domingo, 14 de agosto de 2016

Homilía de la Asunción de la Virgen María 2016

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA                                15 de agosto de 2016

sábado, 13 de agosto de 2016

Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo C

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C             14 agosto 2016
         Hermanos, ¡estamos en guerra! Y estamos en guerra contra Satanás y Cristo nos llama a filas para luchar en primera línea de batalla. Satanás y sus esbirros no nos atacarán con armas de largo alcance, ni con gases venenosos ni con artillería ligera o pesada. Nos atacará intentándonos seducir, para que nuestra voluntad sea doblegada y caigamos rendidos ante sus pies. Satanás no usará su traje auténtico con el tridente y los cuernos y patas de cabra, sino que se vestirá de la manera más seductora, atractiva y cautivadora de todas. La estrategia lo domina muy bien porque es tan ruin y miserable que conoce todas nuestras debilidades y desde ahí ordena su más eficaz de las ofensivas.
         Estamos en guerra y los que somos del bando de Cristo debemos de saber guiar a hombres y mujeres fuertemente secularizados por culpa de las ideologías imperantes. Personas que son como ovejas perdidas sin pastor viven en la ambivalencia, que viven entre preguntas existenciales que ni siquiera quieren formularse, pues saben que la respuesta les puede incomodar. Se actúa de tal modo que ser cristiano se reduce a una serie de momentos puntuales que suelen tener lugar en el templo y ahí se concluye, como una vía de tren que muere en un punto dado. En el fondo se busca la comodidad de estar siempre al lado de la mayoría y no el testimonio valiente que implica nadar contra corriente cuando haga falta.
         No esperemos que los que tengan altos cargos de responsabilidad en las diócesis o en las parroquias vayan a tomar la iniciativa en esta lucha contra Satanás o bien porque carezcan de valentía o bien porque no se crean que Cristo hace nuevas todas las cosas. Nadie es inmune a la apatía y a la frivolidad. Todos, infinidad de veces, debemos de ir al Sagrario a calentar el alma porque el frío reinante en el mundo nos llega a congelar. Porque somos cobardes y tenemos que retomar las fuerzas estando con Cristo. La iniciativa contra el mal lo tenemos que tomar nosotros, no esperamos que los demás tomen la iniciativa, porque seguramente no la tomen. Intensifiquemos nuestra oración, cuidemos los detalles de amor para con el Señor y para con los hermanos, hagamos sacrificios y mortificaciones por amor a Dios y como ayuda a aquellos que lo necesiten, en virtud de la Comunión de los Santos. En palabras de la Carta a los Hebreos: «Corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos nuestros ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (...)».
         Cuando la televisión nos pone imágenes de ciudades bombardeadas, con edificios ruinosos es cuando caemos en la cuenta de cómo la zarpa de la guerra genera daños importantes e irreversibles. En nuestra guerra contra el pecado no vemos imágenes de desolación pero sí que experimentamos la pérdida del realismo y la pérdida de la humanidad. Hace unos meses UNICEF, para crear consciencia sobre la desigualdad a la que se enfrentan los niños del mundo y cómo eso afecta a su futuro y el de sus familias realizó un experimento social. Una niña de unos seis años iba a aparecer mostrándose perdida y desorientada en una gran zona de terrazas tanto de restaurantes como de cafeterías. En la primera parte de este experimento sociológico a la niña le habían vestido muy elegante, bien aseada, perfumada. Al principio las personas se le acercan y le preguntan si está perdida y le hablan amorosamente. Incluso se sienta a la mesa con los comensales, pero cuando un poco más tarde la misma niña viste distinto, con harapos, con la cara sucia, todos la ignoran. Incluso la empujaban y las mujeres cogían de la mano sus bolsos y algunos llamaban a los camareros para que echasen a esa niña molesta de allí.  Nos damos cuenta de cómo el mal, el pecado gana terreno, vemos sus consecuencias, por eso es fundamental hacer una contraofensiva.
         El profeta Jeremías estaba en esta línea de luchar ‘a brazo partido’ contra el mal. Y el profeta Jeremías desde ese aljibe, desde ese pozo seco, repleto de lodo seguía profetizando con la esperanza de ser oído y así incitar al pueblo a la conversión. Sabía que estar al lado de Dios le iba a acarrear muchos pleitos, muchos problemas y un sin fin de quebraderos de cabeza. Pero sin embargo estaba contento porque seguía al correcto, al Dios de Israel.  
         Sin embargo, en esta guerra contra el pecado debemos de recordar que el principal enemigo lo tenemos dentro: nuestra soberbia, nuestros odios, nuestro particular pecado que nos vicia en todo lo que hacemos, pensamos y amamos. Mi hermano tendrá la habilidad de ‘sacarme de mis casillas’, pero es que mi hermano no es mi contrincante, sino una oportunidad de oro para crecer y madurar en el amor. Mi contrincante es mi pecado que no me permite ver esa oportunidad que Dios me ofrece. Satanás te dice: «tú estas genial, es el otro el que tiene toda la culpa», y de este modo nos engaña.

