martes, 29 de abril de 2025

Evangelio Mt 11, 25-30 "Soy manso y humilde de corazón". Onomástica de la Madre Provincial Hermanitas Ancianos Desamparados, Provincia de San José

 

Eucaristía en Acción de Gracias en su Onomástica

Por la Madre Provincial Sor Ana Palmira Díaz Diego

29.04.2025

Evangelio: Mt 11, 25-30

       Cuando empecé a reflexionar y a hablarlo con el Señor le preguntaba ¿qué les digo yo a esta comunidad de Hermanitas de los Ancianos en la fiesta de la onomástica de la Madre Provincial? Es entonces cuando me vino a la mente la siguiente inspiración: Háblalas de la Palabra para alimentarlas y fortalecerlas en su vocación. Y eso es lo que me he dispuesto a hacer ahora mismo.

 

 

Para poder entender el pasaje evangélico de hoy hay que situar el momento difícil que está viviendo Jesús. Ha dejado Nazaret y se traslada a Cafarnaúm. Al principio había recibido una entusiasta bienvenida y acogida de su mensaje por parte de la gente; también es cierto que estaba precedido por el testimonio que de él había dado Juan el Bautista; el Bautista era muy estimado por el pueblo. Los fariseos y saduceos siempre han estado acechando a Jesús, pero la gente sencilla estaba con él. Vosotras y un servidor, somos de ese grupito de personas que estamos con Jesús y que, a pesar de los años -algunas más que otros- seguimos entusiasmos de estar con él.

 

Juan el Bautista decepcionado de Jesús.

Sin embargo, en los capítulos 11 y 12 del evangelio de Mateo se nota un cambio de las personas a la hora de acoger a Jesús. La razón es que no entienden lo que Jesús les propone; no entienden que Jesús se ponga de la parte de los pobres, de los pecadores, de los excluidos, ni entendían que Jesús comiera y hablara con los publicanos/recaudadores de impuestos. Hasta tal punto que el primero en escandalizarse es el propio Juan el Bautista. Porque Juan el Bautista sostenía su tesis de borrar del mundo el pecado con el propio pecador: «Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego» (cfr. Mt 3, 10). Juan el Bautista proyectaba la purga donde es recogido el grano y quemada la paja en el fuego con un juicio inminente. Por lo tanto, según Juan el Bautista, el Mesías debía de llegar para acabar con toda la gente mala y pecadora que hubiera en el mundo. Al darse cuenta que Jesús es el Mesías, pero no es el Mesías que él esperaba empieza a entrar en crisis; porque no sólo Jesús no toma represalias contra los pecadores, sino que incluso celebraba comidas con ellos sin ocultarse. El propio Jesús nos llega a decir ‘dichoso el que no se escandalice de mi’ (cfr. Mt 11, 6) porque Jesús ha venido para poner ‘las cosas patas arriba’, el poner ‘patas arriba’ todas las convicciones que tenía Juan el Bautista.

 

La gente buscaba su propio y egoísta interés…

La gente ¿por qué se acercaba a Jesús? Porque esperaba curaciones, esperaban milagros, querían obtener algunos favores; es decir, estaban con él por el propio interés. Y cuando Jesús ha empezado a hablar de conversión del corazón; cuando empezó a proclamar las bienaventuranzas que eran muy diferentes a las bienaventuranzas que ellos aspiraban (el enriquecerse, el imponerse, el empoderarse, el ser servido, etc.) es cuando Jesús ha comenzado a interesar menos a la gente.

Lo mismo pasa a tantos cristianos que piensan que cumpliendo y adorando a Dios serán los protegidos y los más favorecidos por ese dios dándoles las cosas que ellos aspiran de la vida terrena. Pero cuando abrieron el evangelio y se dieron cuenta que la propuesta de Jesús del hombre nuevo pasa por ponerse al servicio del hermano, que uno se tiene que olvidar de uno mismo, etc., pues este Jesús cada vez interesa menos y tanto entusiasmo se va enfriando.

 

…Surge la hostilidad hacia Jesús.

Y cuando las personas no obtienen lo que desean de Jesús, cuando su modelo de hombre nuevo no coincide con lo que ellos desean es cuando empiezan a difamar a Jesús y a crearse un clima de cierta hostilidad y rechazo. Empiezan a decir cosas como que «este no echa fuera los demonios sino por Belcebú, príncipe de los demonios» (cfr. Mt 12, 24). Jesús se convierte en contrincante y en enemigo de muchos de sus intereses. Incluso llega Jesús llega a manifestar esta expresión: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que se habrían arrepentido en cilicio y ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti» (cfr. Mt 11, 20-24). Dice ese «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!», no como amenaza, sino como una lamentación de un profundo luto porque han perdido la oportunidad de la historia.

