al que el Bautista había señalado— introduciría al pueblo.

Por eso, cuando se presentan ante el Bautista fariseos y saduceos —que no querían bautizarse, porque no sentían esa necesidad y no eran conscientes de seguir siendo esclavos—, Juan los increpa con dureza: «Raza de víboras…». Y añade: «No digáis: ‘Tenemos a Abrahán por padre’, porque Dios puede suscitar hijos de Abrahán hasta de estas piedras» (cfr. Mt 3,7-9).

La esclavitud de las propias pasiones,

de las infidelidades a la Torá

Tenían que reconocer su condición de esclavitud. No una esclavitud material —aunque estuvieran sometidos al Imperio romano—, sino una esclavitud que impide ser realmente hombres; esclavos de las propias pasiones, del propio orgullo, de las propias maldades, de las infidelidades a la Torá y a la palabra de los profetas. Todo eso esclaviza, y es necesario tomar conciencia de esta realidad.

 

La vida pública empieza cuando uno “baja al Jordán”:

Ahí se revela quién es Jesús.

En este contexto cultural y religioso, Jesús deja Nazaret y baja a Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)— para ser bautizado por Juan. Es el inicio de la vida pública que el Evangelio de Mateo narra a partir del capítulo tercero. En realidad, todos los evangelistas comienzan su relato con el bautismo de Jesús: la vida pública empieza cuando Jesús va a recibir el bautismo de Juan.

El evangelista Mateo, al final del capítulo segundo, nos presenta a Jesús yendo a Nazaret con sus padres cuando tenía unos dos años; y al comienzo del capítulo tercero, Jesús aparece ya con treinta y cuatro años. Han pasado, pues, treinta y uno o treinta y dos años entre el final del capítulo segundo y el inicio del capítulo tercero. ¿Qué ocurrió en esos años? No lo sabremos nunca.

A nuestra curiosidad han intentado responder los evangelios apócrifos, inventando muchos episodios que también nosotros conocemos, pero que no interesan en absoluto para la fe. Lo que importa es ese tiempo en el que Jesús se presentó públicamente al mundo para proponernos la verdadera imagen de Dios y la del hombre pleno, el hombre logrado.

 

El Mesías en la fila de los pecadores:

Lo que nadie habría imaginado.

Y aquí viene lo llamativo: Jesús va a Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)— para bautizarse. Después de ese bautismo ya no volverá a Nazaret; iniciará su vida pública en Cafarnaúm. Pero ahora va a recibir el bautismo de Juan. Y esto resulta extraño, porque nadie habría esperado un Mesías que, como si fuera un pecador, se une a los demás pecadores y va al Bautista para convertirse. El Mesías no podía hacer este gesto… al menos, eso pensaban muchos.

De hecho, a los primeros cristianos les costó siempre aceptar que Jesús hubiera ido a bautizarse junto con los pecadores, él que no era pecador.

Betábara: Cuando Dios te pone delante un “cruce”,

es que te está invitando a cambiar.

«En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió
».

La tradición cristiana señala un lugar muy concreto, en la orilla oriental del Jordán, como el punto donde predicaba Juan el Bautista y donde Jesús fue a recibir el bautismo. Y no es un detalle sin más: ese río debía cruzarse para iniciar un nuevo Éxodo, con Jesús guiando al pueblo hacia la tierra de la verdadera libertad.

Aquel lugar se llamaba Betábara —בֵּית עֲבָרָה (Bet avará)—. Esta expresión hebrea viene de Bet, “casa”, y de Avar, “atravesar”. Es decir: el lugar del vado, el lugar del cruce.

Es el sitio donde el pueblo de Israel, viniendo de la tierra de la esclavitud de Egipto, después de atravesar el desierto, cruzó el Jordán precisamente allí, en Betábara, y entró en la tierra prometida (cfr. Jos 3,14-17; 4,1-7). Por eso el Bautista propone un “contra éxodo”: como si dijera al pueblo “volvamos atrás para volver a cruzar”, porque todavía no habéis llegado. Y después vendrá el verdadero Éxodo, el que debe introducirnos en el reino de Dios.

 

Cuando Jesús llega, Juan se desconcierta:

“Esto no encaja en mi idea de Mesías”.