         Dice el Señor: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». Sólo al lado de Cristo podremos reponer las fuerzas, calentar con el fuego de su Espíritu Santo nuestras almas para poder así frente en ‘nuestra pelea contra el pecado’.

domingo, 7 de agosto de 2016

Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
                Sab 18, 6-9; Sal 32; Heb 11,1-2.8-19; Lc 12, 32-48
Así como nuestro organismo se va nutriendo de los diversos alimentos que ingerimos y lo que no se digiere se desecha, así nos sucede con la vida del alma. Los continuos encuentros que tenemos con Jesucristo –en la Eucaristía, en el sacramento del perdón, en la oración personal y en comunidad, cada vez que pedimos perdón o amamos a un hermano-, esos encuentros nutren, alimentan nuestra alma y nos permiten percibir la presencia del Resucitado en medio de todos nosotros. Nuestra vida cristiana se nutre gracias a los encuentros con Cristo. Es más, del mismo modo que en la vida de una pareja de novios se van marcando como ‘hitos’, como momentos especiales, que van ofreciendo como ‘fogonazos de luz’ para poder discernir si esa persona es o no es la adecuada para compartir toda la vida, algo parecido sucede en el mundo del alma. Durante nuestra vida cristiana y siempre que nos pongamos en las manos del Espíritu Santo, el Señor nos va mostrando su rostro, su voluntad, su presencia. De tal modo que vamos adquiriendo experiencia de lo sobrenatural. Del mismo modo que el pueblo de Israel para destacar y rememorar la acción de Dios en un lugar concreto levantaba allí un altar para dejar constancia de lo allí acontecido, así Dios deja su impronta personal en cada uno.
            Me comentaban unos jóvenes que habían estado en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia que han regresado con las mochilas repletas de experiencias de fe. Contaban cómo familias cristianas les habían acogido en sus casas y que la hospitalidad que habían recibido les había llegado hasta el fondo de su corazón. Estos jóvenes no entendían ni una palabra de polaco, pero se sentían profundamente unidos a ellos porque Cristo estaba allí en medio de todo eso. Como un electroimán cuando le das la corriente eléctrica atrae hacia sí todo los hierros, así ocurre cuando la presencia de Cristo está en medio.  Resulta que allí había jóvenes de países enfrentados entre sí, y allí estaban ellos, mezclados, cantando, bailando, rezando y escuchando al Papa. Me contaban algunos hermanos del Camino Neocatecumenal que cristianos de países del continente africano y asiático cantando las canciones del Camino y muchos hermanos europeos cantándolas y bailándolas al reconocer el ritmo y la música; y allí todos formando un solo cuerpo, una sola Iglesia. Esas y muchas experiencias de fe que han adquirido, en las cuales Dios ha dejado en cada uno su impronta, su huella personal.
Sin embargo no olvidemos lo que nos dice hoy el libro de la Sabiduría, que tengamos buen ánimo y que tengamos certeza en las promesas que creemos. Porque las dificultades y la persecución por la Palabra va a aparecer por todos los frentes. Recordemos que el ambiente que refleja el trasfondo el libro de la Sabiduría parece identificarse con la diáspora judía en Egipto. Y allí en Egipto los judíos no lo tuvieron nada fácil, porque se movían en otras culturas, con otras ideas, con otra mentalidad totalmente distinta, con una cantidad de ídolos dando vueltas por todos los lados,  y cierto clima de hostilidad y de persecución a causa de la fe. Ante esto muchos judíos llegaron a apostatar y otros estuvieron a punto de hacerlo. Constantemente nuestra sociedad nos invita a dejarnos seducir por el materialismo, por el consumismo, lo sensual, lo cómodo y fácil. Nos envía eslóganes mensajes publicitarios, etc., cuyo mensaje es que lo que tienes que hacer ‘para vivir a tope’ es  apostatar de tu fe, no tanto de una manera oficial pero sí el apostatar con hechos consumados.
Por eso el autor del libro de la Sabiduría alienta a los creyentes y muestra al pueblo cómo Dios siempre provee, cómo Dios siempre auxilia. Dios día a día provee. Y provee siempre que acudamos a Él, porque por mucho que quiera poner un cántaro de agua debajo de un caño abundante de la fuente como se tenga puesta la mano en la entrada del cántaro taponándolo, poca agua entrará. Tal vez no seamos capaces de darnos cuenta en qué cosas está el Señor proveyendo. Pero sin embargo provee. Puede suceder como cuando alguien ha ideado y llevado a cabo un magnífico y enorme mosaico de dimensiones gigantescas que únicamente se puede contemplar en todo su esplendor desde una altura considerable del cielo. Cuando estás en tierra ni lo percibes, pero cuando estás arriba te quedas asombrado de lo que tenías allá abajo, que incluso lo estabas pisando  y no te dabas ni cuenta de ello. 
Nos hace una clara invitación para que recordemos, para que pasemos de nuevo por el corazón, para que tiremos de esas experiencias de fe que hemos adquirido para así recobrar fuerzas y el ánimo para avanzar hacia Cristo en nuestro particular desierto, cuando la cosas las veamos muy difíciles y en nuestras particulares alegrías cuando sintamos que la vida nos sonríe. Sabiendo que el mal no va a dejar de seducirnos y que Satanás se va a esforzar en ganarnos para su causa.

