domingo, 30 de noviembre de 2025

Editorial: Amores líquidos, heridas profundas: Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie

 Amores líquidos, heridas profundas:

Cuando el noviazgo se queda en tierra de nadie.

 

Puede que, mientras lees, no estés pensando en teorías ni en cánones, sino en tu propia historia: en un noviazgo largo que arrastras desde hace años, en una boda que se acerca entre dudas, o en una convivencia que se ha roto antes de haber empezado casi a caminar. Por eso, más que escribir sobre “casos” en abstracto, te invito a leer lo que sigue también como una oportunidad para poner nombre, con respeto y verdad, a lo que tal vez tú mismo estás viviendo.

 

En muchos ambientes hoy el noviazgo se ha convertido en una especie de habitación cómoda donde “se está”, sin preguntarse demasiado para qué se está ahí. No se vive tanto como camino, sino como estado: “tengo pareja”, “no estoy solo”. Paralelamente, el matrimonio pierde espesura y aparece como un evento social más, hermoso pero frágil, que a veces se deshace en cuestión de meses. Cuando se cruzan ambas realidades, aparece un fenómeno inquietante que quizá te resulte familiar: relaciones que, con el paso de los años, dejan de ser noviazgo de verdad y tampoco llegan a ser matrimonio de verdad. Quedan suspendidas en una zona intermedia, extraña, que termina por herir a las personas y por debilitar el propio significado del sacramento.

 

Para entender esa zona gris no bastan las opiniones. Ayuda mucho escuchar la experiencia de quienes, desde los tribunales eclesiásticos, vemos repetirse un mismo patrón: noviazgos de larga duración, a veces de ocho o diez años, que desembocan en convivencias matrimoniales brevísimas, de apenas unos meses o poco más de un año, y que terminan en causas de nulidad. No es una rareza aislada ni una anécdota dolorosa: es un número “nada desdeñable y creciente” de historias rotas, que por su frecuencia y su lógica interna han llevado a hablar de una auténtica “patología del matrimonio” en este punto concreto.

 

Al mismo tiempo, sería injusto y poco serio sospechar de todo noviazgo largo. Tal vez el tuyo lo sea, y no por ello esté mal. La duración, por sí sola, no indica anomalía. Hay noviazgos largos porque la pareja comenzó muy joven, porque hacía falta tiempo para situarse personal, laboral o económicamente, o porque la relación ha ido madurando con calma y hondura. En muchos de esos casos, ambos saben que están recorriendo un camino previo a una decisión definitiva, hablan de lo importante, rezan, crecen: ese tiempo, lejos de debilitar, fortalece.

 

El problema aparece en “otros casos”: aquellos en los que el noviazgo largo no sigue esa trayectoria de crecimiento, sino que acumula fallas que desembocan en un consentimiento viciado y en una ruptura casi inmediata de la convivencia conyugal. Es ahí donde la frase que queremos subrayar se vuelve muy real: algunas relaciones se transforman en algo raro, ni noviazgo auténtico ni matrimonio auténtico, y precisamente por ello se vuelven especialmente frágiles. Si al leer esto sientes que algo dentro de ti se remueve, quizá merece la pena seguir.

 

El noviazgo, lugar donde se juega tu vocación

En clave cristiana, el noviazgo sólo se entiende de verdad cuando se le devuelve su sentido más profundo. No es simplemente “tener pareja”, ni una etapa sentimental prolongada, ni una prueba general del matrimonio. Es, ante todo, un tiempo de discernimiento vocacional. Y esto te toca muy de cerca.

 

Es un discernimiento doble. Primero, sobre la propia vocación: “¿Me llama Dios al matrimonio o a otra forma de entrega?”. Esa pregunta no se responde sólo con la edad, las ganas o la presión del entorno; pide oración, escucha, acompañamiento. Y, si la respuesta es sí al matrimonio, llega una segunda pregunta, igual de seria: “¿Es este hombre, es esta mujer, con quien Dios me llama a compartir la vida entera, también en su dimensión sacramental?”.

 

El noviazgo, así entendido, no es simplemente preparación de una boda: es un tramo decisivo en el camino de la vocación cristiana. En él se juega, a la vez, el descubrimiento de si uno está llamado al matrimonio y, en caso afirmativo, el reconocimiento agradecido y libre de que esta persona concreta es el rostro en el que esa llamada se hace historia. Tal vez nunca lo habías formulado así, pero si estás en un noviazgo, esto es lo que, en el fondo, tienes entre manos.

