viernes, 23 de enero de 2026

Discurso del Papa León XIV ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede

 


El Papa León XIV ante la diplomacia en tiempos de

                                                    “cambio de época”


Enlace: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/events/event.dir.html/content/vaticanevents/es/2026/1/9/auguri-corpo-diplomatico.html

Un saludo que abre una cuestión seria

El discurso del Santo Padre León XIV a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede para la presentación de las felicitaciones de año nuevo, el cual tuvo lugar en el Aula de las Bendiciones, el pasado 9 de enero de 2026, comienza como lo que es: un encuentro de felicitaciones de Año Nuevo con el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. El Santo Padre agradece, saluda, y reconoce con sencillez que para él es una “experiencia nueva” porque hace pocos meses fue llamado a pastorear el rebaño de Cristo. Pero el tono cambia pronto: no quiere quedarse en la cortesía, sino “compartir una reflexión” sobre tiempos “turbados” por tensiones y conflictos.

Jubileo y dolor del mundo: la historia tiene rostro

Para situar el momento, el Papa recuerda un año intenso para la Iglesia: el Jubileo, el cierre de la última Puerta Santa en San Pedro (abierta por el Papa Francisco en Navidad de 2024), y el fallecimiento del Papa Francisco, con el mundo reunido en torno a su féretro. Habla de peregrinos con “preguntas”, “alegrías” y también “sufrimientos y heridas”. Es como si dijera: antes de hablar de geopolítica, miremos lo humano de frente.

La brújula de san Agustín: dos ciudades que conviven

La clave interpretativa es san Agustín y La ciudad de Dios. No lo usa como adorno cultural, sino como un marco para entender cómo se mezclan, en la historia y en nosotros, dos amores: el amor a Dios (amor Dei) y el amor propio (amor sui) que puede volverse orgullo y deseo de dominio. Importa un matiz: el Papa no reduce esto a “Iglesia contra Estado”. Afirma que ambas ciudades coexisten y que también se entienden mirando el interior del corazón humano. De ahí sale una frase exigente: cada uno es protagonista y responsable de la historia.

Fe y vida pública: sin programa político, con criterios

Desde ahí, el Papa afirma que los cristianos no son ajenos a lo político: buscan aplicar la ética cristiana al gobierno civil, sin que La ciudad de Dios sea un “programa” político. Y encaja todo en una idea fuerte que atribuye al Papa Francisco: no estamos solo en una época con cambios; vivimos un “cambio de época”.

El diagnóstico: multilateralismo débil, fuerza fuerte

Luego entra en materia internacional: habla de la debilidad del multilateralismo y de una diplomacia del consenso que está siendo sustituida por otra “basada en la fuerza”; incluso llega a decir que “la guerra vuelve a estar de moda”. Y describe un desplazamiento peligroso: la paz deja de buscarse como un bien en sí y pasa a buscarse “mediante las armas” como condición para afirmar dominio, dañando el estado de derecho.        

Un aviso incómodo: la paz “a mi gusto”

Aquí mete un bisturí fino con san Agustín: incluso quienes buscan la guerra “no odian” la paz; la quieren “como a ellos les gusta”, una paz “cubierta de gloria”, donde el otro queda sometido. Es una frase que pincha globos: a veces llamamos “paz” a lo que en realidad es victoria con buena prensa.

La ONU y el mínimo de humanidad que no se negocia

Conecta esa lógica con el nacimiento de la ONU tras la Segunda Guerra Mundial, y pide esfuerzos para que refleje mejor el mundo actual y se centre en políticas para la unidad de la familia humana. Y aquí subraya con fuerza el derecho internacional humanitario: no depende de intereses militares; garantiza “un mínimo de humanidad”. Llama “grave violación” a destruir hospitales, infraestructuras energéticas, viviendas y lugares esenciales, y condena implicar a civiles “de cualquier manera”. Remata con un principio contundente: la dignidad humana y la santidad de la vida valen más que cualquier interés nacional.

Cuando las palabras se rompen, el diálogo se rompe

El giro más sorprendente (y más actual) es el del lenguaje. Dice que el multilateralismo necesita acuerdo sobre palabras y conceptos, y que “redescubrir el significado de las palabras” es uno de los grandes retos. Cita a san Agustín con una imagen casi dolorosa: dos personas juntas sin entenderse, peor que dos animales mudos de especies distintas. Y explica la consecuencia: si las palabras se despegan de la realidad, la realidad se vuelve discutible e incomunicable; el lenguaje puede convertirse en arma para engañar o herir.

Libertades bajo presión: expresión, conciencia y objeción

Desde ese problema del lenguaje, pasa a libertades concretas. Denuncia que, “especialmente en Occidente”, se reduce el espacio para la verdadera libertad de expresión y aparece un lenguaje “al estilo orwelliano” que pretende incluir y termina excluyendo. Luego habla de la libertad de conciencia y de la objeción de conciencia, que presenta con ejemplos claros (no violencia ante el servicio militar; rechazo a participar en aborto o eutanasia) y con una frase muy humana: no es rebelión, es fidelidad a uno mismo.