            Tengamos presentes las palabras de Cristo: «Tened encendidas las lámparas». Una llamada a la vigilancia. Las lámparas de las que nos habla el texto evangélico no son de modo alguno candiles de arcilla, ni tampoco faroles, sino antorchas: son palos en cuya parte superior se han arrollado trapos o estopa impregnados en aceite. Esto supone un mayor trabajo y más aceite de la cuenta. Y hay que esperar con las antorchas llameantes, ya que la llama no puede encenderse tan rápidamente. Es preciso preparar las antorchas, quitar de los trapos los restos carbonizados y volverlos a rociar de aceite para que ardan de nuevo con viva luz. El aceite, o sea la vigilancia, el estar en tensión de amor hacia Cristo no es improvisa de la noche a la mañana, es un proceso paulatino y constante... se trata de esos miles de encuentros diarios con el Señor que permiten que, como si fuera una hoguera madero tras madero, rama tras rama y tronco tras tronco, sea siempre alimentada para que en ningún momento se apague. 

domingo, 31 de julio de 2016

Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C                   31 de julio de 2016

            Alguna vez he oído decir a padres que ellos darían todos los bienes que ellos tienen con tal que su hijo recupere la salud. Nos pensamos que nuestras riquezas son como un seguro de protección ante eventuales desgracias, de tal modo que nos ponemos bajo su amparo, pedimos su protección que es tanto como rendirlos culto. Tal y como hacían los paganos con sus dioses antiguos, se les ofrece incienso y sacrificios para obtener su protección.  Es curioso porque es tanto como pensar que con mi propio trabajo, con el dinero que yo gano marco mi propio ritmo de vida, voy gestando -como un niño en el seno materno- mi particular universo; compro lo que quiero comprar, viajo donde .quiero viajar, se ama como se desea amar…. A mayor dinero y afectos adquiridos mayor capacidad de autonomía se va  adquiriendo y se va marcando las propias normas de vida conforme a lo que uno considera importante. Y a este universo que uno mismo se ha creado se le ha dado unas leyes de funcionamiento donde lo bueno o lo malo queda a expensas del agrado o desagrado del interesado. Los hijos que se tengan dentro de la convivencia se van a ir nutriendo de lo que ellos mismos vean y asumirán como algo normal ese particular universo que han heredado. Han heredado un espectacular castillo de naipes, pero ellos aún no lo saben.
            Se creen seguros en ese particular barco donde guardan en su camarote todas sus riquezas, posesiones, afectos y seguridades. Sin saber cómo, de un modo repentino todo empieza a arder, las bodegas se inundan de agua y el barco naufraga en medio del océano sin poder hacer nada por evitarlo. ¿Qué provecho sacas ahora de todo lo que tienes? Uno empieza a buscar desesperadamente una tabla de salvación, un chaleco salvavidas y uno se arrepiente porque más de una vez se le había ofrecido y mil veces lo rechazó, porque en ese universo creado por ese hombre Dios no tuvo la más mínima cabida. «Vanidad de vanidades, dice Qohélet, todo es vanidad» nos recuerda el libro del Eclesiastés.
