Amores líquidos, heridas profundas:
Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie.
Puede que, mientras lees, no estés pensando en teorías ni en cánones, sino
en tu propia historia: en un noviazgo largo que arrastras desde hace años, en
una boda que se acerca entre dudas, o en una convivencia que se ha roto antes
de haber empezado casi a caminar. Por eso, más que escribir sobre “casos” en
abstracto, te invito a leer lo que sigue también como una oportunidad para
poner nombre, con respeto y verdad, a lo que tal vez tú mismo estás viviendo.
En muchos ambientes hoy el noviazgo se ha convertido en una especie de
habitación cómoda donde “se está”, sin preguntarse demasiado para qué se está
ahí. No se vive tanto como camino, sino como estado: “tengo pareja”, “no estoy
solo”. Paralelamente, el matrimonio pierde espesura y aparece como un evento
social más, hermoso pero frágil, que a veces se deshace en cuestión de meses.
Cuando se cruzan ambas realidades, aparece un fenómeno inquietante que quizá te
resulte familiar: relaciones que, con el paso de los años, dejan de ser
noviazgo de verdad y tampoco llegan a ser matrimonio de verdad. Quedan
suspendidas en una zona intermedia, extraña, que termina por herir a las
personas y por debilitar el propio significado del sacramento.
Para entender esa zona gris no bastan las opiniones. Ayuda mucho escuchar
la experiencia de quienes, desde los tribunales eclesiásticos, vemos repetirse
un mismo patrón: noviazgos de larga duración, a veces de ocho o diez años, que
desembocan en convivencias matrimoniales brevísimas, de apenas unos meses o
poco más de un año, y que terminan en causas de nulidad. No es una rareza
aislada ni una anécdota dolorosa: es un número “nada desdeñable y creciente” de
historias rotas, que por su frecuencia y su lógica interna han llevado a hablar
de una auténtica “patología del matrimonio” en este punto concreto.
Al mismo tiempo, sería injusto y poco serio sospechar de todo noviazgo
largo. Tal vez el tuyo lo sea, y no por ello esté mal. La duración, por sí
sola, no indica anomalía. Hay noviazgos largos porque la pareja comenzó muy
joven, porque hacía falta tiempo para situarse personal, laboral o
económicamente, o porque la relación ha ido madurando con calma y hondura. En
muchos de esos casos, ambos saben que están recorriendo un camino previo a una
decisión definitiva, hablan de lo importante, rezan, crecen: ese tiempo, lejos
de debilitar, fortalece.
El problema aparece en “otros casos”: aquellos en los que el noviazgo largo
no sigue esa trayectoria de crecimiento, sino que acumula fallas que desembocan
en un consentimiento viciado y en una ruptura casi inmediata de la convivencia
conyugal. Es ahí donde la frase que queremos subrayar se vuelve muy real:
algunas relaciones se transforman en algo raro, ni noviazgo auténtico ni
matrimonio auténtico, y precisamente por ello se vuelven especialmente
frágiles. Si al leer esto sientes que algo dentro de ti se remueve, quizá
merece la pena seguir.
El noviazgo, lugar donde se juega tu
vocación
En clave cristiana, el noviazgo sólo se entiende de verdad cuando se le
devuelve su sentido más profundo. No es simplemente “tener pareja”, ni una
etapa sentimental prolongada, ni una prueba general del matrimonio. Es, ante
todo, un tiempo de discernimiento vocacional. Y esto te toca muy de cerca.
Es un discernimiento doble. Primero, sobre la propia vocación: “¿Me llama
Dios al matrimonio o a otra forma de entrega?”. Esa pregunta no se responde
sólo con la edad, las ganas o la presión del entorno; pide oración, escucha,
acompañamiento. Y, si la respuesta es sí al matrimonio, llega una segunda
pregunta, igual de seria: “¿Es este hombre, es esta mujer, con quien Dios me
llama a compartir la vida entera, también en su dimensión sacramental?”.
El noviazgo, así entendido, no es simplemente preparación de una boda: es
un tramo decisivo en el camino de la vocación cristiana. En él se juega, a la
vez, el descubrimiento de si uno está llamado al matrimonio y, en caso
afirmativo, el reconocimiento agradecido y libre de que esta persona concreta
es el rostro en el que esa llamada se hace historia. Tal vez nunca lo habías
formulado así, pero si estás en un noviazgo, esto es lo que, en el fondo,
tienes entre manos.