 

Ni sus parientes le comprenden…

Estamos en el contexto que ni siquiera sus parientes creen en él; hasta tal punto que vienen desde Nazaret para llevarlo con ellos a casa, y será el momento donde Jesús dirá que ha dado inicio a una nueva familia (cfr. Mt 12, 46-50).

En este clima o contexto de desconfianza, de protesta, de fracaso es cuando Jesús eleva al Padre una conmovedora oración.

 

La oración que Jesús eleva al Padre.

«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.

Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

Nosotros nos lamentamos, Jesús no.

Las cosas se están poniendo mal para Jesús. Ya nadie le escucha, no interesa lo que está predicando. Cuando nosotros pasamos por esta situación nosotros nos desanimamos y empezamos a lamentarnos al constatar que a la gente lo único que le interesa es divertirse y disfrutar, no les interesa la predicación del evangelio; además empezamos a decir que somos pocos los hermanos de las comunidades cristianas y nadie se anima a sumarse, etc. Nosotros nos quejamos, en cambio Jesús no.

 

¿Qué es lo que hace Jesús en esta situación de fracaso?

¿Qué es lo que hace Jesús en esta situación de fracaso de su predicación, de su labor apostólica? Bendice al Padre. Bendecir es ‘decir bien’; es una expresión de alegría porque en el diálogo con Dios descubre que hay un plan detrás de todo esto. Es una situación que falla, de fracaso, pero hay un plan de Dios que Jesús ha descubierto mirando al Padre; de este modo el Hijo ve las cosas tal y como las ve el Padre. Ante esto Jesús lo reconoce y lo proclama con alegría ya que ha comprendido que todo lo que le ha sucedido entra dentro de los planes y del diseño del Padre. Por lo tanto, tiene un significado hermoso, positivo.

Es una llamada para que todos aquellos que atraviesan momentos difíciles asumamos una actitud de alabanza con la oración al Padre. De no hacerlo nuestras ansiedades, nuestros pesimismos, nuestras preocupaciones nos dominarán. El Señor nos educa para que miremos a lo alto cuando los momentos duros nos acechen; es fundamental ver las cosas y acontecimientos tal y como las ve Dios; al hacerlo toda nuestra vida cambiará. Al hacerlo las tempestades se serenarán, la paz se irá imponiendo, las decisiones que tomemos serán más reposadas y más equilibradas.

¡Qué hermoso es contemplar a Jesús sonriendo y brillante en los momentos difíciles!

 

Llama a Dios con el apelativo de Padre.

Encontramos que Jesús llama a Dios con el apelativo de Padre unas 181 veces.

Los pueblos paganos cuando empleaban el nombre de Dios como padre se referían a un padre creador pero caprichoso, impredecible y exigente. Ese dios tenía que ser servido con holocaustos y sacrificios de sangre.

El Padre de Jesús es completamente diferente. Es un Padre que no pretende esperar nada del hombre, no quiere ser servido por el hombre; simplemente quiere que aceptemos sus dones, sus regalos porque solo aceptando y acogiendo sus dones puede el hombre ser feliz.

 

Desea que nos adentremos en esa intimidad con Dios.

Jesús emplea el apelativo que emplea los niños Ἀββᾶ (Abba), en la forma aramea אַבָּא (pronunciado abba). Es el término propio para introducirnos en esa intimidad con Dios. Cuando nosotros entramos en esta intimidad con Dios veremos los momentos difíciles de un modo más sereno, tal y como los vivió Jesús. De ahí que Jesús nos introduzca en esa relación tierna, cercana y entrañable con el Padre. Tenemos un Padre del Cielo al cual podemos recurrir y dirigirnos en la oración cuando las cosas se ponen complicadas y delicadas; el cual nos ayudará a ver y comprender las cosas tal y como él las ve y percibe.

 

Señor del Cielo y de la Tierra.

Jesús llama a Dios Padre «Señor del cielo y de la tierra». Es el Dios Pantocrátor (del griego παντοκράτωρ, pantokrátōr), es decir, que tiene en sus manos los destinos de los pueblos (cfr. Sal 47, 2; Sal 66, 7; Sal 75, 7; Sal 82, 8, etc.) y los destinos de la historia, incluso cuando las cosas ocurran fuera de los esquemas de nuestros criterios. Si lo vemos con los ojos de Jesús caeremos en la cuenta que la historia está dirigida por Dios.

 

¿Qué cosa no han recibido los sabios y entendidos?

         Y se refiere al Padre haciendo alusión a dos cosas; una positiva y otra negativa. La primera es la negativa «porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos».

