LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN
MARÍA 15 de agosto de 2016
domingo, 14 de agosto de 2016
Homilía de la Asunción de la Virgen María 2016
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Virgen María
sábado, 13 de agosto de 2016
Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario, Ciclo C
DOMINGO
XX DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
14
agosto 2016
Hermanos, ¡estamos en guerra! Y estamos
en guerra contra Satanás y Cristo nos llama a filas para luchar en primera
línea de batalla. Satanás y sus esbirros no nos atacarán con armas de largo
alcance, ni con gases venenosos ni con artillería ligera o pesada. Nos atacará
intentándonos seducir, para que nuestra voluntad sea doblegada y caigamos
rendidos ante sus pies. Satanás no usará su traje auténtico con el tridente y
los cuernos y patas de cabra, sino que se vestirá de la manera más seductora,
atractiva y cautivadora de todas. La estrategia lo domina muy bien porque es
tan ruin y miserable que conoce todas nuestras debilidades y desde ahí ordena
su más eficaz de las ofensivas.
Estamos en guerra y los que somos del
bando de Cristo debemos de saber guiar a hombres y mujeres fuertemente
secularizados por culpa de las ideologías imperantes. Personas que son como
ovejas perdidas sin pastor viven en la ambivalencia, que viven entre preguntas existenciales
que ni siquiera quieren formularse, pues saben que la respuesta les puede
incomodar. Se actúa de tal modo que ser cristiano se reduce a una serie de
momentos puntuales que suelen tener lugar en el templo y ahí se concluye, como
una vía de tren que muere en un punto dado. En el fondo se busca la comodidad
de estar siempre al lado de la mayoría y
no el testimonio valiente que implica nadar contra corriente cuando haga falta.
No esperemos que los que tengan altos
cargos de responsabilidad en las diócesis o en las parroquias vayan a tomar la
iniciativa en esta lucha contra Satanás o bien porque carezcan de valentía o
bien porque no se crean que Cristo hace nuevas todas las cosas. Nadie es inmune
a la apatía y a la frivolidad. Todos, infinidad de veces, debemos de ir al
Sagrario a calentar el alma porque el frío reinante en el mundo nos llega a
congelar. Porque somos cobardes y tenemos que retomar las fuerzas estando con
Cristo. La iniciativa contra el mal lo
tenemos que tomar nosotros, no esperamos que los demás tomen la iniciativa,
porque seguramente no la tomen. Intensifiquemos nuestra oración, cuidemos los
detalles de amor para con el Señor y para con los hermanos, hagamos sacrificios
y mortificaciones por amor a Dios y como ayuda a aquellos que lo necesiten, en
virtud de la Comunión
de los Santos. En palabras de la
Carta a los Hebreos: «Corramos, con constancia, en la carrera que
nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia,
fijos nuestros ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (...)».
Cuando la televisión nos pone imágenes
de ciudades bombardeadas, con edificios ruinosos es cuando caemos en la cuenta
de cómo la zarpa de la guerra genera daños importantes e irreversibles. En
nuestra guerra contra el pecado no vemos imágenes de desolación pero sí que experimentamos la pérdida del
realismo y la pérdida de la humanidad. Hace unos meses UNICEF, para crear
consciencia sobre la desigualdad a la que se enfrentan los niños del mundo y
cómo eso afecta a su futuro y el de sus familias realizó un experimento social.
Una niña de unos seis años iba a aparecer mostrándose perdida y desorientada en
una gran zona de terrazas tanto de restaurantes como de cafeterías. En la
primera parte de este experimento sociológico a la niña le habían vestido muy
elegante, bien aseada, perfumada. Al principio las personas se le acercan y le
preguntan si está perdida y le hablan amorosamente. Incluso se sienta a la mesa
con los comensales, pero cuando un poco más tarde la misma niña viste distinto,
con harapos, con la cara sucia, todos la ignoran. Incluso la empujaban y las
mujeres cogían de la mano sus bolsos y algunos llamaban a los camareros para
que echasen a esa niña molesta de allí. Nos damos cuenta de cómo el mal, el pecado
gana terreno, vemos sus consecuencias, por eso es fundamental hacer una
contraofensiva.