 

Por eso resulta tan clara y tan actual la distinción clásica entre noviazgo y matrimonio. El noviazgo es una relación amorosa incompleta, sostenida por una decisión también incompleta: una decisión que puede echarse atrás si el discernimiento muestra que no es el camino. El matrimonio, en cambio, es el momento de la decisión total, definitiva: el “sí” en el que se establece la plena relación conyugal y se constituye una nueva realidad, la comunidad de vida matrimonial. Entre uno y otro no hay un simple salto administrativo, sino un paso de calidad en la libertad y en el amor.

 

Si el noviazgo es camino hacia esa decisión, es lógico que tenga un final: o desemboca en un “sí” matrimonial, o desemboca en un “no” que, aunque duela, pone fin a la relación. Un noviazgo que se eterniza sin hacer estas preguntas, que no ayuda a conocerse de verdad ni a crear un proyecto común, empieza a dejar de ser noviazgo. Y si, además, comienza a vivirse de hecho como un matrimonio —con convivencia, intimidad sexual, rutina, compromisos que se perciben como irrevocables— sin que haya habido aún una decisión plena, se entra en una especie de falso estado de vida: una pareja que funciona como matrimonio sin haber llegado realmente al matrimonio. Quizá te suene la expresión “estamos como casados… pero no lo estamos”: a eso nos estamos acercando. En este contexto se comprende que se hable de “falsos o incompletos matrimonios”: relaciones en las que las fases iniciales del noviazgo se han cumplido e incluso agotado, pero falta esa verdadera constitución de una única vida compartida.

 

Cuando la convivencia revela

lo que el noviazgo no quiso mirar

Al contemplar juntos muchos casos de noviazgos largos y convivencias conyugales efímeras, la escena se repite con variaciones. Se ven parejas que han mantenido una relación durante años, a veces una década, percibida desde fuera como estable, “de toda la vida”, y cuya vida conyugal se rompe en pocos meses o en uno o dos años. Si se baja el listón de duración del noviazgo a cinco años y se toma como referencia una convivencia que no supera los dos, el número de historias aumenta aún más.

Las causas inmediatas varían, pero quizá reconoces algo de ellas. Hay parejas en las que, poco antes de la boda, uno de los dos inicia una relación afectiva con una tercera persona, guarda silencio, mantiene los planes, celebra el matrimonio… y tiempo después, cuando la verdad sale a la luz, la convivencia salta por los aires. Ahí el noviazgo hace tiempo que dejó de ser un lugar de verdad: se ha convertido en una fachada detrás de la cual el corazón se ha ido a otro sitio. Se sigue adelante no por amor sino por miedo: miedo al escándalo, a la vergüenza, a defraudar.

 

En otros casos no hay terceros, pero sí un alejamiento silencioso. Uno o ambos se han ido descubriendo “fuera” del proyecto matrimonial, pero continúan por comodidad, por falta de coraje, por no causar dolor. La decisión de casarse se vive entonces más como “un lógico devenir” que como un acto verdaderamente reflexivo: “después de tantos años, es lo que toca”. Se fija la fecha, se organizan los detalles, el entorno da por supuesto el “sí”, y el noviazgo se convierte en algo casi irrevocable antes de que la libertad haya dicho su palabra. Quizá, si eres honesto, alguna vez has sentido algo así.

 

También están las historias menos visibles, aquellas en las que todo “iba bien”: no hay grandes peleas ni infidelidades, pero tampoco conversaciones de fondo. Se evita hablar de fe, de hijos, de dinero, de heridas, de carácter real; se vive en un nivel donde el tiempo pasa, pero la relación no se profundiza. La boda llega como paso “lógico” y esperado. Es en la convivencia, en el roce real del día a día, donde los esposos descubren que en lo esencial apenas se conocen, o tienen concepciones del matrimonio radicalmente distintas. Lo que la vida conjunta pone al descubierto es, en el fondo, un noviazgo que nunca se actualizó, que nunca se dejó interpelar por las preguntas de la madurez.