            Dios actúa en lo cotidiano. Sin embargo uno se acostumbra a lo cotidiano, a lo que acontece cada día y pasamos por alto las acciones maravillosas del Señor. Nos decimos cristianos pero nuestro proceder es de paganos. No soy cristiano porque acuda a un culto cristiano. Soy cristiano porque he sido bautizado y porque quiero vivir del espíritu de Cristo resucitado. Nos dice San Pablo en la segunda de las lecturas a los colosenses: «Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios». ¿Tengo experiencia de la exigencia que supone vivir del espíritu de Cristo resucitado? ¿Podrías tú hablar de los frutos conseguidos en tu vida por haber vivido del espíritu de Cristo resucitado? No se ustedes, pero yo percibo con mayor intensidad los frutos de aquellos que viven las normas de su particular universo. En la iglesia nos alegramos de que los niños asistan a las catequesis de primera Comunión o de confirmación, o que los novios acudan a los cursillos prematrimoniales. Sin embargo entran en las catequesis como paganos y salen como paganos porque se limitan a cumplir con la ley (acudir a unas reuniones mas o menos entretenidas) y no se arriesgan a vivir en el espíritu de Cristo resucitado, o bien porque aquellos que deberían de introducirles no saben, no pueden o tal vez porque ellos mismos aún ni lo han descubierto, y un ciego ¿cómo puede guiar a otro ciego?
            San Pablo nos está hablando de ser hombres nuevos en Cristo. Es más, nos dice lo siguiente: «Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo». Es decir que ni yo ni nadie puede decir que es cristiano si actúo y pienso como un pagano. Si un creyente se acerca a la Eucaristía y no está dispuesto a perdonar y a rezar por los que le odian está siendo un mal cristiano y un ejemplo lamentable para todos. Si uno se dice cristiano pero no defiende la moral de la Iglesia está siendo un ejemplo dañino para muchos. Nadie puede ser cristiano y vivir con posturas relativistas del 'todo depende de cómo se mire'. Esto genera un conflicto sin precedentes en nuestra alma. Dice Jesucristo: «El vino nuevo se echa en odres nuevos» (Mt 9, 17).

            Nadie puede vivir su ser cristiano si se mueve conforme a sus propias normas de vida, en donde uno establece lo que está bien o mal, apetece o no apetece. Cristo es la medida de todas las cosas y nosotros le obedecemos. Nosotros no somos la medida de todas las cosas, es Cristo. 

sábado, 23 de julio de 2016

Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
                Génesis 18, 20-32
                Salmo 137
                Colosenses 2, 12-14
                Lucas 11, 1-13

