miércoles, 4 de julio de 2007

La misa es gratis

Fuente: La Razón

La Razón – Álex Navajas -
Los católicos españoles nos hemos acostumbrado, a lo largo de toda nuestra historia, a que nos lo dieran casi todo hecho. Tenemos nuestros templos, vamos a misa cuando nos toca, nos ponemos de pie, de rodillas, nos sentamos, nos santiguamos y nos vamos, pero en eso de ayudar a la Iglesia en sus necesidades hemos sido bastante raquíticos.

Gastarnos 30 euros en una cena con amigos, en una camisa o en un capricho cualquiera nos puede parecer razonable, pero echar esa misma cantidad en el cepillo de una iglesia se nos antoja una barbaridad. Luego, claro, nos quejamos de que el cura no encienda la calefacción en la parroquia o de que «ya podría pintar la iglesia por dentro, que está hecha una pena». No hay más que ver cómo suelen ir los cestos en las misas de los domingos, en los que apenas se encuentran billetes. Si alguien necesita cambio para el parquímetro o para la máquina de tabaco, antes que a una cafetería, lo mejor que puede hacer es recurrir a una parroquia.

A la entrada de una iglesia madrileña, el sacerdote colgó una pequeña pancarta con un lema curioso: «La misa es gratis. La luz, no». Logró hacer mella en muchos de sus feligreses, quienes se dieron cuenta de que, hasta el momento, apenas habían ayudado a sostener su parroquia, y se dispararon las colaboraciones. La Iglesia ha pedido ayuda a través de la campaña de la Declaración de la Renta que en estos días está tocando a su fin. Ojalá hayamos cumplido.

Diez pistas para un camino de oración

Fuente: Cipecar - Centro de iniciativas de pastoral de espiritualidad. www.cipecar.org



DIEZ PISTAS PARA UN
CAMINO DE ORACIÓN

1.- Sitúate ante el mundo que te rodea. No todo da lo mismo. Todas las posturas tienen cabida, pero no todas tienen futuro.

"Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GS 1).

2.- Dedica unos momentos a pensar tu vida y ponte en verdad. No construyas tu identidad comparándote con otros.

3.- Percibe el deseo de Dios que hay en tu corazón. Basta una pequeña brasa para encender un gran fuego.

"El roble está latente en el fondo de la bellota" (Ira Progoff).
"El reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17,21).

4.- Haz silencio para ponerte ante una presencia. Busca la soledad para llegar al encuentro.

"No es el silencio del que no tiene nada que decir, sino el silencio del que
teniendo muchas cosas que decir, se calla" (Beato Rafael).

5.- Ábrete a la Palabra. Lee con detenimiento, comprende lo que lees, dialoga con la Palabra, quédate en silencio ante ella, deja que la Palabra te construya.

"He manifestado que en nuestro mundo europeo, siempre incrédulo, ateo e indiferente, un cristiano no puede conseguir vivir la fe si no logra familiarizarse con la Palabra de Dios, si no se alimenta cada día de una Palabra, si no permite que el misterio de la gratuidad divina penetre en su evidencia" (Martíni).

6.- Recuerda que orar es "tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Santa Teresa).

7.- Aprovecha este momento para discernir tu vida y descubrir qué es lo que te pide Dios para que seas feliz, para que brote tu mejor tú.

8.- Concreta tu momento de oración en un compromiso.

"El verdadero abrazo a Dios se lo damos en la vida"

9.- Disponte a intercambiar los dones para construir un mundo nuevo.

"Al darnos nos vamos creando"
"Pasarnos la emoción, el lirismo, el sentido de lo bello, el sentido de Dios"
(Tomás Álvarez).

10.- Descubre qué tarea tienes que privilegiar en tu comunidad cristiana para recorrer con los demás el camino del encuentro con Dios en la oración.

"Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis"

martes, 3 de julio de 2007

Reflexiones sobre las relaciones matrimoniales

Fuente: www.arvo.net

Parece un hecho frecuente, incluso habitual, que la gente joven manifieste casi con urgencia su amor por el otro, por la otra, llegando a relaciones sexuales íntimas en cuanto se manifiesta la atracción de la una por el otro, de la otra por el uno.
Por Gloria María Tomás y Garrido