El profeta Jeremías estaba en esta
línea de luchar ‘a brazo partido’ contra el mal. Y el profeta Jeremías desde
ese aljibe, desde ese pozo seco, repleto de lodo seguía profetizando con la
esperanza de ser oído y así incitar al pueblo a la conversión. Sabía que estar
al lado de Dios le iba a acarrear muchos pleitos, muchos problemas y un sin fin
de quebraderos de cabeza. Pero sin embargo estaba contento porque seguía al
correcto, al Dios de Israel.
Sin embargo, en esta guerra contra el
pecado debemos de recordar que el principal enemigo lo tenemos dentro: nuestra
soberbia, nuestros odios, nuestro particular pecado que nos vicia en todo lo
que hacemos, pensamos y amamos. Mi hermano tendrá la habilidad de ‘sacarme de
mis casillas’, pero es que mi hermano no es mi contrincante, sino una
oportunidad de oro para crecer y madurar en el amor. Mi contrincante es mi
pecado que no me permite ver esa oportunidad que Dios me ofrece. Satanás te
dice: «tú estas genial, es el otro el que tiene toda la culpa», y de este modo nos engaña.
Dice el Señor: «He venido a prender fuego a la
tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». Sólo al lado de Cristo
podremos reponer las fuerzas, calentar con el fuego de su Espíritu Santo
nuestras almas para poder así frente en ‘nuestra pelea contra el pecado’.
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domingo, 7 de agosto de 2016
Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XIX
DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
Sab
18, 6-9; Sal 32; Heb 11,1-2.8-19; Lc 12, 32-48
Así como nuestro organismo
se va nutriendo de los diversos alimentos que ingerimos y lo que no se digiere
se desecha, así nos sucede con la vida del alma. Los continuos encuentros que
tenemos con Jesucristo –en la
Eucaristía , en el sacramento del perdón, en la oración
personal y en comunidad, cada vez que pedimos perdón o amamos a un hermano-,
esos encuentros nutren, alimentan nuestra alma y nos permiten percibir la
presencia del Resucitado en medio de todos nosotros. Nuestra vida cristiana se nutre gracias a los encuentros con Cristo.
Es más, del mismo modo que en la vida de una pareja de novios se van marcando
como ‘hitos’, como momentos especiales, que van ofreciendo como ‘fogonazos de
luz’ para poder discernir si esa persona es o no es la adecuada para compartir
toda la vida, algo parecido sucede en el mundo del alma. Durante nuestra vida
cristiana y siempre que nos pongamos en las manos del Espíritu Santo, el Señor nos va mostrando su rostro, su
voluntad, su presencia. De tal modo que vamos adquiriendo experiencia de lo
sobrenatural. Del mismo modo que el pueblo de Israel para destacar y rememorar
la acción de Dios en un lugar concreto levantaba allí un altar para dejar
constancia de lo allí acontecido, así
Dios deja su impronta personal en cada uno.
Me
comentaban unos jóvenes que habían estado en la Jornada Mundial de la Juventud en Polonia que han regresado con las mochilas repletas de
experiencias de fe. Contaban cómo familias cristianas les habían acogido en
sus casas y que la hospitalidad que habían recibido les había llegado hasta el
fondo de su corazón. Estos jóvenes no entendían ni una palabra de polaco, pero se sentían profundamente unidos a
ellos porque Cristo estaba allí en medio de todo eso. Como un electroimán
cuando le das la corriente eléctrica atrae hacia sí todo los hierros, así
ocurre cuando la presencia de Cristo está en medio. Resulta que allí había jóvenes de países
enfrentados entre sí, y allí estaban ellos, mezclados, cantando, bailando,
rezando y escuchando al Papa. Me contaban algunos hermanos del Camino
Neocatecumenal que cristianos de países del continente africano y asiático
cantando las canciones del Camino y muchos hermanos europeos cantándolas y
bailándolas al reconocer el ritmo y la música; y allí todos formando un solo
cuerpo, una sola Iglesia. Esas y muchas experiencias de fe que han adquirido,
en las cuales Dios ha dejado en cada uno su impronta, su huella personal.