¿Qué cosa no han recibido los sabios y entendidos? Es el Dios que ama a todos sin distinción, que no hace distinción entre buenos y malos; que tiene como atención especial para los malvados, los enfermos por el pecado porque están arruinando su vida; por eso Dios se preocupa por ellos porque los ama. Dios aborrece el mal, pero ama totalmente a sus hijos. Esto los sabios y los entendidos de la época de Jesús no lo podían aceptar porque ellos estaban enfrascados y protegidos por su propia sabiduría. Para los sabios solo cabía el dios al que había que ofrecer sacrificios y holocaustos y no aceptan que los hijos sean felices ni que pueda dar su espíritu divino. Estos sabios y entendidos no aceptan que acogiendo el espíritu y la vida de Dios les pueda cambiar la vida; ellos se encuentran muy seguros con su sabiduría y sus conocimientos y nada ni nadie les va a alterar nada de lo ya establecido desde la antigüedad. Ellos no aceptan lo que dice la primera carta de San Juan ‘si Dios nos ha amado tanto debemos amarnos los unos a los otros’ (cfr. 1 Jn 4, 11). Estas cosas los sabios y entendidos no lo comprenden, no lo entienden, tienen la mente ofuscada a causa de su sabiduría humana. No es que Dios quiera esconder estas cosas a estas personas, pero lo que ocurre es que aquel que está seguro de su propia sabiduría ya se encuentra tranquilo, ya no busca porque cree saber ya todo y no necesita de nada más. Son todos aquellos cristianos que dicen saber y conocer todo y no precisan ya de catequesis, ni de una palabra de orientación, ni de corrección. Creen que lo que aprendieron en las catequesis de la Primera Comunión les sigue valiendo ahora que están ya que más que bien creciditos. Esta gente es la que está blindada a la Palabra dada por el Señor; ya que ellos no están en condiciones de acoger la revelación plena que Jesús les viene a comunicar.

 


¿Qué ha sido revelado a los pequeños?

Luego está el lado positivo que son los que captan y aceptan esta revelación de Dios, sólo los pequeños. Son los pequeños, no los ignorantes. No se trata de un conocimiento que se adquiere con razonamientos; es una revelación que viene de Dios. Es lo que Jesús dice a Pedro: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (cfr. Mt 16, 16-17). Los sabios de este mundo han rechazado la revelación mas los pequeños lo han acogido con agrado porque ellos sí que aceptan el diseño, el modelo, el paradigma del hombre nuevo y de sociedad nueva que viene a traernos Jesús.

 

Dos momentos en los que Jesús se sorprende

         Una primera vez en la que Jesús se sorprende es cuando va a Nazaret y no es acogido (cfr. Mc 6, 5-6).

Otra vez que se maravilla es frente a la fe del centurión, ya que no se esperaba una fe tan grande en un pagano (cfr. Mt 8, 5-13).

Se puede añadir una tercera vez en la que Jesús se sorprende o maravilla por algo que no se esperaba: la incomprensión y el rechazo de la propuesta del hombre nuevo, del rostro de Dios, por parte de los sabios y de la persona mejor preparadas; ya que ellos sabían las escrituras y las enseñaban a la gente, pero no las comprendían. La razón de ese rechazo es su propia autosuficiencia; no sentían la necesidad de cambiar ya que ellos se habían instalado y no estaban dispuestos a cambiar de postura ni de cambiar de posición.

 

La razón de la alegría de Jesús.

Jesús se alegra y da gracias a Dios porque el designio del Padre se cumple en medio de experiencias de pobreza, de debilidad y de fracaso.

El primer mensaje que el Señor nos envía es precisamente es que reconozcamos siempre la belleza del diseño/designio de Dios. Esto es posible cuando nosotros elevamos los ojos a lo alto, tal y como lo hizo Jesús, y dejamos iluminar nuestro mundo con su luz.

¿Es que estoy enfadado y molesto porque no entiendo nada y me siento mal? ¡Cristo ha resucitado y yo no lo estoy experimentando y estoy cabreado! Tranquilo hermano, esto tiene un sentido, puede ser que el Señor te esté entrenando -como en un gimnasio- para poder afrontar una gran batalla en la que ayudes a salvar y a crecer en la fe a muchos de tus hermanos. Tal vez el Señor te quiera poner como una luz en medio del camino obscuro de la vida para que seas como ese faro que ilumine la vida de muchos hermanos que están desorientados y que sean, gracias a tu estar ahí, orientados hacia Cristo. Todo tiene su sentido. Lo que sucede es que el Demonio no quiere que estés ahí, porque desea que los hermanos sigan desorientados y se pierdan. Acuérdate de Aarón que le involucraron en la fabricación del becerro chapado en oro (cfr. Ex 32, 1-6). También Aarón sufrió esa crisis, pero salió perdonado y fortalecido.