 

En todos estos caminos late la misma tensión: se ha mantenido una forma de relación que, en rigor, ya no era noviazgo, pero que tampoco había dado el paso al matrimonio verdadero. Tal vez esto describe, en algún grado, tu propio proceso: un vínculo que se ha prolongado, que ha ido acumulando historia y costumbre, pero que no termina de cuajar en una decisión clara.

 

Inmadurez, presión, miedo:

Lo que estrecha la libertad

El análisis jurídico y psicológico de estos casos habla de “anomalía consensual”: no porque el mero paso del tiempo produzca nulidades, sino porque en un porcentaje de noviazgos largos se dan ciertas condiciones que terminan viciando el proceso normal de formación de la voluntad matrimonial. Entre ellas aparece, una y otra vez, la inmadurez afectiva. No se trata siempre de enfermedad, sino de una manera de vivir los afectos donde faltan autoconocimiento, capacidad de espera, tolerancia al dolor, valentía y coraje para tomar decisiones que supongan un antes y un después.

 

Quizá te reconoces en algo de esto: te cuesta mirar de frente lo que sientes; temes tanto hacer daño que prefieres no decir nada; huyes de los conflictos y te dejas llevar por lo que el entorno espera de ti. Cuando esa inmadurez no se trabaja, el noviazgo se vive sin el acto deliberativo proporcionado que exige el matrimonio. Por eso se insiste en distinguir entre la pura falta de reflexión por desidia —que puede ser grave moralmente pero no siempre invalida el consentimiento— y la verdadera incapacidad psíquica para realizarla. Lo primero es frecuente; lo segundo, excepcional. Lo que aquí nos interesa es lo primero: las veces en que pudiendo pensar, elegir, revisar, no lo hacemos.

 

A esto se añade la presión ambiental. No hace falta que nadie grite: basta el peso de los comentarios, las expectativas, el dinero invertido, la ilusión de las familias. “Después de tantos años…”, “con todo lo preparado…”, “no puedes echarte atrás ahora”. Es fácil que, en ese clima, uno sienta que ya no tiene derecho a replantearse nada, aunque por dentro algo grite que no está en paz. Para evitar un conflicto inmediato, se elige seguir adelante, incluso ocultando dudas serias o situaciones objetivamente graves, con la esperanza de que “más adelante se arreglará”. Pero basar una decisión de por vida en el miedo a decepcionar es pedirle demasiado a la conciencia.

 

Hay también situaciones donde no se detecta una incapacidad para asumir las obligaciones esenciales del matrimonio, pero sí lo que algunos han llamado “incapacidad relacional”: más que una enfermedad, una forma de falsa convivencia en la que nunca se ha construido un verdadero proyecto de vida en común. Se está juntos, se comparte cama, ocio, quizá techo; pero no existe un verdadero “nosotros” trabajado. La convivencia conyugal no crea el problema, sólo lo hace visible.

 

Si te das cuenta de que tu relación acumula algo de todo esto —miedo, inercia, falta de reflexión, presión—, no se trata de que entres en pánico. Se trata, más bien, de que te atrevas a mirar con honestidad dónde está de verdad tu libertad.

 

Cuando la relación deja de ser camino

y se vuelve inercia

Hablar de relaciones que se han convertido en “algo raro, ni noviazgo ni matrimonio” no es juzgar desde fuera, sino intentar describir lo que muchos viven por dentro. El noviazgo, por naturaleza, es un tiempo en que la decisión sigue siendo reversible porque aún se está buscando la voluntad de Dios y la verdad de la propia llamada. El matrimonio, en cambio, es la decisión total, irrevocable, por la cual dos personas se entregan recíprocamente y establecen una comunidad de vida entera.

 

Entre uno y otro puede haber un tránsito, una preparación, una maduración. Lo que no está pensado es permanecer instalado indefinidamente en una especie de estado intermedio, en el que la relación ha perdido ya la frescura del noviazgo y, sin embargo, no ha alcanzado la plenitud del matrimonio. Cuando durante años ya no se discierne —no se reza, no se habla a fondo, no se revisa—, pero se vive de hecho como si todo estuviera decidido, algo profundo se desequilibra.

 

En ese punto, el noviazgo ha renunciado de hecho a su función de discernir y se ha vuelto pura inercia. Y el matrimonio, si llega, tampoco logra ser lo que promete: el consentimiento nace –pero ya sin vida–, como un gesto exterior desconectado de una libertad interior que no ha terminado de decidir. Las palabras se pronuncian, pero el corazón no ha acabado de decir “sí”. La convivencia conyugal, en no pocos casos, se convierte entonces en el acicate que despierta de ese letargo y muestra con crudeza que “nada tienen que ver el uno con la otra” en lo esencial.