¿Qué hace el Bautista cuando llega Jesús para bautizarse? Intenta impedírselo. Es como si le dijera: “Jesús, aquí estás fuera de lugar… no entiendo qué has venido a hacer”. Y, sinceramente, no podía entenderlo ya que Juan tenía en mente su imagen del Mesías, un Mesías justo, que no podía mezclarse con los pecadores.

Juan el Bautista entre en crisis

Y enseguida el Bautista entrará en crisis, porque su idea de Dios se parecía a un Señor que se mantiene lejos de los pecadores, de los leprosos. En cambio, el Dios que se revela en el rostro de Jesús es completamente distinto: Él se queda con los pecadores, con los que han metido la pata, con los publicanos. Jesús, según los criterios del Bautista, “empieza mal”. Y claro… cuando Dios no entra en nuestros criterios, la primera tentación es intentar recolocarlo, como quien mueve un mueble para que le encaje en el salón.

Ese gesto del Bautista se parece mucho a lo que hará después Pedro: también Pedro querrá impedir que Jesús recorra un camino que no entra en sus esquemas mesiánicos (cfr. Mt 16,22-23). Y a Pedro Jesús le dirá: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (cfr. Mt 16,23). El Bautista hace lo mismo: quiere frenar a Jesús, porque no entiende lo que Jesús está haciendo.

 

“Deja ahora”:

La fe madura cuando soltamos el control

y dejamos actuar a Jesús.

Aquí hay un matiz precioso que a veces se pierde en la traducción. El texto griego lo dice así: «ἀποκριθεὶς δὲ ὁ Ἰησοῦς εἶπεν πρὸς αὐτόν, ἄφες ἄρτι, οὕτως γὰρ πρέπον ἐστὶν ἡμῖν πληρῶσαι πᾶσαν δικαιοσύνην. Τότε ἀφίησιν αὐτόν»; que traducido es: «Pero Jesús, respondiendo, le dijo: “Déjalo ahora; pues así es lo conveniente para nosotros: llevar a cumplimiento toda justicia”. Entonces lo deja».

Mateo repite un detalle finísimo: usa el mismo verbo, ἀφίησιν (aphíēsin) (dejar), en dos momentos decisivos.

En el Jordán, Jesús le dice al Bautista: «Déjalo ahora…» y el Evangelio remata con un presente que suena a escena en directo: “Entonces lo deja” (cfr. Mt 3,15). Es decir, el Bautista suelta el freno, deja de imponerle a Jesús su idea de “lo que debería hacer” y le permite seguir el camino del Padre.

Y en el desierto, después de la tercera tentación, Mateo vuelve a escribir lo mismo: “Entonces el diablo lo deja” (cfr. Mt 4,11). Aquí “deja” significa que se retira, porque no ha conseguido desviar a Jesús.

En otras palabras: ni el Bautista ni el Tentador consiguen desviar a Jesús de su camino (cfr. Mt 3,15; 4,11). Y a nosotros nos queda la pregunta, sencilla y muy seria: ¿yo dejo a Jesús ser Jesús, o intento llevarlo de la mano para que haga lo que a mí me encaja?

         Es como si el Bautista quisiera “tirar” de Jesús para llevarlo a sus criterios de justicia. Pero luego lo suelta: deja que Jesús cumpla su justicia, que no es la justicia de los justicieros. Juan tenía en mente cortar los árboles que no dan fruto y quemar la paja en el fuego inextinguible: separar buenos y malos, sin medias tintas (cfr. Mt 3,10-12). Y ahora entra una justicia nueva: la gratuidad total del amor de Dios, la que Jesús revelará durante toda su vida pública.

 

Dios no se queda en su “cielo”:

Camina con su pueblo,

incluso cuando el pueblo se pierde.

¿Qué es lo que no comprendía el Bautista? No comprendía lo que ya el Antiguo Testamento había empezado a revelar: que Dios está con su pueblo siempre, de modo incondicional. Esto se manifestará en plenitud en Jesús, que es el Emanuel, Dios-con-nosotros (cfr. Mt 1,23).

Pero ya el Antiguo Testamento lo insinuaba con fuerza: la columna de nube y de fuego que acompañaba a Israel en el desierto (cfr. Ex 13,21-22); la tienda donde se colocaba el signo de la presencia de Dios, en medio de las tiendas del pueblo en camino (cfr. Ex 40,34-38); y el Templo de Jerusalén, como señal de que Dios está en medio de Israel (cfr. 1 Re 8,10-13).

