SAN
JOSÉ, 2017
domingo, 19 de marzo de 2017
Homilía de San José, año 2017
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Santos y santas
sábado, 18 de marzo de 2017
Homilía del Tercer Domingo de Cuaresma, ciclo a
DOMINGO TERCERO DE CUARESMA, ciclo a
Estamos ahora aquí porque alguien
nos ha convocado. Porque alguien quiere encontrarse con cada uno para hablarle
al corazón. Ese alguien que es Cristo, conoce dónde reside tu sufrimiento. Te
habla al corazón y se adentra en la misma entraña de tu herida para sanarla.
Todos los días nos toca hacer las
mismas tareas y trabajos, con sus horarios y rutinas. Desde que uno se levanta
hasta que se acuesta siempre liado y atareado. Desde fuera uno puede pensar que
las personas nos encontramos bien porque acudimos a nuestros trabajos
profesionales y vamos desempeñando las diversas tareas encomendadas durante la
jornada: en la escuela, en la oficina, en las tareas domésticas, con los niños
y el esposo o esposa, en la parroquia, etc. Pero hay algo en nuestro interior y
en nuestra historia personal que nos hace perder la alegría y aparecer el
desaliento.
Al igual que el pueblo de Israel
atravesó aquel desierto, atravesó aquel lugar de la prueba, cada uno de los
presentes también lo estamos atravesando. Una prueba que nos hace perder la
alegría y aparecer el desaliento. Y empezamos a protestar porque la vida tiene
en sí un peso insoportable y nos desazonamos porque no conseguimos aquello que
deseamos, ya sea porque no tenemos un amor correspondido debidamente, porque
nos encontramos solos ante las situaciones dolorosas y que nos agotan, porque
la nostalgia y la depresión asoman amenazando, o porque nos sentimos
incomprendidos y fracasados.
Nos pasa lo mismo que al pueblo
judío en Masá y en Meribá, donde el pueblo empezó a tentar al Señor y a tener
disputas y altercados. Allí tenían mucha sed y empezaron a añorar aquellas
cebollas de la esclavitud de Egipto. Podemos pensar, si yo no hubiera estado en la iglesia no hubiera tomado determinadas
decisiones que me han condicionado tanto; podría haber tenido aquel trabajo
tan deseado, hubiera mantenido aquellas amistades con aquellas juergas que eran
auténticos desmadres, seguramente estaría con aquel hombre o con aquella mujer
que tanto me atraía moviéndome por las sendas de la lujuria y del pecado al
margen de Dios; si yo me hubiera quedado en la esclavitud de Egipto, bajo el
dominio del Faraón, ahora mismo estaría
sin sed y sin atravesar este desierto tan angustioso. Porque ¿para qué me
sirve la libertad, haber salido de Egipto, si estoy ahora solo, sin un trabajo
bien remunerado, sin un amor que me quiera, con esta enfermedad que me asedia, con
esta depresiones que me hunden o esta angustia que no sofoco? ¿para qué me
sirve ahora la libertad? Parece que no compensa la libertad y preferimos lo que
teníamos seguro en aquella tierra del Faraón. Cristo conoce dónde reside tu
sufrimiento.
Aquella
mujer de Samaría era una fracasada. Se encontraba tan hundida, ella estaba
sufriendo profundamente en su interior. Esta mujer ni siquiera acudía con el
resto de las mujeres a sacar el agua del pozo, sino que lo evitaba acudiendo a
una hora en la que iba a tener la certeza de no encontrarse con nadie, con todo
el calorazo. Su alma estaba reseca y angustiada. No encontraba una salida a su
situación. Se encontraba abocada a vivir una vida sin fundamento, vacía, con hastío.
¿Cómo es posible encontrar agua en medio del desierto siendo aplastado con el
sol inmisericorde? A lo que el Señor, en medio de aquella situación tan tensa y
angustiosa, dijo a Moisés: «Preséntate al
pueblo llevando contigo algunos de los anciano de Israel; lleva también en tu
mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti,
sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba
el pueblo.» Y Moisés lo hizo y brotó el agua. En las dificultades y adversidades no estamos
solos, Dios nos acompaña, aunque no podemos exigirle que se manifieste
como nosotros quisiéramos.
