sábado, 3 de noviembre de 2007

Una lectura del postconcilio

Fuente: http://enticonfio.org/joseignaciomunilla.html
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA

Una lectura del postconcilio

Aprovechando sus días de descanso veraniego, Benedicto XVI mantenía el 24 de julio pasado un encuentro con doscientos sacerdotes de las diócesis de Belluno-Feltre y Treviso, en las estribaciones de los Dolomitas italianos. En un clima de fraternidad y cercanía, diez sacerdotes fueron seleccionados para formular preguntas al Papa. El último de ellos, se dirigía al Santo Padre con las siguientes palabras: “A mí me corresponde la última pregunta, y tengo la tentación de no formularla, pues se trata de una pregunta trivial y, al ver cómo Su Santidad en las nueve respuestas anteriores nos ha hablado de Dios elevándonos a grandes alturas, me parece casi insignificante lo que voy a preguntarle. Sin embargo, lo voy a hacer. Se trata del tema de los de mi generación, los que nos preparamos para el sacerdocio durante los años del Concilio, y luego salimos con entusiasmo y tal vez, también con la pretensión de cambiar el mundo. Hemos trabajado mucho y hoy tenemos dificultades: estamos cansados, porque no se han realizado muchos de nuestros sueños y también porque nos sentimos un poco aislados. Los de más edad nos dicen: "¿Veis cómo teníamos razón nosotros al ser más prudentes?"; y los jóvenes algunas veces nos tachan de "nostálgicos del Concilio". Mi pregunta es ésta: ¿Podemos aportar aún algo a nuestra Iglesia, especialmente con esa cercanía a la gente que, a nuestro parecer, nos ha caracterizado? Ayúdenos a recobrar la esperanza, la serenidad...”

La pregunta, ciertamente, era muy interesante. Además, estaba siendo dirigida a un teólogo, Joseph Ratzinger, que había vivido el Concilio desde dentro. En efecto, aunque en aquel momento el Papa no era todavía obispo, había participado muy activamente en la asamblea conciliar, como consultor teológico del Cardenal Arzobispo de Colonia.

Existe una considerable paradoja entre las expectativas tan grandes creadas por el Concilio y el proceso posterior de secularización y abandono de la Iglesia por parte de muchos de sus miembros. Después de un modelo eclesial distante y enfrentado con la cultura surgida a partir de la Ilustración, todo parecía presagiar que finalmente se había encontrado la fórmula adecuada: la Iglesia se reencontraba con el mundo. Partiendo de esta apertura eclesial hacia el mundo, veríamos un renacer cristiano. El Concilio Vaticano II concluía el año 1965, en un clima de optimismo sin precedentes. Sin embargo, las cosas fueron muy distintas. La crisis religiosa postconciliar sobrevino como un “tsunami” implacable. El alejamiento de la práctica religiosa fue muy generalizado, así como el abandono de los sacerdotes y religiosos. Curiosamente, la popularidad de una Iglesia que había querido abrirse al mundo, no creció, sino todo lo contrario.
La respuesta de Benedicto XVI a la pregunta de aquel sacerdote, incidía en la necesidad de tener en cuenta dos momentos claves de “ruptura cultural” que siguieron al Concilio.

Por una parte, “Mayo del 68” fue una explosión que ponía en crisis la cultura cristiana de Occidente. La generación de la postguerra había desaparecido o había envejecido. Aquélla había sido una generación que había padecido el drama de las ideologías nazi y comunista, de forma que había apostado por el humanismo cristiano como camino de reconstrucción europea. Sin embargo, ahora todo parecía entrar en crisis. El espíritu de “Mayo del 68” despreciaba todo legado del pasado, y proclamaba la necesidad de empezar de cero. El marxismo se presentaba como la receta científica para construir el mundo nuevo.

En este momento histórico, se produjo un vivo debate en el seno de la Iglesia: Algunos pensaron que esta revolución cultural era lo que había perseguido el Concilio. Aunque la “letra” de los documentos conciliares no hubiese afirmado tales principios revolucionarios, sin embargo, sostenían que éste era el “espíritu” del Concilio. Por el lado contrario, otros sectores culpaban al Concilio por este masivo alejamiento de la fe y de la Iglesia.

