sábado, 26 de enero de 2019

Homilía del Tercer Domingo del Tiempo Ordinario ciclo c


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
         La primera de las lecturas está tomada del libro de Nehemías [Neh 8,1-10], y aquí se nos relata cómo cinco siglos antes, el sacerdote Esdras inaugura la praxis de leer la Palabra de Dios, en este caso la Torah, el Pentateuco. La práctica de esta praxis de leer la Palabra de Dios fue lo que le dio la identidad a este pueblo después del destierro de Babilonia. El pueblo venía del destierro en otro pueblo con otra cultura y regresan a su tierra desorientados, confundidos, con una montaña de malos hábitos adquiridos allí. Necesitan una brújula que les ayude a encontrase a sí mismos, a redescubrir su propia identidad, su propia peculiaridad. De ahí que la Torah fuera determinante para constituirse como pueblo después del destierro de Babilonia.
                Nos dice la Palabra que «Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió: «Amén, Amén»; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor». Dios habla y el pueblo responde con un acto de fe; y ese acto de fe se concreta en ese «Amén, Amén», inclinándose y postrándose a tierra. Es tanto como decir que ese pueblo, ante la proclamación de la Palabra de Dios, estaba cada cual “haciendo los ecos” de todo aquello que les estaba suscitando el Espíritu del Señor, ya fuera con palabras de reconocimiento de lo que Dios hace en cada uno, ya sea cantando con ganas, tocando las palmas en los cantos, tocando los diversos instrumentos musicales (guitarras, panderetas…), preparando con alma, vida y corazón las moniciones, peticiones, los adornos del Altar o preocuparse sinceramente de los hermanos que no hayan podido acudir. La Palabra proclamada exige una respuesta personal desde la fe que se plasman en actos concretos.
         De hecho, lo que se celebra en la Eucaristía dominical ha de ser la dosis de encuentro con Cristo que ayude a ir afrontando las jornadas de cada día de la semana. Es como el depósito de gasolina del coche que llenamos hasta arriba para que nos dure el máximo tiempo posible para todos los desplazamientos que tengamos que hacer. De ese modo podremos ir redescubriendo lo que Cristo te aporta en tu día a día.
         Sin embargo tenemos un serio problema: el pecado nos puede y el Demonio nos engaña sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Dice el que fue prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, el Cardenal Burke que «la Iglesia actual se encuentra en un estado de apostasía de la fe, no de cisma». Los apóstatas son los que reniegan de la fe. En los primeros siglos se obligaban a ofrecer incienso a los emperadores y así se les reconocían como dioses.  Y como no lo hicieras podía ir tu vida en ello. Muchos cristianos ofrecieron incienso a los emperadores cayendo en la apostasía. Nosotros no ofrecemos incienso a los emperadores, pero no respondemos a la fe cuando actuamos con indiferencia ante los hermanos; cuando creyendo que por estar más tiempo en la Iglesia uno se encuentra como un estatus mayor que el que acaba de entrar en ella; cuando actuamos de tal modo que asistiendo a la liturgia ya cumplimos; cuando los afectos impiden dar una palabra de corrección fraterna a un hermano; cuando el juicio que uno tiene contra un hermano te impide acercarte a él y mostrarte con naturalidad; cuando teniendo que poner al servicio de todos el carisma que Dios te ha otorgado no se hace por pereza o por desidia; cuando no tengo en cuenta la importancia de la hospitalidad y de la acogida a los demás porque prevalecen los propios intereses antes que los del hermano que tengo enfrente; cuando me pongo en sitios estratégicos en la asamblea litúrgica y evito dar la paz a determinadas personas; cuando hago las cosas de cualquier modo porque sé de antemano que no voy a tener un reconocimiento de ello, etc. Estas son un elenco de mini-apostasías que debilitan la fe y minan la fe de la comunidad cristiana. Y no digamos nada cuando desde la web de una diócesis se cuelgan oraciones y plegarias inventadas para ser sustituidas por las del Misal para la celebración de la Eucaristía, o se hable de la violencia, de la huelga feminista, del trabajo digno, que se haga la vista gorda a las absoluciones generales, que se confundan a los feligreses en cuestiones de moral sexual y familiar, que se traigan a ponentes en foros de iglesia que ofrezcan una doctrina podrida y pestilente …en vez adentrarnos en las cosas que constituyen nuestra propia esencia. Son apostasías. Lo nuestro es decir «Amén, Amén»; inclinarnos y postramos rostro a tierra ante el Señor».
         La segunda de las lecturas [1Cor 12,12-30] nos deja muy claro que la Iglesia, la comunidad, es como el cuerpo humano, organismo que no puede subsistir mas que gracias a la diversidad de sus órganos y de sus funciones, y que a pesar de su multiplicidad, es una unidad inquebrantable en razón de su misma diversidad. Sin embargo las micro-apostasías que se dan en cada uno dificultan la evangelización y el avance de las comunidades porque no se percibe los frutos de la fe que son la caridad y la comunión. Nuestro pecado personal obstaculiza el flujo fluido de la Gracia de Dios.
         Sin embargo, como dice San Pablo «pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20). Nos encontramos a Jesús también proclamando la Palabra en la sinagoga de Nazaret [Lc 1,1-4; 4,14-21]. ¿Cómo respondo yo y cada uno desde la fe a su Palabra y a su presencia?