Esa agua que manó de aquella roca
nos remite al agua que brotó del costado de Cristo al ser atravesado por la
lanza del soldado en la cruz. La tentación de regresar al Egipto seductor es
muy fuerte. Y es precisamente en el desierto de tu vida donde el Señor sale a
tu encuentro para reparar así tus fuerzas y puedas así retomar el camino de la
libertad, sin mirar atrás, siempre con la mirada hacia delante.
Lecturas:
Lectura
del libro del Éxodo 17,3-7:
Sal
94,1-2.6-7.8-9 R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis
vuestro corazón.»
Lectura
de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8
Lectura
del santo evangelio según san Juan 4,5-42
19
de marzo de 2017
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sábado, 11 de marzo de 2017
Homilía del Domingo Segundo de Cuaresma, ciclo a
HOMILÍA DEL DOMINGO II DE CUARESMA, Ciclo A
Avanzamos movidos
por una promesa. Una promesa cuya realización no es inmediata ni exenta de
dificultades. De tal modo que uno puede llegar a pensar que mencionada promesa
sólo son palabras, sólo se queda en humo. Corriendo el riesgo de pensar que esa
promesa –de ese tronco que es la promesa, puede tener como una especie de ramas
que den respuesta a algunos anhelos que residan en el corazón.
A
esto se suma que las personas nos movemos en las cosas inmediatas: prestamos
dinero y deseamos que nos lo devuelvan cuanto antes posible, nos hacen un
análisis de sangre y queremos tener los resultados casi al instante, pedimos
algo y deseamos tenerlo muy pronto. Somos muy impacientes. Resulta que el Señor
le dice a Abrán: «Haré de tí una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás
una bendición». Nos dice que Abrán creyó en la promesa y esto lo selló
dejando su tierra y su parentela. El tiempo pasaba y los años iban pesando
tanto en Abrán como en Saray. Parece que esa promesa no es a medio ni a corto
plazo, sino más bien que mencionada promesa se realizará a largo plazo. Y la
impaciencia se hace presente. Los silencios de Dios pueden llegar a ser muy
largos. Y en medio de estos silencios de Dios, Jesucristo nos invita a la
oración; nos dice que insistamos, que seamos tan pesados, tan pelmas como
aquella persona que va a la casa de su amigo, de noche y a horas muy
intempestivas, para pedirle comida por una visita inesperada.
Me viene a la mente aquel pasaje bíblico,
donde el profeta Elías se lo pasó a lo grande riéndose de los profetas de Baal (1 Reyes 18, 27) en el monte
Carmelo, para demostrar al pueblo que Yahvé es el único Dios. Mientras los 450
profetas de Baal estaban desgañitándose, allí danzando torno al altar,
haciéndose incisiones con cuchillos y lancetas, chorreando sangre desde la
mañana hasta el mediodía. Y Elías, él allí solo, pasándolo en grande –sólo le
faltaba las pipas y unas palomitas-. Elías les estaría diciendo cosas como:
¿habéis cambiado las pilas a los audífonos de Baal?. Cuando los profetas de Baal terminaron por
agotamiento, es entonces cuando Elías restauró el altar de Yahvé que estaba
demolido, tomó las doce piedras, dispuso todo para el holocausto, clamó a Yahvé
y Dios le respondió rápidamente y con
gran potencia. Pero en el fondo, Elías sabía que, al estar en clarísima
desventaja por el número (ellos 450 y él uno) y que no contaba con el respaldo
ni el apoyo de la gente, porque ellos ante su pregunta “si es Yahvé es el Dios,
seguidlo; si Baal lo es, seguid a Baal”, ellos guardaban silencio. Elías solo
ante el peligro. Y Dios le dio toda la razón al realizar tan grande prodigio.
Pablo,
que tiene mucha experiencia de los sufrimientos que conlleva anunciar a Cristo,
alienta a Timoteo. Pablo sabe que vivir en el espíritu de Cristo supone rechazo
por parte de las tendencias demoníacas reinantes en el mundo.