Añádase a lo anterior que, veinte años después de esta primera crisis cultural, sobrevino una segunda: la caída de los regímenes comunistas en 1989. Algunos habían confiado en que la caída del Muro de Berlín hubiese supuesto el regreso a la fe, una vez comprobado el fracaso de la receta marxista. ¡Pero no fue así! La respuesta fue el escepticismo total, la llamada Postmodernidad: ¡Nada es verdad! ¡Que cada uno se busque su solución particular!

Tras refrescar nuestra memoria con este recorrido histórico, el Papa pasó a contestar al sacerdote italiano con su personal lectura creyente, capaz de extraer la lección que Dios quiere que extraigamos de nuestra historia: el Concilio había querido renunciar a un modelo triunfalista, más propio del Barroco, y descender al nivel de un diálogo coloquial con el hombre de nuestro tiempo. Pero, sin embargo, había crecido entre los católicos otro triunfalismo: el pensar que nosotros tenemos la receta mágica para construir la Iglesia del futuro, acaso despreciando a los que nos han precedido y pretendiendo reinventar la Iglesia… Pero la humildad del Crucificado excluye estos planteamientos triunfalistas. La Iglesia siempre debe llevar grabadas las llagas de la pasión de Cristo –incomprensión, persecución, signo de contradicción, etc.- ya que, precisamente por eso, tiene la capacidad de renovar el mundo. ¡Sin Cruz no hay Redención! La humildad de la Cruz es indispensable para la alegría de la Resurrección.

Y desde este espíritu humilde, añade el Papa, debemos redescubrir la gran herencia del Concilio. Han sido muchos, ¡muchísimos!, los logros del Concilio: florecimiento de tantos movimientos de laicos y de nuevas comunidades religiosas, experiencias de catolicidad, renovación litúrgica, corresponsabilidad de los laicos en la Iglesia, sínodos universales y diocesanos, diálogo fe-cultura… Benedicto XVI termina aconsejando la lectura de los textos conciliares en su literalidad, sin pretender interpretarlos desde un supuesto “espíritu conciliar”, que fácilmente podría ser susceptible de confusión con la propia subjetividad.

A buen seguro, que aquel sacerdote italiano que formulaba esa cuestión, en la que había estado tan implicada la historia de su vida, se sintió confortado y esperanzado con la respuesta.

¿Por quién repican las campanas?

Fuente: http://enticonfio.org/joseignaciomunilla.html
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA

¿Por quién repican las campanas?

El domingo 28 de octubre repicaron al unísono las campanas de la Basílica de San Pedro del Vaticano y las campanas de las parroquias natales de los cincuenta y un nuevos beatos palentinos. Si hace setenta años nuestras campanas “doblaron”, ahora han “repicado”... En nuestro rico idioma castellano, distinguimos bien el matiz que diferencia las expresiones “doblan las campanas” y “repican las campanas”. La primera tiene un sentido mortuorio, mientras que la palabra “repicar” evoca el toque festivo de las campanas en señal de gloria y alegría.
Al día siguiente de las beatificaciones, el lunes 29 por la mañana, los peregrinos españoles presentes en Roma, celebrábamos una Misa de Acción de Gracias en la Basílica de San Pedro del Vaticano. Con emoción contenida escuchábamos la impresionante proclamación del salmo responsorial cantado por una soprano: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares. / Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. / Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares. / Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.” (Sal 125).

Efectivamente, aquellos acontecimientos vividos en los años treinta fueron trágicos, pero ahora, a la luz de la fe y con la perspectiva que da el paso del tiempo, nos percatamos de que eran también gloriosos. La beatificación de estos mártires es una llamada, en primer lugar, a acrecentar la virtud de la esperanza en nuestra vida. Ésta es la gran lección del Evangelio de Jesucristo, reactualizada por estos contemporáneos nuestros: Sin cruz no hay gloria. No hay rosa sin espina, de la misma forma que -a la luz de la Cruz de Cristo- esperamos firmemente que detrás de cada espina brote una flor de vida eterna. La perspectiva que nos dan los mártires es fundamental para dar sentido a nuestra existencia: ningún sufrimiento de nuestra vida es inútil, cuando es integrado en la Pasión de Cristo. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8, 28).