Libertad religiosa: derecho primero y dolor extendido

Después aborda la libertad religiosa como “el primero de todos los derechos humanos”, y ofrece datos fuertes: habla de violaciones crecientes, menciona que el 64 por ciento de la población mundial sufre graves violaciones, y que la persecución de cristianos afecta a más de 380 millones. Une esto con el rechazo del antisemitismo, la importancia del diálogo judeocristiano y el valor del diálogo interreligioso.

Dignidad en concreto: migrantes, presos, clemencia

El discurso no se queda en principios: baja a rostros. Habla de migrantes y refugiados, pide que las medidas contra la trata no se conviertan en excusa para herir su dignidad. Dice que los presos no pueden reducirse a sus delitos; agradece gestos de clemencia del Año jubilar; desea reformas estructurales de justicia; y pide abolir la pena de muerte, que describe como medida que destruye la esperanza de perdón y renovación.

Familia y vida: cuidar el inicio y el final sin trampas

En continuidad, presenta la familia como espacio donde aprendemos el amor y el servicio a la vida, y menciona su marginación institucional y el dolor de las familias frágiles, incluso con violencia doméstica. Afirma la unión exclusiva e indisoluble entre mujer y hombre, el cuidado de la vida por nacer y, con lenguaje directo, rechaza prácticas que niegan o explotan la vida: aborto (incluida la preocupación por financiar movilidad transfronteriza para el llamado “derecho al aborto seguro”), subrogación (niño como “producto” y explotación del cuerpo de la madre), y eutanasia como falsa compasión; propone cuidados paliativos y solidaridad real.

Drogas y jóvenes: reconstruir oportunidades

Menciona también la adicción a las drogas y el narcotráfico: pide un esfuerzo conjunto para erradicar esta lacra, con políticas de recuperación e inversiones en promoción humana, educación y trabajo. Y reafirma con fuerza que el derecho a la vida es fundamento de cualquier otro derecho.

El “cortocircuito” de los derechos

Aquí aparece su expresión más crítica: un “cortocircuito” de los derechos humanos. Dice que libertades fundamentales (expresión, conciencia, religión) e incluso el derecho a la vida se restringen en nombre de “pretendidos nuevos derechos”, y que el marco de derechos se vacía cuando se desconecta de la realidad, la naturaleza y la verdad, dejando espacio a la fuerza y la opresión.

Trascendencia, orgullo y paz: la “tranquilidad del orden”

Vuelve a san Agustín para afirmar que nuestra época parece negar a la ciudad de Dios su “derecho de ciudadanía”, como si solo existiera la ciudad terrenal. Eso —dice— socava la paz entendida como “tranquilidad del orden”, que afecta tanto a la sociedad como al alma. Y remata con una sentencia que atraviesa todo el discurso: el orgullo oscurece la realidad y la empatía, y está en la raíz de los conflictos.

Conflictos nombrados y llamadas concretas

Con ese marco, menciona contextos concretos: la guerra en Ucrania (alto el fuego y diálogo), Tierra Santa (crisis humanitaria, atención a iniciativas diplomáticas, solución de dos Estados), tensiones en el mar Caribe y la costa pacífica americana, situación de Venezuela, el drama de Haití, y otros escenarios como los Grandes Lagos, Sudán, Sudán del Sur, tensiones en Asia Oriental, y la crisis en Myanmar agravada por un terremoto. Su tono aquí no es de análisis frío: es de urgencia moral y diplomática.

Nucleares e inteligencia artificial: vigilancia ética, no fe ciega en la disuasión

En el plano global, denuncia la idea persistente de que la paz solo es posible mediante fuerza y disuasión. Señala la responsabilidad de los países con arsenales nucleares, pide seguimiento del nuevo Tratado START (expira en febrero) y advierte del riesgo de una carrera armamentística con armas más sofisticadas, incluido el uso de la inteligencia artificial, que exige gestión adecuada y ética y marcos normativos centrados en proteger la libertad y la responsabilidad humana.

“Semillas de paz”: esperanza sin ingenuidad

Y, sin embargo, el Papa no se instala en el desánimo. Dice que la paz es un bien “difícil, pero posible”, cita a Agustín (“nuestros supremos bienes consisten en la paz”) y pide dos actitudes: humildad de la verdad y valentía del perdón. Luego ofrece ejemplos concretos de “signos de esperanza valiente”: los Acuerdos de Dayton, la declaración de paz entre Armenia y Azerbaiyán, y los esfuerzos para mejorar las relaciones entre Vietnam y la Santa Sede. Las llama “semillas de paz” que hay que cultivar. Y cierra evocando a san Francisco de Asís (octavo centenario), como hombre de paz y diálogo, insistiendo en que un mundo pacífico se construye desde corazones humildes orientados a la ciudad celestial.


En claro: lo que Papa León XIV pide a la diplomacia

Si lo decimos sin tecnicismos, el Papa pide algo muy concreto: que la diplomacia no se rinda a la lógica de la fuerza, que proteja un mínimo de humanidad en la guerra, que cuide las palabras para que vuelvan a significar y así el diálogo sea posible, que defienda libertades fundamentales sin trampas lingüísticas, y que ponga siempre la dignidad humana en el centro (migrantes, presos, jóvenes, familias, enfermos). Todo ello con una idea de fondo: cuando la paz se convierte en máscara del orgullo, se rompe; cuando se entiende como “tranquilidad del orden” y se trabaja con paciencia, verdad y perdón, vuelve a ser posible.

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