martes, 17 de julio de 2007

La corona de la vanidad

Fuente: www.encuentra.com

No importa la apariencia y el esplendor, la sencillez y la humildad brillan con luz propia cuando son auténticas.

- Los hombres valiosos llegan a la fama por sus obras. Los necios se hacen famosos por la propaganda.
- Nuestra sociedad de consumo también "fabrica" ídolos famosos, porque necesita venderlos.
- Si el sabio te censura, piénsalo. Si el estúpido te alaba, ¡laméntalo!
- El que se sabe merecedor de la aprobación y del aplauso, no hace nada para conseguirlos.
- El árbol que sobresale muy pronto con sus ramas, suele ser el que primero cae por falta de raíces.
- El hombre seguro de sí mismo goza cuando es apreciado y se duele ante el menosprecio, pero no malgasta su tiempo para cambiar la opinión ajena.
- La propaganda es muchas veces como el agua: deja en el fondo el oro y saca a flote el leño seco. - Si eres sensato valoras más el juicio de los pocos que te conocen de verdad, que las alabanzas o los juicios negativos de los que te desconocen.
- El necio se irrita con la corrección del amigo y se hincha con la alabanza del adulador.
- El orgullo hincha la pobreza del necio y la humildad agranda la riqueza del sabio.
- El orgullo es la fachada de la estupidez y la humildad es el cimiento de la sabiduría.
Agradecemos esta aportación a Adrrán Fenzi René Trossero, del libro "Pensar y vivir en libertad".

miércoles, 11 de julio de 2007

¿Cómo ser una persona auténtica?

Fuente: encuentra.com


Todos queremos ser diferentes y originales, pero ¿qué hacen las personas que son verdaderamente auténticas? Aquí te lo decimos.

El deseo de superación siempre será bien visto, pero con relativa frecuencia perdemos tiempo en querer ser precisamente lo que no somos: porque en ocasiones gastamos más de lo que tenemos para dar la apariencia una mejor posición económica, no se diga en el modo de comportarse o de vestir según el círculo social al que queremos pertenecer; copiar el estilo de hablar elocuente o gracioso que utiliza otra persona, o la tendencia a participar activamente en conversaciones como conocedor y erudito, sin tener el mínimo conocimiento. En resumidas cuentas, esta manera de ser se debe a la falta de aceptación de sí mismo.

En ocasiones la auto-aceptación se hace más difícil por lamentarnos de lo que no tenemos. En distintos momentos y circunstancias personas han dicho: "si hubiera nacido en una familia con mejor posición económica, otra cosa hubiera sido"; "si yo tuviera las cualidades que (aquel tiene..."; "si hubiera tenido la posibilidad de una mejor educación..."; "si se me hubiera presentado esa oportunidad..." ¿No es también una pérdida de tiempo de la que hablamos al principio?.

Para ser auténticos hace falta algo más que copiar partes de un modelo, como si quisiéramos adueñarnos de una personalidad que no nos pertenece, o peor aún, pasar la vida esperando "la gran oportunidad" para demostrar lo que somos y lo que podemos lograr. Las experiencias, el conocimiento y la lucha por concretar propósitos de mejora, hacen que con el tiempo se vaya conformando una personalidad propia.

¿Qué hacer entonces para ser auténticos?

- Evitar la mentira y la personalidad múltiple. Ser el mismo siempre, independientemente de las circunstancias.
- Cooperación y comprensión para evitar el deseo de dominio sobre los demás, respetando sus derechos y opiniones.
- Ser fieles a las promesas que hemos hecho, de esta manera, somos fieles con nosotros mismos.
- Cumplir responsablemente con las obligaciones que hemos adquirido
- Hacer a un lado simpatías e intereses propios, para poder juzgar y obrar justamente.
- Esforzarnos por vivir las leyes, normas y costumbres de nuestra sociedad.
- No tener miedo a que "me vean como soy". De cualquier manera, mientras no hagamos algo para cambiar, no podemos ser otra cosa.

La autenticidad da a la persona una natural confianza, pues con el paso del tiempo ha sabido cumplir con los deberes que le son propios en el estudio, la familia y el trabajo, procurando perfeccionar el ejercicio de estas labores superando la apatía y la superficialidad, sin quejas ni lamentaciones. Por la integridad que da el cultivo de este valor, nos convertimos en personas dignas de confianza y honorables, poniendo nuestras cualidades y aptitudes al servicio de los demás, pues nuestras miras van más allá de nuestra persona e intereses.

martes, 10 de julio de 2007

¿Por qué confesarse?