En segundo lugar, la homilía pronunciada por el Cardenal Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, José Saraiva Martins, resumía de la siguiente forma el legado que nos dejan los mártires: “A los hombres y a las mujeres de hoy nos dicen en voz muy alta que todos estamos llamados a la santidad (...). ¡Dios nos ha creado y redimido para que seamos santos! No podemos contentarnos con un cristianismo vivido tibiamente.” En otras palabras: el testimonio de los mártires es el mejor antídoto contra la mediocridad y el “pensamiento débil” tan propios de nuestra cultura actual. Su muerte testimonia que la felicidad del cristiano pasa por una opción irrenunciable e innegociable: vivir y morir en gracia de Dios. “Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde a sí mismo?” (Lc 9, 24-25).
Por último, añadiremos que un signo inequívoco que autentifica el martirio de nuestros mártires es el perdón y la misericordia. Las palabras de Jesús en la Cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), fueron reproducidas por San Esteban, el primero de los mártires, en el momento de su lapidación: “Padre, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7, 60), y brotan igualmente de los labios de los nuevos beatos. Resultan conmovedoras las palabras que uno de los nuevos beatos, religioso franciscano de la Comunidad de Consuegra, dirigía a sus hermanos, cuando estaban a punto de ser martirizados: «Hermanos, elevad vuestros ojos al cielo y rezad el último padrenuestro, pues dentro de breves momentos estaremos en el Reino de los cielos. Y perdonad a los que os van a dar muerte».

No me resisto, a reproducir también el testimonio de otro de los 498 nuevos beatos. Es el caso de don Ricardo Pla Espí, capellán mozárabe y Secretario de Estudios de la Universidad Pontificia de Toledo. Cuando fueron a su casa los milicianos con intención de matarle, su padre abrió la puerta. Don Ricardo, consciente de lo que hacía, bajó rápidamente a la entrada y dijo: «El sacerdote soy yo». Su madre y su hermana salieron también y don Ricardo se despidió de la familia con estas palabras dirigidas a su madre: «Madre, ¿usted no me ha criado para el cielo?... ¡Pues ésta es la hora! Al martirio hay que ir con alegría». Su madre respondió: «Hijo mío, ¡mucho valor para sufrir!, y ¡mucho más amor para perdonar!». A los pocos minutos, trasladado al paseo toledano del Tránsito, el beato Ricardo Pla Espí caía fusilado mientras gritaba: «¡Viva Cristo Rey!». Era la tarde del 30 de julio de 1936.

Sólo me queda concluir con las palabras pronunciadas por el Cardenal Bertone, Secretario de Estado: “Pidamos al Señor que el ejemplo de santidad de los nuevos mártires alcance para la Iglesia en España muchos frutos de auténtica vida cristiana: un amor que venza la tibieza, una ilusión que estimule la esperanza, un respeto que dé acogida a la verdad y una generosidad que abra el corazón a las necesidades de los más pobres del mundo.”

El 6 de noviembre ha sido elegido como la fecha anual para la conmemoración litúrgica de estos mártires. Aprovechando su proximidad, el próximo martes, 6 de noviembre, a las 18’00, tendremos en nuestra Catedral Palentina una Misa de Acción de gracias por la beatificación de estos 51 palentinos.

Jesús puede ver el corazón de los hombres.

Zaqueo era un hombre rico, jefe de los cobradores de impuestos. Se trata de de un personaje real que busca encontrarse con alguien que llene su vacío existencial. Ha oído hablar de Jesús, quiere verle en persona y no vacila en subirse a una higuera porque era bajo de estatura. Podemos suponer el ridículo que supondría para un personaje público el subirse a un árbol. Los publicanos y Zaqueo era uno de ellos, se habían enriquecido a costa del pueblo oprimido por los impuestos romanos, de los cuales eran recaudadores. A los ojos del pueblo eran ladrones y al mismo tiempo traidores. Sin duda, eran personajes odiados por todos, pecadores públicos. La gente le impedía ver a Jesús, en venganza por la injusticia en la que Zaqueo colaboraba. El subirse a lo alto de una higuera refleja el primer proceso de la conversión, es similar al "se puso en camino" del hijo pródigo. Para salir del fango hay que querer salir y hacer algo, sea dar un paso o subirse a un árbol.

Jesús puede ver el corazón de los hombres. Probablemente vio en el de Zaqueo un deseo de acercarse a Dios y hasta una intención de arrepentirse y cambiar su vida. Quizás es por esto que Jesús se fija en Zaqueo, lo reconoce y lo llama de entre aquella inmensa multitud, para darle la buena nueva de que cenará con él. Me imagino lo que pudo impresionar a Zaqueo la mirada de Jesús. Le miró con cariño, como un padre o una madre miran a su hijo rebelde. Así es Dios con nosotros, clemente, misericordioso, rico en piedad, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas. Dios reprende con amor, poco a poco, dando a cada uno su tiempo para que se corrija y vuelva al buen camino.