27 de enero de 2019

domingo, 30 de diciembre de 2018

Homilía de Santa María, Madre de Dios



SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

¿Habrá qué explicar que quién nace en Belén no es Papá Noel?

Homilía del Domingo de la Sagrada Familia 2018


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET 2018
         En un mundo como el de Occidente, donde el dinero y la riqueza son la medida de todo, donde el modelo de economía de mercado impone sus leyes aplicables a todos los aspectos de la vida, la ética católica auténtica se les antoja a muchos como un cuerpo extraño, remoto; una especie de meteorito que contrasta no sólo con los modos concretos de comportamiento, sino también con el esquema básico de pensamiento.
         Estamos inmersos en un liberalismo económico donde impera la ley de la oferta y el de la demanda; donde se da el libre comercio; donde cada cual mira por sus ahorros y por sus propios ingresos para garantizarse un status social y las correspondientes comodidades; donde cada cual busca su propio beneficio; y cuánto más riqueza y progreso se dé, mucho mejor. Éste liberalismo económico encuentra, en el plano moral, su exacta correspondencia en el permisivismo, en una tolerancia excesiva. En consecuencia, se hace difícil, cuando no imposible, presentar la moral de la Iglesia como razonable; se haya demasiado distante de lo que consideran obvio y normal la mayoría de las personas, condicionados por una cultura reinante, a la cual han acabado por amoldarse.
         Si no somos capaces de penetrar hasta el fondo de la realidad y las consecuencias del pecado original, ello se debe precisamente a que tal pecado existe; porque la muestra es una ofuscación de la mente y del corazón de las personas, que nos desequilibra, que confunde en nosotros la lógica de las cosas inscritas en el ser de todo lo creado que nos impide darnos cuenta que muchos de los razonamientos y sentimientos nacen heridos de muerte a causa del propio pecado que anida dentro de cada uno. Pero cuando el cristiano anuncia a sus hermanos a Cristo que les redime ante todo del pecado da pie a la esperanza de obtener la gracia que nos redime y nos salva de toda alienación y atadura. Cuando uno escucha a Cristo siente que su carne leprosa se va sanando, se va liberando de esa mediocridad, de ese relativismo y de ese permisivismo que nos impedía amar de verdad ya que lo que se buscaba únicamente la autorrealización y la autorredención que nos lleva a la destrucción.
         «¡Y mientras nosotros morimos, el mundo recibe la vida!» (2 Co 4, 11-12) Estamos salvados cuando nos abandonamos al Amor Eterno del Padre. Pocos quieren morir de amor porque cada cual quiere reservarse para sí lo mejor. Esto es una consecuencia de una crisis seria de fe que ataca los fundamentos más básicos de nuestro ser.
No hay nada nuevo bajo el sol, más si anulamos la fe y nos apartamos de Dios nada se puede sostener por sí mismo, todo queda derrumbado formando enormes ruinas. Para seguir la vocación que Dios otorga uno se ha de descalzar, porque pisa terreno sagrado, debe de luchar internamente con la mentalidad mercantilista reinante que tiene sus consecuencias desastrosas en la moral y fiarse obedeciendo al Señor aunque no lo entienda, ya que a su debido tiempo todo nos será revelado.