Fuente: encuentra.com

Los motivos humanos y sobrenaturales de la confesión, para comprender mejor el sentido y finalidad de este sacramento
Por Pbro. Dr. Eduardo Volpacchio
Un hecho innegable: la necesidad del perdón de mis pecados
Todos tenemos muchas cosas buenas…, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho: somos limitados, tenemos una cierta inclinación al mal y defectos; y como consecuencia de esto nos equivocamos, cometemos errores y pecados. Esto es evidente y Dios lo sabe. De nuestra parte, tonto sería negarlo. En realidad… sería peor que tonto… San Juan dice que "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es El para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros" (1 Jn 1,9-10).
De aquí que una de las cuestiones más importantes de nuestra vida sea ¿cómo conseguir "deshacernos" de lo malo que hay en nosotros? ¿de las cosas malas que hemos hecho o de las que hemos hecho mal? Esta es una de las principales tareas que tenemos entre manos: purificar nuestra vida de lo que no es bueno, sacar lo que está podrido, limpiar lo que está sucio, etc.: librarnos de todo lo que no queremos de nuestro pasado. ¿Pero cómo hacerlo?
No se puede volver al pasado, para vivirlo de manera diferente… Sólo Dios puede renovar nuestra vida con su perdón. Y El quiere hacerlo… hasta el punto que el perdón de los pecados ocupa un lugar muy importante en nuestras relaciones con Dios.
Como respetó nuestra libertad, el único requisito que exige es que nosotros queramos ser perdonados: es decir, rechacemos el pecado cometido (esto es el arrepentimiento) y queramos no volver a cometerlo. ¿Cómo nos pide que mostremos nuestra buena voluntad? A través de un gran regalo que Dios nos ha hecho.
En su misericordia infinita nos dio un instrumento que no falla en reparar todo lo malo que podamos haber hecho. Se trata del sacramento de la penitencia. Sacramento al que un gran santo llamaba el sacramento de la alegría, porque en él se revive la parábola del hijo prodigo, y termina en una gran fiesta en los corazones de quienes lo reciben.
Así nuestra vida se va renovando, siempre para mejor, ya que Dios es un Padre bueno, siempre dispuesto a perdonarnos, sin guardar rencores, sin enojos, etc. Premia lo bueno y valioso que hay en nosotros; lo malo y ofensivo, lo perdona. Es uno de los más grandes motivos de optimismo y alegría: en nuestra vida todo tiene arreglo, incluso las peores cosas pueden terminar bien (como la del hijo pródigo) porque Dios tiene la última palabra: y esa palabra es de amor misericordioso.
La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural: consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote.
Dejando de lado otros aspectos, aquí vamos sencillamente a mostrar que confesarse es razonable, que no es un invento absurdo y que incluso humanamente tiene muchísimos beneficios. Te recomiendo pensar los argumentos… pero más allá de lo que la razón nos pueda decir, acudí a Dios pidiéndole su gracia: eso es lo más importante, ya que en la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios.
Algunas razones por las que tenemos que confesarnos
1. Porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar " (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a vos y a mí. Por tanto, cuando quieres que Dios te borre los pecados, sabes a quien acudir, sabes quienes han recibido de Dios ese poder.
Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
2. Porque la Sagrada Escritura lo manda explícitamente: "Confiesen mutuamente sus pecados" (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió (hace dos mil años de esto…) a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.
3. Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por El mismo para darnos la gracia. Te confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: "Yo te absuelvo de tus pecados" ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice "Esto es mi cuerpo", y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confiesas, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
4. Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».
5. El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.
6. Necesitamos vivir en estado de gracia. Sabemos que el pecado mortal destruye la vida de la gracia. Y la recuperamos en la confesión. Y tenemos que recuperarla rápido, básicamente por tres motivos:
a) porque nos podemos morir… y no creo que queramos morir en estado de pecado mortal… y acabar en el infierno.
b) porque cuando estamos en estado de pecado ninguna obra buena que hacemos es meritoria cara a la vida eterna. Esto se debe a que el principio del mérito es la gracia: hacer obras buenas en pecado mortal, es como hacer goles en “off-side”: no valen, carecen de valor sobrenatural. Este aspecto hace relativamente urgente el recuperar la gracia: si no queremos que nuestra vida esté vacía de mérito y que lo bueno que hacemos sea inútil.
c) porque necesitamos comulgar: Jesús nos dice que quien lo come tiene vida eterna y quien no lo come, no la tiene. Pero, no te olvides que para comulgar dignamente, debemos estar libres de pecado mortal. La advertencia de San Pablo es para temblar: "quien coma el pan o beba el cáliz indignamente, será reo del cuerpo y sangre del Señor. (…) Quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación" (1 Cor 11,27-28). Comulgar en pecado mortal es un terrible sacrilegio: equivale a profanar la Sagrada Eucaristía, a Cristo mismo.
7. Necesitamos dejar el mal que hemos hecho. El reconocimiento de nuestros errores es el primer paso de la conversión. Sólo quien reconoce que obró mal y pide perdón, puede cambiar.
8. La confesión es vital en la luchar para mejorar. Es un hecho que habitualmente una persona después de confesarse se esfuerza por mejorar y no cometer pecados. A medida que pasa el tiempo, va aflojando… se «acostumbra» a las cosas que hace mal, o que no hace, y lucha menos por crecer. Una persona en estado de gracia -esta es una experiencia universal- evita el pecado. La misma persona en pecado mortal tiende a pecar más fácilmente.
Otros motivos que hacen muy conveniente la confesión
a) Necesitamos paz interior. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior. Negar la culpa no la elimina: sólo la esconde, haciendo más penosa la angustia. Sólo quien reconoce su culpa está en condiciones de liberarse de ella.
b) Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. La confesión nos "obliga" a hacer un examen profundo de nuestra conciencia. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.
c) Todos necesitamos que nos escuchen. ¿En qué consiste el primer paso de la terapia de los psiquiatras y psicólogos sino en hacer hablar al "paciente"? Y te cobran para escucharte… y al "paciente" le hace muy bien. Estas dos profesiones han descubierto en el siglo XX algo que la Iglesia descubrió hace muchos siglos (en realidad se lo enseñó Dios). El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.
d) Necesitamos una protección contra el auto-engaño. Es fácil engañarse a uno mismo, pensando que eso malo que hicimos, en realidad no está tan mal; o justificándolo llegando a la conclusión de que es bueno, etc. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.
e) Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo. Cuando "salimos" de nosotros por la sinceridad, ganamos la perspectiva necesaria para juzgarnos con equidad.
f) Necesitamos objetividad. Y nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo… menos a una: la única persona a la que un sacerdote no puede perdonar los pecados es él mismo: siempre tiene que acudir a otros sacerdote para confesarse. Dios es sabio y no podía privar a los sacerdotes de este gran medio de santificación.
g) Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: si tenemos las disposiciones necesarias para el perdón o no. De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.
h) Necesitamos saber que hemos sido perdonados. Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.
i) Tenemos derecho a que nos escuchen. La confesión personal más que una obligación es un derecho: en la Iglesia tenemos derecho a la atención personal, a que nos atiendan uno a uno, y podamos abrir el corazón, contar nuestros problemas y pecados.
j) Hay momentos en que necesitamos que nos animen y fortalezcan. Todos pasamos por momentos de pesimismo, desánimo… y necesitamos que se nos escuche y anime. Encerrarse en sí mismo solo empeora las cosas…
k) Necesitamos recibir consejo. Mediante la confesión recibimos dirección espiritual. Para luchar por mejorar en las cosas de las que nos confesamos, necesitamos que nos ayuden.
l) Necesitamos que nos aclaren dudas, conocer la gravedad de ciertos pecados, en fin… mediante la confesión recibimos formación.
Algunos pretexto para no confesarse
1. ¿Quién es el cura para perdonar los pecados…? Sólo Dios puede perdonarlos.
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, permíteme decirte que ese argumento lo he leído antes… precisamente en el Evangelio… Es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados… (puedes mirar Mt 9,1-8).
2. Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios.
Genial. Me parece bárbaro… pero hay algunos “peros”…Pero… ¿cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Escuchas alguna voz celestial que te lo confirma? Pero… ¿cómo sabes que estás en condiciones de ser perdonado? Te darás cuenta que no es tan fácil… Una persona que robara un banco y no quisiera devolver el dinero… por más que se confesara directamente con Dios… o con un cura… si no quisiera reparar el daño hecho -en este caso, devolver el dinero-, no puede ser perdonada… porque ella misma no quiere "deshacerse" del pecado. Este argumento no es nuevo… Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba como vos: "Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»?.¿Acaso les fueron dadas a la Iglesia las llaves del Reino de los cielos sin necesidad? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo."
3. ¿Porque le voy a decir los pecados a un hombre como yo?
Porque ese hombre no un hombre cualquiera: tiene el poder especial para perdonar los pecados (el sacramento del orden). Esa es la razón por la que vas a él.
4. ¿Porque le voy a decir mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?
El problema no radica en la «cantidad» de pecados: si es menos, igual o más pecador que vos…. No vas a confesarte porque sea santo e inmaculado, sino porque te puede dar al absolución, poder que tiene por el sacramento del orden, y no por su bondad. Es una suerte -en realidad una disposición de la sabiduría divina- que el poder de perdonar los pecados no dependa de la calidad personal del sacerdote, cosa que sería terrible ya que uno nunca sabría quién sería suficientemente santo como para perdonar… Además, el hecho de que sea un hombre y que como tal tenga pecados, facilita la confesión: precisamente porque sabe en carne propia lo que es ser débil, te puede entender mejor.
5. Me da vergüenza… Es lógico, pero hay que superarla. Hay un hecho comprobado universalmente: cuanto más te cueste decir algo, tanto mayor será la paz interior que consigas después de decirlo. Además te cuesta, precisamente porque te confiesas poco…, en cuanto lo hagas con frecuencia, verás como superarás esa vergüenza. Además, no creas que eres tan original…. Lo que vas a decir, el cura ya lo escuchó trescientas mil veces… A esta altura de la historia… no creo que puedas inventar pecados nuevos…Por último, no te olvides de lo que nos enseñó un gran santo: el diablo quita la vergüenza para pecar… y la devuelve aumentada para pedir perdón… No caigas en su trampa.
6. Siempre me confieso de lo mismo…Eso no es problema. Hay que confesar los pecados que uno ha cometido… y es bastante lógico que nuestros defectos sean siempre más o menos los mismos… Sería terrible ir cambiando constantemente de defectos… Además cuando te bañas o lavas la ropa, no esperas que aparezcan machas nuevas, que nunca antes habías tenido; la suciedad es más o menos siempre del mismo tipo… Para querer estar limpio basta querer remover la mugre… independientemente de cuán original u ordinaria sea.
7. Siempre confieso los mismos pecados…No es verdad que sean siempre los mismos pecados: son pecados diferentes, aunque sean de la misma especie… Si yo insulto a mi madre diez veces… no es el mismo insulto… cada vez es uno distinto… No es lo mismo matar una persona que diez… si maté diez no es el mismo pecado… son diez asesinatos distintos. Los pecados anteriores ya me han sido perdonados, ahora necesito el perdón de los "nuevos", es decir los cometidos desde la última confesión.
8. Confesarme no sirve de nada, sigo cometiendo los pecados que confieso… El desánimo, puede hacer que pienses: "es lo mismo si me confieso o no, total, nada cambia, todo sigue igual". No es verdad. El hecho de que uno se ensucie, no hace concluir que es inútil bañarse. Uno que se baña todos los días… se ensucia igual… Pero gracias a que se baña, no va acumulando mugre… y está bastante limpio. Lo mismo pasa con la confesión. Si hay lucha, aunque uno caiga, el hecho de ir sacándose de encima los pecados… hace que sea mejor. Es mejor pedir perdón, que no pedirlo. Pedirlo nos hace mejores.
9. Sé que voy a volver a pecar… lo que muestra que no estoy arrepentido. Depende… Lo único que Dios me pide es que esté arrepentido del pecado cometido y que ahora, en este momento quiera luchar por no volver a cometerlo. Nadie pide que empeñemos el futuro que ignoramos… ¿Qué va a pasar en quince días? No lo sé… Se me pide que tenga la decisión sincera, de verdad, ahora, de rechazar el pecado. El futuro déjalo en las manos de Dios…
10. Y si el cura piensa mal de mi… El sacerdote está para perdonar… Si pensara mal, sería un problema suyo del que tendría que confesarse. De hecho siempre piensa bien: valora tu fe (sabe que si estás ahí contando tus pecados, no es por él… sino porque vos crees que representa a Dios), tu sinceridad, tus ganas de mejorar, etc. Supongo que te darás cuenta de que sentarse a escuchar pecados, gratis -sin ganar un peso-, durante horas, … si no se hace por amor a las almas… no se hace. De ahí que, si te dedica tiempo, te escucha con atención… es porque quiere ayudarte y le importas… aunque no te conozca te valora lo suficiente como para querer ayudarte a ir al cielo.
11. Y si el cura después le cuenta a alguien mis pecados…No te preocupes por eso. La Iglesia cuida tanto este asunto que aplica la pena más grande que existe en el Derecho Canónico -la ex-comunión- al sacerdote que dijese algo que conoce por la confesión. De hecho hay mártires por el sigilo sacramental: sacerdotes que han muerto por no revelar el contenido de la confesión.
12. Me da pereza…Puede ser toda la verdad que quieras, pero no creo que sea un obstáculo verdadero ya que es bastante fácil de superar… Es como si uno dijese que hace un año que no se baña porque le da pereza…
13. No tengo tiempo…No creo que te creas que en los últimos ___ meses… no hayas tenidos los diez minutos que te puede llevar una confesión… ¿Te animas a comparar cuántas horas de TV has visto en ese tiempo… (multiplica el número de horas diarias que ves por el número de días…)?
14. No encuentro un cura…No es una raza en extinción, hay varios miles. Toma la guía de teléfono (o llama a información). Busca el teléfono de tu parroquia. Si ignoras el nombre, busca por el obispado, ahí te dirán… Así podrás saber en tres minutos el nombre de un cura con el que te puedes confesar… e incluso pedirle una hora… para no tener que esperar.