¡Cuánto bien haría la mirada de Jesús en Zaqueo! Se sintió por primera vez en su vida amado de verdad. Y no sólo eso, Jesús le pide hospedarse en su casa. Zaqueo se sintió honrado, pero los "perfectos" criticaban que quisiera hospedarse en casa de un pecador.

La alegría de Zaqueo fue inmensa al conocer el amor de Jesús. Promete darles la mitad de todos sus bienes a los pobres. Afirma que si le ha robado a alguien, le devolverá cuatro veces más. Zaqueo ha encontrado "la perla de gran precio", y para poseerla, está dispuesto a renunciar a sus bienes materiales. ¿Qué pasó en el corazón de Zaqueo para que se produjera en él un cambio tan radical que estuviera dispuesto a dar la mitad de sus bienes a los necesitados? Pues, simplemente que le inundó el amor misericordioso de Jesús. Todos podemos reorientar nuestra vida. Quizá necesitamos un toque de atención, la cercanía de una mano amiga, un impacto especial o una experiencia trascendente. Una mirada de amor auténtico es la que puede cambiar al pecador. Hace más una gota de miel que un barril de vinagre para atraer al que esta perdido.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Son ejemplo en el amor y en el testimonio de una fe por la que se muere, pero perdonando a quien mata.

El domingo pasado, en Roma se han beatificado 498 mártires españoles. Estos 498 hermanos nuestros que han sido beatificados no son mártires de un pensamiento ideológico ni político. Ellos son ejemplo en el amor y en el testimonio de una fe por la que se muere, pero perdonando a quien mata.

Una de las virtudes más importantes de la doctrina cristiana es el perdón. Y el perdón, hoy por hoy, se cotiza muy bajo en la bolsa de nuestra sociedad. Excluirlo de nuestra sociedad, quitar del medio el perdón en nuestra sociedad resulta muy rentable para los propagadores del odio; cuando alguien es incapaz de perdonar, está mucho más desvalido porque ese dolor le va desgastando. De este modo las personas se vuelven más receptivas a mensajes como los que nos llegan ahora que tratan de sacar todo el odio, toda la agresividad, todo lo malo que tenemos en nosotros.

Todos los cristianos estamos llamados a ser santos, hay una llamada universal a la santidad. Cada cual desde su propio estado de vida, unos como matrimonio, otros como solteros, otros como sacerdotes o consagrados, otros desde su estado de viudos, cada cual desde donde se encuentre. Y esta vocación a ser santos sí que es posible, no sólo es posible sino que hoy celebramos a todos aquellos que lo han conseguido con la ayuda divina y la Iglesia nos estimula a imitarlos.

Todos nos damos cuenta que seguir las huellas de Jesucristo es algo muy exigente. A Jesucristo no se le puede seguir de cualquier manera. No se a ustedes, pero uno, cuando intenta ser coherente con lo que cree, que pretende ser fiel a la amistad con el Señor, enseguida se da cuenta de la cantidad de veces que la fidelidad brilla por su ausencia. Y uno tiene que volver a acudir al sacramento de la Reconciliación para retomar los pasos en esa amistad íntima con Jesucristo. Nosotros no vamos detrás de una ideología, nosotros vamos detrás de una persona llamada Jesús de Nazaret, el cual es el Hijo de Dios.

Los santos son los que han seguido, de un modo heroico, los pasos del Señor Jesús. Se han desgastado amando y perdonando, trabajando por los demás y disculpando. Son aquellos que ante los enemigos o contrincantes sólo ven a hermanos dignos de ser amados.

Últimamente me está dando miedo la postura radical y militante que están adoptando personas de iglesia, cristianos practicantes, ante o frente cuestiones que ahora están en el candelero social. Tristemente se nos está colando la concepción de que los que piensan de un modo muy diferente a nosotros, de todos aquellos que quieren construir una sociedad sin Dios, son enemigos a los que hemos de atacar de cualquier modo. Eso no es correcto ni cristiano.