            En el pasado cuando veían años de sequía los agricultores lo pasaban bastante mal porque en ese año de ‘vacas flacas’ el pan y el alimento iba a escasear. Hace muy pocos días, cuando fui a comprar el pan en uno de los tantos despachos de la capital, estaba la tendera que ‘echaba humo’ porque una mujer –que antes había sido una clienta habitual y que en la actualidad esta en paro y con una niña de seis años- le debía 72 euros. Además, seguía refunfuñando porque esa misma mañana, su hija pequeña mandada a hacer ese recado por su madre, había ido a esa tienda a por barras de pan y huevos y la tendera se los negó. Unos clientes habituales que habían pagado siempre ‘religiosamente’, ahora que están atravesando una época de ‘vacas flacas’ son mirados con sospecha negándolos ese pan y esos huevos. Duele y mucho al constatar que cuando el dinero escasea empiezan a surgir el rechazo, la marginación, el hambre y la igualdad se destroza en mil y un añicos. Es verdad que hay que tener muchas alturas de miras, una sólida espiritualidad y muchas veces pasar como ingenuo o como ‘tonto’, aun sabiendo que te pueden engañar, para poder paliar el hambre de esos hermanos nuestros y así conseguir una sonrisa de nuestro Padre del Cielo.
            ¿Qué interés tenía Abrahán en las ciudades de Sodoma y Gomorra? ¿A caso tenía tierras,  casas, ganados o comercios allí y por esos intereses personales se empeñaba en salvar esas ciudades? Cuando escasea el dinero enseguida nos alertamos porque vemos peligrar nuestras seguridades, porque nos sentimos a expensas de los temores y nos van apartando de la dinámica de las cosas cotidianas como pueden ser comprar el pan, pagar la luz, hacer frente a la cuota de la comunidad de vecinos, comprar los libros de texto de los niños o incluso esa medicina que es necesaria pero a la que ya no se puede adquirir. Sin embargo, cuando nuestra alma está sufriendo una pertinaz sequía por no rezar las cosas parecen que van normales sin producirse ningún cambio que genere desestabilidad. Pero no engañemos, sólo hay apariencia de normalidad. En Sodoma y en Gomorra se había tomado la decisión de expulsar a Dios de sus vidas y con sus hechos constataban que no querían ni hablar de Dios. Los habitantes de Sodoma y Gomorra tenían puesto su corazón en el dinero, en la lujuria, en el desenfreno, en todo tipo de apetitos desordenados. Las consecuencias de su actuación fue su propia perdición.
A corto y mediano plazo estarían todos muy contentos ya que el pecado tiene su dosis que lo hace atractivo y ser deseado. Pero va originando la dinámica de un desorden interno que al convivir con ello se ve como algo normal, acostumbrándote a estar sin lo divino, que te envenena poco a poco pervirtiendo el entendimiento y el corazón. Uno de los problemas muy serios que esto acarrea es que cuando hay colectivos numerosos de personas que tienen pervertidos el entendimiento y el corazón pretenden dar un paso más: normalizar esa situación para que sea entendido y concebido como algo normal y con un derecho reconocido. Esta era precisamente Sodoma y Gomorra. Y en todo este contexto de perdición y pecado, el bueno de Abrahán ¿qué pinta aquí? Le encontramos rezando, intercediendo ante Dios por esos pueblos pecadores. En mitad de estos pueblos impíos Abrahán hace presente a Dios con su oración. Como si fuera en medio del bosque en una noche totalmente oscura, él aparece con una vela que de algún modo rompe con la soberanía de las tinieblas. En medio de esa tierra reseca sin Dios, Abrahán lo riega con su oración permitiendo la salvación de aquellos que quisieron salvarse: Lot y su familia.
            Nosotros estamos llamados a seguir el ejemplo de Abrahán rezando en medio de este pueblo para así hacer presente a Cristo y que su nombre sea escuchado y jamás sea silenciado, y así Dios se pueda hacer presente ante esta gente que se empeña en ignorarlo.
            Jesucristo hoy nos dice: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre». En la oración se experimenta «la amistad con que Dios nos trata», tal y como nos dice Santa Teresa de Jesús en Camino. De tal modo que la oración potencia, dinamiza, libera, desata la capacidad de entrega y de donación. Abre con fuerza irresistible a los caminos del amor. El amor está llamado a ser creativo, a ir abriendo nuevas veredas en la hierba y en los arbustos que pisada tras pisada de uno y cientos de caminantes van marcando esa nueva ruta. El estar con Cristo en la oración nos abre el entendimiento y me urge a obrar con un estilo de amor. Recordemos lo que nos dice Santa Teresa de Jesús: «El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen».