Sin embargo no olvidemos
lo que nos dice hoy el libro de la
Sabiduría , que
tengamos buen ánimo y que tengamos certeza en las promesas que creemos. Porque
las dificultades y la persecución por la Palabra va a aparecer por todos los frentes. Recordemos
que el ambiente que refleja el trasfondo el libro de la Sabiduría parece
identificarse con la diáspora judía en Egipto. Y allí en Egipto los judíos no
lo tuvieron nada fácil, porque se movían en otras culturas, con otras ideas,
con otra mentalidad totalmente distinta, con una cantidad de ídolos dando
vueltas por todos los lados, y cierto
clima de hostilidad y de persecución a causa de la fe. Ante esto muchos judíos
llegaron a apostatar y otros estuvieron a punto de hacerlo. Constantemente
nuestra sociedad nos invita a dejarnos seducir por el materialismo, por el
consumismo, lo sensual, lo cómodo y fácil. Nos envía eslóganes mensajes
publicitarios, etc., cuyo mensaje es que lo que tienes que hacer ‘para vivir a
tope’ es apostatar de tu fe, no tanto de
una manera oficial pero sí el apostatar
con hechos consumados.
Por eso el autor del libro de la Sabiduría alienta a los
creyentes y muestra al pueblo cómo Dios siempre provee, cómo Dios siempre
auxilia. Dios día a día provee. Y provee siempre que acudamos a Él, porque por
mucho que quiera poner un cántaro de agua debajo de un caño abundante de la
fuente como se tenga puesta la mano en la entrada del cántaro taponándolo, poca
agua entrará. Tal vez no seamos capaces de darnos cuenta en qué cosas está el
Señor proveyendo. Pero sin embargo provee. Puede suceder como cuando alguien ha
ideado y llevado a cabo un magnífico y enorme mosaico de dimensiones
gigantescas que únicamente se puede contemplar en todo su esplendor desde una
altura considerable del cielo. Cuando estás en tierra ni lo percibes, pero
cuando estás arriba te quedas asombrado de lo que tenías allá abajo, que
incluso lo estabas pisando y no te dabas
ni cuenta de ello.
Nos hace una clara
invitación para que recordemos, para que pasemos de nuevo por el corazón, para
que tiremos de esas experiencias de fe que hemos adquirido para así recobrar
fuerzas y el ánimo para avanzar hacia Cristo en nuestro particular desierto,
cuando la cosas las veamos muy difíciles y en nuestras particulares alegrías
cuando sintamos que la vida nos sonríe. Sabiendo que el mal no va a dejar de
seducirnos y que Satanás se va a esforzar en ganarnos para su causa.
Tengamos
presentes las palabras de Cristo: «Tened encendidas las lámparas». Una llamada
a la vigilancia. Las lámparas de las que nos habla el texto evangélico no son
de modo alguno candiles de arcilla, ni tampoco faroles, sino antorchas: son
palos en cuya parte superior se han arrollado trapos o estopa impregnados en
aceite. Esto supone un mayor trabajo y más aceite de la cuenta. Y hay que esperar
con las antorchas llameantes, ya que la llama no puede encenderse tan
rápidamente. Es preciso preparar las antorchas, quitar de los trapos los restos
carbonizados y volverlos a rociar de aceite para que ardan de nuevo con viva
luz. El aceite, o sea la vigilancia, el
estar en tensión de amor hacia Cristo no es improvisa de la noche a la mañana,
es un proceso paulatino y constante... se trata de esos miles de encuentros
diarios con el Señor que permiten que, como si fuera una hoguera madero tras
madero, rama tras rama y tronco tras tronco, sea siempre alimentada para que en
ningún momento se apague.
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lunes, 1 de agosto de 2016
domingo, 31 de julio de 2016
Homilía del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO
XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C 31 de julio de 2016
Alguna vez he oído decir a padres
que ellos darían todos los bienes que ellos tienen con tal que su hijo recupere
la salud. Nos pensamos que nuestras riquezas son como un seguro de protección
ante eventuales desgracias, de tal modo que nos ponemos bajo su amparo, pedimos
su protección que es tanto como rendirlos culto. Tal y como hacían los paganos
con sus dioses antiguos, se les ofrece incienso y sacrificios para obtener su
protección. Es curioso porque es tanto
como pensar que con mi propio trabajo, con el dinero que yo gano marco mi
propio ritmo de vida, voy gestando -como un niño en el seno materno- mi
particular universo; compro lo que quiero comprar, viajo donde .quiero viajar,
se ama como se desea amar…. A mayor dinero y afectos adquiridos mayor capacidad
de autonomía se va adquiriendo y se va marcando las propias normas de vida
conforme a lo que uno considera importante. Y a este universo que uno mismo
se ha creado se le ha dado unas leyes de funcionamiento donde lo bueno o lo
malo queda a expensas del agrado o desagrado del interesado. Los hijos que se
tengan dentro de la convivencia se van a ir nutriendo de lo que ellos mismos
vean y asumirán como algo normal ese particular universo que han heredado. Han
heredado un espectacular castillo de naipes, pero ellos aún no lo saben.