Cristo nos dice que recemos por nuestros enemigos, pero lo que no dice es que luchemos contra nuestros enemigos, porque son hermanos nuestros. ¿Dónde queda el aspecto martirial de la Iglesia?, ¿Dónde queda el ejercicio supremo del amor perdonando a aquellos que nos persiguen?.

El cristiano está llamado a alzar la mirada a Dios, a ser creativo en el seguimiento fiel a Nuestro Señor Jesucristo. Ante las diversas posturas que se nos plantean social o políticamente, nosotros estamos invitados a ejercer nuestra creatividad en el arte del amor. Estamos llamados a buscar vías, caminos nuevos que nos ayuden a crecer de tal modo que en situaciones difíciles podamos extraer buenos frutos. Los santos a lo largo de la historia han sido personas creativas. El amor crea situaciones nuevas que nos ayudan a madurar, sin embargo el odio genera división, recelos y nos quedamos raquíticos cristianamente hablando.

He empezado diciendo que estos 498 mártires españoles son ejemplo en el amor y en el testimonio de una fe por la que se muere, pero perdonando a quien mata.

Cristo nos pide que dejemos de pensar con los criterios de este mundo y que empecemos a dejarnos conquistar por los criterios del Evangelio. Donde haya odio, ponga yo amor, donde haya división, ponga yo unión.
Y sobre todo y ante todo: CRISTO EN EL CENTRO DE NUESTRO CORAZÓN. Así sea.

jueves, 25 de octubre de 2007

Los mejores hijos de la Iglesia.

Fuente: http://enticonfio.org/joseignaciomunilla.html
Mons. D. José Ignacio Munilla Aguirre
OBISPO DE PALENCIA

Los mejores hijos de la Iglesia

¡Hoy es un día histórico, donde los haya, para nuestro pueblo! Difícilmente volveremos a ser testigos de una beatificación colectiva de cincuenta y un fieles de esta Diócesis. Aquel elogio que Santa Teresa dedicaba a los palentinos (“gente de buena masa”), se queda ahora muy pequeño, al compararlo con este reconocimiento de la cumbre de la santidad para los mejores los hijos de nuestro pueblo.

La persecución religiosa durante la Guerra Civil Española y en los años previos, marcó la cima del martirologio de la historia de España. Ni siquiera durante los siglos de dominación musulmana tenemos noticia de tantos españoles martirizados en tan corto espacio de tiempo.

Resulta verdaderamente impresionante y conmovedor, el hecho de que no tengamos conocimiento de ningún caso de apostasía de la fe entre tantos miles como fueron martirizados. ¡Qué más natural que el pánico ante las torturas y la ejecución inminente, hubiese empujado a un buen número de creyentes a dar un paso atrás! ¡Ni tan siquiera uno solo de ellos dejó de anteponer la fe en Dios al apego a la vida!

Sin embargo, tengamos cuidado de no quedarnos en la mera admiración. El motivo último de las beatificaciones y canonizaciones no es otro que el de suscitar en nosotros la auténtica “imitación”. Es posible que algunos piensen que éstos son modelos inalcanzables para nosotros, que su historia es demasiado lejana y ajena a nuestras vidas... Pero, ¿qué es aquello que podemos y debemos imitar de nuestros mártires? Las tres virtudes teologales nos permiten resumirlo de forma concisa:

+ Fortaleza en la Fe: Tengamos en cuenta que la secularización de nuestros días ataca a la fe, pero no ya tanto en sus contenidos concretos, cuanto en la fuerza de nuestra adhesión, que es lo más íntimo de la fe. En la cultura actual es “políticamente correcto” tener una “cierta” fe, envuelta de dudas; pero, sin embargo, una fe firme sería sospechosa de fanatismo. Tal es así que, una determinada mentalidad moderna ha llegado a identificar la tibieza y la mediocridad como sinónimos de prudencia.
Por el contrario, los mártires testimonian que hay ideales demasiado valiosos como para regatear su precio. ¡No todo es negociable! Ellos prefirieron morir antes que sacrificar la Verdad.

+ Seguridad en la Esperanza: El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece la siguiente definición: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la Vida Eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo…” (CIC n. 1817).

Los mártires son el mejor recordatorio de nuestra vocación a la eternidad: ¡somos ciudadanos del Cielo! ¡Ellos eligieron la Vida “Eterna” antes que la “temporal”! Su testimonio es un eco del Evangelio: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 16, 26), “todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8), etc.