Por eso Pablo
recuerda a Timoteo la promesa de que Cristo también va a destruir su muerte y
hará brillar la vida por medio del Evangelio. Timoteo, en esos momentos tendría
dificultades de disciplina en su comunidad, muchos quebraderos de cabeza,
hermanos que se habían complicado en los negocios mundanos poniendo a las
comunidades en situaciones delicadas. Se estaría encontrando con una serie de
vicios y de deberes complejos. Y Pablo le alentaba con sus recomendaciones
pastorales, con sus testimonios existenciales, con su cercanía y con el poder
de la oración. Timoteo conoce la promesa, pero en esos momentos, no dispone de
la realización de mencionada promesa. Le toca dar testimonio de nuestro Señor
Jesucristo en medio de la dificultad y del cansancio reinante. Y como hizo
Abrán, Timoteo también responde al Señor como tiene que responder un hombre de
fe.
Estoy seguro que
tanto a Timoteo, como a Pablo que en esos momentos estaba prisionero por
anunciar a Cristo, como a tantos cristianos que viven su fe en medio de la
persecución y del desprecio de los demás, estarían sumamente gozosos de poder
contemplar aquel acontecimiento sobrenatural acaecido en aquel monte alto donde
Pedro, Santiago y Juan fueron testigos. Allí, si pudiéramos contemplar ese
anticipo de lo que nos espera, podríamos recargar totalmente nuestras fuerzas y
reafirmar nuestra esperanza sin temer lo más mínimo que los hombres nos mataran
o a la enfermedad que nos asedia.
Lecturas:
Gén 12, 1-4 a
Sal 32
2 Tim 1, 8b-10
Mt 17, 1-9
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domingo, 5 de marzo de 2017
Homilía del Domingo Primero de Cuaresma, ciclo a
DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA, Ciclo A
La Palabra de Dios de hoy nos
plantea una seria cuestión: ¿Cómo te
comportas cuando estás experimentando tus propias limitaciones y escasez de
fuerzas? Jesucristo hoy se encuentra en una situación límite: cuarenta días
con sus cuarenta noches sin comer. El número cuarenta que nos recuerda los
cuarenta años que el pueblo de Israel pasó por el desierto; nos hace pensar en
los cuarenta días que Moisés se pasó en el monte Sinaí, antes de que pudiera
recibir la palabra de Dios, las Tablas sagradas de la Alianza; se puede
recordar el relato rabínico según el cual Abrahán, en el camino hacia el monte
Horeb, donde iba sacrificar a su hijo Isaac, no comió ni bebió durante cuarenta
días y cuarenta noches, alimentándose de la mirada y las palabras del ángel que
le acompañaba.
Los Padres han visto también en el
número 40, el número cósmico, el número de este mundo en absoluto: los cuatro
confines de la tierra engloban todo, y el diez es el número de los
mandamientos. Que sería tanto como la expresión simbólica de la historia de
este mundo.
Jesús al estar esos cuarenta días en
el desierto, es como si él recorriese de
nuevo todo el éxodo de Israel, con sus errores y desórdenes de toda la historia.
Los cuarenta días de ayuno abraza el drama de la historia que Jesús asume en sí
y lleva consigo hasta el fondo.
Jesucristo pasando hambre esos
cuarenta días está abrazando tu propio drama personal. Tu sufrimiento lo está asumiendo como propio.
a) La tentación primera, la del
PAN: Cuando hay algo que no sale como nosotros queremos lo que hacemos es
murmurar. Cuando nos asedia la precariedad, las situaciones de estrecheces
económicas o de achaques por la enfermedad, es cuando murmuramos. Porque no
tenemos esa seguridad y el pan representa a esa seguridad, el tener el estómago
lleno. He oído decir a mucha gente, para excusar su asistencia a la Eucaristía,
que 'primero está la obligación y luego la devoción'. El mundo te dice que
primero te asegures tus cosas y luego, si se puede y te apetece, van las cosas
de Dios. Los reveses de la vida -la pérdida del trabajo, el pago de la hipoteca
que apremia, percances de salud y dificultades añadidas- hacen que nos pongamos
muy nerviosos y nos sentimos débiles. Y en medio de esa debilidad el Demonio
nos ataca y te dice al oído: «¿Ves como Dios no sabe lo que necesitas? ¿te
das cuenta cómo Dios no te da lo que te conviene?, eso es porque no te quiere».