30 de diciembre de 2018

sábado, 1 de diciembre de 2018

Homilía del Primer Domingo de Adviento, ciclo c


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO Ciclo c
2 de diciembre de 2018
          La mayor parte de los conflictos que sean entre nosotros tienen un mismo origen: nuestra falta de fe. Estamos acostumbrados a que nos sirvan, a tomar decisiones rápidas, a estar en reuniones sin darnos cuenta de cómo se encuentra el otro, a buscar la efectividad en aquello que hacemos. Y si alguien se comporta de un modo hiriente o te hace un desprecio enseguida nos sale el juicio en vez de disculparle porque aún no ha descubierto eso que uno sí cree haberlo descubierto. En la vida cotidiana sufrimos «graves hemorragias de fe» que nos genera una grave crisis de identidad cristiana. Esto tiene grandes consecuencias en la vida personal y comunitaria y sin darnos cuenta nos adentramos en una dinámica de secularización. El hecho de estar dentro de la Iglesia no supone que Cristo esté dentro de nuestra alma.
          La Iglesia tiene que estar abierta al mundo pero evangelizar y no para perderse en el mundo. Demostramos que estamos perdidos en el mundo cuando pensamos y actuamos del mismo modo de cómo actúa el mundo. No somos una sociedad humana más, somos un pueblo llamado a morir a nosotros mismos para que el rostro de Cristo pueda resplandecer mientras nosotros nos apagamos. ¿Qué somos los cristianos? Somos el trapo que se usa para limpiar las ventanas. Es cierto que nuestro cuerpo se resiente y se resiste. Es cierto que cuando nos intentan humillar o hacer de menos sale de nosotros todos los demonios que tenemos dentro. A lo que Cristo se acerca a tu persona, se sienta a tu lado, te coge de la mano, y con cariño te dice: «Si me amas no te resistas al mal y acepta las injusticias de tu hermano», porque cuando “menos tú”, más Cristo. Así es como se «practicará el derecho y la justicia en la tierra» (Jeremías 33, 14-16), y así Yahvé será nuestra justicia.  
          ¿De qué males yo y tú nos estamos resistiendo? ¿Qué injusticias me está haciendo mi hermano y qué injusticias le estoy yo haciendo a él? ¿Cómo estoy reaccionando ante sus justicias y cómo deseo yo que el mismo Dios reaccione ante las que yo mismo cometo?
          Dice el Salmo responsorial que «el Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes». Si no percibimos el rostro de Cristo en nuestra comunidad es porque nuestro pecado lo oculta. Es preciso descalzarse ante el hermano porque en él, aunque él ni se entere, te está hablando Dios y te está pidiendo que pongas fe y amor allá donde no haya ni fe ni amor. Recordemos que Cristo es el Señor de la historia y Él escribe la historia. Pero no lo escribe con tinta normal, sino con tinta invisible que únicamente con la luz y el calor de la fe lo podemos llegar a leer.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Homilía del Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo b


Domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo b
          Cristo tiene una clara pretensión contigo: Quiere cambiar tu vida. Pero no se trata de dar una mano de pintura o de poner una escayola en el techo. Cristo es duro contra tu pecado, pero Él no es tu enemigo, sino tu aliado en esta particular lucha en la que uno tiene que afrontar.
          Hay cristianos que dicen que lo importante es ser fiel a su conciencia. Que Cristo es el amigo que nos acompaña en la travesía de nuestra vida y que se limita a consolarnos y a aceptarnos tal y como somos. De tal modo que hemos renunciado a que Cristo pueda cuestionarnos los grandes absolutos de la vida o que nos pueda interpelar fuertemente sobre el modo de cómo estamos planteándonos la vida. Por eso cuesta tanto a los hermanos y a los presbíteros acoger una Palabra desde la fe que ilumine desde el interior las oscuridades personales y comunitarias.   
Dice la Palabra: «Habló Moisés al pueblo y le dijo:
–Teme al Señor tu Dios, guardando todos los mandatos y preceptos que te manda, tú, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida
». Dios no es el colega que hace que tú te sientas feliz contigo mismo. Dios es aquel que te pone ante tu verdad, que te desenmascara tu pecado, que te molesta porque tu conciencia no te denuncia.
Un Jesucristo que está de acuerdo con tu vida y que siempre te disculpa es una miserable caricatura de Jesucristo. Jesucristo ante la pregunta del letrado no le respondió que lo importante era ser buena persona ni le dio consejos para que alcanzase un bienestar. Cristo no le dio un golpecito en la espalda y le dijo ‘anda, a ser buenos’. Le dijo que empezara a amar a su hermano, es decir ‘que cogiera entre sus hombros su propia cruz y que cargara con ella’ y que empezara a luchar contra su propio pecado porque no estaba amando a Dios sobre todas las cosas. Es decir que Jesús dejó al letrado totalmente desencajado. Que no se trata de algo de sentimientos, sino de opciones serias y maduras que uno ha de ir haciendo a lo largo de su vida. Claro, hay gente que empezará a decir que no hay que ser tan radical, que hay que justificar y esto es fruto de intentar endulzar nuestro pecado, de arrancar de la Biblia las hojas que no nos gustan, y así nadie podrá entrar por la puerta estrecha para ir al Cielo.
Jesucristo camina a tu lado para que no te canses en tu particular lucha contra tu pecado y poder ofrecer nuestra vida como un sacrificio agradable al Padre.