Otras diez pistas para un camino de oración

Fuente: Cipecar, Centro de iniciativas de pastoral de espiritualidad.


1.- Cuenta contigo para buscar al Señor. Dile con María: “Aquí estoy”.
“Hay que tener una heroica humildad para ser uno mismo y no otro” (Merton).
2.- Escucha la Palabra.
“La Palabra de dios es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana. Ella alimenta la relación personal con el Dios vivo” (Juan Pablo II).
3.- Pregúntate cuál es el proyecto de Dios en tu vida.
“No nos interesa tanto reformar las estructuras cuanto dar con las fuentes de la vida y dar con la experiencia de la gracia” (Prior de Taizé).
4.- Descubre y acepta tu pecado. Ábrete al Dios de la ternura y la misericordia.
“Lo que más me impresiona del Evangelio es el perdón. El hecho de perdonar puede cambiar el corazón de cada uno de nosotros, pues cuando perdonamos se aleja la dureza del corazón y se deja lugar a una bondad infinita” (Prior de Taizé).
5.- Pon los ojos en Jesús. Mientras puedas no estés sin tan buen amigo.
“Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir: es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero” (Teresa de Jesús).
6.- Recuerda que estás llamado a la unión con Dios.
“Buscando mis amores, / iré por esos monte y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras” (Juan de la Cruz).
7.- Deja que te aliente y te fortalezca en todo momento el Espíritu Santo.
“Sin el Espíritu, Dios queda lejos, Cristo permanece en el pasado, el evangelio es letra muerta, la Iglesia es pura organización, la autoridad es tiranía, la misión es propaganda, la liturgia es simple recuerdo, y la vida cristiana una moral de esclavos” (Ignacio IV Hazim, patriarca de Antioquia).
8.- Ora los contenidos de tu fe
“¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!” (Juan de la Cruz).
9.- Recorre los caminos de tu esperanza.
“El provenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (GS 31).
10.- El Amor quiere ser amado.
“Haznos vivir nuestra vida, no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula, no como un partido en el que todo es difícil, no como un teorema que nos rompe la cabeza, sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo, como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia, con la música universal del amor” (Madeleine Delbrel).
AMËN

lunes, 9 de julio de 2007

Parábola del diamante.