Voy a tratar de argumentar esta realidad, a partir de las experiencias globales, que todos tenemos, y que pueden dar lugar a posteriores conversaciones personales, prácticas y profundas, quizás privadas, porque hay asuntos en que la argumentación intelectual no parece suficiente ni completa. De fondo, y sin tapujos, defendería el bien de cada persona, sin componendas, fruto de muchas cosas, entre las que destacaría la amistad, la ciencia, y la experiencia.
El poeta Virgilio dice en La Eneida “¿Son los dioses lo que han puesto este ardor en nuestro espíritu? O por el contrario ¿hace cada uno un dios de su deseo...?
”Cada uno podemos también gritar como Virgilio, o al menos, hemos podido tener ganas de hacerlo; es que la persona humana, con su inteligencia, penetra las posibilidades de la sexualidad, las hambres de afecto... ; los animales no; carecen de imaginación erótica; ni crean, ni recrean, ni autoconstruyen sus placeres, sus deseos y sus amores...
Enamorarse es algo muy grande y resulta difícil ponerle límites. El amor cuenta con ¡tantos ingredientes! tiene de todo un poco; se siente algo, se necesita algo, se tiene que expresar ese algo...; toda la persona, también los gestos corporales, comienzan a actuar y a crecer. Y viene ese runruneo auténtico del «... me siento muy cercano a ti, quiero decir todo eso que quiero sentir; quiero sentir todo eso que quiero decir... ; quiero ya en presente, todo ese proyecto de futuro que estaba buscando y que lo encuentro contigo; mis gestos corporales piden autenticidad, quiero abandonarme en ti, y perder la conciencia, y dejarme llevar, y sentir y amar...»
Todo eso es verdad, y es muy bello, aunque, dichosamente, es sólo la punta del iceberg de todo lo que es el amor humano; el gesto corporal amoroso pide intimidad y la intimidad pide la elocuencia del cuerpo... ; la intimidad corporal es manifestación de amor, mas si reducimos a eso el amor, si centramos los comportamientos humanos en el “adelanto” de mecanismos sexuales, si no está en el marco idóneo, se resquebraja lo genuino de la conyugalidad: la relación de las almas, la concordia de los caracteres, y tantas otras formas de ternura y de compromiso; también ante el dolor y el sufrimiento.
Si la sexualidad se pone como lo único y lo primero en las relaciones amorosas hombre-mujer, la experiencia dicta que nos incapacitamos para lo que justamente buscábamos ¡cuántos matrimonios rotos y desilusionados...!
Pienso que, en parte, se ha reducido la biografía humana a la pura biología; se ha equiparado la calidad biológica a la calidad humana; el amor humano presentido ha quedado opaco; se pierde, por desprotección, la capacidad de ver de modo contemplativo, racional, poético, natural...
Las relaciones sexuales del hombre con la mujer están hechas y llamadas para la exclusividad: ahí la sexualidad manifiesta toda su belleza y su sentido originario; con un amor recíproco, para siempre, que es lo que protege esas relaciones y las fortifica.; la reciprocidad es una intuición muy profunda, es una parte de la vocación interior del ser humano varón hacia el ser humano mujer, el destino a la comunión, “a estar con...”; la sexualidad humana es donación y apertura a la vida... precisamente por ello haya dos cosas integradas en estas relaciones sexuales: el hijo, y las normas.
En la relación esponsal, en el amor que una da al otro, o uno da a la otra, se manifiesta en el hijo. Hijo y Amor. Coinciden el más profundo acto unitivo corporal del amor con el hecho de concebir: intimidad y donación; donación y fruto. Así lo expresa el poeta Miguel Hernández, no precisamente un conservador: “He poblado tu vientre de amor y sementera/ he prolongado el eco de la sangre a que respondo/ y espero sobre el surco como el arado espera:/ he llegado hasta el fondo./
De otra parte, todos comprobamos que lo valioso merece una protección; así lo vivimos tradicionalmente: desde la cajita para guardar una joya, a la funda de un ordenador portátil, pasando por las finísimas membranas que recubren nuestros órganos vitales.
Afirmo que sólo desde la belleza de la sexualidad cabe pensar en una educación en ella; para eso está el matrimonio; como una especie también de marco de protección, de lugar idóneo de amor.Hace ya algún tiempo, en un viaje a Amberes, la tierra de Rubens, aprendí que este genial y prolífico maestro, con toda su fogosidad, en sus numerosas obras, permitía a sus discípulos que pintaran los cuerpos humanos, pero no delegaba en sus discípulos el que pintaran los ojos; eso se lo reservaba a él... ; es que de alguna forma, en el mirar se encuentra algo de lo genuino de la persona, es su inteligencia, y su corazón y...es mirar más adentro.
La vida matrimonial es donación cumplida no prometida; el sentido de la parte se recibe del todo. Acogerse a las reglas naturales, canónicas, civiles, religiosas... no es plantearse que de su observación se deducirá si la sexualidad es mala o buena ¡no!; tenemos reglas porque hay una bondad que pide a la libertad humana saber venerar y respetar esa sexualidad. En resumen, habrá que seguir lo que dijo Cervantes: “ que es de vidrio la mujer/ pero no se ha de probar si se puede o no quebrar/ porque todo podría ser/ y no es cordura ponerse/ a peligro de quebrarse/ lo que después de romperse/ ya no puede soldarse/.
Si el pacto matrimonial queda debilitado u oscurecido por la falta de dominio, por la prisa, por la no coherencia en la identidad relacional, queda, al final, sólo la soledad... ¡que pena!La vida humana, las relaciones con los demás, el amor que podemos dar y recibir es muchísimo más que lo que la apariencia nos muestra, que lo que la fría técnica posibilita, o lo que una opinión pública generalizada y resquebrajada de algunos valores nos ofrece.
El amor entre hombre y mujer tiene su significado en la construcción de la familia, a través del matrimonio. Es la familia una de las sociedades que corresponde más inmediatamente a la naturaleza del hombre; en ella se facilita la consideración de los demás como “otro yo”, se cuida de su vida y de los medios necesarios para vivirla digna y casi siempre felizmente; allí cada miembro brilla con luz propia, es el rostro de alguien amado; con Dante digo y me recuerdo “Un amor che nella mente mi raggiona”.

El amor de Dios, raíz de las virtudes ciudadanas

Fuente: www.archivalencia.org


Publicada en «Paraula-Iglesia en Valencia» el 1 de julio de 2007

Dios es amor. Este es el gran fundamento y, al tiempo, la gran aportación del cristiano a la humanidad. La fe católica nos permite reconocer el amor de Dios y apoyarnos en él para vivir con los demás ese mismo amor, para desear y hacer el bien al prójimo.

En la sociedad actual, algunos contemporáneos que viven de forma superficial y banal se encuentran desengañados del amor, y de su propia vida que acaban encontrando vacía. Los profundos vínculos de amor generan profundos motivos para vivir, mientras que una concepción banal de las relaciones acaba banalizando la propia vida.