         Si en medio de la crisis nos ponemos bajo la mirada del Padre, saldremos fortalecidos y con una potente experiencia pascual. El único que conoce al Padre es el Hijo porque está en plena sintonía y ha venido al mundo para mostrarnos su rostro a cada uno de nosotros.

 

La gente sencilla está sometida a una esclavitud.

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

La gente sencilla es la que tiene el corazón abierto para recibir la revelación que viene del Cielo y que Jesús nos presenta con su mensaje. A estas personas Jesús les percibe cansados y agobiados. Jesús se comporta como el enamorado que dice ‘yo no quiero ver a la gente infeliz y desasosegada’.

Jesús se da cuenta que esta gente está esclavizada. ¿Por qué están esclavizadas? Están esclavizadas porque la gente sabia e inteligente les ha colocado pesos insoportables de preceptos y disposiciones, las cuales no tienen nada que ver con lo que dice la Palabra de Dios. Muchas cosas se han impuesto en nombre de Dios y ellos son insensibles e indiferentes ante el sufrimiento que eso origina. El propio Jesús lo dice respecto a los maestros de la ley y de los fariseos: «pero ellos no mueven ni un dedo para llevarlas» (cfr. Mt 23, 2-4).

 

¿Cómo discernimos si una cosa procede o no de Dios?

Jesús, como en nuevo Moisés, están intentando liberar a este pueblo sencillo; Jesús no sólo les ayuda a moverlo, sino que incluso nos quiere llevar en brazos porque la Palabra de Dios es para hacemos felices y no para torturarnos ni oprimirnos.

Si queremos saber si una cosa viene de Dios sólo tenemos que ver a la persona que lo escucha, si sonríe y si está feliz es que viene de Dios.

Santa Teresa de Ávila (1515-1582), esta mística española describe en sus obras, como "El Castillo Interior", las profundas experiencias de unión con Dios que llenan el alma de una alegría inefable. Ella habla de cómo la presencia de Dios trae consigo una alegría que no se puede comparar con los placeres del mundo. Aunque sus expresiones varían, la idea central es que la intimidad con Dios es la fuente de una alegría verdadera y sobrenatural.

San Juan Pablo II en su exhortación apostólica "Gaudete in Domino" ("Alegraos en el Señor"), reflexiona sobre la alegría cristiana y su fundamento en Dios.

Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars que dedicó su vida al cuidado de los ancianos desamparados, viendo en ellos el rostro de Cristo, en esta entrega total, realizada por amor a Dios, era una fuente de profunda satisfacción y, por ende, de alegría interior. Obraba siempre "por Dios, con el recto fin de agradarle y servirle". Esta orientación hacia Dios en sus acciones era central en su vida. La alegría viene de Dios.

El Señor nos dice «yo os aliviaré», yo ‘os daré reposo’; el descanso o reposo que nos dice nos remite a la tierra prometida una vez salido de la esclavitud de Egipto. Jesús desea que hagamos este éxodo hacia la palabra liberadora. Muchos dicen que la religión católica es la religión del no: no matar, no robar, no fornicar, etc. Están llamados a hacer ese éxodo liberador al sí a la vida; sí a compartir los bienes, sí a respetar a la otra persona, etc. Sí a ese modelo de hombre planteado por Jesús.

 

El tema del yugo.

¿De qué yugo está hablando? Está hablando del yugo de la ley, de la Torá (en hebreo: תּוֹרָה‎ Torah). La Torá era el yugo que el israelita tenía que cargar. Recordemos a Pedro en el capítulo 15 del libro de los Hechos de los Apóstoles cuando hace su discurso y dice si se debe de continuar observando estas tradiciones y añade inmediatamente «¿por qué queréis ahora poner a prueba a Dios, tratando de imponer a los discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros antepasados hemos podido soportar?» (cfr. Hch 15, 10).

El discípulo de Cristo sólo tiene un yugo, el que llevó Jesús; el yugo de Jesús es el amor. El amor es la vida del Espíritu que se nos ha sido donada. Quien escucha y sigue a este Espíritu está llevando el yugo del amor de Jesús.

 


Es el yugo que se adapta a nuestra persona.

Dice que el yugo «es llevadero»; en griego no se dice ‘llevadero’, sino χρηστός (jrestós), significa que ‘se adapta bien a quien lo porta’. ¿Por qué se adapta? ¿Por qué razones? Porque nuestra naturaleza de hijo de Dios está hecha para esto; porque hemos sido hechos para amar. Es el yugo que se adapta a nuestra persona.

 

Manso y humilde.

Y el Señor nos dice «que soy manso y humilde de corazón». ¿Qué significa corazón manso y humilde? El corazón es el centro de donde parte todas las elecciones y pensamientos de la persona. El corazón de Jesús, que es el corazón de Dios en griego es πραΰς (praús), es decir ‘que es el hombre que nunca pide abusos ni acoso, y nunca cae en la tentación de reaccionar con la violencia, ni vengarse’.