Fuente: Cipecar


Érase una vez, hace mucho tiempo, un rey que vivía en Irlanda. En aquellos tiempos, Irlanda estaba dividida en muchos reinos pequeños, y el reino de aquel rey era uno más entre esos muchos. Tanto el rey como el reino no eran conocidos, y nadie les prestaba mucha atención.

Pero un día el rey heredó un gran diamante de belleza incomparable de un familiar que había muerto. Era el mayor diamante jamás conocido. Dejaba boquiabiertos a todos los que tenían la suerte de contemplarlo. Los demás reyes empezaron a fijarse en este rey porque, si poseía un diamante como aquél, tenía que ser algo fuera de lo común.


El rey tenía la joya perpetuamente expuesta en una urna de cristal para que todos los que quisieran pudieran acercarse a admirarla. Naturalmente, unos guardianes bien armados mantenían aquel diamante único bajo una constante vigilancia. Tanto el rey como el reino prosperaban, y el rey atribuía al diamante su buena fortuna.

Un día, uno de los guardias, nervioso, solicitó permiso para ver al rey. El guardián temblaba como una hoja. Le dio al rey una terrible noticia: había aparecido un defecto en el diamante. Se trataba de una grieta, aparecida justamente en la mitad de la joya. El rey se sintió horrorizado y se acercó corriendo hasta el lugar donde estaba instalada la urna de cristal para comprobar por sí mismo el deterioro de la joya. Era verdad. El diamante había sufrido una fisura en sus entrañas, defecto perfectamente visible hasta en el exterior de la joya.

Convocó a todos los joyeros del reino para pedir su opinión y consejo. Sólo le dieron malas noticias. Le aseguraron que el defecto de la joya era tan profundo que si intentaban subsanarlo, lo único que conseguirían sería que aquella maravilla perdiera todo su valor. Y que si se arriesgaban a partirla por la mitad para conseguir dos piedras preciosas, la joya podría, con toda probabilidad, partirse en millones de fragmentos.

Mientras el rey meditaba profundamente sobre esas dos únicas tristes opciones que se le ofrecían, un joyero, ya anciano, que había sido el último en llegar, se le acercó y le dijo:

-Si me da una semana para trabajar en la joya, es posible que pueda repararla.

Al principio, el rey no dio crédito alguno a sus palabras, porque los demás joyeros estaban totalmente seguros de la imposibilidad de arreglarla. Finalmente el rey cedió, pero con una condición: la joya no debía salir de¡ palacio real. Al anciano joyero le pareció bien el deseo de¡ rey. Aquél era un buen sitio para trabajar, y aceptó también que unos guardianes vigilaran su trabajo desde el exterior de la puerta del improvisado taller, mientras él estuviese trabajando en la joya.

Aun costándole mucho, al no tener otra opción, el rey dio por buena la oferta del anciano joyero. A diario, él y los guardianes se paseaban nerviosos ante la puerta de aquella habitación. Oían los ruidos de las herramientas que trabajaban la piedra con golpes y frotamientos muy suaves. Se preguntaban qué estaría haciendo y qué es lo que pasaría si el anciano los engañaba.

Al cabo de la semana convenida, el anciano salió de la habitación. El rey y los guardianes se precipitaron al interior de la misma para ver el trabajo del misterioso joyero.

Al rey se le saltaron las lágrimas de pura alegría. ¡Su joya se había convertido en algo incomparablemente más hermoso y valioso que antes! El anciano había grabado en el diamante una rosa perfecta, y la grieta que antes dividía la joya por la mitad se había convertido en el tallo de la rosa.

Así es como Dios nos cura. Trabaja nuestro mayor defecto y lo convierte, y con él a nosotros, en algo hermoso.

En vacaciones, descubrir el amor.

Fuente: Cipecar



Al fin tranquilos, sin oficinas, sin tener que madrugar, sin teléfonos ni preocupaciones…Sólo la inevitable mosca cojonera del móvil.


Nuestro ejecutivo estresado descubre a sus hijos, los hijos saben que tienen padre, la madre recuerda la casa de los suyos y esas vacaciones a modo que se montaban. Los abuelos no están para trotes. La asistenta descansa también. Un plasta anuncia su visita. Los suspensos gravitan. El ingles de Inglaterra para la mayor. El pequeño, al campamento, vestido de Capitán Tapioca, si da el bolsillo. Todo el mundo hace planes. Es un pequeño hervidero. Si no se cuida, puede ser el verano caliente.

¿Solución? compartir, congeniar, comprender. Y, por encima de todo, consenso. Mucho consenso. Si a los políticos no se les cae de la boca, ¿por qué no llevarlo a las familias?
Es una realidad: las hipotecas tocan techo. Lo acusan las tiendas, las peluquerías, los actores en paro, los periódicos… y, no cabe duda, lo pueden acusar las vacaciones.
Este verano, tal como están las cosas, el que tiene un pariente con una casa libre donde dejarse caer, no lo piensa dos veces. Y después de todo ¿no hay que conocer esos rincones únicos de la España insólita?

No se va a tirar el dinero. Se vuelve al clan familiar, en la sierra o junto a la playa. Por fin, los supervivientes de la familia reunidos y sin prisas.

Todo el año, once largos meses, soñando con las vacaciones: se hacen proyectos reservamos libros para leer, nos proponemos todo lo que la falta de tiempo nos ha impedido. Y ¡sorpresa! … los días se escurren en blanco, no sabemos descansar, no nos aguantamos a nosotros mismos. ¿Cómo soportar al que nos rodea?