Si yo no estoy regado con el agua que me ofrece Cristo en la oración ¿cómo voy a poder dar esas barras de pan y esa docena de huevos a esa niña pequeña? Si quito a Cristo de mi vida sólo veré a una pedigüeña y aprovechada, que esto era en el fondo lo que estaba viendo esa tendera de la panadería. 

sábado, 16 de julio de 2016

Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo C

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C                      17 de julio de 2016
            Cuando uno llega a descubrir el amor que le tiene Cristo se siente en deuda para con todos. En un primer momento Abrahán sólo reconoció en esos visitantes a tres huéspedes humanos, a tres personas que fueron recibidos con una magnífica hospitalidad. Nos cuenta la Palabra que «Abrahán, en cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de su tienda. Esto es una consecuencia de alguien que se sostiene en la Palabra de Dios. Sin embargo, todos tenemos 'daños colaterales' causados por nuestro pecado que nos demuestra que no nos sostenemos en la Palabra de Dios. El tiempo trascurre y las rutinas nos van 'como domesticando', sin darnos cuenta nos vamos enfriando en el trato personal y fraterno creyendo que el leño que echamos hace tiempo en la hoguera aún se está consumiendo generando ese calor; y de ese leño sólo quedan las cenizas. Al no sostenernos en la Palabra de Dios cumplimos con los deberes asumidos, asistimos a lo que tenemos que asistir pero no reina ese espíritu de lo divino en nuestras relaciones humanas. Y como una herida mal curada se genera un callo, acostumbrándonos a la ausencia de lo trascendente en medio de lo cotidiano. Abrahán sí se sostenía en la Palabra y de ahí que pudiera disfrutar del carácter divino de esas tres personas que se hospedaron en su tienda aquel día tan caluroso.
            Como bautizados que somos llevamos muchos años en las parroquias y en las diversas comunidades. Y cuando hacemos nuestras revisiones anuales o cuando compartimos se carece de esa fuerza que genera la comunión que nos trae el Espíritu Santo. Podemos estar mil años juntos, pero no haber entrado en la dinámica gozosa de la comunión entre nosotros. Que un hermano sufre, todos sufrimos con él, que un hermano llora, todos lloramos con él. En palabras de San Pablo: «¿Qué un miembro sufre? Todos los miembros sufrimos con él. ¿Qué un miembro es agasajado? Todos los miembros comparten su alegría» (1 Cor 12, 26). Es en estos casos cuando uno descubre la presencia real de lo divino en las relaciones humanas cotidianas, tal y como sucedían con los antiguos aventureros que acudían en masa a los ríos para cribar el agua y así encontrar entre tanta piedrecita  las ansiadas pepitas de oro.
            El mundo necesita ver que nos amamos, que estamos como inmersos en esa dinámica de lo divino donde nadie es extraño, sino que se participa ya aquí y ahora de esa comunión de los santos en el que el otro es como si fuera una prolongación de mi propio yo porque Cristo está ahí en medio, actuando y manifestando la fuerza de su obrar.

            Muchos han sido bautizados en la Iglesia y actúan como auténticos paganos, por eso es tan importante que nos esforcemos en ese proceso de conversión personal, que nos dejemos sostener por la Palabra divina, para poder llegar a ser, con la fuerza del Todopoderoso, como ese faro encendido puesto en lo alto del acantilado que oriente hacia Cristo a tantos bautizados desorientados. San Pablo desea que «todos lleguen a la madurez en su vida cristiana» (Col 1, 28). Nacemos y crecemos en la Iglesia y las diversas experiencias de lo divino que vayamos adquiriendo nos irá ayudando a aceptar las limitaciones de nuestros hermanos, reconociendo las propias, dándonos cuenta que si esto sale adelante es porque Dios está en medio de nosotros.