Démonos cuenta de que, los cristianos no rezamos para no morir, sino para “morir bien”. Tampoco vivimos para cuidar nuestra salud, sino que cuidamos la salud para poder “entregar” nuestra vida. Los mártires nos ayudan a descubrir que la vida no merece la pena ser vivida si no es para entregarla por el supremo ideal.

+ Constancia en el Amor: Uno de los casos más sobresalientes entre los sacerdotes martirizados en la Guerra Civil, es el del párroco de Santa María de Mataró (Barcelona), doctor Samsó, quien conducido al lugar en el que iba a ser ejecutado, intentó abrazar a sus verdugos, como manifestación de perdón, para decirles después: “Cometéis un crimen al matarme. Pero a mí me hacéis un gran favor, porque me ayudáis a ganar el Cielo. Yo estaré con Dios hoy mismo. Os prometo que cuando llegue a su presencia, mi primera oración será por vosotros”.

Los mártires hicieron vida las palabras de San Pablo: “No os dejéis vencer por el mal; antes bien, venced el mal a fuerza de bien” (Rm 12, 21). La ira, el odio y la venganza hubiesen sido las reacciones previsibles ante la injusticia de la que eran objeto. Sin embargo, estos héroes de la caridad rompieron la dinámica del mal, con la lógica del Evangelio: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo los paganos?” (Mt 5, 43-46).

Cuando vemos a los mártires morir perdonando a sus verdugos, a imitación de Jesucristo en la Cruz, tenemos una ocasión inmejorable para convencernos de que lo peor no es padecer el mal, sino que el mal nos haga su cómplice. He aquí la gran noticia de estas 498 beatificaciones de mártires españoles: El amor es más fuerte que el odio, que el pecado y hasta que la misma muerte.

¡A las diez de la mañana de este histórico día, 28 de Octubre, redoblan las campanas de todas las parroquias en las que nuestros cincuenta y un mártires fueron bautizados!

miércoles, 24 de octubre de 2007

Aprender a mirar...

Fuente: http://www.pastoralsj.org/

Aprender a mirar...
A menudo pasamos por el mundo viendo, pero no mirando. Como creyentes tenemos un reto: descifrar los indicios de Dios en el mundo, ver en lo profundo. Leer en rostros anónimos la palabra: semejante, hermano, hijo. Ver en el espacio que nos rodea el vestigio de Dios que lo ha creado. Esta semana te proponemos que te esfuerces por mirar con ojos profundos, y entonces hables a Dios.
Mirar la historia rota...

Seguramente estos días, como tantos otros, leerás un periódico, o verás el telediario. Oirás cómo se suceden noticias que hablan de vidas anónimas, pero reales: un terremoto en México, una guerra en ciernes en Irak, amenazas nucleares en Corea, guerras civiles interminables, la aglomeración de gente que duda de un sistema injusto en Portoalegre, mientras los más poderosos se reúnen en Davos; una nueva epidemia, la violencia desatada en tantos rincones, cualquier gesto de discriminación por motivo de raza, edad, ideología, orientación sexual, nacionalidad... Cuando escuches todo esto, piensa: ¿Dónde estás tú, Dios? Y ante las tragedias, piensa, intuye, que Dios no es el Dios indiferente que se queda impasible, sino el Dios tan conmovido como tú, que se estremece. Y que si a ti el dolor te inquieta, a Dios le duele.
Y entonces pídele a Dios, perdón... Perdón por lo que hay en el mundo que lo rompe, lo viola, lo estremece. Perdón por tantas historias quebradas. Ya sé que yo no soy culpable, pero aún así, me brota este grito: lo siento. Lo siento de veras.
Mirar la vida en el mundo...

Tratar de ver. en el otro extremo, las señales de esperanza. Una voz a favor de la paz, una nueva vida que nace, un descubrimiento médico... En mi ciudad, percibir la vida. Tal vez sea un árbol en mi calle, o un parque cercano. Tal vez animales anónimos en medio de bloques de edificios. Y, sin duda, gente, mucha gente, con preocupaciones, con dudas, con miedos, con ilusiones, con historias mínimas que nunca ven la luz. Cuando vayas por la calle, presta atención a los rostros. Imagina los relatos que esconden. Intenta entender que hay una fuerza que nos une a todos, unos con otros.
Y entonces dale a Dios gracias por tantas vidas. Por ser parte de un mar de vida, que a veces es tormentoso y otras pacífico, pero siempre increíblemente bello. Da gracias a Dios por lo que son luchas y esperanzas, logros y batallas que contribuyen a recuperar la creación.