Y el Demonio te ofrece la solución: gratifícate en la sexualidad, en la droga,
etc., porque así podrás ir sobrellevando la precariedad en tu vida.
b) La tentación segunda, la de la
HISTORIA: Nos pasa igual que al pueblo Judío en Masá y en Meribá. Las
dificultades empiezan a apretar, se dan hechos concretos en tu vida que no
aceptas ni estas dispuesto a asumir -la muerte de un familiar, la pérdida de
una fortuna, el accidente de un ser querido, la enfermedad…-.
Allí en el desierto, y el pueblo
empieza a revolverse, a criticar, a reñir, a protestar. No queremos caminar más
a no ser que Dios se nos manifieste.
Estamos echando de menos las cebollas y los ajos de la esclavitud, o sea, que
estamos echando de menos la vida del hombre pecador, con sus lujurias y
desenfrenos, con sus vida perdida y empecatada. Y protestamos como en Masá y en
Meribá. Y como nuestra historia no nos gusta nos refugiamos en nuestro pecado. Queremos
poner a Dios a nuestro servicio, para nuestros caprichos y por eso renegamos de
nuestra historia. Sin embargo nos olvidamos de que Dios ha permitido algo para
poder tener, ahí mismo, un encuentro con Él.
c) La tentación tercera, la de
los ÍDOLOS: Moisés es llamado a lo alto del monte Sinaí para recibir las
Tablas de la Ley. Al tardar, el pueblo se hizo un becerro de oro, símbolo del
poder y de la fecundidad. El éxito y el poder lo da el dinero. Nos pervierte la
mente y el entendimiento porque deseamos tener a Dios cerca para que todo nos
marche bien, los negocios, con la familia; y a si a uno las cosas le van mal,
pues reniegan de Dios. El mundo tiene una mentalidad mezquina de tener todo garantizado y poner las
columnas de nuestras vidas en cosas que consideramos sólidas, pero que no nos
permiten vivir en la verdad. Cristo no tiene dónde reclinar la cabeza, y
nosotros que somos sus seguidores, pues debería de ser igual. Porque, de otro
modo, cualquier cosa que atente o ponga en peligro mis 'seguridades' o 'ídolos'
no dudaré en aniquilarlo. Que los inmigrantes nos roban el trabajo, pues
cerramos las fronteras; que queremos asegurar a todo trance la seguridad, pues
expulsamos a los que puedan ser sospechosos por su procedencia; que no queremos
que nadie cuestione nuestra forma ideológica de pensar, pues hacemos leyes que
les opriman, les persigan para hacerles callar y que terminen desapareciendo.
Y Cristo dijo no a estas tres
tentaciones para que nosotros aprendiésemos a vivir en la Verdad.
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sábado, 25 de febrero de 2017
Homilía del Octavo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a
Homilía del domingo VIII del Tiempo
Ordinario, ciclo a
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Tiempo Ordinario Ciclo A
sábado, 18 de febrero de 2017
Homilía del Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo a
DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo a–19 de febrero
2017
Empieza la primera
lectura de hoy diciéndonos algo que es cotidiano para la vida de cualquier
cristiano, aunque –por desgracia- no nos demos cuenta: «El Señor habló así a Moisés».
Dios nos habla todos los días a cada uno de nosotros. De un modo muy evidente
lo hace cuando la Palabra
de Dios es proclamada en la
Asamblea.
El Señor nos pone
en algunas circunstancias para que –a pesar de nuestra ceguera espiritual- nos
demos cuenta de cómo Él siempre actúa. Nos pone un ejemplo, Jesucristo nos dice
«Amad
a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen». Esto
desconcierta a cualquiera. Realmente es pedir en demasía, es algo humanamente
imposible. Sería tanto como pegar un salto de un lado del acantilado al otro, estando
separados a mucha distancia habiendo un precipicio entre medias.
