sábado, 28 de enero de 2012

Homilías del cuarto domingo del tiempo ordinario, ciclo b

IV Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo b

Hoy día vivimos inundados de palabras. Cada mañana nos despertamos con las palabras que oímos en la radio o en la televisión, palabras que leemos en los periódicos. Demasiadas palabras… Sufrimos una auténtica “inflación verbal”. Es más, se tiende a huir del silencio y del recogimiento interior. Sin embargo hay una palabra de la que debemos estar deseosos y que debemos de afinar nuestros oídos: La Palabra de Dios. Por eso el salmo 94 manifiesta este profundo deseo: «Ojalá escuchéis hoy su voz».

Muchas veces da la sensación de que las personas estamos predispuestas a hacer caso de los cotilleos y de las críticas. Puede parecer que hay determinados comentarios que ‘calan’ más en nosotros; es como si hubiera determinados temas que tienen un nivel de influencia muy alto. Por eso el Señor nos está pidiendo que “no endurezcamos el corazón”. A modo de ejemplo, y siempre salvando las distancias, las conversaciones poco apropiadas que se pueden dar entre nosotros se pueden parecer al colesterol en nuestras arterias. El exceso de colesterol endurecen las arterias haciendo que se queden rígidas. En la vida cristiana no podemos permitir que el colesterol de los comentarios poco afortunados sean los dominantes. Es más, el propio San Pablo cuando escribe a la comunidad de los Efesios les recomienda vivamente el siguiente consejo: «Que no salgan de vuestra boca palabras groseras; si algo decís, que sea bueno, constructivo y provechoso para los que os oyen. Y no causéis tristeza al Espíritu Santo de Dios (…)» (Ef. 4, 29-30). Por eso es importante para nuestra salud espiritual hacer una dieta muy baja en este tipo de colesterol. La medicina a tomar o el tratamiento médico a aplicar no son pastillas ni el acatar una dieta. Los cristianos, para ir purificando el ambiente e ir saneando nuestra vida espiritual debemos de pasar por tres filtros que nos regeneran desde dentro: acudir a confesarse, participar en la Eucaristía y dejarse iluminar con la lectura frecuente de la Palabra de Dios.

Nos dice la Sagrada Escritura que Jesucristo hablaba con autoridad. Y habla con autoridad, porque confirma con sus hechos lo que pronuncian sus labios. Cristo es una persona totalmente coherente. Cuando uno es coherente en su vida cristiana se constituye en lámpara que genera mucha luz a todos aquellos que están alrededor; es que resulta que si uno tiene vida espiritual, eso se nota, y mucho. En ese esfuerzo de unirse más a Dios va ayudando a los demás a irle descubriendo. Estamos llamados a ser guías de Cristo para nuestros hermanos.

Sólo una cosa es importante: Dios. Sólo una palabra tiene que tener resonancia e influencia en nuestra vida: La Palabra de Dios. Como nos indica el apóstol San Pablo en su carta a los Corintios, lo que nos interesa es tener un trato fluido con el Señor. Así sea.

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