Por eso resulta tan clara y tan actual la distinción clásica entre noviazgo
y matrimonio. El noviazgo es una relación amorosa incompleta, sostenida por una
decisión también incompleta: una decisión que puede echarse atrás si el
discernimiento muestra que no es el camino. El matrimonio, en cambio, es el
momento de la decisión total, definitiva: el “sí” en el que se establece la
plena relación conyugal y se constituye una nueva realidad, la comunidad de
vida matrimonial. Entre uno y otro no hay un simple salto administrativo, sino
un paso de calidad en la libertad y en el amor.
Si el noviazgo es camino hacia esa decisión, es lógico que tenga un final:
o desemboca en un “sí” matrimonial, o desemboca en un “no” que, aunque duela,
pone fin a la relación. Un noviazgo que se eterniza sin hacer estas preguntas,
que no ayuda a conocerse de verdad ni a crear un proyecto común, empieza a
dejar de ser noviazgo. Y si, además, comienza a vivirse de hecho como un
matrimonio —con convivencia, intimidad sexual, rutina, compromisos que se
perciben como irrevocables— sin que haya habido aún una decisión plena, se
entra en una especie de falso estado de vida: una pareja que funciona como
matrimonio sin haber llegado realmente al matrimonio. Quizá te suene la expresión
“estamos como casados… pero no lo estamos”: a eso nos estamos acercando. En
este contexto se comprende que se hable de “falsos o incompletos matrimonios”:
relaciones en las que las fases iniciales del noviazgo se han cumplido e
incluso agotado, pero falta esa verdadera constitución de una única vida
compartida.
Cuando la convivencia revela
lo que el noviazgo no quiso mirar
Al contemplar juntos muchos casos de noviazgos largos y convivencias
conyugales efímeras, la escena se repite con variaciones. Se ven parejas que
han mantenido una relación durante años, a veces una década, percibida desde
fuera como estable, “de toda la vida”, y cuya vida conyugal se rompe en pocos
meses o en uno o dos años. Si se baja el listón de duración del noviazgo a
cinco años y se toma como referencia una convivencia que no supera los dos, el
número de historias aumenta aún más.
Las causas
inmediatas varían, pero quizá reconoces algo de ellas. Hay parejas en las que,
poco antes de la boda, uno de los dos inicia una relación afectiva con una
tercera persona, guarda silencio, mantiene los planes, celebra el matrimonio… y
tiempo después, cuando la verdad sale a la luz, la convivencia salta por los
aires. Ahí el noviazgo hace tiempo que dejó de ser un lugar de verdad: se ha
convertido en una fachada detrás de la cual el corazón se ha ido a otro sitio.
Se sigue adelante no por amor sino por miedo: miedo al escándalo, a la
vergüenza, a defraudar.
En otros casos no hay terceros, pero sí un alejamiento silencioso. Uno o
ambos se han ido descubriendo “fuera” del proyecto matrimonial, pero continúan
por comodidad, por falta de coraje, por no causar dolor. La decisión de casarse
se vive entonces más como “un lógico devenir” que como un acto verdaderamente
reflexivo: “después de tantos años, es lo que toca”. Se fija la fecha, se
organizan los detalles, el entorno da por supuesto el “sí”, y el noviazgo se
convierte en algo casi irrevocable antes de que la libertad haya dicho su
palabra. Quizá, si eres honesto, alguna vez has sentido algo así.
También están las historias menos visibles, aquellas en las que todo “iba
bien”: no hay grandes peleas ni infidelidades, pero tampoco conversaciones de
fondo. Se evita hablar de fe, de hijos, de dinero, de heridas, de carácter
real; se vive en un nivel donde el tiempo pasa, pero la relación no se
profundiza. La boda llega como paso “lógico” y esperado. Es en la convivencia,
en el roce real del día a día, donde los esposos descubren que en lo esencial
apenas se conocen, o tienen concepciones del matrimonio radicalmente distintas.
Lo que la vida conjunta pone al descubierto es, en el fondo, un noviazgo que
nunca se actualizó, que nunca se dejó interpelar por las preguntas de la
madurez.
En todos estos caminos late la misma tensión: se ha mantenido una forma
de relación que, en rigor, ya no era noviazgo, pero que tampoco había
dado el paso al matrimonio verdadero. Tal vez esto describe, en algún
grado, tu propio proceso: un vínculo que se ha prolongado, que ha ido
acumulando historia y costumbre, pero que no termina de cuajar en una decisión
clara.