Se creen seguros en ese particular
barco donde guardan en su camarote todas sus riquezas, posesiones, afectos y
seguridades. Sin saber cómo, de un modo repentino todo empieza a arder, las
bodegas se inundan de agua y el barco naufraga en medio del océano sin poder
hacer nada por evitarlo. ¿Qué provecho sacas ahora de todo lo que tienes? Uno
empieza a buscar desesperadamente una tabla de salvación, un chaleco salvavidas
y uno se arrepiente porque más de una vez se le había ofrecido y mil veces lo
rechazó, porque en ese universo creado por ese hombre Dios no tuvo la más
mínima cabida. «Vanidad de vanidades,
dice Qohélet, todo es vanidad» nos recuerda el libro del Eclesiastés.
Dios actúa en lo cotidiano. Sin
embargo uno se acostumbra a lo cotidiano, a lo que acontece cada día y pasamos
por alto las acciones maravillosas del Señor. Nos decimos cristianos pero
nuestro proceder es de paganos. No soy cristiano porque acuda a un culto
cristiano. Soy cristiano porque he sido
bautizado y porque quiero vivir del espíritu de Cristo resucitado. Nos dice
San Pablo en la segunda de las lecturas a los colosenses: «Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios».
¿Tengo experiencia de la exigencia que supone vivir del espíritu de Cristo
resucitado? ¿Podrías tú hablar de los
frutos conseguidos en tu vida por haber vivido del espíritu de Cristo
resucitado? No se ustedes, pero yo percibo con mayor intensidad los frutos
de aquellos que viven las normas de su particular universo. En la iglesia nos
alegramos de que los niños asistan a las catequesis de primera Comunión o de
confirmación, o que los novios acudan a los cursillos prematrimoniales. Sin
embargo entran en las catequesis como paganos y salen como paganos porque se
limitan a cumplir con la ley (acudir a unas reuniones mas o menos entretenidas)
y no se arriesgan a vivir en el espíritu
de Cristo resucitado, o bien porque aquellos que deberían de introducirles
no saben, no pueden o tal vez porque ellos mismos aún ni lo han descubierto, y
un ciego ¿cómo puede guiar a otro ciego?
San Pablo nos está hablando de ser
hombres nuevos en Cristo. Es más, nos dice lo siguiente: «Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de
la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar
a conocerlo». Es decir que ni yo ni
nadie puede decir que es cristiano si actúo y pienso como un pagano. Si un
creyente se acerca a la Eucaristía y no está dispuesto a perdonar y a rezar por
los que le odian está siendo un mal cristiano y un ejemplo lamentable para
todos. Si uno se dice cristiano pero no defiende la moral de la Iglesia está
siendo un ejemplo dañino para muchos. Nadie puede ser cristiano y vivir con
posturas relativistas del 'todo depende de cómo se mire'. Esto genera un
conflicto sin precedentes en nuestra alma. Dice Jesucristo: «El vino nuevo se echa en odres nuevos»
(Mt 9, 17).
Nadie puede vivir su ser cristiano
si se mueve conforme a sus propias normas de vida, en donde uno establece lo
que está bien o mal, apetece o no apetece. Cristo es la medida de todas las
cosas y nosotros le obedecemos. Nosotros no somos la medida de todas las cosas,
es Cristo.