 

Tal vez tú no has llegado a ese extremo, pero intuyes que vas caminando en esa dirección. O quizá ya estás casado y te reconoces, a toro pasado, en algunas de estas descripciones. En ambos casos, no se trata de hundirse, sino de dejarse iluminar: de comprender mejor qué ha ocurrido para poder caminar desde ahí, con la ayuda de la gracia y de la Iglesia, hacia la verdad.

 

Una invitación a pensar

tu propia historia a la luz de Dios

Desde la fe, este análisis no es una acusación, sino una llamada a tomarse en serio la propia vida; a vivir como auténticos hombres y no como animales domesticados. El noviazgo ha sido pensado por Dios como un lugar privilegiado para descubrir la verdad de la propia llamada: la llamada a entregarse, la forma concreta de esa entrega, la persona con la que se quiere y se puede vivir esa vocación. Cuando ese tiempo se vive como un simple aplazamiento, como un modo de no estar solo, como una costumbre confortable o como una especie de “matrimonio de prueba” sin nombre, se desfigura la lógica vocacional y se engaña, aunque sea sin mala intención, a la propia libertad.

 

En una cultura líquida o ligera, donde casi todo se percibe como provisional y reversible, quizá la primera invitación para ti sea recuperar el peso de las preguntas. No tanto “cuántos años llevamos”, sino: “¿qué hemos hecho con esos años?”, “¿en qué ha crecido nuestra relación?”, “¿hasta qué punto este noviazgo está siendo un auténtico camino de discernimiento vocacional?”. La experiencia de la Iglesia recuerda que no sólo los noviazgos demasiado breves pueden esconder decisiones apresuradas; también ciertos noviazgos demasiado largos pueden ocultar decisiones que nunca se han llegado a tomar.

 

Si hoy te descubres en un noviazgo así, en medio de una cultura líquida y de una fe quizá debilitada, la cuestión no es angustiarte, sino atreverte a mirar con serenidad: “¿estoy usando este tiempo para discernir mi vocación o sólo para aplazarla?”, “¿este vínculo me ayuda a caminar hacia el amor adulto al que Dios me llama, o me mantiene en una indefinición que ni es noviazgo honesto ni es matrimonio verdadero?”. A veces, poner estas preguntas por escrito, llevarlas a la oración, compartirlas con alguien que te acompañe (un buen sacerdote, un matrimonio maduro, en una comunidad católica) puede ser el comienzo de un cambio real.

 

Responder a estas preguntas no es sencillo. Puede implicar revisar la propia historia, reconocer miedos, admitir que quizá se ha vivido durante años “adormecido”, como esos novios que sienten su situación como irrevocable mucho antes de haberla decidido. Pero precisamente ahí se abre un espacio de libertad: el de poder reorientar el noviazgo hacia su sentido auténtico. No se trata de garantizar que habrá boda, sino de ayudar a que, si la hay, sea fruto de una decisión madura, libre y verdadera; y, si no la hay, a que la ruptura —dolorosa pero honesta— sea también un acto de verdad que libere a ambos para el bien al que Dios los llama.

 

Desde la fe, la última palabra no la tienen ni el miedo ni la inercia, sino la verdad buscada a la luz de Dios. Un noviazgo vivido como verdadero discernimiento vocacional es un lugar donde esa verdad puede madurar sin prisas, pero sin engaños. Un noviazgo que se instala en la ambigüedad, en cambio, termina diluyendo la llamada y erosionando la libertad. Por eso, en una cultura que tiende a vivir casi todo “a medias”, recuperar el noviazgo como camino hacia una decisión plena —sea un sí, sea un no— es quizá una de las tareas más urgentes para quienes desean amar y casarse de manera cristiana.

 

Y si tú estás ahora mismo en uno de esos noviazgos largos, quizá la pregunta más sincera que puedes hacer hoy no es “¿qué espera todo el mundo de mí?”, sino: “Señor, ¿qué es lo verdadero aquí?, ¿a qué tipo de amor me llamas y cómo quieres que responda?”. A partir de ahí, paso a paso, se abre siempre un camino.

 

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