domingo, 26 de agosto de 2007

La tolerancia necesaria.

Fuente: http://www.nortecastilla.es/prensa/20070826/palencia/tolerancia-necesaria_20070826.html

La tolerancia necesaria

En esta sociedad llamada de la comunicación, en que nos aturden por las cuatro esquinas mensajes publicitarios de todo tipo, que solicitan noche y día nuestra atención, por obra de la radio y de la televisión, no faltan quienes se quejan de una Iglesia afónica, de la que apenas se escucha su voz en la opinión pública de este país, ni siquiera en los temas más suyos, los de la religión y la moral. Sobre todo, cuando con una cierta premura y contundencia se pretenden afrontar hoy algunas materias muy delicadas como la Educación para la Ciudadanía, que está poniendo en pie de guerra a muchos hombres y mujeres de este país; cuando un montón de cuestiones quieren someterse a una profunda revisión, en función de diferentes principios culturales que discrepan frontalmente con la institución eclesial, por esa actitud laicista que reina.
Pero, al margen del análisis del fenómeno, más complejo y multicausal de lo que parece, lo cierto es que muchos creyentes en su círculo de relaciones humanas, de trabajo, de barrio, de influjo social, no se hacen notar demasiado. Les ronda un miedo cerval, casi el pánico, ante cualquier proselitismo activo o pasivo o ante las respuestas «me estás comiendo el coco» o «te estás quedando conmigo». Y tal vez sea por lo del apostolado que suena un poco anticuado. ¿Toma! Como que cuenta con más de veinte siglos largos a sus espaldas y proviene de los primeros heraldos del Evangelio. Eso sí, buenos cristianos que no depositen en nadie, ni siquiera por asomo, la antorcha olímpica de la fe no suelen darse en un estado perfecto, químicamente puro.
Ciertamente, en una sociedad de estas características, democrática y pluralista, donde la libertad religiosa es un postulado esencial, lo que supone el respeto de las creencias o no creencias recíprocas, se incurre con frecuencia en una confusión lamentable. Del respeto a lo ajeno, no sigue en absoluto disimular o callar lo propio y, menos aún, renunciar a difundirlo.
Es más, nuestra Constitución defiende la libertad de religión, sin imponerla, y respetando el orden público. Y de esa libertad reconocida abusan grupos con el objetivo de seducir a gentes incautas, sin capacidad de reflexión, y sin defensas. Pero, ¿la usan los cristianos, los comprometidos con el mensaje de Jesús de Nazaret? Del respeto constitucional se está pasando al respeto humano, de la discreción al silencio sistemático, y de esta manera, poco a poco, va desapareciendo Dios y lo trascendente del horizonte, y hasta de nuestro propio lenguaje.
Esta postura de la Iglesia es la que desean, sin duda, algunos sectores políticos y sociales, cuando menos esto es lo que vienen manifestando día tras día. Una Iglesia a la que quisieran mantener siempre callada y amordazada por lunática contempladora de un numen divino distante por principio de los asuntos de los hombres.
Respeto y coherencia
Sin embargo, en estos momentos se me antoja que el respeto a la coherencia interior de los cristianos tiene que llevarles a defender abiertamente por todos los medios legítimos el valor supremo de la vida humana desde su fase embrionaria hasta su fin natural; a acoger de forma generosa a los hombres y mujeres que llegan a esta tierra buscando casa y trabajo; a luchar por una recta educación moral de los jóvenes principal fundamento de la familia, raíz del bienestar y de la paz social, única solución de fondo para determinadas amenazas contra la salud pública.
Cuando las tensiones políticas pueden alcanzar niveles excesivos, conviene recordar que la conciencia cristiana obliga a todos, y especialmente a los dirigentes políticos, a buscar el bien común de la sociedad, con honestidad y verdad, sin anteponer jamás los objetivos partidistas a los bienes irrenunciables de la seguridad y de la libertad de los ciudadanos, el respeto a la autoridad legítima y a las leyes vigentes como garantías para la convivencia en paz y libertad.
La fe cristiana es maestra de convivencia, progreso y colaboración, a pesar de que muchos no lo quieran ver o estén empeñados en que no lo sea.

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