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sábado, 23 de julio de 2016
Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO XVII
DEL TIEMPO ORDINARIO, Ciclo C
Génesis
18, 20-32
Salmo
137
Colosenses
2, 12-14
Lucas
11, 1-13
En
el pasado cuando veían años de sequía los agricultores lo pasaban bastante mal
porque en ese año de ‘vacas flacas’ el pan y el alimento iba a escasear. Hace
muy pocos días, cuando fui a comprar el pan en uno de los tantos despachos de
la capital, estaba la tendera que ‘echaba humo’ porque una mujer –que antes
había sido una clienta habitual y que en la actualidad esta en paro y con una
niña de seis años- le debía 72 euros. Además, seguía refunfuñando porque esa
misma mañana, su hija pequeña mandada a hacer ese recado por su madre, había
ido a esa tienda a por barras de pan y huevos y la tendera se los negó. Unos
clientes habituales que habían pagado siempre ‘religiosamente’, ahora que están
atravesando una época de ‘vacas flacas’ son mirados con sospecha negándolos ese
pan y esos huevos. Duele y mucho al constatar que cuando el dinero escasea
empiezan a surgir el rechazo, la marginación, el hambre y la igualdad se
destroza en mil y un añicos. Es verdad que hay que tener muchas alturas de
miras, una sólida espiritualidad y muchas veces pasar como ingenuo o como
‘tonto’, aun sabiendo que te pueden engañar, para poder paliar el hambre de
esos hermanos nuestros y así conseguir una sonrisa de nuestro Padre del Cielo.
¿Qué interés tenía Abrahán en las ciudades
de Sodoma y Gomorra? ¿A caso tenía tierras,
casas, ganados o comercios allí y por esos intereses personales se
empeñaba en salvar esas ciudades? Cuando escasea el dinero enseguida nos
alertamos porque vemos peligrar nuestras seguridades, porque nos sentimos a
expensas de los temores y nos van apartando de la dinámica de las cosas
cotidianas como pueden ser comprar el pan, pagar la luz, hacer frente a la
cuota de la comunidad de vecinos, comprar los libros de texto de los niños o
incluso esa medicina que es necesaria pero a la que ya no se puede adquirir. Sin
embargo, cuando nuestra alma está sufriendo una pertinaz sequía por no rezar
las cosas parecen que van normales sin producirse ningún cambio que genere
desestabilidad. Pero no engañemos, sólo
hay apariencia de normalidad. En Sodoma y en Gomorra se había tomado la
decisión de expulsar a Dios de sus vidas y con sus hechos constataban que no
querían ni hablar de Dios. Los habitantes de Sodoma y Gomorra tenían puesto su
corazón en el dinero, en la lujuria, en el desenfreno, en todo tipo de apetitos
desordenados. Las consecuencias de su actuación fue su propia perdición.
A corto y mediano plazo
estarían todos muy contentos ya que el pecado tiene su dosis que lo hace
atractivo y ser deseado. Pero va originando la dinámica de un desorden interno
que al convivir con ello se ve como algo normal, acostumbrándote a estar sin lo
divino, que te envenena poco a poco
pervirtiendo el entendimiento y el corazón. Uno de los problemas muy serios
que esto acarrea es que cuando hay colectivos numerosos de personas que tienen
pervertidos el entendimiento y el corazón pretenden dar un paso más: normalizar
esa situación para que sea entendido y concebido como algo normal y con un
derecho reconocido. Esta era precisamente Sodoma y Gomorra. Y en todo este
contexto de perdición y pecado, el bueno de Abrahán ¿qué pinta aquí? Le
encontramos rezando, intercediendo ante Dios por esos pueblos pecadores. En mitad de estos pueblos impíos Abrahán hace presente a Dios con su oración.
Como si fuera en medio del bosque en una noche totalmente oscura, él aparece
con una vela que de algún modo rompe con la soberanía de las tinieblas. En
medio de esa tierra reseca sin Dios, Abrahán lo riega con su oración
permitiendo la salvación de aquellos que quisieron salvarse: Lot y su familia.
Nosotros
estamos llamados a seguir el ejemplo de Abrahán rezando en medio de este pueblo
para así hacer presente a Cristo y
que su nombre sea escuchado y jamás sea silenciado, y así Dios se pueda hacer
presente ante esta gente que se empeña en ignorarlo.
Jesucristo
hoy nos dice: «Pedid y se os dará, buscad
y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que
busca halla, y al que llama se le abre». En la oración se experimenta «la amistad con que Dios
nos trata», tal y como nos dice
Santa Teresa de Jesús en Camino. De tal modo que la oración potencia, dinamiza,
libera, desata la capacidad de entrega y de donación. Abre con fuerza
irresistible a los caminos del amor. El amor está llamado a ser creativo, a ir
abriendo nuevas veredas en la hierba y en los arbustos que pisada tras pisada
de uno y cientos de caminantes van marcando esa nueva ruta. El estar con Cristo
en la oración nos abre el entendimiento y me urge a obrar con un estilo de
amor. Recordemos lo que nos dice Santa Teresa de Jesús: «El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se
hacen».