Mateo es un judío que escribe a una comunidad judía y en su evangelio presenta a Jesús como en nuevo Moisés. Y es precisamente de Moisés el que recibe este elogio de la Escritura: «Moisés era el hombre más humilde y sufrido del mundo» (cfr. Num 12, 3). Jesús es el nuevo Moisés que nos acaudilla por el éxodo hacia la libertad y la vida en plenitud.

Y su corazón también es ταπεινός (tapeinós). ¿Qué significa? Humilde, es el que está pronto a doblegarse a recibir órdenes y cuando alguno le manda lo que hace es inclinar la cabeza. Jesús es humilde porque ha servido hasta el final a Dios, llegando a morir en una cruz por amor.

Si nos dejamos guiar por el Espíritu y queremos tener un corazón como el de Jesús, también nosotros debemos inclinar la cabeza ante quien nos solicite su ayuda. E inclinamos la cabeza al Señor porque estamos enamorados y únicamente deseamos estar con nuestro amado.

jueves, 17 de abril de 2025

Homilía del Jueves Santo, Ciclo C

 

Jueves Santo 2025

Jn 13, 1-15

         Jueves Santo, día del amor fraterno. Día donde Cristo nos sigue ofreciendo sus lecciones de amor para que nosotros aprendamos a vivir como discípulos suyos.

Un género literario: el testamentario

         La Biblia recuerda los últimos discursos pronunciados por los grandes personajes; discursos que se han pronunciado al término de sus vidas, por ejemplo, Jacob reúne a todos sus hijos estando en Egipto y se dirige a cada uno de ellos para recomendarles cómo se deben de comportar en la vida y otorgar a cada uno sus bendiciones (cfr. Gn 49). Incluso Moisés al término de su vida hace un largo discurso en el que resume todo el trabajo que realizó y recomienda a su pueblo la fidelidad al Señor (cfr. Dt 31-33). Incluso en el libro de los Hechos de los Apóstoles, el propio Pablo, presenta lo que ha sido su propia vida, recomendando ser fiel al evangelio que ha anunciado. Estos discursos son importantes porque son el testamento que ofrecen estos personajes al pueblo.

         El evangelista Juan ha empleado este término literario para dar la máxima importancia a las últimas palabras que nos entregó y lo coloca como el testamento de Jesús. Sin embargo, este testamento de Jesús no se inicia con un testamento con sus palabras, sino que da comienzo con una escena en la cual los discípulos se quedaron asombrados y desconcertados: El lavatorio de los pies. Esa cena lo introduce con un modo muy solemne.

 

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena».

Introducción al lavatorio de los pies.

         La cena del lavatorio de los pies precede a las palabras testamentarias de Jesús que ocupan cinco capítulos del evangelio de Juan. Es una escena introducida de un modo muy solemne por el evangelista. En primer lugar hace referencia a ‘su hora’. Todos nos acordamos de la escena de las bodas de Caná cuando Jesús respondió a la madre que ‘no ha llegado mi hora’. Se refiere a la hora de su gloria. Cuando escuchamos la palabra ‘gloria’ pensamos inmediatamente en aplausos y los triunfos; pero cuando Jesús habla de ‘su hora’, de ‘su gloria’ está hablando del momento en el que finalmente podrá irradiar en su rostro la imagen del Dios amor que ha venido a presentarnos.

 

La vida de Jesús se resume en un verbo.

La vida de Jesús se resume en un verbo, el verbo amar: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Toda la vida de Jesús era amor. El evangelista emplea el verbo ἀγαπάω (agapao), un verbo bastante poco usado en la Grecia clásica, sin embargo en el Nuevo Testamento se emplea 143 veces. Es un verbo que indica el amor de Dios, el cual es un amor incondicional, es un amor que se entrega incluso a aquellos con los que no se dará una reciprocidad en el amor; se dirige fundamentalmente a aquellos que necesitan ser amados; es un amor sin condiciones; ama al desagradable, al provocativo, incluso a las peores personas, y ama así porque lo que quiere hacer es verlos felices. Toda la vida de Jesús se resume en este verbo: ἀγαπάω.

Ahora ha llegado el momento de amarlos al máximo, de tal modo que más allá es imposible poder llegar: regalar la vida.

La figura de Judas Iscariote.

         El evangelista presenta a la figura de Judas Iscariote como un diablo. El término ‘diablo’ procede del verbo griego διαβάλλω (diabállō); es cualquiera que se entromete e interfiere en la relación de amor entre Dios y la humanidad. Es el que no acepta esa relación de amor porque ha comprendido la novedad del rostro de Dios, pero lo rechaza frontalmente y desea perpetuar la imagen que recibieron de las catequesis de los escribas y de los fariseos. Juan recuerda el propósito de la presencia de Judas porque en la escena del lavatorio de los pies Judas no acepta que se arrodille ante él porque no acepta este nuevo modo de relacionarse con Dios y no acoge la propuesta del hombre nuevo.