Inmadurez, presión, miedo:
Lo que estrecha la libertad
El análisis jurídico y psicológico de estos casos habla de “anomalía
consensual”: no porque el mero paso del tiempo produzca nulidades, sino porque
en un porcentaje de noviazgos largos se dan ciertas condiciones que terminan
viciando el proceso normal de formación de la voluntad matrimonial. Entre
ellas aparece, una y otra vez, la inmadurez afectiva. No se trata siempre de
enfermedad, sino de una manera de vivir los afectos donde faltan
autoconocimiento, capacidad de espera, tolerancia al dolor, valentía y coraje
para tomar decisiones que supongan un antes y un después.
Quizá te reconoces en algo de esto: te cuesta mirar de frente lo que
sientes; temes tanto hacer daño que prefieres no decir nada; huyes de los
conflictos y te dejas llevar por lo que el entorno espera de ti. Cuando esa
inmadurez no se trabaja, el noviazgo se vive sin el acto deliberativo
proporcionado que exige el matrimonio. Por eso se insiste en distinguir entre
la pura falta de reflexión por desidia —que puede ser grave moralmente pero no
siempre invalida el consentimiento— y la verdadera incapacidad psíquica para
realizarla. Lo primero es frecuente; lo segundo, excepcional. Lo que aquí nos
interesa es lo primero: las veces en que pudiendo pensar, elegir, revisar, no
lo hacemos.
A esto se añade la presión ambiental. No hace falta que nadie grite: basta
el peso de los comentarios, las expectativas, el dinero invertido, la ilusión
de las familias. “Después de tantos años…”, “con todo lo preparado…”, “no
puedes echarte atrás ahora”. Es fácil que, en ese clima, uno sienta que ya no
tiene derecho a replantearse nada, aunque por dentro algo grite que no está en
paz. Para evitar un conflicto inmediato, se elige seguir adelante, incluso
ocultando dudas serias o situaciones objetivamente graves, con la esperanza de
que “más adelante se arreglará”. Pero basar una decisión de por vida en el
miedo a decepcionar es pedirle demasiado a la conciencia.
Hay también situaciones donde no se detecta una incapacidad para asumir las
obligaciones esenciales del matrimonio, pero sí lo que algunos han llamado
“incapacidad relacional”: más que una enfermedad, una forma de falsa
convivencia en la que nunca se ha construido un verdadero proyecto de vida en
común. Se está juntos, se comparte cama, ocio, quizá techo; pero no existe un
verdadero “nosotros” trabajado. La convivencia conyugal no crea el problema,
sólo lo hace visible.
Si te das cuenta de que tu relación acumula algo de todo esto —miedo,
inercia, falta de reflexión, presión—, no se trata de que entres en pánico. Se
trata, más bien, de que te atrevas a mirar con honestidad dónde está de verdad
tu libertad.
Cuando la relación deja de ser camino
y se vuelve inercia
Hablar de relaciones que se han convertido en “algo raro, ni noviazgo ni
matrimonio” no es juzgar desde fuera, sino intentar describir lo que muchos
viven por dentro. El noviazgo, por naturaleza, es un tiempo en que la decisión
sigue siendo reversible porque aún se está buscando la voluntad de Dios y la
verdad de la propia llamada. El matrimonio, en cambio, es la decisión total,
irrevocable, por la cual dos personas se entregan recíprocamente y establecen
una comunidad de vida entera.
Entre uno y otro puede haber un tránsito, una preparación, una maduración.
Lo que no está pensado es permanecer instalado indefinidamente en una especie
de estado intermedio, en el que la relación ha perdido ya la frescura del
noviazgo y, sin embargo, no ha alcanzado la plenitud del matrimonio. Cuando
durante años ya no se discierne —no se reza, no se habla a fondo, no se
revisa—, pero se vive de hecho como si todo estuviera decidido, algo profundo
se desequilibra.
En ese punto, el noviazgo ha renunciado de hecho a su función de discernir
y se ha vuelto pura inercia. Y el matrimonio, si llega, tampoco logra ser lo
que promete: el consentimiento nace –pero ya sin vida–, como un gesto exterior
desconectado de una libertad interior que no ha terminado de decidir. Las
palabras se pronuncian, pero el corazón no ha acabado de decir “sí”. La
convivencia conyugal, en no pocos casos, se convierte entonces en el acicate
que despierta de ese letargo y muestra con crudeza que “nada tienen que ver el
uno con la otra” en lo esencial.
