domingo, 11 de enero de 2026

Tiempo Ordinario: el “modo normal” donde se te juega la vida (y sí, es más emocionante de lo que suena)

 

Tiempo Ordinario: el “modo normal” donde se te juega la vida

(y sí, es más emocionante de lo que suena)

         La palabra “ordinario” tiene mala prensa. Suena a “lo de siempre”, a “cuando no pasa nada”, a “hoy tocaba verde porque no quedaba otra”.

Como cuando alguien dice: “Hoy no hay plan”. Y tú entiendes: “Hoy hay sofá”.

Y aquí viene el giro: si crees que el Tiempo Ordinario es el tramo aburrido del año litúrgico, te han engañado por el nombre. No es el tiempo de “poca cosa”. Es el tiempo de lo importante en formato cotidiano.

Porque la vida no se decide solo en los días grandes. Se decide, sobre todo, en los días normales. En los martes. En los jueves. En ese domingo que llegas como llegas: peinado, despeinado o “modo supervivencia”.

No es un tiempo “sin misterio”. Es un tiempo para vivir el misterio sin maquillaje.

 

1.- ¿Qué es el Tiempo Ordinario, en lenguaje de calle?

 

En el año litúrgico hay temporadas con una personalidad clarísima: Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua. Ahí todo gira en torno a un foco muy concreto. Son como esas semanas en las que la familia se pone intensa: “¡Ahora sí, todos juntos, foto, comida, tradiciones, emoción!”

Luego quedan 33 o 34 semanas donde la Iglesia no subraya un aspecto particular de Jesús, sino que recuerda a Cristo entero, en conjunto, especialmente en los domingos.

Dicho como lo dirías en casa: aquí no estamos en “especial Navidad” o “especial Pascua”. Aquí estamos en la serie completa, capítulo a capítulo. Con sus escenas, sus giros, y sus frases que te pillan desprevenido cuando tú venías pensando en la lista de la compra.

 

2.- ¿Cuándo cae? Dos tramos, como la vida misma

El Tiempo Ordinario aparece en dos periodos:

  • Primer tramo: empieza el lunes después del domingo posterior al 6 de enero y llega hasta el martes antes de Cuaresma (incluido).
  • Segundo tramo: vuelve el lunes después de Pentecostés y termina antes de que empiece el Adviento.

Esto explica por qué no es un bloque seguido: el año litúrgico hace dos grandes “paradas” muy intensas (Cuaresma y Pascua, y luego Adviento y Navidad). Y entre medias… vuelve la escuela de lo cotidiano.

Como la vida: un día es boda, al siguiente es lavadora. Y nadie se libra. Ni los santos.


3.- “Ordinario” no es “menos”. Es “entrenamiento”

Aquí la clave no es que “no pase nada”. La clave es esta: pasa lo más difícil.

  • Vivir la fe cuando todo va bien.
  • Vivirla cuando estás cansado.
  • Vivirla cuando no hay emoción.
  • Vivirla cuando la vida es… la vida (y el correo electrónico también).

El Tiempo Ordinario te enseña a vivir la redención y el encuentro con Jesús resucitado en modo real, sin necesidad de grandes efectos.

No es intensidad. Es constancia. Y la constancia, aunque no haga ruido, cambia a una persona más que mil momentos “inspiradores”.

(Además, seamos sinceros: la mayoría no necesitamos una emoción nueva. Necesitamos dormir. Y perseverar).

4.- El domingo: el corazón que late cada semana

Hay una idea sencilla que lo ordena todo: el domingo es el eje. Es el día del Señor, el día de la resurrección. Una especie de “Pascua semanal”.

Por eso, aunque existan fiestas preciosas de santos o celebraciones muy queridas, el domingo tiene prioridad. No por capricho. Por sentido: el domingo te recuerda cada semana lo esencial… incluso cuando tú habías decidido recordarte solo el desayuno.

Sin domingo, el año litúrgico se desinfla. Y sin Tiempo Ordinario, el domingo se quedaría sin continuidad, sin recorrido, sin historia: sería como tener “finales de temporada” sin capítulos intermedios. Mucha épica… y nadie entiende el argumento.

5.- El “plan” de lecturas: no es al azar (y eso se nota)

Aquí viene una joya: la misa no te suelta lecturas como quien baraja cartas. Hay un método pensado para que escuches a Jesús con continuidad y, con el tiempo, entiendas el conjunto.

El Evangelio: Jesús, paso a paso:

  • En el II domingo todavía se escucha el eco de la Epifanía: aparece, por ejemplo, el episodio de las bodas de Caná y otros textos de san Juan.
  • Desde el III domingo, se avanza de forma semicontinua por Mateo, Marcos y Lucas: se sigue una línea, aunque a veces se salten fragmentos pequeños.

Y hay una armonía muy bonita: al principio se leen los comienzos de la predicación de Jesús (muy cerca del Bautismo del Señor), y hacia el final del año aparecen temas de “horizonte”: hacia dónde va la historia, qué sentido tiene todo, qué esperamos.