Mirar tu vida como un campo de batalla...

Entre esa historia rota y esa historia llena de vida. Entre tantos gestos que destruyen, mutilan, matan, inquietan y entristecen, por una parte, y tantos gestos que acarician, ilusionan, construyen, sanan y alegran. Tus propios gestos son gestos de una historia rota y una historia viva. Abraza lo que es vivo y humano. Pon barreras ante lo que deshumaniza. Acoge lo que te hace digno a ti y a tu mundo. Lucha contra lo que te aísla y te inmuniza. No te dejes aislar en una burbuja. Vive...
Y entonces pídele a Dios que te dé capacidad para descubrir cuál es tu lugar en el mundo, y fuerza para no rendirte a lo que es malo, y coraje para construir lo que es bueno... Y decídete a seguir caminando.

lunes, 15 de octubre de 2007

El arzobispado de Pamplona destaca la generosidad de los navarros en misiones y solidaridad.

Fuente: www.diariodenavarra.es

IGLESIA CATÓLICA
Lunes, 15 de octubre de 2007
El arzobispo de Pamplona destaca la generosidad de los navarros
en misiones y solidaridad.
El domingo se celebra el Domingo Mundial de las Misiones (Domund), bajo el lema ' Dichosos los que creen' La Diócesis navarra celebra el próximo domingo, día 21 de octubre, el Domingo Mundial de las Misiones (Domund) bajo el lema ' Dichosos los que creen' . El arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, Francisco Pérez, también director nacional de Obras Nacionales Pontificias, destacó de la generosidad de los navarros tanto en misiones como en solidaridad.

El objetivo del Domund es, entre otros, hacer un llamamiento al relevo generacional de los misioneros. En Navarra hay 1.300 misioneros en 64 países, con una media de edad de 65 años. El año pasado se registraron 50 bajas entre fallecimientos y enfermedades y se produjeron 15 altas.

El Domund pretende además colaborar económicamente con las misiones. El año pasado en la Comunidad foral se recaudaron 952.000 euros. En medicamentos, la Diócesis navarra aportó al tercer mundo 18 toneladas, valoradas en 5 millones de Euros; y en ropa, se enviaron prendas valoradas en 34.000 euros.

Según expuso Ángel Echauri, delegado navarro de Misiones,«los misioneros son la cara más bonita, auténtica y comprometida de la Iglesia; son los mejores mensajeros de paz, concordia y entendimiento entre los pueblos».

El arzobispo de Navarra, que recordó la figura de Francisco de Javier, consideró que los 1.300 misioneros navarros suponen una cifra «bastante alta» y recordó que los 20.000 misioneros españoles colocan a España como el segundo país con más personas dedicadas a esta labor, tras Estados Unidos.

A su juicio, la Iglesia vive un «momento esplendoroso» y «brilla fuertemente en el mundo». Señaló así que cada año se instauran entre 20 y 25 diócesis en el mundo.

Misioneros navarros
A la rueda de prensa asistieron dos misioneros navarros, que expusieron su experiencia. Así María Villar Sesma, misionera comboniana, natural de Corella, relató su trabajo en Egipto en los últimos 14 años. Antes estuvo en Perú durante once años. Desarrolla su labor en un pueblo de 20.000 habitantes del sur de Egipto, donde la población cristiana ronda las 400 personas, la ortodoxa las 800 y el resto es musulmana.

Según contó Sesma, trabajan en la Iglesia local y colaboran en educación y sanidad. Como enfermera, explicó que trabaja en un dispensario, que atiende a unas 150 personas diarias, principalmente mujeres y niños.

Por su parte, Iñigo Ilundáin relató su experiencia en Honduras, a través de Salesianos, y destacó la cantidad de gente joven que está comprometida con la ayuda a personas necesitadas. «Cada vez las cifras son mayores y más jóvenes se comprometen en conocer la misión», dijo, para añadir que su experiencia en Honduras «cambió su vida».