Adorar a un Dios que se nos ha manifestado como Amor nos permite y nos obliga a reconocer que el amor es el fondo de la realidad y que el amor es la norma de nuestra libertad. La práctica del amor como norma universal de vida es esencial para cada cristiano y para la Iglesia entera. El amor, vivido y practicado con generosidad y eficacia, muestra el rostro trinitario de Dios, su verdad, su bondad y su belleza. Cuando vivimos alimentados del amor que Dios nos tiene, somos al mismo tiempo capaces de amar y de servir a nuestros hermanos necesitados con alegría y sencillez.

Hoy, en España, necesitan este compromiso del amor, tanto los inmigrantes que requieren acogida, como los que no tienen trabajo, los que están solos, los jóvenes amenazados por las redes de quienes explotan con la prostitución, las mujeres humilladas y atemorizadas por la violencia doméstica, los que no tienen casa, los que han caído bajo el engaño de las adicciones, los que encuentran dificultades para fundar una familia, para abrirse a la vida y aceptarla incondicionalmente, así como muchos seres humanos que en la fase inicial de su vida se ven desprotegidos por las leyes.
Cuando va a cumplirse un año del V Encuentro Mundial de las Familias celebrado en Valencia con el Papa Benedicto XVI, debemos recordar que el catecismo nos subraya la verdad de que la familia es la primera célula de la sociedad humana. Los católicos hemos de ser ejemplo del papel celular e indivisible del núcleo familiar, que no puede renunciar a su función educadora. Hoy más que nunca el compromiso de los católicos con la familia conlleva la responsabilidad de educar día a día a los hijos, en cuestiones que afectan al comportamiento y a la moral, a lo que está bien y a lo que está mal. La educación técnica, científica o artística que necesariamente debe impartirse en las escuelas públicas y privadas no pueden ser una coartada para que el Estado llegue a invadir parcelas que corresponden a la moral personal, en contra de las creencias de los propios padres, pues así está garantizado en el gran pacto que supuso la Constitución de 1978, y cuya vigencia y aplicación de forma reiterada he defendido.

Existen motivos de fondo que generan incertidumbres sobre la asignatura de educación para la ciudadanía, empezando por ser una cuestión que no nace del consenso, tan útil y eficaz en cuestiones que afectan a la verdadera educación. Por otra parte, existen signos claros en nuestro país de un movimiento de laicismo radical, que pretende silenciar todas las manifestaciones religiosas, negando no sólo la libertad de expresión en cuestiones sociales, sino también en la dimensión moral y de promoción de los valores humanos. El laicismo radical acaba desembocando en una pseudo-religión, que necesita fabricar su propia moralidad y un sistema de creencias sin Dios. Se trata de una religión atea.

No nos dejemos engañar por maniobras que se presenten con buenas palabras y argumentos engañosos. El Estado no puede ser el primer educador, porque la captación del bien humano es propia de las personas, de cada persona, de cada corazón, no atributo de las leyes ni de la función burocrática. La responsabilidad de amar en primera persona es un don indelegable de Dios a sus hijos e hijas, por humildes y pequeños que puedan parecer al aparato del Estado. Por ello, reitero que las familias cristianas deben ser un ejemplo en la transmisión de los valores y en la educación, de la que no pueden hacer dejación.

Con mi bendición y afecto,

La prueba de la verdad (Educación para la ciudadanía)

Fuente: www.abc.es

POR OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL

EL proceso de modernización de España ha llevado consigo mutaciones profundas en las actitudes personales y en los comportamientos sociales. Al salir de una dictadura tuvimos que repensar los problemas del orden político, moral, social. Desde el punto de vista religioso el Concilio Vaticano II fue la preparación providencial de las conciencias para discernir cuales eran las formas auténticas de cristianismo, de la vida eclesial y de la vida política. Tal reflexión preparó a los católicos para actuar coherentemente en el orden político, laboral, sindical. Así, por ejemplo, el «Decreto sobre la libertad religiosa» se convirtió en una palanca liberadora de ideas y grupos, a la vez que subversiva del régimen de Franco.

Hoy todavía estamos ante nuevas tareas de ordenación democrática, de convivencia religiosa, de educación cívica. En esta última perspectiva el problema viene de lejos. En 1976 al salir del régimen anterior y eliminar de la universidad la asignatura «Formación del espíritu nacional», siendo ministro de Educación Aurelio Menéndez, se pensó colaborar a que los españoles adquiriesen actitudes y hábitos democráticos, proponiendo una asignatura que se llamaría «Lecciones para la convivencia». La caída de aquel gabinete ministerial acabo con el proyecto. En años posteriores y contexto bien distinto el ministro Mariano Rajoy pensó en una materia que se llamaría «Educación en valores».

El hecho de que la Unión Europea haya vuelto sobre el problema revela que existe en Europa una insatisfacción respecto de la formación que reciben los alumnos en temas como la convivencia, la aceptación del prójimo diverso, la apertura a los valores de la diferencia diverso y el respeto del ordenamiento jurídico. Sobre ese doble trasfondo hay que situar la asignatura que el gobierno socialista ha impuesto: «Educación para la ciudadanía». El hecho de que no sea la primera vez que se piensa en algo semejante revela que hay algo común a diversas ideologías y programas políticos, que merece ser pensado y resuelto. Ahora bien, si esto es así, ¿por qué ha surgido tanta discordia?


Antes de responder a esta pregunta me gustaría subrayar que estamos cayendo en una trampa: esta asignatura se está convirtiendo en el velo que oculta los gravísimos problemas de la educación a los que no se entra: el fracaso escolar, la violencia en las aulas, la caída de nivel formativo, el desaliento y desmoralización del profesorado, la diferenciación hasta la contraposición entre la historia que se enseña en distintas laderas de España... Esos son los reales desafíos comunes, que hay que afrontar, sin sucumbir al señuelo de un trapo político como de hecho nos está aconteciendo.