Tal vez tú no has llegado a ese extremo, pero intuyes que vas caminando en
esa dirección. O quizá ya estás casado y te reconoces, a toro pasado, en
algunas de estas descripciones. En ambos casos, no se trata de hundirse, sino
de dejarse iluminar: de comprender mejor qué ha ocurrido para poder caminar
desde ahí, con la ayuda de la gracia y de la Iglesia, hacia la verdad.
Una invitación a pensar
tu propia historia a la luz de Dios
Desde la fe, este análisis no es una acusación, sino una llamada a
tomarse en serio la propia vida; a vivir como auténticos hombres y no como
animales domesticados. El noviazgo ha sido pensado por Dios como un lugar
privilegiado para descubrir la verdad de la propia llamada: la llamada a
entregarse, la forma concreta de esa entrega, la persona con la que se quiere y
se puede vivir esa vocación. Cuando ese tiempo se vive como un simple
aplazamiento, como un modo de no estar solo, como una costumbre confortable o
como una especie de “matrimonio de prueba” sin nombre, se desfigura la lógica
vocacional y se engaña, aunque sea sin mala intención, a la propia libertad.
En una cultura líquida o ligera, donde casi todo se percibe como
provisional y reversible, quizá la primera invitación para ti sea recuperar el
peso de las preguntas. No tanto “cuántos años llevamos”, sino: “¿qué hemos
hecho con esos años?”, “¿en qué ha crecido nuestra relación?”, “¿hasta qué
punto este noviazgo está siendo un auténtico camino de discernimiento
vocacional?”. La experiencia de la Iglesia recuerda que no sólo los noviazgos
demasiado breves pueden esconder decisiones apresuradas; también ciertos
noviazgos demasiado largos pueden ocultar decisiones que nunca se han llegado a
tomar.
Si hoy te descubres en un noviazgo así, en medio de una cultura líquida y
de una fe quizá debilitada, la cuestión no es angustiarte, sino atreverte a
mirar con serenidad: “¿estoy usando este tiempo para discernir mi vocación o
sólo para aplazarla?”, “¿este vínculo me ayuda a caminar hacia el amor adulto
al que Dios me llama, o me mantiene en una indefinición que ni es noviazgo
honesto ni es matrimonio verdadero?”. A veces, poner estas preguntas por
escrito, llevarlas a la oración, compartirlas con alguien que te acompañe (un
buen sacerdote, un matrimonio maduro, en una comunidad católica) puede ser el
comienzo de un cambio real.
Responder a estas preguntas no es sencillo. Puede implicar revisar la
propia historia, reconocer miedos, admitir que quizá se ha vivido durante años
“adormecido”, como esos novios que sienten su situación como irrevocable mucho
antes de haberla decidido. Pero precisamente ahí se abre un espacio de
libertad: el de poder reorientar el noviazgo hacia su sentido auténtico. No se
trata de garantizar que habrá boda, sino de ayudar a que, si la hay, sea fruto
de una decisión madura, libre y verdadera; y, si no la hay, a que la ruptura
—dolorosa pero honesta— sea también un acto de verdad que libere a ambos para
el bien al que Dios los llama.
Desde la fe, la última palabra no la tienen ni el miedo ni la inercia, sino
la verdad buscada a la luz de Dios. Un noviazgo vivido como verdadero
discernimiento vocacional es un lugar donde esa verdad puede madurar sin
prisas, pero sin engaños. Un noviazgo que se instala en la ambigüedad, en
cambio, termina diluyendo la llamada y erosionando la libertad. Por eso, en una
cultura que tiende a vivir casi todo “a medias”, recuperar el noviazgo como
camino hacia una decisión plena —sea un sí, sea un no— es quizá una de las
tareas más urgentes para quienes desean amar y casarse de manera cristiana.
Y si tú estás ahora mismo en uno de esos noviazgos largos, quizá la
pregunta más sincera que puedes hacer hoy no es “¿qué espera todo el mundo de
mí?”, sino: “Señor, ¿qué es lo verdadero aquí?, ¿a qué tipo de amor me llamas y
cómo quieres que responda?”. A partir de ahí, paso a paso, se abre siempre un
camino.

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