Explicó que colaboró en este país centroamericano en un proyecto en el que se involucra gente joven, voluntaria, «a la que ayudamos a ayudar». El pilar de esta iniciativa es el voluntariado y precisó que han ayudado a más de 8.000 niños a estudiar. Consideró un «orgullo» compartir esta labor con los misioneros.

sábado, 13 de octubre de 2007

Ser agradecidos

Un amigo, jugando al fútbol se torció el pié derecho y se hizo un esguince. Después de estar unas tres horas en urgencias salió de allí con un par de muletas y escayolado. Ahora constantemente necesita de los demás para todo, desde hacer su cama hasta llevarle en coche de un sitio para otro, porque no puede así conducir… el caso es que la vida de este amigo mío se le he complicado notablemente: Depende de los otros. Y la palabra que más está pronunciando, casi a cada momento es: GRACIAS.

Me acuerdo de una señora hospitalizada, ya entrada en años, que tan pronto como veía entrar a uno por la puerta para preguntar sobre su estado de salud, ella se ponía tan contenta ‘como unas castañuelas’ porque se sentía importante, ya que alguien se acordaba de ella.
Todos nosotros tenemos un baúl de recuerdos agradecidos. Ya pueden ser cosas casi sin importancia o incluso el llegar a prestar dinero a un conocido porque se encuentre agobiado económicamente.

Y del mismo modo también me viene a la mente una retahíla de experiencias de servicios prestado a otra persona, de molestias que han ocasionado a uno, de importunidades que se le presentan y no haber obtenido ni un simple ‘gracias’. E incluso llega a aparecer que ese favor que uno hace es tomado por la otra persona como un derecho suyo y como una obligación tuya.

El relato del Evangelio de los 10 leprosos (Lc.17,11-19) es sugerente: De los diez leprosos curados, solamente vuelve un extranjero para darle las gracias a Jesús. Sin embargo el mensaje del Evangelio no se limita solamente a una sencilla lección de saber vivir; es mucho más que tener en cuenta una cualidad del corazón. Ante todo nos muestra una manera de orar y de encontrarnos con Dios.

Vivimos en un mundo en el que lo que cuenta es "el momento presente". De tal modo que cuando uno consigue algo, parece que se olvida de todas aquellas personas que han hecho posible que ese sueño sea realidad. ¡Cuántas veces hemos llegado a casa a la hora de comer y hemos encontrado la mesa puesta y la comida caliente y no hemos sido capaces de dar las gracias a nuestra madre o hermana o hermano por habernos hecho tan grande favor!.
Muchos cristianos nos podemos parecer a los 9 leprosos sanados por el Señor. Cuando una enfermedad se asoma por nuestras familias, un fracaso o una decepción nos acordamos de Dios y acudimos a la oración, se intenta reorientar los pasos dados. Y si, por casualidad el problema se soluciona y la amargura desaparece, parece que cerramos el asunto sin darnos cuenta de dar las gracias a Aquel que nos lo ha concedido el don que pedíamos: Dios.

En esta sociedad pragmática en la que nos ha tocado vivir se valora a la persona sólo por lo que tiene: "tanto tienes, tanto vales". Y además, se supone, que todo lo que tienes lo has conseguido por méritos propios, gracias al esfuerzo que has puesto. Parece que "todo nos es debido". No se valora una cosa hasta que la perdemos, ocurre con la salud y con otros bienes a los que "tenemos derecho". Esto puede observarse en ciertas actitudes de los niños y jóvenes con respecto a sus padres. Es la cultura de la "exigencia". Hemos perdido el sentido de la gratitud, del agradecimiento.

A nivel de nuestra práctica religiosa es más frecuente pedir que dar gracias. Cuando estamos en apuros solemos acudir más a la oración, pero ¡cuanto trabajo nos cuesta agradecer la ayuda que recibimos!. Sin embargo, de "bien nacidos es ser agradecidos". Todo lo hemos recibido gratis: la fe, la salud, la vida, los padres, el amor.

Recuperemos la actitud de agradecimiento. No olvidemos que Eucaristía significa "buena gracia", acción de gracias. Por eso nos reunimos todos los domingos, para agradecer a Dios el don de nuestra fe. A Él le debemos, como dice San Agustín "la existencia, la vida y la inteligencia; a Él le debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con gratitud. Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor 4,7)".
El Evangelio nos recomienda curarnos de la enfermedad de la altivez y de la ingratitud y elevar nuestro corazón purificado de la vaciedad y dar gracias a Dios.