La posición asumida en la mesa por los judíos

Durante la celebración de la Cena Pascual.

Triclinio.

         Ellos durante la celebración de la Cena Pascual no estaban sentados a la mesa como estamos acostumbrados a ver en las representaciones en las pinturas. Ellos estaban acostados. El verbo empleado por todos los evangelistas es ἀνάκειμαι (anákeimai), que significa estar acostado, estar reclinado, estar tendido en la mesa. El verbo ἀνάκειμαι describe la postura en la que los comensales participaban en las comidas importantes, reclinados sobre lechos o divanes alrededor de la mesa, apoyándose sobre el codo izquierdo y comiendo con la mano derecha.

¿Qué significa este gesto de comer así? Significaba que los que estaban en la mesa durante la celebración de la Cena Pascual se consideraban personas libres. Este gesto lo habían tomado de los griegos, los cuales lo habían tomado prestado de los persas, los cuales ya en el siglo VI a.C., cuando celebraban una victoria o una gran fiesta no se sentaban al a mesa, sino que se tumbaban. Los romanos habían recuperado este gesto y se recostaban los hombres y las mujeres. Los judíos sólo los hombres se recostaban a la mesa durante esta celebración de la Cena Pascual.

Debemos imaginar el gesto del lavatorio de los pies teniendo presente el modo de cómo estaban recostados en la mesa; para Jesús el realizar este lavatorio de los pies de los discípulos estaban en la posición cómoda para poder dar toda la vuelta, ya que los pies de sus discípulos ya estaban en la posición. No nos podemos imaginar a Jesús en el centro de la mesa lavándoles los pies, sino posiblemente estuviera sentado en el último lugar de la mesa, en la esquina del triclinio.

El triclinio (del latín triclinium, y este del griego τρικλίνιον - triklínion, que significa "de tres lechos") era el comedor formal principal en las casas de la antigua Grecia y, especialmente, en la antigua Roma. Se caracterizaba principalmente por tener tres lechos o sofás de comedor (klinai) dispuestos en forma de herradura o de "U" alrededor de una mesa baja. Cada uno de estos lechos estaba diseñado para que se recostaran aproximadamente tres personas, apoyándose sobre el codo izquierdo y dejando la mano derecha libre para comer.

         «Y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena».

         Jesús era totalmente consciente de que había cumplido su misión que había venido de Dios y que iba a retornar al Padre. Jesús regresa al Padre porque había venido del Padre.

 

Juan no nos cuenta la institución de la Eucaristía.

«Se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido».

El evangelista describe muy detenidamente la escena del lavatorio de los pies; deseaba subrayar cada detalle de lo que allí aconteció. Desea que el gesto de Jesús quede impreso para siempre en las mentes de sus discípulos.

Si uno escucha el texto «y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía» se esperaba que continuase que Jesús instituyese la Eucaristía, tomando el pan les invitase a comer del pan y a beber del cáliz. Sin embargo, el evangelista Juan es el único que no nos cuenta la institución de la Eucaristía. Es extraño porque este evangelista ha dedicado el capítulo sexto de su evangelio al discurso del Pan de Vida, al pan Eucarístico. En lugar de contarnos la institución de la Eucaristía continúa de otro modo su relato; nos dice que durante la cena Jesús se levantó de la mesa o triclinio. Cuando Jesús se levantó de la mesa se debió de hacerse silencio entre todos los comensales porque los apóstoles se iban a llevar una gran sorpresa porque ellos no están entendiendo lo que está haciendo el Maestro.

Jesús deja su ropa, se quita el manto. Este es un gesto de Jesús que ha quedado olvidado en las pinturas y en las esculturas, así como en las explicaciones que se dan de esta escena del lavatorio de los pies. Los hebreos, en tiempos de Jesús, vestían con una especie de calzones y luego la túnica; tenían el cinturón en esta túnica y luego la capa. En griego la capa se llamaba ὁ ἱμάτιον (jo jimátion); la túnica se llamaba τὰ ἱμάτια (ta imatia) y luego estaba el calzón. Nos dice el evangelista que Jesús se quitó τὰ ἱμάτια, es decir ‘se quitó las prendas exteriores de vestir’, no dice que se quitase el manto (el evangelista no dice ὁ ἱμάτιον), el cual era un fastidio ya para comer, ya para lavar los pies a los discípulos; no se quitó el manto porque ya lo tenía quitado antes de comer. Se quitó la túnica y ¿esto qué significa?

¿Qué significa que se quitase la túnica?