Ante todo hay que establecer una distinción: una cuestión es la asignatura como tal en sus intenciones fundamentales (fin) y otra el programa completo que ha publicado el Ministerio (medios). El juicio sobre una y otro es distinto. Yo creo que el gobierno tiene legitimidad para proponer esa materia, respondiendo a los problemas enumerados e indicaciones de la Unión Europea. La dificultad comienza cuando se ve ese programa concreto y la forma en que este Gobierno la quiere instaurar, que no es similar a la de otras naciones de Europa. Aquí un programa de partido particular rezuma sobre un programa impuesto a todos los españoles. En una amical conversación con Gregorio Peces Barba, al concluir nuestras sesiones de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, éste me confesaba que solo un tres por ciento del programa del partido había pasado al de la asignatura. No es cuestión del tres o del noventa; aquí es donde todo hombre libre, por principio, tiene que rechazar de plano que el Estado o un partido se proponga formar su conciencia e imponerle valores e ideales que son particulares.


¿No es posible ponernos de acuerdo en un conjunto de normas de educación y de convivencia concordes? ¿No hay unos valores universales, háblese de derecho natural o de derechos humanos? Por supuesto que los hay y en una sociedad más serena que la nuestra no habría problema ninguno. Pero aquí hay razón para la sospecha. ¿Por qué? Porque el programa de esa asignatura surge cronológica y genéticamente de los mismos grupos que a la vez hacen el Manifiesto del partido socialista donde se acusa, por ejemplo, a la religión de ser incapaz de vivir en democracia y se identifican los monoteísmos con los fundamentalismos. A la vez se prepara en Fundaciones, instituciones y universidades afines al partido, a los profesores que darían esa asignatura. ¿Es que las demás universidades no están cualificadas para tarea semejante? ¿No hay en ellas profesores libres? ¿O es que solo la manera socialista de concebir la ciudadanía permite comprender esa asignatura y enseñarla? ¿Solo ella es moderna, ilustrada, europea? El socialismo español, ¿ha hecho respecto de la religión, la revisión crítica que hicieron la Alemania de Merkel, la Francia de Sarkozy y la Inglaterra de T. Blair? Estos son los hechos que generan preocupación y rechazo.


A ello hay que añadir que el programa es ambiguo y oceánico. Los textos previstos o ya publicados poco se parecen entre sí. Conozco varios: desde la intención primordialmente jurídica del de Espasa, la orientación de ética social de SM a la primacía pedagógica de Santillana, para no mencionar el estilo burdo y ofensivo de otras publicaciones, que más bien son panfletos. Esa ambigüedad llevará consigo que en poco se parecerán los contenidos de esa materia en cada una de las autonomías, aumentando así la ceremonia de la confusión.


En esta misma página mostré en su día (16 de noviembre 2006) y luego en el Congreso de Valladolid (11 de mayo) mi apoyo explícito a la materia. Afirmé que sus contenidos deberían ser el estudio de la Constitución Española y las Declaraciones internacionales de derechos humanos. Solo éstos son universales. Cualquier otra cosmovisión sea ética, antropológica o religiosa es particular. Ningún Estado puede decir a un ciudadano cual es el sentido último de la vida humana, de su cuerpo, de su afectividad y sexualidad. En este sentido no hay una ética universal. Por eso me parece un engaño e inmoralidad contra la que protesto que el colectivo: «Cristianos socialistas en el PSOE» en su «Manifiesto de apoyo a la asignatura» (23 de junio) respondiendo a la Declaración de los Obispos, utilice mi nombre para defender la asignatura, silenciando mi actitud crítica ante el programa, a la vez que mi propuesta alternativa.


Estamos ante un problema moral gravísimo. La Iglesia tiene que reconocer la legitimidad del Estado en este campo. El Gobierno tiene que aceptar sus límites y renunciar a cualquier intento de dominación ideológica, al que lo es y al que lo parece. Que además desde la más alta magistratura se amenace a quienes disienten y sin el diálogo necesario se imponga la materia contra la mitad de los españoles, me parece un pronunciamiento, que en el siglo XIX tenía un nombre y no por estar hecho desde la democracia tiene la legitimidad moral, que es siempre necesaria, además de la jurídica. Tal empeño nos llevaría a un enfrentamiento que dividiría de nuevo a la sociedad y a la Iglesia. La objeción de conciencia es un arma legítima pero en este campo difícil de manejar. La iglesia deberá ser muy cauta al aceptarla, ya que se le puede volver contra ella misma, incluso en materia de religión en colegios católicos.


De nuevo estamos ante una exigencia moral para el gobierno y para los ciudadanos que reclaman libertad en este orden. Que la Iglesia no protestara contra la «Formación del espíritu nacional» con Franco no es razón para que ahora guarde silencio sino para que, como todos los demás ciudadanos, hable siendo democráticamente libre y responsable. Una imposición total y un rechazo total serían igualmente mortales. ¿No es la hora de que el Gobierno cambie el programa y en la Iglesia se acepte la asignatura? El programa tiene que ser universal, abierto y concorde (en las grandes naciones de Europa, política exterior y educación son cuestión de Estado y no de partidos). Esas características las tienen la Constitución y las Declaraciones aludidas; ofrecen el marco necesario y suficiente para responder a los problemas planteados por una formación cívica a la altura de nuestro tiempo. Esta es la prueba de la verdad para todos.

OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL
de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

lunes, 2 de julio de 2007

Atención al báculo

Fuente: 21rs. La revista cristiana de hoy

El cayado de buen pastor no puede ser otro que la misma cruz.
El báculo no tiene muy buena prensa, pues suele verse más como golpe e imposición. Del báculo al baculazo, piensan algunos, hay muy poco camino que recorrer. En su mejor sentido, el báculo es señal de paternidad, de amparo, de autoridad moral, de juez benevolente, de pastor misericordioso, de protección y defensa del más débil.
Hay un salmo muy conocido, y de gran belleza, que es un cántico de esperanza del hombre creyente en la seguridad de tener a Dios como protector y guía. El Señor es mi pastor. Lo que pueda necesitar Él me lo dará. Si las cosas van mal, nada de temblar. El pastor tiene un buen bastón que me protege del mal.
Hablando en cristiano, que es lenguaje en el que siempre queremos movernos, el cayado de buen Pastor no puede ser otro que la misma cruz. No se puede pretender otro cobijo sino el que ofrece Cristo: para venir conmigo es imprescindible asumir cuanto representa y significa la cruz. Es decir, aceptar la condición de pecador y de redimido, de la debilidad y de la fortaleza que regala el Espíritu de Dios.
Todavía se sigue hablando del pensamiento débil, de la fragilidad del matrimonio y de la familia, de la inconsistencia de las instituciones, de la flojera de unos y de otros, de la endeblez de casi todo. Aparte de que la generalización puede ser tan falsa como injusta, de lo que no cabe duda es de que los asientos sobre los que quiere apoyarse esta sociedad son tan frágiles que se rompen al primer embate de la dificultad. Los tan traídos y llevados “valores” quedan en palabras sin contenido. Sin el ejercicio de la virtud todo puede quedarse en literatura.
¡Qué práctico era san Pablo! Dice que nada de andarse por las ramas buscando apaños ante la dificultad. Él quiere ponerse junto al cayado, al lado de la cruz de Cristo. También recrimina a aquellos que no sólo no quieren saber nada de la cruz, sino que son declarados enemigos de cuanto a ella se refiere. Así que nada ha de presumir. Excepto en la cruz de Cristo. Esta bandera puede ponerse muy alta. No hay lugar para el triunfalismo presuntuoso. Todo el mástil lo ocupan la humildad y el sacrificio.
El amor no tiene precio. ¡Cuántas veces he recordado estas palabras de Victoria Díez! Le advertía su madre del riesgo a que se exponía con su incansable y generosa entrega en ayuda de los demás, particularmente de los más excluidos y pobres. Cuando se trata de amar, con el amor de Cristo, el precio a pagar no importa. Victoria, la beata Victoria Díez, lo pagó con su vida y fue martirizada.
Siempre seremos deudores del inmenso amor de Cristo, que paga y nos redime del pecado y de la muerte. Y en un monto tan grande que es imposible saldar. “Amor con amor se paga”. Es moneda que aguanta todas las devaluaciones y a la que no altera la cotización en la bolsa del egoísmo. Es que “el amor no tiene precio”. •
Carlos Amigo Vallejo (Obispo)

Acto de idolatría

Fuente: 21rs. La revista cristiana de hoy

"que todos cobremos conciencia, y que proclamen ustedes, que nosotros vivimos en una burbuja"
Disfruté la final de la UEFA, y nobleza obliga: nos brindaron un espléndido espectáculo de los que a uno casi le reconcilian con el fútbol.
Pero al día siguiente le oí decir a usted que “no pensaba que se pudiera sufrir más de lo que sufrió durante aquel partido”. Esas palabras me hirieron: son una ofensa grave al dolor de tantísimos que sufren de verdad en este mundo, y a los que su condición de víctimas injustas les da una autoridad divina sobre nosotros. Usted no se dio cuenta, pero esas palabras eran un auténtico acto de idolatría.
En el tiempo que duró el partido murieron, entre hambre y violencia física, cerca de diez mil personas. Le recomendaría que usted y sus jugadores vayan a ver la película de K. Jones sobre el genocidio de Ruanda (Disparando a perros), o Diamantes de sangre sobre Sierra Leona. O La pesadilla de Darwin sobre la pesca en Kenia, o Voces inocentes sobre la guerra de El Salvador.
¿Para qué? Sin duda estarán ustedes dispuestos a echar mano de talonario y buscar alguna ONG que tranquilice sus conciencias. Pero no es eso lo que pido, sino algo más sencillo y más difícil: que todos cobremos conciencia, y que proclamen ustedes, que nosotros vivimos en una burbuja y una gran parte del género humano no puede permitirse esos sufrimientos lujosos. Las burbujas acaban estallando algún día. Y cuando estallan no deberíamos extrañarnos, ni echar la culpa sólo a los modos de explosión (terroristas, okupas...) que suelen ser poco correctos.
Me dirá que para qué sirve esa conciencia sino para amargarles la fiesta. Pero creo que, si todos la tuviéramos, el mundo iría de otra manera. •
José Ignaico González Faus

Para ser feliz...

Fuente: http://www.arvo.net/




La persona humana quiere y puede ser feliz. La felicidad no es el fin del hombre, sencillamente porque es una consecuencia del fin que es amar eternamente.