Y cuando el pueblo es deportado a Mesopotamia, el profeta Ezequiel contempla cómo la presencia de Dios no se desentiende: se dirige hacia el monte de los Olivos y parte hacia Oriente, porque Dios no puede estar lejos de su pueblo; si el pueblo se va, Dios “sale” con él (cfr. Ez 11,22-23). Y el mismo Ezequiel verá después esa presencia que vuelve a Jerusalén junto con su pueblo (cfr. Ez 43,1-5).

Atendamos ahora qué sucede cuando Jesús sale del agua del río Jordán.

 

Tres imágenes para entender el bautismo:

Dios no solo habla…

también “abre”, “desciende” y “nombra”.

«Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Para explicar lo que sucede en el bautismo de Jesús, el evangelista Mateo utiliza tres imágenes bíblicas. La primera es contundente: «se abrieron los cielos».

La Primera Imagen

Cuando el cielo se abre,

el silencio de Dios se termina de verdad.

Los rabinos decían que los cielos eran siete y que, por encima del séptimo, estaba por fin el trono de Dios; y que entre un cielo y otro habría que caminar quinientos años. Imagina la escena: no es que Dios esté “un poco lejos”; es que está… lejísimos. Y, en los últimos siglos antes de Cristo, el pueblo tenía la sensación de que Dios había cerrado los siete cielos con llave. Cerrados y bien cerrados. ¿Por qué? Porque parecía que ya no quería saber nada de su pueblo: habían sido infieles, no escucharon a los profetas y, de repente, se instaló un silencio que duele.

El Salmo lo dice sin anestesia: «Estamos sin bandera, no tenemos profetas, y nadie entre nosotros sabe hasta cuando durará esta situación» (cfr. Sal 74,9). Y también Daniel pone palabras a esa herida: «No tenemos príncipes, ni jefes, ni profetas; estamos sin holocaustos, sin sacrificios, sin poder hacerte ofrendas ni quemar incienso en tu honor; no tenemos un lugar donde ofrecerte las primicias y poder así alcanzar tu favor» (cfr. Dn 3,38).  

¿Cuándo terminará este silencio de Dios? Esperaban que Dios volviera a mostrar su rostro. Y hay una oración preciosa —de esas que uno lee y piensa: “esto lo podría haber rezado yo en un mal día”— a la que Mateo alude cuando habla de la apertura de los cielos. Está en Isaías: «Observa desde el cielo, mira desde tu santa y gloriosa morada: ¿Dónde está tu ardor y tu fuerza? ¿Dónde tu entrañable ternura? ¿Es que tus entrañas se han cerrado para mí?» (cfr. Is 63,15). En la angustia hacemos casi siempre lo mismo: levantamos la mirada y decimos: “Mira lo que pasa, mira en qué situación estamos… no te hagas el indiferente, porque tú eres nuestro Padre”; el profeta Isaías lo expresa así: «Pero tú eres nuestro Padre. Abrahán no nos reconoce como hijos, ni Israel quiere saber nada de nosotros. Tú, Señor, eres nuestro Padre, desde siempre te invocamos como nuestro liberador» (cfr. Is 63,16).

Y aquí hay un detalle impresionante: es de las primeras veces que Dios es invocado explícitamente como Padre, y no era una fórmula habitual en Israel. Los paganos hablaban de “padre” con facilidad; ellos ya tenían a Abrahán como padre y a los patriarcas como “nuestros padres”.

Dicho con una sonrisa humilde: es la oración de quien habla a Dios como a un Padre de verdad, de esos a los que uno les dice sin faltarle al respeto: “Padre… aquí también te necesitamos más cerca”.


Los cielos se abren

Y entonces llega el grito del profeta Isaías: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!»  cfr. Is 63,19). Y remata con una imagen preciosa: «nosotros somos la arcilla, y tú el alfarero, somos todos obra de tus manos» (cfr. Is 64, 7). Eso es lo que Mateo quiere decirnos: cuando Jesús comienza su vida pública y sale del agua, los cielos se abren.

Mateo lo expresa con el verbo ἀνεῴχθησαν (aneṓichthēsan), «se abrieron». Y Marcos, todavía más gráfico, usa un verbo fortísimo: σχιζομένους (schizómenous), que significa ‘rasgándose / siendo rasgados’ (cfr. Mc 1,10).