A los dos días, vamos de acá para allá echamos en falta el coche, las prisas, el trabajo, la gente. Para aturdirnos, para no estar de verdad a solas, inventamos lugares maravillosos, vamos de acá para allá.

Y encima los agoreros: cincuenta mil rupturas matrimoniales después de las vacaciones. Pero no hay vacaciones para el amor. Los cristianos, si de verdad lo somos, no nos lo podemos permitir. A la convivencia la ponemos a orar y, después, a pasárnoslo bien. El verano es corto y hay que aprovecharlo. ¡“La imaginación al poder”… y a las vacaciones!

Está demostrado que, todo lo que merece la pena, exige en el mundo un mínimo de esfuerzo. Esos mil detalles de los que depende un descanso feliz suponen, por parte de algunos, un estado de alerta. El ambiente sereno, el sillón cómodo, la música favorita, la revista a mano, el aperitivo sorpresa que llega en el momento oportuno exigen una pequeña actividad, la amable sombra de alguien que se mueve pensando en alguien.

Porque mientras no se demuestre lo contrario, todo el que se mueve en el ardiente verano para hacer algún servicio, se mueve a fuerza de amor. Un sistema viejo y nuevo que las máquinas no han sustituido. Hasta ahora, las máquinas ofrecen sándwiches, helados o cigarrillos con una precisión admirable, pero sin el más mínimo grado de afecto. Descubrir de nuevo el amor no es mala cosa en vacaciones.

¡Bendito descanso !
Deborah

miércoles, 4 de julio de 2007

El deseo sexual sin amor

Fuente: DOMINGO 27/6/2004 ABC

ENRIQUE ROJAS
Catedrático de Psiquiatría


El sexo con amor forma parte del camino hacia el desarrollo humano en el ámbito de la pareja .