Algo en nuestra
vida cristiana no cuadra: Decimos que nos fiamos de Dios pero no terminamos de
abandonar nuestras propias seguridades. Algunos pueden decir que ellos no
tienen seguridades. ¡Ya, ya!: El tener una familia que te acoja cuando las
cosas no te van bien o has perdido el empleo, el tener una cuenta de ahorros
con dinero para poder usarlo en un ‘por si acaso’, un seguro de vida por si
hiciera falta hacer uso de él, el asegurarte un bien puesto de trabajo para
tener una estabilidad económica y social, etc. Y eso de amar a nuestros
enemigos, eso es muy exigente. Porque en el fondo amar a nuestros enemigos es
un acto de profunda humillación. Satanás te está todo el rato
diciéndote al oído: «no seas tonto, no te dejes pesar, defiéndete ya que tú
tienes toda la razón, ni se te ocurra humillarte ante ese prepotente, no
permitas que el otro pueda quedarse como vencedor». Y realmente puede ser que
uno tenga la razón en alguna cosa, pero tan pronto como entra en escena
Satanás todo queda envenenado. La batalla que uno ha de afrontar no está en
lo que tu hermano ha hecho o dejado de hacer, sino en tu interior en esa
soberbia que se revuelve o en ese orgullo que está hay haciéndose notar. Mi
enemigo, tu enemigo no está fuera, sino dentro.
Lo que hace impuro
al hombre no es lo come- se alimenta en la mente o en el cuerpo-, sino todo aquello que sale de él. Cristo
aceptó la grandísima humillación de ser contado entre los pecadores y ser
crucificado. Seguramente que llamaría poderosamente la atención a Poncio Pilato
y a Herodes el hecho de que Jesús de Nazaret tuviese una mirada serena y un
rostro en profunda paz aunque estuviese sufriendo en su carne lo que no está
escrito. Y al aceptar ese camino de humillación nos abrió las puertas del Reino
de Dios. Dense cuenta de cómo el mismo Satanás no se cansaba de tentar a
Jesucristo incluso estando clavado en la cruz: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate
a tí mismo y a nosotros!» (Lc 23, 39). También le decían: «A
otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, que el rey de
Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos» (Mc 15,
32). Y Cristo respondió con palabras de bendición: «Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen» (Lc 23, 34). E incluso le dijo al buen ladrón: «En
verdad te dijo, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Hasta el punto que el centurión, al ver lo
ocurrido allí al pie de la cruz, daba gloria a Dios diciendo: «Realmente,
este hombre era justo».
Esta muy claro que
ante los ojos de aquellos que vivan bajo los auspicios del mundo pasaremos por tontos y bobos. ¿Y por
qué lo hacemos de este modo? Porque el Señor nos ha ido dando razones y pruebas,
más que de sobra, que nos aseguran que Dios nunca abandona a aquellos que se acojan a Él.
¿Acaso el cuerpo de Cristo se quedó
pudriéndose en aquel sepulcro escavado en la roca? ¿Acaso María Magdalena y
aquellas mujeres que fueron muy de mañana al sepulcro llevando los aromas para
embalsamar el cuerpo de Jesús pudieron hacerlo? ¿Acaso pudieron embalsamar su
cuerpo? No pudieron embalsamar el cuerpo de Cristo porque su cuerpo no estaba
allí. La fuerza de la resurrección había desplazado la roca que tapaba la
entrada al sepulcro, los sellos (cfr. Mt 27, 66) que pusieron en la piedra para
asegurarse que nadie robase el cuerpo saltaron por los aires como si hubiera
habido una potente explosión fruto de la
intervención directa del mismo Creador, resucitándolo de entre los muertos.
Dense cuenta de lo
que suele pasar en nuestros pueblos, tantas familias que no se hablan con
otras, o incluso entre los miembros de la misma familia que ni se saludan por
motivos de herencias, de malos entendidos, de heridas del pasado sin
cicatrizar. Satanás contemplando este espectáculo se brota las manos y lo goza.
Pero si un cristiano se deja llevar por
el Espíritu Santo, se humilla, pide perdón –aunque los demás no quieran
acoger ese perdón que uno le da-, muestra su deseo de amar sellándolo con la oración, «Señor
no nos tengas en cuenta este pecado»; es entonces cuando Satanás se empezará a poner muy nervioso
y se revolverá con ira ya que nuestra alma se aleja de sus garras para
acercarse a la luz de la salvación.