Por Enrique Cases
Arvo Net

La persona humana quiere y puede ser feliz. Es conocido el dicho de San Agustín de que cualquier hombre al preguntarle si quería ser feliz, inmediatamente respondía que sí. También son conocidas las respuestas de los griegos para ser feliz desde el epicureísmo con su hedonismo moderado, hasta la mística dionisíaca con el placer desenfrenado, sin importar nada de nada. La mayoría, sin embargo, pretende una moderación. Éticas más depuradas como la de Aristóteles unen la felicidad al bien. Platón muestra una vía de progresión y superación hasta llegar a la contemplación de la Verdad y del Bien que llena de felicidad, como ya había adelantado Sócrates.
En nuestros tiempos no hay diferencias sustanciales. Sin embargo conviene que empecemos diciendo que la felicidad no es el fin del hombre, sencillamente porque es una consecuencia del fin que es amar eternamente. Aldous Huxley en su Mundo feliz, tecnológicamente perfecto, muestra lo profundamente infeliz que puede ser el hombre en la sociedad tecnológica, aunque no se prive de ningún capricho, ni progreso para satisfacer su ego y su sensualidad. Describe ironías desesperanzadas, que a él mismo le llevaron al suicidio años después. Todo lo que no es amor verdadero acaba en insatisfacción y frustración, aunque, si se consigue algo de placer pueda reaccionarse con risas y desprecios, pero el placer siempre es efímero, y la felicidad pide duración, pide que desaparezca la amenaza de acabarse y desaparecer o morir, que de momento, es el signo de lo terreno. San Agustín lo dice en palabras inmortales: “nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Santo Tomás siguiendo la estela de Aristóteles, pero con un conocimiento de Dios muchísimo más profundo, analiza lo que puede hacer feliz al hombre de un modo riguroso y llega a que sólo se encuentra en el Bien absoluto que es Dios.
Sin embargo, es patente que en nuestros tiempos se entrecruzan continuamente dos corrientes, una pesimista y otras que no podemos llamar optimistas, sino desencantadas, que quiere disfrutar ahora y rápido en lo que sea. Equivale al suplicio de Tántalo el hijo de Zeus que incurrió en un acto de locura al ofrecer en un banquete la carne guisada de su hijo, Pélope. Tántalo es castigado en lo más profundo del reino del Hades, está condenado a sufrir terrible hambre y sed, encadenado bajo árboles frutales y junto a un río. Pero los árboles crecen cuando él estira sus manos hacia ellos y el río desaparece cuando se agacha a beber. Algo así ocurre en las propuestas de felicidad imposible de los materialismos o de las éticas sin Dios, ambas actitudes tienen la misma raíz de desconocimiento de lo que es la persona humana.

La corriente pesimista la encabeza Martín Lutero. Es conocido el origen de su, llamémosle, iluminación de la torre el año 1514, cuando atormentado por tentaciones y pecados “descubre” que no puede evitar el pecado porque es simul iustus et pecator, es decir, que haga lo que haga está empecatado y se puede salvar porque la gracia de Cristo no le sana, sino que sólo es un recubrimiento externo, jurídico, que le hace no imputable ante Dios el pecado. Esta visión negativa del hombre, aparte de la cuestión de lo que es la gracia, que ya veremos, lleva a un pesimismo antropológico de gran influencia, y a unas reacciones fuertes en dirección contraria. El pesimismo religioso –el hombre es pecador siempre– lleva al puritanismo, a vivir con temor, a una rigidez, que no halla en el encuentro sacramental la paz y la alegría. Es notorio que los países occidentales más influidos por esta concepción son más tristes que los católicos. Trento afirma que el hombre está herido, pero no radicalmente empecatado. De ahí surge un optimismo antropológico por la acción sanante de la gracia y la práctica, alegría de fondo, aunque la vida sea dura. Hay que añadir que el calvinismo es aún más rígido y pesimista que el luteranismo con su horrible idea de la predestinación al cielo o al infierno, idea blasfema de Dios que crea espíritus u orgullosos o angustiados. Es lógico que en reacción a esta visión del hombre que lleva al puritanismo, cargado muchas veces de hipocresía, surja un descaro libertino y burlón. Por otra parte, los libertinos descubren, antes o después, que el placer, la desvergüenza, la droga etc., esconden una amargura profunda, y cuando llegan los problemas o los dolores, inevitables en la vida, no saben qué hacer. Además la recompensa del egoísta es siempre la soledad, justamente lo contrario de lo que sucede al que sabe amar, que da la sensación de ser feliz , como describe maravillosamente Dostoievski en el Idiota.
En el ambiente católico se dio una corriente semejante a la de Lutero, aunque distinta, el jansenismo. Jansenio, –y muchos católicos rectos en su actuar, reaccionaron ante los libertinos que llenaban los ambientes intelectuales y de alta sociedad de aquella época en la que empieza el enciclopedismo, y, con una interpretación de San Agustín desafortunada–, ven pecado en todas partes. Distingue entre la concupiscencia de lo terreno, que siempre es mala, y el deseo de Dios que es bueno. De este modo, incluso entre los no jansenistas, se da un ambiente de severidad y rigidez semejante al del puritanismo. Se pierden las alegrías humanas, de las que se desconfía (“lo que me gusta o es pecado o engorda”, se dirá con broma que refleja que no se sabe lo que es el amor). El equilibrio es difícil, y las reacciones de muchos que quieren ser felices en el placer llevan al ambiente hedonista en muchos lugares. Se hace necesario el equilibrio intelectual que luego sea capaz de llegar a la cultura y a las masas desconcertadas ante las solicitaciones que les llegan por todas partes.

En ambientes no cristianos, que conozco menos, la situación es mucho menos halagüeña. Los animistas se mueven en el temor, y la hechicería hace estragos, como se puede observar en el vudú y otras supersticiones. En los lugares donde hay castas y la asombrosa creencia de la reencarnación, se deja a multitudes en la indigencia, pues “algo habrán hecho” en su vida anterior. La meta del budismo es la indiferencia, tan lejana al amor. En los panteísmos –la gran tentación del hombre; el materialismo es un panteísmo al revés– el destino es fundirse en un todo, que más bien es nada. El confucianismo en su sentido del deber y del honor tiende también a formas de puritanismo con sus ventajas y desventajas. El irracionalismo tipo New Age oscila entre el desenfreno y el suicidio o amor a la muerte.