Si yo no estoy regado con
el agua que me ofrece Cristo en la oración ¿cómo voy a poder dar esas barras de
pan y esa docena de huevos a esa niña pequeña? Si quito a Cristo de mi vida
sólo veré a una pedigüeña y aprovechada, que esto era en el fondo lo que estaba
viendo esa tendera de la panadería.
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sábado, 16 de julio de 2016
Homilía del Domingo XVI del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO
XVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C 17 de julio de 2016
Cuando uno llega a descubrir el amor
que le tiene Cristo se siente en deuda
para con todos. En un primer momento Abrahán sólo reconoció en esos
visitantes a tres huéspedes humanos, a tres personas que fueron recibidos con
una magnífica hospitalidad. Nos cuenta la Palabra que «Abrahán, en cuanto los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de su
tienda. Esto es una consecuencia de
alguien que se sostiene en la Palabra de Dios. Sin embargo, todos tenemos
'daños colaterales' causados por nuestro pecado que nos demuestra que no nos
sostenemos en la Palabra de Dios. El tiempo trascurre y las rutinas nos van
'como domesticando', sin darnos cuenta nos vamos enfriando en el trato personal
y fraterno creyendo que el leño que echamos hace tiempo en la hoguera aún se
está consumiendo generando ese calor; y de ese leño sólo quedan las cenizas. Al
no sostenernos en la Palabra de Dios cumplimos con los deberes asumidos,
asistimos a lo que tenemos que asistir pero
no reina ese espíritu de lo divino en nuestras relaciones humanas. Y como
una herida mal curada se genera un callo, acostumbrándonos a la ausencia de lo
trascendente en medio de lo cotidiano. Abrahán sí se sostenía en la Palabra y
de ahí que pudiera disfrutar del carácter divino de esas tres personas que se
hospedaron en su tienda aquel día tan caluroso.
Como bautizados que somos llevamos
muchos años en las parroquias y en las diversas comunidades. Y cuando hacemos
nuestras revisiones anuales o cuando compartimos se carece de esa fuerza que genera la comunión que nos trae el Espíritu
Santo. Podemos estar mil años juntos, pero no haber entrado en la dinámica gozosa de la comunión entre nosotros.
Que un hermano sufre, todos sufrimos con él, que un hermano llora, todos
lloramos con él. En palabras de San Pablo: «¿Qué
un miembro sufre? Todos los miembros sufrimos con él. ¿Qué un miembro es
agasajado? Todos los miembros comparten su alegría» (1 Cor 12, 26). Es en
estos casos cuando uno descubre la presencia real de lo divino en las
relaciones humanas cotidianas, tal y como sucedían con los antiguos aventureros
que acudían en masa a los ríos para cribar el agua y así encontrar entre tanta
piedrecita las ansiadas pepitas de oro.
El mundo necesita ver que nos
amamos, que estamos como inmersos en esa dinámica de lo divino donde nadie es extraño,
sino que se participa ya aquí y ahora de esa comunión de los santos en el que
el otro es como si fuera una prolongación de mi propio yo porque Cristo está ahí
en medio, actuando y manifestando la fuerza de su obrar.
Muchos han sido bautizados en la
Iglesia y actúan como auténticos paganos, por eso es tan importante que nos
esforcemos en ese proceso de conversión personal, que nos dejemos sostener por la Palabra divina, para poder llegar a
ser, con la fuerza del Todopoderoso, como ese
faro encendido puesto en lo alto del acantilado que oriente hacia Cristo a
tantos bautizados desorientados. San Pablo desea que «todos lleguen a la madurez en su vida cristiana» (Col 1, 28). Nacemos
y crecemos en la Iglesia y las diversas experiencias de lo divino que vayamos
adquiriendo nos irá ayudando a aceptar las limitaciones de nuestros hermanos,
reconociendo las propias, dándonos cuenta que si esto sale adelante es porque
Dios está en medio de nosotros.
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viernes, 1 de julio de 2016
Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario, ciclo C
DOMINGO
XIV DEL TIEMPO ORDINARIO, ciclo C
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