         Aquí se da un gesto extremadamente significativo que debió de sorprender a los discípulos y no entendieran lo que estaba haciendo el Maestro. Sin embargo Jesús continúo solamente con los calzones, el cual es el uniforme del esclavo, tal y como los hebreos estaban en Egipto. Dios se hace esclavo del hombre. Es un Dios que ha trastornado la mentalidad de los discípulos durante la última Cena. En esa desnudez se nos está revelando el verdadero rostro de Dios. Sobre esa desnudez -únicamente sobre ese calzón- Jesús se colocará el delantal, una toalla (λέντιον [léntion], toalla, delantal, lienzo de lino), del cual no se desprenderá cuando se vuelva a poner la túnica. porque es la imagen del esclavo; una desnudez revestida de servicio con esa toalla ceñida a la cintura.

El vestido de la fiesta de las bodas.

         Cuando Jesús nos cuenta la parábola de las bodas, hay un momento en el que uno de los invitados no va vestido con un traje de fiesta esponsal. ¿Cuál es el vestido de la fiesta esponsal en el banquete eucarístico? Cuando nos acercamos a la Eucaristía el esposo que nos trae nos pregunta si queremos unir nuestra vida a la suya. Luego estamos llamados a presentarnos en la fiesta de las bodas con el vestido de bodas. ¿Cómo ha de ser ese vestido? El vestido es el mismo que el del esposo, el vestido del esclavo. De no tener el hábito del siervo, de la disponibilidad, de estar dispuesto a donarnos, a donar la vida al servicio del hermano nuestro encuentro esponsal con Cristo no es auténtico. Cuando uno no tiene este vestido de bodas no puede entrar en el banquete de bodas ya que está fuera de esta propuesta de hombre que plantea Jesucristo.

Lavarles los pies.

         Jesús se ciñe la toalla, «luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos», empieza a lavar los pies de los discípulos sin hacer ninguna distinción; ya que el servicio de amor es igual para todos, porque todos son igualmente amados por Dios. Luego se pone a «secándoselos con la toalla que se había ceñido».

¿Qué sentido tenía lavar los pies para los judíos? En primer lugar, era un gesto tradicional de acogida a los invitados. En la primera epístola a Timoteo se nos dice que las viudas que entraban dentro del orden o la institución de las viudas que había en la Iglesia primitiva, tenían algunos cometidos, entre ellos lavar los pies a los santos, es decir de aquellos anuncian el Evangelio (εἰ ἁγίων πόδας ἔνιψεν; si lavó los pies de los santos) (cfr. 1 Tm 5, 9-10). También era entendido como un gesto servil y humillante; recordemos el comentario rabínico al libro del Éxodo en el que se decía que ‘el esclavo hebreo no debía de lavar los pies a su amo, porque el hebreo no es un esclavo’, por lo tanto se debía de negar de lavar los pies a su amo. Pero no necesariamente era un gesto servil porque demostraba amor de la esposa; uno demostraba su amor lavando los pies al marido o a los hijos, en señal de reverencia hacia el padre.

         Jesús es Dios que muestra todo su amor, aunque tenga que realizar un gesto un tanto humillante, pero lo hace porque quiere revelar el rostro del Padre Celestial.

Reacción de Pedro.

         «Llegó a Simón Pedro, y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

         La escena del lavatorio de los pies se hizo en un ambiente de profundo recogimiento, en el silencio; un silencio de sorpresa de los discípulos que no entienden lo que Jesús está haciendo. Este silencio lo rompe Pedro cuando Jesús va a lavarle los pies y él no se deja. Pedro se da cuenta de que Jesús está trastocando el orden de valores que tiene aceptado como lógico y normal por todos. Para Pedro el orden lógico y normal era que el maestro y el rabino sea servido por los discípulos que deben de sentirse honrados al lavarle los pies. Y aquí Jesús estaba poniendo todo patas arriba; Pedro no acepta este gesto de Jesús.

¿Por qué Pedro no acepta este gesto de Jesús?

No lo acepta porque empieza a comprender que Jesús está reproduciendo el rostro del Padre del Cielo. Pedro siente que toda la catequesis que había asimilado de los rabinos no servía. Pedro siempre se había imaginado y había creído en el Dios servido por el hombre. Pedro al ver a Jesús con el hábito del esclavo quedó totalmente impactado. Es el misterio de Dios que ama y se arrodilla ante el hombre y ante este misterio Pedro se revela; no acepta que Dios se haga siervo. Esta imagen de Dios que es siervo para el hombre es una llamada urgente a que cada cual se involucre en el amor al hermano.