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sábado, 11 de febrero de 2017
Homilía del Domingo Sexto del Tiempo Ordinario, ciclo a
DOMINGO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO,
Ciclo a
Durante muchos años estaba
convencido que ser cristiano consistía en cumplir la Ley, rezar y asistir a la
Misa. E incluso uno se sentía 'satisfecho' porque se encontraba como 'en
condiciones' de pedir -o
exigir- cosas a Dios porque para eso uno 'se portaba' bien con Él ya que, prácticamente
la mayoría, pasaba totalmente de la Iglesia o de los asuntos de la fe. A todo
esto se sumaba que tampoco los que acudíamos al culto captásemos el hecho de
que la fe fuese un motor que bombease en el modo de proceder que veíamos en los
que tenían que ir por delante de nosotros. Es verdad que les veíamos rezar, que
eran educados, pero algo fallaba. A modo de ejemplo: es como si una pareja de
novios se hubieran acostumbrado a estar juntos pero sin la chispa del
enamoramiento mutuo.
Hace pocos días me encontré con los
padres de una muchacha que suele ir a las peregrinaciones a Lourdes que me
decían que su hija tenía mucha fe porque asistía siempre a la oración semanal en
la parroquia. A lo que pensaba en mi interior, ¿esa fe únicamente se manifiesta
acudiendo a esa oración? Satanás es muy zorro. Nos engaña con gran facilidad.
Nos hace creer que podemos seguir a Cristo sin renunciar a nuestros ídolos. Nos
hace creer que ser buenos cristianos y dejar las cosas de nuestra vida tal y
como están son cosas compatibles. Tantos
años pensando de este modo han ido creando cristianos con importantes
minusvalías tanto en su propia fe como en el modo de trasmitir esa fe a las
generaciones siguientes.
Hay una dolorosa tradición china del
vendados de pies. Las mujeres sufrían un dolor inmenso con tal de tener un pie
pequeño, de tal modo que quedaban deformes. Esto es lo que hace Satanás con
nuestra alma. Y como este ser cornudo, con rabo y tridente nos tiene tan engañados
porque nos sigue seduciendo con lo fácil y nos dice lo que queremos escuchar.
El Demonio es como esa araña de grandes proporciones que nos va atando,
rodeando y vendando con su particular tela. Nos domestica y nos convence
diciéndonos que 'todo va bien en tu vida'. Es nuestro faraón de Egipto que no
quiere que nada cambie. A lo que la
Palabra de Dios sale a nuestro socorro.
El apóstol San Pablo ha adquirido
una visión sobrenatural de la realidad porque Jesucristo es su único amor. Es
capaz de dar a cada situación su tratamiento justo, de tener la palabra
oportuna y el gesto acertado. Nos dice el apóstol: «Hablamos, entre los perfectos,
una sabiduría que no es de este mundo». Pero claro ¿cómo podemos
escuchar y hablar en esa sabiduría? Está muy claro que para escuchar esa
sabiduría de Dios uno tiene que empezar a coger las tijeras para ir cortando
esa tela de araña que te tiene apresado y enrollado. Porque hay cosas en tu
vida que están coartando tu libertad, que te impiden amar como quisieras o
aceptarte como deberías hacerlo. Pero ten cuidado, porque con el Demonio pasa
lo mismo que con los jabalís heridos, que se vuelven muy violentos y te atacan.
El Demonio no dudará en atacarte en tu particular talón de Aquiles tan pronto
como le lleves la contraria. Y todos sabemos cuál es nuestro talón de Aquiles
que haría que todo podría quedar desestabilizado. De ahí la importancia de tener el talón
protegido con el calzado de la obediencia a la Palabra y llevarla adonde con
nosotros adonde vayamos.
Lectura del libro del
Eclesiástico 15, 16-21
Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18.
33-34 R. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor
Lectura de la primera carta
del apóstol san Pablo a los Corintios 2, 6-10
Lectura del santo evangelio
según san Mateo 5, 17-37
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sábado, 4 de febrero de 2017
Homilía del Domingo Quinto del Tiempo Ordinario, ciclo a
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