Los nihilismos heideggerianos y sartrianos asumen las angustia y el vivir para la muerte como desaparición, lo que no es nada feliz. El nihilismo regocijante del posmodernismo da pie a una nueva forma de los libertinos. Y la mística dionisíaca propugnada amargamente por Nietzsche es también ambivalente. Su vivir alegre es por definición efímero con una máscara de fiesta que esconde inquietud y saberse derrotado antes de empezar; por ello intentan no pensar más que en un “ahora” que continuamente está pasando, dejando ruinas alrededor. La droga sería su fruto necesario, si no fuera por una agradecida incoherencia con el pensamiento.
Los problemas, se quiera o no, se repiten, y cuando no se tiene una idea cabal del hombre como persona, meten en callejones sin salida. Si, además, la noción de Dios es deformada se hace necesaria una regeneración intelectual por la vía del hombre como orante que busca con sinceridad. La esperanza sólo es posible con Dios que llama al hombre a su intimidad y su vida. La confianza en el placer, honor, fama, etc., como fuentes de felicidad es volátil ya que contiene nada más nada; por lo tanto, poner en ellas todo el deseo aleja de la felicidad.

La alegría es conmoción del corazón, gozo en la contemplación, emoción ante la belleza, éxtasis, que, en sus muy diversos grados, permite salir del pozo del yo cerrado del egocentrismo, para paladear el amor de dar, de darse, de dar ser, de vivir en kairós que es preludio de la eternidad como perfecta vida plenamente poseída. ¿Es el cielo? No, ciertamente. Pero lo anuncia. Además, se hace compatible con el dolor en la situación terrena, no se trata de la salud, siempre precaria, sino de superar lo más adverso en su realidad, como veremos, en el ser doliente.
La tristeza es pantanosa, oscurece el alma, paraliza, lleva a decisiones de huída o de ira, es amarga. Cierto que existe una tristeza positiva en cuanto duele el mal objetivo que está ante los ojos, pero ésta es una tristeza amorosa, un dolor de amor, que es como una perfección, una compasión de padecer con quién amo y sufre. En el fondo no hay amargura, sino paz en una paradoja de experiencia constante.
La alegría es fruto de amar y ser amado. Surge de la contemplación de la verdad. Necesita el acompañamiento del cuerpo, aunque no siempre. Es dilatación del alma, es esponjamiento ante la sinceridad. Es necesario vivir en alegría, pero es un fruto y una conquista del hombre verdaderamente libre. Al elevar el alma a Dios comprende la realidad y asume la dificultad, también cuando es dolorosa. La superación de las heridas del alma -resentimientos, rencores, inquietud corporal, torpeza de la mente, ociosidad, se superan por la esperanza que hace vibrar el alma, por la libertad que quiere superarse, por el amor que espera más amor, por la lucha en lo que parece pequeño a los ojos semicerrados por el egotismo.
Las alegrías humanas terrenas pueden ser “vanidad de vanidades” según el Eclesiastés en una mirada a la vida que parece a primera vista egoísta y pobre, pero que deja en evidencia los engaños de las falsas felicidades.


“¡Vanidad de vanidades! -dice Cohélet-, ¡vanidad de vanidades, todo vanidad!¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?Una generación va, otra generación viene; pero la tierra para siempre permanece.Sale el sol y el sol se pone; corre hacia su lugar y allí vuelve a salir.Sopla hacia el sur el viento y gira hacia el norte; gira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar.Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar donde los ríos van, allá vuelven a fluir.Todas las cosas dan fastidio. Nadie puede decir que no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír.Lo que fue, eso será; lo que se hizo, ese se hará. Nada nuevo hay bajo el sol”.


Tras de este análisis semiescéptico y realista del vivir en la tierra, mira las cosas que hacen felices a los hombres, o al menos se lo prometen, y llega a la misma conclusión:


“He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría, y también a conocer la locura y la necedad, he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos,pues donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor.Hablé en mi corazón: ¡Adelante! ¡Voy a probarte en el placer; disfruta del bienestar! Pero vi que también esto es vanidad.A la risa la llamé: ¡Locura!; y del placer dije: ¿Para qué vale?Traté de regalar mi cuerpo con el vino, mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme a la necedad hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida.Emprendí mis grandes obras; me construí palacios, me planté viñas;me hice huertos y jardines, y los planté de toda clase de árboles frutales.Me construí albercas con aguas para regar la frondosa plantación.Tuve siervos y esclavas: poseí servidumbre, así como ganados, vacas y ovejas, en mayor cantidad que ninguno de mis predecesores en Jerusalén.Atesoré también plata y oro, tributos de reyes y de provincias. Me procuré cantores y cantoras, toda clase de lujos humanos, coperos y reposteros.Seguí engrandeciéndome más que cualquiera de mis predecesores en Jerusalén, y mi sabiduría se mantenía.De cuanto me pedían mis ojos, nada les negué ni rehusé a mi corazón ninguna alegría; toda vez que mi corazón se solazaba de todas mis fatigas, y esto me compensaba de todas mis fatigas.Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos, y que ningún provecho se saca bajo el sol”.


Sólo le falta citar a los millonarios que se gastan muchísimo dinero en ir unas horas o días en una nave espacial, o algún otro capricho, y narraría la historia de nuestros días. Eso sí no cita la droga, que es placer rápido y degeneración segura, quizá porque lo ve demasiado necio, o porque bastante tiene la mayoría de su tiempo con sobrevivir en una vida austera.

Por fin, da un consejo de sencillez: “Pues todos sus días son dolor, y su oficio, penar; y ni aun de noche su corazón descansa. También esto es vanidad.No hay mayor felicidad para el hombre que comer y beber, y disfrutar en medio de sus fatigas.