La imagen que Pedro tenía en mente era la imagen presentada por Moisés en el libro del Deuteronomio en el discurso que hace al pueblo de Israel diciendo que ‘el Señor tu Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores; es un Dios grande, fuerte y terrible’ (cfr. Dt 10, 17). Por eso costaba tanto a Pedro aceptar esta nueva imagen de Dios presentada por Jesús. O en el libro de Ester cuando dice que ‘Dios es el más alto y el más grande’ o en libro de Judit diciendo que ‘el Señor es grande y glorioso, maravilloso en su poder e invencible’ (cfr. Jdt 13, 14). Éste es el rostro de Dios que tiene Pedro en la mente.

Jesús comprende esta dificultad; comprende que es difícil cambiar esta imagen de Dios. Por eso le dice: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Lo comprenderá cuando haya visto hasta el final hasta dónde llega el amor del Padre: Será en el Calvario cuando Jesús donará la vida. Por eso Jesús no pretende que Pedro lo entienda de repente.

Ante la negativa de Pedro, Jesús le responde: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Si no lo permites, te separarás de mí. Jesús le está diciendo que ‘yo necesito lavarte los pies a ti’, porque el mundo nuevo empezará cuando Jesús baje hasta el último peldaño del mundo. Jesús está diciendo a Pedro: ‘Déjame bajar hasta el último peldaño del servicio que lava los pies al discípulo’.

Estamos necesitados del amor del hermano.

Hacernos servir nos hace no sentirnos autosuficientes y esto nos humilla, ya que estamos orgullosos de bastarnos con nosotros mismos y nos gusta ser autosuficientes, no depender de nada ni de nadie; pero Jesús nos hizo necesitados del don del otro hermano. Es fundamental acoger al otro y los regalos que el otro nos ofrece; y la lógica que desea Dios en que entremos es la lógica del don gratuito del amor incondicional, incluso el del enemigo. Es que resulta que nuestra lógica es la del intercambio; de hecho, cuando aceptamos un regalo enseguida nos preguntamos ‘¿cómo ahora se lo pago?’, ya que queremos ajustar cuentas lo antes posible. Todo esto porque entendemos que cuando se nos regala algo tenemos que tender al equilibrio que debe de permanecer.

Es en la familia donde se realiza esta dinámica del regalo gratuito; allí los servicios se realizan sin pedir pago porque allí la lógica del amor es la que regula las relaciones; y cuando uno realiza un servicio de amor no necesariamente recibe un cambio de amor inmediato; por ejemplo, el don que los padres dan a los hijos, el don de la vida, el don del servicio el cual no necesariamente viene a ser compensado por los hijos.

Cuando uno entra en la dinámica de Jesús, uno devuelve el amor no por obligación ni por compromiso, sino porque descubre que amando es feliz; se ha adentrado en la lógica nueva que Jesús ha venido a introducir en el mundo. No la lógica del intercambio, sino la lógica del amor gratuito.

Pedro reacciona diciendo «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Pedro no estaba entendiendo lo que le estaba diciendo Jesús. Pedro sigue pensando en las purificaciones rituales; a lo que Jesús le está contestando que aquel que se ha bañado, o sea, aquel que ha entrado en el agua nueva, en el agua de la vida que él ha venido a traer a este mundo, ya no precisa de la purificación, porque ya se es puro; uno ya está purificado por la Palabra que Jesús nos da. Pero uno de los presentes no está purificado, haciendo referencia a Judas Iscariote.

La lección de Jesús.

Después de esta reacción de Pedro viene la lección de vida que Jesús nos quiere dar.

«Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

         Jesús se vuelve a vestir, se vuelve a poner la túnica y se recuesta de nuevo a la mesa. Este gesto del lavatorio de los pies no es un gesto que se realizase al inicio de la cena como se solía hacer; sino que este gesto del lavatorio de los pies fue realizado durante la cena. El evangelista nos dice que cuando Jesús se viste con la túnica no se quita la toalla con la que se había ceñido anteriormente. No se lo quita porque esa toalla o delantal es el símbolo del servicio a la humanidad que Jesús continuará llevando a cabo; el uniforme de Dios es el del servicio.

         Pedro se está dando cuenta que para que el hombre sea grande se ha de asemejar a la imagen de Dios; pero es que la imagen de Dios es la del servicio total y sin reservas. Y debe de ser como Jesús el siervo, el que siempre está dispuesto a amar de un modo incondicional. Jesús no solamente ha lavado los pies a sus discípulos una vez, sino que constantemente lo hace, ya que esta es la naturaleza de Dios.

         Cuando Jesús nos dice en la Eucaristía «haced esto en mi memoria», lo que nos dice que nos debemos de involucrar en este tipo de amor en esta relación esponsal que muere por amor al hermano. Si hacemos esto en su memoria seremos dichosos ya que los hijos nos asemejaremos a Dios Padre. De este modo seremos hombres y mujeres en plenitud.