La sexualidad humana ofrece una enorme complejidad. Sin embargo, su impulso fundamental es de tipo instintivo. Es la personalidad, formada por la inteligencia, la educación afectiva y la voluntad la que diferencia la sexualidad humana de la animal. La sexualidad es un elemento básico de nuestras vidas, y forma parte, de manera intrincada e inseparable, del mas grande de los sentimientos: el amor.
Aunque el estallido de la sexualidad se produce a partir de la pubertad, en realidad nos acompaña desde nuestro mismo nacimiento.Como Freud y otros estudiosos descubrieron, el niño presenta ya una faceta sexual desarrollada, que influye en la evolución de su personalidad
y que puede determinar, al menos en parte, su vida adulta.
Por todo ello es conveniente asumir la sexualidad como algo perfectamente natural, pero también como un factor vital que, relacionado con el deseo, debe ser educado. Como se supo desde los mismos comienzos de la psiquiatría moderna, la represión de la sexualidad puede producir trastornos; igualmente la entrega a una sexualidad descontrolada da lugar a una vida insatisfactoria e infeliz dominada por los impulsos hedonistas.
Las teorías sobre la sexualidad humana son numerosísimas, y tal vez no haya otro tema sobre el que se haya escrito tanto a lo largo de la historia. En realidad no fue hasta finales del siglo XIX que la sexología se convirtió en una ciencia gracias al libro Estudios sobre psicología sexual, del mencionado Ellis. En esta obra se analizaba por primera vez la sexualidad desde un punto de vista general, desvinculado del erotismo.
Ellis estudió la relación de pareja, la respuesta sexual de hombres y mujeres, o problemas como la frigidez y la impotencia. Desde entonces ha habido multitud de autores que se han dedicado a este tema que, sin duda, atrae, sorprende y fascina al ser humano: Kinsey, Master, Jonson, Pellegrini, Giese, Lorando...
El planteamiento ha sido distinto en cada caso. El marco ideológico en el que hoy se sitúa la sexualidad en muchos ambientes tiene tres notas negativas que debemos combatir: el agnosticismo (ignora su vertiente espiritual), el utilitarismo (enaltece lo útil y placentero como
esencial) y el positivismo (el sexo por si mismo, sin más). Unos han preferido concentrarse en detalles técnicos; otros han buscado una mejor expresión de las necesidades sexuales; algunos
han querido desmitificar el sexo, restándole importancia como cosa natural que es; y otros han preferido indagar en los medios para incrementar el placer.
Todos ellos, sin embargo, han coincidido en un punto: la sexualidad humana es variada, exclusiva de nuestra especie, pero guarda un poso animal en su impulso de base. Independientemente del punto de vista , casi todos los autores señalan, por una razón o por otra,
que hay que evitar dejarse dominar por ese impulso instintivo que priva a la sexualidad de sus mejores facetas y convierte la relación de pareja en un mero choque genital para satisfacer un apetito apremiante.
Por desgracia, estas sugerencias no parecen haber prendido en la sociedad moderna, agobiada por la inmediatez, el hedonismo, el consumismo y la permisividad.
Alcanzado el placer físico, la persona se siente vacía —como siempre que se realiza un deseo de manera impulsiva e impersonal— y esto produce sentimientos de culpa, obsesión y neurosis.
Convertir el sexo en una «religión», lo que parece ser una de las normas de la modernidad, es un error. La sexualidad es solo una parte del ser humano, importante, pero no la mas importante,
ni tampoco la única.
La sexualidad humana es, pues, algo mas que conseguir un orgasmo rápido. Es parte de una relación profunda entre dos personas, el inicio de un proyecto común que, partiendo de lo corporal, termina en una fusión psicológica , cultural y espiritual. La función básica de la sexualidad en la naturaleza es asegurar la continuidad de la especie por medio de la reproducción, pero en el género humano es algo mas.
La sexualidad es parte del amor, y el amor conduce al perfeccionamiento de la persona y a la verdadera felicidad. Para que la sexualidad sea satisfactoria y surja el amor es necesario saber controlar el deseo.
La sexualidad es una parte del amor, pero no es lo mismo que éste. Por el contrario, el sexo con amor forma parte del camino hacia el desarrollo humano en el ámbito de la pareja. El conocimiento del universo afectivo es importante en la vida sexual de la pareja. Forma parte de la educación del deseo, y permite disfrutar de una sexualidad mas completa, por cuanto hace que entren en el juego elementos como el autocontrol, la voluntad y el dominio sobre los impulsos. Las personas que se dejan gobernar por sus deseos inmediatos terminan siendo prisioneras y juguetes del momento y se convierten en egoístas incapaces de mantener una verdadera relación comprometida.
Hay que tener en cuenta que la sexualidad no es un fin en si misma, sino parte de un entramado. La relación sexual conamor auténtico esuna sinfonía donde se hospedan lo físico, lo psicológico, lo espiritual y la propia biografía. El amor ha sido una de las fuerzas que ha movido a la humanidad a lo largo de la historia. En nuestra tradición cultural occidental fueron, por supuesto, los filósofos griegos los primeros en estudiar detalladamente la naturaleza del amor. Entre sus conclusiones destaca la tesis de que el amor surge primero de un deseo físico, pero que luego se perfecciona en una relación mas profunda caracterizada por el afecto.
El cristianismo elevó el amor a la categoría de valor universal. El amor, tanto a Dios como al prójimo, es la máxima expresión del carácter humano y lo que verdaderamente nos convierte en seres superiores. El amor sería una suma de valores, como bondad, compromiso y generosidad. La idealización del amor cortés en la Edad Media corrompería en parte este concepto superior, al iniciarse un «vaciado» de la relación de pareja que alcanza su «cumbre» en los últimos compases del siglo XX. El Renacimiento proseguiría en esta línea y se iría alejando del concepto de amor pleno de la tradición cristiana original. La Celestina, y mas tarde Romeo y Julieta, son los precedentes de un nuevo concepto de amor que se va desarrollando poco a poco hasta llegar a la definición del amor del primer gran filósofo moderno, Descartes. Para el pensador francés el
amorera una de las pasiones fundamentales del ser humano —junto al deseo o el odio, entre otras—. Pascal estableció su famosa máxima: «El corazón tiene razones que la razón desconoce». El enciclopedista Diderot llegó aún mas lejos con una frase que, en nuestra opinión, es absolutamente errónea, pero que da buena fe de la forma de pensar de la ilustración:
«Se dice que el deseo es fruto de la voluntad, pero lo cierto es lo contrario:
la voluntad es fruto del deseo». En suma, se había llegado a la culminación de un proceso intelectual que separaba el amor del intelecto, como si fueran aspectos independientes.
Esta lógica, equivocada en nuestra opinión, condujo paso a paso al desarraigo del fín del milenio.
El amor, elaborado como pasión exaltada por los autores románticos, devino sentimiento vacío, expresión del hedonismo apresurado, y quedó privado de su verdadero valor como herramienta para alcanzar la plenitud del espíritu.
En la actualidad vemos los resultados de todo ello: una multitud de personas desorientadas, dominadas por el consumismo y privadas de felicidad. Todo el mundo nota que algo va mal, pero
no sabe decir exactamente qué. Es hora de efectuar un giro, de realizar un esfuerzo de superación tanto personal como social. La personalidad es una provincia de la afectividad. Grandes errores psicológicos arrancan de aquí, de separar el sexo y el amor.

El sexo como juego

Fuente: abc. 29/01/05


ENRIQUE ROJAS
Catedrático de Psiquiatría


La sexualidad es parte del amor. Y el amor debe conducir a la mejora personal y aproximarnos a mayores gradientes de felicidad.


El tema del preservativo está coleando. Hoy mi articulo no va a referirse a ese artilugio, sino a la antropología de la sexualidad.
Hay una sexualidad animal y otra humana. Las diferencias son de largo alcance, aunque en ambos se da la unión sexual (apareamiento y relación íntima completa).

Hay tres teorías especialmente vigentes en estos momentos sobre el tema:
1) el agnosticismo en el campo teórico, que declara que el conocimiento humano no puede conocer todo lo que aquí reside e ignora una antropología sexual;
2) el utilitarismo, que considera a la utilidad como principio básico de la conducta;
y 3) la visión integral de la sexualidad, que subraya que la sexualidad es un componente fundamental de la persona y que ésta no es algo puramente físico (genital), sino que mira al núcleo íntimo de la persona. Aquí se mezclan conartey armonía lo físico, lo psicológico, lo espiritual y lo biográfico.