Yo veo que también esto viene de la mano de Dios, pues quien come y quien bebe, lo tiene de Dios. Porque a quien le agrada, da Él sabiduría, ciencia y alegría; mas al pecador, da la tarea de amontonar y atesorar para dejárselo a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y atrapar vientos”.

También el Eclesiástico en la misma época hace mención a este modo de vivir una vida feliz y dice el Sirácida: “El corazón del hombre modela su rostro tanto hacia el bien como hacia el mal”. E insiste: “Signo de un corazón dichoso es un rostro alegre. El corazón alegre mejora la salud; el espíritu abatido seca los huesos”.

Y con buen humor y sabiduría que podríamos llamar de pueblo dice: “No entregues tu alma a la tristeza, ni te atormentes a ti mismo con tus cavilaciones.

La alegría de corazón es la vida del hombre, el regocijo del varón, prolongación de sus días. Engaña tu alma y consuela tu corazón, echa lejos de ti la tristeza; que la tristeza perdió a muchos, y no hay en ella utilidad. Envidia y malhumor los días acortan, las preocupaciones traen la vejez antes de tiempo. Un corazón radiante viene bien en las comidas, se preocupa de lo que come”.

Todos establecen la felicidad como una consecuencia del buen vivir moral y avisan de los engaños de la vida inmoral. Pero podemos ir más lejos. Es cierto que los sentidos pueden dar un cierto grado de felicidad en tanto proporcionan placeres moderados, pues cuando hay exceso de luz, de gusto, de tacto, de olor, de sonido producen dolor. Pero además, el placer de los sentidos es corto y volátil. Muchas veces se busca y no se encuentra, o se escapa como el gorrión en la mano. La imaginación y la memoria pueden proporcionar también un cierto grado de felicidad, pero muy unido a los placeres físicos, con el inconveniente que son más irreales, aunque sean muy fantásticos. La contemplación intelectual de la verdad proporciona verdadero gozo, más que placer, ahí sitúa Platón el ascenso a que conduce su ética liberándose de los engaños del cuerpo-cárcel, pero es ideal, no real, y nunca se puede abarcar toda la verdad, además de ser un camino costoso. Saber algunas cosas en esta tierra produce dolor y pena. La voluntad es atraída por el bien y goza más intensamente que la inteligencia porque lo posee, más que mirarlo o contemplarlo, además se hace buena al querer con un acto que ya es amor más que teoría.

Pero la raíz de la felicidad está en la intimidad del ser humano. El acto de ser que constituye la persona es la fuente del amor verdadero y el principal receptor. Se ama a alguien, no a su cuerpo, o su inteligencia, o su dinero. En un primer momento la felicidad brota del interior, de saberse vivo, de dar, de darse y dar ser como hemos dicho varias veces. Y eso es compatible con contrariedades externas. Amar hace feliz, aunque no haya correspondencia, como puede ser el amor a un subnormal profundo, o a un moribundo, o a un niño. Pero más aún si es correspondido. Saberse amado, no como un objeto de uso, hace feliz, permite la compenetración, el regalo mutuo, la comunión de personas, la amistad en sus mil formas.

El goce supremo va más allá aún: se trata que el amor comience en quién tiene más capacidad de dar y de darse y cada uno corresponda en la medida de sus posibilidades. Evidentemente estamos hablando de Dios, que en su Trinidad es Amante, Amado y Amador, y ama de una única y triple manera incondicionalmente, aunque el hombre se pueda cerrar a este amor. La vida feliz ya no es sólo una vida correcta y honesta, atemperada y sensata solamente, que lo es, ciertamente. Es mucho más, es beber en la fuente de la alegría sin restos de amor propio que pueden envenenar cualquier amor humano. La felicidad requiere humildad, como requiere amor. Requiere la presencia de la felicidad divina en el alma libre que la acoge y la irradia en todas las potencias humanas desde las más espirituales hasta las más sensibles; y en ese gozo laborioso y gracioso también irradia a los demás, que si no envidian –al modo de Judas a Jesús- se sentirán movidos a corresponder en una espiral de donaciones y de alegría honda.

El amor de Dios es muy distinto del humano en cuanto hace arder la esperanza, da gozo, pero se sabe que se gozará más y más, y para siempre hasta el colmo de la propia posibilidad y de una manera interpersonal amplísima. El amor humano, el generoso, está amenazado continuamente (vejez, achaques, falta de medios económicos, traiciones, locuras, y, sobre todo, la muerte que es el gran dolor de los enamorados). La esperanza de felicidad lleva a la escatología, sin la cual no se puede entender al ser humano. Dios promete al hombre que libremente quiera acoger el amor y la felicidad del cielo, la resurrección de la carne, la supresión de la muerte y con ella del mal en los nuevos cielos y la nueva tierra en su Segunda venida gloriosa. Así, aún en lo efímero y en la constatación de la persistente maldad en el mundo, pervive una esperanza que hace feliz en una realidad que tiene su garantía en Dios, no en ilusiones como una y otra vez prometen las ideologías.

La felicidad es un regalo que viene muchas veces cuando no es buscado, y que se debe tomar como se coge un pajarillo entre las manos, ni demasiado fuerte, pues muere, ni demasiado flojo, pues huye. Es un don de Dios al alma preparada. El obseso de la felicidad es como el que busca separarse de su sombra, nunca lo consigue. La felicidad es un fruto y una promesa. La felicidad tiene niveles que van desde lo más íntimo hasta lo más corporal. La felicidad en la vida mortal siempre pide más, porque es insaciable y sólo puede alcanzar su plenitud en la posesión de la comunión con Dios en la vida eterna.