La primera lectura: la Biblia “hablando entre sí”:

La primera lectura (muchas veces del Antiguo Testamento) se elige para que dialogue con el Evangelio del día. Así se ve algo muy simple: la historia de Dios no va a trozos; tiene continuidad.

No se trata de hacer un curso cronológico. Se trata de mostrar el puente: lo prometido, lo preparado, lo cumplido.
         Como cuando ves una escena y dices: “¡Ah, por eso aquello!” (la Biblia también tiene eso, solo que con más siglos).

La segunda lectura: cartas para la vida real:

La segunda lectura recorre de forma semicontinua cartas apostólicas (sobre todo de san Pablo y también de Santiago; otras aparecen con más fuerza en tiempos como Pascua o Navidad). Suelen ser fragmentos breves y escogidos para que se entiendan al escucharlos.

Una consecuencia práctica (y bastante divertida): a veces se dice “los católicos no leen la Biblia”. Vale, habrá quien la lea poco en casa, sí. Pero en la Misa hay un diseño para que, con constancia, la Palabra de Dios te acompañe muy en serio, especialmente a lo largo de tres años de domingos.

No se trata de acumular información. Se trata de dejarte acompañar. (Que es mucho más útil que ganar un concurso de preguntas bíblicas. Aunque también estaría bien, no vamos a mentir).

6.- Entre semana también hay camino

El Tiempo Ordinario no vive solo del domingo. Entre semana hay lecturas que complementan lo dominical. Y se organizan en ciclos para que, poco a poco, se vaya abriendo ese “tesoro” bíblico.

Traducción al lenguaje de todos los días: no es “esperar a la próxima gran temporada”. Es aprender a vivir la fe cuando el calendario no tiene fuegos artificiales.

Y sí; también cuando tu día no tiene fuegos artificiales… sino facturas.

7.- ¿Por qué verde? Porque esto va de crecer

El color del Tiempo Ordinario es el verde. Y el verde es un mensaje sin palabras: vida, esperanza, crecimiento. El verde no grita. Crece.

Como esas cosas que no notas en una semana… y un día te das cuenta de que te han cambiado por dentro.

El verde te recuerda esto: estás en tiempo de madurar. (No de “aguantar”. De madurar. Que suena mejor y es más verdad).

8.- “Pero yo vi blanco o rojo en Tiempo Ordinario…”

Sí. Y no era un despiste. Durante el año hay celebraciones con distinto “peso” (algunas son recuerdos opcionales, otras celebraciones obligatorias, otras fiestas, otras solemnidades). Cuando toca un santo o una celebración importante, el color puede cambiar:

  • Blanco, con frecuencia, en celebraciones de santos.
  • Rojo, cuando se recuerda a un mártir (por su entrega).

Y hay otra realidad muy humana: algunas celebraciones tienen más importancia en un país que en otro. El calendario tiene una base común, pero también acentos locales. Como en las familias: hay tradiciones que en tu casa son “sagradas” y en la de tu vecino ni se conocen.

9.- Un detalle que alegra el mapa:

En este tiempo caen muchas fiestas grandes

El Tiempo Ordinario no es un pasillo largo sin puertas. Tiene “paradas” que iluminan el camino, como:

  • la Santísima Trinidad (justo después de Pentecostés),
  • Corpus Christi,
  • el Sagrado Corazón de Jesús,
  • la Transfiguración,
  • la Exaltación de la Santa Cruz,
  • y al final del año litúrgico, Cristo Rey, que funciona como broche: te recuerda hacia dónde camina todo.

Es como una ruta larga con miradores. Sigues andando… y de pronto, sin avisar, el paisaje te recoloca el alma. (Y tú venías preocupado por tonterías. Nos pasa a todos).

10.- Cómo vivirlo bien (sin convertirte en “especialista”)

Aquí va lo más útil, y lo más simple: no intentes hacerlo todo. Elige una cosa. El método “una frase, una acción”:

1.     El domingo, quédate con una frase del Evangelio (una).

2.     Ponle nombre: “Esto hoy me pide…” (paciencia, verdad, compasión, valentía, ser más moderado a la hora de castigar a los niños; ayunar del uso del teléfono móvil; interesarme por el trabajo de mi esposo o esposa, no refunfuñar tanto…).

3.     Elige una acción pequeña para la semana. Pequeña de verdad:

o    una llamada pendiente,

o    pedir perdón sin discurso,

o    no alimentar un comentario venenoso,

o    dedicar diez minutos reales a alguien,

o    empezar un día sin móvil cinco minutos (sí, cuesta; por eso funciona).

Y ya. No diez propósitos. Uno. Pequeño, pero constante.
Simple, pero real. Ordinario… y transformador.

Para quedarte con una idea

Los tiempos fuertes te muestran “lo grande”.  El Tiempo Ordinario te enseña cómo se vive lo grande cuando el día es normal.

Porque al final, la vida no se mide por los días especiales.
Se mide por lo que haces con los días corrientes. Y ahí, precisamente ahí, el verde tiene sentido: esperanza que crece sin hacer ruido.

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