La sexualidad humana es un bien. Podemos definirla como un lenguaje del amor. La separación entre sexo y amor es un defecto grave, porque limita y empobrece ese encuentro, ambos deben formar un binomio irrenunciable. Si nos preguntamos donde debe estar ubicado el mundo sexual, en qué parcela debemos encuadrarlo, la respuesta según los criterios de una antropología sólida y positiva es: dentro de la afectividad.

Es en el espacio de los sentimientos donde debe alojarse. La sexualidad es parte del amor. Y el
amor debe conducir a la mejora personal y aproximarnos a mayores gradientes de felicidad. El sexo con amor es el mejor camino para el desarrollo armónico de la pareja.

El ser humano es su cuerpo, pero no se agota en él. Sus principales dimensiones son cuatro:
1. El plano físico: es la base material de nuestro cuerpo. Ahí está la genitalidad, que conduce al final del acto sexual, con la penetración del pene en la vagina. De aquí emerge el orgasmo, la vivencia placentera que acompaña a ese unión sexual.
2. El plano psicológico: es la mente, los sentimientos, la sinfonía de ingredientes diversos que se hospedan dentro de nuestro patrimonio psicológico y que van desde la percepción a la memoria,
pasando por la inteligencia, la voluntad y los deseos. Toda una rica geografía de elementos diversos, que forman el mapa del mundo personal. Debe darse un encuentro de dos realidades
que se enriquecen recíprocamente, mucho mas que meros objetos.
3. El plano espiritual: es quizá el más complicado de definir, ya que es una esencia interior que no puede ser contemplada empíricamente. Lo espiritual hace más humano al hombre y lo eleva
de nivel y lo mueve hacia la trascendencia.
Es el paso de lo natural a lo sobrenatural, de la física a la metafísica, de la inmanencia a la trascendencia. Es la aspiración a lo absoluto.
4. El plano biográfico: en la relación sexual, dos personan se cruzan cada uno con su historia particular, con toda la grandeza y profundidad que ello significa.

Hay dos modos contrapuestos de relación sexual que quiero dejar claros.
Uno es la relación sexual sin amor verdadero: es preindividal y anónima, es más bien una relación genital en la que se usa el cuerpo del otro como objeto. Puede ser con el consentimiento de los dos (los dos se utilizan) ó a sabiendas sólo de uno de ellos. El sexo sin amor es algo animal, es lo que hacen los animales cuando se aparean y el acto se convierte en una reacción institiva, primaria, quese dispara ante el estímulo erótico.

Esta es una sociedad obsesionada con lo sexual, que lo ha convertido en objeto de consumo. Hay, simultáneamente, una divinización del sexo (sexo a todas horas, sobre todo en los medios de comunicación social, especialmente la televisión) y a la vez, una trivialización (como algo divertido, de usar y tirar, intrascendente, como pasatiempo). Se trata por tanto de una relación cuerpo a cuerpo, esta es una sociedad en donde con alguna frecuencia las personas son utilizadas como si fueran cosas. En esas circunstancias está en primer plano el concepto de desechable, tiplo kleenex, de uso sin más, son contactos sin vínculos, una apoteosis de los superficial y epidérmico, en donde uno se busca más a si mismo que al otro, en una actitud claramente egoísta y narcisista. Por eso la expresión «hacer el amor» me parece desafortunada e inexacta, pero se ha popularizado. No eres mas libre cuando haces lo que te apetece y te pide el cuerpo, sino cuando eliges aquello que te hace más persona.
Hoy en día vemos, a menudo, lo siguiente: el hombre fingiendo amor lo que busca es sexo, mientras que la mujer fingiendo sexo lo que busca es amor.
Lo dejo ahí, para que el lector extraiga las conclusiones que le parezcan.

En el otro extremo está la relación sexual con amor autentico y comprometido, cuya principal característica es que se trata de una relación integral, tomando esta palabra en toda la riqueza
de su expresión: es un encuentro íntimo que no es solo físico (genital), no solo psicológico (dos estilos y formas de ser), ni solo espiritual (espiritualista, algo propio de gentes «especiales»), ni solo biográfico... sino que es todo es a la vez y al mismo tiempo, formando una espléndida sinfonía de belleza que es capaz de ensamblar armónicamente todos los componentes que tiene el ser humano.
El que así actúa se puede decir que es íntegro y esa es una relación persona a persona. Se trata de una creación brillante, que redescubre la dignidad de la relación hombre-mujer, que tiene el coraje y la grandeza de ir contra corriente en una sociedad consumista de sexo desvinculado, tirando por la borda la relación puramente genital (sexo sin más).
La sexualidad con amor de verdad es un universo simbólico construido sobre los cuatro pilares claves: físico, psicológico, espiritual y biográfico. Las raíces son físicas; las ramas son psicológicas
y biográficas; la sabia es espiritual.
Hoy se ha instalado en el corazón de nuestra sociedad el sexo a todas horas como divertimento, como pasatiempo sin más referentes. Es una cosificación degradante, con dos notas paradójicas:
el sexo convertido en religión y el sexo trivial. El serhumano banalizado, encanallado, insignificante para lomás grande e íntimo, que reduce la sexualidad al placer genital y alorgasmosu icono definitivo.
Nos sumergimos así en la sexual performance: las marcas ó retos sexuales. Un sexo que se vuelve mentira y niega lo mejor la persona. La moral sexual no es un corsé que aprisiona, sino el arte de usar de forma correcta la libertad, la aspiración a lo mejor, a la excelencia. La obra bien hecha permanecerá.