No es una puertecita que se entreabre un instante; es como una tela que se desgarra. Y, cuando algo se desgarra, ya no queda igual: no se vuelve a cerrar “como si nada”.

Porque desde que el Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros, el cielo no puede cerrarse sin dejar fuera al Hijo, que ha querido ponerse al lado de este pueblo pecador, que se equivoca y tropieza. La puerta de la casa del Padre queda abierta para acoger a cada hijo: nadie está destinado a quedar excluido.

La Segunda Imagen

El Espíritu no baja como amenaza:

Desciende como paloma y lo cambia todo.

Jesús ve al Espíritu de Dios bajar «como una paloma y se posaba sobre él» (cfr. Mt 3,16). Y esto es importante ya que el evangelista Mateo no dice que “una paloma” bajó del cielo, como si fuera un detalle pintoresco; dice que es el Espíritu. Esa fuerza, esa vida divina que Jesús posee en plenitud y que lo guiará durante toda su vida.

Jesús no vive “a base de órdenes externas”; actúa desde lo que es, desde su identidad más profunda.

Y esa misma vida divina que él trae al mundo se nos comunica también a nosotros: por eso estamos llamados a vivir no solo desde el instinto, sino desde la vida de Dios que habita en nosotros.

La paloma

¿Y qué significa «como una paloma»? Es una imagen bíblica. El primer gran recuerdo de la paloma en la Escritura es el diluvio: vuelve la armonía entre cielo y tierra, renace la paz (cfr. Gn 8,8-12). Y ahora esa paz tiene un nombre: el Emmanuel, Dios-con-nosotros (cfr. Mt 1,23).

Además, la paloma es tierna. Y aquí se corrige una imagen dura que muchos podían tener que es la de un Dios que desde el cielo lanza rayos y centellas y viene a arrasar enemigos. Incluso el Bautista tenía en mente una “justicia” de hacha y de fuego: cortar árboles, quemar paja, separar (cfr. Mt 3,10-12). Pero el Espíritu en Jesús se manifestará con ternura, con dulzura, con amor: «no quebrará la caña cascada, no apagará la mecha que aún humea» (cfr. Is 42,3). Jesús distinguirá con claridad entre el error y quien se equivoca; y quien se equivoca no dejará de ser amado por Dios. Ese es el amor incondicional que revela el Espíritu que anima a Jesús “como paloma”.

Y todavía hay un matiz más: la paloma vuelve siempre a su nido. El Espíritu desciende sobre Jesús porque ahí encuentra, por decirlo así, su “morada” plena: en Jesús habita la vida divina sin medida.

 

La Tercera Imagen

“Este es mi Hijo”:

Si miras a Jesús,

entiendes quién es el Padre.

Tercera imagen es la voz del cielo que dice: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

¿Qué significa esa “voz del cielo”? Es una imagen común en el tiempo de Jesús: no es una voz “material” como si bajara por un altavoz; es una manera de atribuir a Dios una afirmación para definir, en nombre de Dios, la identidad de Jesús.

Subraya el origen y la semejanza

«Este es mi Hijo», aquí resuena el Salmo 2 (cfr. Sal 2,7): «Voy a proclamar el decreto del Señor: él me ha dicho: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy”». En la cultura semita, decir que alguien es “hijo” de un padre no subraya solo el origen, sino sobre todo la semejanza: el que se parece al padre en lo que lo caracteriza como persona, en los valores, en el modo de pensar, de hablar, de actuar. Por eso, si la voz del cielo dice “este es mi Hijo”, es como decir: “Miradlo a él, porque cuando lo veis a él, me veis a mí”.

«Mi Hijo amado»; “Es el amado” haciendo una clara referencia apunta a Isaac, el hijo amado de Abrahán (cfr. Gn 22,2). Y «en quien me complazco» remite al Siervo del Señor presentado por Isaías (cfr. Is 42,1). Es decir: en Jesús el Padre se reconoce.

Y este es el hilo que sostendrá todo el camino del Evangelio: Cuando escuchemos a Jesús y veamos lo que hace, recordemos siempre este “complacimiento” del Padre. Es una invitación a parecernos a Jesús, para que también nosotros podamos vivir con esa paz honda de quien sabe que el Padre del cielo se goza en sus hijos.

No hay comentarios: